viernes, 23 de julio de 2010

Tres cuentos de Israel Centeno


EL VELO


Me gusta cruzar las cortinas y de pronto hallarme en otro lugar, en la penumbra o en la luz, eso me comentaba Guillermo antes de emprender cada subida y al girar hacia la primera explanada. Hay un momento crucial, decía, el del sonido, es cuando comienzas a dejar de pensar ¿no te sucede? En el primer giro, en el pequeño descanso antes de encarar la segunda trocha y enfrentar el vapuleo de la brisa que se cuela tenue e insistente entre el ramaje de los eucaliptos que van apareciendo en el camino, cruje una corteza seca dentro de tu pecho y te escindes, es una locura, lo sé, pero eres uno o dos y tres, a veces ninguno de los tres anteriores; escindido, confiesa Guillermo, se me ocurrió llamar una vez a una chama que me gustaba, una de esas pequeñas que pretenden brincar de emoción cuando le cuentas algunas proezas y desafíos, en ese momento, fatigado y sudoroso, ella estaba abajo, después de los primeros doscientos metros sobre La Cota Mil todo es abajo, estaba en un lugar de la olla del duende, a la orilla de una piscina o algo así, con seguridad recibía la caricia del sol de la tarde sobre sus lentes o su piel, sobre ambos o ningunos, al lado del entrenador o con el entrenador colocando unos flotadores entre sus piernas, entonces le llega el sonido acezante de mi voz, era como para excitarse o sentir asco.

Sintió asco, tuve un tiempo en el que necesité subir dos explanadas para vencer el dolor, la vergüenza, un sentimiento recalcitrante de ridiculez, ese que saben sembrar las mujeres en ti cuando desean robarte la paz por un buen tiempo. Cruzar esta cortina es terapéutico, insistía Guillermo y se empinaba sobre la punta de sus pies para sacar ventaja y llegar al puesto del guardabosque. Siempre dice cosas como ésas, son cosas tontas, cosas que se dicen mientras subes el cerro o no dices nada y te vas quitando el sudor de la cara con un pañuelo si eres decente o con la mano si eres quien eres, una persona que no se anda con remilgos para ir por las ramas. Laura se ha comprado la idea de las cortinas, o sea, se la ha tomado en serio, hay cortinas en la vida, repite y así nos vamos convenciendo de eso, de velos, gazas, mantillas o palitos de bambú y, a veces me imagino cruzando a través de una cortina en una tarde de marzo desde el solar de una vieja casa en La Pastora hacia un cuarto oscuro en Alejandría o al zoco del Yabrud. Marea el contraste, no son muchos quienes creen en esa realidad develada una vez que traspasas la tela invisible, un velamen, una telaraña de luz o de sombras, de eso va el asunto, no todo el mundo es sensible de la misma manera, me alecciona Laura, de eso se trata y cae una fina lluvia sobre nosotros, estoy hablando en presente de nuestra última caminata a Los Naranjitos, nos gusta serpentear desde el puesto del guardaparque hasta el ranchón de Los Naranjitos, allí nos sentamos y tomamos agua y nos ponemos a comer nuestras cosas, a veces acampamos y pasamos la noche envueltos por la bruma que baja desde Lagunazo y ella me dice, éste es uno de las muchos telones; denso. Entonces nos metemos en un mismo saco de dormir porque sentimos miedo y deseo, el deseo del miedo nos abriga y nos sumerge en una dimensión distinta al amor o a cualquier sentimiento que podamos retomar en la ciudad. Guillermo sólo llega a esos lugares donde puede distenderse y continuar alardeando con sus historias mientras hace barras y levanta pesas junto a culturistas mudos, no se le puede exigir más a Guillermo, Laura sí se ha tomado en serio lo de las realidades paralelas en la montaña, uno deja de ser uno mismo y comienza a ser esa sombra fugaz que se te cruza en un paso de quebrada, un halo sutil, por eso sube cada vez más alto, busca senderos hacia los valles del litoral y se empeña en que la acompañe por las rutas que improvisa. Son las cuerdas de tiempo. Una de esas tantas veces que narraré en presente, se nos vino todo un bosque de árboles barbados encima, son gigantes, son dragones, son las ánimas, susurra Laura, tienen un aura gris y fría porque están húmedas, tócame acá, así, húmeda y calurosa. En la cuenca entre la encrucijada más arriba del Edén, por el camino hacia Paraíso, nos asaltó ese deslave vegetal y no pasó nada porque supimos alzar la mano y correr las argollas del cortinaje de los gigantes; es sencillo, a veces puedes sentir un bloque de hielo adormecer la boca de tu estómago y se te va el aliento. Me voy a morir, me voy a morir, piensas y casi gritas, la saliva se espesa, la luz es ocre y a veces entre las tracerías del bosque planea un ave grande de plumas marrones y cola larga ¿Viste sus ojos? Pregunta Laura, siente éxtasis, abandono. Es el frenesí cuántico. No se le pueden ver los ojos a un ave en vuelo, es difícil mirarle ambos ojos en tierra, se les puede mirar en el cielo y saltar en la tierra respondo, pero ella insiste ¿los viste? Alza la mano, yergue el bastón de escaladora y se arma de una nueva voluntad para el próximo paso, cruzar al otro lado; al rato vuelvo a respirar y todo queda atrás, entonces compartimos nuestras cosas de comer y el saco de dormir. Si te mueves dentro de este paisaje, me dice, te mueves dentro de tu cabeza, así de sencillo: te mueves dentro de tu cabeza y comprendes que la realidad es una superposición de ilusiones. Ya, prefiero las propuestas elementales de Guillermo, pensaba; eran frívolas, eran una excusa para hablar estupideces mientras se sube una cuesta, por eso de un tiempo a esta parte he optado por subir y caminar solo por el cerro para no adentrarme en las distorsiones de Laura. El espacio. Me ha llamado, siempre me llama para subir y por una u otra razón no estoy para ella, he decidido hacer mis rutas sin Guillermo y sin Laura. El tiempo. En realidad, me siento más tranquilo si me muevo solo por la montaña, a veces extraño acampar en Los Naranjitos y convertirme en un amante bajo la niebla y el temor a las sombras y a los sonidos de la noche, era un buen trato incursionar en los afectos en aquellas condiciones, un trato comprometedor, a veces demasiado extremo para mí, que soy un hombre poco dado a las extravagancias. Ahora cruzo los velos de la realidad sin compañía y trato de recrearme en la soledad de esos caminos, evado a los excursionistas y me escondo en algunas cuevas, sólo unos pocos conocemos desde tiempos inmemoriales. Me encumbro sin ninguna pretensión, me basta conseguir una piedra basáltica, ancha y plana, ponerme de espaldas a la ciudad y de cara al mar, evito la otra posición, deben comprenderme, ustedes han visto la montaña desde cualquier punto de Caracas, incluso desde fuera y se han dado cuenta, con seguridad, de lo maleable que es. Me explico, no se sostiene, es una nube, un cúmulo o cirros, no es una forma inamovible, eso de verla como mujer o como una ola no deja de ser un tópico ridículo, es una manera de decir algo sobre la montaña: “oh, es una gran escultura”, qué gran vaina: es una huella digital o una onda electromagnética, sobre todo es un oráculo. Me gusta usar una palabra que no termino por comprender, la busco en el diccionario y al aplicarla no me dice nada sino cuando pienso o leo al Ávila. Inmarcesible. Vaya palabra. Inmarcesible, no sé si es decimonónica, si la usan los hombres de ciencia o los poetas, pero suena a algo así, ustedes comprenderán, eso es lo que es, sutil o más que eso, ustedes lo han visto y evaden el estado de ánimo, recurren al lugar común para evitar sus augurios y despiertan sentimientos deshonestos y hermosos. Pura tontería, el cerro es una amenaza, un horror, una promesa, la oportunidad de los velos. Una figura inmarcesible, léase bien y comprenderán que no estoy loco, es como la luna, todos hablan de amor cuando la ven y deberían hablar de los horrores de la irracionalidad o la locura, de sus abismos, del río perverso de Joseph Conrad, pero digamos que necesitamos de esas cosas para continuar. Laura no tendría contemplación al afirmarlo, es un mal necesario y traspasaría para siempre o por un rato, la palabra es lo de menos, lo cursi, es una manera de liberarse de la opresión de las inconsistencias, de corregir los errores, estás bajo una tormenta eléctrica en los agujeros y eres uno más, hormiga, gusano o armadillo, te das cuenta, Laura lo dice fuera de sí, el universo no discrimina y no puede, no puede nunca conspirar a tu favor, es la gran ilusión de los tontos, eso. Ya se habrán percatado de lo arrogante que puede llegar a ser Laura. Cuando estoy arriba y le doy la espalda a la ciudad me encaro al litoral, tiene un sentido y es afín a las intuiciones relatadas; sin embargo es más temible. Caracas no es Caracas arriba, deben comprenderlo, hemos cruzado el velo y el Ávila deja de ser el Ávila, mejor dicho, te iluminas, las ecuaciones dejan de ser garabatos y estás en un área de experimento, hay un acelerador te das cuenta, nunca ha sido el Ávila ni mucho menos el Guaraira Repano con el que algunos comisarios y oficiales nacionalistas tratan de nombrarlo para darle propiedad prehispánica, eso lo sabemos, no ha sido nunca lo que pretendemos que sea, ni deja de ser eso, el Ávila. Hasta hace poco, y ahora comprenderán por qué me siento de espaldas a la ciudad si alcanzo una eminencia, creí que Caracas era como cualquier otra ciudad, obra de la civilización y del hombre, si te pones a verla a los doscientos, a los quinientos, a los setecientos metros, y aceleras entre velo y velo, es eso y a veces no, cuando baja la bruma en Los Naranjitos, se presiente otra realidad, las cortinas, sí, otra cosa, una variable puesta a arder dentro del estómago, un cubo de hielo seco. Una verdad no se impone ni se predica, una verdad se vive, esas cosas repito a solas mientras veo una lluvia de partículas de neutronios atravesar a los nubarrones, a las parásitas adheridas a los árboles, a mi cuerpo y a la tierra; no es una frase feliz, es una querida blasfemia. Y a los dos mil metros, cuando has dejado atrás la vegetación húmeda y empiezas a caminar sobre la estática, la tierra arcillosa, las piedras graníticas y arbustos parameros, sientes un silbido dentro del pecho, un zumbido por allí en la cabeza y comienzas a percibir la colisión y luego te separas, algo dentro y fuera se abre como la cola de una guacharaca, podrían especular sobre el asunto, llamarlo pánico, desrrealización, cagueta. Etiquetar aquí y allá, echar mano a la inteligencia de Lacan y a la creativa imaginación de los hijos de Jung; escisión, sicosis temporal, carencia de oxigeno, soledad. Los predicadores podrían construir una ensayística y hasta usarla como tema interesante para vencer el hastío, la vejez o la inutilidad o para atraer la atención de alguien con quien se desea tener un encuentro sexual violento y efímero, el punto es; sucede y ya no estás donde solías estar, has pasado la cortina, de verdad, no a medias ni en juegos: no son las ecuaciones pergeñadas en las pizarras, ni la trasposición experimental del solar de la casa hacia cuarto oscuro de la tía. Es la vida, se sale o se entra, no existe eso, ni salida ni entrada, y aparece una arquitectura, seguro, me diría el bolsa de Guillermo sin entender ni mierdas, no lo sé, el paisaje está lleno de figuras o formas, no son extrañas ni sobrenaturales, son figuras o formas de cualquier paisaje a esas alturas, tu valor consistirá en aferrarte a esa idea, no lo olvides caminante, si alguna vez te atreves a confrontar la experiencia. Y no. Miras pues tus pies, míralos hollar el granito o la arcilla, el yerbajo enano de las zonas altas y algo te dirá que no lo pisas, y no lo pisas porque comienzas a dejar de estar. De pronto me volteé hacia la ciudad, eso sucedió un día y lo narraré en presente porque es un tiempo imposible de retener: vi la disolución de un espejismo, también vi la fractura de una realidad, nada más, la inexistencia, el vacío, el monstruo nonato, desde arriba, Caracas antes de ser Caracas y después de haber sido. Hay gente que toma pastillas y lee a Baudrillard para comprender lo sencillo. En cambio el mar, el infinito ponto de los griegos, el caldero de los temibles piratas, la autopista de los fenicios siempre es la tierra azul y el lecho humano, el lugar donde descansan las almas de grandes y cobardes aventureros, el escenario preferido para las batallas, o no, puede que esté dando apreciaciones subjetivas, pero acordarán conmigo en que es el mar, el gran cementerio. A pesar de toda la suciedad vaciada en él, existe tanto como cuando yo cruzo los velos y dejo de existir en un paisaje equivoco. A pesar de todo, de anularme y darle la espalda a la ciudad, consentirla imposible, engañosa e inconsistente, encuentro algunos motivos o unas gratificaciones. Desde hace un tiempo subo solo, hubiese sido más saludable escuchar las peroratas gimnásticas de Guillermo o los susurros de Laura. Laura susurraba la palabra duende y yo sentía una exhalación sobrenatural desde las cortezas de los árboles, la exhalación de las raíces entramadas en la tierra arcillosa, sentía el olor genital de las hondonadas, susurraba elfos, ánimas o trasgos y aparecía la perra amarilla y verrugosa de mis cuentos, enseñaba sus dientes o movía su cola y luego se internaba en un bosque de helechos. Sólo por eso hubiese sido más saludable o erótico seguir aquel juego mágico. Yo entendía física, tiempo, espacio. Llega el momento y uno lo comprende, no es un juego ni es magia, se habrán dado cuenta, algunos habrán precisado el asunto con acertada lucidez. Me encuentro, siempre me he encontrado, en la parte baja de una piedra lunar al otro lado de la penúltima eminencia antes de llegar a la cumbre del Naiguatá, la eminencia más alta de la cordillera de la costa. Podría alardear como Guillermo, soy un hombre libre, elijo la cueva donde pasaré la noche y probablemente tentaré otros pensamientos desquiciantes y silbaré a la ingrimitud. Sin el marco temporal, somos inmemoriales, una raza anterior y desleída. Es tarde y el sol corre muy veloz por estas latitudes, aparece la luna, una moneda etrusca, la luz mortecina y fascinante de lo innombrable y con ella Laura, definitiva, al borde de todas las cornisas salvajes, susurra la palabra perra y de nuevo corremos, apenas con un gesto, levantamos la mano, y cruzamos el velo.



