lunes, 4 de enero de 2010

Salvador Garmendia


Narrador venezolano que ejerció la docencia universitaria y el periodismo y escribió guiones radiofónicos y televisivos. Nació en Barquisimeto, ciudad del estado de Lara. Su iniciación literaria estuvo ligada al grupo de la revista Sardio y al conocido como El Techo de la Ballena. Con Los pequeños seres (1958), su primera novela, mostró sus notables dotes de observación y su interés por la existencia gris y rutinaria de los habitantes de los centros urbanos, de la alienación que sufren en su trabajo y en su medio familiar. En 1959 obtuvo el Premio Municipal de Prosa por esta novela. Sus finas exploraciones en la inadaptación y el fracaso se extendieron después a nuevos ámbitos en las novelas Los habitantes (1961), Día de ceniza (1963), La mala vida (1968), Los pies de barro (1973) y Memorias de Altagracia (1973), mientras progresivamente enriquecía el realismo con el aporte del género fantástico en los cuentos de Doble fondo (1966), Difuntos, extraños y volátiles (1970), Los escondites (1972, Premio Nacional de Literatura), El único lugar posible (1981), La gata y la señora (1987) y Cuentos cómicos (1991). Una creciente dosis de ironía impregna también la presentación minuciosa de los ambientes y personajes. Entre otras obras dignas de mención se encuentran El inquieto Anacobero y otros cuentos (1976), El brujo hípico y otros relatos (1979), Hace mal tiempo afuera (1986) y El capitán Kid (1989). Salvador Garmendia obtuvo en 1989 el Premio Juan Rulfo por el cuento Tan desnuda como una piedra. Falleció el 13 de mayo de 2001 en Caracas.

Tres textos de Salvador Garmendia

Me ha advertido Mharía Vázquez Benarroch que el primer texto pertenece a José Ignacio Cabrujas, uno de los intelectuales más importantes de Venezuela de finales del siglo XX.

TRES MONOS BLANCOS

La mañana que me tocó acudir por primera vez al edificio donde tenía su sede la antigua Radio Caracas, de Bárcenas a Río, para comenzar bien temprano mi primer día de trabajo de libretista en esa emisora, me di cuenta de que hasta ese momento nunca en mis correrías por el centro de la ciudad, había llegado más allá de la Plaza La Concordia; lugar de encuentros vespertinos con alguna muchacha del servicio de adentro, de aquellas que usaban loción Sonrisa y polvos La Negrita y estudiaban en la escuela de noche.

Una vez pasé la raya, me interné en esa tierra de nadie rumbo al objetivo de mis sueños, la primera emisora radial del país. Eran las ocho de la mañana y asistía al comienzo de mi carrera de escritor del aire, cuando empezaba ya a dejar de tener 18 años.

Casi por inercia, me detuve un momento en la esquina de Bárcenas. «Ya estoy aquí», profeticé, a pesar de que el porvenir se estaba poniendo en mi contra y trataba de halarme hacia atrás, no sé si por mi bien o por la costumbre de llevarme la contraria: «¡Párate ahí y piénsalo, carajito! ¡Detrás de ti hay cien puertas abiertas que te llaman! ¡Cuidado! ¿Sabes lo que es escribir para eso? ¡No des un paso más o te condenas!». Pero yo sabía que el paso estaba dado. La radio había sido el gran anhelo adolescente y ya no habría detente para mí.

Fue entonces cuando levanté la cabeza y los vi. Bajo la cornisa superior de un modesto edificio que hacía esquina, distinguí tres pequeñas figuras de molde; tres diminutos saltimbanquis o juglares o payasos de feria que podían haber salido de una página mineada de Las Cantigas de Santa María, y habían quedado allí, paralizadas, sirviendo de resaltes decorativos, en una fachada a cuyo estilo no pertenecían y que seguramente obedecieron al capricho de un alarife con nostalgias insatisfechas de escultor.

