sábado, 21 de febrero de 2009

HOTEL HOLANDA. Por Olga Colmenares

el poema que no digo,
el que no merezco.
Miedo de ser dos
camino del espejo:
alguien en mí dormido
me come y me bebe.
Árbol de Diana
Alejandra Pizarnik
Dividida, desde aquella fotografía sólo es posible la división y ella. Él no se imagina lo que produjo en mí su imagen. Prometeo robó el fuego y rompió las cadenas en su cintura. Mi moral me prohibía seguir, mi curiosidad empujaba vehemente. Sólo ella lo sabe, sólo ella pudo sentirlo en mis manos, mis manos que ahora son parte de su cuerpo, mis manos que son los únicos testigos. Palabras de él: arte, fotografía, pornografía, curiosidad, ansia, deseos, angustia, el otro, hotel, francés, ella, hermosa, desnuda, sólo yo. La moral, la moral de la negación que va apretando la tuerca, la moral que ahorca y deja sin aire. No vamos a hacer nada malo, sólo posaremos para él. Clandestino, oculto y sin explicaciones. Nunca tuve esas inclinaciones, nunca mis ojos se fueron de lo normal, nunca existió la curiosidad; nunca lo pensé, nunca lo imaginé, nunca fue ese mi deseo. Si sólo hubiera dicho que no, pero cómo negarme a lo que él me pedía. No logré en tantos años negarme a él, a su mirada que me hipnotizaba y dejaba sin voluntad. Repetía las palabras para mí, frente a un espejo, pero nunca fuera; nadie podía saberlo jamás. No estoy haciendo nada malo, sólo posaré para él, y ella estará allí con tanto miedo como yo, arrepentida como yo de no haberse negado. Olvidé preguntarle si ella tenía esas inclinaciones, quizá era mejor no saberlo. Desnudarse. Posar. Marcharse. Sin marcas ni olvidos pendientes, sólo respirar profundo y seguir la vida como si nada. Me imaginaba entrando al hotel, buscando la habitación entre pasillos húmedos. La cámara y ella. Quitaría mis ropas en el baño, doblaría cada prenda haciendo tiempo y tomando valor de los segundos. Ya estaba decidido, no había que pensarlo más. Si me lo pedía, no la iba a tocar; porque después de todo no tenía esas inclinaciones, y además con desnudarse ya era suficiente. Rondeba la veintena, él unos diez años mayor. Yo taciturna, él genial, ella un misterio aún. Tenía ooca experiencia en aquello del juego de carnes y deseo, algo de curiosidad y mucho miedo a la imaginación. Sólo había estado con él, pensé que ella sería igual a mí, y me dio rabia pensar que yo no era la única. No se trataba de ser ingenua, siempre se trató de creer en sus ojos. Sí, pensé que en medio de la habitación del hotel de horas me pediría que la besara, la tocara, que lamiera sus pechos y quizás hasta que fingiera hacerle el amor (¿cómo harían el amor dos mujeres?… no era posible, sentía repulsión al imaginarlo). Mientras tanto, él vería hundido en algún rincón, tragando su cigarrillo a bocanadas y con las fotografías entre el índice y el pulgar. Mis ideas comenzaban a empañarse con el vapor de la curiosidad, pero no por ella sino por él, porque siempre en mis pensamientos se empecinan en llevarme hasta él. Aunque trate de huir, aunque ya él no exista, mis pensamientos siempre lo tienen presente. Recibí la llamada una semana después. Me dijo el lugar y la fecha, por supuesto habló otra vez del arte, la intención transparente, la intención de los ojos sin las manos. Hotel Holanda, ventiuno de enero hacia las nueve de la noche, preguntar por él en la recepción. Claro, el número de coitos o el número de amantes no es proporcional a la ingenuidad, hay putas muy incautas. Pero yo era otro caso: una mojigata con algunos dedos de frente. Podían violarme, podían secuestrarme, podían matarme. Aún, luego de tantos años, unos cuantos coitos y