sábado, 6 de noviembre de 2010

Hacemos el amor para sentir placer, comunicar o reproducirnos. Por Valerie Tasso


Hecha esta división, cada mitad hada esfuerzos para encontrar la otra mitad de la que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas del deseo de entrar en su antigua unidad, con un ardor tal, que abrazadas perecían de hambre e inanición, no queriendo hacer nada la una sin la otra.

Platón

El Banquete


«El sexo es el concepto que tenemos de nosotros mismos como seres sexuados.» La definición no es mía, es de Efigenio Amezúa y a buen seguro regresaré a ella en alguna que otra ocasión. Efigenio nunca ha sido mi amante (al menos que recuerde; las clases que impartía solían acabar de madrugada en los bares que circundaban al Incisex, entre humo y vino tinto, y ya se sabe, la memoria se dispersa), pero sí puedo decir que he practicado mucho, mucho sexo con él.

Fue en una cama de hotel, entre cuatro almohadones de oca sintética y pendiente de que un cretino no me clavara el cabezal estilo Imperio en la tercera lumbar, cuando pensé: «Será porque tengo cono».

Era en verano y Francia le había ganado el mundial de fútbol a Brasil. Había dejado a mi pareja oficial de aquel tiempo, Sandro, en la casa que sus padres, nuestros anfitriones, tenían en un pueblecito cerca de Padua y me había liado en una habitación de hotel con aquel tipo. No recuerdo su nombre, pero como de todas maneras iba a ponerle un seudónimo, poco importa. Nicolini, por así llamarlo (Sandro tenía un enorme gato capado al que llamaban así en honor al «castrato» napolitano), me había proporcionado uno de los encuentros sexuales más aburridos, mediocres e insípidos que recuerdan los anales de la erotología italiana.

Desde que el padre de Sandro me lo había presentado como su socio en un importante negocio inmobiliario, Nicolini no había bajado los ojos de mi modesto escote. En la cena de bienvenida que los padres de Sandro habían organizado en nuestro honor, intentó mostrarse galante y propuso que le acompañara al día siguiente para ver las instalaciones que su empresa tenía en la capital. Accedí, a sabiendas de que Sandro debía quedarse en casa para resolver algunos asuntos. Naturalmente, de la empresa no llegaría a ver ni la fachada.

Cuando vino a buscarme con su chófer, Nicolini estaba sentado en la parte de atrás del coche y parecía una hiena a la que le agitan delante una chuleta. Con un gesto entre firme y descarado le cerré la mandíbula (temía que en cualquier momento empezara a babear sobre mis medias Wolford) y le propuse directamente que me mostrara de lo que era capaz. Por un momento me pareció que aquello le rompía el tour turístico/erótico que tenía previsto y que tantas veces había debido de poner en marcha; deslumbrar con la grandeur de su poder empresarial, comida frugal en un restaurante chic pero intimista de muchas liras el cubierto y champagne en la cama. Ante ese panorama y esa compañía, prefería ir directamente al champagne.

Mientras Nicolini buscaba la postura (hay amantes que deberían aprender que mover el dedo corazón con un mínimo de gracia puede resultar suficiente) empecé a preguntarme por qué estaba «encamada» con este tipo.

Hay una regla valorativa que permite apreciar bien la calidad de un encuentro sexual. Debe aplicarse, según el viejo erotómano que me la prestó, justo en el preciso momento en el que el encuentro sexual alcanza la máxima intensidad. Dice así: «Si ahora puedes hacer otra cosa, hazla…». Si durante el sexo eres capaz siquiera de pensar hacer cualquier cosa que no sea lo que estás haciendo, es que algo no acaba de estar funcionando.

Pues bien, con (y bajo) Nicolini podría haber redecorado la suite, calcular la raíz cúbica de 69 o picar piedra con las orejas. Sin embargo, ahí seguía, oliendo su colonia de Armani mientras me tarareaba al oído una canción de Frank Sinatra, mientras rebuscaba entre mis piernas, mientras gemía entre nota y nota. Fue entonces cuando me lo pregunté: «¿Por qué hago el amor?». Y fue entonces cuando me respondí ingenuamente: «Será porque tengo cono». Aquel verano, en Padua, en el que Francia, en el parque de los Príncipes, había ganado el Mundial de fútbol.

