viernes, 26 de diciembre de 2008

EL ÁNGEL LITERARIO DE EDUARDO HALFON




“Soy guatemaleco, pero no lo Soy”

El lunes 17 de mayo figura ya entre las fechas más significativas de la literatura viva de Guatemala: ese día, en Barcelona, Mihály Dés, Rodrigo Fresán y Jorge Herralde presentaron El ángel literario, la nueva metaobra de Eduardo Halfon, que resultó finalista del multitudinario Premio Herralde de Novela 2003.
Por: J.L. Perdomo Orellana
Unas cuantas horas antes de sobrevolar de nuevo la zona 1 rumbo a España, este ingeniero industrial que hizo a un lado el título obtenido en Estados Unidos, retomó el hilo que no se detuvo en Esto no es una pipa, Saturno (Alfaguara) y De cabo roto (Littera Books).—¿Qué lo llevó a la ruta transitada por José Batres Montúfar, Musil y Jorge Ibargüengoitia?
Aunque tendemos a distanciarlas, literatura e ingeniería vienen a ser la misma cosa: son sistemas para comprender el mundo. El fenómeno del ingeniero convertido en escritor es muy común. Ahí también está Dostoievski. Hay un pequeño paso entre ambas profesiones. Tanto el ingeniero como el escritor tratan de ordenar lo desordenado en un mundo caótico, ya sea a través de un sistema de palabras o de números. Hay mucha afinidad. Pero no sé qué o quién me llevó a dar ese pequeño brinco. Inconformidad, supongo.
Eduardo Halfon, finalista del multitudinario Premio Herralde de Novela 2003.
—¿Ya logró "insertarse" en el desorden de esta orilla del quinto infierno?
No, todavía me siento como un extranjero. No logro encajar con ciertas nociones guatemaltecas, como la impuntualidad y el cangrejismo, por ejemplo. Sigo viendo las cosas desde afuera, como un exiliado. Soy judío pero no soy judío, soy árabe pero no soy árabe, soy guatemalteco pero no lo soy. Un escritor nunca llega a ser parte de donde vive; habita en otra parte. Yo me he mantenido al margen de todas las tradiciones nacionales. Hasta el momento no sé lo que es un fiambre: ¿cómo puede alguien así considerarse guatemalteco?
—¿Es cierto que por la zona 1 sólo pasa cuando va en avión?
Y a veces, dependiendo del viento, ni así. Pero es cierto, yo no conozco muy bien la zona 1 ni el resto del territorio del país. Vengo de un submundo guatemalteco que no pasa por esas regiones. Ni siquiera en eso encajo. Tampoco logro encajar en el mundo estadounidense o en el europeo. Nací exiliado y vivo exiliado. Es lo mismo que menciona Camus: la condición de ver desde afuera, para ser literato. Somos extranjeros y escribimos como tales.
—De la ingeniería a la literatura, ¿cuál salió ganando y cuál perdió?
En ambas también soy un extranjero. Aunque tengo el título, no me considero un ingeniero. Pero tampoco me considero un literato. Me siento como un invitado a una fiesta en la que en cualquier momento apagan la luz y quitan la música. Siento que estoy a un paso de ya no ser escritor y todo por esa condición extranjera. Soy un huésped que sabe que los expulsados del mundo de la literatura abundan. Por eso, cuando consigo obsesionarme con una idea, escribo muy de prisa, sin salir de casa y sin dormir mucho; sin hablar con nadie, porque siento que la idea se me va. También en la literatura soy un exiliado. No soy un escritor permanente, en cualquier momento me voy.
—Ibargüengoitia abandonó la Ingeniería el día que diseñó unos mingitorios que quedaron a la altura del cuello de los usuarios: ¿cuándo la abandonó usted?
Salí de la Ingeniería desde que entré. Nunca estuve contento estudiándola; continué por falta de valor, de coraje, de decisión. Se trata de un período nebuloso en el que, por falta de mejores opciones, continué en ella, pero nunca estuve realmente en esa profesión. Eso sí, mi atracción por las matemáticas continúa invicta.
—Usted, que no acostumbra dedicar sus libros, dedicó “El ángel literario” a Joe y Masha. ¿Por qué?
Ellos son mis padres. El libro trata de influencias literarias y qué mayor influencia que los padres. Ésa es una de las razones. Hay otras, pero secretas.
—Su nuevo libro tiene un epígrafe general de Oscar Wilde, que dice: “Todo retrato pintado con sentimiento es un retrato del artista, no del modelo”. ¿Por qué escogió esas líneas?
Porque es la idea que atraviesa todo el libro. Con los retratos que incluí en sus páginas, al mismo tiempo esbocé un autorretrato. Llegué a ese epígrafe de último. La novela ya estaba concluida. Esas líneas cayeron en el libro como un rayo y se incluyeron a sí mismas.
—En el capítulo II las líneas invitadas fueron de Carver: “Influencias son fuerzas, circunstancias, personalidades, irresistibles como la marea”. ¿Por qué alguien tan abstemio como usted cita a un ex borracho total?
Soy un gran admirador de Carver. Su retrato fue el primero que escribí para el libro. De él me sigue llamando la atención que su mayor influencia aceptada hayan sido sus hijos, no otros autores, no otros libros. Sus hijos. Si uno lee su obra se da cuenta que es cierto, los hijos están presentes en todo Carver. Cuenta él una escena que le sucedió en una lavandería de Iowa City, mientras secaba la ropa de sus hijos, deseando con fervor un poco de tiempo para ponerse a escribir. Es chejoviano el asunto. Partí de esas líneas para escribir todo su retrato.
—Es extraño oírle a un hijo sin hijos repetir tanto la palabra hijos...
Por el momento, no tengo la menor intención de tenerlos. Cuando los tenga, seguramente cambiará mi perspectiva de los padres. En efecto, escribo como un hijo que no tiene hijos. Sin duda, la escritura de alguien que ya los tiene es distinta. Es algo difícil a mi edad, en un país empecinado en saturar el mundo. Nada en mi vida ha sido convencional. Como tampoco fue convencional mi llegada tardía y en picado a la literatura.
—De Hemingway seleccionó: “Lo único que debes hacer es escribir una oración verdadera.”. ¿A cuento de qué?
Es un homenaje a Hemingway y a las oraciones verdaderas. A la frase corta, concisa, seca, que golpea de frente. Creo que algo tiene mi narrativa de esto. Lo único que Hemingway deseaba era escribir una oración verdadera. Por eso aparece en dos de mis libros. La génesis literaria de Hemingway se remonta a París y hasta allá lo seguí.
—¿Y la turbamulta de palabras de Asturias y García Márquez no le dice nada?
Podríamos decir que ambos vienen de Faulkner. De hecho, García Márquez lo recalcó al recibir el Nobel. La escritura de ellos es preciosa, florida, me gusta, pero me seduce más lo opuesto a ellos. La brevedad. Me gusta la obra de Asturias, pero tengo que aceptar que huyo a Asturias tanto como huyo a Guatemala. Es un misterio que prefiero dejar insondable.
—En el último capítulo no aparece ningún epígrafe. ¿Tan pronto los agotó?
En ese capítulo ya no cayó ningún rayo y el retratista se volvió su propio modelo. Ahí aparecen plasmadas mis dudas y frustraciones. Ahí no cupo ningún epígrafe porque el capítulo en sí es el epígrafe.
—No cualquiera publica en Anagrama. Con anterioridad, en su catálogo de 361 títulos sólo había sido incluido un guatemalteco. Las buenas lenguas, escasas en Guatemala, ven en “El ángel literario” un buen augurio, y autores sabios como Méndez Vides incluso lo celebran. En las pasarelas del mercado editorial, las sobrepobladas malas lenguas, por su parte, viborean acerca de una confabulación judío-masónica, un eficaz agente literario a sueldo y una amistad oportuna con Enrique Vila-Matas. ¿Qué ve en todo esto?
Por supuesto que Vila-Matas me ayudó, le pagué lo suficiente para que lo hiciera. Así funcionamos los judíos. Con pisto, no talento. Además, no sé si usted lo sabía, pero las editoriales españolas siempre prefieren que sus escritores tengan penes circuncidados. Por higiene. Ahora bien, ese rumor del agente literario sí me ofende, me duele, porque ésa no es su labor, es decir, al agente literario no le corresponde conseguir publicaciones ni ayudar al escritor, sino únicamente entorpecerlo. No entiendo esos rumores, ni voy a perder el tiempo tratando de entender el sesgado zancadillerismo aldeano, para el cual de seguro Anagrama me publicó por ser un producto exótico hecho en Guatemala. Pero sí siento respeto por la opinión literaria nacional o, al menos, parte de ella.
—En esta carrera de galgos que la majada sedicentemente literaria ha hecho de los sagrados templos de la literatura, ¿no ha empezado a sentir algo así como la soledad del corredor de fondo?
Sí, pero no importa. Mientras más pública es una obra, más a contracorriente se debe ir. Esa soledad es cierta, y cada día tengo menos ganas de pertenecer a cualquier tipo de gremio. Con todo, a esa soledad siempre tienen acceso los escasos buenos amigos. Es en esta soledad donde se les conoce mejor, como también se reconocen los mejores enemigos, esos que tiene el desplazamiento pausado de los cangrejos que siguen pernoctando en esta olla de país.
—Puesto a escoger entre los elogios, las mentadas, el silencio y la soledad del corredor de fondo, ¿con qué prefiere quedarse?
Por supuesto que me quedo con la soledad. Vivo solo, vivo lejos. Y así voy a seguir. No tengo pensado cambiar. No quiero que me inviten a cocteles ni a fiestas. Cultivo la soledad, pues la considero esencial para quien escribe. Rilke lo menciona muy claramente en sus Cartas a un joven poeta. De modo que voy a persistir en el alejamiento que me da el saberme extranjero en cualquier país del mundo.
—¿Sigue escuchando las alas del ángel? ¿Es éste más rápido que su sombra?
Sí. Es un ángel desgastante que, a veces, se vuelve demonio. Sus alas duelen. Cuando termino un libro, yo también estoy terminado, enfermo, vacío. El proceso creativo es, hasta cierto punto, una maldición. El ángel pasa, te señala y luego se va. Pero la sombra siempre queda, uno se mantiene en esa sombra, uno se queda viviendo en esa sombra porque la obra queda. Es una sombra fría, sorda, en la cual uno está condenado a vivir. Muchos no la soportan y entonces abandonan el mundo o, con suerte, sólo abandonan el mundo literario. Luego de tres libros publicados, si de algo estoy seguro es de que todos están a punto de volverse escritores. Todos tienen la palabra en la punta de la lengua. Pero todo escritor también está a punto de dejar de serlo.
—Entre las oraciones y las páginas verdaderas y los años que vendrán o no, ¿hay una línea donde lo esté esperando el autoservicio del suicidio?
El suicidio me sigue interesando mucho como tema. Siento que ese libro aún no lo he concluido, que aún hay un capítulo por narrar. De momento me reservo, sin embargo, su contenido. Creo que no hay mejor cierre que ése.

