sábado, 4 de septiembre de 2010

Las Mujeres. Por Arthur Schopenhauer


Sólo el aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia, ni a los grandes trabajes materiales. Paga su deuda a la vida, no con la noción, sino con el sufrimiento, los dolores del parto, los inquietos cuidados de la infancia; tiene que obedecer al hombre, ser una compañera pacienzuda que le serene. No está hecha para los grandes esfuerzos, ni para las penas a los placeres excesivos. Su vida puede transcurrir más silenciosa, más insignificante y más dulce que la del hombre, sin ser por naturaleza mejor ni peor que éste.

Lo que hace a las mujeres particularmente aptas para cuidarnos y educarnos en la primera infancia, es que ellas mismas continúan siendo pueriles, fútiles y limitadas de inteligencia. Permanecen toda su vida niños grandes, una especie de intermedio entre el niño y el hombre. Si observamos a una joven loquear todo el día, bailando y cantando con él, imaginemos lo que con la mejor voluntad del mundo haría en su lugar un hombre.

En las jóvenes solteras, la naturaleza parece haber querido hacer lo que en estilo dramático se llama un efecto teatral. Duran, te algunos años las engalana con una belleza, -una gracia y una perfección extraordinaria, a expensar de todo el resto de su vida, a fin de que durante esos rápidos años de esplendor puedan apoderarse fuertemente de la imaginación de un hombre y arrastrarle a cargar legalmente con ellas de cualquier modo. La pura reflexión y la razón no daban suficiente garantía para triunfar en esta empresa. Por eso la naturaleza ha armado a la mujer, como a cual, quiera otra, con las armas y los instrumentos necesarios para asegurar su existencia y sólo durante el tiempo preciso, porque en esto la naturaleza obra con su habitual economía. Así cauro la hormiga hembra, después de unirse con el macho, pierde las alas que le serían inútiles y hasta peligrosas para el período de la incubación, así también la mayoría de las veces, después de dos o tres partos, la mujer pierde su belleza.

De ahí proviene que las jóvenes casaderas miren general, mente las ocupaciones domésticas o los deberes de su estado como cosas accesorias y puras -bagatelas, al paso que reconocen su verdadera vocación por el amor, las conquistas y todo lo que con ellas se relaciona, vestir, baile, etc.

Cuanto -más noble y acabada es una cosa, más lento y tardo desarrolla tienen. La razón y la inteligencia del hombre no llega a su auge hasta la edad de veintiocho años; por el contrario, en la mujer la madurez de espíritu llega a la de dieciocho.

Por eso tiene siempre un juicio de dieciocho años, medio muy estrictamente. Y por eso las mujeres son toda su vida verdaderos niños.

No ven más que lo que tienen delante de los ojos, se fijan solo en lo presente, toman las apariencias por la realidad y prefieren las fruslerías a las cosas más importantes. Lo que distingue al hombre del animal es la razón. Confinado en el presente, se vuelve hacia el pasado y sueña con el porvenir; de aquí su procedencia, sus cuidados, sus frecuentes aprensiones.

La débil razón de la mujer no participa de esas ventajas ni de esos inconvenientes. Padece miopía intelectual que, por una especie de intuición, la permite ver de un modo penetrante las cosas próximas; pero su horizonte es muy pequeño y se le escapan las cosas lejanas. De ahí viene el que todo cuanto no es inmediato, o sea lo pasado y lo venidero, obre más débilmente sobre la mujer que sobre nosotros. De ahí también esa frecuente inclinación a la prodigalidad, que a veces confina con la demencia.

En el fondo de su corazón, las mujeres se imaginan que los hombres han venido al mundo para ganar dinero y las mujeres para gastarlo Si se ven impedidas de hacerlo mientras vive su marido, se desquitan después de muerto éste. Y lo que contribuye a confirmarlas en esta convicción, es que el marido les da el dinero y les encarga de los gastos de la casa.

Tantas partes defectuosas se compensan, sin embargo, con un mérito. La mujer más absorta por el momento presente, goza más de él que nosotros. De ahí esa jovialidad que les es propia y las hace ser capaces de distraer y a veces consolar al hombre abrumado de preocupaciones y penas.
En las circunstancias difíciles no hay que desdeñar la costumbre de recurrir, como en otros tiempos los germanos, al consejo de las mujeres; porque tienen una manera de concebir las cosas enteramente diferente de la nuestra. Van derechas al fin por camino más corto; porque, en general, sus miradas se detienen en lo que está a su mano. Por el contrario, nuestra mirada pasa sin fijarse por encima de las cosas que se nos meten por los ojos, y buscan mucho más allá. Necesitamos que se nos traiga a una manera de ver más sencilla y más rápida. Añádase a eso que las mujeres tienen positivamente un juicio más aplomado y no ven en las cosas nada más que lo que hay en ellas en realidad: al paso que nosotros, por influjo de nuestras pasiones excitadas, amplificamos los objetos y nos fingimos quimeras.

Las mismas aptitudes nativas explican la conmiseración, la humanidad, la simpatía que las mujeres manifiestan por los desgraciados. Pero son inferiores a los hombres en todo lo que atañe a la equidad; a la rectitud y a la probidad escrupulosa. A causa de lo débil de su razón, todo lo que es de presente, visible e inmediato, ejerce en ellas un imperio contra el cual no pueden prevalecer las abstracciones, las máximas establecidas, las resoluciones enérgicas, ni ninguna consideración de lo pasado a lo venidero, de lo lejano a lo ausente. Tienen las primeras y principales cualidades de la virtud, pero les faltan las secundarias y accesorias... Por eso la injusticia es el defecto capital de las naturalezas femeninas. Eso proviene de sus escasos buen sentido y reflexión que hemos señalado; Y lo que agrava aún más este defecto, es que el negarles fuerza la naturaleza, les ha dado como patrimonio la astucia, para proteger su debilidad; y de ahí su falacia habitual y su invencible tendencia al embuste. En león tiene dientes y garras, el elefante y el jabalí colmillos de defensa, cuernos el toro, la sepia tiene su tinte con que enturbiar el agua en torno suyo; la naturaleza no ha dado a la mujer más que el disimulo para defender y protegerse. Esta facultad suple a la fuerza que el hombre toma del vigor de sus miembros y de su razón.

El disimulo es innato en la mujer, lo mismo en la más aguda que en la más torpe. Es en ella tan natural su uso en todas ocasiones, como en un animal atacado el defenderse al punto con sus armas naturales. Obrando así, tiene hasta cierto punto conciencia de sus derechos, lo cual hace que sea casi imposible encontrar una mujer absolutamente verídica y sincera.

Por eso precisamente es por lo que con tanta facilidad compren, de el disimulo ajeno, y por lo que no es fácil usarlo con ella.

De este defecto fundamental y de sus consecuencias nacen la falsía, la infidelidad, la traición, la ingratitud, etc. Las mujeres perjuran ante los tribunales con mucha más frecuencia que los hombres, y sería cuestión de saber si debe admitírselas a prestar juramento. Ocurre de vez en cuando que señoras a quienes nada les falta son sorprendidas en los almacenes en flagrante delito de robo.

Los hombres jóvenes, hermosos, robustos, están destinados por la naturaleza a propagar la especie humana, a fin de que ésta no degenere. Tal es la firme voluntad que la naturaleza expresa por medio de las pasiones de las mujeres. Con seguridad, ésta es la más antigua y poderosa de todas las leyes. ¡Pobres, pues, de los intereses y derechos que se le pongan por obstáculos! Cuando llegue el momento, suceda lo que quiera, serán hollados sin misericordia.

La moral secreta, inconfesa y hasta inconsciente pero innata de las mujeres, consiste en estor "Tenemos fundado derecho a engañar a quienes se imaginan que, proveyendo económicamente a nuestra subsistencia, pueden confiscar en provecho suyo los derechos de la especie. A nosotras es a quienes se nos han confiado; en nosotras descansa la constitución y la salud de la especie, la creación de la generación futura; a nosotras nos incumbe trabajar para ello con toda conciencia".
Pero las mujeres no se interesan de ningún modo in abstracto por ese principio superior; solamente lo comprenden in concreto, y cuando se presenta ocasión no tienen más manera de expresarlo que su manera de obrar. En este punto su conciencia las deja mucha más tranquilas de lo que se pudiera creer, porque en el fondo más oscuro de su corazón sienten vagamente que al hacer traición a sus deberes para con el individuo, los llenan tanto mejor para con la especie, que tienen derecho infinitamente superiores.

Como las mujeres únicamente han sido creadas para la propagación de la especie, y toda su vocación se concentra en ese punto, viven más para la especie que para los individuos, y toman más a pecho los intereses de la especie que los intereses de los in, dividuos. Esto es lo que da a todo su ser y a su conducta cierta ligereza y mires opuestas a las del hombre. Tal es el origen de esa desunión tan frecuente en el matrimonio, que ha llegado a ser casi normal.

Los hombres son naturalmente indiferentes entre si; las mujeres son enemigas por naturaleza. Esto debe depender de que el odium fiuiinum, la rivalidad, que está restringida entre los hombres a los de cada oficio, abarca en las mujeres a toda la especie, porque todas ellas no tienen más que un mismo oficio y un mismo negocio. Basta que se encuentren en la calle para que crucen miradas de guelfos y gobelinos.

Salta a los ojos que en la primera entrevista de dos mujeres hay más contención, disimulo y reserva, que en una primera entrevista entre hombres.

Adviértase, además, que, en general, el hombre habla con algunas atenciones y cierta humanidad a sus subordinados, hasta a los más ínfimos; pero es insoportable ver con qué altanería se dirige una mujer de sociedad a una mujer de clase inferior, cuando no está a su servicio. Quizá dependa esto de que entre mujeres son infinitamente más grandes las diferencias de alcurnia que entre los hombres, y esas diferencias pueden con facilidad modificarse o suprimirse.

La posición social que ocupa un hombre depende de mil consideraciones; para las mujeres, una sola circunstancia decide su posición: el hombre a quien ha sabido agradar. Su única función las pone bajo un pie de igualdad mucho más marcado, y por eso tratan de crear ellas entre si diferencias de categorías.

Preciso ha sido que el entendimiento del hombre se obscureciese por el amor para llamar bello a ese sexo de corta estatura, estrechos hombros, anchas caderas y piernas cortas. Toda su belleza reside en el instinto del amor que nos empuja a ellas. En vez de llamarle bello, hubiera sido más justo llamarle inestético.

Las mujeres no tienen el sentimiento ni la inteligencia de la música, así como tampoco de la poesía y las artes plásticas. En ellas todo es pura imitación, puro pretexto, pura afectación explotada por su deseo de agradar. Son incapaces de tomar parte con desinterés en nada, sea lo que fuere, y he aquí la razón. El hombre se esfuerza en todo por dominar directamente, ya por la inteligencia, ya por la fuerza; la mujer, por el contrario, siempre y en todas partes está reducida a una dominación en absoluto indirecta; es decir, sobre él ejerce una influencia inmediata. Por consiguiente, la naturaleza lleva a las mujeres a buscar en todas las cosas un medio de conquistar al hombre, y el interés que parecen tomarse por las cosas exteriores siempre es un fingimiento, un rodeo, es decir, pura coquetería y pura monada. Rousseau lo ha dicho: "Las mujeres, en general, no aman ningún arte, no son inteligentes en ninguno, y no tienen ningún genio. Basta observar, por ejemplo, lo que ocupa y atrae su atención en un concierto, en la ópera o en la comedia; advertir el descaro con que continúan su cháchara en los lugares más hermosos de las más grandes obras maestras. Si es cierto que los griegos no admitían a las mujeres en los espectáculos, tuvieron mucha razón; a lo menos, en sus teatros se podría oír alguna cesa".

En nuestro tiempo, al mulie taceat in ecclesia convendría añadir un taceat mullier in theatro, o bien sustituir un precepto por otro, y colgar éste, en grandes caracteres, sobre el telón del escenario.

Pero, ¿qué puede esperarse de las mujeres, si se reflexiona que en el mundo entero no ha podido producir este sexo un solo ingenio verdaderamente grande, ni una sola completa y original en las bellas artes, ni un solo trabajo de valor duradero, sea en lo que fuere? Esto es muy notable en la pintura. Son tan aptas como -nos, otros para aprender la parte técnica y cultivan con asiduidad este arte, sin poder gloriarse de una sola obra maestra, precisamente porque les falta aquella objetividad del espíritu que es necesaria, sobre todo para la pintura. No pueden salir de si mismas. Por eso las mujeres vulgares ni siquiera son capaces de sentir sus bellezas, porque natura non facit sutus. En su célebre obra Examen de ingenios para las ciencias -que tiene más de trescientos años de fecha- rehúsa Huarte a las mujeres toda capacidad superior.

Excepciones aisladas y parciales no cambian las cosas en nada: tomadas en conjunto, las mujeres son y serán las nulidades más cabales e incurables.

Gracias a nuestra organización social absurda en el mayor grado, que las hace participar del título y la situación del hombre, por elevados que sean, excitan con encarnizamiento las menos nobles ambiciones de éste; y por una consecuencia natural de este absurdo, su dominio y el tono que imponen ellas corrompen la sociedad moderna.

Debiera tomarse como norma esta sentencia de Napoleón Iº "Las mujeres no tienen categoría".

Chamfort dice también con mucha exactitud: "Están hechas para comerciar con nuestras debilidades y con nuestra locura, pero no con nuestra razón. Existen entre ellas y los hombres simpatías de epidermis y muy pocas simpatías de espíritu, de alma y de carácter".

