domingo, 23 de agosto de 2009

Lolita. Por Vladimir Nabokov

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Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.
¿Tuvo Lolita una precursora? Por cierto que la tuvo. En verdad, Lolita no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra... «En un principado junto al mar.» ¿Cuándo? Tantos años antes de que naciera Lolita como tenía yo ese verano. Siempre puede uno contar con un asesino para una prosa fantástica.
Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que envidiaron los serafines de Poe, los errados, simples serafines de nobles alas. Mirad esta maraña de espinas.




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Nací en París en 1910. Mi padre era una persona suave, de trato fácil, una ensalada de orígenes raciales: ciudadano suizo de ascendencia francesa y austríaca, con una corriente del Danubio en las venas. Revisaré en un minuto algunas encantadoras postales de brillo azulino. Poseía un lujoso hotel en la Riviera. Su padre y sus dos abuelos habían vendido vino, alhajas y seda, respectivamente. A los treinta años se casó con una muchacha inglesa, hija de Jerome Dunn, el alpinista, y nieta de los párrocos de Dorset, expertos en temas oscuros: paleopedología y arpas eólicas. Mi madre, muy fotogénica, murió a causa de un absurdo accidente (un rayo durante un pic-nic) cuando tenía yo tres años, y salvo una zona de tibieza en el pasado más impenetrable, nada subsiste de ella en las hondonadas y valles del recuerdo sobre los cuales, si aún pueden ustedes sobrellevar mi estilo (escribo bajo vigilancia), se puso el sol de mi infancia: sin duda todos ustedes conocen esos fragantes resabios de días suspendidos, como moscas minúsculas, en torno de algún seto en flor o súbitamente invadido y atravesado por las trepadoras, al pie de una colina, en la penumbra estival: sedosa tibieza, dorados moscardones.
La hermana mayor de mi madre, Sybil, casada con un primo de mi padre que le abandonó, servía en mi ámbito familiar como gobernanta gratuita y ama de llaves. Alguien me dijo después que estuvo enamorada de mi padre y que él, livianamente, sacó provecho de tal sentimiento en un día lluvioso, para olvidar la cosa cuando el tiempo aclaró. Yo le tenía mucho cariño, a pesar de la rigidez –la rigidez fatal– de algunas de sus normas. Quizá lo que ella deseaba era hacer de mí, en la plenitud del tiempo, un viudo mejor que mi padre. Mi Sybil tenía los ojos azules, ribeteados de rojo, y la piel como de cera. Era poéticamente supersticiosa. Decía que estaba segura de morir no bien cumpliera yo dieciséis y así fue. Su marido, un gran traficante de perfumes, pasó la mayor parte del tiempo en Norteamérica, donde acabó fundando una compañía que adquirió bienes raíces.
Crecí como un niño feliz, saludable, en un mundo brillante de libros ilustrados, arena limpia, naranjos, perros amistosos, paisajes marítimos y rostros sonrientes. En torno a mí, la espléndida mansión Mirana giraba como una especie de universo privado, un cosmos blanqueado dentro del otro más vasto y azul que resplandecía fuera de él. Desde la fregona de delantal hasta el potentado de franela, todos gustaban de mí, todos me mimaban. Maduras damas norteamericanas se apoyaban en sus bastones y se inclinaban hacia mí como torres de Pisa. Princesas rusas arruinadas que no podían pagar a mi padre me compraban bombones caros. Y él, mon cher petit papa, me sacaba a navegar y a pasear en bicicleta, me enseñaba a nadar y a zambullirme y a esquiar en el agua, me leía Don Quijote y Les Misérables y yo lo adoraba y lo respetaba y me enorgullecía de él cuando llegaban a mí las discusiones de los criados sobre sus varias amigas, seres hermosos y afectuosos que me festejaban mucho y vertían preciosas lágrimas sobre mi alegre orfandad.Asistía a una escuela diurna inglesa a pocas millas de Mirana; allí jugaba al tenis y a la pelota, obtenía excelentes calificaciones y estaba en términos perfectos con mis compañeros y profesores. Los únicos acontecimientos definitivamente sexuales que recuerdo antes de que cumpliera trece años (o sea antes de que viera por primera vez a mi pequeña Annabel) fueron una conversación solemne, decorosa y puramente teórica sobre las sorpresas de la pubertad, sostenida en el rosal de la escuela con un alumno norteamericano, hijo de una actriz cinematográfica por entonces muy celebrada y a la cual veía muy rara vez en el mundo tridimensional, y ciertas interesantes reacciones de mi organismo ante determinadas fotografías, nácar y sombras, con hendiduras infinitamente suaves, en el suntuoso La Beauté Humaine, de Pichon, que había hurtado de debajo de una pila de Graphics encuadernados en papel jaspeado, en la biblioteca de la mansión. Después, con su estilo deliciosamente afable, mi padre me suministró toda la información que consideró necesaria sobre el sexo; eso fue justo antes de enviarme, en el otoño de 1923, a un lycée de Lyon (donde habríamos de pasar tres inviernos); pero, ay, en el verano de ese año mi padre recorría Italia con Madame de R. y su hija, y yo no tenía a nadie con quien consolarme, a nadie a quien consultar.