A SOLAS CON DIOS

Jasser estaba cubierto por una bata de papel azul, acostado sobre una camilla en la sala de emergencias de un hospital público. Se quejaba. Desde hacía horas se quejaba de un dolor agudo en el abdomen. Distintas caras enmagrecidas por la guardia nocturna habían desfilado ante su angustiante cuadro. Ninguna emitió diagnóstico, a pesar de palpar meticulosamente toda el área adolorida; le tomaron los signos vitales y una doctora que era demasiado joven y despreocupada para considerarla seriamente, le pidió que se diera vuelta hacia la pared para hacerle un tacto rectal, situación que a Jasser le resultaba humillante. Pensó que aunque utilizaran guantes quirúrgicos y algo de vaselina, había en aquel acto una intencionalidad erótica que no escondía un sentimiento de venganza, una manera de devolver una sodomización a un quejumbroso y vulnerable hombre que quizás habría requerido de sus amantes esa entrega arguyendo razones ambiguas o simplemente imponiéndose.

Llora. Le duele muy adentro. Cada vez que respira, sus lágrimas fluyen y no lo consuela haber recordado la escena de aquella película en la que María Schneider se corta las uñas y unta sus dedos en mantequilla, qué carajo, el caso no es el mismo, los momentos no ensamblan con exactitud, él quiere un diagnóstico, algo que le calme esa sensación de tener vidrios en el estómago.

La noche transcurre con pesadez, otros enfermos se quejan, se escucha el llanto de algún familiar que monótonamente repite que algo es injusto, es injusto, injusto y Jasser desea tener a un familiar al lado, trasnochándose con él, presionando a los médicos entre sorbos de café. Antes de ingresar, antes de que el dolor se le hiciera inaguantable, llamó a Clara. Aló, aló, ¿Clara? Ella, incómoda al otro lado de la línea, preguntándole si era tan grave que no podía aguantar hasta la mañana, que ahora de noche todo es comprometedor, precisamente esa noche, sí, tenía a alguien, estaba cansada, la semana que pasó fue terrible y se había guardado esa noche para escuchar jazz en la José Félix Ribas, para beber unos tragos, tú sabes, una necesita expandirse ¿por qué no llamas a tu esposa? ¿Expandirse adónde reputa si lo único que haces con maestría es contraer los músculos de la vagina? pensó antes de dejarla al otro lado armando justificaciones: un dolor no es necesariamente una cosa que alarme, ¿por qué no iba a una farmacia para que le inyectaran un calmante? lo más probable es que mañana con tranquilidad veas a un médico y te diga que no era tal la cosa, ahora me esperan, tú entiendes.

Claro que entendía, la noche era prometedora igual que otras noches en las que salieron juntos a tomarse unos martinis secos en la barra de la Cota 880, donde se harían los encontradizos con el escritor de telenovelas (era imperativo incursionar en la televisión), le soltarían todas aquellas cosas sobre las bondades del género y escucha, María Rivas es la revelación de la década como cantante, qué broma ésa con aquellos que insisten en hablar mal de la televisión, es cuestión de resentidos y que te parece cómo decayó Jacobo en su última exposición. Luego, ser apabullados por otros que al igual que ellos se tratarán de sentar a la diestra del siniestro libretista que para su gusto, luego de pensarlo bien, no es más que uno de esos hombres que han perdido el pelo en la cabeza y tienen sucio el lomo porque no han dejado de ser unos mulos mediocres y esa es la vida Clarita, vámonos de esta vaina, qué lástima que el medio sea demasiado reducido. A veces pienso que tengo perdida la carrera de antemano, para qué seguir insistiendo, la vida no tiene sentido ni aquí ni en ninguna parte, le dice y terminan en un hotel y duermen profundo hasta bien entrado el otro día.

Jasser, presionando con la palma de la mano su abdomen, llega a la conclusión de que está solo.

Una enfermera trae una botella de suero y la coloca en un paral, le pide que extienda el brazo, busca una vena y lo pincha. Luego le inyecta algo cristalino que sustrae de una ampolla, él le pregunta qué le ha puesto y ella no responde. Pero el efecto del medicamento es inmediato, el dolor cede, su cuerpo va perdiendo pesadez. Ya no tiene la contundencia de hace dos días, cuando creyó que contaría con la fuerza suficiente para afrontar su situación. Su esposa le había pedido que se marchara y él, sin discutir, recogió algo de su ropa, el cepillo de dientes y la afeitadora, miró por última vez los cuadros que colgaban de la pared, nunca le gustó aquel donde unos pocos trazos pretendían un desnudo femenino; de la biblioteca no tomaba nada, aunque dejaba sus libros que lo acompañaron en Londres, mejor se quedaban allí, él no correría por ninguna otra carretera, no iría a ninguna otra ciudad, sólo extrañaría una mata del jardín, el jade. Había crecido frondoso, casi augurándole buena suerte. Su esposa siempre estuvo en la poltrona donde hojeaba una revista, así la conoció, hojeando revistas en un consultorio y así la dejaba; sin embargo no cesó de sentir el impulso de arrancarle la revista, incorporarla por el pecho hasta confrontar su cara y mirarse, mirarse las arrugas mutuas, la mutua desilusión. Todo aquello hizo que tuviera una erección inútil, ahora que se iba para siempre.

En la calle decidió no acudir a nadie: su familia, como en ruinas, había quedado en alguna parte; sus amigos eran inconstantes, alguna vez los catalogó de imágenes impresionistas tratando de hacer de ello una conceptualización genial. Tenía un poco de dinero, lo suficiente para alquilar un cuarto y preparar algo así como la muerte, aunque no tuviera bien definida la idea.

Siempre había hablado de la muerte, la convirtió en una amenaza para sí mismo, siempre se amenazaba, leía con fruición a los escritores japoneses que se habían quitado la vida, lamentaba no haber tenido una como la de Hemingway para cercenarla ocasionando un gran golpe a todos aquellos que se abrazaban a la existencia, suscribiendo una retórica de intensidad. Sintió un gran dolor en la barriga y ahora estaba tendido en una camilla, semidesnudo, desconcertado y temeroso.

Llegó el especialista y lo auscultó de nuevo. Presionó fuertemente sobre la parte superior del abdomen, el dolor volvía, ahora con más fuerza, arrancándole un grito. Miró la cara del médico esperando que le dijera alguna cosa, éste le preguntó por sus parientes y él respondió que estaba solo en la ciudad, el doctor arrugó la cara, llamó a otros médicos, anotó algo a prisa en una libreta y dijo que prepararan el pabellón.

Lo iban a operar. ¿De qué? No quería que lo operaran, no pensó nunca que le fueran a abrir el estómago como a un cerdo en un hospital público, no tenía probabilidades, seguro que moriría ¿pero acaso no había deseado la muerte? sí, pensó en procurársela, pero no en que se la procuraran las circunstancias.

—¡Es absurdo que muera así!

Comenzó a gritar, vinieron unas enfermeras y lo sometieron poniéndole una nueva inyección que lo sumió en un ensueño, donde fue apareciendo aquel día en el que Tato le presentó a su prima. Era una tarde de mucha luz, celebraban el cumpleaños del Coronel, él habla ido con su esposa y estaban asando carne y tomando cerveza mientras hablaban de lo sofocante que se había tornado la novela histórica. Es un imperativo, gritaba el Coronel, nos la imponen.

Jasser ya había cumplido cinco años al lado de su esposa y a pesar de no tener trabajo fijo ni un futuro claro, parecían hacer una vida de pareja aceptable, si se puede decir, feliz. Sin embargo en una oportunidad, se anduvo con la queja de que ya no esperaba sorpresas en el sexo. Sí, lo disfrutaba, pero no esperaba sorpresas y todo aquello era terrible. Los demás bebían y discutían, mientras que él procuraba un espacio para acercarse a la prima de Tato. Era joven, bastante joven para él, pensó que eso era lo que buscaba, algo terso, sin detalles que fastidiaran la estética. Miró sus piernas cuidadosamente y no encontró rastro de celulitis o amenaza de várices, tenía una cintura perfecta y los senos como si le hubiesen injertado silicona ¿qué más que una cara fresca, una sonrisa plena y el pelo cayendo en cascada más abajo de los hombros? La abordó, se dio cuenta que funcionaba eso de la química, que llegaría a algo con ella y en efecto, la citó para el siguiente día, donde con palabras y a pulso de cirujano le impuso el deseo de disfrutar las ventajas de una relación madura, tenía muchas cosas que enseñarle, sabía muchos juegos, le convenía una experiencia adulta en su vida. Luego de tomarse dos bourbons en El Atico, decidieron ir al Dalias a pasar la noche. La niña se desnudó y él en verdad se sentía colmado ante aquella mujer que se revelaba con sólo unas pantaleticas de pierna alta que se perdían entre nalgas firmes y bronceadas. Trató de abrazarla, pero se le escapó. Corrieron por la habitación hasta caer sobre la cama, ella le dio la espalda y empezó a hablar, en realidad no decia nada, a cada sugerencia de Jasser le respondía con un pedazo de la letra de una canción de Rudy La Scala. Dijo que tenía un novio y él qué, también tenía una esposa. Entonces nos pasa igual que en la letra de aquella canción "el cariño es como una flor, que no se puede descuidar, porque siempre hay alguien que desea poderla arrancar". Está bien, pero déjate quitar la pantaletica, chica. "Tratando de olvidar, su nombre le grité y lo intenté besar". Recitaba temas completos y nada de abrir las piernas. Se dio vuelta y comenzó a llorar ¿Por qué? Jasser trata de consolarla. Le dice que está deprimida, que su novio la ha dejado "¿Por qué la vida es asi... ?" Él se cabreó, quería encoger su pierna y darle duro en el espinazo y ponerse a gritar desaforado que si no conocia ésta, claro, la letra no era fiel pero iba por ahí: "Sin pensarlo dos veces te tiré a la pared, te arranqué eso que te queda encima y te llené de patadas el culo". Pero tenía que encontrar una salida adulta y le dijo que estaba bien, que lo dejaran así, que otro día sería. Ahora la llevará hasta su casa y no ha pasado nada ¿así? Salieron del hotel y no hablaron durante todo el camino, hasta que se detuvo el auto. Ella se acercó, le dio un largo beso y no terminó de bajarse sin decirle "No lo niego, fui feliz, aunque con muy poco amor". Jasser apretó el acelerador y se perdió en la avenida pensando que había anotado un desacierto más a una larga cadena que nunca terminaría de romperse.

