martes, 4 de agosto de 2009

El Fantasma de la Caballero. Por Norberto José Olivar

Bajé por el mamotrético distribuidor de las Delicias en dirección al terminal de pasajeros. Pasé frente a Panorama y me desvié a la derecha, al pie del puente La Redoma, para entrar en las Playitas a comprar copias piratas de dvd. Entonces uno de esos muchachos que cuidan carros, mejor que los policías municipales y la PR, me hizo señas para que me estacionara. Me dio un cartoncito que indicaba lo que debía pagar y me aseguró que estaba bien “cuidao”, con muchachos y mujer incluidos, añadió, porque Patricia y los niños se negaron a bajarse. «Mucho mollejero» dijo ella ―así que dejé la camioneta prendida para que pudieran estar con el aire acondicionado―, pero si fuera a comprar bisutería, apuesto lo que sea, se habría tirado sin chistar. Total, atravesé la calle extrañando la cola de carros, los cornetazos y las mentadas de madre. La razón de que el tráfico estuviera tan menguado era que estaban comenzando la construcción del primer tramo del Metro de Maracaibo. Había desaparecido la ancha isla donde uno hacía escala al cruzar la calle a pie. En su lugar, tomaba forma un enorme hueco protegido por una brillante cerca de ciclón. Así que, como pude, saltando montones de tierra, piedras, restos de brocales y pavimento, llegué hasta el pasillo Amazonas y compré El guerrero Muay Thai con Tony Jaa, Hermandad de guerra y 2046 de Wong Kar Wai, esta última iba a usarla para un cuento que estaba pensando escribir en esos días.
De regreso, justo cuando pasaba frente al mercado Santa Rosalía, el celular vibró poseído por un ataque de epilepsia. La pantalla decía número no disponible, pero, como todo me daba igual en ese momento, apreté el botoncito verde:
―Sí, diga ―contesté sin dejar de atender el camino porque había mucho tráfico, y los carros iban unos muy pegados de los otros, a causa del desvío provocado por la construcción del Metro. «¿Profesor, Navarro?», preguntó el que llamaba, y yo que sí, ¿que qué se le ofrecía?, «¡ah, mire, mi nombre es Ricardo Carrillo, soy estudiante de Comunicación de la URBE, y estoy haciendo un documental sobre la Casa de la Capitulación y el asesinato de Josefa Caballero, y bueno, profe, me gustaría entrevistarlo, no sé si puede darme una cita y allí le explico mejor lo que estoy haciendo junto a mis compañeros». Y yo le digo que, la verdad, es muy poco lo que sé del asunto, y para decir lo que todo el mundo sabe, mejor no digo nada, ¿me entiendes?, no me niego a colaborar, aclaré con cierta incomodidad, pero no me gusta participar en algo si no estoy aportando ideas nuevas, «Profe», me cortó la voz de mi interlocutor, «¿y si le consigo copia de un documento que muy poca gente conoce, y usted lo analiza y nos da su opinión?», bueno, le digo intrigado, así suena distinto, ¿qué te parece si nos vemos mañana, a las nueve en el Bambi de 5 de Julio?, «chévere, profe, ahí lo espero», ¿cómo te reconozco?, le dije antes de que cortara, «no se preocupe, profe, yo lo he visto a usted, en cuanto llegue me le presento, hasta luego y gracias», me dijo con el alivio de haber logrado su cometido.