A Efigenio lo conocí muchos años después y supo darle nombre y predicados a las intuiciones que yo había experimentado de cama en cama, de vida en vida, en las trincheras donde no se ganan las guerras, pero se cuestionan. Cuando le oí hablar de «seres sexuados», recordé el episodio del testa di cazo de Nicolini y el de todos los otros que me habían permitido preguntarme, mientras follaba, por qué hacemos el amor.

Somos seres sexuados, es decir, provistos de unos órganos sexuales específicos, de un sistema endocrino que nos regula en esa condición y de un esquema cultural de valores que nos aprueba o nos sanciona en su uso. Del mismo modo que somos seres dotados de lenguaje. Ambos, el sexo y el lenguaje, nos conforman y no se miden (ni el pene ni la laringe), son una condición última de nosotros mismos y son «irrenunciables» (uno puede ser mudo o abstinente, pero no por ello deja de ser lenguaje o sexo). Tenemos entonces una condición; la de seres sexuados, pero esto, además de una condición, es una conclusión. No nos podemos salir de ahí.

El pequeño fragmento que encabezaba este texto está extraído de El Banquete de Platón. También se conoce como El mito del andrógino o El mito de Aristófanes. En él se intenta explicar por qué los humanos somos entidades sexuadas. Pone Platón en boca del cómico Aristófanes (quizá con más mala leche que otra cosa) la leyenda de que originariamente éramos seres esféricos (completos y perfectos) de corazón fuerte y animoso. Nuestros géneros eran tres: hombres, mujeres y andróginos. Nuestro valor nos llevó a subir a los cielos y a enfrentarnos al propio Zeus, quien, sin despeinarse, nos dio más que a una estera (los dioses griegos nunca se han andado con chiquitas a la hora de imponer castigos). Nos partió en dos, debilitándonos enormemente, haciéndonos reproductivos (sólo porque así los dioses tendrían más elementos que los alabaran) y condenándonos a buscar durante toda nuestra existencia la mitad que nos habían «seccionado» (el verbo secare, que significaba en latín «cortar», tiene como participio pasado sexus, de ahí proviene el término «sexo» y «seccionar»). Si originariamente en ese cuerpo redondo éramos mujer, ahora como mujeres incompletas buscaríamos desesperadamente la otra mujer que nos completa, si éramos hombre, buscaríamos otro varón y si éramos andróginos, buscaríamos el género contrario.

Esta boutade que el propio Platón cuenta en tono de alegoría cómica refleja la preocupación de antiguo por saber «por qué somos seres sexuados». En todas las culturas, no sólo en la nuestra greco, latina y judeocristiana, existen mitos y cosmogonías sobre la «complementariedad» genérica y sobre esa energía que nos lleva a buscar desesperadamente el ayuntamiento carnal.

Me atrevería a decir lo siguiente: creo que nuestra condición (de seres sexuados) es nuestra motivación (para ponerla en práctica). Practicamos el sexo porque somos sexo. Cuando pensé aquello de «será porque tengo cono» quizá no iba tan desencaminada. Posiblemente Orígenes (uno de los padres de la Iglesia cristiana que se emasculó) también pensara lo mismo que yo, aunque en otra dirección, mucho más «noble» y piadosa (Dios nos libre). Es obvio que en mi «cono» no se implicaban sólo unos genitales, sino, y sobre todo, un cerebro (el gran genital humano) y un sistema de valores que es mucho más difícil de someter a ablación (aunque no resulte imposible… mortificados tiene la Iglesia…).