Llegaron los camilleros y lo condujeron al pasillo del hospital desde una noche de avenidas y luces donde se prometía no indagar nunca más en territorio impúber. Afuera se escuchaba la sirena de una ambulancia que llegaba, las enfermeras y los médicos corrían a su lado, giró la cabeza y miró el piso sucio, papeles en los rincones, vasos plásticos, manchas de yodo y sangre, alguien se quejaba. Quiso preguntar qué sucedía, pero iban muy rápido. Las luces en el techo del pasillo pasan como focos de autos, al fin tropiezan con una puerta que se abre en dos, están en el pabellón. Allí todos visten de verde y tienen gorros que cubren sus pelos, alguien gira órdenes —¡Rápido, rápido!— Jasser piensa que quizás existe una manera de detener aquello y grita que tiene esposa, hermanos, amigos, tíos, que los llamen, que no está solo.

Comienza a temblar convulsivamente. El anestesiólogo le palmea una pierna y le pregunta, mientras se lleva un trozo de pan a la boca:

—¿Tienes miedo, campeón? —Jasser mueve la cabeza afirmativamente, el anestesiólogo concluye:

—No te preocupes, que yo tengo más miedo que tú—. Introduce una jeringa en un boquete de salida de la botella de suero y comienza a presionar el émbolo. Jasser siente que el cuarto se vacía, las voces y los hombres se escuchan en otra parte, en otro lugar del hospital. No queda nadie junto a él en el quirófano, está a solas con Dios y no sabe si debe reclamarle, rendirle cuentas o llorar.



EL DIOS DE LIVIA

Me he refugiado en el saber y así he perdido mi alma. Fui construyendo poco a poco una estructura flexible y vasta apuntalada por las ciencias y las artes. Hoy, deslindado en el mal, único lugar posible para la sublime práctica de la sensibilidad, cuestiono el saldo; la expulsión del mundo de mis semejantes, la certeza de no haber vivido y el desprecio hacia el otro, incapaz de reflejarme.

En Italia era un hombre ciertamente afortunado. Miembro de la casa de Saboya y primo del rey, copero de su majestad y caballero con derecho a estar cubierto delante de su alteza real; considerado emblema de hombría, portento de elegancia y buenos modales. Bien transcurría yo mis días en Florencia, exaltado por el portento de sus iglesias y disertando sobre las bellas artes o bien asistía en la escuela de medicina de Nápoles a la disección clandestina de cadáveres; así como también me perdía del mundo en las logias secretas y los tugurios de Roma tras la pista de los Césares abyectos, repitiendo sus desmanes.

Supe encontrar deleite en la lujuria, me asomé a los abismos de la perversión. Nada podía detenerme por entonces, pues era poseedor de una heredad que remontaba la historia. Sabio, culto, iniciado en las letras y la filosofía, no rendía cuenta a ningún mortal pues había traspasado las adyacencias de la medianía humana. Por aquellos tiempos, se sucedió en Roma una serie de asesinatos rituales en donde la víctima, luego de ser sometida a delicadas torturas, era desangrada y despellejada; su piel era expuesta al sol del día siguiente del sacrificio en las altas torres de las siete colinas. De inmediato, un edicto real dio inicio a las investigaciones.

Yo estaba en los arreglos palaciegos del protocolo para consumar mi casamiento con la Condesa X, la corte vivía un continuo sobresalto ante la inminencia de mi boda, las labores exigían llevarse a cabo con extrema pulcritud, ningún detalle debería manchar el acontecimiento. Mi primo, el rey en persona se encargó de la lista de invitados, de la regia iluminación del palacio y de la apertura de las fronteras.

Todo marchaba tal cual lo indicaba el ceremonial. Llegado el día de la boda, me enteré por mi mayordomo sobre los indicios incriminatorios manejados por la guardia de palacio sobre mis implicaciones en los últimos asesinatos. En ningún momento me dejé ganar por la confusión y el miedo; no me habían detenido en procura de evitar el escándalo, obviamente me brindaban una oportunidad para encontrar la adecuada salida. Llamé a un compañero de juerga y éste alquiló el carruaje y sin pérdida de tiempo nos dirigimos a un club secreto en las cercanías del Quirinal. Allí me abandoné a una apuesta desenfrenada en el juego de dados, bebía absenta y fumaba opio, millones de liras salieron de mis arcas y así el tiempo transcurrió dejando a la Condesa X suntuosamente trajeada a la espera del novio que nunca llegaría.

El escándalo había estallado, era una elaboración exclusiva: el primo del rey incumpliendo su palabra ponía en evidencia la desvergüenza y el deshonor de la familia con su desenfreno, nada me libraría de la ira, nadie podría salvarme de mi destino. Fui capturado al amanecer y puesto en el primer barco que zarpaba rumbo a las Américas. Supe, al llegar al puerto de La Guayra, la suerte de la secta a la cual pertenecía, junto a nobles varones. Descubrieron a tres condes en el ritual del desollamiento de una bella dama de sociedad en el Coliseo, lugar elegido para extender su piel a las luminarias solares.

Todos fueron procesados tras confesar sus crímenes, realizados en nombre de una deidad pagana, a la cual desde la antigüedad de Roma, le rindiese culto Livia, la mujer de Augusto, el césar. El juez los condenó a morir descuartizados. Mi nombre no fue revelado en ningún momento del proceso, yo había sido condenado al olvido por la corte y salvado de una muerte segura. El rey aún llora a escondidas al recordar los nexos rotos y maldice ante mi falta.

Llegué al valle de Caracas en arreo de mulas. Luego de un largo camino a través del Avila. La ciudad era angosta y larga. La vadeaba un serpentino río nutrido por las acequias del cerro majestuoso en cuyo seno pasaría el resto de la vida. Atravesé las haciendas de café dirigiendo mis pasos hacia el este, buscaba asentarme en las hermosas campiñas de Petare, buscaba un lugar apartado, lejano de los hombres; me había iniciado en la ruptura para con el mundo y no pretendía volver a él. Compré una hacienda en el abra de Caurimare, tuve que abocarme a la reconstrucción de la casona colonial, pues los repartimientos y los patios estaban destruidos.

Con grupos de peones anónimos limpié los cafetos y me dediqué a amoblar la casa al mejor estilo europeo. Me sentía premiado en mi soledad por los desmanes pretéritos, estaba en la cumbre de una exuberante montaña, era señor y dueño de tierras abalconadas en el vacío de un paisaje donde perdía la mirada en siniestras divagaciones. Era un hombre malo, mi condición me revelaba constantemente en contra de mis semejantes, los pactos diabólicos me devolvían el sosiego perdido por la rutina de construir un mundo de helechos y café.

Debía derramar sobre las orquídeas la sangre de mis víctimas o no accedería jamás al reino del encono. Devasté los cafetos y quemé la tierra, la sembré de tubérculos y cebollas, corrompí a las autoridades para obtener el permiso para la quema sistemática, nada debía remitirme a una condición paradisíaca. Contraté a un rústico mayordomo, quien no tardó en incorporarse a los rituales ofrecidos al dios pagano de Livia; cazaba animales vivos y los sacrificaba sobre una laja caliza a las orillas de la quebrada Caurimare, pero no bastaba; mi dios pedía ofrendas mayores y yo desesperaba, pues día a día me alejaba más de la gracia de su maldición.

Fue así como Silvana llegó a mi vida. Hermosa mujer de trenzas rubias y mirada lacustre, hija de un inmigrante piamontés, prolija en sus labores de bordado y sublime en sus lecturas abominables, solía leer a Darío mientras yo le hacía la corte por los lados de Catuche.

Me casé con la delicada vestal, era hermosa de cuerpo y de alma; propicia ofrenda al dios de Livia; argüí enfermedad para no consumar el matrimonio, debía mantenerla en estado virginal hasta el momento indicado en el cual arrancaría su piel con mi impaciente escarpelo; estaba obligado a preservarla de la pasión. Llegó la noche. La luna se deslizaba limpia en un cielo azul y sin estrellas. Hécuba sonreía. Recordé a las vestales sacrificadas por Livia, y me dispuse a cumplir mi cometido. Le propuse a Silvana un paseo nocturno a la quebrada donde mi mayordomo tenía aderezado el altar, y así atravesamos el angosto camino bajo la sonrisa plomiza de Selene.

La noche estaba fría, seca. Una brisa constante arrancaba silbidos a los juncos y el sublime aullido de una perra amarilla (sé que era amarilla, pues era la misma perra de la niña Azcoitía, yo la había visto y logré reconocerla) guiaba nuestros pasos a la piedra caliza donde debería ser desollada mi esposa.

Sin preámbulos la empujé sobre el altar y desgarré sus ropas, un modesto camisón de olán. Sus azules ojos brillaron contrastando la claridad lunar, brillaba en la oscuridad y buscaba una respuesta a tanta violencia. El mayordomo apareció con el escarpelo una vez la hube desnudado, ella, atónita, buscaba una razón, la cual encontró con premura, pues a gritos me inquirió piedad arguyendo la única excusa ante la cual detendría mi mano. — ¡Mi señor, no puedes matarme, no así. Escucha, no soy virgen!

Desconcertado por la revelación y arrebatado de ira, abrí sus piernas atenazadas e introduje mis dedos en su vagina en un brusco intento por hallar el himen intacto. ¡Dios, me había engañado! Era una puta, una ramera, una mujer manchada por la lujuria, superaba mis perdiciones. Eramos entonces dos demonios enfrentados. Aun así debía morir; la tomé por sus doradas trenzas y la arrastré quebrada abajo golpeando una y otra vez su cabeza.

En un recodo accidentado le procuré un golpe con una pala en la base del cráneo y la dejé muerta al borde de una caída de agua, iluminada por la luna; seguramente la perra amarilla daría cuenta de sus carnes y de sus huesos, de su alma ignoro quién reclamaría potestad. Arrebatado por la furia, regresé a mi casa en donde me sumí por días en el más absoluto de los silencios.