Al momento, esas imágenes blancas, juguetonas quedaron esculpidas en mi memoria. Sabía que en adelante iba a tener que verlas todos los días al pasar por allí y que nunca iba a regatearles esa mirada.

—Ven, que voy a mostrarte algo, Salvador —me dijo, diez años después de aquel día, José Ignacio Cabrujas, cuando ya era la televisión y las ideas nos saltaban entre las manos como ranitas en un charco. Lo seguí sin preguntar y un minuto después estábamos en aquella misma esquina de mis años cincuenta.

—¿Ves esos payasitos allá arriba, Salvador?' —¡Mis tres payasos blancos! ¿entonces, había alguien más que compartía mi secreto? ¡Alguien más en Caracas los había descubierto!—. Andan conmigo desde que era un muchacho y celebramos la liberación de París. Hay que escribir sobre ellos, Salvador; pero hay que hacerlo ahora mismo, antes de que desaparezcan de ahí. ¿Te das cuenta de la urgencia de esa tarea? —José Ignacio dejaba escapar su emoción por el registro grave de su voz de teatro, que albergaba todos los matices sin salirse del pentagrama: era rigurosamente tonal, pero sensible como una cuerda tensa—, ¡Esto es Caracas! Es el lado secreto de Caracas ¡Es Caracas con sonido de clavecín! —desde arriba, los tres diablejos nos hacían morisquetas, nos sacaban la lengua, nos hacían la puñeta; por eso él los llamaba sus monos. Sus monos blancos—. ¡Esas figuritas deben haberse perdido de un carretón de la farándula en tiempos de Cervantes y no sé cómo vinieron a parar en Santa Rosalía! —no hubiera podido imaginarlo. Antes de conocernos, galeotes de la máquina de escribir, habíamos heredado el mismo sueño con que alguna vez se durmieron Timoneda y Sor Juana Inés de la Cruz.

Pero fue a José Ignacio a quien le correspondió escribir primero sobre ellos, por simple derecho de primacía; y lo dijo todo con esa suerte de elegancia dieciochesca con que su prosa se daba a conocer a la primera mirada:

—Tres monos blancos disfrazados de arlequines o quién sabe si tres arlequines disfrazados de monos blancos, me contemplan bajo el alero de una vieja casa. Están ahí quien sabe desde cuando, pero en todo caso me pertenecen desde 1945. Han persistido en mi recuerdo, como si fuesen un hallazgo y si algún día en Oslo, por hablar de lo que no existe, algún extraviado tuviese a bien preguntarme por esta ciudad donde nací, creo que mi relato comenzaría por tres monos blancos disfrazados de arlequines y alguna otra literatura de menor importancia.

José Ignacio fue construyendo de esa manera su Caracas. A golpes de vista, en iluminaciones sucesivas, en asombros de esquina, en parábolas, en caminatas que eran recitativos operáticos de una ciudad verdiana, donde todo lo viviente era música, compás tras compás, pero sólo para oídos atentos. «...en Santa Rosalía, camino a la sastrería paterna, vi por primera vez los tres monos retadores y burlones, tal como Edipo, a la hora de jugarse el destino.

»Y el primer mono, ciego, me dijo: ¿Cómo es tu casa?

»Y el segundo monto, mudo, me dijo: ¿De qué está hecha?

»Y el tercer mondo, sordo, me dijo: ¿Dónde se encuentra?

»Cuarenta y dos años más tarde, me gustaría explicar por qué no supe responder».


EL INQUIETO ANACOBERO

—No, yo hace muchos años, muchos que no veo a Daniel —dijo el gordo y se espantó una mosca que le andaba por el entrecejo.

—Ni siquiera sabía que él estuvo en Caracas últimamente y mucho menos que anduviera con ustedes en la Pompadour.

—¿Cómo? ¡Nos bebimos seis botellas de whisky! Amaneciendo Daniel tuvo que irse para el aeropuerto porque tenía que coger el avión a Nueva York. Ahora debe estar cantando en el Wardorf con la Sonora.