Es cierto que entre las motivaciones que nos llevan a practicar sexo se pueden enumerar muchas otras. Por ejemplo, la búsqueda de comunicación y de afecto. Después de «una temporada en el infierno», los psiquiatras de la sanidad pública le dieron nombre a mi libertad (para amar y para morir). Es cierto que llegaba tras un segundo intento de suicidio y que no ocultaba mi promiscuidad. Ellos lo tuvieron muy claro y la diagnosticaron (algo muy rimbombante relacionado con los afectos). Yo no. Cuando publiqué Diario de una ninfómana, muchos eran los bienintencionados que explicaban mi burlesca «ninfomanía» basándose en que se debía a una identificación entre sexo y amor y que en realidad yo debía de ser una especie de «afectoadicta». A estos comentaristas no les faltaba, posiblemente, algo de razón; mi infancia, sin ser de cuento de Dickens, podía haber sido más completa en estos terrenos afectivos. En cualquier caso, no niego que puede ser cierto que practicamos sexo para «sociabilizarnos», para aprender y para encontrar nuestro sitio (el más alto y el más reconfortante posible) en este entramado perverso y enjuiciador que es lo social; en el ojo del otro.

Otras razones pertenecen al dominio del placer; mantenemos relaciones sexuales porque suelen producir placer. Un tercer grupo de causas que se pueden enunciar son las relativas a la reproducción (verdadero tótem de biólogos, evolucionistas y pastores).

Sin embargo, con Nicolini, yo no buscaba afecto, algo de placer quizá, pero para obtenerlo del sexo no me hacía falta un Nicolini más. Sentido del poder para reducirlo a él y a toda la clase social que representaba a un cuerpo mendicante, posiblemente, afán de reproducción, ninguno. No. Había algo más. Creo que había una necesidad que se anteponía a todas ellas; había la necesidad de ser yo misma, de ser un humano que se confirma en su humanidad sexuada, que quiere, a través de ella, experimentar su condición más profunda, los puntos de torsión de su sistema afectivo, los límites de su corporeidad y el olor del exceso.

Hay otro motivo, quizá un poco más complejo de explicar, que me reafirma en considerar que «mantengo relaciones sexuales porque soy un ser sexuado», y es que salir de esta causa última es entrar inevitablemente en cuestiones morales y ya está bien de que la moral hable en boca del sexo.

Porque el sexo no sirve para responder a cuestiones como «¿está bien lo que hago?», «¿es esto correcto?». No, el sexo responde siempre a la pregunta «¿quién soy?». Porque el sexo es metafísica en estado puro y práctico. Cada vez que nos asalta esta duda existencial, hacemos uso de nuestra conformación sexuada o anhelamos hacer uso de ella. Como quizá hubiera podido decir el amoral de Nietzsche y nunca dijo (¡qué teórico ha perdido la sexología!), el sexo «desmoralizado» no sirve para saber si hacemos lo correcto o lo incorrecto, sirve para respondernos sobre quiénes somos.

Ése, creo, todo lo modestamente que se puede creer, que es el verdadero motivo para hacer el amor; saber, desde lo que somos, quiénes somos.

Era el verano de 1998 y Frank Sinatra nunca más volvería a cantar Something stupid. Aunque Nicolini, a buen seguro, lo seguirá haciendo…

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Poemas de Hesnor Rivera

ENDECHAS DEL INVISIBLE
Desde hace cierto tiempo
pasan con demasiada frecuencia
frente a la puerta de mi casa
gentes de tan comunes increíbles.

Un anciano y un niño
van hablando
sobre los peligros del sol
cuando el viento se quema
como una tela dorada.
Una mujer muy sola
hace gestos y muecas
de desesperanza
como extraídos de sus sueños recientes.

Los observo y ellos
no pueden verme
porque la tristeza me ha tornado invisible.

Otras veces la noche
arroja sobre las aceras
restos de cosas muertas
pero todavía tibias
que el esqueleto de un astro.

Salgo para respirar
el humo de los amaneceres
parados en la rama de la ventana.

Los vecinos despiertan
y conversan sobre el calor meridiano
-sobre sus menesteres
en los mercados y los malecones
tendidos como bestias azules
a orillas de la falda del lago.