No me incorporaré jamás del sillón frente al corredor de los antiguos cafetales, desde donde veré a mi mayordomo perderse cada noche a rendirles culto a los dioses propios de estas tierras. Ya no me levantaré jamás. El bosque crece en torno mío y la maleza terminará por devorar mis posesiones. Sólo me acompaña en estos momentos finales el fantasma de Silvana, quien ríe desde su contundente triunfo en el trono inmortal del dios pagano de Livia. Esta certeza me abruma y gratifica.



miércoles, 21 de julio de 2010

Tres textos de Oscar Marcano



A LOS QUE NUNCA TERMINARON NADA

Eran las 11:00 am y ya estaba clavándome puñales en el bar de Tony cuando la vi entrar. Llevaba un vestido rojo y zapatos de tacón alto. Era todo un espectáculo. Atravesó el tufo húmedo del salón y fue a sentarse al otro extremo, en la penumbra. Era una aparición. Toda cuerpo. Toda pechos, cadera y piernas. Un verdadero botín. Pero los botines no se habían hecho para mí.

Sacó un cigarrillo y me miró. De cualquier forma no había nadie más a quien mirar. Sólo una buganvilla floreada que Tony cultiva detrás de la barra. Cruzó las piernas. Descalzó a medias uno de sus tacones y lo empezó a columpiar. Pude ver el talón y hasta donde alcanzaba de aquel pie. Siempre me han gustado los pies. Su misterio. Su forma. Su olor. Admiré el empeine alzado y firme, y un trozo de tobillo. Los imaginé rapaces. Resistentes y hoscos. Mínimamente endurecidas las plantas por una pátina callosa. Pedí a Tony otra cerveza para fantasear sobre su olor y el dibujo de unas uñas ocultas en la puntera beige. Puse, adicionalmente, un par de lunares en el puente. No podían ser Pecorino. Ni siquiera Provolone. Correspondían más bien a dos Fontina frescos del valle d'Aosta. En otro tiempo los habría acompañado con un Grumello. Aunque estas niñas con pie de queso fresco tienen el alma de Gorgonzola. Hay que trabajarlas preferiblemente con un Sassella o un Inferno.

—Invítame algo —dijo calzándose el zapato e incorporándose.

Tenía porte. Hace unos años me habría ruborizado. Caminó hacia la barra. Hacia mí. Un elemento en apuros. Vendía revistas viejas y ahora trabajaba con un librero. A los cincuenta años estaba haciéndole mandados a un librero. El decía que no era así, que era su asistente, pero sólo le hacía mandados y había salido a cobrarle un cheque. Por eso llevaba cierta cantidad conmigo. Se empinó en la punta de sus pies y se sentó en el banco. Al acomodarse abrió los muslos. Era un verdadero espectáculo.

Volteó a verme.

—Pide —dije—, pide lo que quieras. Ya vengo. Voy a llamar por teléfono.

Salí del bar y caminé hasta la esquina buscando el teléfono monedero. Ahí estaba el teléfono pero ya no era monedero. La semana pasada lo era. De pronto las monedas no valían nada. Metí la tarjeta y llamé a Julio, el librero. Le dije que iba a tomar algo prestado. Había surgido una pequeña emergencia, nada serio, claro. Se lo devolvería. La plata estaba en mi bolsillo y no en el de él. Tal vez por eso no dijo que no. Noté su nerviosismo pero no dijo que no.

Cuando regresé seguía sola y no había pedido nada.

—¿Y? —la inquirí— ¿Creíste que no volvería?

—No. No sabía qué pedir —mintió—. ¿Cuánto tienes?

Sonreí.

—Pide. Pide lo que quieras.

Me miró escéptica.

—Pide —insistí.

Pidió un Dewar's.

—¿Tú?

—Yo otra cerveza.

—¿Cerveza? —se extrañó.

—Sí. De menor a mayor.

—¿Como los cocineros?

No entendí.

—Como los conciertos —respondí.

Inclinó su vaso y bebió la mitad. Se relajó. Me contó que iba a una reunión de Alcohólicos Anónimos cuando vio abierto el bar de Tony y supo que iba a desertar.

—¿Tan temprano?

—Tan temprano.

—¿A qué te dedicas?

—Desperdicio mi vida —dijo sacando otro cigarro.

Tenía estilo. Sólo faltaba verla sentada en el water para corroborarlo.

—No podía ser de otra forma.

—¿No?

Encendió el cigarro. Lo chupó. Chupaba el cigarro como si buscara desesperadamente oxígeno. Como si su vida dependiera de ello.

—No. A esta hora están aquí los que tienen que estar.

La boca se le contrajo. Estuvo a punto de dejar ver su dolor.

—Disimula —dije—. Hablemos de otra cosa. De la moda. De béisbol. De los zancudos de Cagua que son célebres por su corpulencia.

—¿Quiénes? —repuso.

—Los zancudos de Cagua. Son vertebrados, barrigones y lanudos. Tienen un vuelo pesado, se posan en tus brazos y succionan todo lo que pueden. Como una bomba de achique.

Se me quedó mirando.

—Olvídalo. Tendrías que conocer a Néstor.

Sonrió, y pude ver unos carnosos labios abriéndose sobre dos hileras perfectas de dientes.

Tony volvió del traspatio donde agolpaba gaveras y se sirvió un Campari. Comentó algo del tiempo. El calor, la lluvia. Abrió una lata de maní. Puso el contenido en un plato y nos lo dejó al frente. Me preguntó si me quedaría a comer. En realidad Tony se llamaba Antonieta. A veces me cogía un ruedo o me invitaba pastel de carne y schnaps. Yo no sé si las mujeres lo saben, pero cogerle el ruedo a un extraño es la más genuina muestra de amor por la humanidad. Tony era alemana, de Kassel. Tenía sesenta y cuatro años y tocaba el acordeón.

—A todas estas no nos hemos presentado —dije volviéndome hacia el espectáculo. Le alargué la mano.

Puso cara de mierda frita. Como si hubiese felicitado a Simone de Beauvoir el día de la secretaria.

—A todas éstas —dijo concluyente.

—Pedro —dije. Mi mano continuaba extendida.

Chupó el filtro de su cigarro, volteó la cabeza y me observó displicentemente. Fumó de nuevo y se volvió completa hacia mí. Miró mi mano con desdén y finalmente la estrechó.

—Rata —dijo—. Mi nombre es Rata y no me voy a acostar contigo.

Arrugué los ojos y volví la cara. "Estamos los que somos", pensé mientras echaba la cabeza para atrás y dejaba blanco el fondo del vaso. "Ni uno más".

—¿Dijiste algo? —preguntó buscando mi boca con los ojos, como quien lee los labios.

—Que estamos completos.

—¿Quiénes? —repuso excluyente, respingada.

—Aquellos a los que nos tiemblan las manos y nos sale una nata azul en los ojos.

Se quedó pensando. Chupó su cigarrillo y aspiró el humo.

—Además no me he lavado el pelo —dijo molesta.

Volteó a verme.

—¿Para eso bebes?

—¿Para qué? —repliqué confundido.

—¿Para que te tiemblen las manos y te salga una nata azul en los ojos?

—No.

—Entonces ¿para qué bebes?

Sonreí.

—No, en serio. Dime. Por qué lo haces.

—Por lo mismo que tú.

—¿Por qué?

—Porque no me gusta el olor ni el sabor de la vida.

—¿No será porque..?

—También —la interrumpí—. Pero en particular, porque cuando bebo, vuelvo al sitio donde todas las mujeres son bellas y todas están locas por mí.

Se me quedó viendo.

—¿Con esa cara? —dijo burlona.

Rata tenía razón. Nunca me gustó mi rostro. Ni a mí ni a nadie en general. Tenía bolsas en los ojos. Más pómulos que quijada. Demasiadas encías y uno de los dientes de enfrente gris. A eso había que agregarle una mancha de sol en la frente y un pterigium en el ojo izquierdo.

—Tienes razón.

—Descuida —respondió—. Todos somos feos de cerca.

Soltó una risotada, dio el último sorbo a su vaso y miró el almanaque de Firestone que Tony tenía colgado en la pared. Se volvió de nuevo hacia mí.

—¿Cómo debería oler la vida para que te gustara?

—Como tus pies —respondí—. Como el queso de tus pies.

Se tapó el rostro avergonzada. Luego se retrajo y se quedó viendo el almanaque de Firestone. Empezaba a llegar gente.

—No me he lavado el pelo —dijo con enfado.

—Pide —invité.

—¿Otro? ¿En serio?

—En serio.

—Mira que soy un pozo sin fondo.

—TODOS somos un pozo sin fondo.

Tony trajo otro Dewar's y otra botella de cerveza.

—No me he lavado el cabello —repitió con enojo.

—Y cuál es el drama —pregunté.

—Que no me gusta —dijo incómoda, manoseándoselo—. No me lo pude lavar. Estaba nerviosa. Y tensa. Y encabronada.

Callamos un rato bebiendo cada cual de lo suyo, viendo a Tony salir y entrar a la cocina. Volvió a acabarse su trago. Esta vez demasiado rápido. Se me quedó mirando.

—Pide —dije—. Y otra para mí.

Salí de nuevo a llamar. Metí la tarjeta en la ranura y marqué los siete dígitos. Avisé a la dependienta que me tomaba el resto del día, pero ella insistió en pasarme a Julio. Julio era un tipo raro que leía a Chaucer. Me saludó y me anunció que había trabajo, pero lo que quería era que apareciera con el dinero. Le dije que me sería imposible. Que hoy me sería imposible. Quiso saber dónde estaba. No se lo dije. Colgó nervioso, pero confiaba en mí. Al menos eso fue lo que dijo.

Cuando volví, su vaso iba por la mitad. Me estaba esperando.

—¿Qué es lo que más más más te gusta en la vida? —preguntó animada y un poco más suelta.

—Considerando que no te vas a acostar conmigo, el Jack Daniel's —le dije—. ¿Y a ti?

—Considerando que no me gustan los hombres, la Stolichnaya.

Rata acercó su cara a mi cara y me miró. La miré. Pude contemplar sus inmensos ojos almendrados y unas cuantas pecas mal administradas sobre sus mejillas. En otro tiempo me habría babeado.

—Lo que más más más me gusta es desayunarme con vodka —agregó.

Entrelazó sus manos y volteó hacia el frente. Otra vez al almanaque.

—¿Te comenzaron los temblores?

—¿Perdón?

—¿Que si ya te comenzaron los temblores?

Noté su preocupación. Busqué su mirada.

—Hace más de un año.

—A mí me acaban de empezar.

—Es cuando más provoca beber.

—Da mucho miedo —dijo.

—Así es.

Se quedó pensativa.

—Por eso iba a Alcohólicos Anónimos.

—No hay reunión a las once en Alcohólicos Anónimos.

—Por eso tenía pensado ir a Alcohólicos Anónimos.

Volvió a ver el almanaque. Luego retomó el ímpetu.

—No bebas más eso —ordenó con denuedo.

—¿Qué?

—Eso.

Hizo una mueca de asco.

—Es sólo cerveza.

—No, no bebas más eso. Fíjate: yo me tomé la mitad de éste. Tómate tú la otra y pedimos un Jack Daniel's y una Stolichnaya.

—De acuerdo —dije empinándome su medio vaso de Dewar's.

—¿Bueno? —preguntó.

—Bueno —respondí con la boca llena de hielos derretidos, hielos que devolví al vaso—. El problema es que Tony no vende Jack Daniel's.

—¿Ah no?

—No.

Rata se puso triste, muy triste.

—Entonces nos bebemos dos whiskys. O dos vodkas. ¿Tienes más plata?

—¿Que si tengo? —dije jaquetonamente—. Soy muy, muy rico. Me finjo pobre para que no me secuestren.

—Entonces pidamos.

Pedimos. Tony trajo dos vasos cortos y los llenó de hielo picado. Les puso full vodka. En cuanto acabó de servirlos me pasó una mano por el pelo.

—Este es como mi muchacho —le refirió—. Lo quiero mucho. Lo malo es que le va a estallar el hígado.

Ambos sabíamos que a ella le estallaría primero. Volvió a la cocina.

—Cuéntame —preguntó Rata—. ¿Quién te fregó?

—Quién me fregó de qué.