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Como yo, Annabel era de origen híbrido: medio inglesa, medio holandesa. Hoy recuerdo sus rasgos con nitidez mucho menor que hace pocos años, antes de conocer a Lolita. Hay dos clases de memoria visual: con una, recreamos diestramente una imagen en el laboratorio de nuestra mente con los ojos abiertos (y así veo a Annabel, en términos generales tales como «piel color de miel», «brazos delgados», «pelo castaño y corto», «pestañas largas», «boca grande, brillante»); con la otra, evocamos instantáneamente con los ojos cerrados, en la oscura intimidad de los párpados, el objetivo, réplica absolutamente óptica de un rostro amado, un diminuto espectro de colores naturales (y así veo a Lolita).
Permítaseme, pues, que al describir a Annabel me limite decorosamente a decir que era una niña encantadora, pocos meses menor que yo. Sus padres eran viejos amigos de mi tía y tan rígidos como ella. Habían alquilado una villa no lejos de Mirana. Calvo y moreno el señor Leigh, gruesa y empolvada la señora de Leigh (de soltera, Vanessa van Ness). ¡Cómo la detestaba! Al principio, Annabel y yo hablábamos de temas periféricos. Ella recogía puñados de fina arena y la dejaba escurrirse entre sus dedos. Nuestras mentes estaban afinadas según el común de los pre-adolescentes europeos inteligentes de nuestro tiempo y nuestra generación, y dudo mucho que pudiera atribuirse a nuestro genio individual el interés por la pluralidad de mundos habitados, los partidos de tenis, el infinito, el solipsismo, etcétera. La blandura y fragilidad de los cachorros nos producía el mismo, intenso dolor. Annabel quería ser enfermera en algún país asiático donde hubiera hambre; yo, ser un espía famoso.