EL ÁNGEL LITERARIO. Fragmento. Por Eduardo Halfon

Empecé a escribir este libro, como siempre, sin saber hacia dónde me dirigía. Nada más deseaba, sin tampoco saber por qué, escribir cuentos biográficos sobre algunos autores que me gustan, que me han marcado en cierta forma como lector y como escritor y, especialmente, como persona. Tal vez quería brindarles un tipo de homenaje o peculiar tributo –no conozco sentimiento más embarazoso que la admiración, recuerdo que dijo o pudo haber dicho Baudelaire. Pronto me di cuenta, sin embargo, de que había un dato biográfico concreto en sus vidas que me interesaba especialmente señalar: el momento exacto en que se habían convertido en escritores. A través de un velo romanticista, yo miraba ese instante como casi un hechizo, como el despertar literario de un pobre príncipe en un cuento de hadas. Ingenuo, ni modo, pero así comencé. Algunas veces encontraba que ese momento era el de primera escritura; otras era el momento o las circunstancias de inspiración; y aun otras era el momento decisivo en el pulir de su artesanía como escritor. O sea que el núcleo inicial de un escritor, claro está, se me tornó ambiguo de inmediato. Muy escurridizo. A mí mismo se me hacía difícil tenerle que explicar a alguien qué estaba escribiendo (todavía hoy me encuentro dando explicaciones, no sé, quizás dándome explicaciones). El cuento de hadas se derrumbó con todo y el velo, y me enteré de que, en la vida real, el pobre príncipe siempre continúa durmiendo.
El diario, entonces. Llevar un diario que registrara este proceso fue una idea espontánea, inesperada, surgida en un diálogo casual entre dos amigos para ir dejando constancia de todas las dudas que me fuesen surgiendo en el camino, un camino que resultó ser más escabroso, más personal, más íntimo de lo que me pude haber imaginado. Ir anotando mis inquietudes quizás me ayudaría a sujetar con firmeza ese tema que, como algún líquido viscoso, se me estaba filtrando entre los dedos. Cabe mencionar que yo no soy una persona de diarios. Prefiero leerlos, el de Pessoa, el de Kafka, el de Cheever. Pese a que obligo a mis alumnos a tener uno durante mis cursos, yo jamás he llevado un diario: esta fue la primera vez.
Escritores me cayeron en aguaceros. Se aparecían por todos lados. Y entré, como siempre me ocurre cuando escribo, en una profunda obsesión. Soñaba con este libro. Casi no salía de mi casa por temor a que se me fuera a ocurrir algún detalle importante y no estuviese cerca de mi computadora para teclearlo. Las pocas veces que me aventuraba hacia las calles era para entrevistar a alguien o buscar cierta biografía que me hacía falta; sólo mandados breves para servirle, como un mayordomo, a este manuscrito. No sé si a todo escritor le sucede lo mismo, pero me gustaría pensar que sí. En fin. Leía una o dos biografías diarias, sin ningún orden, sin ninguna secuencia, detectando el vuelo del ángel literario con cada vez más facilidad. Contacté a aquellos escritores que pude localizar, y empecé a entrevistarlos virtual, personal o telefónicamente, como fuese. Unos me ayudaron, otros se enfadaron, otros me ignoraron. Entonces, ya con cierta información pero carente de ideas preconcebidas, me sentaba a narrar. Todos los días. A cualquier hora. Algunas veces logré un cuento completo y para mí bastante sólido, otras uno muy breve, otras uno muy malo, otras sólo el germen de alguna idea, y otras absolutamente nada.
Ahora, meses después, he terminado de ensamblar un extraño mosaico de ideas y relatos y anécdotas y entrevistas, el cual, visto desde muy cerca, creo que no tiene ningún sentido. Un mosaico sólo se logra apreciar desde lejos –y a veces ni así.
Se me ocurre que quizás todas aquellas decisiones aparentemente accidentales y espontáneas que se fueron tomando en el camino –y recuerdo ahora con lucidez las palabras de aquel escritor neófito mientras batallaba con sus espaguetis–, sólo me estaban conduciendo a una pregunta crucial, digamos que a la pregunta: por qué me había convertido en escritor. Yo, no ellos. Yo, no todos los demás escritores que obsesivamente andaba persiguiendo hasta en mis sueños. Por qué empecé yo a escribir. Por qué escribo. Quizás investigaba las vidas de otros buscándome a mí mismo, buscando el momento en que me voló por encima ese ángel literario y, maldiciéndome, injuriándome, derramó sobre mi cabeza tantas palabras. Qué sé yo. Responder a esa pregunta es quizás la respuesta a esta magnánima pregunta que de a poco se ha ido tornando en una novela y un diario y una autobiografía y un ensayo y una especie de enciclopedia de influencias literarias, todo al mismo tiempo y al mismo tiempo, en nada. Porque a fin y al cabo este mosaico de mi proceso literario no tiene una respuesta última. Siempre, al leerlo de nuevo, sentiré un faltante. Tantas páginas más tarde, y aún no sé por qué empecé a escribir este libro, y aún no sé por qué empecé a escribir del todo, y aún no sé por qué sigo escribiendo. Admito frustrado que no sé y que nunca sabré. Admito aterrado que igual de fácil que encontré a la literatura, podría perderla por completo. Admito vencido –con el riesgo de caer en un solipsismo– que tal vez estoy terminando de escribir un libro que no se puede escribir.
Así pasa la gloria del mundo, escribió Nicanor Parra o Roberto Bolaño citando a Nicanor Parra, no sé, así pasa la gloria del mundo, sin gloria, sin mundo, sin un miserable sándwich de mortadela.
Entre tantas dudas que me acechan en medio de esta afiebrada melancolía que aún aquí en Barcelona no logro sacudirme, una cosa tengo clara. Las personas entran y salen de la literatura sin saber por qué. Y quizás el solo hecho de preguntárselo es acercarse demasiado al sol, pues la razón jamás podrá comprender manifestaciones de un espíritu estético. Jamás. Sin pedir permiso ni perdón, el ángel literario se asoma, nos eleva efímeramente hacia algunos paraísos y nos arrastra hacia nuestros propios infiernos, y eso es todo, y a la mierda.