—Yo no lo veo hace años. Me dicen que está entero, feliz, bebiendo como un loco. Dicen que parece un muchacho. ¿Qué edad tendrá, tú sabes?

El engro, un negro cenizoso, grande, larguirucho, que parecía un tronco quemado tardó un buen rato en anudar la charla. Acababa de entrar un grupo de hombres a la capilla y él los observaba con desaliento, como si se doliera de no reconocerlos.

—Yo no recuerdo la primera vez que Daniel estuvo en Venezuela. Fue en el 52, creo. Seguro en el 52 i en el 53, me parece. Tú debes acordarte, porque en esa época fue cuando trajeron a Bobby Capó para el Monumental. Yo andaba con una catira preciosa...

—Yo no, yo lo conocí después, en el Pasapoga, un domingo, ¡coño! ¡En los vermouth del Pasapoga! Él andaba enredado en la cuestión de Puerto Rico y lo último que había compuesto y era el hit "Ayúdame cubano", ¿te acuerdas? Entonces le consiguieron un paquete de cocaína en el hotel y lo expulsaron del país por revolucionario, además.

Los dos hombres habían abandonado el salón y salieron a un pequeño jardín sembrado de pinos redondos. Amenazaba lluvia. El calor era húmedo y lento.

—La que tenía formado el alboroto entonces —dijo el negro— era Miss Panamá, la que después le decían La Tamborito, cuando vino para los carnavales del Roof Garden y se quedó aquí como seis meses en el hotel Tiuna, donde había show todas las noches. ¿Tú no estabas ahí cuando el General le dio los tiros?

—¿A quién?

—Al negrito Happy. Tú debes acordarte del General. A la hora que tú llegaras al Tiuna, ahí estaba el General, entrando, saliendo, discutiendo, jugando dominó, jugando póker... Se había vuelto loco con Miss Panamá y no la desamparaba ni un momento. A las siete de la mañana se aparecía en el hotel con un ramo de flores y si tú pasabas al mediodía lo veías en el bar con la guerrera abierta y una pistola en la cintura, rajando whisky como con veinte tipos que se lo vivían. Pero ella no le daba ni un chancecito. Esa tipa sabía en lo que estaba, palabra. veinte veces le tocaba en la habitación tun, tun, tun, tun, tun y ella no le abría ni de vaina. El General brindaba con champaña a todas las mujeres del show y al mes ya estaba medio loco con aquel chaparrón de carne que le caía encima todas las noches. ¡Pero qué va! La Tamborito nunca estaba sola ni de vaina: andaba con su representante, con su manager, con su chaperona, una vieja que vendía relojes de contrabando; con su publicista, andaba con medio mundo... y mientras tanto, el negrito Happy seguía por ahí, tú sabes, tranquilo, como si no fuera con él. ¿Tú te acuerdas?... Era un negrito flaco, medio resbaloso, confianzudo que andaba pelando el dientero todo el día. Cargaba zapatos de dos tonos y un sombrerito medio raro, con una pluma. Él era el que animaba el show y decían que era chulo de la Bámbola, aquella que hacía desabillé vestida de muñeca. Además tenía fregado al general con el póker. Coño, se lo estaba comiendo vivo el negrito, carajo...

—Cucurucho... —rezongó el gordo, que se había sentado en un pretil y parecía un montón de trapos con una cabeza de viejo encima.