una buena decena de amantes; estoy segura, hubiera estado puntual a las nueve de la noche en ese hotel que no conocía, porque lo único que realmente importaba era él, complacerlo en su más mínimo capricho. Ventiuno de enero, pasaron las horas del día desgarrando cada trozo de estómago que quedaba intacto. Nervios; imposible comer. Decisión, es mejor que nadie lo sepa. Aunque alguien debería saberlo por si dejaba de existir o algo me sucedía. No, definitivo, nadie lo sabría. No sabía qué vestir esa noche, aunque poco importaba. Todo debía permanecer en su lugar y limpio. Y aún así, preparé cada prenda: pantalón de pana oscuro, camisa ligera como queriendo escapar del cuerpo, sostén blanco, sin medias, pantaletas blancas, sandalias, chaqueta oscura. Papá, vuelvo tarde me quedo en casa de Elizabeth. Taxi. Dirección precisa, mirada solidaria y pícara. Pago, cambio. Lloviznaba, bajé con cuidado, no quería mojar mis pies. Corrí a la entrada para llegar pronto a la recepción y preguntar por él. No pude ver bien la fachada del hotel, logré vislumbrar el anuncio típico de neón rojo (HOTEL). La recepción desgastada y sucia, tanto como el encargado que parecía parte de la decoración. Mis sandalias se pegaban al piso sin barrer y mojado por el agua que arrastraban los zapatos. Olor a humedad y frituras. Paredes ajadas, plantas de plástico adornando las esquinas. Espejo de fondo ocupando una pared entera, para que vieras quien eras cuando entras y pudieras reconocerte a la salida. Escritorio de formica resquebrajado, atrás el estante de llaves casi vacío. Frío que se colaba en el corredor, puerta a la derecha que daba a un pequeño bar. Pensé en tomarme algo, pero detenerme en un trago implicaba dar media vuelta y marcharse.
Buenas noches. Pregunté por su habitación, mi voz temblaba y no podían distinguirse en ella las palabras. El encargado movía la boca tras su pequeño bigote y la gran papada grasosa. ¿Buscas a quién? ¿Quieres una habitación o qué? Casi escupía las palabras en mi cara. No podía, simple, no podía estar en ese hotel de horas. Logré por fin que el encargado escuchara mi voz que se convirtió en casi un grito. Ya era tarde para los arrepentimientos, iba a desnudarme con ella y posar para él. Tenía que complacerlo, no me iba a amar de otra forma. No. No valía la pena condenarme por él. En qué estaba pensando cuando dije que sí. Ya había dicho su nombre al encargado. El encargado levantó el teléfono, anunció mi llegada. Sentí sus pasos bajando las escaleras o al menos eso creí, una puerta se abría al fondo y él salía a buscarme. Beso con sabor a menta, así eran sus besos desde que lo recuerdo. Lo adivinaba con ese sabor de menta luego de un cigarrillo, fumaba por la tarde y cuando se preparaba para revelar sus fotografías. Me tomó de la mano y me guió hasta las escaleras. Siempre tuvo el poder de hipnotizarme sin muchas palabras, aunque para él era un placer inventarlas y creer que con ellas me conquistaba. Cada escalón sonaba bajo mis pies y los suyos a medida que subíamos. Imaginaba que ella estaría ya en la habitación, habían hecho el amor, y yo llegaba tarde a oler las cenizas y el humo. Temblaba toda, pero no sólo por miedo o por el frío de la lluvia, temblaba de rabia, porque él y ella estaban en esa habitación. La escena: él penetrándola, ella gimiendo, él apoyando la planta de las manos mientras las sábanas van corriendo, como corre el semen en su abdomen cuando él acaba en ella, ella exhalando, él agotado. Y sentí que comenzaba a mojarme, me excitaba pensar en la idea. Quería ser yo, gimiendo bajo su cuerpo mojado de sudor. Un suspiro. Él me invitó a