jueves, 17 de marzo de 2011

Merleau-Ponty: El mundo de la percepción


El mundo de la percepción que nos revelan nuestros sentidos, parece el que mejor conocemos, no se necesitan instrumentos para acceder a él, en apariencia nos basta con abrir los ojos y dejarnos vivir para penetrarlo. Sin embargo, esto no es más que una falsa apariencia. Es necesario redescubrir este mundo donde vivimos, fuera de la actitud práctica o utilitaria. Ello ha comenzado a ser posible, gracias al arte y el pensamiento contemporáneos.

La ciencia no puede ofrecer una representación del mundo que sea completa, cerrada sobre sí, de modo que no tengamos ya que plantearnos ninguna cuestión válida más allá.

La objetividad absoluta y última es un sueño, cada observación está estrictamente ligada a la posición del observador, es inseparable de su situación e implica un rechazo a la idea de un observador absoluto.

Con las geometrías no-euclidianas tenemos un mundo donde sujetos no podrían encontrarse a sí mismos en una identidad absoluta, donde forma y contenido están como enrollados y mezclados y que, finalmente, ha dejado de ofrecer esa armadura rígida que le suministraba el espacio como genio de Euclídes.

En la pintura hay un esfuerzo por superar un mundo tal y como lo captamos en la experiencia vivida, entonces, todas las precauciones del arte clásico vuelan en pedazos. En vez de la perspectiva clásica, geométrica se pretende ofrecer el nacimiento de paisaje bajo nuestra mirada. Los pintores modernos no se contentaban con un informe analítico y querían alcanzar el propio estilo de la experiencia perceptiva. Las diferentes partes del cuadro son, pues, vistas desde diferentes puntos de vista, que dan al espectador desatento la impresión de “errores de perspectiva”; pero a quienes miran atentamente dan la sensación de un mundo donde dos objetos no son vistos simultáneamente, donde, entre las partes del espacio siempre se interpone la duración necesaria para llevar nuestra mirada de una a otra, donde el ser, por consiguiente, no está dado, sino que aparece o se transparenta a través del tiempo.

El espacio ya no es ese medio de las cosas simultáneas que podría ser dominado por un observador absoluto igualmente cercano a todas ellas. Sin punto de vista, sin cuerpo, sin situación espacial, en suma, pura inteligencia. El espacio es el “espacio sensible al corazón”, donde también nosotros estamos situados, orgánicamente ligados nosotros.

La filosofía y, sobre todo, la psicología también parecen percatarse de que nuestras relaciones con el espacio no son las de un puro sujeto descarnado con un objeto lejano, sino la de un habitante del espacio con su medio familiar. El hombre es un espíritu con un cuerpo, que sólo accede a la verdad de las cosas porque su cuerpo está como plantado en ellas.

Luego de haber examinado el espacio, consideremos las cosas que lo llenan. Las cosas se definen a partir de sus cualidades, pero una cualidad como lo meloso – y esto es lo que la vuelve capaz de simbolizar toda una variedad de conductas humanas – sólo se comprende por el intercambio que establece entre yo como sujeto encarnado y el objeto exterior que es su portador. Esta cualidad existe en la medida en que haya un ser humano que la pueda vivir y percibir.

Por lo tanto, las cosas no son simples objetos neutros que contemplamos; cada una de ellas simboliza para nosotros cierta conducta, nos las evoca, provoca por nuestra parte reacciones favorables o desfavorables y por eso los gustos de un hombre, su carácter, la actitud que adoptó respecto del mundo y del ser exterior, se llena en los objetos que escogió para rodearse, en los colores que prefiere, en los paseos que hace.

Los objetos que obsesionan a nuestros sueños, de la misma manera, son significativos. Nuestra relación con las cosas no es una relación distante, cada una de ellas habla nuestro cuerpo y nuestra vida, están revestidas de características humanas (dóciles, suaves, hostiles, resistentes) e, inversamente, viven en nosotros como otros tantos emblemas de las conductas que queremos o detestamos. El hombre está investido en las cosas y éstas están investidas en él. Los objetos son catalizadores del deseo, el sitio donde el deseo humano se manifiesta o cristaliza.

La Animalidad.-

¿Por qué tantos escritores clásicos muestran indiferencia para con los animales, los niños, los locos, los primitivos? Porque están persuadidos de que hay un hombre consumando, destinado a ser “dueño y poseedor” de la naturaleza, como decía Descartes, y por lo tanto capaz desde por principio de penetrar hasta el ser de las cosas, de construir un conocimiento soberano. Una ciencia y una reflexión más maduras, cuestionan este dogmatismo, queda claro que en el mundo del niño, en el del enfermo ni, con mayor razón, en el del animal, en la medida en que podemos reconstruirlo a través de su conducta, se constituyen sistemas coherentes y que, por el contrario, el del hombre sano, adulto y civilizado se esfuerza hacia esa coherencia. Pero el punto esencial es que no la posee, que dicha coherencia sigue siendo una idea o un límite jamás alcanzado de hecho y que, por consiguiente, lo “normal” no puede cerrarse sobre sí, debe preocuparse por comprender anomalías de las que no está nunca totalmente extento. Está invitado a examinarse sin indulgencia, a redescubrir en sí mismo todo tipo de fantasías, ensoñaciones, conductas mágicas... Todo tipo de lagunas por las que se insinúa la poesía. El pensamiento adulto normal y civilizado vale pero con una condición, y es que no se considere como pensamiento de derecho divino, que se mida cada vez más honestamente con las oscuridades y dificultades de la vida humana, que no pierda contacto con las raíces irracionales de esta vida y que, por último, la razón reconozca que también su mundo está inconcluso, que no finja haber superado lo que se limitó a ocultar, y que no tome como indiscutibles una civilización y un conocimiento cuya función más alta, por el contrario, es la impugnación.