(El ángel literario, Anagrama, 2004)

EDUARDO HALFON


ESTO NO ES UNA PIPA. Capítulo 1. Por Eduardo Halfon

Yo no lo maté. Así les dije, esposado, en grilletes, hambriento, a los gendarmes. Pasé tres noches en la cárcel mientras ellos hacían sus averiguaciones. Me llamo Carlos Mérida, les dije en un mal francés. Tengo veintiún años. Soy guatemalteco, una mezcla de español e indígena. Soy músico pero más pintor. ¿Qué hace usted en Francia?, me gritaron. Venimos juntos, él y yo, hace cinco meses, el 15 de junio, 1912, en un barco carguero llamado Odembalt. Pagamos cien dólares cada uno. Está bien, me interrumpió uno de los dos, el más corpulento, ¿pero qué hace aquí, aquí, en París?, dijo, señalando el suelo con su dedo. Ah, estoy estudiando pintura, le respondí, en la escuela expresionista de Kees Van Dongen. ¿Quién? Van Dongen. Disculpen, ¿no me podrían traer un poco de agua?, supliqué, la garganta ya seca, pero las bestias esas no me contestaron. Porque los que interrogan, aunque sean franceses, siempre son bestias. ¿Eran amigos, entonces? Sí. ¿Desde Guatemala? Sí, muy amigos, pintábamos juntos, y además, fue él quien me convenció que viajara hasta acá. ¿Cuándo descubrió usted el cadáver?, gritó uno. Hace tres días, contesté, aunque ellos ya lo sabían. ¿Cómo sucedió? Yo estaba pintando en la escuela y me extrañé al no verlo frente a su caballete. Van Dongen, también extrañado, supongo, me preguntó, ¿y tu amigo, Mérida? No sé, aquí estaba hace una hora, terminando el carboncillo de su tétrico San Jerónimo, pero seguro se ha ido, le contesté al maestro, les digo a los gendarmes. ¿Cómo que se ha ido?, indagó, curioso, Van Dongen. No sé, simplemente se ha ido. Pero yo presentí algo raro. Así es, les confesé, yo tengo la capacidad desde niño de poder sentir en el plexo solar cuando algo trascendental está a punto de suceder. Mm, dijo uno de ellos, burlón. Entonces, reanudé, salí corriendo de la escuela, acompañado por el asistente de Van Dongen, directo hacia el estudio que compartíamos en, como ustedes muy bien saben, dije sarcástico, la rue des Fossés, Saint Bernard, número 32. ¿Vivían juntos, entonces? Sí, señor. Se voltearon a ver. No, no, nada de eso, me apresuré a explicar, sólo compartíamos la vivienda. Y, ¿qué encontró usted cuando llegó?, dijo uno, apuntando todo lo que yo respondía en una libreta. Ya les dije. Dígalo de nuevo, replicó el más corpulento, escupiéndome sin querer en el rostro. Llegué y abrí la puerta, el asistente de Van Dongen atrás de mí. Yo dormía en la parte superior, en el entrepiso, y él en la parte inferior, en algo parecido a un cubículo, pero un poco más pequeño. Siga. Seguí. Su sombrero de fieltro estaba sobre el caballete, así, colgado en una esquina, como solía dejarlo siempre que regresábamos de la calle. Olía raro, recuerdo, les expliqué. ¿A qué? No sé, raro. Creo que a pólvora, pero no estoy seguro. Siga. Suspiré, luego seguí. Se acentuó esa sensación que les había mencionado, la del plexo solar, y me puse nervioso. La cortina de su cubículo estaba cerrada, y la corrí de un solo jalón, y ya, ahí estaba tirado. ¿Cómo? Pues de la misma manera que ustedes lo vieron, respondí, enojado. ¿Cómo?, me volvieron a preguntar. De nuevo, suspiré. Mi mejor amigo estaba muerto y yo, con un mal francés, sucio y hambriento, tenía que defenderme de la acusación de haberlo asesinado. ¿Cómo?, dígalo, gritaron casi al unísono. Acostado sobre su litera, de espaldas, las mangas de su camisa blanca arremangadas, la pierna izquierda contorsionada torpemente hacia la ventana, la boca abierta, la mirada serena y dos redondas manchas rojas sobre el corazón. ¿Y qué más? Su mano derecha, balbuceé, todavía prensaba el revólver. ¿Entonces tenían ustedes un revólver? No señor, dije, brincando, era la primera vez que yo lo veía, de seguro que él recién lo había comprado. ¿Desea agregar algo más, Mérida? No, nada más, respondí. Estaba a punto de levantarme cuando, de pronto, uno de ellos me agarró, brusco, del brazo. Una última pregunta, dijo. Usted, Mérida, ¿por qué cree que se suicidó su amigo? Me quedé callado. Y hoy, tantos años después, también me quedo callado. Aún no lo sé. No hubo ninguna señal, ningún aviso previo. Estábamos, en gran parte, contentos de estar en París. Claro, él con su temperamento introvertido de siempre, pero nada más. ¿Qué?, dijo el gendarme, su rostro dramáticamente sorprendido, el plexo solar no le anticipa nada. Y ambos, con ahínco, se rieron. Triste, confundido, empecé a caminar hacia la puerta, alelado por los grilletes. Dígame una cosa, Mérida, su amigo, ¿por lo menos era un buen pintor? Y hoy, tantos años más tarde, mi respuesta mantiene aún toda su validez. Carlos Valenti, contesté, es el más grande pintor de Guatemala.

El guatemalteco Eduardo Halfon gana el XV Premio Bodegas Olarra & Café Bretón

El autor, que residió en la localidad riojana de Matute, se ha alzado con el galardón por su obra 'Clases de dibujo'
LA RIOJA LOGROÑO


El escritor guatemalteco Eduardo Halfon (Guatemala, 1971) ha sido el ganador de la XV edición del premio Bodegas Olarra& Café Bretón, dotado con 6.000, euros con su obra Clases de dibujo. El jurado, formado por Elvira Valgañón, Francis Quintana, Roberto Hoya, Jesús J. Alonso y Francisco Pérez de la Cadena, premió esta obra de Halfon, escritor que residió durante el pasado año en la localidad riojana de Matute de donde era originaria su esposa, aunque hace algunos meses regresó de nuevo a Guatemala. Durante su estancia en La Rioja, el guatemalteco impartió varios talleres literarios en lugares como el Ateneo Riojano, Universidad Popular y también en el Instituto Sagasta.
Eduardo Halfon ha publicado las novelas Esto no es una pipa, Saturno (Alfaguara 2003) De cabo roto (Litera Books 2003) El ángel literario (Finalista del Premio Herralde 2003, traducida al portugués y al serbio).
Completan su bibliografía las colecciones de cuentos Siete minutos de desasosiego (Panamericana 2007) y Clases de hebreo (AMG Editores). En 2008 ha publicado El boxeador polaco.
La entrega del premio se celebrará el 24 de enero y posteriormente, AMG Editores se encargará de la publicación del libro premiado.
Este año el concurso incorporó la colaboración de Bodegas Olarra y amplió la cuantía del premio hasta los 6.000 euros.
En esta edición, las bases del concurso permitían presentar a concurso cualquier género literario escrito en prosa, desde cuentos, novelas cortas, artículos o crónicas periodísticas. El concurso tiene además el objetivo de promover las actividades culturales y artísticas, goza ya de una amplia tradición donde, gracias a esta iniciativa, se han ido forjando la figura de varios escritores españoles. Así destacó la labor de Javier Alonso, el único autor riojano que en el año 2003 logró ganar el concurso.