pasar. Parpadeo, buscando despertar de lo que sucedía en mi cabeza. Llegamos, entramos en la habitación, y tú ya estabas allí. Piernas cruzadas, codo apoyado en el brazo del sillón sosteniendo un cigarrillo, justo frente a la puerta, tus ojos fijos en la puerta, esperándome. Avancé midiendo mis pasos y tú mediste mi cintura con las pupilas. Me tragabas con los ojos, ya no había ropa que me cubriera. En aquel momento era difícil imaginarlo; delicado y pulcro acostándose contigo, una puta más. Lo miraste como aprobando mi llegada, y aprobándome. Ella es Eva. Nunca le pregunté si ese era tu nombre. Luego de vivir casi muchos años más en sus intermitencias, jamás hablamos de esa noche. Eva, ella es Sofía. Me aferré a su brazo, buscando protección. Me ofreciste un trago, lo acepté a pesar del asco que me producías. No sabía cómo poner las manos, dónde dejar mis cosas, si entraba al baño y me quitaba la ropa, me sentada en la cama, esperaba la fotografía, me vestía y me iba. Pero no iba a ser así, estaba socializando con lo clandestino, socializando con lo que no debe ser, lo que no conviene. La señorita: mejores notas, mejores opciones. La señorita en un hotel barato y a punto convertirse en lesbiana, en rara, en marimacho; y contigo, una puta, bonita sí, pero una puta. Creo que imaginé los dedos acusadores mientras campaneaba mi tinto. Un momento, yo no iba a hacer nada, él ya había visto mi cuerpo y a ti no te iba a volver a ver. Pero fue inevitable, esas caras de decepción me acompañaron el resto de mi vida, cada vez que me miraba al espejo aparecía el mayor juez de todos.
No recuerdo la conversación. Arte, desnudos, nada sexual, todo sexual, dos mujeres, fantasía. Ya había subido el nivel de alcohol. Él preparaba la cámara y la fotografía, yo me descubría desviando los ojos hacia ti, desviando los ojos hacia donde no es. Te recuerdo relajada con mirada cómplice e interés en el mejor ángulo. Ayúdame a escoger cómo vestiremos la cama, porque tú y yo vamos sin ropa. Otro trago. Por el arte… y ¡salud! Vestiste la cama siguiendo sus instrucciones. Comenzaste a quitarte la ropa, él no sentía curiosidad por ti. Definitivo, ya se habían acostado. Yo estaba parada, espalda-pared, observando. No. Observándote. Piel muy blanca, formas definidas que no dejaban espacio a huesos o ángulos. Se alargaban tus extremidades o así las percibía desde mi posición. Pechos redondos afectados por la gravedad, pezones desafiantes que rogaban el contacto. Pero tu miraba decía otra cosa, para mí no eras más que una puta que se acostaba con él. Tomé unas cuantas copas de vino más en aquella habitación del Hotel Holanda. Se avivó mi curiosidad por ti. ¿Qué podía ver él en una mujer como tú? ¿Por qué me había traído aquí y qué esperaba? ¿Sentiría él celos si te tocaba o sólo quería quedarse allí observandolo todo? Embriagada por los olores de la habitación, las copas del vino, los celos y lo prohibido. Rebeldia, reto a mí misma, quería ser capaz de ser otra y con él mirando. Era distinto, hubo otras veces con alcohol y siempre pude controlarme. Sin embargo, todo en esa habitación se combinaba, era un exceso que desbordaba los sentidos y el deseo de escapar al sentido común. Esa fuerza desconocida y desinhibida ya era mi dueña, nada podía hacer para resistirme. Intenté escapar de la habitación y sus aromas ahumados, correr lejos de ti y lejos de él, olvidarme de la fotografía y el arte, y salvar la poca cordura que restaba. Mis intentos no tuvieron éxito, aunque quería moverme era incapaz de pensar en otra cosa lejana a ti. Me desdoblaba en tu cercanía y dejaba atrás mi ego. Mis dedos iban acariciando