Las mujeres son el sexus sequior, el sexo segundo desde todos los puntos de vista, hecho para estar a un lado y en segundo termino. Cierto que se deben tener consideraciones a su debilidad; pero es ridículo rendirles pleito-homenaje, y eso mismo nos degrada a sus ojos. La naturaleza, al separar la especie humana en dos categorías, no ha hecho iguales las partes.

Esto es lo que han pensado en todo tiempo los antiguos y los pueblos de Oriente, que se daban mejor cuenta del papel que conviene a las mujeres que nosotros con nuestra galantería a la antigua moda francesa y nuestra estúpida veneración, que es el despliegue más completo de la necedad germano-cristiana. Esto no ha servido más que para hacerlas tan arrogantes y tan impertinentes. A veces me hacen pensar en los monos sagrados de Benarés, los cuales tienen tal conciencia de su dignidad sacrosanta y de su inviolabilidad, que todo se lo creen permitido.

La mujer en Occidente, lo que se llama la señora, se encuentra en una posición enteramente falsa. Porque la mujer, el sexus sequior de los antiguos, no está en manera ninguna formada para inspirar veneración y recibir homenajes, ni para llevar la cabeza más alta que el hombre, ni para tener iguales derechos que éste.

Las consecuencias de esta falsa posición son harto evidentes. Sería de desear que en Europa se volviese a su puesto natural a ese número dos de la especie, humana y que se suprimiera la señora, objeto de mofa para el Asia entera, y de la cual también se hubieran burlado Roma y Grecia.

Desde el punto de vista político y social, esta reforma sería un verdadero beneficio. El principio de 1a ley sálica es tan evidente, tan indiscutible, que parece inútil formularlo. Lo que se llama propiamente la dama europea es una especie de ser que no debiera existir. No debería haber en el mundo más que mujeres de interior, aplicadas a los quehaceres domésticos, y jóvenes solteras aspirantes a ser lo que aquéllas, que se formasen, no en la arrogancia, sino en el trabajo y en la sumisión.

Precisamente porque hay damas en Europa es por lo que las mujeres de la clase inferior, es decir, la gran mayoría, son infinitamente más dignas de lástima que en el Oriente.

Lord Byron, dice así: "Meditado en la situación de las mujeres bajo los antiguos griegos y es bastante conveniente. Es estado actual, resto de la barbarie feudal de la Edad Media, es artificial y contrario a la naturaleza. Las mujeres debieran ocuparse en los quehaceres de su casa; se las debería alimentar y vestir bien, pero no mezclarlas en la sociedad. También deberían estar instruidas en la religión; pero ignorar las poesías y la política; no leer más que libros devotos y de cocina. Música, dibujo, baile, y también un poco de jardineo y labores del campo de tiempo en tiempo. Las he visto en Epiro trabajar con fruto en el arreglo de los caminos. ¿Y por qué no? ¿No barren las hojas secas y extienden el heno para que se seque? ¿No son lecheras?

Las leyes que rigen al matrimonio en Europa suponen a la mujer igual al hombre, y así tienen un punto de partida falso.

En nuestro hemisferio monógamo, casarse es perder la mitad de sus derechos y duplicar sus deberes. En todo caso; puesto que las leyes han concedido a las mujeres los mismos derechos que a los hombres, hubieran debido también conferirles una razón viril.

Cuántos más derechos y honores superiores a su mérito confieren las leyes a las mujeres, más restringen el número de las que en realidad participan de esos favores; y quitan a las demás sus derechos naturales en la misma proporción que a unas cuantas privilegiadas se los han dado excepcionales.

La ventaja que la monogamia o las leyes resultantes de ella conceden a la mujer, proclamándola igual al hombre produce la consecuencia de que los hombres sensatos y prudentes vacilan a menudo en dejarse arrastrar a un sacrificio tan grande, a un pacto tan desigual.

En los pueblos polígamos cada mujer encuentra alguien que cargue con ella; entre nosotros por el contrario, es muy restringido el número de las mujeres casadas y hay infinito número de mujeres que permanecen sin protección, solteronas que vegetan tristemente en las clases altas de la sociedad, pobres criaturas sometidas a rudos y penosos trabajos en las filas inferiores. O bien, sé truecan en miserables prostitutas, que arrastran uña vida vergonzosa y se ven conducidas por la fuerza de las circunstancias a formar una especie de clase pública y reconocida, cuyo fin especial es el de preservar de los riesgos de seducción a las felices mujeres que han pescado marido o que pueden esperarlo. Solo en la ciudad de Londres hay ochenta mil mujeres públicas, verdaderas víctimas de la monogamia, cruelmente- inmoladas en el altar del matrimonio. Todas esas infelices son la comprensión inevitable de la dama europea, con su arrogancia y sus pretensiones. Por eso la poligamia es un verdadero beneficio para las mujeres, consideradas en conjunto.

Además, desde el punto de vista racional, no se ve por qué cuando una mujer sufre algún mal crónico, o no tiene hijos, o se ha hecho vieja, no había de tomar su marido otra más. Lo que dio prestigio a los mormones, fue precisamente la supresión de esta monstruosa monogamia.

Al conceder a la mujer derechos superiores a su naturaleza, se le han impuesto deberes también por encima de su naturaleza. De ahí demanda para ella una fuente de desdichas. En efecto, esas exigencias de clase y de fortuna son tan pesadas, que el hombre que se casa comete una imprudencia si no hace un casamiento brillante Si desea encontrar una mujer que le guste por completo, la buscará fuera del matrimonio, y se limitará a asegurar la suerte de su querida y la de sus hijos.

Si la mujer cede sin exigir en rigor los derechos exagerados que solo el matrimonio le concede, entonces pierde el honor, por, que el matrimonio es la base de la sociedad civil, y se prepara una triste vida, porque está en la naturaleza de los hombres el preocuparse desmedidamente de la opinión de los demás. Si, por el contrario, la mujer resiste, corre el riesgo de apencar con un marido que le desagrade o el de secarse en su sitio quedándose para vestir santos.

Desde este punto de vista de la monogamia conviene leer el profundo y sabio tratado de Thomasius De Corcubinatu. En él se ve que en todos los pueblos civilizados de todos los tiempos, hasta la Reforma, el concubinato ha sido una institución admitida, hasta cierto punto legalmente reconocida, y de ningún modo deshonrosa. La reforma luterana fue quien la hizo descender de su categoría, porque encontró en ella una justificación para el matrimonio de los clérigos y la Iglesia católica no pudo quedarse atrás en este punto.

Es inútil disputar acerca de la poligamia, puesto que de hecho existe en todas partes y solo se trata de organizarla.

¿Dónde se encuentran verdaderos monógamos? Todos, a lo menos durante algún tiempo, y la mayoría casi siempre, vivimos en la poligamia.

Si todo hombre tiene necesidad de varias mujeres, justo es que sea libre y hasta que se le obligue a cargar con varias mujeres. Estas quedarán de ese modo reducidas a su verdadero papel, que es el de un ser subordinado; y verá desaparecer de este mundo la dama, ese monstruo de la civilización europea y de la estolidez germano-cristiana, con sus ridículas pretensiones al respeto y al honor. ¡No más señoras, pero también no más esas infelices mujeres que llenan al presente la Europa!...

Es evidente que por naturaleza la mujer está destinada a obedecer. Y prueba de ello que la que está colocada en ese estado de independencia absoluta, contrario a su naturaleza, se enreda en seguida, no importa con qué hombre, por quien se deja dirigir y dominar, porque necesita un amo. Si es joven, toma un amante; si es vieja, un confesor.

El matrimonio es una celada que nos tiende la naturaleza.

El honor de las mujeres, lo mismo que el honor de los hombres, es un "espíritu de cuerpo" bien entendido. En la vida de las mujeres las relaciones sexuales son el gran negocio. El honor consiste para una joven soltera en la confianza que inspire su inocencia, y para una mujer casada en la fidelidad que tenga a su marido.

Las mujeres esperan y exigen de los hombres todo lo que ellas necesitan y apetecen. El hombre, en el fondo, no exige de la mujer más que una sola cosa.

Así, pues las mujeres tienen que amañárselas de tal modo que los hombres no pueden obtener de ellas esa cosa única sino a cambio de encargarse de ellas y de los hijos futuros. De la maña que se den depende la felicidad de todas las mujeres. Para obtenerlas, es preciso que se sostengan entre si y den pruebas de espíritu de cuerpo.

Por eso marchan como una sola mujer, en apretadas filas al encuentro del ejército de los hombres, quienes, gracias al predominio físico e intelectual, poseen todos los bienes terrenales. El hombre: he ahí el enemigo común que se trata de vencer y conquistar, a fin de llegar con esta victoria a poseer los bienes de la tierra.

La primera máxima del honor femenino ha sido, pues, que es preciso rehusar sin misericordia al hombre todo comercio ilegítimo, a fin de obligarle al matrimonio como una especie de capitulación, único medio de proveer a toda la gente femenina.

Para conseguir ese resultado, debe respetarse con todo rigor la precedente máxima. Todas las mujeres, con verdadero espíritu corporativo, velan por su ejecución.

Una joven soltera que ha caído, se ha hecho culpable de traición hacia todo su sexo; porque si ese acto se generaliza, quedaría comprometido el interés común. La expulsan de la comunidad, se la cubre de vergüenza, y de ese modo se entera de que ha perdido su honor. Toda mujer debe huir de ella como de una apestada.

La misma suerte espera a la mujer adúltera, porque ha faltado por el marido. Su ejemplo es de tal naturaleza, que retraería a los hombres de firmar semejante tratado, y de éste depende la salud de todas las mujeres.

Aparte de este honor particular de su sexo, la mujer adúltera pierde también su honor civil, porque su acto es un engaño, una grosera falta a la fe jurada. Puede decirse con alguna indulgencia "una joven soltera seducida"; no se dice "una casada seducida".

El seductor puede devolver el honor a la primera con el matrimonio; no puede devolvérselo a la segunda, ni aún después del divorcio.

Viendo con claridad las cosas, reconoce, pues que el principio del honor de las mujeres es un espíritu de cuerpo útil, indispensable, pero bien calculado y fundado en el interés. No puede negarse su extremada importancia en el destino de la mujer; pero no puede atribuírsele un valor absoluto más allá de la vida y de los fines de la vida, y que merezca que se le sacrifique en holocausto la vida misma...

Lo que prueba de una manera general que el honor de las mujeres no tiene un origen verdaderamente conforme con la naturaleza es el número de sangrientas víctimas que se le ofrecen, infanticidios, suicidios de madres. Si una joven soltera que toma un amante comete una verdadera traición hacia su sexo, no olvidemos que el pacto femenino podrá haber sido aceptado tácitamente, pero sin compromiso formal por parte de ella. Y como en la mayoría de los casos ella es la primera víctima, su locura es infinitamente más grande que su perversidad.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Las Rayas de Rodrigo Blanco Calderón. 2do Lugar en el Concurso Internacional de Letras Bicentenario Sor Juana Inés de La Cruz


No sé de quién fue la culpa. Si de Camilo, por ofrecerme a los treinta y nueve años mi primera raya de coca, o de Ciara, por leer el relato de Quiroga con el ritmo dulce que las pecas de la nariz le transmitían a su voz, para luego, a su manera, no volver más nunca.

Aunque lo más probable es que la culpa no haya sido de nadie o sólo mía o del insomnio, ese túnel que conecta con su luz mortecina todos los vicios y todas las pasiones.

La literatura es sueño y la cocaína es una vigilia dentro de la vigilia. Leer a Quiroga completamente empericado era una mezcla perfecta de inconsciencia y lucidez. El estado ideal, llegué a pensar, para descifrar el único texto que en realidad me interesaba. Ese del que ahora voy a hablar, a pesar de la muerte.

Las rayas es un cuento que empieza con una breve teoría sobre las relaciones entre el lenguaje y la realidad. Incluido en el libro Anaconda, de 1921, Quiroga plantea allí no sólo la soberanía sino la preeminencia de las palabras con respecto a las cosas. Al final de ese primer párrafo se encuentra la frase que se convirtió en obsesión: “Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre”.

La frase, dice el narrador, proviene de un hombre que ha dedicado toda su vida al negocio de la recolección de granos. Es la sentencia que resume la extraña historia de dos empleados que tuvo alguna vez, uno de apellido Figueroa, que llevaba el libro Mayor de cuentas, y otro llamado Tomás Aquino, que llevaba el Diario de las ventas que hacía casa por casa. El recolector de granos cuenta el inexplicable cambio en la personalidad de sus dos empleados y el síntoma en que este se tradujo: la manía de hacer rayas en los cuadernos de trabajo. Esta manía luego se extiende a la propia barraca donde trabajan y a la casona lúgubre en que Figueroa y Aquino viven: las paredes, el techo, las escaleras, la tierra del patio, todo queda sepultado bajo las innumerables rayas de su delirio compartido. Es allí, en el agua fangosa del albañal de la casa, donde el negociante y los vecinos los ven morir, delgados, nerviosos, “como dos rayas negras que se revolvían pesadamente”.