—Mira: ¡al que se atreviera a decirle Cucurucho al General, así fuera en juego, le metía un tiro! Pero se descubrió la cosa la noche en que la esposa se presentó en el show de repente. ¡Mi madre! Esa noche tocaba Salvador Muñoz, que era en ese momento el mejor organista del mundo hasta que apareció el Órgano que Habla y aquello era pura música panameña. El General, ya estaba medio rascado y se puso a bailar tamborito con Miss Panamá, ellos en la pista y todo el mujerero rodeándolos. ¡Un alboroto del demonio! Y en eso se presenta la mujercita: una insoria de mujercita, retaca, pequeñita, que lo que parecía era hija de él. Entonces empezó a gritar como loca: ¡Cucurucho, Cucurucho, Cucurucho, mi amor! y se le guindó del pelo a Miss Panamá, ese mujerón grandísimo con un culo descomunal, y no se le soltaba chillando y pataleando como una mona. La tuvieron que sacar arrastrando. Así pasó un mes, más o menos. Primero el General estuvo unos días sin venir y después apareció como si nada; pero serio, sin hablar con nadie para que nadie se atreviera a molestarlo por lo que había pasado. De ahí se empezó a hablar de que Cucurucho había puesto el divorcio y que se casaba con Miss Panamá. Había comprado abogados y demás para que lo divorciaran en un mes y la fiesta la iban a hacer allí mismo en el hotel. Lo cierto fue que nosotros estábamos en el comedor, allá, en un almuerzo con Dark Búfalo que peleaba esa noche por la máscara con el Chiclayano...

—Yo sé, claro... —El gordo, que había permanecido cabizbajo y como agobiado, despertó de un pinchazo en la nuca—. Estaba Johny Albino y su trío que habían llegado dos días antes de Barranquilla...

—... todo con periodistas y demás. Yo vi cuando la Tamborito se le levantaba en un descuido y se iba calladita y después vi al General que estaba blanco de la rabia y también salió del comedor en una carrera y de pronto ¡¡pin, pan, pun, parán, pin, pun!! Se oye aquel alboroto en el piso de arriba y era el General que había roto la puerta del cuarto de cuatro patadas y ¡pin, pin, pin! le zampó tres tiros al negrito Happy que estaba singándose a la Tamborito en la cama. No le pegó ni uno, pero el negrito estuvo tres días desmayado en el hospital y no lo volvieron a ver más nunca.

El grande se escarbó un diente de oro con la uña.

—Yo creo —dijo el otro—, que esa tipa no era Miss Panamá. A lo mejor era una puta; pero no era Miss Panamá.

—¿Por qué?

—¿Tú no la viste, pues? Era una vieja. Al principio parecía joven; pero a lo último, cuando fue perdiendo cartel... y resultó que la chaperona le robó unas prendas a una gringa, y a ella terminaron botándola porque debía tres meses de hotel, entonces se fue descuidando, le embargaron la ropa... Andaba por ahí rodando y ya se veía que era una vieja.

—Es lo más probable... Eso fue en el 53, me parece. La Gata tenía el mejor Burdel de Catia en esos años, el Tíbiri Tábara, cuando aquello era de categoría. La Gata se llamaba María Luisa Saavedra. Era una mujer que tú la veías salir de Ketty Myriam y creías que era una tipa de la hay. Cuando Louis Jouvet llegó a Caracas, Papillón le dio un banquete en La Pastora con las mujeres más bellas de Caracas. La cocaína la servían en platicos de dulce y La Gata era la mujer más elegante; nadie supo quién era, toda la alta sociedad se comió el trazo.

—Era una tipa cojonuda.

—Bueno... Cuando Daniel terminaba en el Sans Souci, tan, tan, tan, tan, tan, se iba con su grupo para el Tíbiri. A veces iba por ahí Caca el Pregón que iba a ser campeón pluma antes que lo jodiera el aguardiente. Iba también un ventrílocuo que le decían el Profesor Dilmer y un aviador de la Taca que era el que les traía la cocaína. Esa noche estábamos allá bebiendo whisky, dos preparadores y un jockey y uno que le decían Lengua e Gamuza... ¿Te acuerdas? Ahí, en esa mesa, ¡ahí! Daniel compuso una madrugada ese bolero Sálvame al Diamante Negro. Resulta que el Diamante estaba enfermísimo, se estaba muriendo el Diamante. Había gente que lloraba en las calles. Las radios pasaban boletines cada diez minutos y en la clínica había una manifestación de gente. ¡Se muere el Diamante, carajo! Y Daniel que llega, se sienta ahí, calladito y zas, zas, zas, zas, zas, zas... escribió ese lamento que era una invocación a la Virgen de Coromoto. ¡Ahí, en esa mesa donde estábamos! ¡Se salvó el Diamante, pues! O fue que se salvó o que se iba a salvar de todas maneras; pero se salvó.