¿Qué documento podría ser ese?, pensé acelerando para aprovechar un fugaz despeje de la vía y tomar la avenida La Limpia porque, en una ocasión que estuve interesado en investigar el crimen de la Caballero, me di cuenta de que la historiografía disponible es un círculo vicioso, uno se copió del otro y así hasta el infinito. Y los reportajes de prensa no coincidían ni en el nombre de la víctima, que si Josefina, que si Mercedes, y otros más. El único interés que se les notaba era el de hablar sobre el supuesto fantasma que habitaba esa casona desde que fue cometido el crimen. Era, o es, una necesidad enfermiza de atapuzar la historia de la ciudad, no sólo de héroes míticos, sino también de leyendas misteriosas y exóticas que libren nuestro pasado del aburrimiento y del tedio o, quizás, en busca de una grandeza liliputiense que no termino de entender, pero no de una auténtica necesidad de conocer, de llegar a la verdad. ¿Quién se ha atrevido a señalar al culpable de ese homicidio?, ¿quién ha emprendido una investigación para esclarecer ese caso? Si lo saben, lo callan y si lo ignoran, no tienen la menor idea de lo que deben hacer, se conforman y regocijan con el chisme y el cuento del fantasma, y yo no quería salir en la televisión diciendo las pendejadas que, casi siempre, suelta todo el mundo.


Café Bambi, 9 de la mañana. Un joven de mediana estatura, blanco, cabello revuelto, y con una chiva de candado, se ha puesto de pie usando un bastón. Me mira a los ojos, sonríe y yo disipo mis dudas. Llego a su mesa, lo saludo con un apretón de manos y ordenamos dos cafés grandes ―él, con leche, yo, marrón claro y agua mineral para ambos―, a una simpática mesonera de ojos verdes asiáticos, curvaturas sugestivas, tirando a pelirroja, que uno no podía dejar de mirar y, a pesar de que siempre sonreía, había en ella un aire infranqueable que bloqueaba cualquier intento de abordaje, quizás se sabía atractiva y le fastidiaban las miradas insistentes de los hombres; o era lesbiana, o militaba en alguna religión que le impedía comunicarse con el mundo. Sea lo que sea, me obligó, lamentablemente, a guardar distancia, y lo de “lamentable” no es un decir, porque desde hace algunos meses, desde que la Patri no hace otra cosa que dedicarse a sacarme la piedra, criticándome todo lo que hago, digo o dejo de hacer, he procurado sofocar mis calenturas hormonales a punta de mesoneras. Por alguna razón inescrutable, logramos llegar a los moteles con un protocolo bastante reducido, lo cual nos ahorra mucho tiempo, y luego queda un compañerismo limpio y sin ningún tipo de exigencias, aunque reincidamos una y otra vez, pero, por lo general, no sobrepasamos las cinco o seis sesiones. Por eso “lamento” mucho el cerco de esta mesonera inabordable que, sin ella saberlo, ha herido mi debilucho corazón, así de cursi, pero qué le voy hacer, por suerte para ambos, sólo pienso en ella en las mañanas cuando llego a tomar café.
Ricardo, así se llama el joven, y creo que ya se ha dicho, deslizó por sobre la mesa una carpeta de manila con la copia del documento prometido. Lo abro y me doy cuenta de lo gafo que he sido, pues se trataba del libro que escribió el propio José Antonio Gando Bustamante sobre el caso, editado en la Tipografía Moderna de Caracas, Este 4, número 5, según la portada. Llegan los cafés, le pongo una pizca de azúcar al mío, tomo un pequeño sorbo porque está muy caliente, todo esto sin dejar de mirar la copia que comienzo a leer, Por mi honra. El doctor Jorge Valbuena y el horroroso asesinato de Josefa Caballero, mientras Ricardo lidia con su café y me observa con curiosidad. Visto así, parece un muchacho amable, y se mueve con la seguridad de quien sabe lo que hace, y eso me gusta, pues pienso, envanecido, que me ha elegido porque cree que puedo ayudarlo de verdad, y no por llenar un requisito en un absurdo trabajo de grado, o porque alguien se lo ha impuesto sin ninguna otra razón.
―Bueno, profe ―dijo Ricardo distrayéndome de la lectura―. Primero le digo que somos un equipo de tres estudiantes, y este trabajo va a ser nuestra tesis de grado. También vamos a participar en un festival de documentales en Caracas y, además, lo tenemos negociado con varios canales de televisión para transmitirlo, y como le expliqué, nos gustaría su participación.