Quiroga sólo brinda una pista fantasmal para entender lo que sucedió. La casona había sido construida por un escribano que había enloquecido y fallecido entre aquellas paredes que luego habitarían Figueroa y Aquino. Quizás porque el narrador arroja este dato como al descuido y no lo retoma, quizás porque lo fantástico le resta terror a la realidad, esta interpretación no me convenció. Preferí, en todo caso, leer Las rayas como la contraparte de Bartleby, el escribiente. Un mismo enigma visto desde la compulsión y la abulia.

Durante un tiempo, lo confieso, también me atrajo la posibilidad de ver allí una autobiografía: Quiroga como un anagrama compuesto de “Figueroa” y “Aquino”. Sin embargo, la hipótesis que más me entusiasmó fue una derivación de la anterior sospecha: más que la propia vida de Quiroga, el relato era una hagiografía. Camilo, que trabaja en el departamento de literaturas clásicas occidentales, me prestó Vidas de los Santos, de Butler, y fue allí donde creí encontrar la solución al problema. Me guié por el índice onomástico, busqué la página 485 y leí el resumen de la vida y los logros de Santo Tomás de Aquino.

Las conexiones me parecieron tan evidentes que rozaban la indiscreción. Fue casi decepcionante saber que en 1880 León XIII declaró a Santo Tomás de Aquino patrono de las universidades, colegios y escuelas. Tal fue la magnitud de su trabajo intelectual. Su obra escrita alcanza (o puede que supere) veinte extensos tomos, de los cuales la ya dilatada Summa theologiae es sólo su parte más conocida. Además de esta inclinación enfebrecida de Santo Tomás por la escritura, que lo colocaría entre los principales escribanos de Dios, me llamó la atención recordar que el narrador de Las rayas, al citar la frase dicha por el recolector de granos, aclare que no se trataba de “un viejo y sutil filósofo versado en escolástica”. La escolástica, cuya principal figura fue, precisamente, Santo Tomás de Aquino.

Por si esto fuese poco, descubro en un pasaje de la infancia del santo una relación subliminal con el título del cuento. Al parecer, Santo Tomás abominaba los rayos (estas cursivas de aire son mías) pues la menor de sus hermanas murió fulminada por uno que cayó en la misma habitación que ocupaba el venerable muchacho. “Se dice”, cuenta Butler, “que tuvo durante toda su vida mucho miedo a las tempestades y que acostumbraba refugiarse en alguna iglesia, cuando caían rayos. De ahí nació la costumbre popular de venerar a Santo Tomás como abogado contra las tempestades y la muerte repentina”. Aunque no entendí cómo la cobardía de un santo pudo transformarse en amuleto, me pareció que tenía en ese episodio la clave de interpretación del relato. A esto también contribuyó la superstición: descubrir que la fecha de Santo Tomás de Aquino en el santoral, el 7 de marzo, coincidía con la de mi cumpleaños.

Mis argumentos se reducían a estas coincidencias, pero eso era lo de menos. En el momento me bastó comprobar que el cuento, por la pura fuerza de su enigma, me había hecho olvidar el objetivo inicial de mi lectura. El texto de Quiroga dejó de ser la brújula que me guiaría hasta Ciara.

Una sensación de tranquilidad, como de párpados que por fin concilian el sueño, se cerró sobre mí. Había dado con el nudo del cuento y ya no pensaba en las pecas de Ciara. Aquella falsa armonía se quebró pocos días después, cuando me desperté a medianoche y no pude volver a dormir. Encendí la lámpara y me tropecé en la mesa de noche con los ojos de Quiroga, con el desconsuelo de esa mirada insomne que seguía abierta en la portada del libro mientras yo descansaba. Tomé el libro y volví a leer Las rayas.

A pesar de que había recorrido con insistencia esas páginas durante una semana, me costó reconocer que se trataba de la misma historia. Era como si la selva de palabras, aplanada durante días por la lectura constante, hubiera recrudecido volviendo a tupir el espacio. Creo que por eso estuve hasta el final de esa madrugada arando una y otra vez el inhóspito terreno, peinando esa parcela como un buey embrutecido.

Como siempre he sido de “sueño ligero” (expresión irresponsable de los que no sufren este infierno inmóvil), no me extrañó que en las noches siguientes se repitiera la ardorosa rutina: despertar poco antes o poco después de la medianoche, buscar el libro de Quiroga y leer Las rayas hasta el amanecer. Al tiempo, no sabría decir cuánto, comenzaron a notarse los estragos de mi labor nocturna. Dos vetas violáceas se estriaban desde mis ojos hacia el resto de la cara. Mis ojeras semejaban la montura de unos lentes cuyos vidrios se hubiesen desgastado en el aire. De esto me di cuenta gracias a los otros profesores, quienes con insólita cortesía (pues siempre me he sentido un extraño en la Facultad) indagaban sobre el estado de mi salud.

Yo apenas noté estos cambios. Estaba demasiado concentrado en mis descubrimientos.

Por un lado tenía la propia anécdota, cuyas posibilidades de interpretación ya comenté y a las que agregué una no menos confusa. En el párrafo final dice el narrador que Figueroa y Aquino “habían llegado a un terrible frenesí de rayar, rayar a toda costa, como si las más íntimas células de sus vidas estuvieran sacudidas por esa obsesión de rayar”. Ese peligroso nombre que unía a dos cosas o a dos seres distintos, ¿sería el de la obsesión? El acto inocuo de escribir en unos libros de cuentas, sumado al perturbador ambiente de una casa donde falleció un escribano enloquecido, ¿podía calar en el alma y en el cuerpo de estos empleados hasta transformar en miles de versos pareados la fibra íntima de sus células? ¿Las rayas de la escritura pueden transformar las rayas de la genética? ¿No es el lenguaje un puente peligroso por donde transitan en ambas direcciones la literatura y la vida? El mismo verbo rayar, palabra capicúa, ¿no sería el símbolo secreto de estas relaciones?

Por otro lado, tenía la frase en sí misma, ese inexplicable peligro de que dos cosas distintas tengan un mismo nombre. En el curso de una de esas noches recordé el misterioso caso de José Antonio Ramos Sucre. En una de las “granizadas” afirmó que el lenguaje no consiente sinónimos pues es individuante como el arte. Poco tardé en asociar esa convicción con el intransferible estilo de su obra. Ramos Sucre confesó en una oportunidad que su español estaba escrito con base en el latín, esa herencia traumática de la erudita niñez. Recordé su célebre renuencia a usar la palabra “que” en sus textos poéticos y narrativos. Pensé en su muerte voluntaria, consumada el día que cumplía 40 años, para escapar del insomnio. Pensé que el insomnio de Ramos Sucre no era producto de una maldición, ni de sus tormentos amorosos o existenciales, ni de la amibiasis que le diagnosticaron en su periplo por Merano y Ginebra. El insomnio de Ramos Sucre era la consecuencia de esta búsqueda de un lenguaje privado. Y todavía lo pienso así. Algún sentido tiene que haber en el hecho de que insomnio y sinónimo tengan las mismas letras. Saquen la cuenta.

Después, en otras noches, cuando ya Manito me proveía la dosis diaria, recordé ejemplos similares donde escritura, obsesión e insomnio se cruzaban. Pensé en Cioran cuya profusa obra, según sus propias palabras, provenía y trataba de acallar su profuso insomnio. Pensé en Funes, el memorioso, a quien le molestaba que el perro de las tres y catorce, visto de perfil, tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto, visto de frente. Borges tenía muy claro el sustrato del poder y de la obsesión de su personaje: no por nada dijo que ese cuento era una larga metáfora del insomnio. Me vino también a la memoria un relato brevísimo de Virgilio Piñera que cuenta la historia de un hombre que padece este mal y que, desesperado ante el fracaso de sus tentativas de sueño, se suicida. El hombre se suicida y descubre, después de muerto, que el insomnio persiste.

Es cierto que la relación con otros escritores, obras y personajes hacía más llevadero el infierno al que Las rayas me tenía sometido. Enumeraba los distintos casos de insomnio en la literatura con el orgullo de un descendiente mediocre que recuerda ilustres antepasados. Pero esta libertad era el inicio de una nueva servidumbre, pues nombrar a estos autores implicaba leerlos. Los leía de una manera furiosa y a la vez distraída, siempre buscando los rastros de algo que a esa altura ni siquiera podía definir.

Por supuesto, todo esto no hubiera sido posible sin una pequeña ayuda de mi amigo. Camilo me presentó a Manito y Manito pasó a ser mi dealer. En vida nunca tuve vicios. Quizás por eso sea conveniente al menos una explicación.

El insomne no es alguien que está despierto, es alguien que no puede dormir. Esa diferencia es delgada como una mirada entreabierta, pero su profundidad podría conducir al mismísimo centro de la tierra. Necesitaba vencer el insomnio. Sólo que, a contracorriente de todos los insomnes que he conocido, yo no buscaba el sueño. Yo quería terminar de despertar.

Nunca creí que un profesor tan serio como Camilo pudiera estar tan dañado. Todo empezó una tarde en que coincidimos en el cafetín de la Facultad después de clases.

-¿Te sirvió el libro? –me preguntó.

-¿Cuál libro?

-El de Butler.

En ese instante recordé que él me lo había prestado.

-Sí, bastante –le dije sin mucho énfasis-. La semana que viene te lo devuelvo.

-No hay apuro. ¿Y en qué estás trabajando?

-Una tontería. Sólo quería comprobar algo en un cuento de Quiroga.

-¿Cuál?

-Las rayas –dije casi a regañadientes.

-¿Cuál es ese?

-Uno no muy conocido. Muy extraño, en realidad. Es la historia de dos escribanos que se vuelven locos y no hacen otra cosa que rayar todo lo que encuentran.

-Ya. Sí, bastante raro. Como todo Quiroga, en realidad. Ahora entiendo lo de Butler: Santo Tomás de Aquino, la escolástica y todo eso –dijo, impasible, como si hablara del clima.

Yo me quedé frío. Sugirió que fuésemos a la facultad de Arquitectura pues allí podríamos sentarnos. Lo seguí, obediente, sin saber si debía sentir irritación, agradecimiento o miedo.

Conversamos toda la tarde sobre libros y también, pero sólo un poco, sobre nuestras vidas. Acotaciones marginales que alumbraban por segundos espacios vacíos cercados por la oscuridad. Hacia las ocho de la noche le mostré el libro. Camilo observó con mucho interés mi intervención en el cuento de Quiroga. Le gustó la sensación, me dijo, de que ese texto tan breve pareciera más vasto por estar subrayado de esa manera.

En el transcurso de aquellas noches de lectura yo había subrayado partes del cuento que me parecían importantes. Para el momento de mi encuentro con Camilo todo en Las rayas era importante, de modo que apenas quedaban algunas pocas palabras sin subrayar, como islas vírgenes, en medio de aquella profusión de líneas rectas y colores. Armado con una regla y con mis marcadores de punta fina, tuve el cuidado de subrayar con trazo perfecto y color distinto las intuiciones de cada día. Por supuesto, hubo ocasiones en que dos párrafos sucesivos, uno azul y otro rojo, por ejemplo, revelaban la existencia de un tercer párrafo aún más sugerente, conformado por el final del primero y el principio del segundo. Un párrafo morado que era la síntesis perfecta de los dos anteriores.

Camilo no prestó mayor atención a la cuestión de los colores. Me hizo notar, en cambio, que mi sistema de subrayado era invariablemente musical.

-Sí –dijo –Fíjate que todos los párrafos que subrayas siempre tienen cinco renglones. Son como pentagramas.

Un ligero temblor me ganó el rostro.

-No tienes por qué preocuparte. Cuentan que Macedonio Fernández acostumbraba rasgar durante horas una guitarra, con idénticos y sencillos acordes, pues creía que de ese modo se podía descifrar el enigma del universo. Tú estás haciendo lo mismo pero con un cuento.

-Sí, por supuesto –le dije, como si en efecto continuara hablando de la insólita temporada de lluvias que azotaba a Caracas en aquel mes de enero.

Camilo observó su reloj.

-Es tarde –dijo –Vamos a mi casa.

-¿Para qué?

-Vamos –dijo –Quiero mostrarte algo.

Camilo vive en Colinas de Bello Monte, cerca de la universidad. El trayecto se hizo largo. Quizás por la lluvia, o por el silencio que guardábamos, o por no saber qué demonios estaba haciendo ahí. Él insistió en que fuésemos en su carro y que dejara el mío en el estacionamiento de la Biblioteca Central. En ese momento lo miré y en lugar de decir algo sensato, me quedé callado y pensé que Camilo se parecía a Nicholas Cage. Luego traté de averiguar por qué había pensado semejante estupidez. Volví a mirar a Camilo mientras conducía, sus ojos claros y su semblante desgastado: un vitral a punto de quebrarse. Sí, me dije, se parecía a Nicholas Cage en Leaving Las Vegas.

Cuando llegamos a su apartamento todo se dio con bastante fluidez. Sacó una botella de whisky y puso un disco de Johnny Cash. Eso me calmó, como si Johnny Cash fuese el santo protector contra cualquier mariconada. Eso y la foto conyugal que vi en la entrada.

-Cocaine blues –dijo Camilo, tocándose el oído con el dedo índice, al tiempo que sacaba de no sé dónde dos bolsas pequeñas y apretujadas como dientes de ajo. Después entendí que ese torcido acto de magia lo practicaba todos los días con o sin público.

Me senté en un sofá y apenas comenzaba a paladear el trago cuando, con una emoción que le desbordaba el rostro, me señaló la pared que estaba justo a mis espaldas. Antes de voltear, deposité mi vaso en la mesa baja con calculada lentitud. Observé hacia el balcón y vi que había escampado. Entonces volteé.

La diana ocupaba el centro de la pared y a su alrededor vi numerosos puntos negros que semejaban insectos aplastados. A los pocos segundos comprendí que aquello era una constelación de desaciertos. Impresionaba la cantidad de agujeros que crecían en órbitas más gruesas a medida que se alejaban del núcleo de corcho.

-¿Qué dice tu esposa de todo esto, Camilo?

-No dice nada. Eva se marchó.

-¿Por esto? –le pregunté, con un gesto ambiguo que abarcaba la pared y las bolsitas en la mesa.

-Ya no sé si empecé con esto porque ella me dejó, o si ella me dejó porque empecé con esto –respondió con una sonrisa franca.

Me entregó tres dardos y empezamos a jugar. Al principio nos esforzábamos por acertar en el círculo negro. A medida que la botella de whisky fue mermando, los tiros se hicieron más erráticos describiendo saetas borrachas que en ocasiones iban a parar en los agujeros de la pared. Le comenté a Camilo la extraña euforia que me producía acertar en aquellos agujeros. Camilo sonrió.

-Recuerda lo que dice Pascal: el Universo es una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Fallar –agregó Camilo, con un dardo en la mano -es más estimulante y más hermoso que dar en el blanco, porque te obliga a inventar el túnel que secretamente conecta todas las cosas.

El problema no era que Camilo se hubiese puesto místico. El problema era que yo entendía todo lo que estaba diciendo y me sentía igual.

Cuando se acabó el whisky, Camilo abrió las bolsitas, hundió la punta de una tarjeta de crédito y sacó una montañita blanca. Me pasó con cuidado la tarjeta y sin pensarlo dos veces aspiré. Nos tumbamos en el sofá que estaba en frente de la pared. Estuvimos hasta el comienzo de la mañana aspirando, conversando frenéticamente, sin parar. Todas las ideas posibles surgían de aquella maqueta del universo.

A las 7 de la mañana fuimos al estacionamiento de la Biblioteca Central a buscar mi carro. Intercambiamos números y nos despedimos.

Nadie se mete su primer pase de coca a los treinta y nueve años sin pagar un precio. El mío fue estar al borde de un ataque de pánico. Llegué a mi casa completamente agotado y no pude dormir. Yo no sabía que esto era normal. Sólo pensaba que al insomnio de las últimas semanas había sumado dos ingredientes muy desagradables: la paranoia y un asqueroso sabor a ajo. Al mediodía ambos elementos se unieron: gasté un tubo entero de pasta dental tratando de quitarme los pedazos de ajo que sentía incrustados en los dientes. Desesperado, con las encías rotas, llamé a Camilo.

-Si el niño quiere lanzarse a la piscina –me dijo –no hay que construirle una cerca. Hay que enseñarle a nadar.

-¿De qué hablas?

-Me visto y salgo. Nos vemos en la entrada de Faces. Voy a presentarte a Manito.

La Universidad Central de Venezuela siempre ha sido un país a escala: es su talón de Aquiles y su epicentro. Las facultades son reproducciones similares de los sectores de la sociedad. Camilo sabía que en la Facultad de Humanidades y Educación, mejor conocida como “Fumanidades”, no teníamos nada que buscar. Por eso me propuso vernos en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Faces, conocida en los bajos fondos como “Pases”. Lo de los bajos fondos resultó ser literal. Después de saludarme, Camilo me llevó a los sótanos de la Facultad. Allí, que yo supiera, sólo operaban unas cuantas máquinas para fotocopiar. De resto, sólo se podía ver grupos de estudiantes y de personas inciertas que jugaban partidas de ajedrez. Siempre me intrigó la tensión que allí generaba un juego por naturaleza sereno y silencioso. Grupos de personas rodeaban cada mesa y pegaban alaridos con cada movida.

Camilo preguntó por Manito y le dijeron que estaba en el baño. A los cinco minutos apareció un hombre delgado, bajito, blanco y de ojos claros. Parecía una versión reducida del propio Camilo: su futura ceniza. Al encontrarnos nos presentaron y me tendió la mano izquierda. Fue entonces, al mirar la derecha, que comprendí: el dealer tenía una mano muerta que le colgaba y bailaba al más mínimo movimiento de su cuerpo.

Manito temblaba y miraba con avidez hacia todos lados. Contraviniendo las reglas esenciales del negocio, Manito era un dealer que consumía. Sin embargo, para no malversar su patrimonio iba todas las tardes a los sótanos de Faces a jugar ajedrez. Entonces me explicó que allí las partidas duraban, a lo sumo, diez minutos y que el premio consistía en un par de pases.

La mano derecha oscilaba frenéticamente.

-¿Y qué te pasó? –le preguntó Camilo.

-Hoy gané demasiado.

Transcurrió el mes de enero y la mitad de febrero. Las quejas de los alumnos eran cada vez más frecuentes. No se explicaban cómo un curso de teoría literaria, sobre el teatro y la semiología del texto dramático, se transformó en un alucinado taller de lectura sobre Horacio Quiroga.

Camilo me llamó un día y me dijo que el asunto había llegado hasta el Consejo de Escuela.

-Parece que te van a abrir un expediente.

Ese fue el estímulo para entregar a tiempo las notas finales.

-No te quedes pegado –me dijo Camilo esa noche de cierre semestral. En la mesa estaba el whisky y el perico. En nuestras manos, los dardos.

La pared de su apartamento parecía carcomida por una plaga de zancudos teledirigidos. La señalé con el brazo extendido, sin creer lo que estaba escuchando. Camilo fue hasta el pequeño estudio donde estaba la computadora y volvió con un manuscrito.

-Es mi trabajo de ascenso –dijo, y señaló la pared con idéntico, tal vez más firme, gesto.-No te quedes pegado –repitió, antes de lanzar un dardo que fue a dar en uno de los infinitos blancos.

De tanto subrayar las páginas del libro éstas terminaron por rasgarse y poco a poco se convirtieron en jirones coloridos. El cuento parecía un arco iris marchito o una guitarra de payaso cuyas cuerdas se hubiesen reventado. Los párrafos intermedios, esos bocados perfectos entre dos párrafos circundantes, proliferaron arrojando cada uno su propio matiz, hasta darle al conjunto una tonalidad oscura con ribetes de extraños cristales.

Fue cuando me encontraba en el peor estado que sucedió algo completamente inverosímil: recibí una llamada de mi madre. Escuchar mi nombre en esa voz fue volver a nacer pero con cansancio. Entonces recordé que yo en algún momento fui como cualquier persona, con un origen y un sentido en la vida, que luego derroché o perdí sin darme cuenta con el paso de los años.

-Hijo, ¿me escuchas?

-Sí, vieja, te escucho.

Venía de visita. Quería pasar conmigo mi cumpleaños. En la pantalla digital de la base del teléfono vi la hora: era la una de la tarde del 6 de marzo. De nada sirvió que le dijera que la casa estaba vuelta un desastre.

-Cuarenta años y todavía sin casarte –dijo, resignada.

Sentí lástima por mí y también por ella. Era yo quien cumplía años al día siguiente, pero me propuse darle un regalo.

-Por poco tiempo. Mañana, cuando llegues, te presento a mi novia.

Sentí a mi madre brincar de alegría en el otro lado de la línea.

-¿Y cómo se llama?

-Ciara, mamá. Se llama Ciara. Nos vemos mañana al mediodía –dije y colgué.

No quise pensar en lo que acababa de suceder. Por ahora, lo importante era ordenar y limpiar la casa. Saqué una bolsita, puse un disco de Sentimiento muerto, aspiré y me dispuse con energía a mis labores domésticas. A las dos horas la casa estaba impecable y aún me quedaba el resto de la tarde para pensar.

Ciara.

El nombre era hermoso dos veces. Era un acorde que se volvía más hermoso con el eco. Puse el disco, una y otra vez, toda la tarde. Lo mismo hacía con Ciara, su nombre, pronunciándolo con más intriga que devoción. Lanzaba esa moneda de aire al aire, con insistencia, tratando de encontrar o falsear un resultado que pareciera unido a mi destino.

Todo había sido extraño y simple. Yo salí de clases y la vi sentada en uno de los banquitos del pasillo. A su lado estaba una muchacha, a quien reconocí como una ex alumna. A ella, a Ciara, jamás la había visto en la Escuela y tampoco conocía yo ese relato de Quiroga que ella le leía a su amiga. En el momento no supe si el impacto fue por el texto en sí o por la manera en que Ciara lo leía. Concentrada y risueña hacía parecer divertido lo tenebroso. Luego observé la estela de pecas que bordeaba sus mejillas, sus ojos y su nariz. Entonces me aproximé.

-¿Cómo se llama?

Ciara cerró el libro, miró con sorpresa a su amiga y luego contestó.

-Las rayas. Es de Quiroga.

-No. Me refiero a usted. ¿Cómo se llama?

-¡Ah! –soltó una pequeña risa. –Ciara.

-¿Por qué?

-¿Qué cosa?

-Que por qué usted se llama así.

Ciara no parecía entender nada. Yo tampoco entendía nada.

-Porque mi mamá se llama Alicia y mi papá Ramiro.

Yo guardé silencio.

-Aliciaramiro –repitió Ciara, subrayando el centro de los dos nombres con una línea imaginaria que trazaba su dedo.

-Comprendo –le dije al fin. Luego hice un gesto de saludo o de disculpa y me fui.

A eso se reducía mi historia con Ciara. Ella había tenido suerte. Casi siempre esos nombres compuestos producen conjugaciones de espanto que los hijos deben cargar después como una cruz ajena e impronunciable. Sin embargo, en lo que fue la última tarde de mi vida entendí el motivo de esas construcciones: los hijos son el único momento en que los padres pueden ponerse verdaderamente de acuerdo. Los hijos son palabras que surgen de otras palabras que hacen el amor y vencen a la muerte.

Pronuncié mi nombre y tuve una sensación de soledad absoluta. Mi nombre era como una de esas palabras del cuento de Quiroga que no llegué a subrayar. El cd giró hasta completar por enésima vez su ciclo, se detuvo y creció el silencio. Tomé la carátula que reposaba en la mesa y reparé por primera vez en el título de la antología. Sentimiento muerto. Fin del cuento: 1981-1993.

Fin del cuento. Quizás me quedaba una última jugada. Me decidí a probar suerte. Me bañé, me afeité, me puse perfume, me vestí con mis mejores ropas, agarré el cd y la bolsita y salí a la calle.

Mi ostracismo había sido tan férreo que la noche caraqueña se había vuelto un texto indescifrable. No sabía a cuáles lugares ir y me distraje manejando el carro por calles y avenidas, mientras identificaba en todas partes un mismo ritmo pendenciero. De día, las personas caminan en Caracas como si estuvieran escapando. De noche, parecen regresar para buscar venganza. Sin darme cuenta, llegué hasta el Centro Comercial San Ignacio, construido en los antiguos campos de fútbol de los jesuitas, y lo rodeé hasta caer en el Centro Comercial Mata de Coco, lugar emblemático del rock venezolano de los años ochenta.

En los espacios abiertos, al lado del estacionamiento, vi mesas, personas bebiendo y conversando, escuché música que emergía de una puerta negra veteada de luces rojas. En el equipo del carro sonaba “Fin del cuento”, el último track del disco. Eché una mirada para ver si quedaba algo del viejo teatro y se sobrepuso a la fachada del edificio, como una acuarela gigante, mi propia imagen de adolescente asistiendo a mi primer concierto de Sentimiento muerto. Estacioné el carro, esperé a que terminara la canción y me encaminé hacia el local.

Adentro sonaba salsa. Algunas parejas bailaban y otras conversaban. Yo me acodé en la barra y en dos horas fui diluyendo a punta de whisky cualquier expectativa. Entré en esa velocidad de crucero en la que el whisky te brinda la ilusión de contemplar la vida desde arriba. Sentí que ya podía desabrocharme el cinturón de seguridad. O, mejor dicho, sentí que debía avisarle a los otros que podían desabrocharse el cinturón de seguridad.

Me dispuse a circular más allá de la barra, con la sonrisa estúpida y distraída que tienen las aeromozas, cuando la vi llegar.

Apuré el trago y me refugié en el baño. Saqué la bolsita, la tarjeta de crédito y sin mayores coqueterías me empolvé la nariz.

Regresé a mi puesto en la barra y confirmé que era ella. Estaba con dos amigas, a sólo un par de metros de distancia y juro que vi sus pecas entre el humo de los cigarrillos.

Pedí otro whisky, lo bebí completo y me acerqué.

Le hablé con la desenvoltura de quien retoma una conversación interrumpida. Le dije que había estado todo este tiempo leyendo Las rayas y sin respiro perpetré una síntesis de las conjeturas que hasta el momento manejaba: el fantasma del escribano loco, Santo Tomás de Aquino, la mutación de las células humanas a consecuencia de la escritura, la relación entre el insomnio y los sinónimos. Borges, Cioran, Piñera, Ramos Sucre.

Ahora que lo pienso es sorprendente que no se mostrara asustada. Asentía con demasiada insistencia, como una enfermera habituada a tratar con psicóticos. Terminé mi perorata, ella asintió un par de veces más y nos quedamos en silencio. Las amigas habían dejado de murmurar y me miraban.

-Las rayas –le dije, poniendo mi cara de aeromoza –De Quiroga. ¿Recuerdas?