Los contemplo pero no pueden
verme porque la tristeza
me volvió invisible.

Un extraño recuerdo
viene a cantar todas las tardes
desde el suelo del techo.
El canto se refiere siempre
a un viaje -a países
con semblante de montaña náufraga.
Con cabellera
de desierto
que se devora a sí mismo.

Se refiere a un viaje
y a la fiebre del amor contraída
entre las piedras y las ruedas
siempre en llamas
de los inviernos del sur.

Mis amigos oyen
que sollozo en el patio
pero no pueden verme
porque de seguro la tristeza
me ha tornado
para siempre invisible.


ITINERARIO
El invisible sale
subrepticiamente
sobre todo en horas de penumbra:
el amanecer
o el comienzo de la noche impiden
que lo delate su sombra.

(Porque él conserva
todavía su sombra
de llamativos tonos azules
-con olores de tormenta muy próxima)

Para llegar a su destino
da largos rodeos por los suburbios.
Allí ve una vez más a los niños
que ocupan su lugar de antaño
vendiendo hayacas
-tocando de puerta en puerta
la pobreza de la gente
de los Haticos -el desamparo
todavía vigente en las barriadas
donde el hambre da fiebre.

El invisible puede ser visto
por quienes le oyen disertar
sobre poemas -sobre magias
y aventuras antiguas.
Pero por lo común se marcha
repentinamente.

Lo persigue
la maravillosa amenaza del amor
y sus risueños fantasmas.

A mediodía
vuelve a la casa
como siempre más que nunca
enamorado del mundo.
Pero se percata
de que alrededor sus libros
desaparecieron. Se tornaron
invisibles en sus marcos
las fotografías. Y hasta la cama
donde la memoria paría
poco a poco sus sueños
y la imaginación inventaba recuerdos
ya según parece no existe.

Sólo queda el espejo.
El invisible toca
en su superficie el frío
de las imágenes
que para siempre se fueron
-la ceniza de azogue
de un tiempo cuya gran tristeza
también lo ha tornado invisible.


A ORILLAS DE LAS CATÁSTROFES
Sentado a orillas
de las catástrofes
espero la nave
de los que no quieren todavía marcharse.
Espero el gran torrente
de las cosas que cambian
para retornar al pasado.

Porque partiré y retornaré.
Por eso tu imagen
-tierra madre mujer mía-
me acompaña. Me acompaña
tu forma de velamen
perdido entre relámpagos.
Tu cintura de goleta
que navega en un bosque
sin chocar ni siquiera
con la llama
de la sombre
de un árbol.
Me acompañas cuerpo de redoma
encantada que me consume
para que resucite
convertido en metales
de significación improbable
-en oros más desleznables
que el antílope.
En fierros más inverosímiles
que la piedra de un águila.

Me acompañas y te amo
coraza para el pecho
de las tempestades.
Escudo para el lomo
de los fuegos marinos -espada
en fin espada por entre cuyos filos
recobre toda su sangre el cielo.

Sentado a orillas
de las catástrofes
espero aún la nave que no me lleve
-mientras tú vivas-
por los puertos
del más allá inexistente.


SIN SEMEJANZAS NI IMÁGENES
Entro por la puerta
de tus ojos
-por el techo de tu piel
a los aposentos del deseo
que ya no sé si es tuyo o mío.

Y eres una vez más
la piedra tierna
sobre cuyas membranas teje
mi corazón la tela
de las más rojas ternuras.
Y eres la llamarada fresca
que los astros vierten sobre el sitio
donde los enamorados se aman.
¿Cómo no comprender entonces
la alegría
que hace posible cuando pasas
el nacimiento de los bellos parques?

¿Cómo no entender que crezcan
flores a expensas
de la sed que te cubre mientras duermes?