―Está bien ―le dije después de otro sorbo de café―, dame un par de semanas para estudiar el documento y si quieres le ponemos fecha de una vez a la grabación.
―En dos semanas, sábado, a las diez de la mañana, en la Casa de la Capitulación, ¿le parece?
―Está bien, Ricardo, no hay problema.
―Bueno, profe, le agradezco su disposición, de todas formas yo lo llamo unos días antes para confirmarle la cita de la grabación. Ahora me disculpa, pero tengo que ir al trabajo. Gracias por todo, profe, de verdad; nos vemos pronto, hasta luego.
―No te preocupes, Ricardo, nos vemos en dos semanas, pero antes dime, por favor, de dónde sacaron este libro.
―Un amigo sabía que estaba en la sección de libros raros de la Biblioteca Nacional y eso nos dio la idea del trabajo.
―¿Y cómo lo sabía tu amigo, disculpa que insista?
―Su mamá trabaja en esa sección de la biblioteca y lo había leído, y un día oyó que andábamos buscando un tema pa’ la tesis, y nos habló del libro. Pensamos que era interesante y, ya ve, aquí estamos, ¿por qué, profe?
―Por nada en especial, Ricardo, pura curiosidad de investigador.
Me di por satisfecho y se marchó apenado por tener tanta prisa, pero, en realidad, yo estaba feliz de quedarme solo, porque me moría por leer la copia del libro del juez Gando Bustamante, quien había llevado la causa del crimen de la Caballero. Pedí otro café, más agua y me zambullí de nuevo en la lectura.

En un paréntesis que hice, revisé el saldo de mi celular y aún tenía para una llamada, y como el doctor Luis Guillermo Hernández era de la misma operadora, podía explayarme un poco. ¿Cómo está, doctor?, le dije cuando atendió y sentí cierta incomodidad porque tenía tiempo que no lo visitaba, sobre todo desde que se había mudado, pero me brinqué el engorro de la situación y me dejé llevar por mi interés, «bien, bien», dijo él con desgano, «qué se te ofrece», doctor, le dije, estoy investigando sobre el asesinato de la Caballero, y quería saber si usted había leído el libro de Gando Bustamante, «no, Ernesto» dijo animándose un poco, pero por casualidad tengo una copia que me facilitó Morales Manzur porque unos muchachos de la URBE se la donaron al Archivo Histórico; si quieres te vienes esta tarde, que me voy a poner a leerla ahora mismo», gracias, doctor, nos vemos como a las seis que es cuando salgo de clases, ¿está bien a esa hora?, y él que sí, que estaba bien, que me esperaba.
Me acabo el otro café y pido más. La mesonera bonita, la rompecorazones, ya no está, ahora me atiende un muchacho todo vestido de negro, un patibulario, que transpiraba un olor agudo a varillitas de incienso, que tiene pircings en la nariz, en la lengua y en una de las orejas y, por si fuera poco, lleva el pelo azul y rojo, peinado a lo punk. Miro otra vez la portada de la copia y se me sale un gesto de contrariedad, el indeseable mesonero cree que es con él y me pregunta, molesto, si está malo el café; yo le digo que está bien, que no se preocupe, que estaba pensando en otra cosa. Elucubraba, como dije, en lo pendejo que he sido, porque esta copia la han sacado de la Biblioteca Nacional, de la sección de libros raros, y a mi jamás se me había ocurrido echarle un vistazo a ese sitio, por lo menos para buscar información sobre este caso, tremendo desliz para alguien que tiene tiempo metido en este negocio, y estos chamos, que no son del ramo, me han dado una lección elemental de investigación histórica y, para colmo de males, yo había visto la referencia del texto en el libro de Matos Romero, así que no tengo perdón de Dios

Es medio día y por fin terminé de leer el documento, incluyendo las ciento treinta cartas, que están anexas, de los figurones de la época que dan fe de la buena conducta del juez Gando Bustamante; y he logrado reconocer a unos pocos. Le hago una señal al mesonero patibulario y le pido el menú ejecutivo y un guayoyo sin azúcar. Pienso en todo lo que he leído y sé que tengo material, de sobra, para una novela. Decido leerlo de nuevo, pero ahora tomando notas en una libretita que tiene la portada del cuento En el lago de Adriano González León, que publicó la Católica Cecilio Acosta. Pienso: ¿Pero cómo ordeno estas anotaciones para no enredarme?, pues primero lo primero, coño, una especie de cuadro cronológico, después una ficha de cada personaje, las relaciones entre ellos, y un balance de los acontecimientos de ese año. Luego veremos.