—Ahí fue que Tomasito peló bolas.

—Ahí fue. Tomasito siempre había pelado bolas, pero como esa vez no. Fue demasiado pelabolismo esa vez.

—Vino y se enamoró... Era que Marmolina era la mejor hembrita que tenía La Gata, después de Chucha la dominicana. Yo a ella le conocía la historia, porque vino con una revista española que estuvo como un mes en el Teatro Caracas... Trabajó primero en Mi Cabaña y después en El Chama, hasta que se enredó con uno que tenía arrendado el Coney Island... era isleñita, de Canarias. Ése se la llevó para Maracaibo, la dejó por allá y parece que estuvo tres meses presa. Al tiempo fue que apareció en el Tíbiri. La Gata le tenía cariño. ¿Tú crees que se llamaba Marmolina o que le decían Marmolina?

—Yo creo que se llamaba Marmolina. Tú sabes que cualquier cosa es un nombre para una puta.

—Cualquiera se hubiera podido enredar con Marmolina, pero Tomasito se empeñó demasiado. Estaba loco, vale; tú te acuerdas. Loco. La celaba, no la dejaba en paz, hasta le había propuesto matrimonio. Y esa noche, nosotros estábamos en la mesa y Marmolina ahí, con Tomasito, cuando llegó Daniel del Sans Soucí. Esa noche venía contento y muerto de la risa y echándole bromas a todo el mundo. Se había traído los muchachos, uno así, pequeñito, que tocaba charrasca; el Magüe, que era el pianista que tenía un montuno bárbaro y aquel saxo español que era arreglista. Alegre, ¿sabes por qué?, porque había recibido ese día una carta de Linda y tú sabes que lo de Linda era verdad, eso lo sabíamos nosotros, era una carajita cubana bellísima que lo tenía loco y él vivía escribiendo canciones. Marmolina esa noche estaba medio arrebatada y al verlo, zas, se le tiró encima, histérica de bola y se lo llevó casi arrastrado para el cuarto y desde afuera le oíamos los gritos, hasta que Tomasito se arrechó de repente y le empezó a dar patadas a la puerta: "¡Marmolina!... ¡Marmolina!", desesperado, "¡mi amor, coño!" y ella le gritaba desde adentro: "¡Vete al carajo, comemierda!" Entonces él empezó a tirar mesas y a repartir trompadas como loco, nadie lo podía contener y de repente ¡chupulún!, salió Marmolina desnuda en pelota y le voló encima y le entró a zapatazos y a patadas hasta que lo puso en el suelo y le seguía dando y dando y por fin se aquietó aquella vaina y el pobre Tomasito quedó llorando ahí en el suelo como un carajito, llorando como un pobre pendejo y después La Gata lo sacó a empujones.

Siguió un largo silencio.

Ahora la capilla desbordaba de gente. Parecía que se acercaba el momento.

—Daniel se acordaba de todo, de todo. Parecía un muchacho...

—¿Se acordaba de mí?

—Bueno, no me habló de ti, a la verdad; pero yo te nombré una vez no sé por qué y él se me quedó mirando un rato y le brillaron los ojitos y ¡zuas! Se echó a reír; pero sabroso, como aquel numerito de la Sonora que ya no se escucha por ahí: "Ja, ja, jaaaaa... no puedo aguantar la risa que me daaaaa..."

—A lo mejor se acordaba de algo.