Nos enamoramos simultáneamente, de una manera frenética, impúdica, agonizante. Y desesperada, debería agregar, porque este arrebato de mutua posesión sólo se habría saciado si cada uno se hubiera embebido y saturado realmente de cada partícula del alma y el corazón del otro; pero ahí nos quedábamos ambos, incapaces hasta de encontrar esas oportunidades de juntarnos que habrían sido tan fáciles para los chicos callejeros. Después de un enloquecido intento de encontrarnos cierta noche, en el jardín de Annabel (más adelante hablaré de ello), la única intimidad que se nos permitió fue la de permanecer fuera del alcance del oído, pero no de la vista, en la parte populosa de la plage. Allí, en la muelle arena, a pocos metros de nuestros mayores, nos quedábamos tendidos la mañana entera, en un petrificado paroxismo, y aprovechábamos cada bendita grieta abierta en el espacio y el tiempo; su mano, medio oculta en la arena, se deslizaba hacia mí, sus bellos dedos morenos se acercaban cada vez más, como en sueños; entonces su rodilla opalina iniciaba una cautelosa travesía; a veces, una providencial muralla construida por los niños nos garantizaba amparo suficiente para rozarnos los labios salados; esos contactos incompletos producían en nuestros cuerpos jóvenes, sanos e inexpertos, un estado de exasperación tal, que ni aun el agua fría y azul, bajo la cual nos aferrábamos, podía aliviar.Entre algunos tesoros perdidos durante los vagabundeos de mi edad adulta, había una instantánea tomada por mi tía que mostraba a Annabel, sus padres y cierto doctor Cooper, un caballero serio, maduro y cojo que ese mismo verano cortejaba a mi tía, agrupados en torno a una mesa de un café sobre la acera. Annabel no salió bien, sorprendida mientras se inclinaba sobre el chocolat glacé; sus delgados hombros desnudos y la raya de su pelo era lo único que podía identificarse (tal como recuerdo aquella fotografía) en la soleada bruma donde se diluyó su perdido encanto. Pero yo, sentado a cierta distancia del resto, salí con una especie de dramático realce: un jovencito triste, ceñudo, con una camisa oscura de deporte y pantalones cortos de excelente hechura, las piernas cruzadas mostrando el perfil, la mirada perdida. Esta fotografía se tomó el último día de nuestro verano fatal y pocos minutos antes de que hiciéramos nuestro segundo y último intento para torcer el destino. Con el más baladí de los pretextos (ésa era nuestra última oportunidad y ninguna otra cosa importaba de veras) escapamos del café a la playa, donde encontramos una extensión de arena solitaria, y allí, en la sombra violeta de unas rocas rojas que formaban como una caverna, tuvimos un breve encuentro, con un par de anteojos negros perdidos como únicos testigos. Yo estaba de rodillas y a punto de besar a mi amada, cuando dos bañistas barbudos, un viejo lobo de mar y su hermano, aparecieron de entre las aguas con exclamaciones de aliento. Cuatro meses después, Annabel murió de tifus en Corfú.




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Repaso una y otra vez esos míseros recuerdos y me pregunto si fue entonces, en el resplandor de aquel verano remoto, cuando empezó a hendirse mi vida. ¿O mi desmedido deseo por esa niña no fue sino la primera muestra de una singularidad inherente? Cuando procuro analizar mis propios anhelos, motivaciones y actos, me rindo ante una especie de imaginación retrospectiva que atiborra la facultad analítica que con infinitas alternativas bifurca incesantemente cada rumbo visualizado en la perspectiva enloquecedoramente compleja de mi pasado. Estoy persuadido, sin embargo, de que en cierto modo fatal y mágico, Lolita empezó con Annabel.
Sé también que la conmoción producida por la muerte de Annabel consolidó la frustración de ese verano de pesadilla y la convirtió en un obstáculo permanente para cualquier romance ulterior, a través de los fríos años de mi juventud. Lo espiritual y lo físico se habían fundido en nosotros con perfección tal que no puede sino resultar incomprensible para los jovenzuelos materialistas, rudos y de mentes uniformes, típicos de nuestro tiempo. Mucho después de su muerte sentía que sus pensamientos flotaban en torno a los míos. Antes de conocernos ya habíamos tenido los mismos sueños. Comparamos anotaciones. Encontramos extrañas afinidades. En el mismo mes de junio del mismo año (1919), un canario perdido había revoloteado en su casa y la mía, en dos países vastamente alejados. ¡Ah, Lolita, si tú me hubieras querido así!