LOS LIBROS DE RODRIGO BLANCO CALDERÓN



LOS PERSONAJES INVENCIBLES DE RODRIGO. Por Héctor Torres

A veces la literatura le regala a uno ocasiones de disfrutar de citas memorables "no documentadas", que además de no estar registradas en ninguna parte, no necesitamos escribir porque nos quedaron grabadas de forma indeleble. Una de esas afortunadas ocasiones me sucedió en una presentación de un libro, cuyo título ahora no recuerdo. En un momento del evento tropecé con Elisa Lerner, un nombre mítico (seguramente a su pesar) dentro de la literatura venezolana. Durante el breve y amable intercambio de palabras le comenté acerca de lo poco frecuente que resultaba verla en eventos de esa naturaleza. Ella me explicó que, efectivamente, asistía a pocos eventos públicos porque ellos consumían un tiempo que se debía dedicar a la literatura. Me mostré de acuerdo con su afirmación, señalando que, de hecho, la literatura exige mucho tiempo para escribir y, más importante aún, para leer. Y para pensar, acotó ella con solemnidad, necesitamos dedicar mucho tiempo a pensar. Hay que pensar mucho antes de sentarse a escribir, concluyó.
Traigo a colación esta aguda sentencia, porque es lo primero que me viene a la mente cuando pienso en los textos del título Los invencibles (Random House Mondadori), segundo libro de relatos de Rodrigo Blanco Calderón el cual, aunque fue publicado en el año 2007, se presentó hace poco más de dos meses en los Espacios Abiertos Econoinvest. Ya Rodrigo había estado dando firmes pasos en su carrera literaria al haber obtenido dos menciones consecutivas del Concurso Nacional de Cuentos de SACVEN (en las que coincidimos) y al haber sido uno de los ganadores de la primera edición del Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores con el libro Una larga fila de hombres, el cual está conformado por cinco cuentos muy limpiamente escritos entre los cuales destaca Uñas asesinas, un relato largo que narra una historia basada en los asesinatos de indigentes ocurridos hace unos cuantos años en Caracas. Este relato destaca del conjunto por su extensión y por sus guiños nada ortodoxos al género policial, y quizá por ser el que con más contundencia anunciaba al narrador de raza que se venía asomando desde aquellos textos de SACVEN.
Y no cabe duda de que Rodrigo (de seguro sin haberla escuchado y quizá hasta sin reparar en ello) concuerda con aquella aseveración de Lerner. Al menos así lo demuestran los seis relatos de Los invencibles. Además de poseer un estilo elegante y reposado, estas historias parecen el resultado de un profundo proceso de reflexión y maduración sobre los temas que abordan esas historias. Historias urbanas, intimistas, que va llevando con firmeza y paciencia sin dejar que pierdan la tensión, ni que el lector se extravíe en alguna de las características disgresiones por las que se pasean los personajes antes de desembocar en sus desenlaces. Disgresiones que, tal como operan los pensamientos, son parte integral del desarrollo de las tramas.
Otra característica de las historias que componen el volumen Los invencibles, la constituye aquella clásica máxima del cuento, que indica que en ellos no importa tanto lo que se cuenta sino cómo se cuenta, ya que son historias rodeadas de atmósferas, diálogos, reflexiones, paréntesis y minuciosos apartados, pero en los que, a diferencia de otros autores, es muy poco lo que en realidad sucede; y al referirnos a esto, nos referirnos a acontecimientos extraordinarios en sí que requieran ser registrados. En los cuentos de Los invencibles los personajes nadan en ese mar inmenso, heterogéneo y más bien patético que es la realidad, para, como bien lo señala su autor en la nota preliminar, demostrar que "la verdadera heroicidad no consiste en vencer y salvar todos los obstáculos sino [...] en ser vencido y superado por todos los obstáculos y, a pesar de todo, continuar". Es decir, en los cuentos de Los invencibles, los personajes cargan con sus derrotas cotidianas, sin sentir por ello mayor angustia que la de saber que la vida debe continuar, y que ello supone la única grandeza posible. E, incluso, cuando se tropiezan con acontecimientos inexplicables, no suelen darle mayor cabida al asombro. Es decir, en una ciudad enloquecida como Caracas, esos personajes no pueden sino resignarse a que cada acto cotidiano tiene su componente de magia, pero que esto, por inexplicable, se enumera, se comenta y se vive sin mayores aspavientos. En la ciudad donde transcurren esas historias, el misterio, lo inexplicable, las "coincidencias" se asoman, nos rozan, se anuncian, pero no están dispuestas a ser sometidas a un largo examen. Quizá porque no es necesario. O quizá porque el ojo entrenado del caraqueño ve en el movimiento más nimio un número infinito de relaciones, de circunstancias, de posibilidades, pero sabe de lo inútil del gesto de intentar explicarlo.
En los cuentos de Los invencibles la realidad se funde con esa masa compuesta por nuestros sueños, nuestros pensamientos y nuestras impresiones de la vida, dejando esa estela mágica e imprecisa que no se puede nombrar sin complicar las cosas. Cuentos con mucha fuerza, dispuestos a confundir al lector a través de caminos imprecisos y sinuosos, que tienen su final en el punto más inesperado de esa geografía que va construyendo, con paciencia y tino, Rodrigo Blanco, un autor que, aunque grave, elude atinadamente lo ampuloso, lo retórico y lo ceremonioso. Como el que sabe más de lo que dice, y se contenta con contar las cosas tal como sucedieron. Sin búsqueda de gloria ni de asombro.
Los invencibles de Blanco Calderón lo son, entonces, quizá no tanto porque sobreviven a sus derrotas, sino porque en sus vidas ya no es posible perder.

A PROPÓSITO DE "UNA LARGA FILA DE HOMBRES" Y "LOS INVENCIBLES. Por Rodrigo Blanco Calderón