La cronología iba tomando cuerpo, cuando me interrumpió el repulsivo mesonero patibulario para dejarme el almuerzo. Le agradecí con una sonrisa fría, más bien una mueca, y él me hizo otra igual o peor, lo que confirmó que yo le caía tan mal como él a mi. Y me pregunto: ¿por qué será que no nos rodamos? Al menos el muchacho no se me parece a la Patri, y si lo medito, tampoco me ha hecho nada malo. ¿Será que sólo lo he juzgado por su apariencia y él lo sospecha, lo sabe? Si es así, el carajo lo que está es a la defensiva, evitando que lo agreda de alguna forma, y todo por ser distinto a mi. Seguramente tiene que calarse humillaciones todo el bendito día, y eso debe mantenerlo arrecho porque, la verdad, con esa pinta es imposible que pase desapercibido, pero bueno, si es lo que quiere, hay que respetárselo, y si pa’ remate va a seguir aquí de mesonero, pues es mejor que saquemos las banderitas blancas. Ahora, la vaina es quién la saca de primero ―me río y digo―: ya veremos. Finalmente engullí la comida y salí esmollejado a la facultad a dar mi clase de la dos y cinco, en un salón repleto de muchachos y sin aire acondicionado. Y sin aumento de sueldo desde hace cinco años. Ya esto no es un trabajo, sino un sacerdocio, una inmolación por amor a la juventud, a la vida y para mantener la pax deorum a como de lugar

Maracaibo, setiembre 26 de 1891
Heraclio Ramos prendió un tabaco y se paró en la puerta de la Estación de Policía. Los quince toques de campana de la hora de queda ya habían retumbado. El teatro Baralt quedó íngrimo después de la presentación del grupo Los tres bemoles, unos locuaces instrumentistas de botellas, copas y macarrones. Estaba tomándose su tiempo antes de salir de ronda con los gendarmes. La verdad, manguareaba para darles unos minutos extras a los fiesteros, a fin de cuenta era sábado y eso de andar de aguafiestas, de rompegrupo, cortándole la diversión a los demás, no era muy agradable que se diga, pero bueno, desde que lo nombraron Jefe Civil del Distrito no le quedó más remedio que hacer ese papelón.