Ahora mismo cuando acabo
de beber en tu boca
la significación del alba
reaparecen en mis manos de pronto
los nombres de las cosas perdidas
-los números sobre los secretos
de la felicidad más antigua,.
Si te tienes como ahora a mi lado
podré saber con exactitud
el paso de los tiempos
por la forma como giern tus senos.
Sabré de las mareas
-de las migraciones y las cosechas lunares
si abres los labios
y tu lengua me toca.

Dentro de tu boca sin duda
comienza y muere y resucita
una eternidad que no admite
semejanzas ni imágenes.


TODO SE LLAMARÁ COMO TÚ TE LLAMAS
De no encontrarte
como te hallé hace tiempo
me moriré
mirando hacia el pasado
-desandando los caminos
que recorrimos juntos para llegar
al día de las desapariciones horribles.

De no encontrarte
nuevamente
me verán
hundido en el lago
de la demencia más pura
-la de que no podré nombrar
las cosas sino por tu nombre.
Y las rosas y el rocío
que cae sobre la brasa de los insomnios
sólo se llamarán como te llamas
-y el gato de las ilusiones perdidas
y el viento de las esperanzas
que vuelan
sólo se llamarán como te llamas.

Sólo se llamarán como te llamas
las calles
los bares -los grandes barcos
que parten hacia países
donde desde antaño
todo se llama como tú te llamas.

Todo se llamará
como te llamas
para que nos encontremos siempre
donde la libertad
no se pierde más nunca.

De no encontrarte
como te hallá hace tiempo
me moriré para descubrir
que los nombres del porvenir en retorno
sólo se llamarán como te llamas.


TRATADO DE LA MEZCLA DE LOS ALIENTOS
Cuando veo detrás de mis ojos
el giro de la humedad de tus labios
mis sentidos gritan
como pájaros fugitivos en la jaula.

Te sujeto entonces por las alas
de las rodillas – las rodeo
con mis manos como con lianas
florecidas en un fondo marino
para que no vueles. Para que no te vueles
de la red de arena
donde debe retenerte, mantenerte
el deseo. La necesidad
de que estés quieta pero devorada
por el mismo desasosiego mío
que no se sacia con el agua
de la sed de tu boca.
Ni siquiera con el aire de tempestad
de tus palabras
bebidas en la profundidad
de tu garganta cuando todavía
no alcanza a pronunciarlas.

Ni te tumbes de espalda
contra la puerta de la saciedad
que podría sumergirte en la llama
sagrada de la noche. La noche, la noche
regada como un olor sobre los órganos
renuentes a dormir. Disuelta
como el polvo blanquísimo de la sangre
cargada de metales preciosos
para que el corazón repique
las campanas de sus barcos – los guíe
sobre las marejadas que suben
desde tus muslos desnudos
hasta mis costillas mis clavículas
mis vértebras locamente
iluminadas por el faro de los malecones
del más largo deseo.

Para que no te vueles. Para que no te vueles
y desaparezcas otra vez por entre
las rendijas del alba concebida
por un hálito de cobertores violeta
- o por entre las ramas y las hojas
de la intermitencia
de tu respiración en el instante
en que más debo retenerte
mantenerte cautiva por el cuello
y por los hombros hasta sentir
cómo palpitan en tus venas
los pensamientos y los recuerdos
que bajan de tu cabeza
para alumbrar los laberintos
- ¡Oh! Paredes con cortinas celestes –
de las desapariciones de antaño.

Cierro la salida de tus alas
construidas y vueltas a construir
por la paciencia angelical de la noche
(la noche la noche) por la sedosidad
endemoniada de la noche
que continúa juntándonos sin duda
para que sea yo quien desaparezca
- quien sucumbe sobre tu cuerpo
como un navío que naufraga
en la madera de los bosques
del origen – en las selvas de las pasiones
trashumante y con cara
de pequeños animales sonámbulos.

Mezclemos nuestros alientos ahora
para que el día se detenga
donde todavía no empieza
y el temblor de la inagotable fatiga
tome más significado
que los que caben en las palabras
con que tejen y entrecruzan
sus pálpitos y palpitaciones
el amor y la muerte para siempre.