Borges dijo que la literatura era un sueño dirigido. Es una definición enigmática y exacta que logra describir un misterio con otro misterio. Digo esto porque sería bueno poder preguntarle al Viejo quién lo dirige y hacia dónde se prolonga ese sueño. Ante esta imposibilidad, no queda otra opción que emprender ese diálogo con los antepasados, la lectura y los anhelos, que es el que me imagino toda persona emprende cuando decide desentrañar la historia que subyace a sus propios textos.
La historia es corta pues sólo he escrito dos libros de cuentos. El primero, titulado Una larga fila de hombres, lo veo ahora como un delgado saco de papas que, al engordar, se fue transformando progresivamente en un bolso de viaje. Está conformado por cinco cuentos. Cuatro oscilan entre las diez y las veinte páginas y el último se lleva la mitad del libro. El segundo, titulado Los invencibles, lo veo más bien (quizás porque para el momento en que escribo esto está en proceso de edición) como una bomba de tiempo. Lo conforman seis cuentos con la misma variable, relativa, extensión. Hago mención al número de páginas y al género del cuento porque es lo más concreto que puedo decir sobre lo que escribo. Soy un escritor de cuentos largos. Hablar de los temas que me interesan y de la forma de tratarlos me deja el sabor extraño de las mentiras involuntarias y los recuerdos falsos.
Lo del saco de papas viene porque la acumulación y la previsión hicieron posible a Una larga fila de hombres. La comida, por más que no nos guste, es un pecado botarla y a veces el hambre sobrepasa al gusto y uno no sabe cuándo va a querer aquello que antes ha rechazado. Y la escritura, en el fondo, propicia eso: un hambre extraña, muchas veces plagada de sinsabores, que continuamente nos llama. Los textos se fueron acumulando entre los años 2001 y 2005. Algunos ratificaron su condición de insumos para otros cuentos que sólo después podría contar. Mientras que otros, maceración del tiempo y de la corrección mediante, se transformaron en objetos y rastros de otras vidas, muy parecidas a la mía, que me brindaban, sin embargo, la emoción del viaje.
Con más miedo y más voluntad (las contradicciones no hacen sino proliferar) me dispuse a la escritura de Los invencibles. Este segundo libro sólo adquirió una orientación definitiva después de escribir el primero de sus relatos, que le da el título al conjunto. A partir de allí, la idea de narrar una serie de victorias pírricas y de héroes derrotados me fue ganando. El azar estuvo de acuerdo y así, entre la intuición y la sorpresa, entre lo que se busca y lo que se encuentra, se acumularon nuevas historias. Esta vez en un período de dos años. Al leer las pruebas de este libro he vuelto a escuchar, una y otra vez, la frase de Borges. Y al escuchar la frase de Borges me he vuelto a preguntar, una y otra vez, quién dirige el sueño de la literatura y hacia dónde.
No se trata (¿hará falta decirlo?) de una absurda comparación con Borges. Tampoco de repetir el síntoma manido de “la independencia absoluta que cobran los personajes”, con el que muchos escritores, haciendo gala de una inconsciente hipocondría narrativa, exaltan sus obras, cuando en realidad buscan excusas para tapar ciertas carencias. Se trata de lo imprevisible que anida en la lectura de todo texto y, más aun, en la que hace un escritor (sea poeta, novelista, cuentista) de su propio trabajo. Esa que nos revela, como le sucede al soñador de “Las ruinas circulares”, que nosotros también estamos siendo soñados.
Y así, sin habérmelo propuesto, me doy cuenta de que varios de los relatos los he situado en el contexto de dramáticas situaciones de la reciente historia política de Venezuela. Como si en el proceso mismo de soñar esas historias, alguien más, nacido en la fisura que va del pensamiento al lenguaje, hubiera aprovechado de soñar y restituir episodios de la vida de un país que ha sido condenado, con disciplina militar, al insomnio de la violencia, la alarma y el miedo.

(Una larga fila de hombres, Monteávila Editores, 2005)
(Los invencibles, Random House Mondadori, 2007)

EL ÚLTIMO VIAJE DE TIBURÓN ARCAYA. Por Rodrigo Blanco Calderón

Del libro Los Invencibles

Para Juan Pablo Gómez
Las tragedias nacionales ponen a prueba las grandes verdades de un país. Y lo sucedido en el estado Vargas confirmaba, entre otras cosas, que no hay tipo de persona más detestable, al menos en Venezuela, que el que se manifiesta cuando alguien asume la modalidad de impertinente fanático de béisbol.
Esto yo lo sabía, pero la tragedia de aquel lluvioso diciembre, época decisiva del campeonato, había nublado momentáneamente esta verdad. Sin embargo, la misma tragedia, su contexto de muerte e indefensión, fue la encargada de traerla de nuevo a la memoria.
Una semana atrás, en el umbral de la desgracia, se había realizado un referéndum consultivo para ver si se aprobaba o no la nueva constitución. El mismo día de la victoria, el Presidente invocó, antes que el júbilo, el sentimiento de solidaridad con la gente de Vargas. La celebración de la nueva Carta Magna debía ser introspectiva y discreta, pues las lluvias comenzaban a arrojar, como una garúa funesta, los primeros decesos. Y quizás fue la intuición de que la historia, a fin de cuentas, es cíclica, o que, al menos, por pura fuerza de voluntad y una predisposición a la pantomima, uno puede hacer que se repita, pero lo cierto es que justo después de aquella mesura en el triunfo vino el siempre terrible orgullo del último minuto. El mismo que, hace mucho tiempo, hizo naufragar a Odiseo y que ahora empujaría al naufragio a miles de personas. Justo cuando su discurso lo impulsaba con buen viento a puerto seguro, el Presidente decidió recordar las impías y extravagantes palabras de Simón Bolívar, pronunciadas el 26 de marzo de 1812, después del histórico terremoto que sacudió a Caracas:
-“¡Si se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”.
En la noche de ese día, el 15 de diciembre de 1999, se desató la tragedia.
Una semana después, cuando la cifra aproximada de muertos y desaparecidos pasaba de diez mil, abandoné mi escritorio y salí al pasillo de la redacción a fumarme un cigarro. Tenía la intención de que el cigarro y el paseo fueran indefinidos y al sentir eso me di cuenta de que no tenía madera de periodista. Estaba extenuado. Mimetizado con el clima. Mi corazón era un sol negro: depresión y melancolía. No tenía ese extraño sentimiento de fuerza que los periodistas sienten al contemplar las desgracias ajenas en ajetreada compañía. No sentía que desde mi breve escritorio, a pesar de las horas seguidas e interminables de trabajo, estuviera ayudando en algo.
Di un par de bocanadas y fue entonces cuando vi salir a Carlos de la redacción. Su rostro, como el de todos, se mostraba febril y agitado. Intercambiamos una mirada silenciosa. No sé qué habrá visto en mis ojos, pero lo cierto es que decidió aliviar la tensión del momento con una broma. Y en ese instante, Carlos dejó de ser Carlos para transformarse, simplemente, en un imbécil:
-Ahora sí es verdad que los Tiburones de La Guaira se quedaron sin fanáticos –dijo, haciendo una mueca de burla. –Sólo quedan Juan Pedro, tú y los cinco desgraciados que se salven del aguacero.
Luego me dio una palmada odiosa en el hombro, que me ayudó a digerir su comentario, y se marchó. Yo quedé en el pasillo, solo, mirando con extrañeza la cabeza apagada de mi cigarro. Volví a encenderlo y al soltar el humo vinieron a mí esos versos aprendidos hacía varios años y que solo ahora, en esa mañana gris, hallaban su justificación:

“Todos los reyes del mundo
son igualmente tiranos
y uno de los mayores
es ese infame Carlos”.