tu cuerpo, me provocabas, te convertiste en una tentación cuando antes producías mi rechazo total y absoluto. Quería llenarme de tu desnudez, quería darte vuelta y admirar cada una de las figuras que te componían, sentir tu piel a mi tacto, te imaginé frágil en mis manos. Se asomaban los colores de la carne entre tus vellos oscuros, bajo el ombligo y entre las piernas. Mi anatomía era la misma, y aún así me hacías una invitación a explorarte, yo nunca antes había encontrado atractivo el cuerpo de otra mujer. Ya sin ropa te recostaste en la cama, esperándome otra vez. Me mirabas. Esperabas que yo hiciera lo mismo, que me despojara de mi única protección. No pude, me quedé allí, de pie, ambas manos en la copa; mirándote, imaginándote. Te levantaste de la cama, te arrodillaste frente a mí, bajaste las manos desde mis muslos hasta mis pies, quitaste mis sandalias. Te levantaste, tomaste los bordes de mi camisa. Yo estaba paralizada, sólo viéndote y sin creerlo. Mis brazos levantados, tomaste de nuevo los bordes y comenzaste a subir mi camisa. Sentí la tela y quise creer que eran tus manos. Ya el primer escudo estaba vencido. Bajaste las manos, las apoyaste en mis caderas, pero nunca mirabas en mis ojos. Estaba ya aprobada la acción de dejarme desarmada. Quitaste el botón, deslizaste el cierre, te dejaste caer con la tela que cubría mis piernas. Estaba al descubierto. Esta vez sí eran tus manos tocando mis piernas, mis nalgas, mis caderas, mi espalda. Primer broche, y aún no podía moverme. Segundo broche, gravedad. Tus manos bajaron por mis hombros, mis brazos, rozan mis pechos. Sólo quedaba una prenda, que ibas quitando despacio. Descendiste por mis piernas, llegaste a los tobillos, se detuvo el movimiento. Levanté mis pies del suelo. Desnudez. Llegó el momento de la desnudez y la fragilidad del pecado. Tú, de pie frente a mí, más alta que yo. Podía ver cómo tu pecho se inflaba, desinflaba, se agitaba, hundía, quería salir de sí y descansaba. El impulso fue llenando las palmas de mis manos. Quería llegar a ti, sin embargo me movía sólo en la imaginación hasta tus caderas. Sonido de abrir-cerrar diafragma. Primera fotografía. ¡Despierta!
Era una espectadora, ya mi cuerpo no obedecía las órdenes que le daba. Estaba desnuda y él había tomado ya mi fotografía, la imagen de mi cuerpo. La vista estaba borrosa y mi cuerpo se abandonaba. Sucedía y no era capaz de deternerlo, no valía de nada todo el pasado de monjas y familia católica. Se agolpaban en mis pensamientos: pecados, preceptos, deseos, angustia, morbo, labios, ganas, sexo… No podía, no podía dejarme llevar. No era yo, yo no tenía (no tengo) esas inclinaciones, yo no, no debía tener esas inclinaciones. Quería acostarme con él, no contigo; quería sentir al hombre dominando, embistiendo, succionando. Dos mujeres juntas no es lo natural. Mis manos ya no me obedecían. Mi respiración agitada y fuerte. Escuchaba el sonido de mis inhalaciones y exhalaciones. Estaba ebria, sentía cada latido, cada bombeo de la sangre, tapaban mis oídos y ya no eran capaces de escuchar la presencia de él, tú respiración, los gemidos de la habitación contigua. En mi cabeza retumbaba el silencio y las cacofonías desorientadas de mis sentidos. Ebria de culpa y arrepentimiento. Vino dulce de pecado arrastrándose en mi garganta, tragaba lo viscoso de la condena. No deseaba deternerlo. Deseaba deternerlo. La culpa y el placer. Danzaba perdida en círculos, y mis pies no despegaban del suelo. No me mirabas, lo mirabas a él. Te estabas alejando de mí, quizá por miedo a mi parálisis absoluta. Diste un paso atrás, al instante mis brazos se pusieron