viernes, 26 de diciembre de 2008

“Soy guatemaleco, pero no lo Soy”

El lunes 17 de mayo figura ya entre las fechas más significativas de la literatura viva de Guatemala: ese día, en Barcelona, Mihály Dés, Rodrigo Fresán y Jorge Herralde presentaron El ángel literario, la nueva metaobra de Eduardo Halfon, que resultó finalista del multitudinario Premio Herralde de Novela 2003.
Por: J.L. Perdomo Orellana
Unas cuantas horas antes de sobrevolar de nuevo la zona 1 rumbo a España, este ingeniero industrial que hizo a un lado el título obtenido en Estados Unidos, retomó el hilo que no se detuvo en Esto no es una pipa, Saturno (Alfaguara) y De cabo roto (Littera Books).—¿Qué lo llevó a la ruta transitada por José Batres Montúfar, Musil y Jorge Ibargüengoitia?
Aunque tendemos a distanciarlas, literatura e ingeniería vienen a ser la misma cosa: son sistemas para comprender el mundo. El fenómeno del ingeniero convertido en escritor es muy común. Ahí también está Dostoievski. Hay un pequeño paso entre ambas profesiones. Tanto el ingeniero como el escritor tratan de ordenar lo desordenado en un mundo caótico, ya sea a través de un sistema de palabras o de números. Hay mucha afinidad. Pero no sé qué o quién me llevó a dar ese pequeño brinco. Inconformidad, supongo.
Eduardo Halfon, finalista del multitudinario Premio Herralde de Novela 2003.
—¿Ya logró "insertarse" en el desorden de esta orilla del quinto infierno?
No, todavía me siento como un extranjero. No logro encajar con ciertas nociones guatemaltecas, como la impuntualidad y el cangrejismo, por ejemplo. Sigo viendo las cosas desde afuera, como un exiliado. Soy judío pero no soy judío, soy árabe pero no soy árabe, soy guatemalteco pero no lo soy. Un escritor nunca llega a ser parte de donde vive; habita en otra parte. Yo me he mantenido al margen de todas las tradiciones nacionales. Hasta el momento no sé lo que es un fiambre: ¿cómo puede alguien así considerarse guatemalteco?
—¿Es cierto que por la zona 1 sólo pasa cuando va en avión?
Y a veces, dependiendo del viento, ni así. Pero es cierto, yo no conozco muy bien la zona 1 ni el resto del territorio del país. Vengo de un submundo guatemalteco que no pasa por esas regiones. Ni siquiera en eso encajo. Tampoco logro encajar en el mundo estadounidense o en el europeo. Nací exiliado y vivo exiliado. Es lo mismo que menciona Camus: la condición de ver desde afuera, para ser literato. Somos extranjeros y escribimos como tales.
—De la ingeniería a la literatura, ¿cuál salió ganando y cuál perdió?
En ambas también soy un extranjero. Aunque tengo el título, no me considero un ingeniero. Pero tampoco me considero un literato. Me siento como un invitado a una fiesta en la que en cualquier momento apagan la luz y quitan la música. Siento que estoy a un paso de ya no ser escritor y todo por esa condición extranjera. Soy un huésped que sabe que los expulsados del mundo de la literatura abundan. Por eso, cuando consigo obsesionarme con una idea, escribo muy de prisa, sin salir de casa y sin dormir mucho; sin hablar con nadie, porque siento que la idea se me va. También en la literatura soy un exiliado. No soy un escritor permanente, en cualquier momento me voy.
—Ibargüengoitia abandonó la Ingeniería el día que diseñó unos mingitorios que quedaron a la altura del cuello de los usuarios: ¿cuándo la abandonó usted?
Salí de la Ingeniería desde que entré. Nunca estuve contento estudiándola; continué por falta de valor, de coraje, de decisión. Se trata de un período nebuloso en el que, por falta de mejores opciones, continué en ella, pero nunca estuve realmente en esa profesión. Eso sí, mi atracción por las matemáticas continúa invicta.
—Usted, que no acostumbra dedicar sus libros, dedicó “El ángel literario” a Joe y Masha. ¿Por qué?
Ellos son mis padres. El libro trata de influencias literarias y qué mayor influencia que los padres. Ésa es una de las razones. Hay otras, pero secretas.
—Su nuevo libro tiene un epígrafe general de Oscar Wilde, que dice: “Todo retrato pintado con sentimiento es un retrato del artista, no del modelo”. ¿Por qué escogió esas líneas?
Porque es la idea que atraviesa todo el libro. Con los retratos que incluí en sus páginas, al mismo tiempo esbocé un autorretrato. Llegué a ese epígrafe de último. La novela ya estaba concluida. Esas líneas cayeron en el libro como un rayo y se incluyeron a sí mismas.
—En el capítulo II las líneas invitadas fueron de Carver: “Influencias son fuerzas, circunstancias, personalidades, irresistibles como la marea”. ¿Por qué alguien tan abstemio como usted cita a un ex borracho total?
Soy un gran admirador de Carver. Su retrato fue el primero que escribí para el libro. De él me sigue llamando la atención que su mayor influencia aceptada hayan sido sus hijos, no otros autores, no otros libros. Sus hijos. Si uno lee su obra se da cuenta que es cierto, los hijos están presentes en todo Carver. Cuenta él una escena que le sucedió en una lavandería de Iowa City, mientras secaba la ropa de sus hijos, deseando con fervor un poco de tiempo para ponerse a escribir. Es chejoviano el asunto. Partí de esas líneas para escribir todo su retrato.
—Es extraño oírle a un hijo sin hijos repetir tanto la palabra hijos...
