viernes, 26 de diciembre de 2008

LOS PERSONAJES INVENCIBLES DE RODRIGO. Por Héctor Torres

A veces la literatura le regala a uno ocasiones de disfrutar de citas memorables "no documentadas", que además de no estar registradas en ninguna parte, no necesitamos escribir porque nos quedaron grabadas de forma indeleble. Una de esas afortunadas ocasiones me sucedió en una presentación de un libro, cuyo título ahora no recuerdo. En un momento del evento tropecé con Elisa Lerner, un nombre mítico (seguramente a su pesar) dentro de la literatura venezolana. Durante el breve y amable intercambio de palabras le comenté acerca de lo poco frecuente que resultaba verla en eventos de esa naturaleza. Ella me explicó que, efectivamente, asistía a pocos eventos públicos porque ellos consumían un tiempo que se debía dedicar a la literatura. Me mostré de acuerdo con su afirmación, señalando que, de hecho, la literatura exige mucho tiempo para escribir y, más importante aún, para leer. Y para pensar, acotó ella con solemnidad, necesitamos dedicar mucho tiempo a pensar. Hay que pensar mucho antes de sentarse a escribir, concluyó.
Traigo a colación esta aguda sentencia, porque es lo primero que me viene a la mente cuando pienso en los textos del título Los invencibles (Random House Mondadori), segundo libro de relatos de Rodrigo Blanco Calderón el cual, aunque fue publicado en el año 2007, se presentó hace poco más de dos meses en los Espacios Abiertos Econoinvest. Ya Rodrigo había estado dando firmes pasos en su carrera literaria al haber obtenido dos menciones consecutivas del Concurso Nacional de Cuentos de SACVEN (en las que coincidimos) y al haber sido uno de los ganadores de la primera edición del Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores con el libro Una larga fila de hombres, el cual está conformado por cinco cuentos muy limpiamente escritos entre los cuales destaca Uñas asesinas, un relato largo que narra una historia basada en los asesinatos de indigentes ocurridos hace unos cuantos años en Caracas. Este relato destaca del conjunto por su extensión y por sus guiños nada ortodoxos al género policial, y quizá por ser el que con más contundencia anunciaba al narrador de raza que se venía asomando desde aquellos textos de SACVEN.
Y no cabe duda de que Rodrigo (de seguro sin haberla escuchado y quizá hasta sin reparar en ello) concuerda con aquella aseveración de Lerner. Al menos así lo demuestran los seis relatos de Los invencibles. Además de poseer un estilo elegante y reposado, estas historias parecen el resultado de un profundo proceso de reflexión y maduración sobre los temas que abordan esas historias. Historias urbanas, intimistas, que va llevando con firmeza y paciencia sin dejar que pierdan la tensión, ni que el lector se extravíe en alguna de las características disgresiones por las que se pasean los personajes antes de desembocar en sus desenlaces. Disgresiones que, tal como operan los pensamientos, son parte integral del desarrollo de las tramas.
Otra característica de las historias que componen el volumen Los invencibles, la constituye aquella clásica máxima del cuento, que indica que en ellos no importa tanto lo que se cuenta sino cómo se cuenta, ya que son historias rodeadas de atmósferas, diálogos, reflexiones, paréntesis y minuciosos apartados, pero en los que, a diferencia de otros autores, es muy poco lo que en realidad sucede; y al referirnos a esto, nos referirnos a acontecimientos extraordinarios en sí que requieran ser registrados. En los cuentos de Los invencibles los personajes nadan en ese mar inmenso, heterogéneo y más bien patético que es la realidad, para, como bien lo señala su autor en la nota preliminar, demostrar que "la verdadera heroicidad no consiste en vencer y salvar todos los obstáculos sino [...] en ser vencido y superado por todos los obstáculos y, a pesar de todo, continuar". Es decir, en los cuentos de Los invencibles, los personajes cargan con sus derrotas cotidianas, sin sentir por ello mayor angustia que la de saber que la vida debe continuar, y que ello supone la única grandeza posible. E, incluso, cuando se tropiezan con acontecimientos inexplicables, no suelen darle mayor cabida al asombro. Es decir, en una ciudad enloquecida como Caracas, esos personajes no pueden sino resignarse a que cada acto cotidiano tiene su componente de magia, pero que esto, por inexplicable, se enumera, se comenta y se vive sin mayores aspavientos. En la ciudad donde transcurren esas historias, el misterio, lo inexplicable, las "coincidencias" se asoman, nos rozan, se anuncian, pero no están dispuestas a ser sometidas a un largo examen. Quizá porque no es necesario. O quizá porque el ojo entrenado del caraqueño ve en el movimiento más nimio un número infinito de relaciones, de circunstancias, de posibilidades, pero sabe de lo inútil del gesto de intentar explicarlo.
En los cuentos de Los invencibles la realidad se funde con esa masa compuesta por nuestros sueños, nuestros pensamientos y nuestras impresiones de la vida, dejando esa estela mágica e imprecisa que no se puede nombrar sin complicar las cosas. Cuentos con mucha fuerza, dispuestos a confundir al lector a través de caminos imprecisos y sinuosos, que tienen su final en el punto más inesperado de esa geografía que va construyendo, con paciencia y tino, Rodrigo Blanco, un autor que, aunque grave, elude atinadamente lo ampuloso, lo retórico y lo ceremonioso. Como el que sabe más de lo que dice, y se contenta con contar las cosas tal como sucedieron. Sin búsqueda de gloria ni de asombro.
Los invencibles de Blanco Calderón lo son, entonces, quizá no tanto porque sobreviven a sus derrotas, sino porque en sus vidas ya no es posible perder.

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