-Conozco el cuento. Lo que no entiendo es de dónde viene todo esto.

-En el pasillo de Letras. Hace unos meses. ¿No me recuerdas?

La oscuridad de sus ojos se volvió más densa mientras hacía memoria.

-No –dijo, finalmente.

-Tú leíste el cuento. Tú te llamas Ciara.

Ella se volvió hacia las amigas. Éstas se rieron y reanudaron los murmullos.

-Sí, me llamo Ciara. Pero no te recuerdo. Lo siento –dijo, y me dio la espalda dando por terminada la conversación.

Fue entonces, me parece, que comencé a sentirme como un fantasma y como un payaso.

Volví a mi refugio en la barra, pedí un servicio de whisky y me senté en uno de los altos asientos. Fui varias veces al baño, agoté el contenido de la bolsita, pero aún tenía aquella sensación de cuerdas rotas en el pecho. Y de una última por reventar.

Ciara se había marchado. No importa, me dije. La de hoy no podía ser la misma de la otra vez. Es sólo una coincidencia.

-Eso –dije. –Una maldita y peligrosa coincidencia.

Sentí que yo mismo me había susurrado esa frase al oído. El corazón se me aceleró y empecé a sudar. Tenía el tiempo contado. Confirmé esta impresión al ver algo que se movía muy cerca de mí: una especie de péndulo borroso, frenético, que aceleraba los segundos. De tanto ver el péndulo, éste se me acercó. Sentí la otra mano en mis hombros y escuché, con la expresión desencajada, a la voz que me saludó.

-Profesor, qué gusto encontrarlo por aquí.

Era Manito. Esa noche se veía tranquilo. Movía su cuerpo al ritmo de la salsa mientras hablaba. Su mano derecha, más que un péndulo, era una matraca. Enseguida percibió mi estado.

-Bájele dos, profe, mire que ya está como Robocop.

Entonces me ofreció un porro.

-Yo lo que quiero es amor –le dije.

Manito no se alteró. Él es un verdadero dealer: sabe que todos los sentimientos humanos son reacciones bioquímicas que pueden reproducirse.

Puso en mis manos dos pastillas blancas y me palmeó amistosamente la cara.

-Ande –dijo, con tono de ángel –Vaya a compartir y a amar.

-¿Cuánto te debo?

-Es un regalo.

Volví a la barra y me serví lo que quedaba en la botella. Busqué a Manito con la mirada pero no encontré a mi ángel de la guarda. Ciara se había marchado. No quedaba nada por compartir. Calibré el peso de las pastillas en mi mano. Sentí pena por mi madre. Sólo por ella esta vez. Con un largo trago de whisky, me las tomé.

El resto es bastante predecible. Escenas como esas han sido retratadas con acierto en numerosas películas: la cámara asume la perspectiva vertiginosa, tambaleante, del personaje. Los colores y las formas giran hasta fundirse en una mancha amenazadora y el personaje queda convertido en una cámara que registra imágenes que no comprende.

Afortunadamente, sí recuerdo el instante de mi muerte. Descendía por una calle cercana al bar, cuando comenzó a llover y me detuve en una esquina. La mezcla del agua y el primer sol me permitió reconocer cristales de colores desperdigados en el paisaje gris.

Entonces me sobrevino el infarto.

En la milésima de segundo en que se me partía el corazón como por la fuerza de un rayo hice el último esfuerzo. Alcancé a encomendarme, en el día de mis cuarenta años, a mi sagrado escribano.

Nacer es una estafa pues estamos condenados a hacerlo el día en que ha muerto un santo. El mío, el muy cobarde, como ya me lo había advertido Butler, no se presentó.

Los santos, esos mártires de la obsesión.

lunes, 30 de agosto de 2010

Fragmentos de Novelas - Victoria di Stefano


EL DESOLVIDO

Después de salir de la ferretería, cogimos por la calle de tierra paralela al mar. La gente decía que si tuviera asfalto sería la más bonita de todas. Para mí era la más bella con asfalto o sin él, no sólo del pueblo, sino más bella que todas las otras calle y caminos del mundo. Me gustaba. Caminaba lentamente con Isabel a mi lado. Oía su respiración y el ruido de las sandalias al rozar la tierra. Parecía una linda mujer dispuesta a vivir, a dar y recibir plácidamente; serena, satisfecha, algo nostálgica, pero feliz, feliz, muy feliz.

Las casas tenían doble fachada, una hacia el mar y otra hacia la calle. En el límite de la playa estaban los cocoteros; frente a nosotros, los almendrones, los laureles y las trinitarias. Era mejor no darle la espalda a la playa. No había que mirar al oeste porque esa otra parte, tierra adentro, era árida, sucia, descolorida.

Desde el mediodía las nubes comenzaron a hincharse hasta que al fin no quedaba en el cielo más que una capa gris, espesa, uniforme. Recité en silencio "El cementerio marino". Por una vez dejé de sentirme un pobre muchacho solitario y ansioso. Es una lástima recordar que se vive sólo una vez. Es tan poco, tan rápido.

—Quisiera no irme nunca de aquí. Quedarme toda la vida.

Le estreché la mano en señal de agradecimiento.

Esas palabras significaban muchas cosas. En principio, que me quería. Que se sentía tan a gusto conmigo como yo nunca me había sentido. Era sorprendente que alguien me apreciara hasta ese punto, a mí que me sabía tonto, tonto de corazón. Me eché el pelo hacia atrás.

—Nunca te quedarás calvo. Tienes tanto pelo... serás un viejo de cabellera blanca.

Yo, de repente entristecido, viéndome viejo, con los tobillos rígidos y el cuello flácido. Quizás como mi padre.

La última vez que discutimos le dije que era un viejo asqueroso. Vives metido en burdeles. Y él dijo: allí no hago nada malo. Sólo que en ese ambiente me olvido de que estoy viejo. Yo le decía piensa un poco en mamá, ¿no te da vergüenza? También pienso en ella. Sí, me da vergüenza y no la olvido. Pero tú no me vas a entender. Esa fue su respuesta, entonces tuve que callarme y olvidar. Siempre he estado tratando de olvidar las cosas que me hieren. ¿Será lo mejor olvidarlas? Puede que no, pero yo tenía una idea profiláctica al respecto.

Consideraba que debía cuidarme para el futuro y para las tareas inmediatas que me tocaría desempeñar. Quería ser un hombre de acción, un hombre puro, el hombre nuevo; permanecer incontaminado. Impedir que me destruyeran, que me devolvieran a ellos con su tristeza contagiosa.

No valía la pena pensar en la vejez porque dentro de dos días estaríamos de vuelta. El plan de la fosforera estaba listo. Todos los detalles cuadrados. Lo único que esperábamos era la orden de arriba. Y tampoco eso era tan apremiante, el Catire había dicho que si no llegaba nos abríamos por nuestra cuenta. Era un plan perfecto, pero de todos modos se podía perder la vida.

Llegamos al final sorbiendo el viento fuerte. En la última casa había un bar. Pedí dos rones.

—No, se me sube a la cabeza, se me aflojan las piernas.

Insistía y yo la persuadí de que hacía frío y le temblaban los hombros. El hombre del mostrador se reía.

Miré hacia fuera y vi pasar las mulas y un perro siguiéndoles el paso. Un viejo con sombrero de fieltro las guiaba. Luego sentí el aliento del hombre del mostrador sobre mi nariz. Estaba inclinado tendiéndome los vasos. Entonces los cogí y salimos hacia la playa.

Isabel me pidió que nos quedáramos unos días más. Mientras hablaba alisaba la arena con la palma de la mano. Me pareció que estaba preocupada.

—¿Por qué ese apuro en irte? Parece como si te fastidiara estar mucho tiempo conmigo. ¿Es que no me quieres? Quién sabe cuánto tiempo te va a durar este capricho.

Le dije te quiero mucho, que nunca había estado tan enamorado. Se me oprimió el pecho. Jamás había dicho algo semejante. No me pasaba inadvertida la importancia de esas palabras. Me sonaban demasiado graves.

Con cierto desaliento sospeché que algún día me burlaría de ellas. Que me tocaría hacerlo. La experiencia me había enseñado que las situaciones y las personas que más nos afectan sentimentalmente son las que con el tiempo nos inspiran los pensamientos más amargos. Era una experiencia un poco literaria y sin embargo estaba profundamente arraigada entre mis temores. Ella me miró seriamente a los ojos hasta que yo desvié la mirada. Pero ya cada uno había comenzado a soñar por su lado.

No me podía sacar de la cabeza el asunto de la fosforera. Era la tarea más difícil que se me había encomendado. No podía acobardarme. Eso era decisivo. Si yo salía adelante en esa misión, significaba que era valiente. Si uno lo es una vez, lo es para siempre. Así pensaba y lo creía a ciegas. En el fondo me sentía tranquilo, estaba seguro de que no sentiría miedo. Los nervios eran por la espera. De pronto me dio por imaginar mi muerte, lo que pensaría y diría mi padre cuando le avisaran que su hijo había muerto, hasta el jefe de la policía se manifestaría conmovido ante el joven heroico. Esas cosas no ocurrían sino en el cine y en la imaginación de los tipos como yo. Lo sabía, pero de todos modos sentía placer en construir las frases patéticas y desconsoladas del viejo. Restearse en una vaina bien arrecha es como tocar la gloria en vida, había dicho uno de los muchachos. Eso debía ser cierto.

Cuando volvimos a la casa, Isabel se fue corriendo a la cocina.

—Es como si estuviéramos casados, ¿verdad?

Yo me quedé en el corredor tratando de leer uno de los libros que habíamos traído. Era una lectura en blanco. Pensaba en eso de estar casados. En ese momento no era conveniente, era como darle la espalda a los muchachos. Además, Isabel no estaba hecha para esa vida. Sería hacerle daño. Pero sí, en ese momento éramos un matrimonio: ella en la cocina y yo aquí esperando que lo tuviera todo listo para sentarme a la mesa y conversar sobre el día tan magnífico que habíamos tenido. Después nos iríamos a la cama, haríamos el amor y dormiríamos hasta el día siguiente, tan igual y maravilloso como el anterior.

Ninguno de los muchachos estaba casado. Calatrava tenía un hijo, pero eso era diferente. Marco Polo se había divorciado porque la lucha y el matrimonio eran incompatibles. Como uno anda de un lado para otro y no le puede cumplir a la mujer, entonces le ponen cachos.

Eso decía. Pero que a él no llegaron a ponérselos porque se dio cuenta a tiempo de que eso iba a suceder tarde o temprano. Figúrate, me decía, por un lado peleando con los gorilas, el gobierno y la policía, y por el otro enguerrillado con la mujer. Dicen que si uno llega tarde es porque anda emparrandado y no por nada político. Mi mujer decía que tenía la experiencia del papá, que con la excusa de la política se echaba escapaditas con la querida, mejor dicho, con las queridas, porque tuvo muchas. Yo le dije que no viniera a comparar a su papá conmigo. Tu papá es un vendeobreros. Me respondió que su papá sería un vendeobreros pero que antes había sido un revolucionario y que fue en ese entonces cuando se echó la primera querida. Para poder mantenerla fue que empezó a vender obreros. Pascual, te aseguro que me dolió separarme de ella. Era una muchacha ingeniosa. Inteligencia no le faltaba.

Después de cenar me quedé un rato en el jardincito esperando que ella se arreglara.

Se encendió una luz en el mar. Una señal, como si alguien llamara y dijera: ¡Ahora! ¡Arrójate a la arena! Atravesé el pasillo a la persecución de la sombra que salía oblicua debajo de la puerta, entre la madera y el piso. Me detuve. Mis párpados se cerraban bajo la fatiga, de golpe un viejo temor. La pasión tiene sus pausas, sus preguntas, vale decir, una crucifixión. Preveía el futuro como una sombra negra, ondulante, con el sentimiento decrépito a cuestas, me disolvía en el ridículo, en el horror, en las recriminaciones. Ya no me reconocía en el hombre plácido de la mañana.

La sombra de sus pies, detrás de la puerta, se alargaba sobre esa mancha luminosa que llegaba hasta la lona rayada de las sillas. Ella estaría esperando.

Abrí la puerta completamente.

Estaba sentada en el borde de la cama, vuelta hacia la pared, sobre las piernas la almohada. Oía que me acercaba y seguía en la misma posición, dándome la espalda. Una curva frágil, los hombros echados hacia delante, como si los músculos hubieran perdido su fuerza y ya no pudieran sostenerlos.

Ese temblor suavísimo de plumas de cisne, de aguas profundas, y ahora cada vez más fuerte, como el tableteo de una ametralladora, y el cuello bajaba lentamente ya descubierto el cabello. Después nuevas descargas, la cabeza sobre las rodillas. Me vi frente a un llanto, de esos que hacen intratable la situación.

La pistola y los preservativos estaban sobre el colchón, allí mismo, donde yo los había dejado.

Afuera, los cangrejos crujían como brasas al fuego.

Pasamos toda la noche echados en la cama hasta que los gallos del vecino cantaron y entonces nos dimos cuenta de que estaba amaneciendo. Miró el techo, las paredes, y después abrió la ventana, pero todavía no había salido el sol. Sólo las capas de luz grisácea que se iban esfumando y la humedad del rocío en el marco de madera. Se sentó en la silla de lona, frente a la ventana abierta, con las piernas estiradas y mirándose las puntas de los pies con aire melancólico. Cruzó las piernas y se acarició el tobillo, como si tuviera un dolor tenue y misterioso. Su pensamiento parecía estar bien sujeto, aferrado al cuerpo, ni en sueño los objetos de su mente se desvanecían.