—Quizás. Pobre Tomasito, ¿no? El sábado nomás lo encontré en el Alí Babá; tenía tiempo sin verlo, meses. Estaba con un grupo, tranquilo: Aquel salvadoreño que fue representante de Xiomara Alfaro y un enano que le dicen Topo Gigio. Me saludó y hablamos y no parecía...

—Bueno... eso llega en cualquier momento.

Entonces se unieron a un grupo que entraba a la capilla. Los empleados salían a la calle cargando cantidades de coronas.

—¿Sabes lo que está bastante bueno últimamente? —dijo el negro—. El Todo París. Hay dos brasileras de espanto. Si quieres, después del cementerio nos juntamos...

—No puedo, viejo. No sé qué me pasa... Ahora no me provoca nada.

El negro le dio una palmada en la espalda.

—¡Coraje, hermano!... ¿Qué? ¿Nos arrimamos a la urna?

—Yo no. Después que se lo lleven me voy para la casa. Tengo ganas de dormir temprano.


EL INFIERNO A LA BROASTER

El chapuzón del último cadáver echado por la borda de babor, provocó un sonido todavía más lúgubre que los anteriores. Fue un sonido aceitoso de lodo blando, cosa natural al haber descargado un peso semejante en aquellas aguas adormecidas y espesas tras varios días de calma exasperante.

Cumplida esa tarea que ya no volvería a reclamar sus fuerzas, el anciano Capitán reanuda su caminata por el puente. El crujido amplificado de sus pisadas regula cavilosamente su paseo como la marcha entrecortada de un segundario, mientras alrededor de él —habiendo cesado por completo los murmullos del agua y del viento—, brotan y se multiplican los ruidos secretos que parten de la osamenta del navío, crujido y notas quejumbrosas, breves estiramientos y sonoros retumbos producidos en la oscuridad de las bodegas que han sido entregadas a cuenta de las ratas.

Durante los dos últimos días, él ha dejado por completo de pensar en la inesperada calamidad que como un sueño pendulante y monótono había exterminado a la tripulación entera en el término de una semana. Día tras día, hora tras hora los atacados por la extraña peste, se precipitaron de lo alto de la maroma, rodaron por la inclinación de la cubierta o quedaron inmóviles en sus literas, como si un agujazo los hubiera alcanzado en alguna fibra desconocida, hundiéndolos enseguida en la oscuridad de la muerte.

Al pánico o la natural inquietud de las primeras horas siguió, por incomprensible reacción de aquellos desamparados, una como tozuda indiferencia, cierta obcecada obstinación en parecer ajenos, quizás insensibles al acontecimiento, encerrándose de esa manera en el marco de sus propios sentidos, como si para cada uno de ellos existiera una atmósfera particular que anulara toda posibilidad de roce o comunicación; y esta empecinada actitud, contra la cual el viejo Capitán no supo levantar un dedo, así como los derribaba en sus literas embrutecidos de cansancio, apenas lo negro de las aguas se fundía con el aire y el cielo, igualmente los lanzaba desde las primeras horas de cada día al desempeño de sus labores de rutina, y aun a muchas pequeñas tareas de refacción o de limpieza que en una circunstancia como aquella debieran parecer superfluas. Semejante conducta los hacia permanecer durante horas, sordos y empecinados en medio del sopor casi letal del clima y la desazón de la calma, sin cesar un momento en su actividad, cada cual en lo suyo, evitando cruzar una mirada, una palabra y sin siquiera volver una vez la cabeza cuando el pesado ruido de un cuerpo, al sacudir el maderaje de cubierta, indicaba que se había producido un nuevo blanco... y era el propio Capitán quien debía alzar en sus brazos el cuerpo desgonzado y devolverlo al mar.