—Tu historia. ¿Quién te fregó?

—Nadie. Estudié, trabajé, las cosas no salieron bien y me fundí. Eso es todo.

—Te fundiste.

—Sí, me fundí.

Chocamos los vasos. En ese momento entró un tipo con rostro de medalla mediterránea. Rubio. Muy tostado por el sol. Como un surfista cuarentón. Llevaba un traje barato. De polyester. Lo gritaban las puntadas de nylon que saltaban de las costuras de los hombros. Le quedaba muy ajustado. Al menos dos tallas por debajo de la suya. Las mangas del saco no le cubrían las muñecas. Los pantalones no le llegaban a los tobillos. Tony salió en ese momento. Me miró resuelta, tribunalicia. De inmediato fue a atenderlo. Lo hizo con tal agresividad que el sujeto, cohibido, dio las gracias y se marchó. Tony agrandó sus ya enormes ojos y sentenció: "además el muerto era más pequeño". Hizo un buche de Campari, lo pasó de un cachete a otro y lo tragó. Volvió a la cocina negando con la cabeza.

Rata no entendía nada.

—Aunque Tony tiene el cabello casi blanco y los ojos azules, le tiene ojeriza a los rubios.

Seguimos charlando, bebiendo y chocando vasos toda la tarde. Me habló de su hermano. Me contó que era actor. Si se puede llamar actor a un sujeto que aparece en las telenovelas vestido de médico, diciendo que sí o que no con la cabeza. El bar se fue llenando. Poco a poco fueron apareciendo los animales domésticos del día y de la noche. Sin embargo, nuestra presencia era una isla. Al principio me daba cuenta de la sensación que Rata causaba entre los hombres. Después se diluía. Como todo. Sólo uno se metió con ella. Yo había ido al baño. Me lo contaron cuando le tocó a ella orinar. El tipo le insinuó que necesitaba mujer. Ella le preguntó que por qué no inflaba una.

—¿Desde cuándo no ves a Linda? —me interrogó.

—¿Cómo dices?

—Que desde cuándo no estás con una mujer.

Bajé la mirada.

—Anda, dime.

Me dio pena responderle.

—¿Días? ¿Meses?

Seguí callado, contemplando sus facciones.

—¿Años?

Sonreí.

—¿Años?

No pudo evitar la risotada y yo tampoco.

—Pero no será por lo feo —dijo empinándose su vaso—. Hay tipos más feos que tú que de vez en cuando.

Volvió a estallar en risas.

Estábamos bebidos.

—Yo creo que por lo feo y porque tengo un "La" natural que no llega...

Vacié mi trago. Estaba en una situación muy comprometida. Rata lo percibió.

—Tienes cara de conocer dolores.

—Más o menos —dije—. Desde Santa Teresa hasta la neuralgia del trigémino.

—Pide un deseo —dijo.

No tuve tiempo de pensarlo. Se bajó del asiento giratorio y pasó una pierna por sobre las mías colocándose entre la barra y yo. Luego se me sentó de frente, a horcajadas, repantigando maliciosamente sus nalgas sobre mis piernas delante de todos. Tomó mi cabeza entre sus manos, abrió sus carnosos labios y los posó sobre los míos. La gente aplaudió. Todo el bar aplaudió. Fue un beso cósmico, infinito. Permanecimos abrazados, con las frentes juntas por un buen rato, mirándonos a los ojos. Luego me desmontó. Miré la buganvilla en flor. Chocó mi vaso y bebió. Sonreímos. Tony sacó el acordeón.

—El deseo no agrega nada a lo que traes por dentro —dijo con la lengua enredada.

Ni entendí ni hice el menor esfuerzo por entender.

—Por qué no me dices tu nombre —le pedí—, tu verdadero nombre...

Se me quedó mirando en una mezcla de ternura con piedad y cerró los ojos.

—Tamara —dijo—, me llamo Tamara —y de inmediato se puso seria.

—Gracias, Tamara.

Volvió a besarme. Tony bebía y tocaba acordeón en medio de una bulla espantosa, mientras al lado, un tipo con cara de soplete le hablaba a otro con cara de Gauloises sin filtro.

—Ustedes —dijo airado el de la cara de soplete—. Cuando el país no lo necesitaba, se fueron a la montaña. Ahora que esto se cayó a pedazos, hacen lobbying y downsizing y aprietan los maxilares para bailar las orejas. Me cago en su épica, en sus años sesenta y en la puta madre que los parió.

—Vámonos de aquí —dijo Tamara pegándoseme, besándome, metiéndome la mano entre las piernas—, vámonos ya.

—Espera —susurré—. Ya nos vamos. Pero antes quítate los zapatos.

—¿Cómo?

—Te estoy pidiendo que te quites los zapatos.

—No entiendo.

—Quiero ver tus pies. Tus bellos pies. Sé como es la gente por la forma de sus pies.

—¿Aquí?

—Sí, aquí, ahora.

—No.

—Sí, anda.

—Sólo uno.

—Esta bien. Uno. Sólo uno.

Tamara se descalzó uno y lo alzó disimuladamente. Era divino. Tal como lo había imaginado pero mejor, más rapaz, más salvaje, más femenino. Con un puente alzadísimo y unos dedos que parecían percebes.

—Déjame olerlo.

—No, loco.

—Por favor...

—Huele a queso.

—El queso es el alma.

Me besó desbordada para ahuyentar su rubor.

—Anda, quiero olerlo.

—¿Pero aquí?

—Aquí, sí, aquí, aquí.

—No me he lavado el pelo —dijo mimosa.

Se lo tomé con mis dos manos y lo extendí sobre mis piernas. Lo froté. Lo masajeé. Me olí las manos. Me las lamí. Fui feliz. Sonreí. Lo alcé. Lo olí. Lo olí profunda, intensamente, por arriba, por debajo, entre los dedos. Con una mano sujetaba el talón y con la otra apretaba su pantorrilla, mientras restregaba los dedos de aquel pie en mi cara, en mi nariz. Fontina. El mejor Fontina. El más fresco Fontina del valle d'Aosta. La gente miraba, gritaba. Reía y gritaba.

—Loco —decía Rata, Tamara—, loco...

Yo estaba en el paraíso. Añoraba ese Grumello.

De pronto me arrebató la pierna. Yo permanecí en éxtasis, encorvado, oliéndome los dedos, las palmas de las manos. Demoré en incorporarme. Me di cuenta de que estaba ebrio. Muy ebrio.

—Es Otra —dijo.

—¿Otra? ¿Cuál otra? —balbuceé.

La sentí calzarse atropelladamente. Arreglarse el vestido. Bajarse del asiento y trastabillar. Volteé a verla y su mirada estaba petrificada. Apuntaba hacia la puerta.

—Es Otra —balbuceó.

Giré la cabeza y una mujer hombruna, fornida y con las manos en la cintura la auscultaba con odio. Se vino hacia nosotros.

—Puta —chilló—. Eres una puta —e intentó abofetearla.

Rata no lo impidió. Sólo bajó la cabeza.

—Estás borracha. Te he buscado todo el día. No fuiste a A.A. No tienes ni una pizca de consideración.

Yo luchaba por volver de mi sopor, pero me costaba. Estaba descomprimiendo archivos. Aun así la observé. Todo lo tenía corto. Manos, pelo, cuello. Parecía una nevera con escote.

—¿Así es como me pagas, Una?

El aliento le olía a fósforo. Tenía las uñas comidas y la pintura descascarada.

—¿Así es como me pagas? —repitió. Por el timbre de su voz juzgué que estábamos en presencia de un queso rancio.

—No, no —dijo Tamara revolviéndose el cabello.

—¡Alcohólica! Mírate en ese estado. ¿Quién es este infeliz?

—No sé, no sé —dijo Tamara a punto de romper en llanto.

—¿Quién es este infeliz? —volvió a preguntar.

Yo estaba desconcertado, volviendo del olor del pie de Tamara.

—¿Qué tienes tú que ver con Una? —me preguntó.

—¿Con quién?

—Con Una.

—Su nombre es Tamara.

—Ella es Una y yo soy Otra —chilló.

Debía tener un problema serio en la próstata. Se volvió hacia Tony.

—Apártele ese trago. Llévese la bebida y nos trae un té.

—Querrá decir un café bien cargado —replicó Tony.

—Un té. Quise decir un té —dijo categórica.

Se volvió hacia Tamara.

—Estoy harta de lidiar contigo. No soporto más.

Pero algo en la voz no sonó cierto.

—Te he aguantado de todo, Una. La mala bebida, la infidelidad. De ahora en adelante vas a aprender a cuidarte tú sola.

Tamara rompió en llanto y se le echó en los brazos. Ambas lloraron.

—¿Por qué me haces esto? —dijo más calmada, secándole las lágrimas, peinándola con la mano—. ¿Quién es ese tipo?

—No sé, mami, no sé.

Volvió a sollozar. Demasiado vodka.

—Vente, vámonos.

Caminaron juntas. Atravesaron el piso de kaolín hasta una mesa del fondo. La única mesa vacía. Una mesa de mantel rojo. Tamara seguía llorando guindada del cuello de Otra.

—¿Qué hacías con ese tipo?

—No sé, mami, no lo sé. No entiendo nada.

Otra besó sus ojos. Tamara los abrió y volvió a sollozar.

—No me he lavado el pelo.

Me di vuelta y serví el resto de la botella. Lo fui bebiendo despacio. Ya no veía lo que ocurría. Me habían quedado de espaldas. Creí advertir cuando Tony les llevaba el té. De repente se restituyó la bulla. El olor a humedad. El almanaque de Firestone.

No sé cuanto tiempo pasó.

—Tony —dije en algún momento—, dame la cuenta.

Miré la buganvilla, sus brácteas, y me pregunté cómo podía florecer una planta en un lugar así. Sin luz, sin sol. Me dije que por Tony. Sólo lo hacía por Tony.

—Dame la cuenta. Y otra botella de vodka.

No había razón para parar. Ahora estaba seguro de que no había razón para parar.

—Me la envuelves en una bolsa de papel.

Sabía que pronto no quedaría nada. Acaso la sensación de irme sumiendo en ese sopor, en esa parálisis, en esa dulce y lerda inconsciencia donde en cámara lenta y con los ojos cerrados, quisiera decir un parlamento de alguien más a salvo, menos averiado, más bonito que yo.

Me fui tambaleando. Con el puño cerrado en torno al cuello de una botella metida en una bolsa de papel. Antes de salir volteé. Una estaba al lado de Otra, comiendo de una bolsa de chicharrón picante y bebiendo té de menta en una horrible jarra de cerveza. Otra le hablaba sin verla, desangeladamente, como si mascara chicle.


CON LAS LUCES ALTAS

El jefe salió hecho una furia. Fue tan airada la discusión que ni siquiera alcanzó a dar un portazo. Reinaldo bajó la cabeza. Puso los codos en el escritorio y apoyó la frente sobre las palmas de las manos. Miró la mata de plástico. Sus inmarchitables hojas, sus nervaduras. El peso del momento le cerró los ojos. No entendía cómo había pasado. Sólo tenía claro que la relación había venido deteriorándose. Que el trato era cada vez más tirante. Tuvo necesidad, urgencia de un cigarrillo. Él, que ni bebía ni fumaba y que, por el contrario, hacía discursos pontíficos contra bebedores y fumadores. En un rapto subconsciente se volteó, tomó el teléfono y marcó el número de casa.

—¿Papá? —vociferó.

—¿Reinaldo? Iba a encender la radio.

Regularmente sintonizaba un programa de medicina alternativa.

—Papá —dijo secamente Reinaldo—, esta mañana volví a encontrar envases. Tus benditos envases llenos de agua.

—¿Dónde?

—No te hagas el loco.

El viejo calló.