en movimiento, mis manos directo a tus caderas, te atraían a mí. Volvía la fuerza a mis miembros, pero no el control. Mi cuerpo se estiraba con la punta de los pies tocando el suelo, la cercanía de tus labios me hizo reaccionar, por un momento volvieron las naúseas y el amargo en la boca. Tragué el exceso de saliva que se juntaba. Tomaste mi cara con las manos y me pusiste de nuevo a unos milímetros de tus labios. Podía sentir cada pliegue con mi aliento, luego con mi lengua que se asomaba despacio. Tú la recibiste entreabriendo los labios. Tu nariz, mi nariz, tocándose, un poco hacia la derecha. Mi lengua se intercambió con la tuya en un beso, beso-caricia, manos-espalda. Sabor amargo, aliento pesado de humo y alcohol. Mezcla de sabores, mezcla de saliva. El pecado era un caramelo disolviéndose en mi boca, sabía a prejuicios y a “no deber ser”. Eran tan diferentes tus labios, un durazno de piel dura que iba mordiendo poco a poco en busca de su carne. Ya había perdido todas mis armas de ataque y defensa, había perdido un tanto el miedo, se convirtió en curiosidad. Curiosidad por probar tu piel, descubrir sus texturas diferentes. Quizá era un ardid el sentir que en ese momento querías también abrirme y saber mis colores, olores, movimientos… Los labios chocaban buscando llegar a todos los lugares que quedaban vulnerables. Mordiste un labio. Me tomaste de los hombros y me alejaste de ti un poco. Me mirabas por fin. Lamiste los bordes de tu boca, clavaste los dientes en los labios. Provocándome. Se multiplicaron las manos en mi espalda, mi cuello, mi cabello lo enlazabas con los dedos. Nuestros vientres, nuestros pechos se acariciaban mientras se enlazaban los cuerpos. Imagino que él lo estaba disfrutando, observando, midiendo la próxima fotografía. Sólo puedo imaginarlo, pues para mí en la habitación sólo quedábamos tú y yo. Estaba extasiada, todo el mundo desapareció. Mis pies, mis piernas, mis brazos, mis manos necesitaban el movimiento. Me descubrí queriendo hacer el amor contigo. El movimiento de los cuerpos entrelazados en la danza nos guiaba a la cama. Descubrí que no sabía qué debía hacer contigo. Descubrí también que poco importaba. Algunos tropiezos antes de llegar. En principio, sólo era capaz de imaginarme tocándote como él me había tocado. Besándote y buscando tragarme tu alma. Mordiendo tus labios, lamiendo tu cuello y tus pezones enhiestos, acariciando todas las partes de tu cuerpo que quedaban expuestas al contacto de mis manos. Tomaste tú el control, sabías mejor que yo lo que hacías. Me senté al borde de la cama mientras tú te arrodillabas. Pasaste la lengua por mis piernas, te acercabas y te alejabas, jugando con mi deseo que mojaba cada vez más las sábanas. Tus manos acariciaban mi vientre, bajaban y separaban mis piernas. Te acercaste tanto que creí que ya no iba a poder respirar más, sólo esperando que me desgarraras con tu lengua. Y así lo hiciste, confundiendo tu saliva en mi humedad. Yo me aferraba el borde de la cama, apretaba mis dedos hasta sentirlos sin sangre, trataba de ahogar los sonidos, pero no pude más. Sollocé. Se proyecto desde fuera un gemido. Te percibía recorriéndome, buscándome, partiendo en dos mi existencia, haciéndome otra y recordándome quien era. Fuera de mí vivía el mundo y dentro de mí se estaba consumando un pecado, estaba consumándose el placer de un pecado infinito y único. Y llegó al punto donde se concentra todo, donde se va acumulando la energía antes de estallar, se detuvo e iba midiendo con precisión cada movimiento. Era un vaivén preciso y constante. Parabas para tomar aliento, y tu aire también me