jueves, 8 de enero de 2009

ANA TERESA EN LA NAVE DEL OLVIDO. Por Carlos Pacheco

Calificada como una conciencia viva del país, la novela Doña Inés contra el olvido de Ana Teresa Torres es para Carlos Pacheco un viaje retrospectivo y prospectivo en el que se encuentran la creadora y su criatura. Y Oscar Rodríguez Ortiz descifra esa trama, no sólo de la memoria de la historia social y política que la novela revela, sino también de la memoria del proceso de la literatura que se halla en su contexto. Alta es la expectativa frente a la nueva novela de Torres: Los últimos espectadores del acorazado Potemkin, también editada por Monte Avila.
"Esta novela comienza como un trasatlántico", fue la frase de un buen amigo y magnífico lector que, en 1992, cuando acababa de aparecer, me llamó la atención sobre Doña Inés contra el olvido. Ya adentrado en su lectura, no pude menos que coincidir, pues ingresar en esta novela de Ana Teresa Torres cuya reedición por Monte Avila celebramos hoy es embarcarse en una gran nave del tiempo que zarpa con majestad para llevar al lector a través de casi tres siglos en crucero por un pasado que nos es común a todos los venezolanos, pero que no habíamos mirado aún desde los ojos perspicaces de Doña Inés.
Quisiera enunciar aquí algunas de las razones de mi aprecio por esa obra, distinguida en 1991 con el Premio de Novela de la I Bienal Mariano Picón-Salas y ganadora el año pasado del Premio Pegasus de Novela, cuyo jurado tuve el privilegio de integrar. Con esta suerte de voto razonado personal, deseo curarme en salud de los riesgos laborales que corremos en ocasiones los árbitros de los premios literarios. En efecto, primero París, después Caracas, algunos intelectuales, siempre a posteriori y desconociendo a veces el corpus evaluado, nos bendicen de repente desde su altísima estatura crítica con la revelación de cuáles son y cuáles no son las verdaderas obras maestras de nuestra literatura nacional o continental, aquellas que deberían por tanto, o que no deberían, haber sido premiadas. Por el tono magistral de sus discursos comprendemos pronto que sólo por la humildad que los caracteriza se inhiben ellos de incluir sus propias obras en esas brevísimas selecciones. Pero volvamos a la novela celebrada.
"Mi vida fue un atravesar mañanas lentas", dice Doña Inés al comienzo del extenso monólogo que en cierta manera incluye todo el relato, y continúa: "días largos que el tiempo recorría despacio, vigilar el trabajo de las esclavas, verlas barrer las lajas de los patios, dar lustre a las baldosas y azulejos que hice traer de Andalucía […]". Este recuento pormenorizado de la rutina doméstica de una casa mantuana en la primera mitad del siglo XVIII es sólo el punto de apoyo para un recorrido mucho más largo, donde la historia personal y familiar de la protagonista y de sus descendientes se va tejiendo ceñidamente con el proceso histórico de la nación. "Estoy aquí", "Aquí estamos", nos dirá más adelante, desde 1814 o desde comienzos de la década pasada, para señalar así el diseño narrativo que distingue nítidamente a esta novela. Al continuar existiendo después de su muerte física, Doña Inés se convierte en el testigo transbiográfico de los acontecimientos, quien relata las transformaciones de su propia casa, de la ciudad y del país que siente suyos, y quien combate así tenazmente contra el olvido.
Este fantasma locuaz es la idea constructiva o eje estructurador de la novela. Fantasma del pasado, como lo llamaría Michel de Certeau, su discurso contiene una versión de los hechos, una perspectiva y una entonación que habían estado sensiblemente ausentes de las versiones historiográficas y hasta ficcionales de nuestra historia. La novela de Ana Teresa viene a llenar este vacío, ofreciéndonos una verdadera historia otra, una historia alternativa, configurada como el testimonio oral de un sujeto femenino que de ninguna manera hubiera tenido acceso en su momento a la escritura ni a la vida pública. Doña Inés es una mantuana, es cierto, y en ese sentido integrante de un estrato dominante; pero en tanto mujer, lo suyo no era emitir opiniones o defender sus derechos, sino más bien "bordar algún punto de un mantel", o "procurar que todo estuviera de acuerdo antes de que llegara Alejandro". Es el poder de la ficción, entonces, el que permite que su voz sea escuchada y que su mirada, esa mirada local, informal, doméstica, hasta íntima, es decir, intrahistórica, sobre el devenir familiar y nacional, contraste con la perspectiva solemne, panorámica y explicativa de la Gran Historia. Como muchas recientes novelas de tema histórico, al posar su atención sobre el ámbito privado y la percepción que desde allí se tiene de lo público, esta obra inaugura un nuevo calendario de fechas patrias, uno más particular y más íntimo, pero no por ello menos valioso como instrumento cognoscitivo e interpretativo del pasado.
Otro rasgo distintivo de la novela es la elección del monodiálogo como modo discursivo. Me explico. En la novela hay muchas voces, pero todas ellas son introducidas y evaluadas por la protagonista. Y cuando ella se dirige a los hombres que ostentan el poder (su marido, los reyes de España, los capitanes generales, los presidentes y hasta el propio esclavo Juan del Rosario, supuesto usurpador de sus derechos patrimoniales), el discurso de estos antagonistas queda elidido, silenciado, como silenciada hubiera quedado la voz de Doña Inés de acuerdo con las políticas de predominio patriarcal válidas para su momento y hasta no hace muchas décadas. Con la fuerza y osadía que le otorga su condición fantasmal, ella no sólo habla, sino que increpa y cuestiona, ironiza y ordena, dirigiéndose a tan importantes caballeros con una irreverencia que desata los resortes del humor y refuerza la dirección de sentido del monodiálogo, para invertir esa dinámica de silenciamiento y exclusión, enriqueciendo y problematizando así nuestras imágenes del pasado nacional.
La traducción y edición en inglés asociadas al Premio Pegasus y la reedición de Monte Avila darán merecida difusión a una autora cuya trayectoria como novelista ha cumplido ya un arco dilatado en El exilio del tiempo (1990), Vagas desapariciones (1995), Malena de cinco mundos (1997) y Los últimos espectadores del acorazado Potemkin, que aparecerá también bajo el sello de Monte Avila. Verdadera exploradora del pasado como la mayoría de sus protagonistas, Ana Teresa Torres investiga y documenta, inventa y escribe sus historias en un gran viaje hacia el pasado en pos de la memoria y en contra del olvido. Doña Inés, su personaje fantasmal e inolvidable, intenta comprenderse y comprender su circunstancia en un desplazamiento también temporal, pero hacia el futuro. Viaje retrospectivo y viaje prospectivo, la novela reeditada es el lugar de un encuentro entre la creadora y su criatura que vale la pena celebrar.

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