Soltó una bocanada de humo y le pareció ver que de la casa contigua al Palacio de Gobierno, salió un coche a toda prisa. A pesar de lo cerca que estaba, a unas veinte varas, no pudo ver al auriga que lo llevaba. Refunfuñó para sus adentros, a esa hora nadie debería andar por la calle, pero quizás el conductor o el pasajero era el señor Juez Superior de la Corte Suprema de Justicia del Estado Zulia, o alguno de sus familiares o amigos, así que estaba de más intentar detenerlo. Sin embargo, concluyó molesto y aliviado, que si las autoridades no daban el ejemplo, cómo se podía reclamar después a los mortales, a los vasallos. Soltó una bocanada más grande y los ojos le centellaron. Ahora pensaba que no había visto salir a Josefa Caballero de la casa del señor Juez Superior, don Jorge Valbuena. La vio llegar a la hora del Santo Rosario, mas no se percató de su salida a la hora de la seña de los rezos por las pobres almas aboyadas en el purgatorio. Para eso era que se plantaba allí horas y horas, coño, esa muchacha lo traía de rollete hacía unos cuantos meses, desde que la vio por primera vez, el día que le notificaron la muerte del niño Garbiras, el nietecito del señor Juez que venía enfermo de tiempo atrás y que Josefa cuidaba como si fuera su madre, es verdad que le pagaban por hacerlo, pero quiso al bebecito desde que se lo confiaron, y como ella siempre había deseado un hijo, pues se le dio que aquello era como un ensayo, una prueba para saber qué tan buena madre podría ser en un futuro ojalá que no muy lejano, pensaba mientras cargaba al muchachito para dormirlo, con paciencia, porque la tos lo traía muy mal. El caso fue que la hora de rogar por las ánimas atascadas en el purgatorio pasó volando, y el señor Jefe Civil del Distrito no la vio salir. Se consternó por su descuido, «te me fuiste, Josefa, y no te vi pasar, será mañana», pensó, apesadumbrado, despechado.

El carruaje giró a la derecha y pasó frente al teatro Baralt, en dirección a San Juan de Dios. Iba rápido, para librarse del alcance de las farolas eléctricas. Las dos yeguas que arrastraban el carruaje, sintiendo el acoso del látigo, relinchaban furiosas porque las obligaban a galopar tan fuerte como le dieran las patas, pero el ruido de las ruedas, primero sobre los adoquines, luego sobre la tierra petrificada, era insoportable para sus pasajeros y delataba su presencia por donde pasaban.

Apretó los ojos y chupó el tabaco con todas sus ganas. Imaginó a Josefa frente a él vestida de blanco, su piel morena y firme, dura, lisa. Sus ojos asiáticos y negros, tan negros como su cabello abundante, largo, lacio, maniáticamente peinado y brillante.

Las bestias relincharon, sincronizadas, bajo los zurriagazos del atolondrado conductor. Las ruedas del carruaje saltaron, aparatosamente, encima de una piedra que los sorprendió medio a medio de la polvorienta calle. En el interior del coche, tanto el pasajero como la incómoda carga, quedaron suspendidos en el aire unos segundos antes de estrellarse contra el cojín y el piso. En adelante, el camino fue pedregoso y hacía temblar el carruaje con la fuerza de un terremoto. Pero el pasajero no podía chistar, él mismo había dado la orden de ir lo más rápido posible.
Esa vez que Josefa se posó en su cara, recuerda el Jefe Ramos, entre la humazón del tabaco, era cuatro de setiembre, apenas veintidós días atrás, pero ya le parecía una eternidad. Estaban en el teatro Baralt, la compañía de Enrique Terradas daba Los pobres de Madrid y Los huérfanos de Barcelona. Josefa estaba cuchichando con la joven María Luisa Losada, ¿de qué?, pues sabrán Dios y ellas. Ahí las vio él, alegres, risueñas, hermosas e indiferentes hacia él, como si no existiera. Fue María Luisa quien le echó una mirada furtiva o, al menos a él le pareció así; pero Josefa nada que ver con él. Entonces, cogió aire, se les acercó y las saludó con su galantería otoñal. Ella le sonrió por mera educación y la grabó en su mente como si fuera un lienzo de grandes dimensiones, «Heraclio Ramos, señorita, para servirle», le dijo haciendo una reverencia, «¿no me recuerda, verdad?» añadió para prolongar unos segundos la agonía del abordaje, «soy el Jefe Civil del Distrito, nos conocimos el día que me notificaron la muerte del niño de don Felipe Garbiras». El rostro de Josefa se ensombreció y Ramos supo, con amargura, que había metido la pata hasta el fondo: «disculpe por recordarle un momento tan triste, con su permiso señorita», dijo con torpeza y congestionado por la vergüenza, hizo otra reverencia, ahora mecánica, atropellada y salió del teatro maldiciendo tanta estupidez y malos modales.