La silla se derrumbó y de un salto quedó frente al sol, agitando los brazos. Y esto, como todos los impulsos no compartidos, me produjo miedo.

Pero ella me miraba afable, cortés. Me invitaba a acercarme al sol.


HISTORIA DE LA MARCHA A PIE

En un día malo de 1979, bajo la lluvia, perdida, extenuada, buscando refugio en la casa de los muertos, cuyo contorno se me apareció de pronto, en la luz amortiguada de la mañana, el azar me hizo conocer en un rinconcito del viejo cementerio de Montmartre la tumba de Stendhal.

Arriba, sacudido por la percusión de los vagones del Metro, atronaba el puente Caulaincourt. Arriba, por encima de él que amaba el campo, las bellas vistas, por encima de él que decía que entre los árboles el hombre era más feliz, que manifestó expresamente querer ser enterrado, de no ser demasiado caro, en el cementerio de Andilly, en el bosque de Montmorency, bajo la fronda del promontorio que avanzaba hacia el valle del Sena, cerca de donde había corregido las galeradas de Del amor —escrito en Milán, a lápiz, mientras se paseaba y pensaba en Métilde—, impreso in—12, sobre mal papel, muy malo y muy barato, a pocos pasos de donde había revivido, una vez más, inmitigados, todos los matices de su amor por Métilde Dembowski, née Viscontini. (Estuve a punto de volverme loco.) Al fin leído, desagraviado, devuéltosele el esplendor de un nombre que duraba para siempre, venerado, admirado, gozando de tantos predicamentos, pero sin que le fuera satisfecha esa pequeña demanda tan fácil de complacer.

Stendhal era pobre, murió más que pobre, dijo el australiano que sentado a mi lado, cubriéndome con su paraguas, me ilustraba sobre el tema.

¿Que por qué lo admiraba tanto? Porque era la negación de lo que él más aborrecía: la tartufería. Porque era la afirmación de lo que más apreciaba en los hombres: la búsqueda de la felicidad por el sólo placer de buscarla, no de alcanzarla, lo que sin duda era una trivial y decepcionante quimera, una utopía para idiotas, una ratonera para melancólicos.

No la felicidad, dijo, ¿cómo explicarme?, sino la explosión del sentimiento, el precipitado de su ruda alegría. No la felicidad misma, sino sus rutas siempre nuevas, sus maravillosos e inesperados avatares, lo improbable, lo increíble que sólo el acaso puede brindar... En ocasiones, lo consideraba su santo, en la medida en que un descreído podía considerar santas las nobles almas que le servían de guía. Sí, madame, mi santo, mi faro, el ideal que me honra. Y ante él se postraba, ante su ingenio, ante su euforia, ante su fuego. ¿Podía él ser tan necio e insensible como para no rendirse? ¿Ser indiferente a sus talentos, a su desenfado, a sus caprichos y rarezas? ¡Cómo no maravillarse ante la suma y compendio de todo lo que podía encontrarse de grande! ¡Qué espléndido era Stendhal! ¡Qué espléndidas sus novelas! ¡Qué pluma, mi Dios, qué portentosa pluma!

Ahora venga conmigo.

Me tomó de la mano arrastrándome un buen trecho, alejándonos, retornando a aquel tronar del Metro, internándonos en parajes más oscuros, enredándonos con el paraguas, decididos, animados, siguiendo el plano que mantenía desplegado.

Mire hacia la izquierda. ¿Ve la losa debajo de ese hermoso sauce? Era una lápida sencilla. Acérquese, por favor. ¿Se da cuenta? Leí la inscripción, sólo un nombre, una fecha. ¡Heinrich Heine, el ruiseñor de Alemania que anidó en Francia! ¡Heinrich Heine, el Rabelais sentimental! ¡El esqueje volteriano del tronco alemán!

Así, bajo las gotas gruesas que persistían en caer del follaje, sobre el suelo reblandecido, en medio de la fragancia a musgo y a hojas en descomposición que había dejado la lluvia, el australiano me confió que en éste su tercer tour europeo, al igual que lo había hecho con el primero y el segundo, fiel a sus amigos difuntos y a la sentencia de su maestro, el alciónico, el infatigable, el intrépido caminante de Sils—Maria, según la cual sólo donde hay tumbas hay resurreciones, tenía la intención de visitar varios cementerios, esas hospitalarias ciudades sin techo, esas mansiones de los espíritus, esos desvanes de lo profundo, esos piélagos de silencio, esos apéndices urbanos de rico mantillo, esos postreros reductos de final de la jornada donde cada uno buscaba a sus muertos, a los que estaba unido y a los que amaba.

Qué mejor, dijo irguiéndose sobre la empuñadura de su paraguas, para un escogido necrófilo, para un concienzudo exhumador de los que estando muertos seguían vivos, para un amante del pasado y de aquellos que habían logrado la victoria sobre la muerte (la victoria sobre la muerte, recalcado), para un poseído por la idea de inmortalidad, para un fanático explorador del enigma, tal como él mismo se definía con la mayor naturalidad de este mundo: el de Charleville, en el seno de cuya tierra había sido enterrado el ángel del exilio, el proscrito de sí mismo, Arthur Rimbaud, el de Battignoles, donde reposaba su maestro en perversidad, el más que lírico Verlaine, el de Montparnasse, que guardaba los despojos mortales de la cima de las cimas, el más alto trasunto de la poesía creada por el hombre, Charles Baudelaire (y a César Vallejo, me digo ahora, cuando esto escribo), el cementerio de Picpus, bajo cuyas imperturbables sombras amaba recogerse Rilke a la hora incierta del crepúsculo, y donde había sido arrojado, entre los últimos decapitados del Terror, el cuerpo de toda evidencia acéfalo del poeta André Chénier, el de la Villete, el de Bagneux, el de Montrouge, el de Auteil, el de Passy, el de Belleville y el gran feudo de 44 hectáreas donde fueron enterrados Papá Goriot, Ester Gobseck, Lucien de Rubempré, el Primo Pons, Santiago Collin, la última encarnación de Vautrin, y en cuya zona más alta reinaba el señor Marcel, ese campo fértil que recogía lo peor y lo mejor de Francia, y en el que, por fin revueltas y emparejadas, en la paz común del sudario, se hallaban, reducidos a una escasa libra de impalpables cenizas Eloísa y su esposo el peripatético, el incontrovertible Pedro Abelardo.

A propósito de cenizas, dijo, había una carta, unas cuantas líneas de una carta que el docto Abelardo le había enviado a su doliente Eloísa, tanto más amante cuanto menos saciada, que eran, enfatizó, absolutamente impagables por el gran desprecio que le valieron las desdichas de su amor y de su brutal emasculación. Y era tal la fascinación que le producían esas líneas, que incluso había osado transcribir el pasaje al clavicordio, pero como era de esperarse en un diletante desprovisto de talento, por más que invocara al demonio musical, por más que invirtiera días y noches en el intento, había fracasado vergonzosamente.

Lanzó una piedrita contra el charco. ¡Qué fantasías se me ocurren de tanto en tanto! ¿Músico, yo?, exclamó. Es como para morirse de risa... Otro capítulo de mis chifladuras. ¡Ay, la horrible impotencia del crear para el creador! No basta afincarse en la humana tarea, no basta trabajar, no bastan los deseos. Ciertamente, no. Todavía estaría faltando lo esencial. El coraje. El coraje y el talento. El coraje más el talento, sumado, multiplicado por todo lo demás.

Hizo silencio, un silencio que me pareció durar un tiempo infinito, y de pronto, con la vista tercamente fija hacia adelante, entreabrió sus labios al dulce canturreo de: Che farò senza Euridice...Euridice, Euridice, sombra cara, ove sei...

¿Le gustaría oír? Y yo que no comprendía, que en mi atolondramiento preguntaba: Oír, ¿qué?

A Pedro Abelardo, por supuesto.

Sí, quiero.

Juntando las manos e inclinando hacia mí su bello rostro: ¿Really? ¿Do you?

Sentándose en el banco, del bolsillo interior de su chaqueta sacó una libreta negra y gruesa como un breviario. Héla aquí, exclamó, y con una voz de hermosas y palpitantes inflexiones en la que se concentraba toda su persona, fue leyendo, conforme su dedo iba tras las letras —fogosas, impulsivas, encabalgadas, como pude apreciar, atisbando por encima de su hombro—, conforme su mano iba bajando de renglón en renglón: Entonces me verás, no para derramar lágrimas, que ya no será tiempo: viértelas ahora para apagar en ellas ardores criminales: entonces me verás, para fortificar tu piedad con el horror de un cadáver, y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre.

Me miró de soslayo, llevándose la mano a la barbilla. Temblaba ligeramente. ¿Un poco de coñac? Hace frío.

De su saco de viaje extrajo una botellita, la desenroscó. Antes de ofrecérmela, la olió recorriendo sus labios con la punta de la lengua. ¿Será coñac o una poción mágica? Bebí. ¿Será coñac o un filtro de amor? Volví a beber. Una agradable sensación me fue invadiendo, como si un cálido arrebol distendiese mis venas para la liberación del torrente.

Olvidado de mí y de todo, pasándose la mano por el rostro, hundido en su bufanda de lana, a cuadros rojos y azules, repitió: Y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre, dos veces, tres, hasta cuatro veces, subiendo cada vez de medio grado en la intensidad del sentimiento.

Casi sin transición, con una gran sonrisa que le iluminaba los ojos rotundamente azules, guardándose en el bolsillo de su impermeable Burberry's la botellita y la libreta de cuero negro, a la que llamó mi tesoro, mi vademécum, mi Baedecker, mi libro de horas, mi muy apreciada arquita, mi cofrecito de la memoria, en la que, además de tantas otras cosas, citas, máximas, efemérides, datos, fechas, consignaba anotaciones al margen de sus pensamientos y todo aquello que fuera surgiendo de sus lecturas diarias (viajaba con varios kilos de libros, veinte, treinta kilos de los que no había aprendido a prescindir, sus libros eran su conciencia y debían ir adonde él iba, para bien o para mal, por cortos o largos que fueran sus recorridos), me informó que esa misma noche tomaría el tren para Florencia, donde, en la iglesia de la Santa Croce, se encontraban codo con codo Galileo, Maquiavelo, Alfieri y Miguel Angel, el maestro de la piedra viva, y, en la nave de la capilla de los Sepulcros, en la iglesia de San Lorenzo, los huesos de los grandes duques en sus sepulturas de jaspe, pórfido y granito.

Su estadía se prolongaría unas dos semanas. O el tiempo que le fuera preciso para consultar algunos manuscritos en los archivos de la biblioteca Laurentiana. Revisar los archivos y pasearse por el Arno, pasearse a la luz del Arno y disfrutar, una vez más, del Descendimiento de Cristo al Limbo, del Bronzino, de los Ticianos de la Galería Pitti, en particular El hombre de los ojos grises y El Aretino, indudablemente no sus mejores retratos, pero los que él más estimaba. De Florencia a Nápoles para darse una vuelta por el mausoleo de Virgilio, y de Nápoles a Herculano y Pompeya. No quería desperdiciar la oportunidad de conocer esa zona de la Campania, en la cual, según una antigua leyenda, se hallaban las puertas del Averno. Allí donde, bajo negras nubes de piedra pómez, en el año 79 de nuestra era, había perdido la vida, víctima de la curiosidad científica, Plinio el Viejo, ese espíritu un poco a la Julio Verne, por quien sentía una particular adoración, al punto de haberse gastado una pequeña fortuna en la compra de los treinta y siete libros de su historia natural: se paga caro lo que se ama.

De seguidas, tal como estaba previsto en su itinerario, subiría al norte. Siempre en trenes suburbanos y del lado de la ventanilla (jirones de verde, fragmentos de troncos, ramas carbonizadas, nieve en los caminos, algunas nubes, túneles, casitas medianeras, andenes, relojes, paradas y sus buenos momentos de fastidio), que le proporcionaban, además del sosiego requerido para desarrollar las necesidades de su espíritu y tener de la brida un corazón colmado por la tensión de los viajes —a falta de carrozas, o algún otro medio de locomoción de la misma índole morosa y retardada—, la sensación de sentirse topográfica y corporalmente transportado en las coordenadas del espacio. Y si ningún imprevisto se oponía, esto es, si no cambiaba de parecer, tentado por la ventura, o por quién sabe qué accesos de humor, depresiones incluidas, como a veces le sucedía, entonces, seguiría hasta el cementerio de Wahring, donde, al lado de Beethoven, golpeado en el órgano indispensable a su arte, yacía el buenazo de Schubert, el mejor y el más sencillo de los hombres, y al pequeño camposanto de las montañas del Valais, que albergaba bajo espesores de frío y silencio al gazmoño e intolerablemente puro, para su gusto, pero con todo notable Rainer Maria Rilke. Entonces se tomaría un breve descanso en algún hotelito de las montañas suizas, frente al Lago de Los Cuatro Cantones, paisaje, atmósfera, claridad, aire —ese aire alpino que limpia los pulmones para la respiración total—, pujantes espigas, yerbazales de fin de estío, campos arados, alhelíes, campanillas, profundas torrenteras, cumbres coronadas de nieve, glaciares, puestas de sangrante sol sobre el lago, una imagen, qué digo, dijo, múltiples imágenes de inmodificada belleza que lo presionaban, que lo empujaban, que lo arrastraban desde que había estado allí con sus padres cuando era un niño, un niño muy pequeño. Con sus infortunados padres que murieron jóvenes, tan jóvenes como para serle completamente desconocidos. También ellos casi unos niños. Octubre de 1949, muertos en un siniestro accidente. ¿Le devolvería el lago el trasunto de sus padres vivos? ¿Exorcizaría el lago la fuerza de atracción de esa ausencia? Madre. Padre. ¿Acudirían juntos o por separado?