—¿Estás sordo? ¿No sabes que hay una epidemia de dengue? ¿Tú no has oído hablar del Aedes aegipty? ¿Cuántas veces tengo que decirte que no se deben dejar envases de agua descubiertos? ¿Tú no entiendes que los zancudos anidan en el agua estancada? El país entero está lleno de patas blancas.

Vicente no objetó nada, pero en realidad no los dejaba abiertos. A todos les ponía su tapa.

—¿Hasta cuándo, papá?

El viejo permaneció callado. Rey levantó la mirada y la fijó en una de las sillas Eames. La oficina estaba amoblada con piezas de German Miller. Miró a través de las diminutas persianas negras e imaginó la figura exigua de su padre. Inofensivo y poquito, como en efecto lo era. Tan inepto e irresoluto para cualquier empresa humana, y sin embargo tan apto y minucioso para aquella manía. Le reventaba, definitivamente le reventaba encontrar esos antiestéticos envases llenos de agua escondidos en los lugares más insólitos. Potes de leche, potes de jugo, potes gigantes de refrescos, frascos de vidrio. Signos desquiciantes de un viejo que no quería entender, que hacía caso omiso de las reglas más elementales.

—¿Me estás oyendo?

Claro que lo estaba oyendo.

—Pareces un niñito —retomó el hilo—. ¿No te da vergüenza?

Le daba. Pero no precisamente recoger u ocultar potes de agua. Le daba vergüenza que si hijo lo tratara así. Si a ver iban, al prohibirle recoger agua, su hijo y su nuera lo habían forzado a esconderla.

—¿Me estás escuchando?

—Te estoy oyendo, hijo. ¿Donde los encontraste?

—En todos lados. No te hagas el loco —dijo enceguecido—. Me revienta que hagas lo que haces y después pongas esa vocesita inocente. ¿Cuál es la tirria con el agua? ¿Hasta cuando tengo que repetirte lo mismo?

Estaba harto.

—Te prohibo que vuelvas a llenar un solo envase de agua —dijo alzando la voz—. Si vuelvo a encontrar uno más, créeme que te vas con él para la calle. ¿Me has entendido?

Se descubrió mirando el puño cerrado sobre el escritorio.

—Entiendo —dijo el viejo acorralado, rayando en la libreta de notas donde apuntaba las recetas naturistas.

Reinaldo lo había traído a vivir con él desde la muerte de su madre. De eso hacía ya tres años. A Sandra no le había gustado la idea, pero igual la había aceptado. Vendieron su casa y sus muebles, mancomunaron sus cuentas y muy eventualmente lo llevaban con ellos a la playa.

Reinaldo sintió que lo observaban. Alzó la vista y era la asistente del jefe. Automáticamente tapó el auricular. Más para indicarle a ella que había interrumpido y que podía hablar, que para pedirle una pausa a su padre. Se había quitado los zapatos. Sus medias patinaban nerviosamente en la moqueta, debajo del escritorio.

—El señor Gil quiere verlo en su oficina —dijo la asistente, con ese tono de suficiencia que tienen las secretarias de los jefes.

El señor Gil era un crápula. Tenía una voz nasal, casi extra—terrestre. Se parecía a Sartre, condimentado con una sonrisa maligna de cobra sibilina.

—En seguida, Marián —dijo arreglándose el traje beige de algodón egipcio.

—En seguida no —repuso la asistente—: Ya. El señor Gil quiere verlo ya.

Altiva, la mujer giró sobre su propio eje, dio la espalda y salió.

—Hijo —refirió Vicente en un segundo plano y con voz encogida desde el auricular— creo que deberías sosegarte. Vives con las luces altas.

—No te vayas por la tangente —dijo Reinaldo tratando de serenarse—. Pero ahora no puedo hablar. Tengo que dejarte. Espero que haya quedado todo claro.

Hizo una breve pausa. Respiró hondo.

—¿Pagaste el teléfono? ¿La luz? ¿Y el gas? ¿Fuiste a la tintorería?

Vicente respondió a todas las preguntas con una sola afirmación.

—Por la noche hablamos —dijo Reinaldo, ejecutivo.

Pero no era cierto. No había manera de hablar con él por las noches. Era un tipo muy ocupado. Llegaba, se duchaba y se encerraba a ver televisión. Sandra le llevaba las viandas a la cama. De vez en cuando se le oía un sábado por la mañana durante el desayuno, oculto detrás del diario y el café humeante, en lo que más parecía un monólogo, sobre alguna medida económica o la fluctuación de un título valor. De resto, tan sólo se dirigía a Vicente para asignarle tareas o para reprocharle algo, mientras seguían apareciendo potes en los closets, en los gabinetes de cocina, en los armarios de los baños, junto a las ollas, debajo del fregadero, detrás de la lavadora o entre las matas del balcón.

Pálido y demudado, Reinaldo salió del despacho de su jefe con una sonrisita engrapada al rostro. Nadie se la creyó. Él, menos que ninguno. Pero debía atravesar el vestíbulo y todos estaban avisados. Aturdido, entendió que su dignidad no superaba la de un perro salchicha.

Había caído en desgracia. Simplemente había caído en desgracia. No obstante el jefe era así y él no había sido el primero. Un día se deslumbraba con alguien, le hacía su aliado, su mano derecha, vivían un promisorio idilio laboral mientras cortaba unas cuantas cabezas, y luego lo desdeñaba.

Todo le daba vueltas. No coordinaba. Tenía la consabida nube de mariposillas en el estómago y su mente no atinaba a comprender absolutamente nada. Como un autómata vaciaba las gavetas. Una a una recogió sus cosas y fue poniéndolas en cajas. Cajas plegadas que al abrirse adquirían forma de cajas. Ni siquiera tendría que cargarlas. Se las enviarían.


Al abrir la puerta escuchó la radio encendida. Ese sonido que tanto aborrecía. Era todo cuanto podía decir: que lo creyó dormido en la poltrona, junto al equipo de sonido, con la boca abierta, como si roncara. Sandra no había llegado y un peruano con voz de mujer dictaba remedios naturistas contra diferentes males en el dial. Sus ojos estaban abiertos pero no tenía mirada.

Lo que siguió fue un parpadeo. La ambulancia, la camilla, la sábana blanca. Los trámites, el papeleo, la cremación. Volver al día siguiente por las cenizas. Se lo entregarían en un florero con tapa. Una especie de jarrón de losa, de céramica, de porcelana.

La tarde acantonada parecía un bostezo. Uno de esos bostezos con los oídos tapados. Plomiza. Con dos o tres brochazos espliego. Reinaldo manejó de vuelta. Sandra, a su derecha, miraba por la ventana. No habían encendido la radio. Enmudecida y llorosa mojaba y apretaba un pañuelo de batista. Lucía como si no hubiese dormido. Rey, por su parte, reportaba la habitual sensación de vacío de estos casos. Pero seguía en pie. Siempre seguiría en pie. Sus dedos tamborileaban en el volante. Pensaba en su curriculum vitae. En que tendría que actualizarlo. Llueve y escampa, después de todo. En el asiento de atrás venía Vicente en polvo.

Bajaron del auto y Sandra abrió la puerta para sacarlo.

—Reinaldo —dijo abriendo y tapándose la boca.

—Dime.

—Tu padre.

—Qué pasa con mi padre.

—Lo hizo otra vez.

—¿A qué te refieres?

—Mira.

—Dónde.

Sandra le señaló y Reinaldo se asomó por la ventana. Una garrafa de plástico que en algún momento contuvo cloro o lejía, reposaba oronda en el piso, detrás del asiento del conductor, junto a la damajuana de vino chileno con el fondo tejido, ambas repletas de agua. Se miraron. En un mismo espasmo, Sandra sonrió y estuvo a punto de llorar otra vez. Se secó con el pañuelo. Luego sacó a Vicente en su jarra y cerró la puerta. Reinaldo conectó la alarma. Se estrecharon. Ella le terció el brazo por la espalda. Después toparon sus sienes.

Sandra subió con Vicente. Reinaldo cruzó la calle. Entró a la fuente de soda y se sentó en un banco de la barra. De esos circulares, de fórmica, que giran sobre un eje pesado. Pidió un café y se dio media vuelta hacia la máquina de cigarrillos. Él, que ni bebía ni fumaba.

—No funciona —dijo el hombre de al lado—. Tiene que pedirlos.

—El hombre de al lado olía a sudor ácido. Tenía la voz muy ronca y acento hispano. Fumaba un habano deshilachado que parecía haber estallado en la punta. Bebía una jarra de cerveza.

—Qué marca —dijo el hombre de la barra.

El hombre de la barra tenía acento portugués.

Rey sacudió la cabeza y cerró los ojos.

—¿Marlboro, Belmont o Kent?

—Sí, sí —dijo Reinaldo desdeñoso. Su vista hizo una maroma en el aire.

—Puso una pastilla de sacarina en el café. Sin complicarse más, el hombre de la barra le dio una cajetilla de Kent.

—Usted —dijo el hombre de al lado.

Reinaldo abrió la cajetilla y sacó un cigarrillo. El hombre de la barra le alargó un yesquero.

—¿No es el hijo del señor..?

—¿Cómo dice?

—¿Su padre no es el señor del edificio de enfrente? Los he visto juntos

Rey volteó a mirarlo y le pareció conocido. Al menos reconoció su defecto. Tenía un brazo flaquito, como atrofiado. No tenía mano y de la punta le salían una especie de deditos. Dos y un tercero más chiquito.

—Sí, creo que sí.

Tenía los dientes marrones. Lo había visto cargando bolsas o cuidando carros frente al supermercado.

—Es mi amigo, ¿sabe? Su padre es amigo mío. No sé cómo se llama pero lo es. Es una buena persona.

El hombre chupó el tabaco. El humo le achinó los ojos. Tenía ceniza acumulada. La golpeó con un dedo sobre el cubo de basura. Un ascua cayó del tabaco a la barra.

—Gente como él sabe cuán cerca estamos del fin —dijo resoplando el ascua hacia el piso. Reinaldo no entendió. Volteó intrigado a mirarlo. Tenía un círculo de cabellos truncos en la tonsura, como si se los arrancara.

—Su padre es un hombre preparado. Sabe muchas cosas.

—¿A qué se refiere?

—¿No le ha contado?

—No me ha contado qué.

—¿No le ha contado de la catastrofe que se avecina?

—No, no lo ha hecho.

Reinaldo miraba al hombre y miraba el mostrador sucio de café, de boronillas y de sobras. Los vasos contribuían con círculos líquidos. También había azúcar esparcida. Las moscas venían a posarse en los residuos. Estaban a sus anchas. Volaban en corto y volvían a relamerse las sobras.

—¿No le ha contado de la guerra que viene?

—No, no sé de qué me habla.

Reinaldo vio como el hombre de la barra limpiaba los residuos con un trapo inmundo. Ya no había sobras. Sólo olor a trapo. Le resultaba imposible saber qué era peor.

—Su padre dice que las naciones batallarán y el planeta colapsará.

El tabaco hizo el amago de apagarse y el hombre comenzó a chuparlo repetidamente.

—Pero lo que nos va a aniquilar es la escasez de agua —dijo observándole la punta—. Porque va a estar contaminada. Su padre dice que el agua valdrá más que el oro. Que nos mataremos por ella. Por eso hay que juntarla.

El hombre sacudió el tabaco para espantar una mosca que se la había parado en el bracito. El insecto volvió a posarse en la barra. Debió extrañar los residuos. El hombre volvió a chupar el cigarro.

—Su viejo se las trae. Pienso que si no lo escuchamos nos pesará. Yo quiero ver a los que atesoran fortuna, a los que tienen dinero, bebiéndose sus papeles verdes y sus medallas de níquel en aquel apocalipsis. Regando las hortalizas con sus gruesas chequeras.