He reservado para el desenlace de mi fase «Annabel» el relato de nuestra cita infructuosa. Una noche, Annabel se las compuso para burlar la viciosa vigilancia de su familia. Bajo un macizo de mimosas nerviosas y esbeltas, al fondo de su villa, encontramos amparo en las ruinas de un muro bajo, de piedra. A través de la oscuridad y los árboles tiernos, veíamos arabescos de ventanas iluminadas que, retocadas por las tintas de colores del recuerdo sensible, se me aparecen hoy como naipes –acaso porque una partida de bridge mantenía ocupado al enemigo–. Ella tembló y se crispó cuando le besé el ángulo de los labios abiertos y el lóbulo caliente de la oreja. Un racimo de estrellas brillaba plácidamente sobre nosotros, entre siluetas de largas hojas delgadas; ese cielo vibrante parecía tan desnudo como ella bajo su vestido liviano. Vi su rostro contra el cielo, extrañamente nítido, como si emitiera una tenue irradiación. Sus piernas, sus adorables piernas vivientes, no estaban muy juntas y cuando localicé lo que buscaba, sus rasgos infantiles adquirieron una expresión soñadora y atemorizada. Estaba sentada algo más arriba que yo, y cada vez que en su solitario éxtasis se abandonaba al impulso de besarme, inclinaba la cabeza con un movimiento muelle, letárgico, como de vertiente, que era casi lúgubre, y sus rodillas desnudas apretaban mi mano para soltarla de nuevo; y su boca temblorosa, crispada por la actitud de alguna misteriosa pócima, se acercaba a mi rostro con intensa aspiración. Procuraba aliviar el dolor del anhelo restregando ásperamente sus labios secos contra los míos; después mi amada se echaba atrás con una sacudida nerviosa de la cabeza, para volver a acercarse oscuramente, alimentándome con su boca abierta; mientras, con una generosidad pronta a ofrecérselo todo, yo le hacía tomar el cetro de mi pasión.Recuerdo el perfume de ciertos polvos de tocador –creo que se los había robado a la doncella española de su madre–: un olor a almizcle dulzón. Se mezcló con su propio olor a bizcocho y súbitamente mis sentidos se enturbiaron. La repentina agitación de un arbusto cercano impidió que desbordaran, y mientras ambos nos apartábamos, esperando con un dolor en las venas lo que quizá no fuera sino un gato vagabundo, llegó de la casa la voz de su madre que la llamaba –con frenesí que iba en aumento– y el doctor Cooper apareció cojeando gravemente en el jardín. Pero ese macizo de mimosas, el racimo de estrellas, la comezón, la llama, el néctar y el dolor quedaron en mí, y a partir de entonces ella me hechizó, hasta que, al fin, veinticuatro años después, rompí el hechizo encarnándola en otra.




5



Cuando me vuelvo para mirarlos, los días de mi juventud parecen huir de mí en una ráfaga de pálidos deshechos reiterados, como esas tempestades matinales de nieve en que el pasajero de tren ve remolinear papel de seda ajado tras el último vagón. Durante mis relaciones sanitarias con mujeres, yo era práctico, irónico, enérgico. Mientras fui estudiante, en Londres y París, las mujeres pagadas me bastaron. Mis estudios eran minuciosos e intensos, aunque no particularmente fructíferos. Al principio proyecté graduarme en psiquiatría, como hacen muchos talentos manqués. Pero ni para esto servía: un extraño agotamiento me atenazaba («Doctor, me siento tan oprimido...»). Y viré hacia la literatura inglesa, donde tantos poetas frustrados acababan como profesores vestidos de tweed con la pipa en los labios. París me sentaba de maravilla. Discutía películas soviéticas con expatriados. Me codeaba con uranistas en Deux Magots. Publicaba tortuosos ensayos en diarios oscuros. Componía pastiches:

... Poco me importa
que Fräulein von Kulp
pueda volverse,
la mano sobre la puerta;
a nadie he de seguir, ni a Fresca,
ni a Gaviota.

Los seis o siete entendidos que leyeron mi artículo: «El tema proustiano en una carta de Keats a Benjamín Bailey», rieron entre dientes. Inicié una Histoire abrégée de la poésie anglaise por cuenta de una importante editorial y después empecé a compilar ese manual de literatura francesa para estudiantes de habla inglesa (con comparaciones tomadas de las letras inglesas) que habría de ocuparme durante la década del cuarenta y cuyo último volumen estaba casi listo para la imprenta por la época de mi arresto.
Encontré trabajo; enseñaba inglés a un grupo de adultos en Auteuil. Después, una escuela de varones me empleó durante un par de inviernos. De vez en cuando, aprovechaba las relaciones que había hecho con sociólogos y psicólogos para visitar en su compañía varias instituciones, tales como orfanatos y reformatorios, donde podían contemplarse pálidas jóvenes pubescentes, de pestañas gruesas, con una impunidad perfecta como la que nos está asegurada en sueños.
Ahora creo llegado el momento de presentar al lector algunas consideraciones de orden general. Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca); propongo llamar «nínfulas» a esas criaturas escogidas.
Se advertirá que reemplazo términos espaciales por temporales. En realidad, querría que el lector considerara los «nueve» y los «catorce» como los límites –playas espejeantes, rocas rosadas– de una isla encantada, habitada por esas nínfulas mías y rodeada por un mar vasto y brumoso. Entre esos límites temporales, ¿son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. De lo contrario, quienes supiéramos el secreto, nosotros, los viajeros solitarios, los ninfulómanos, habríamos enloquecido hace mucho tiempo. Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la vulgaridad –o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal– no daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, trastornador, insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporáneas suyas que dependen incomparablemente más del mundo espacial de fenómenos sincrónicos que de esa isla intangible de tiempo hechizado donde Lolita juega con sus semejantes. Dentro de los mismos límites temporales, el número de verdaderas nínfulas es harto inferior al de las jovenzuelas provisionalmente feas, o tan sólo agradables, o «simpáticas», o hasta «bonitas» y «atractivas», comunes, regordetas, informes, de piel fría, niñas esencialmente humanas, vientrecitos abultados y trenzas, que acaso lleguen a transformarse en mujeres de gran belleza (pienso en los toscos budines con medias negras y sombreros blancos que se convierten en deslumbrantes estrellas cinematográficas). Si pedimos a un hombre normal que elija a la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas o girl-scouts, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo (¡oh, cómo tiene uno que rebajarse y esconderse!), para reconocer de inmediato, por signos inefables –el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas de ternura me prohiben enumerar–, al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas; y allí está, no reconocida e ignorante de su fantástico poder.
Además, puesto que la idea de tiempo gravita con tan mágico influjo sobre todo ello, el estudioso no ha de sorprenderse al saber que ha de existir una brecha de varios años –nunca menos de diez, diría yo, treinta o cuarenta por lo general y tantos como cincuenta en algunos pocos casos conocidos– entre doncella y hombre para que este último pueda caer bajo el hechizo de la nínfula. Es una cuestión de ajuste focal, de cierta distancia que el ojo interior supera contrayéndose y de cierto contraste que la mente percibe con un jadeo de perverso deleite. Cuando yo era niño y ella era niña, mi pequeña Annabel no era para mí una nínfula; yo era su igual, un faunúnculo por derecho propio, en esa misma y encantada isla del tiempo; pero hoy, en septiembre de 1952, al cabo de veintinueve años, creo distinguir en ella el elfo fatal de mi vida. Nos queríamos con amor prematuro, con la violencia que a menudo destruye vidas adultas. Yo era un muchacho fuerte y sobreviví; pero el veneno estaba en la herida y la herida permaneció siempre abierta. Y pronto me encontré madurando en una civilización que permite a un hombre de veinticinco años cortejar a una muchacha de dieciséis, pero no a una niña de doce.