Se trata de una estrofa del himno del estado Vargas que encontré por casualidad, durante mi adolescencia, en las páginas dormidas de un libro de geografía. Los versos y las imágenes me parecieron fascinantes. Cargados de rencor y de violencia. La semilla de un gesto iracundo contra el poder. El canto de una guerrilla. Lo memoricé como para reafirmar, a mi familia y a mí mismo, que mi nacimiento en La Guaira no había sido producto de la casualidad sino del destino.
Todo surgió a partir de los diez u once años, cuando comencé a cultivar un “guairismo” algo ostentoso y voluntario. Declararme a temprana edad fanático del glorioso equipo de los Tiburones de La Guaira en una casa plagada de caraquistas y magallaneros, es el primer acto de lucidez e independencia que recuerdo haber hecho en mi vida. Ir a los juegos en el Universitario, exclusivamente para ver a La Guaira y no a otro equipo, fue una declaración y fortalecimiento de principios. Aprender el himno del estado Vargas, que en aquel entonces era apenas un municipio, fue un exceso que, según lo demostraban los rostros perplejos de mis padres, hermanos y tíos, rayaba en la excentricidad y el delirio. Debían transcurrir muchos años para que la vida me demostrara que la pasión por esas estrofas no era un capricho. Y no me refiero únicamente a la cruel broma de Carlos, sino a mi larga conversación con Juan Pedro, que ya estaba anunciada en aquel amargo encuentro de pasillo.
Al mes siguiente, en enero del año 2000, la suerte estaba echada: el país empapado y aterido de desolación, el territorio de Vargas convertido en una Atlántida y Los Tiburones aceptando con una pesadumbre distraída la nueva derrota. Luis Salazar, uno de los jugadores emblemáticos de los años ochenta, en su papel de manager no había logrado lo que para los fanáticos y jugadores de La Guaira se había ido transformando en una irritante utopía: clasificar a la segunda ronda. Cuando alcanzamos el pírrico sueño, al año siguiente, era demasiado tarde. La temporada anterior, arrastrado por el manso río del tiempo, había muerto el padre y dueño y fundador del equipo, Pedro Padrón Panza. Por si esto no bastara, y como para demostrar que cuando se trata de la muerte el cartero puede tocar una y dos y hasta tres veces, entre los que desaparecieron en el deslave estaba Peruchito, el hijo de Padrón Panza que había asumido las riendas del equipo, y su crío, el pequeño nieto del viejo fundador. Los Tiburones de La Guaira habían sido despojados de su pasado, su presente y su futuro. Esas tres muertes eran una garantía definitiva de orfandad. Un certificado de equipo fantasma, que nadaría de ahora en adelante, por las aguas de la nostalgia y la tristeza, buscando por siempre sus orígenes perdidos.
Empujado por estos pensamientos, o como si los pensamientos fueran halados junto a mi cuerpo por el humo del cigarro, esa mañana de enero atravesé el pasillo y bajé por las escaleras hasta llegar a la calle.
Afuera del edificio del periódico uno tenía pocas opciones. Salir a cumplir con una pauta en algún lugar de la ciudad, regresar a casa, o bien, si todavía no era la hora de volver y además no se tenía nada que hacer, ir a tomar un café en “La sociedad”. “La sociedad” es un lugar inmundo y amigable que queda a pocos pasos, en la misma acera donde están ubicadas las oficinas del periódico. Dos cornetas potentes y gastadas dejan escuchar vallenatos desde que se abre el local en la mañana hasta el final de la noche. Hacia ese lugar enfilé mis pasos y, como siempre que pierdo el tiempo pensando en la mala suerte de mi equipo, me puse a repasar la lista de mis amores frustrados. Esto no es nada extraño. Los fanáticos de La Guaira se caracterizan por ver en esa afición una forma cifrada (una cifra común) de sus destinos. Cada quien encuentra su manera personal de interpretar esa marca. Distintas formas de padecerla, de vivirla y de disfrutarla.
La lista de frustraciones es larga y, si no fuera por el detalle de la muerte, podría ser infinita. A veces sucede al revés y la gente muere porque no puede recordar a quien ama. Las personas en estado vegetal, muertos en vida, desconocen al mundo y han olvidado todo de sus seres queridos. Están exiliados de la vida porque no pueden participar del amor.
Yo sufro de un padecimiento similar y antagónico. Tengo la humillante certeza de que me enamoro, por lo menos, una vez al día. Para mí es inconcebible ver una mujer hermosa o enigmática en la calle y aceptar con docilidad el hecho de que no llegaré a conocerla. Cada día me consuelo pensando, recordando, que la correspondencia y la lealtad en poco modifican esta circunstancia. He pasado noches en vela contemplando un cuerpo amado, que duerme confiado junto a mí, sin entender del todo su presencia, sin comprender el porqué de su entrega. La lista es larga y luenga porque todos los amores, al final, se frustran.
El desgano de esa mañana era preciso y por lo menos tenía una razón más concreta que el azar. Por las lluvias y por cuestiones de trabajo, Daniel y yo no habíamos podido repetir, como lo teníamos planificado, el viaje a Punto Fijo que hicimos en la primera semana de enero del año anterior. Daniel estaba triste porque ahora debía esperar los carnavales, o incluso Semana Santa, para visitar a su familia. Yo, por mi parte, debía esperar, indefinidamente, para volver al escenario de un hermoso recuerdo. Las playas de Falcón quedarían vacías de nosotros, como si nuestros pies nunca hubieran pisado su arena. Adícora y Buchuaco se transformarían en un álbum desierto, del que se han desdibujado sus más fieles fotografías.
Al principio, cuando la vi acercarse a la orilla de la playa, traté de desengañarme y me dije que todo era un síntoma de mi incurable mal: creer que nada en la vida es fortuito y que los primeros encuentros nunca son en realidad los primeros, sino la reiteración de un contacto anterior que ha pasado desapercibido.
Recuerdo que apenas se mojó los pies, sin estremecerse, y luego se soltó el cabello. La imagen se me clavó en el pecho y decidí mandar de regreso a Caracas mis razonables argumentos. Sentí que la conocía y que nuestro encuentro en la playa no era casual; o que los encuentros casuales eran en realidad citas que se pautan en los sueños y que olvidamos al despertar.
Al final de la tarde, cuando el grupo con el que ella estaba comenzó a recoger sus cosas, me atreví a hablarle. Aproveché su última zambullida en las cálidas aguas de Buchuaco y la abordé justo cuando salía del mar, mientras simulaba quitarme la arena con las delgadas olas que se replegaban en la orilla.
-Yo te conozco –le dije.
Ella detuvo su marcha un tanto sorprendida. Luego se recogió un mechón de cabello y lo guardó detrás de una de sus orejas.
-¿De dónde? –me respondió con tranquilidad.
-No sé.
-¿No sabes?
-No. Pero estoy seguro de que te conozco. ¿Eres de aquí?
-¿De Buchuaco? No, no soy de Buchuaco. Soy de Judibana.
Aquella respuesta tan exacta me causó gracia y admiración. Como si afirmar que pertenecía al estado Falcón, fuera, ciertamente, una abstracción sin sentido, una generalización irresponsable con respecto al lugar en el que había nacido.
-¿Y cómo te llamas? –le pregunté.
Dudó unos segundos antes de responder. Me imagino que comenzaba a parecerle extraño el interrogatorio. Yo la miraba directo a los ojos. Sin pestañear. Sin hundir el dedo en la pestaña de ese teléfono que nos aseguraba la comunicación.
-Irene –dijo finalmente.
-Irene de Judibana –recité yo, con apenas un susurro –Qué bonito.
A Irene pareció gustarle mi comentario y me preguntó si todavía seguía sin recordar.
-Sigo en blanco. Probablemente me acuerde muy tarde, cuando ya esté de regreso.
-Ah. ¿Eres de Caracas, entonces?
Yo le di una respuesta que me salió del alma:
-No –dije.- Soy de La Guaira.
Y luego, sin saber por qué, agregué:
-Es una lástima saber que no te voy a volver a ver.
-No entiendo. Me recuerdas, pero no sabes de dónde. Me encuentras y estás seguro de que no nos vamos a ver otra vez. ¿No estarás soñando? –dijo sonriendo y dio unos pasos hasta salir del agua.
-Puede ser que los dos estemos soñando.
Irene alzó los hombros y los dejó caer. Parecía divertirle la posibilidad de que la vida, a fin de cuentas, fuera una ilusión.
-Hagamos algo –le dije. –En unos años yo escribiré un libro sobre ti. Una novela. Si la lees y nos volvemos a encontrar, sabremos que no fue un sueño.
-¿Y cómo voy a reconocer el libro? –me preguntó. Usaba una de sus manos como una visera para tapar la luz del sol que se hundía a mis espaldas.
-Por el título –le dije.- Se va a llamar “El hombre que hablaba de Irene de Judibana”. ¿Qué te parece?
-Suena raro –dijo.-Me gusta.
Y se marchó.