Dio un jalón largo y le entró un ataque de hipo. Se pegó unos golpes en el pecho y bebió un buen trago de cerveza caliente.

—Conclusión, hay que juntar agua, muchacho.

Tosió. Bebió otro trago de cerveza y se espantó otra mosca, esta vez de la cara.

—Y cuide a su padre. El mundo se ha trastocado de tal forma que persigue justo a quien lo quiere salvar.

Reinaldo no contestó. Supo que era el momento de salir de allí. Pagó el café, los cigarrillos y una cerveza fría a quien había sido su interlocutor. Dos moscas grandes zumbaron persiguiéndose la una a la otra. Hacían un sonido eléctrico. Reinaldo las vio. Nunca supo si peleaban o hacían el amor.


EL MINOTAURO

Alguien tocaba con insistencia el timbre. Habíamos amanecido en su apartamento y dormíamos con la boca abierta. Lo evidenciaban dos pozos de saliva a lado y lado de la almohada. Llegamos bebidos y encontramos su puesto ocupado por un Lada blanco. Era muy de madrugada. Veníamos cantando el «Miserere» y bebiendo Jack Daniel’s como locos.

Yo quise vaciarle los cauchos, orinarle las puertas, pero ella me lo impidió. No dijo por qué, tan sólo me lo impidió, y yo no quise echar a perder el momento. Así que dejamos el carro trancando el Lada blanco, y ahora sonaba con insistencia el timbre.

Al revés de todo el mundo, estábamos casados pero no vivíamos juntos. No funcionaba. Nos amábamos, pero no parecía funcionar por el momento. Al menos en la convivencia. En la cosa menuda. Ella sentía que la esclavizaba. Yo, que no me atendía lo suficiente. A mí me atraía comer en la cama con una bandeja viendo televisión. A ella también, pero no le agradaba traerla. Esperaba que lo hiciéramos los dos. Que nos alternásemos. No le gustaba que dejara las medias en el piso, que fuese haciendo una torre de ropa en la silla del cuarto. Debía ponerla en la cesta de ropa sucia. Le sacaba de quicio encontrar toallas en la cama, vasos en el cuarto o que por descuido dejase la puerta de la nevera abierta.

Tanto o más que a mí la agobiaba el día a día. Las diligencias, los imprevistos, el trabajo. No era capaz de sobreponerse a los avatares de la rutina como lo hacen, como tenemos que hacerlo todos. Esto la desbordaba, le provocaba un terrible mal humor que, consecuentemente, la llevaba a dejar crecer montañas de trastos sucios en el fregadero. Una sartén llena de aceite quemado podía pasar días en una hornilla de la cocina, y uno iba apreciando los sórdidos cambios de matices, la oxidación. Toda una gama de tierras y ocres mutando sobre los apenas reconocibles residuos de carne y cebolla, sumidos en una solución larvaria y espumosa.

De modo que vivíamos separados. No queríamos ver recrudecer esas diabólicas maromas de pesquisas mutuas donde todos pierden. Así que unas veces ella se quedaba en mi apartamento y otras yo me quedaba en el de ella.

Pero alguien tocaba con insistencia el timbre.

Por fin se levantó y cogió el intercomunicador. Habló unos instantes y volvió a la cama. Se metió bajo las sábanas, me abrazó y maulló.

—Deberías bajar tú —dijo encogiéndose de espalda a mi pecho—. Es el viejo del 3B. El polaco. Sabe que soy una mujer sola y siempre estaciona uno de sus carros en mi puesto. El Lada es uno. Después forma un escándalo cuando lo tranco. Le he pedido que no lo haga, pero no me hace caso. No le hace caso a nadie.

Volvió a emitir un mínimo maullido.

Inmediatamente se quedó dormida. Estaba tan agotada que durmió uno de esos largos sueños que duran dos segundos. No recordaba si habíamos hecho el amor. Habíamos bebido demasiado.

«Hueles a nosotros», susurró. Y me sacó de dudas.

De repente sonó un gran pedo. Un gran pedo de estómago estragado. Los suyos olían a Frangelico. Los míos a ginebra, solíamos decir. Sonrió sin abrir los ojos. Nos abrazamos. Nunca hasta ahora soporté dormir abrazado. Una intranquilidad, una angustia, un desagrado me asaltó cada vez que lo intenté. Con ella era distinto. Estábamos desnudos y era divino el contacto de su cuerpo.

Sin llegar a abrir los ojos me contó más cosas del vecino. Que no pagaba el condominio y que mandaba al carajo al que le fuera a cobrar. Que el condominio había decidido poner su nombre en la cartelera con la palabra «moroso» y el monto que adeudaba para avergonzarlo, pero el fulano tan campante fue, rompió el vidrio, quitó el letrero y nadie volvió a meterse con él.

Como pude me levanté y me puse los jeans. Me dolía estruendosamente la cabeza y no me la podía cortar. Estaba despeinado y tenía la boca amarga. Seca. Fui al baño, vomité y volví al cuarto. Otra vez tocaban con insistencia el timbre. Me aseguré la correa y miré a mi mujer. Tenía los ojos cerrados y sonreía. Antes de ponerme la camisa fui a la nevera, saqué una lata de soda y me la bajé completa.

Volvió a sonar, esta vez groseramente.

Regresé a la habitación y allí estaba ella, acurrucada bajo las sábanas. La contemplé. Era tan hermosa. Era la mujer más bella que había visto, y era mía. Totalmente mía. Sólo que las cosas no funcionaban. Aún. Pero era mi medida. Mi costado. Yo era un tipo con suerte. El consentido de allá Arriba.

Me arrodillé para observarla de cerca y me sentí el Minotauro de Picasso inclinado ante su dama de algodón blanco. Era un ser afortunado. Quizás con el tiempo nos apaciguásemos y pudiésemos vivir juntos. Quizás. Por ahora no. No era el momento. Nos hervían las venas. Éramos, decían los amigos, demasiado líberos, autosuficientes. Pero nos amábamos como perros. Nos habíamos descubierto y era para siempre. No teníamos pasado. Habíamos abolido los recuerdos. Sólo estábamos yo y ella. Ella y yo.

No me quedaba más remedio que bajar a mover el carro. Estaba mareado, enratonado, derruido esa mañana. Si el polaco deseaba vérselas conmigo me pesaría. Estaba en franca desventaja. Pero no quedaba más remedio que ir. Agarré las llaves y salí del apartamento.

El ascensor no funcionaba y tuve que bajar una escalera para tomar el impar. Como a los seis meses llegó. Me recosté de la pared metálica, pisé el botón de PB y esperé. Porque el aparato paraba y abría y cerraba sus puertas, supe que entraba gente en varios pisos. No tenía fuerzas para abrir los ojos. Sentía escalofríos. La luz me mataba. El suelo me atraía. Por fin llegamos a planta baja. La gente salió primero. Yo salí de último. Caminé hacia la reja que daba al estacionamiento y la abrí. Ahí estaba plantado el polaco. No lo conocía, pero ahí estaba el polaco esperándome. Seguro. Ése era el tipo.

Le pasé por un lado y no dije nada. Al ver que metía las llaves en la puerta del carro, vino directo hacia mí graznando, pero como un ave de corral. No dije nada. Terminé de abrir la puerta y tomé asiento. Encendí el carro y puse el aire acondicionado. Seguido de un caluroso vaho salió un olor repelente, como a detritus. Había que cambiar el filtro. Después comenzó a enfriar.

El polaco gritaba cosas del lado afuera del vidrio. La ráfaga de aire fresco me daba en el rostro y me hacía bien. Tuve ganas de reír y lo hice. Entreabrí la puerta y escuché clara la voz del personaje insultándome. Lo miré de frente, cerré los ojos y sonreí. Los pantalones le comenzaban en el tórax y unos pelos blancos le salían como setos por los huecos de la nariz. No era más que un pobre viejo maniático, escapado de los astilleros de Gdánsk antes de que Lech Walesa fuese Lech Walesa. La jornada de dieciséis horas, una madre posesiva y una esposa frígida lo habrían enloquecido.

Lo miré detenidamente a través del vidrio. Me dieron asco sus ojos azules de muñeca. Una estentórea vena se le marcaba en la frente y la cara se le enrojecía cada vez más. Parecía un murciélago. Un troll. La nariz ganchuda competía con la vena que tomaba aspecto de várice.

Empezó a llegar gente al estacionamiento. A cada uno de sus gritos aparecían dos o tres personas más. De pronto me sentí en el circo, cercado por los leones. La situación era insólita. El viejo te ocupa el puesto y luego te agrede porque lo trancas.

Una niña se acercó para verme. Me vio.

«No es la señora», dijo. «Es un señor».

En ese momento el polaco puso las manos en el borde de la puerta entreabierta y gritó más duro. Estaba fuera de sí. Entendí por qué le temían. Me miró encarnizadamente y, haciendo acopio de todo su odio, me lanzó un violento escupitajo por encima de la puerta.

Una baba espesa me chorreó desde el pelo por la frente hasta un ojo.

«Lo escupió», dijo la niña.

Volví a sonreír e instintivamente, de manera refleja, halé la puerta hacia mí con toda la fuerza de que fui capaz. Escuché un sonido que no existe. Como el triturar de arvejas. Pero no eran arvejas. Ni almendras ni avellanas ni macadamias, sino sus preciados dedos. Desde dentro los vi crisparse de dolor.

El viejo abrió empecinadamente los ojos. Constaté cómo salía todo el odio de su cuerpo. Lo miré vaciarse. Diluirse. No sabía si alegrarme o condolerme. Nunca había visto a un hombre espicharse así. Abrí de nuevo la puerta y salí del auto. El hombre se retorcía de dolor con la boca abierta y destemplada. Se le había retirado la sangre del rostro pero no profería un solo sonido. Sus manos parecían dos bandoneoncitos. En ese momento lo agarré por la pechera y comencé a decirle todo lo que pensaban de él los vecinos. Los mansos vecinos.

Inicié una monserga sensata, prudente, civilizatoria, pero paré. Inmediatamente paré. Me sentí un Oliver Cromwell de pacotilla. Un redentor de utilería. Callé. De eso hay demasiado en nuestra historia. Me limité a sacar las llaves de su bolsillo, a mover su carro de nuestro puesto y a estacionar nuestro auto. Después me abrí paso entre la concurrencia.

Llamé el ascensor y entré en él. No me sentía mejor. Tenía una piedra en la cabeza, un vacío en el estómago y me temblaba el pulso. Debía moderar la bebida. No descoserme. Por fortuna arriba me esperaba mi amor. Tenía el cabello suelto y recién teñido. Era tan bella. Tan mía. Entré y fui hasta el cuarto. Me arrodillé de nuevo en la cama para contemplarla de cerca. Parecía una mantis religiosa.

—Señor —me dije—, qué consentido me tienes.

La besé muy quedamente en los labios y ella sonrió y se desperezó como una gata. Era como estar en Venecia. Como despertar y continuar soñando.

—¿Moviste el carro? —preguntó en un susurro.

—Umjú —respondí ya sin ropa, posándome, sin hacer peso, a un lado de su cuerpo. Como quien levita.

Otra vez estaba al borde de su belleza.

—Hazme mimitos —suspiró.

Me pasó los dos brazos por el cuello.

—Dame mi merecido —ronroneó.

Yo era un hombre afortunado.









lunes, 19 de julio de 2010

Dos textos de Denzil Romero


LA ESPOSA DEL DR. THORNE
(Fragmento)

No obstante, pronto se fastidió Manuela de su David. Lo miraba de lejos. El de miguel Ángel no era mejor. Decididamente tratábase de un joven delicioso. Rubio, lozano, fornido, con sus ojos morunos por la ascendencia ambateña, como acabado de salir de un estuche... Era, nadie lo ponía en duda, un magnífico ejemplar de varón que apenas comenzaba a conocer la fuerza. diríase que recién salía de la infancia y que el descubrimiento del sexo también era para él un juego. Cierto que mucho se divertía con sus tremenduras... Pero no podía tomarlo en serio. Además se había enamorado de ella, sí, perdidamente, como un escolar de su maestra, y eso, eso empezaba a mortificarla.