No es de asombrarse, pues, si mi vida adulta, durante el período europeo de mi existencia, resultó monstruosamente doble. Abiertamente, yo mantenía las relaciones llamadas normales con cierto número de mujeres terrenas, provistas de calabazas o peras como pechos; secretamente, me consumía en un horno infernal de localizada codicia por cada nínfula que encontraba y a la cual no me atrevía a acercarme, como un pusilánime respetuoso de la ley. Las hembras humanas que me era permitido utilizar no servían sino como agentes paliativos. Estoy dispuesto a creer que las sensaciones provocadas en mí por la fornicación natural, eran muy semejantes a las conocidas por los grandes machos normales ayuntados con sus grandes cónyuges normales en ese ritmo que sacude el mundo. Lo malo era que esos caballeros no habían tenido vislumbres de un deleite incomparablemente más punzante, y yo sí... La más turbia de mis poluciones era mil veces más deslumbrante que todo el adulterio imaginado por el escritor de genio más viril o por el impotente más talentoso. Mi mundo estaba escindido. Yo percibía dos sexos, y no uno; y ninguno de los dos era el mío. El anatomista los habría declarado femeninos. Pero para mí, a través del prisma de mis sentidos, eran tan diferentes como el día y la noche. Ahora puedo razonar sobre todo esto. En aquel entonces, y hasta por lo menos los treinta y cinco años, no comprendí tan claramente mis angustias. Mientras mi cuerpo sabía qué anhelaba, mi espíritu rechazaba cada clamor de mi cuerpo. De pronto me sentía avergonzado, atemorizado; de pronto tenía un optimismo febril. Los tabúes me estrangulaban. Los psicoanalistas me acunaban con seudoliberaciones y seudolíbidos. El hecho de que para mí los únicos objetos de estremecimiento amoroso fueran hermanas de Annabel, sus doncellas y damas de honor, se me aparecía como un pronóstico de demencia. En otras ocasiones me decía que todo era cuestión de actitud, que nada había de malo en sentirse así. Permítaseme recordar que en Inglaterra, durante la aprobación del Acta de Niños y Jóvenes en 1933, se definió el término «niña» como «criatura que tiene más de ocho años, pero menos de catorce» (después de lo cual, desde los catorce años hasta los diecisiete, la definición estatuida es «joven»). Por otro lado, en Massachussetts, EEUU, un «niño descarriado» es, técnicamente, un ser «entre los siete y los diecisiete años de edad» (que, además, se asocia habitualmente con personas viciosas e inmorales). Hugh Broughton, escritor polemista del reinado de Jaime I, probó que Rahab era una prostituta desde temprana edad. Esto es muy interesante y me atrevería a suponer que ya están ustedes viéndome al borde de una crisis y echando espuma por la boca. Pero no, no es así; sólo barajo encantadoras posibilidades en un mazo de naipes. Tengo algunas otras imágenes. Aquí está Virgilio, que pudo cantar a la nínfula con un tono único, pero quizá prefería otra cosa... Allí, dos de las hijas pre-núbiles del rey Akenatón y la reina Nefertiti (la pareja real tenía una progenie de seis), con muchos collares de cuentas brillantes por todo atavío, abandonadas sobre almohadones, intactas después de tres mil años, con sus suaves cuerpos morenos de cachorros, el pelo corto, los alargados ojos de ébano... Más allá, algunas novias forzadas a sentarse en el fascinum, marfil de los templos del saber clásico. El matrimonio antes de la pubertad no es raro, aun en nuestros días, en algunas provincias de la India oriental. Después de todo, Dante se enamoró perdidamente de su Beatriz cuando tenía ella nueve años, una chiquilla rutilante, pintada y encantadora, enjoyada, con un vestido carmesí... y eso era en 1274, en Florencia, durante una fiesta privada en el alegre mes de mayo. Y cuando Petrarca se enamoró locamente de su Laura, ella era una nínfula rubia de doce años que corría con el viento, con el polen, con el polvo, una flor dorada huyendo por la hermosa planicie al pie del Vaucluse.