Por el momento, no tengo la menor intención de tenerlos. Cuando los tenga, seguramente cambiará mi perspectiva de los padres. En efecto, escribo como un hijo que no tiene hijos. Sin duda, la escritura de alguien que ya los tiene es distinta. Es algo difícil a mi edad, en un país empecinado en saturar el mundo. Nada en mi vida ha sido convencional. Como tampoco fue convencional mi llegada tardía y en picado a la literatura.
—De Hemingway seleccionó: “Lo único que debes hacer es escribir una oración verdadera.”. ¿A cuento de qué?
Es un homenaje a Hemingway y a las oraciones verdaderas. A la frase corta, concisa, seca, que golpea de frente. Creo que algo tiene mi narrativa de esto. Lo único que Hemingway deseaba era escribir una oración verdadera. Por eso aparece en dos de mis libros. La génesis literaria de Hemingway se remonta a París y hasta allá lo seguí.
—¿Y la turbamulta de palabras de Asturias y García Márquez no le dice nada?
Podríamos decir que ambos vienen de Faulkner. De hecho, García Márquez lo recalcó al recibir el Nobel. La escritura de ellos es preciosa, florida, me gusta, pero me seduce más lo opuesto a ellos. La brevedad. Me gusta la obra de Asturias, pero tengo que aceptar que huyo a Asturias tanto como huyo a Guatemala. Es un misterio que prefiero dejar insondable.
—En el último capítulo no aparece ningún epígrafe. ¿Tan pronto los agotó?
En ese capítulo ya no cayó ningún rayo y el retratista se volvió su propio modelo. Ahí aparecen plasmadas mis dudas y frustraciones. Ahí no cupo ningún epígrafe porque el capítulo en sí es el epígrafe.
—No cualquiera publica en Anagrama. Con anterioridad, en su catálogo de 361 títulos sólo había sido incluido un guatemalteco. Las buenas lenguas, escasas en Guatemala, ven en “El ángel literario” un buen augurio, y autores sabios como Méndez Vides incluso lo celebran. En las pasarelas del mercado editorial, las sobrepobladas malas lenguas, por su parte, viborean acerca de una confabulación judío-masónica, un eficaz agente literario a sueldo y una amistad oportuna con Enrique Vila-Matas. ¿Qué ve en todo esto?
Por supuesto que Vila-Matas me ayudó, le pagué lo suficiente para que lo hiciera. Así funcionamos los judíos. Con pisto, no talento. Además, no sé si usted lo sabía, pero las editoriales españolas siempre prefieren que sus escritores tengan penes circuncidados. Por higiene. Ahora bien, ese rumor del agente literario sí me ofende, me duele, porque ésa no es su labor, es decir, al agente literario no le corresponde conseguir publicaciones ni ayudar al escritor, sino únicamente entorpecerlo. No entiendo esos rumores, ni voy a perder el tiempo tratando de entender el sesgado zancadillerismo aldeano, para el cual de seguro Anagrama me publicó por ser un producto exótico hecho en Guatemala. Pero sí siento respeto por la opinión literaria nacional o, al menos, parte de ella.
—En esta carrera de galgos que la majada sedicentemente literaria ha hecho de los sagrados templos de la literatura, ¿no ha empezado a sentir algo así como la soledad del corredor de fondo?
Sí, pero no importa. Mientras más pública es una obra, más a contracorriente se debe ir. Esa soledad es cierta, y cada día tengo menos ganas de pertenecer a cualquier tipo de gremio. Con todo, a esa soledad siempre tienen acceso los escasos buenos amigos. Es en esta soledad donde se les conoce mejor, como también se reconocen los mejores enemigos, esos que tiene el desplazamiento pausado de los cangrejos que siguen pernoctando en esta olla de país.
—Puesto a escoger entre los elogios, las mentadas, el silencio y la soledad del corredor de fondo, ¿con qué prefiere quedarse?
Por supuesto que me quedo con la soledad. Vivo solo, vivo lejos. Y así voy a seguir. No tengo pensado cambiar. No quiero que me inviten a cocteles ni a fiestas. Cultivo la soledad, pues la considero esencial para quien escribe. Rilke lo menciona muy claramente en sus Cartas a un joven poeta. De modo que voy a persistir en el alejamiento que me da el saberme extranjero en cualquier país del mundo.
—¿Sigue escuchando las alas del ángel? ¿Es éste más rápido que su sombra?
Sí. Es un ángel desgastante que, a veces, se vuelve demonio. Sus alas duelen. Cuando termino un libro, yo también estoy terminado, enfermo, vacío. El proceso creativo es, hasta cierto punto, una maldición. El ángel pasa, te señala y luego se va. Pero la sombra siempre queda, uno se mantiene en esa sombra, uno se queda viviendo en esa sombra porque la obra queda. Es una sombra fría, sorda, en la cual uno está condenado a vivir. Muchos no la soportan y entonces abandonan el mundo o, con suerte, sólo abandonan el mundo literario. Luego de tres libros publicados, si de algo estoy seguro es de que todos están a punto de volverse escritores. Todos tienen la palabra en la punta de la lengua. Pero todo escritor también está a punto de dejar de serlo.
—Entre las oraciones y las páginas verdaderas y los años que vendrán o no, ¿hay una línea donde lo esté esperando el autoservicio del suicidio?
El suicidio me sigue interesando mucho como tema. Siento que ese libro aún no lo he concluido, que aún hay un capítulo por narrar. De momento me reservo, sin embargo, su contenido. Creo que no hay mejor cierre que ése.

No hay comentarios: