viernes, 26 de diciembre de 2008

A PROPÓSITO DE "UNA LARGA FILA DE HOMBRES" Y "LOS INVENCIBLES. Por Rodrigo Blanco Calderón

Borges dijo que la literatura era un sueño dirigido. Es una definición enigmática y exacta que logra describir un misterio con otro misterio. Digo esto porque sería bueno poder preguntarle al Viejo quién lo dirige y hacia dónde se prolonga ese sueño. Ante esta imposibilidad, no queda otra opción que emprender ese diálogo con los antepasados, la lectura y los anhelos, que es el que me imagino toda persona emprende cuando decide desentrañar la historia que subyace a sus propios textos.
La historia es corta pues sólo he escrito dos libros de cuentos. El primero, titulado Una larga fila de hombres, lo veo ahora como un delgado saco de papas que, al engordar, se fue transformando progresivamente en un bolso de viaje. Está conformado por cinco cuentos. Cuatro oscilan entre las diez y las veinte páginas y el último se lleva la mitad del libro. El segundo, titulado Los invencibles, lo veo más bien (quizás porque para el momento en que escribo esto está en proceso de edición) como una bomba de tiempo. Lo conforman seis cuentos con la misma variable, relativa, extensión. Hago mención al número de páginas y al género del cuento porque es lo más concreto que puedo decir sobre lo que escribo. Soy un escritor de cuentos largos. Hablar de los temas que me interesan y de la forma de tratarlos me deja el sabor extraño de las mentiras involuntarias y los recuerdos falsos.
Lo del saco de papas viene porque la acumulación y la previsión hicieron posible a Una larga fila de hombres. La comida, por más que no nos guste, es un pecado botarla y a veces el hambre sobrepasa al gusto y uno no sabe cuándo va a querer aquello que antes ha rechazado. Y la escritura, en el fondo, propicia eso: un hambre extraña, muchas veces plagada de sinsabores, que continuamente nos llama. Los textos se fueron acumulando entre los años 2001 y 2005. Algunos ratificaron su condición de insumos para otros cuentos que sólo después podría contar. Mientras que otros, maceración del tiempo y de la corrección mediante, se transformaron en objetos y rastros de otras vidas, muy parecidas a la mía, que me brindaban, sin embargo, la emoción del viaje.
Con más miedo y más voluntad (las contradicciones no hacen sino proliferar) me dispuse a la escritura de Los invencibles. Este segundo libro sólo adquirió una orientación definitiva después de escribir el primero de sus relatos, que le da el título al conjunto. A partir de allí, la idea de narrar una serie de victorias pírricas y de héroes derrotados me fue ganando. El azar estuvo de acuerdo y así, entre la intuición y la sorpresa, entre lo que se busca y lo que se encuentra, se acumularon nuevas historias. Esta vez en un período de dos años. Al leer las pruebas de este libro he vuelto a escuchar, una y otra vez, la frase de Borges. Y al escuchar la frase de Borges me he vuelto a preguntar, una y otra vez, quién dirige el sueño de la literatura y hacia dónde.
No se trata (¿hará falta decirlo?) de una absurda comparación con Borges. Tampoco de repetir el síntoma manido de “la independencia absoluta que cobran los personajes”, con el que muchos escritores, haciendo gala de una inconsciente hipocondría narrativa, exaltan sus obras, cuando en realidad buscan excusas para tapar ciertas carencias. Se trata de lo imprevisible que anida en la lectura de todo texto y, más aun, en la que hace un escritor (sea poeta, novelista, cuentista) de su propio trabajo. Esa que nos revela, como le sucede al soñador de “Las ruinas circulares”, que nosotros también estamos siendo soñados.
Y así, sin habérmelo propuesto, me doy cuenta de que varios de los relatos los he situado en el contexto de dramáticas situaciones de la reciente historia política de Venezuela. Como si en el proceso mismo de soñar esas historias, alguien más, nacido en la fisura que va del pensamiento al lenguaje, hubiera aprovechado de soñar y restituir episodios de la vida de un país que ha sido condenado, con disciplina militar, al insomnio de la violencia, la alarma y el miedo.

(Una larga fila de hombres, Monteávila Editores, 2005)
(Los invencibles, Random House Mondadori, 2007)

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