Mas ahora que se ha quedado solo en su devastado país; ahora que ya no lo perturban el temor, el celo de la vigilancia, la atención constante de sus ojos de águila, la acechanza —sin un solo parpadeo ni la más mínima desatención— de su mano derecha siempre lista a saltar al mango del cuchillo; ahora, aprisionado por la calma que se torna más densa por momentos, otras turbaciones y vagos malestares van despertando dentro de él, al igual que pesados cuerpos que hubieran recobrado el movimiento, todavía embrutecidos y sordos. Aquellas figuras de su mente, las crueldades y las injurias inferidas, los crímenes y vejaciones, la rapiña y el hurto a mansalva, parecían caminar a tientas, tropezar entre si o mirarse unas a las otras entre temerosas y asombradas, mientras el Capitán iba dejando de escuchar los ruidos subyacentes de la embarcación, los susurros y pequeños crujidos del maderaje para sentirse más y más envuelto en la algarabía de su propio cerebro, donde venían a confundirse las más vertiginosas imágenes. Un agrio roce de cuchillos, un destello de carnes abiertas, el silbo de los latigazos o el espeso chapoteo de la sangre en sus botas, eran visiones a veces corpóreas, o eran destellantes alucinaciones, que se trababan rasgándose o desfigurándose al precipitarse por los agujeros de la memoria, entre los aullidos del tormento y las súplicas de los condenados.

Sintiéndose desfallecer y pensando ser víctima de la insolación, el Capitán cerró los ojos y apoyó un momento la frente en el madero tibio del bauprés, hasta que toda aquella pavorosa confusión fue sustituida por un golpe de sol que le asombró los párpados, un aire seco con aroma de brea y salazones, que una vez más entraba al cuarto apenas su mujer abría de par en par la doble romanilla de la ventana que miraba al puerto y un tropel de pisadas sacudía los tablones de la escalera, unos segundos antes de que sus dos pequeños hijos vinieran a caer en sus brazos.

Repentinamente animado con estas visiones, el Capitán corrió a su camarote y lleno de excitante lucidez escribió unas líneas suplicando el perdón de quienes había abandonado hacía treinta años, sin que volviera a tener noticias de ellos.

Colocó entonces el papel en una botella que selló y lacró antes de arrojarla suavemente a las aguas. El objeto se sumergió por unos instantes en aquel mar de cera derretida para asomar de nuevo el vientre y permanecer en el mismo lugar inmóvil.

Dos días más tarde, el Capitán se inclinaba por milésima vez sobre la borda y veía de nuevo su correo como un pez muerto, aboyado en el agua estancada. Sólo si prolongaba aquella observación un rato largo, era posible que un rápido parpadeo le alterara la frente, si la botella a medias sumergida como en un último reflejo de vida se estremecía pesadamente y golpeaba en el casco.

El pavor de las noches sin sueño lo dejó al fin tendido sobre el puente, bajo el cordaje negro de la maroma donde el sol centuplicaba sus reflejos hasta fundirse en una flama roja. Derretidos sus huesos y sus fibras, ya no pudo volver a incorporarse. Supo entonces que la muerte le libraba de toda sensación que no fuera aquel descenso ingrávido cada vez más negro y profundo.

—Desciendo a los infiernos— pensó por última vez el Capitán y en ese momento sintió que se posaba en algo duro amoldado a su cuerpo y el calor de una llama le subió a las barbas.

—He llegado —se dijo, a tiempo que su mente se aclaraba insuflándose de un vigor juvenil. Abrió los ojos y vio ante él las llamas ágiles de la chimenea de su casa alzándose del rojo vivo de las brasas. Su mujer bajaba la escalera abrumada por la carga de la preñez. Los objetos familiares, la paz de aquel pequeño reino de pesadas maderas, lo aburríNa. Un aliento quemante de poder sofocaba el alma del hombre de treinta años que, al acabar aquel invierno, emprendería el gran viaje proyectado durante tanto tiempo cuyo final —una flama rojiza, los huesos y las fibras derretidos, un descenso cada vez más profundo y oscuro— volvería a fundirse al comienzo alli, junto a la chimenea de su casa, abrasado por la ansiedad, el deseo, la fiebre del dominio y del poder, de una vez por todas, para siempre.