A pesar de lo escondida que está, no me costó mucho dar con la nueva casa del doctor Hernández. Un poco rara para ser sincero. La entrada, por ejemplo, parece un castillo medieval, porque hay que cruzar un puentecito de tablas para llegar a la puerta de la cerca. Supuse que aguantaba el peso de la camioneta porque vi el Dart del doctor en el garage, pero tuve mis dudas, así que resolví dejar la camioneta en la acera de en frente, rogándole al Sagrado Corazón conseguirla al salir. Me recibió el sobrino y me llevó hasta el estudio.
―¿Cómo se siente, doctor? ―le dije tratando de lucir afable. Y él, con los lentes puestos, de franelilla y una toalla a la cintura, haciéndole de falda escocesa o hawayana, me dijo que a pesar de todo, bien, porque lo iban a operar de los ojos y luego de la próstata. Me pidió que me sentara delante del escritorio y me preguntó qué cuáles eran mis impresiones del texto de Gando Bustamante.
―Le digo, doctor, que antes de hacerme cualquier conclusión, me gustaría leer el expediente. De hecho, cuando estuve en la Facultad, le pedí al profesor Francisco Mangano, que vive de cabeza en el Archivo Histórico y en el Registro Principal, que lo ubicara. No debe ser muy difícil porque, según Gando Bustamante, es muy voluminoso.
―No lo vas a conseguir ―me dijo con una seguridad aplastante.
―¿Está seguro? ­―lo interrumpí empezando a sentirme contrariado.
―Sí, Ernesto. En mil novecientos sesenta y siete, el doctor Matos Romero removió cielo, tierra y mar pa’ conseguirlo y no logró nada, pero ni siquiera un parte de novedades que mencionara el caso. Lo que se piensa es que el expediente fue sustraído del Archivo Criminal del Estado, como se llamaba originalmente.
―¿Y no habrá algún registro que indique quién lo “prestó”?
―Ni que fueran pendejos, Ernesto.
―Supongo que sospechamos de la misma persona, ¿no? ―le dije a ver qué me decía, pero no hizo ningún comentario, así que proseguí―. ¿Y en serio que Matos Romero no averiguó nada?
―Apenas recuerdo algunas cosas. Manuel estaba obsesionado con ese caso, y se gastó una buena plata pagando auxiliares que lo ayudaran a buscar en el Archivo Histórico y en el Registro Principal, que en aquellos días no era nada fácil porque no estaban tan ordenados como ahora, era cosa de locos meterse ahí, pero al final no sacó nada. Pero te voy a decir, Ernesto, que pa’ mi Manuel sí encontró algo, pero por alguna razón que desconozco, prefirió dejarlo como estaba…
―¿Por qué cree eso, doctor? ―lo interrumpí, aunque ya estaba dispuesto a comentar sus sospechas.
―Te digo esto, Ernesto, porque Manuel pudo conversar, en 1931, con un señor de apellido Alaña, que se decía muy amigo de Crespo, que fue el cochero que anduvo ese día, y parece que otros más, con Gando Bustamante, ¿recuerdas a Crespo, ¿no?, lo menciona el libro del juez.
―¡Claro! ―le respondí con los pelos de punta, y con una agilidad inédita en matemática, porque saqué cuentas volando: de 1891 a 1931 solo hay cuarenta años, así que es perfectamente posible ese encuentro, además, el doctor Manuel Matos Romero es un hombre conocido por su vocación de cronista y de una cultura bastante sólida, lo cual significa que es una fuente a la que se puede dar crédito, aunque esto no quiere decir que sea infalible, pero por lo menos sirve de referencia.