—Manuela, no es posible que sigamos así...

—¿Cómo?

—Quiero que seas mía, sólo mía...

—¡Ajá! ¿Vas a seguir con esa monserga? ¿Acaso te has vuelto loco? ¿Y quién pagaría el tren de la casa, los sirvientes, las fiestas, los vestidos, tu propio sueldo?

—¡Oh, Manuela: contigo pan y cebolla!

—¡Pan y cebolla! ¿Una choza y un corazón? ¿Es esto lo que me ofreces? ¿Volver a Ambato, a Latacunga, a Quito? No, querido, soy mujer de otros porvenires. Estoy en el mundo para otros menesteres. ¿Te imaginas a Manuela Sáenz, contigo, sembrando guaitango en la aldehuela de Tungurahua?... No, never in the life. Además, voy a ser sincera para tu bien, sabes cuánto quiero a mi marido. ¿Alcanzas a pensar cómo se sentiría si viera a su mujer, una madrugada cualquiera, fugándose con su paje? ¡Como para no creerlo! Bueno, tampoco es para que pongas esa cara de perrito regañado. Te quiero también, a pesar, seguro que te quiero... Pero, ¿comprendes?, no es lo mismo, no puede ser lo mismo. ¡Por favor, no te pongas a llorar!

Un día alguien dijo a Manuela que David había sido visto en una de esas tabernas de la calle Ocoña con una pelandusca de mal morir. ¡Qué raro que eso le produjera tanta rabia! Pero, cierto fue que cuando se enteró no quiso probar bocado. Íntegra devolvió la comida que Jonatás le sirvió a la hora de la cena. ¿Por qué había cometido él semejante locura? Bueno, ella lo había plantado, y era tal vez esto lo que lo impulsaba.

Fue entonces cuando urdió la trama final. Se puso de acuerdo con Nathán, la más bella y joven de sus dos esclavas. Le pidió que lo sedujera, que lo conquistara, que lo encalamocara, que lo atrajese hasta su pieza. Con seguridad, el muy tonto nada tonto cedería. Jamás podría retraerse ante esa plétora carnal, esa genitiva fuerza, esa prodigalidad, esa desmesura. ¿Cómo renunciar a la ostentosa visión de las carnes y redondeces de mujer tan singular?, ¿a su cuerpo opulento y feraz, dadivoso y ubérrimo?, ¿a esas tetas ovoides y turgentes?, ¿a esos labios abiertos, voraces y rotundos?, ¿a esa nariz aleteante y roma que exhala—inhala un aire caliente por doquier?, ¿a esos dientes mordedores, grandes, blanquísimos, parejos y brillantes?, ¿a esa cintura avispada, delgadísima, modelada femínea al golpe del tambor?, ¿cómo, a esa piel de ébano, de azabache, acarbonada?, ¿cómo a esas nalgas agrestes y enormísimas, tan grandes como dos vasijas de Paracás? Cuando camina, se abanican (ellas) Cual perantones de chonta... Seguro; seguro que no podrá resistirse.

Manuela recuerda que ella misma estuvo a punto de enloquecer ante la belleza salvaje de Nathán. Fue un día ya lejano de la adolescencia, a la hora de los juegos infantiles, en la vieja hacienda de Catahuango. Jantás, Nathán y ella cazaban mariposas, recogían florecillas y piedrecitas uniformes, todas del mismo color, o, simplemente, correteaban alegres por los prados. De pronto, Nathán sintió ganas de orinar. Libre se levantó la saya, se bajó las bragas de liencillo, se agachó, y sin más, natural y obscena, obscena y natural, echó el chorro viripotente sobre la tierra ávida. Manuela recuerdo el hervor espumante de la orina y cómo, por momentos, quería ser tierra para recibirlo en su boca, en su cara, en su cuerpo todo, ávida también. Recuerda el olor que, entonces impregnó el aire de la comarca; un olor de profundidad oceánica poblada de cientos de miles de millares de anchovetas y miríadas de huevas piceas; un olor de pecina, de almacén portuario, de piscifactoría. Recuerda la postura de la muchacha, en cuclillas, abierta de piernas, insolente, como distraída y tuvo ganas de decirle entonces: méame, méame a mí, repitiéndolo mentalmente, una y otra vez, con una especie de sed. Pero, sobre todo, recuerda su vulva enrojecida hasta la sangre, como las fauces de un perro furioso, como si hubiese sido untada toda ella parejamente con almagre, con polvos de bermellón o zumo de yerbamora; desplegada como una flor de lis, flordeslisada valdría mejor decir o, quizás, como una orquídea tropical, una de esas orquídeas que se ven en las riberas de Putumayo; coronada por una maraña de pelos negros, cortos, hirsutos, ensortijados, que más que pelo parecían cerdas retorcidas tal su grosor y consistencia. Fue esa la primera fantasía erótica que Manuela recuerda en su vida. Por días y semanas estuvo presa de una confusión siempre más demente, ebria, tocante en la locura. Sola, en su cuarto, se masturbaba pensando en Nathán, en su vulva enrojecida, en el olor que de ella desprendíase, como si ese olor lo tuviese en la punta de la nariz, esparcido por la pituitaria y por todas las terminaciones olfativas, metiéndosele por los poros todos, sembrándose en la piel; como si Nathán, de verdad, se orinara en su boca, y ella, voraz, se tragara, frenetizada, toda su úrea y su ácido úrico y sus cloruros y sus fosfatos y sus oxalatos y sus sales biliares y su amoníaco. Al final, era ella la que, invariablemente, terminaba orinándose, y el plasma de la sangre parecía filtrársele, inerte, a través de las sutilísimas paredes de su glomérulo renal, de a goticas primero, con una micción dolorosa que parecía comprimirle más que ensancharle el uréter, y luego, a borbotones, poliuria desbordada que hacíala contornearse para tratar de reabsorber el chorro completo, como si fuese el miembro de un varón, hasta que el líquido mórbido empapaba su ropa de dormir, las sábanas, el colchón de la cama, o se empozaba en el piso, o fluía por él en hilillos múltiples hasta formar un estuario paroxístico de máximo goce que a Manuela, no sabía por qué, siempre figurábale la vulva enrojecida de Nathán.

Seguro, seguro que David no podría resistirse a los encantos e insinuaciones de semejante mujer.

Lo demás lo haría ella. Diatribas en su contra. Él no era una persona confiable porque solía emborracharse con putas en las chinganas de la calle Ocoña, y en las de Huancavelica, rumbo a la Plaza Unión, y en las de la horrible esquina de Rufino Torrico. No pocas veces llega ebrio a altas horas de la madrugada. Se aprovecha de que tú estás en la chacra. Cuando eso ocurre, persigue a Jonatás y Nathán. Las hostiga. Las irrespeta. Trata de seducirlas con su labia y su juventud y su buenamozura. Si hasta a ella se ha atrevido a perseguirla, atisbándola por el ojo de la cerradura de la alcoba y del cuartico de baño, cuando toma el sol en el jardín, cuando pasea por el traspatio, cuando come, cuando duerme la siesta, o cuando se cambia de ropa en el vestiaire.

Así se lo diría a Thorne.

Con Nathán acordó que ella, cuando lograra atraerlo hasta su cuarto, cerciorándose previamente de que Thorne estaría en casa, debería gritar despavorida. Simularía un estupro, una violación. Ellos, como dueños de casa y guardianes del orden, se harían presentes en el lugar de los hechos y el criminal sería descubierto in fraganti.

Resultaba raro imaginar, en la negrura propicia de un sigiloso cubil, una noche seguramente lloviznosa, velada la luna por el peso de la neblina, el polvo del desierto y los vientos de la sierra, que Nathán, boqueando desesperadamente como un pez fuera del agua, la respiración entrecortada por el daleidale de la cópula, gozosa de tener sobre sí a un muchacho tan hermoso y bien formado, blanco, blanquísimo, por añadidura, alcanzara a gritar simulando estupro alguno.

Pero así, como Manuela lo tenía previsto, ocurrieron los hechos. Y tres semanas después de haberse acordado ella con Nathán sobre los particulares del caso, David estaba despedido de su cargo y regresando a Quito, bien que con el pago de una doble indemnización en la bolsa.

A Manuela le dejó una esquela de despedida donde la acusaba de ingratitud, la maldecía como a la más pérfida de las mujeres y hablaba de suicidarse por despecho, amén de otras linduras.

—Necedades de ese David —dijo para sí Manuela, al tiempo que, por enésima vez, releía la carta y se masturbaba pensando en él. Ningún hombre, sino él, David Bennet-Erdoiza, habíale metido el brazo hasta el codo para sopesarle la matriz. Ninguno le había chupado la crica tan sabrosamente y sin remilgos. Ninguno le había untado los pezones con mantequilla o salsa de tomate.

"¡Qué Dios lo proteja!", fue el último pensamiento que tuvo en su favor.


CABEZAS CORTADAS


Comenta Collin de Plancy en su Diccionario Infernal, (París 1839), citando a M. Salgués y a Plegón, que un soldado—poeta llamado Gublio, muerto en la batalla dada por Antioco a los romanos, degollado, con la cabeza en la mano, se levantó de repente entre el ejército victorioso, y prorrumpió con voz de ultratumba:


Cesa de despojar así, romano
A los que los inviernos descendieron...


Añadiendo, siempre en versos, el inminente fin del Imperio, porque un pueblo salido de Asia iría a desolar a Europa, con lo que tal vez quería denotar la posible irrupción de los turcos en la tierra de los vencedores. Agrega el propio de Plancy que la versión luce incierta. O mienten los que la refieren, o mintió el muerto, puesto que no se cumplieron sus predicciones. Ciertamente, no fueron los pueblos de Asia, sino los del Norte, los que luego derribaron a Roma.


Aristóteles, por su parte, atestigua que un sacerdote de Júpiter fue decapitado y que separada ya del cuerpo su cabeza señaló al asesino, que fue preso, juzgado y condenado por ese testimonio.


Más cerca de nosotros, Norman Mailer, el novelista norteamericano, escritor de unos cuantos cuentos a pesar de haber manifestado muchas veces su desprecio por el género, pergeñó uno brevísimo. Se titula Eso y refiere al caso de unos soldados en el frente de guerra. Atravesaban las alambradas de púas cuando una ametralladora rompió el fuego. Uno de ellos siguió caminando hasta que vio su cabeza en el suelo. Dios, estoy muerto, dijo la cabeza. Y su cuerpo se derrumbó.


Que yo sepa, tales historias sombrías no eran conocidas por mi madre cuando me narró la que dijo haber presenciado, muchos año atrás, en La Margarita del Llano. Un campesino celoso mató a su mujer. La descabezó de un solo machetazo. Pero, truncada y todo, la cabeza seguía aduciendo alegaciones sobre su fidelidad y protestaba su próxima sepultura. El marido, atormentado, cogió el monte, tierra adentro, y nunca más se supo de él. Fueron tantos los trenos y protestaciones de la difunta que ninguno de los vecinos se atrevió a cumplir la caridad de sepultarla. Los zamuros al fin dieron cuenta del cuerpo despojado. Pero, la cabeza insepultada terminó necrosándose junto a la troje del patio donde cayó a la hora del voleo. Al cabo de los años, permanecía aún con los ojos vivos y abiertos. Cada vez, parecía proponer nuevas probanzas sobre su agraviada inocencia.


Así me lo contó mi madre, hace mucho tiempo; como Norman Mailer, y Aristóteles, y M. Sargués, y Collín de Plancy.