viernes, 2 de enero de 2009

LA REALIDAD HECHA AÑICOS. Por Mario Merlino*

Comienzo repitiendo frases más o menos hechas: toda traducción impone un compromiso, blablablá, cada texto es un riesgo, una carrera de obstáculos, blablá, un placer, un vértigo, blá. Ocurre que con António Lobo Antunes me sentí -perdóneseme la hipérbole- al borde del abismo. Me encontré con él y sus máscaras en Tratado de las pasiones del alma y hubo un primer estado de estupefacción, de maravilla, de prodigio. Hacía tiempo que (en calidad de lector primero, de traductor después) no me topaba con un tornado narrativo como el suyo.
Mucho se publica y, entre lo mucho, uno se ahoga de aburrimiento con tanta literatura autocomplaciente, previsible: nadie se libra de los tópicos, claro está, pero convertir los tópicos en obra literaria y deleitarse con ellos se deriva en una experiencia próxima el espejito de la maligna madrastra de La bella durmiente.
Mi primera cita con la escritura de Lobo Antunes fue una cita rítmica. Y esa danza compartida se fue acrecentando con las novelas que siguieron. Un ritmo contagioso, dionisiaco y, como sucede en toda orgía, próximo a la epidemia. Ese goce avasallador -uno se vuelve vasallo de la obra- habrá de dar un giro y convertirse en una señal de alerta: ¿cómo enseñorearse de un texto que nos arrastra de tal modo? ¿Cómo completar en lengua castellana una prosa que se funda en la suspensión, la superposición de voces y construye un habla fragmentaria, múltiple por tanto, que dice y se desdice? ¿Cómo repetir palabra por palabra las novelas de Lobo Antunes, a la manera de Pierre Ménard, autor del Quijote?
Con la retórica de nuevo he topado. No puedo (ni quiero) responder a esas preguntas. Consigo a lo sumo reconstruir sensaciones frente al ritmo de un lenguaje narrativo y poético a la vez. Y la mezcla de géneros se corresponde con el tránsito de las lenguas dentro de la propia lengua, un portugués que va y viene alimentándose de usos mestizos, que ironiza sobre sí mismo, que congrega y se disgrega en la parodia.
Frente a las varias novelas de Lobo Antunes ya editadas en castellano me surge una analogía con la propuesta brechtiana del distanciamiento: el actor no debe interpretar a su personaje, debe repetirlo como si lo citase. Entonces me hago actor de su obra, la incorporo, me sumerjo y a continuación me alejo para citarla. Paso de la orgía a la lucidez, cito la orgía. Y como el hermoso vértigo de la literatura está en la sucesión de semejanzas (el texto es el texto es el texto), me vuelvo petulante (pero suelto una disculpa: el deseo nos hace pretenciosos) y me convierto en el príncipe bien formado que debe despertar a la bella durmiente, en este caso confundida con la prosa de Lobo Antunes que abre los ojos al castellano y los vuelve a cerrar para que otro príncipe (otro lector) llegue y la descubra. Sin hablar de los miles de lectores que ya han celebrado el encuentro amoroso con sus novelas.
Y repito lo que escribí hace un año en la revista Turia: un encuentro amoroso imposible para los complacientes y muy seguros de sí mismos, una literatura que abomina del dogma y de la fe que fusila, que representa un universo hecho de escombros, sofocado por la estupidez y la intransigencia, el culatazo y la sangre. Es mejor que se abstenga la madrastra: el espejo se le caerá de las manos y sólo verá multiplicada su miseria en los añicos. Bla. Bla. Bla.
Traductor al castellano de la obra de António Lobo Antunes.

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