―Bueno, entiendo que esa conversación fue en el bufete del abogado Ramiro Parra, en la calle Carabobo, y desde esa fecha Manuel se dedicó, infructuosamente, a buscar más información, pero como ves, él afirmó que no consiguió nada. Y te digo que la versión de ese cochero coincide con la de Gando Bustamante, claro, es lógico que sea así, porque Crespo lo escuchó fue a él.
―Vamos, doctor, usted debe saber más ―le dije cuando hizo silencio. Se le veía en los ojos que los pensamientos le hervían en la cabeza. Me miró, quizás molesto, y se paró. Le dio por acomodar unos libros que estaban regados por el estudio. Yo sabía que si insistía podía conseguir que hablara, así que volví a preguntarle, como quien no quiere la cosa, disfrazando las dudas, simulando que pensaba en voz alta con la intención de que él agregara o corrigiera mis cavilaciones:
―Matos Romero comienza a investigar en 1931, recién llegado de Italia. Viene con ínfulas de ser un hombre de mundo, culto, y tiene apenas veinticinco años, ¿no? ―el doctor Luis Guillermo asiente con la cabeza, en silencio, mientras acomoda libros en los entrepaños de la biblioteca, y sin dejar de mirarme de soslayo―, pero también quiere que se le reconozca como escritor, historiador, antropólogo, etcétera, etcétera, y ve que el caso de la Caballero, que es uno de los mitos de la ciudad, se presta para sus fines. Comienza a investigar hasta que averigua algo que lo paraliza, o alguien que lo detiene, no sé ―el doctor Luis Guillermo asiente de nuevo, sin decir nada, los libros se han acabado y ahora no tiene qué hacer con las manos, se sienta en un sillón un poco desvencijado y hace un gesto con el que entiendo que va a seguir escuchándome―. ¿Qué debo buscar, entonces? ―le pregunto, la frase me sale áspera, violenta, y él no tiene ninguna posibilidad de evadirme, yo lo siento así, él lo sabe y lo acepta a regañadientes―. Por lo que usted me ha contado otras veces de Matos Romero, pienso que es del tipo de hombres que no se amilana por amenazas, tampoco es de los que se les puede sobornar, tiene que ser algo muy por encima de él, que escapaba a su control, doctor, ¿pero qué? ―dije poniéndome de pie, rascándome la coronilla. Tomé un ejemplar del Diccionario General del Zulia y busqué la ficha de Matos Romero, Manuel. La voy leyendo arrastrando el dedo índice de línea en línea, mientras el doctor Luis Guillermo espera con desazón. Me detengo, de improviso, y leo en voz alta―: Maestro masón, caballero Rosa Cruz y caballero Kadosch de la Orden Francmasónica Universal, iniciado en 1926 en la Logia Carabobo 69 de Maracaibo y Miembro Fundador de la Sociedad Espirita de Maracaibo en 1923 ―miro al doctor aguardando cualquier señal que me indique si la cosa es por ahí, pero está inmutable, como si no fuera con él. De pronto, hace una mueca con la boca, me mira, se para y vuelve al escritorio. Yo me siento otra vez frente a él, sigo esperando, tengo un pálpito gigantesco, mollejúo, y ahora sí tengo la certeza de que va a soltar prenda…
―El doctor Jorge Valbuena también fue masón ―disparó a quemarropa y añadió―: Es todo lo que te voy a decir, Ernesto, porque eres capaz de publicar cualquier disparate que se te ocurra, y aprovecho pa’ decírtelo de una vez, porque la verdad es que eso siempre me ha preocupado, hacéis especulaciones muy atrevidas sin poder demostrarlo, sin documentos…
―¿Y usted cree, doctor, que la verdad la van a escribir en un documento? Si de algo estoy seguro, es que la mayoría de los documentos, pa’ no decir que todos, mienten, dígame sin son políticos o judiciales. Estamos construyendo nuestra historia guiándonos por documentos y no por el sentido común, que es, en mi humilde criterio, más importante, pero es que ni siquiera practican la crítica histórica, que es, supuestamente, el método de los historiadores. Qué va, doctor, los documentos son elegidos según convengan. Mire, si usted quiere encontrar la verdad, pues no tiene más remedio que la especulación, la intuición, quien piense que puede demostrar un hecho histórico está jodío de la cabeza. Yo voy a intentar explicar lo que pasó, pero no me pida que lo demuestre, coño, porque esa vaina es imposible, eso sería regresar a un positivismo primitivo, de la época de Comte, por lo menos…
―Yo sé que es así, Ernesto; no se trata de eso nada más; es que tú usas hasta los nombres verdaderos y, bueno, terminas hiriendo susceptibilidades.