Me sentía tan mal cuando entré en “La sociedad” que se me ocurrió una idea patética. Ponerme a beber desde esa hora hasta el final de la tarde. Con algo de suerte, el jefe de mi sección me encontraría complemente borracho en medio de la jornada laboral y no dudaría un instante en despedirme. La idea se disipó cuando vi que en una de las mesas del fondo estaba Juan Pedro.
Lo conocía muy poco. Habíamos hablado una sola vez, de manera superficial, sobre temas profundos. Fue en la embajada alemana, a la salida de una charla sobre Thomas Mann a la que, más por esnobismo que por verdadero interés, yo había asistido. Yo sabía que él trabajaba en el Papel literario y él sabía que yo estaba de pasante y que acababa de entrar en la sección deportiva. Eso era todo. Sin embargo, todavía tenía muy fresca nuestra única conversación.
Recuerdo que la lectura de la obra de Mann había representado el segundo momento espiritual más importante de su vida. Aunque no llevara una barba bíblica y no vistiera de negro y tampoco portara kipá, Juan Pedro se consideraba hondamente judío. Según pude entender, existía realmente en su familia, por el lado materno, una lejana raíz judía que fue abandonada por varias generaciones hasta que él, por propia voluntad y para sí mismo, la había rescatado. Una tarde de ocio, en su adolescencia, se puso a pasar las páginas del Antiguo Testamento y quedó subyugado por la historia de Job. Le maravilló ese relato porque llevaba a sus límites la experiencia humana más exigente de todas: la de la fe.
-La fe sólo tiene un verdadero sentido –dijo- cuando a una persona no le queda absolutamente nada en qué creer.
Su convicción, que surgió al igual que el Universo por la fuerza creadora de un verbo, adquirió una nueva dimensión gracias al poder hipnotizante de otro verbo, de otras palabras, de otra lectura. Cuando Juan Pedro leyó José y sus hermanos comenzó a sentir un profundo rechazo por su propio nombre. Los cuatro tomos de esa obra monumental de Mann le hicieron pensar que en su primer y segundo nombre había un error apostólico cometido en exceso. Al escuchar el reclamo, su padre, con un resoplido de obstinación, le dijo que dejara de leer tanto, que buscara alguna distracción que lo alejara de los libros.
-Los libros son para leerlos, hijo, no para perpetrarlos.
Juan Pedro le respondió, con precisión enciclopédica, que en una historieta de Mafalda estaba seguro de haber leído una afirmación parecida. El padre le dijo entonces que se fuera a la mierda.
En mi opinión, creo que el padre de Juan Pedro tenía razón. Su judaísmo era un azar de la lectura. Una lectura transformada en destino. Apenas me senté a su mesa pude comprobar que no estaba equivocado. Cuando me preguntó, por cortesía, cómo estaba, le respondí que lo suficientemente despechado y nostálgico como para emborracharme a las once de la mañana, en el botiquín que queda justo al lado de mi lugar de trabajo. Juan Pedro se lo tomó en serio y haciendo un gesto de disgusto dijo que él, en cambio, no volvería a probar una gota de alcohol en años.
-Estuve toda la noche leyendo un libro de relatos. Se titula “Los invencibles” y me has de creer si te digo que amanecí rascado. Nunca he visto a tanta gente en un libro echándose palos. Así que mejor sólo pidamos café o jugo, por favor.
Pedimos dos marrones grandes, dos aguas minerales y seguimos conversando.
Por cortesía y también por curiosidad quise saber sobre el estado de su fe. Me miró con un gesto rígido y la taza de café quedó suspendida en su mano. Luego desvió la mirada hacia el piso, en silencio, como si mi pregunta fuera una confirmación de algo que venía pensando.
-Más fortalecida que nunca, evidentemente –dijo con absoluta seriedad y un mohín de desgano.
-¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
-¿Qué ha pasado? –dijo abriendo los ojos como dos platos de miel. -¿Te parece poco todo lo que ha pasado?
Cuando le dije, entre la confusión y la vergüenza, que no tenía idea de “eso” tan importante que había pasado, cayó en cuenta de que apenas nos conocíamos y que, exceptuando aquel encuentro en la embajada alemana, nunca habíamos conversado.
-Qué extraño –dijo de pronto, sin poder ocultar un repentino rubor.-Por un momento tuve la sensación de que éramos grandes amigos. Viejos conocidos. De antaño.
Luego, como queriendo compensar el desajuste, me contó la historia de su vida. Los pasajes cruciales de su peregrinaje personal cuyo sentido, esa misma mañana, con la noticia de la muerte de Leonel Arcaya, se había ratificado.
Lo último que yo hubiera pensado en la vida es que a alguien como Juan Pedro le gustara el béisbol. Y mucho menos que fuera un seguidor furibundo de Los Tiburones de La Guaira. Sólo entonces, cuando comenzó a trazar las líneas centrales de su historia, recordé el encuentro “fortuito” con Carlos. El chiste cruel brilló en mi memoria como una joya olvidada en el fondo de un bolsillo. Era el símbolo que refrendaba ese vínculo que, mucho antes de conocernos, ya nos había unido.
Después de mandarlo a la mierda, el padre de Juan Pedro tuvo el temor de que su hijo terminara metiendo la cabeza en el inodoro o, peor aún, que se lanzara a la corriente podrida del río Guaire. Decidió que debía monitorear más de cerca sus propios consejos y un día de octubre de 1986 lo llevó al estadio Universitario a ver un juego entre Los Leones del Caracas y Los Navegantes del Magallanes. La experiencia, a decir verdad, fue decepcionante. Una concurrencia regular e insípida y pocas pasiones en el terreno. Luego entendería que, al menos en los años ochenta, la verdadera rivalidad del béisbol venezolano, la más encendida y atractiva, fue entre los Leones y los Tiburones. El padre no se amilanó ante el poco entusiasmo demostrado por Juan Pedro e insistió en llevarlo de nuevo al estadio, esta vez para presenciar un duelo Caracas-La Guaira.
Después de ese juego todo fue distinto.
-En aquella época -contó Juan Pedro -a cada persona del público le daban al entrar un pequeño boleto de lotería. Tú raspabas la tarjetica y te salía el nombre de un jugador. Si el jugador que aparecía en tu boleto anotaba la primera carrera del encuentro, ganabas automáticamente un premio. Un premio que se transformaba también de manera automática, al menos así fue para mí, en un recuerdo palpable e inolvidable del juego.
A Juan Pedro le salió un nombre que ni a su padre, gran conocedor de la liga, le era familiar: Leonel Arcaya. Un jugador sobre el cual, hoy día, es casi imposible encontrar alguna información. Fue un segunda base intermitente de los Tiburones en la época de la famosa “Guerrilla”. Un nombre que sucumbió a la marea de otros más conocidos que alcanzaron con justicia el reconocimiento, los buenos números y la gloria.
-La primera carrera de ese encuentro –dijo Juan Pedro- la anotó Leonel Arcaya. En la pausa del séptimo inning fui a la taquilla y me dieron un premio.
Al decir esto introdujo una mano en uno de los bolsillos exteriores de su chaqueta, extrajo una vieja pelota de béisbol y me la arrojó por encima de la mesa. Tenía un garabato de líneas azules y negras que se confundían en el cuero curtido y amarillento. Supuse que era la firma de Arcaya.
Años después, puede que en la temporada 90-91 o en la 91-92, tuvo lugar un segundo episodio mágico ligado con Arcaya, con el aura que envuelve los recuerdos de nuestro equipo y, en definitiva, con su propio destino como fanático de los Tiburones y como judío.
Fue un juego contra Las Águilas del Zulia en el que La Guaira se jugaba la clasificación. Desde el inicio del partido las ilusiones se habían venido abajo. Un racimo de ocho carreras en el primer inning parecía haber decretado la muerte de los Tiburones. Una muerte que estaba amarrada en el brazo derecho de todos los jugadores de La Guaira, dándole a aquel juego un aire inusual de solemnidad. La Guaira guardaba luto por el padre de Leonel Arcaya, que un par de días antes había muerto.
A pesar del terrible comienzo, el juego adquirió una estabilidad aprensiva, de tormenta que se acumula y no se anima a caer. Las Águilas no anotaron más carreras mientras que los Tiburones, como en un sueño por escalas, remontaron poco a poco el marcador adverso.
-En el noveno inning –dijo Juan Pedro –sucedió el milagro.
La entrada había comenzado con buen pie y luego, en esos giros imprevistos del béisbol, se había puesto cuesta arriba. Con la pizarra igualada a ocho carreras, Los Tiburones abrieron la última entrada con un par de buenas conexiones. Había hombres en primera y segunda sin outs. Se ordenó, como era de esperarse, el toque de bola. Lamentablemente, salió con mucha fuerza y el pitcher pudo hacer la jugada en segunda. Quedaron hombres en las esquinas y la mortífera posibilidad de un doble-play salvador para que las Águilas liquidaran la entrada. El siguiente bateador se ponchó con tres lanzamientos. Todo parecía perdido.
Entonces le llegó el turno a Leonel Arcaya.
Contraviniendo las indicaciones del coach de bateo, Arcaya hizo swing al primer lanzamiento: un cambio de velocidad que produjo un débil roletazo que el segunda base zuliano con seguridad despacharía en una fácil jugada de rutina. No obstante, en el último segundo, cuando todas las esperanzas habían desfallecido, sucedió, como en un cuento de Las mil y una noches, lo imposible, lo más maravilloso.
-La pelota, justo antes de entrar en el guante, dio un insólito bote. Se elevó como un fuego de artificio y bañó al segunda base. La bola siguió su camino hacia el jardín derecho y fue así como los Tiburones clasificaron –dijo Juan Pedro.
-A la salida –agregó –la gente comentaba la suerte de que la pelota diera ese bote tan oportuno, seguramente provocado por una piedra, en el último instante. Arcaya, en cambio, había alzado los brazos al cielo, agradeciéndole a su padre su influencia decisiva en el encuentro.
Pasó el tiempo y la figura de Leonel Arcaya desapareció tranquilamente en la trama de los juegos y los días. En los primeros años de la década de los noventa, la atención de Juan Pedro se desplazó de la magia individual de Arcaya, que sólo él percibía, a la nueva realidad que comenzaba a crecer como una sombra en torno al equipo.
Fue en la temporada 93-94 cuando las cosas empezaron de verdad a salir mal. Ese año La Guaira hiló con cuidado el tejido de sus pesares, imponiendo un récord de 14 derrotas consecutivas. Al final de esa temporada, Luis Salazar anunciaba su retiro y era como la confirmación de que la temible “Guerrilla” de los ochenta entregaba sus armas. En el 95 las bajas fueron en el terreno de juego y en las gradas. El 28 de abril, a manos de una calamidad andante apodada “Hernancito”, Gustavo Polidor, short stop titular del equipo, moría asesinado de varios tiros. En octubre del mismo año, José Ignacio Cabrujas, el intelectual más lúcido con que contaba el país, moría de un infarto, cuando todavía retumbaba en sus lectores el último artículo publicado en vida, dirigido al “Querido, Padrón Panza”, donde se disculpaba por haber intentado ser fanático de otros equipos y pedía, con humor y humildad, en ese involuntario último deseo, ser admitido nuevamente en las filas de Los Tiburones de La Guaira.
A partir de estos acontecimientos, Juan Pedro presintió que no se trataba sencillamente de una mala racha. La caída puntual en el fondo de la tabla de posiciones, los años seguidos sin clasificar, las muertes que mermaban la historia de la franquicia, eran los primeros deslizamientos, los primeros indicios de la precipitación final. Lo sucedido en el estadio era una prefiguración, a menor escala, de la debacle que se desbordaría sobre el estado en las postrimerías de los noventa. Para Juan Pedro era evidente que Los Tiburones y La Guaira, el equipo y la ciudad, sus fanáticos y habitantes, habían sido elegidos para la desgracia por Dios o por el destino.
A partir de esta afirmación, Juan Pedro desplegó una estrafalaria teoría sobre las relaciones entre la afición por Los tiburones de La Guaira y el judaísmo. Al menos, esa versión arbitraria del judaísmo que Juan Pedro había acuñado para sí mismo. Tenía la certeza de que un seguidor de La Guaira, sobre todo si vivía o quería seguir viviendo en lo que quedaba de Vargas, era la formulación tropical, venezolana, de un judío. Un judío, dijo, “en el verdadero sentido de la palabra”. Nunca entendí bien cuál era ese verdadero sentido. Sólo puedo citar el extraño ejemplo que el propio Juan Pedro utilizó esa tarde de cafés en “La sociedad” para explicar su teoría.
-Imagina a Job, en el borde de la locura, cuando ya ha agotado el recurso de la rabia y la desesperación, tratando de aliviar la amargura de su derrota emborrachándose y bailando samba en el escenario de su propia vida destruida.
La famosa samba de La Guaira, que todavía anima la tribuna derecha del Universitario, se había ido transformando para Juan Pedro en el oficiante de una algarabía macabra. Su ritmo festivo y militante, que se mostraba imperturbable ante lo que sucedía año tras año en el campo de juego, lo fascinaba de una manera extraña.
-Esto se ha transformado en nuestro signo –dijo Juan Pedro.-Nadie entiende cómo el peor equipo de la liga tiene la fanaticada más entusiasta. No entienden esa alegría irracional, blindada contra el fracaso y la muerte. No entienden que es lo único que posee actualmente el equipo.
Por supuesto, para Juan Pedro, lo sucedido en diciembre del 99 era la reverberación total, en el espacio de la realidad, de lo que se venía gestando en la liga de béisbol como un simple juego.
Recuerdo que en el momento de la conversación, no pude comprender los alcances de todo lo que decía Juan Pedro. Su teoría me pareció muy extravagante. Sin embargo, con el transcurrir de estos años he podido contemplar los abismos que anticipaban sus palabras. En noviembre de 2004, por ejemplo, Los Tiburones rompieron su nefasto récord al sumar, de la mano de un antiguo espía caraquista llamado Jesús Alfaro, 15 derrotas consecutivas. En enero de 2006 recibimos otro golpe decisivo: el fallecimiento, por una extraña enfermedad, de Carlos “Café” Martínez, el jugador más querido, problemático e inimitable que ha tenido La Guaira. Se nos terminó de morir el pasado y nuestro futuro es un cauce de río seco. Hoy, primero de enero de 2007, fecha en que escribo esta crónica del desconsuelo, la sequía persiste como una estampa a contraluz del aguacero.
Fuera del terreno de juego, la realidad no es muy distinta. A varios años de la tragedia, el estado Vargas continúa en el suelo. Durante los carnavales del año 2005, una nueva vaguada ahogó las escasas esperanzas que, más por inercia que por dedicación, habían florecido en las zonas devastadas. En marzo de 2006 se desplomó el viaducto que conectaba Caracas con La Guiara, materializándose en esta repentina condición de península el olvido en que cayó el estado Vargas. La respuesta de sus habitantes ha sido la resignada respuesta de las ánimas. La mayoría de ellos se ha adaptado a vivir entre las piedras, el lodo y las ruinas de lo que alguna vez fueron. Son un pueblo que ha hecho de ese territorio una gran tribuna, donde se emborrachan y cantan con loca alegría la canción que borra sus angustias y sus desvelos.