Se hacía preguntas para las que no tenía respuesta... Formulaba preguntas para las que no había respuesta. Pero si no iba nunca despejaría la duda (la duda, repitió, el peor bacilo que ataca el alma, excepción hecha del sabor a fruto envenenado del desengaño). ¿Iré? ¿No iré? ¿Cómo vivir en esa incertidumbre? ¿Optaría por hacer depender el fallo de la suerte de un dado? ¿Del albur de una moneda? Inflaba burbujas que habrían de reventar.

A continuación, sin más demora, a Amberes, a la capilla de la iglesia de Santiago, donde estaba el gran Rubens, entre los dioses mayores de ese siglo tan pródigo en pintores, y por vía marítima, dejando atrás el continente, una vez más a Inglaterra. A Coniston para ir a la tumba del loco de las piedras, el señor Ruskin, a Canterbury, en cuya tierra había echado el ancla Joseph Conrad, a Bunhill Fields, la necrópolis de las víctimas de la Gran Peste, que por una de esas extraordinarias intervenciones de Némesis, la misma que hizo que Swift construyera el manicomio en que sería internado en su vejez, de su también cronista, el diligente señor Daniel Defoe, y al cementerio de Ashton—Kent, donde dormía en la plenitud del gran sueño la pequeña Simone Weil, y a la iglesita campesina de Nottimghamshire donde habían sido trasladados desde Missolonghi, en el bergantín Florida, empapados en alcohol y preservados ya de toda injuria póstuma, los restos del incomparable Byron, el atleta, el cantor de las libertades, del cual poseía un viejo busto de bronce, colocado de cara al mar, en la biblioteca—santuario de su casita de Newcastle, sobre un montón de partituras. ¿De quién? De Schumann. Otro ídolo difunto.

Y ya le había rendido homenaje a Leonardo en el jardín de Francia, es decir, en Turena, a Chateaubriand en el islote del Gran Bé, en la rada de Saint—Malo. Un sitio absolutamente soberbio, como un deseo, como un sueño imposible, y alguna vez, se lo tenía prometido, su peregrinaje lo llevaría al cementerio de la ciudad santa de Hira, donde, Omar Khayyam, el puro contemplador de las estrellas, estaba sepultado al pie del muro de un jardín, por encima del cual asomaban sus copas varios perales y melocotoneros, que lo mantenían, en su alabanza, como a un vergel florido, siempre cubierto de flores.

Al llegar, lo primero que haría sería embriagarse de vino. Entonces entraría al recinto repartiendo limosnas entre los mendigos y se echaría plácidamente en la tierra, desnudo, de ser posible, y a riesgo de ser apaleado, a esperar la noche, la fiesta de su noche persa constelada de estrellas, y saludaría el día naciente con la partida de la luna, con el rebuzno del asno, con el canto del gallo, con la aparición del rayo clarificador del sol en su pedestal de cumbres, al grito de: ¡Alá! ¡Alá! ¡Akbar Alá!

Poniéndose de pie de un salto, escandiendo mucho las sílabas, la mano firme en el corazón, la cabeza proyectada hacia adelante, en la posición reglamentaria de los declamadores, recitó algunas entre los más escogidos rubaiyat de vino, mujeres y cantos a la fugacidad de la vida. De pronto, con su gozosa sonrisa de blanquísimos dientes y su estilo pujante, con los que matizaba (¿o debo decir desmentía?) sus lóbregos humores y con los que, revelándose en toda su particularidad humana, hacía la sublime ironía de su propio desatino, me preguntó si tenía conocimiento de que en Atenas y Esparta se les cortaba a los suicidas la mano con la que se habían dado muerte y se la enterraba aparte. Así, pues, era de suponer que la mano de Sócrates y el cuerpo de Sócrates se hallaban separados en la demótica Atenas, debajo del polvo de los mercados y de las suelas de los nuevos griegos. Tal vez nutriendo la hierba de algún sucio arrabal, tal vez cruzándose en el camino de algún caballo, de alguna cabra. O entre las ruedas de los autos, saltando al son de las bocinas. Las manos desparejadas, cada una por su lado, arrastradas por la increíble fuerza de la brisa marina, lejos de su tierra ingrata.

Y tomando el paraguas, al tiempo que se echaba su elegante bolso de viaje al hombro prorrumpió: ¡Lástima de vida ésta que no admite el estar en dos lugares al mismo tiempo! ¡No poder estar aquí y en las colinas de Newcastle, en Brisbane y en Ginebra, en Viena y en Siracusa, en Hyde Park y en el Cuzco, en Veracruz y en River Blue, en Ceilán y en la bahía de Mombasa, en Paramaribo y en el Cabo de Hornos, en San Francisco y en La Haya, en el Turquestán y en el Mar Muerto, en el Danubio y a orillas del Volga, en un risco en Génova y en otro, que él se sabía muy bien, en la tierra de la que era retoño! ¡En los acantilados de Funchal y en Bretaña, en el Puente Rialto y en el puente Galata, en el Brooklyn—Bridge y en el Golden Gate, en el puente peatonal de la ciudad natal de Sheakeaspeare y en el de la Bahía de Sydney, en la Vía Tusculana, junto a la tumba del panadero Eurisaces, y en Ravena y en la piazza San Marco, en Kabul y en las islas del mar homérico y en las islas de Clarence, en la Bahía Inútil, en el Puerto del Hambre, en la Tierra de la Desolación, en el extremo sur del continente americano, en Detroit, en Chicago, en Damasco, la ciudad más vieja del mundo, y en Trebisonda y en Esmirna, en el Nepal y en Alejandría, en el British Museum y en el kiosco de la esquina, en las Tullerías y en la Bastilla, en el corazón de Londres y en el corazón del corazón de la selva, rodeados de esquimales y de ornitorrincos, de indios comanches y vikingos, de griegos y tártaros, de malayos y guaraníes, de cafres y fueguinos, de la mejor sociedad del presente y de la intimidad de los grandes muertos! Etcétera, etcétera, etcétera... ¡No poder estar pescando en los muelles del Sena y en las riberas del Hudson, cazando leopardos en Kenia e hipopótamos en Hawache. Etcétera, etcétera, etcétera. ¡No poder estar aquí y al sol del círculo polar ártico, no poder unir el día con la noche, no poder ser uno a un mismo tiempo nómada y sedentario!

No poder estar simultáneamente aquí y en cualquier otra parte. Si se está aquí, no se está allá, y si se está allá, se quiere estar aquí... Siempre teniendo que renunciar a algo. ¡Ay, cómo remontar el río de esa frustrante nostalgia de no perdernos de nada! Siempre teniendo que escoger. Siempre en el disparadero. Lo uno o lo otro. Siempre teniendo que diferir, siempre algo que sacrificar. Siempre en discordia con nuestros más caros deseos. Siempre buscando lo que no se encuentra. ¿Qué nos quedaba, entonces? Puesto que no podíamos quebrar el tiempo, ni volcar la vida sobre el mapamundi, sólo los viajes. Los viajes como sucedáneos de esa avidez contemplativa, de esa suerte de endemia del alma. La errancia y la libertad. Eso sí, sólo si se estaba eximido de la ignominia del trabajo remunerado.

Quien no dispone de los dos tercios de su jornada es un esclavo, martillaba su maestro Federico Nietzsche. Una verdad que hasta los monos suscribirían con su mano izquierda... No hay más: gozar de los viajes... Bien entendido, si uno era lo bastante rico como para permitírselo, lo que sin duda era su caso. Yo soy un hombre que vive en la más completa holganza, dijo. Yo no me gano la vida, yo estoy ganado para la vida. ¡Ay, los viajes en que nuestra imaginación se ocupaba de antemano de la próxima escala, al cosquilleo, a los efectos, a las maravillas de esos sucesos plenos de significación que eran por sí solos el encanto de la vida. ¡Dios, nunca había aspirado a otra cosa! ¡Los viajes que añadían vida a la vida! , no él sino el señor de Nerval era quien lo había dicho.

J'ai fait trois fois le tour du monde dans me voyage, canturreó. J'ai fait trois fois le tour du monde dans me voyages...

Si por él fuera nadie lo vería dos meses en el mismo lugar. Al menos él, George Bilfinger, ciudadano del mundo, vale decir, de ninguna ciudad, de todas, oriundo de Australia, un país más grande que cien países juntos, Oceanía, una isla, un continente, el mar más grande del globo, un horizonte tensado, tensado en toda su superficie líquida, era lo que procuraba hacer...

Pero no infamemos el mundo, ¿qué puede importarle a él que se nos deban otras tantas vidas, tantos paisajes y experiencias, que se nos hayan cerrado tantas puertas y que no hayan vuelto a abrirse? ¿Qué puede importarle al cerezo que nos gusten o no sus frutos? ¿Qué le importa al zorzal que amemos o no sus trinos? ¿Qué puede importarle al mundo que sus ocupantes sucesivos sean llevados a la muerte? ¿Qué puede importarle al mundo este combate nuestro desigual y continuo contra la mezquina y opaca vida? ¿El ridículo naufragio de las criaturas de la agonía? No, dijo, no quiero que se me malentienda. Le advierto que en cuanto al mundo lo acepto tal cual es... No me quejo. No hay agravio. Comprender es perdonar, olvidar es perdonar, como dijo Spinoza. Ego te absolvo. La realidad siempre se impone. Yo también soy filósofo y me descubro ante los triunfos de su fuerza indicativa.

¿Y ahora, qué tal si nos acercamos a un pequeño bistró por los lados de la Rue de Petits—Champs, ese resto medieval de la antigua ciudad del lodo, a la vuelta de la esquina del Banco de Francia? Un lugar muy acogedor, una atención impecable. Sirven una deliciosa brochette de riñones, unas maravillosas chuletas à la Barnave, sangrantes. En cuanto al vino, del mejor. Allons, allons, ya se nos va haciendo tarde, hay que darse prisa... Cuando hay hambre no hay conflicto... Presuponiendo, eso sí, que pueda ser saciado. ¿Le importaría a usted ir conmigo de la mano? ¿Do you? ¿Really? Me muero de ganas de una seña de su amistad. ¡Estas ciudades tan grandes! Y la soledad que es siempre mayor. Y mi vida que está llena de personas que seguramente nunca volveré a ver. ¿Alors, oui ou non?

En los alrededores de la plaza de Clichy, huyéndole al vaivén de danzas y campanillas de una romería de bonzos, de auténticos bonzos de Tonkín, en naranja y en marrón, nos colamos por una callecita lateral. En mitad de la carrera, como si le hubiera venido a la mente un recuerdo retrasado, se detuvo en seco: El señor Talleyrand gustaba decir al levantarse de la mesa que el destino no podría alcanzarlo porque ya había comido. Dentro de unas horas habremos comido. Nosotros también estaremos fuera de su alcance.

Sucedió que yo reí. Reí muy fuerte. Descendíamos las escaleras del subterráneo, y yo reía, reía aún sin contenerme. Improvisamente me soltó la mano y se puso a bailar una descosidísima danza de piernas y brazos en alto. Sentí de pronto levantarse enorme y profunda dentro de mí esa explosión de placer en que rodamos por una pendiente invisible y todo lo que nos circunda se desvanece. ¡Dios mío, quién sabe cómo acabará esto! Por mi parte, sólo tengo una vida, una vida... una vida que no quiero que se me escape como el chorro del agua. No tan deprisa, no tan deprisa, chorro de vida.

Es una jiga escocesa, gritó lanzando al aire su bufanda de lana a cuadros rojos y azules.

Saliendo del túnel las pisadas apuradas de los imperturbables franceses pasaron de largo. Sólo una mirada, la de los ojos ávidos, enmarcados por ojeras, de un niño, y el temblor convulso, apuntando arriba y a los lados, de la barbilla de un arpista ciego echado en el piso, mientras la hilera de huesos de sus manos agitaban las monedas en el plato del sombrero.

¡Oh, oh, ah, ah! He quedado exhausto. Este cancán lo aprendí para bailarlo ante la losa tumbal del señor Joyce en el cementerio de Fluntern, desde el que se descubre una maravillosa panorámica de la ciudad de Zurich. ¿Que si la bailé? ¡Oh sí, oh sí! ¡Y cómo! A falta de gaitas con sus flecos y cintajos, acompañado por la armónica y el tercer violín de una orquestita cantonal. Pensaron que era locura llevarle música al difunto. Me tomé el trabajo de explicarles que si bien el señor Joyce estaba muerto era del linaje de aquellos que no habían cesado de estar vivos. ¿Acaso Cristo, la segunda persona de la Trinidad, está muerto por el hecho de no estar vivo y presente en su vestidura de carne? ¡Después de todo, Cristo está en los cielos, pero el emérito señor Joyce debajo de la tierra!, replicaron, como para demostrarme cuán imperfectamente habían aplicado sus sesos no sólo a las minucias teológicas sino también a los altos vuelos de la dialéctica. No me quedó más remedio que atenerme al consejo de Yago: Poned más dinero en su bolsa. Eso lo comprenderán sin duda, me dije. Todo el mundo entiende la verdad de ese idioma. Dinero contante y sonante, dinero tonante y cantante, dinero votante, dinero conturbante, dinero perturbante, dinero refrescante y regocijante... Buena la poesía, pero no tanto. Buena la poesía, pero mejores, infinitamente mejores los francos.