―Si se trata de decir la “verdad”, no voy a comenzar por cambiar los nombres, esa vaina le quita sabor al guiso, doctor, y la gente termina por no entender un carajo y uno pierde el esfuerzo.
―Si vas a usar los nombres reales en el relato de la Caballero tienes que tener mucho cuidado, al menos en la manera en que vas a decir las cosas; en todo caso, remite todas las acusaciones a Gando Bustamante, como él hace los señalamientos en su libro, bueno, ahí tienes el documento que te respalda ―insistió el doctor Luis Guillermo, pero yo estaba pensando en lo que acababa de leer en su diccionario.
―Sabe, doctor, estoy pensando en que Matos Romero pudo conocer al doctor Valbuena, a lo mejor estaba muy anciano, o quizás había muerto hacía poco, o simplemente los masones protegieron la memoria de uno de sus miembros. Y Valbuena debió ser muy importante, para ellos, dada su fortuna y su condición de Juez de la Corte Suprema. Oiga, doctor, este asunto de los masones me ha hecho recordar una entrevista que le hice a un viejito de la calle Pichincha, que fue vecino de Agustín Baralt, el periodista que asesinaron en 1939, ¿se acuerda? ―tambien le pregunté al doctor Luis Guillermo si conocía al profesor Antonio Soto, testigo de ese encuentro, acoté de pronto, y me dijo que sí―, bien, este viejito, le digo, me dejó entumecido. Cuenta que en el velorio de Agustín Baralt, y en los días del novenario, este viejito era un niño entonces, escuchó que los mayores, los allegados al difunto, sospechaban que el asesino era el doctor Jesús Enrique Lossada porque eran furibundos enemigos. Baralt estaba ligado a los curas y a la derecha, y Lossada era anticlerical, de izquierda y masón y, por esos días, Agustín Baralt acaba de descubrir que Lossada era hijo de un cura, porque muy poca gente lo sabía entonces, y eso, pensaba Baralt, explicaba la aversión a las sotanas, así que lo publicó en su diario El Debate, pero al tiempo lo mataron y como Lossada era masón, además, pues a éstos lo relacionó la gente con el crimen. Ahora, doctor, cómo pruebo una verga así, ¿me entiende? Sencillamente no se puede, pero por Dios, no nos vamos a callar una cosa semejante.
―¿Vas a culpar a los masones? ¿Y si te linchan? ―dijo con una risita irónica.
―La verdad, no me interesa mucho, pero podemos sopesar la posibilidad de algún tipo de explicación esotérica, religiosa, los masones le meten a eso, ¿no?
―¿Qué estás pensando exactamente?
―A la Caballero le dieron siete puñaladas, entre la señas del Santo Rosario y las rogativas por las ánimas del purgatorio, doctor. En la práctica se puede decir que la desangraron, pudo tratarse de cierto ritual sangriento, ¿qué piensa usted?
―¿Qué tratas de decir? ¿Qué Valbuena era un vampiro?, que bebía y se bañaba en la sangre de mujeres vírgenes como la condesa Erzsébet Báthory para mantenerse joven, ¿no te parece muy jalado por los pelos?
―No ―le dije sonriendo―. Es sólo una posibilidad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sencillamente ¡excelente!