palpaba. Te embebías para luego buscar aire como si nadaras. Tus manos me empujaban hacia ti. Yo no oponía resistencia, mis piernas comenzaban a temblar. Las puntas de los dedos de mis pies estaban rozando el suelo, buscando sostenerme, pero las fuerzas me habían abandonado; se concentraron en ese punto todas las energías que habitaban mi cuerpo, sólo era capaz de responder a tus embistes. Tus manos me atravesaban, me escindían. La acumulación y el desborde de todo cuanto me hacía respirar. Gemí más fuerte. Duró un instante el abandono total del cuerpo. No tenía control de mis miembros, que trataban de atrapar y retener la sublimación de los sentidos. Mi cuerpo se retorció, los músculos no me pertenecían, eran propiedad de esa fuerza; de esa corriente que iba transitando mi cuerpo desde la base de la espalda, y se disparaba en todas las direcciones. Toda yo era vibración, pequeñas convulsiones aquí y allá. Estaba ebria: vino, sexo, orgasmo, tú.Me tumbaste sin perder el contacto. Trepaste por mi abdomen con tus manos y llegaste a mis pechos: succionabas, mordías despacio, recorrías los alrededores. Primero uno, luego el otro. Apretaste cada uno con tus manos mientras jugabas con el otro en tu boca. Finalmente, caiste sobre mí, absorbiendo cada una de las palpitaciones que viajaban por los nervios, y cuyo epicentro era mi centro. Tus besos llenos de mi humedad bajo la piel. Tu cuerpo comenzaba a llenarse de mí. Empujabas, te empujabas hacia mí, y yo respondía con fuerza levantándome. Sólo se movían tus caderas, invitando a las mías a seguirte en el baile, y así lo hicieron, acompasaron su movimiento para hacerlo uno. Cada compás iba rasgando las capas de tu piel, y poco a poco se iba despejando tu humedad, y comenzó de nuevo la acumulación, pero esta vez de ambas. Chocábamos transfiriéndonos esa energía, la fuerza de un cuerpo al otro, me abandonaba para visitarte y luego dejarte para volver a mí. Podía distinguir cada uno de los contactos como únicos, paralizados en el tiempo, borrar todo lo demás y dibujar en tu lugar el mundo. Mis manos buscaban traerte más adentro, clavadas en ti, mis uñas enterradas en tu espalda guiándote. Un gemido dando la orden. Acompañado de tu respiración fuerte y cónsona a mi movimiento. Necesitaba más de ti, sentirme plena en esta danza macabra. ¡Ah! Término de la respiración agitada, y la disminución de la intensidad. ¡Aaahhh! El cuerpo mismo saliendo por la boca y atravesando el aire. Poco a poco disminuyó el movimiento, pequeños espasmos que se sucedían en diversas partes de nuestros cuerpos que aún permanecían entrelazados y confundidos. Te dejaste caer por completo sobre mí, y dejó de existir todo cuanto podía abarcar el sentido. Sólo éramos eco de un latido ajeno al corazón, un latido animal, un lazo-latido. Estaba agotada. No podía deshacerme de tu cuerpo. Y caí también, dormida entre las sábanas y quien sabe cuántas fotografías. Caí en el sueño profundo de saciedad. Desperté en medio de las sábanas húmedas, en medio del humo que salía de su cigarrillo. Él apostado en el sofá junto a su cámara. Tú aún dormías. No podía ver más tu rostro, no podía parar las imágenes de cuanto había sucedido hace unos minutos, hace unas horas. Me levanté de la cama, busqué cada prenda y tal como habías hecho tú antes repetí el proceso a la inversa. Lo miré fugaz. Tomé mis cosas. Borraría toda esta escena que seguro él tendría plasmada entera en sus fotografías. Cerré la puerta de aquella habitación para siempre. Bajé corriendo las escaleras del Hotel Holanda, ignorando su voz que me pedía volver.

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