Se aproximó y me miró fijamente a los ojos. N'ayez pas peur, ma chère, dijo. Yo soy tímido, usted es tímida. Seremos osados... Hoy me siento romántico. No, no la defraudaré. Hasta ahora no he hecho demostración más que de una parte mínima del caudal inmenso que llevo en mi cabeza...



LLUVIA

Paseándose por ciertos matices entrelazados de los muebles quietos en el cuarto, por la mesa larga atestada de libros, las sillas, la mecedora, por las dos lámparas, puesto que una no era suficiente para su vista gastada, paseándose por la firmeza e intimidad de las sombras, comprendió que detrás de las persianas y de las montañas el sol todavía no había salido.

Era uno de los más lúgubres inviernos de los que tenía memoria, sin punto de comparación con cualquiera de los peores que recordaba. Así pues, estaba dentro de la norma el que el clima no hubiera mejorado y que también esa mañana, como casi todas las del mes y la semana, augurara agua. Continuó en la cama. En el silencio oyó un crepitar suave, melancólico. ¿Eran las hojas de los árboles? ¿O el gotear de la lluvia que se anunciaba?

No había terminado de subir la persiana cuando el sucio blanco de la humedad se esparcía por el cuarto. Más de las dos terceras partes del valle estaban sumergidas en una bruma cavernosa. Eran las siete y veinticinco. En la distancia, dominaban oscuras las nubes.


Media hora después las gotas repicaban duro sobre la platabanda del garaje del vecino. Los canalones parecían llevar piedras y el torrente que desviaba el viento iba azotando las cuatro desquiciadas ventanas de cuyos cristales se desprendían regueros. Al fondo, y por encima de los techos todos iguales, los jabillos eran sacudidos, lanzando, como en los dibujos animados del bosque de Blancanieves el torbellino de su cornamenta muy lejos fuera de su centro y de la franja oscura en que se habían constituido los troncos. Por su parte, en la acera de enfrente, los eucaliptos eran aventados como si fuerzas antagónicas los tironearan cada una por su lado.

Ante la prospección del peligro de lo que ya una vez había ocurrido su corazón latió con prisa. Recordó el furor de la contienda que había derribado a aquél que con el tiempo más había embellecido de la hilera de los seis. Habiéndolos visto crecer a todos, podía dar fe de la rapidez y poderío con que el tercero de la fila había subido a disputar su oxígeno más alto y más arriba. Aún podía dibujarlo en el lugar vulnerado del mapa donde su esbelta figura de dandy, con todo su ramaje, y con él el abanico de su fronda entera, había enraizado. Erguido, afilado, menos inflexible al viento que el día y hora de su extracción y barrida.

Un sábado por la mañana de hacía dos años, finalizando julio, atraídos, por el doble sonido de la madera rajándose y retumbando de regreso, bajaron todos a la calle a rodear el viejo Oldsmobile que el eucalipto había destrozado. La baranda de hierro del balcón de la casa de su dueño, que tanto trabajo duro había invertido en cuidarlo, colgaba de la fachada, los ladrillos demolidos, catapultados hacia los cuatro puntos cardinales.

Atravesado en toda su envergadura, el tronco parecía condensar la admonición de que hasta los más fuertes y pujantes debían andarse con cuidado, pues éstos también ——o sobre todo ellos y justo por eso—— se arriesgaban a ser doblegados.

Una ardillita se paseaba por los entresijos del follaje, de tanto en tanto se alzaba a olfatear el aire. El hijo de uno de los vecinos recolectaba los nidos, con sus telas de araña, pedacitos de corteza y yerbas, que hasta hacía poco sólo eran visitados por apretados vuelos y gorjeos. El muchacho, al que en más de una ocasión había entrevisto en el parque del edificio de enfrente con un rifle de balines disparándole al pichón, exhibía en el cuenco de la mano un huevo, una casi ridícula reducción de un huevo como huevo de Pascua de Resurrección. Pasado el susto de muerte, y sin más daños que lamentar, todas fueron bromas y frases ingeniosas, hasta que un nuevo aluvión de truenos y relámpagos les obligó a dar la media vuelta y ponerse al resguardo.

El conjunto de las imágenes pasaba ahora, fugaz, aunque clarísimo, por su mente: el camión de los bomberos, la cuadrilla de la electricidad reparando los cables, el árbol derribado aún absorto en el flujo de su savia, la sierra eléctrica bramando con la intrepidez de un órgano, las chispas que encendían las cuchillas, la corteza hecha jirones, los tocones rezumando resina, los ociosos reunidos en la contemplación del espectáculo del desguace del árbol, el griterío de los pequeños que jugaban a flagelarse con las péndulas, los motociclistas que se detenían y arrancaban con toda petulancia para eludir un tramo difícil o para enfilar la calle paralela. Desde muy lejos le llegó el olor a medicamento que embebía la calle en el área de la deflagración, le parecía estar oliéndolo con igual intensidad que antes.

El cielo se había hecho aún más cerrado, sordo, sin luz. Se empinó a mirar las alcantarillas. Estaban atascadas, el agua discurría turbulenta, y aun si los automovilistas conducían despacio, las ruedas pasaban arrojando olas revueltas con el barro de los cerros. Por suerte la suya era una calle de dirección única, de moderada pendiente y con poca afluencia de tráfico.


Cada vez que se desataba la tormenta, después de los primeros chaparrones con que finalizaban los meses de sequía, continuando con lo que ya se le había convertido en una costumbre, subía a la ventana del vestíbulo de arriba, pues no había ninguna otra desde la que asomarse sin que nada, muros, árboles, casas, obstaculizara la visión de todo el alboroto que se estaba desarrollando afuera. Era desde esa posición privilegiada donde se compadecía de los hambrientos y cansados a los que la lluvia dejaba a la intemperie, al tiempo que se alegraba de no contarse en el número de ellos, y no había ocasión en que no se reprochase el que su satisfacción pudiera superar, y con mucho, su capacidad para ponerse en el lugar de los afectados, sin referencias de nombre, de origen y de caras. Sin embargo, aun si no conseguía hermanarse con sus semejantes hasta el punto de olvidarse de sí misma, creía y esperaba encontrar alguna especie de indulgente perdón partiendo de la convicción de que a nadie, por más sensible y poco mezquino que fuera, le debía ser fácil no regocijarse del pequeño clima estable de sus usos cotidianos. Del confort y bienestar sólo garantizados por la posesión de un techo seguro, con sus cimientos y su dique de paredes contra el caos y la zozobra circundante, aun si todo bien, y la entidad del hogar lo era en grado sumo, llevara consigo el temor al instante no anunciado de algo desconocido: un temblor de tierra, el agua que se lo lleva todo, la chispa que desencadena el fuego, el soplo helado de la hecatombe que, sin nada que ganar y nada que perder, reducía a blandos vestigios óseos las muchas vidas sorprendidas en mitad de lo que se tenían prometido.

Levantando la vista hacia los cerros, en la medida en que una parte de ellos, de la que sabía cómo era y lo que le faltaba, todavía era visible bajo el blanco lácteo en que había quedado comprimido el cielo, trató de hacerse una idea de cuánto iría a durar aquello. Antes o después, el resplandor de una descarga eléctrica... Más lejos o más cerca, la percusión retrasada de los correspondientes truenos. De Este a Oeste... una nube gris paloma en la acuidad de cuyos fondos se estancaba un fulgor de plata apenas rebajado por el cendal de la niebla.

Una nube estereoscópica, apenas algo diferente a las que había pintado Turner alargadas por la velocidad del viento en el estuario del Támesis o abatiéndose con ardor de pura sangre sobre la real flota inglesa desplazándose de su anclaje en los muelles de Plymouth: blanco yeso y gris fosforescente, con toques violeta y rosa pálido: las gamas frías predominando.

Nubes de lo más aterradoras, nubes a las que sólo impedían su desborde los límites de la ventana o la forma ortogonal del cuadro. Más acá... un tordito que retrocedía en precipitada curva para introducirse mudo y escarmentado entre la oscuridad de los palos... más acá todavía, al alcance de un tiro de piedra, un colibrí instalado en vertical suspenso ante un gajo floreado, con esa clase particular de movimiento más propio de los insectos que de las aves.

Escucha la marcha lenta del camión de la basura que se detiene a recoger los desechos que estrujan y aplastan las palas mecánicas, percibe el olor a carburo, a piltrafa, a leche cuajada. Se lleva las manos a la nariz. Oye el repercutir de las gotas en un balde de metal galvanizado... las puertas atronando todas a un tiempo en la caja de resonancia de la casa de al lado... Cosas que no veía pero igual se representaba de conformidad con todo cuanto se removía en función del agua. Tres, cuatro horas, calculó, tal vez toda una mañana del más puro y contingente estallido fenoménico. Pero ya comenzaba a alegrarse por anticipado pensando en el momento en que toda esa agua sería agua pasada y los vapores húmedos se refundirían (no en balde su ciudad era alabada por su constante oscilar entre verano y primavera de enero a enero) para abrirse paso, con ese matiz multiplicado en transparencia y lozanía, con esa limpidez de recomienzo del mundo que sólo da la lluvia, al más cabal de los azules, el único que en su adoración al sol concebía.

¿Y la noche? Lo que sería la noche, cómo se balizaría de estrellas culminando la obra de purificación que había iniciado el día. Venus, la primera, y enseguida, con qué silenciosa prisa vendrían los planetas, Mercurio, Marte, Júpiter y Saturno, y de uno a otro hemisferio todos los demás grupos permanentes, Alpha Centauro, Tauro con Aldebarán y el grupo de la Pléyades, el Cisne, el Delfín, entre Pegaso y el Águila, y por fin, Sirio, la estrella más brillante del crepúsculo de la mañana en la constelación del Can Mayor, a millones y millones de años luz, pero con energía suficiente como para después de tan meteórico recorrido seguir pisándole los talones, y sin menguar en nada sus destellos, a Orión, el cazador celeste.

Se quedó mirando el alto brazo de la grúa columpiar un haz de vigas en el aire, la rueda de la polea, los cables de acero. Bajando un poco la vista, divisó, al albañil solitario, el mismo de todos los días, balanceando los pies fuera de la plataforma, con una mano en la pernera, a la altura de la rodilla, y la otra apretando un cigarrillo. Como soldado después de la batalla, se formaba su propio juicio respecto al hecho concreto y simple de que llovía.

Girando hacia la izquierda, miró el barrial del patio desgarrado por los goterones, el plástico chasqueante que cubría dos bicicletas contra el muro rematado de vidrios: verdes, anaranjados, amarillos, opacos, cuando lo más frecuente era que reverberaran hasta hacerle voltear la cara. Pasó de una rata nadando un trecho e impeliéndose de regreso sobre las patas delanteras, para al fin perderse patinando sobre la tierra mojada hacia el fondo de la hiedra (la misma rata gorda, u otra idéntica, pero igualmente lenta, más lenta aún mientras nadaba, y a todas luces preñada, que la antevíspera había visto salir de su madriguera, a rastras, tan aplanada del vientre como caimán en el pantano) a los vástagos escurridos en sus tiestos, a los pétalos tronchados de las flores amarillas, a los frutos del granado extenuando la ballesta de las ramas.

Continuando a lo largo del muro muy cubierto por la hiedra que durante ese mes había proliferado más que en todo un año, se entretuvo contemplando el tumulto del romero, las hojitas espurreadas de la ruda. Alrededor de un corcho giraba un remolino. Las hojas del níspero y de la malagueta bogaban en el patio hacia la parte más estrecha del aliviadero. De la cuerda pendía una funda sujeta de dos pinzas amarillas. Presa del arrobamiento, iba de las pinzas al agua que explotaba en el alero.

En medio de su pasiva entrega al afuera, le llegó un ramalazo de aire caliente y a continuación frío, y, juntamente con él, la hebra de un aroma perdido a tallos, raíces, jugos, materias desde hacía tiempo muertas y sedimentadas, coexistiendo con el dejo húmedo de las hojas sueltas que la tierra blanda aún no había digerido. Era como el espiral de un leve e insidioso éter cuyas emanaciones acapararan los ritmos de flujo y reflujo de sus sentidos.

Echando la cabeza hacía atrás, cerró los ojos para verificar que no se le había olvidado nada. Después de unos segundos consideró que si en la reconstrucción del escenario alrededor del cual palpitaban los fenómenos en calidad de puerta de entrada a las sensaciones liberadas para sondear la vida no estaba todo, al menos sí lo más valioso de cuanto necesitaba para la clarificación y el goce de lo que tenía pensado. Justamente estaba dándole vueltas a un relato en el que se describía un día, parecido o igual a ése, acoplándose a sus impresiones ópticas y auditivas, tanto como a las marcas olfativas almacenadas en su cerebro, y el cuento se llamaría Aguacero, o tal vez Lluvia, dos títulos más bien escuetos, a imitación de los que los pintores les ponían a sus cuadros como para no sentirse culpables de abusar de la gramática expresando más de lo que se habían propuesto realizar con sus medios comunes.


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