El Hombre visto desde fuera.-

Los otros hombres jamás son para mí puro espíritu: sólo los conozco a través de sus miradas, sus gestos, sus palabras, en resumen, a través de su cuerpo. No podría reducirlo a un cuerpo porque ese cuerpo está animado de todo tipo de intenciones, es sujeto de muchas sanciones que contribuyen a dibujar para mí su figura moral.

La reflexión, por ejemplo, sobre mi propia ira no me muestra nada que sea separable o, que por así decirlo, pueda ser separado de mi cuerpo.

Vivimos en la experiencia del otro. Jamás nos sentimos existir, sino tras haber tomado ya contacto con los otros, y nuestra reflexión siempre es un retorno a nosotros mismos, que por otra parte debe mucho a nuestra frecuentación del otro. No hay vida “interior” que no sea como un primer ensaño de nuestras relaciones con el otro. En tal situación ambigua donde nos vemos arrojados porque tenemos un cuerpo y una historia personal y colectiva, no podemos hallar un reposo absoluto, incesantemente debemos trabajar en reducir nuestras divergencias, explicar nuestras palabras mal entendidas, manifestar lo que está oculto de nosotros, percibir al otro. La razón y el acuerdo entre los espíritus no están a nuestras espaldas, presuntamente se hayan adelante, y somos tan incapaces de alcanzarlo definitivamente como de renunciar a hacerlo.

El coraje es remitirse a uno y a los otros en la medida en que a través de todas las diferencias de las situaciones físicas y sociales, todos dejen aparecer en su conducta misma y en sus mismas relaciones la misma chispa que hace que los reconozcamos, que necesitemos su asentimiento o su crítica, que tengamos un destino común. Ver al hombre desde fuera es la crítica y la salud del espíritu. Pero no como Voltaire para sugerir que todo es absurdo. Mucho más para sugerir, como Kafka, que la vida humana siempre está amenazada, y para preparar, por el humor, los momentos raros y preciosos donde los hombres se reconocen y encuentran.

El Arte y el Mundo Percibido.-

La pintura nos ubica imperiosamente en presencia de un mundo vivido. Encontramos objetos que no se deslizan bajo la mirada como objetos “bien conocidos” sino que, por el contrario, la detienen, la interrogan, le comunican extrañamente su sustancia secreta, el propio modo de su materialidad, y, por así decirlo, “sangran” delante de nosotros. La forma y el fondo, lo que se dice y la manera en que se lo dice, no pueden existir por separado. Es necesario percibir el cuadro según las indicaciones mudas de todas partes que me dan las huellas de pintura depositada sobre la tela, hasta que todas, sin discusión ni razonamiento, se compongan en una organización estricta donde se sienta claramente que nada es arbitrario, aunque no se esté en condiciones de explicarlo.

Mundo Clásico y Mundo Moderno.-

Es propio del mundo moderno el retorno al mundo percibido que puede verificarse en la pintura, la literatura, la filosofía, la física. Tenemos un saber y un arte difíciles, con fisuras y lagunas, una acción que duda de sí misma y, en todo caso, no nos enorgullece de lograr el asentimiento de todos los hombres. Todo es provisional y aproximado. El corazón de los modernos es un corazón intermitente y que ni siquiera logra conocerse. El mundo es una obra inconclusa de la que no se sabe si alguna vez lo estará.

Si la ambigüedad y la inconclusión están inscritas en la cultura misma de nuestra vida colectiva sería irrisorio querer responder con una restauración de la razón. No podemos retornar al racionalismo de nuestros padres. Amar la razón, querer lo eterno cuando el saber siempre descubre mejor la realidad del tiempo, querer el concepto más claro cuando la misma cosa es ambigua, es la forma más insidiosa del romanticismo; restaurar nunca es reestablecer, es ocultar.

En realidad, la incertidumbre de nuestra cultura es la conciencia más aguda y franca de lo que siempre fue verdadero, por lo tanto, adquisición y no declinación. Cuando nos hablan de la obra clásica como de una obra consumada, debemos recordar que Leonardo da Vinci y muchos otros dejaban obras inconclusas; que Balzac consideraba indefinible el famoso punto de madurez de una obra que admitía que, en rigor, el trabajo que siempre podía ser proseguido, sólo se interrumpe para permitir cierta claridad a la obra; que Sezanne, que consideraba toda su pintura como una aproximación a lo que buscaba, sin embargo más de una vez nos da la sensación de la conclusión o la perfección. Acaso sea por una ilusión retrospectiva – porque la obra está demasiado lejos de nosotros, es demasiado diferente de nosotros para que seamos capaces de retomarla y proseguirla – por lo que a ciertas pinturas les encontramos una plenitud insuperable: en ella los pintores que las hicieron no veían otra cosa que el ensayo o fracaso. La conciencia “moderna” ha descubierto una verdad de todos los tiempos, más visible hoy y llevada a su más alta realidad. Y esta mayor clarividencia, esta experiencia más entera a la impugnación no es producto de una humanidad que se degrada, sino de una humanidad que ya no vive, como a largo tiempo lo hizo, en algunos archipiélagos o promotoyos, sino que se enfrenta consigo misma de una punta a la otra del mundo, se dirige ella a sí misma por completo a través de la cultura o los libros.