Hacia el final de nuestra conversación, Juan Pedro recordó que yo todavía tenía en mis manos la pelota y me la pidió de regreso. Yo la arrojé suavemente por encima de la mesa y Juan Pedro la aferró en sus manos, como poniendo a prueba la consistencia de ese recuerdo.
La noticia la había escuchado por la radio en la mañana y lo había dejado adolorido y perplejo. Ya se había enterado, como todos, de otros casos parecidos que reportó la prensa en los días anteriores. Uno podía obtener una idea de la dimensión de la tragedia al ver la enorme distancia que, por la fuerza de los deslizamientos, habían recorrido muchos cuerpos. Cadáveres de personas que fueron empujados al mar desde las costas de La Guaira y que aparecieron días y semanas después, a cientos de kilómetros, en las playas de Morrocoy.
A Juan Pedro le partió el alma saber que Leonel Arcaya tuvo un destino similar. Su cuerpo había sido arrojado por la naturaleza con indiferencia, como un náufrago que arroja sin esperanzas una botella al mar.
Sin embargo, comentó Juan Pedro, con el rostro estirado por la perplejidad, la muerte de Arcaya tenía una particularidad que ni la religión ni el fanatismo podían explicar. A diferencia de los otros cuerpos, el cadáver de Arcaya no se había detenido en la costa de Morrocoy y había continuado su camino, como un pez solitario, bordeando las orillas cálidas de la Península de Paraguaná.
-Nadie se explica cómo hizo su cadáver para llegar hasta ese lugar –dijo Juan Pedro, estrujando la pelota entre sus manos, tratando de exprimir de aquel obsequio la verdad.
-¿Dónde lo encontraron?
-En Buchuaco. Creo que queda antes de llegar a Adícora –dijo Juan Pedro.
Al escuchar aquello el corazón se me encogió.
Cuando nos despedimos ya era tarde. Juan Pedro se marchó con la mirada perdida, como si el misterio que rodeaba el último viaje de Leonel Arcaya acentuara su dolor. Yo no pude decir nada. Me había quedado sin voz. No le pude explicar que Buchuaco, con sus aguas templadas por el amor y la valentía, es el lugar donde mueren las ilusiones de un tiburón.