Pero seamos decorosos y civilizados, Humbert Humbert hacía todo lo posible por ser correcto. Y lo era de veras, genuinamente. Tenía el más profundo respeto por las niñas ordinarias, con su pureza y vulnerabilidad, y bajo ninguna circunstancia habría perturbado la inocencia de una criatura de haber el menor riesgo de alboroto. Pero cómo latía su corazón cuando vislumbraba entre el montón inocente a una niña demoníaca, «enfant charmante et fourbe», de ojos turbios, labios brillantes, diez años encarcelados, no bien le demostraba uno que estaba mirándola. Así pasaba la vida. Humbert era perfectamente capaz de tener relaciones con Eva, pero suspiraba por Lilith. El desarrollo del seno aparece tempranamente después de los cambios somáticos que acompañan la pubescencia. Y el índice inmediato de maduración asequible es la aparición de pelo. Mi mazo de naipes se estremece de posibilidades... Un naufragio. Un atoll y en su soledad, la temblorosa hija de un pasajero ahogado. ¡Querida, éste es sólo un juego! Qué maravillosas eran mis aventuras imaginarias mientras permanecía sentado en el duro banco de un parque fingiendo sumergirme en un trémulo libro. Alrededor del quieto estudioso jugaban libremente las nínfulas, como si él hubiera sido una estatua familiar o parte de la sombra y el lustre de un viejo árbol. Una vez, una niña de perfecta belleza con delantal de tarlatán, apoyó con estrépito su pie pesadamente armado a mi lado, sobre el banco, para deslizar sobre mí sus delgados brazos desnudos y ajustar la correa de su patín, y yo me diluí en el sol, con mi libro como hoja de higuera, mientras sus rizos castaños caían sobre su rodilla despellejada, y la sombra de las hojas que yo compartía latía y se disolvía en su pierna radiante, junto a mi mejilla camaleónica. Otra vez, una pelirroja se asió de la correa en el subterráneo y una revelación de rubio vello axilar quedó en mi sangre durante semanas. Podría enumerar una larga serie de esas diminutas aventuras unilaterales. Muchas acababan en un intenso sabor de infierno. Ocurría, por ejemplo, que desde mi balcón distinguía una ventana iluminada a través de la calle y lo que parecía una nínfula en el acto de desvestirse ante un espejo cómplice. Así aislada, a esa distancia, la visión adquiría un sutilísimo encanto que me hacía precipitar hacia mi solitaria gratificación. Pero repentinamente, aviesamente, el tierno ejemplar de desnudez que había adorado se transformaba en el repulsivo brazo desnudo de un hombre que leía su diario a la luz de la lámpara, junto a la ventana abierta, en la noche cálida, húmeda, desesperada del verano.Saltos sobre la cuerda; rayuela. La anciana de negro que estaba sentada a mi lado, en mi banco, en mi deleitoso tormento (una nínfula buscaba a tientas, debajo de mí, un guijarro perdido), me preguntó si me dolía el estómago. ¡Bruja insolente! Ah, dejadme solo en mi parque pubescente, en mi jardín musgoso. Dejadlas jugar en torno a mí para siempre. ¡Y que nunca crezcan!




6



A propósito: me he preguntado a menudo qué se hizo después de esas nínfulas. En este mundo hecho de hierro forjado, de causas y efectos entrecruzados, ¿podría ocurrir que el oculto latido que les robé no afectara su futuro? Yo la había poseído, y ella nunca lo supo. Muy bien. Pero; ¿eso no habría de descubrirse en el futuro? Implicando su imagen en mi voluptuosidad, ¿no interfería yo su destino? ¡Oh, fuente de grande y terrible obsesión!
Sin embargo, llegué a saber cómo eran esas nínfulas encantadoras, enloquecedoras, de brazos frágiles, una vez crecidas. Recuerdo que caminaba un día por una calle animada en un gris ocaso de primavera, cerca de la Madeleine. Una muchacha baja y delgada pasó junto a mí con paso rápido y vacilante sobre sus altos tacones. Nos volvimos para mirarnos al mismo tiempo. Ella se detuvo. Me acerqué. Tenía esa típica carita redonda y con hoyuelos de las muchachas francesas, y apenas me llegaba al pelo del pecho. Me gustaron sus largas pestañas y el ceñido traje sastre que tapizaba de gris perla su cuerpo joven, en el cual aún subsistía –eco nínfico, escalofrío de deleite– algo infantil que se mezclaba con el frétillement de su cuerpo. Le pregunté su precio, y respondió prontamente, con precisión melodiosa y argentina (¡un pájaro, un verdadero pájaro!) Cent. Traté de regatear, pero ella vio el terrible, solitario deseo en mis ojos bajos, dirigidos hacia su frente redonda y su sombrero rudimentario (una banda, un ramillete), batiendo las pestañas dijo: Tant pis, y se volvió como para marcharse. ¡Apenas tres años antes, quizá, podía haberla visto, camino de su casa, al regresar de la escuela! Esa evocación resolvió las cosas. Me guió por la habitual escalera empinada, con la habitual campanilla para el monsieur al que quizás no interesaba un encuentro con otro monsieur, el lúgubre ascenso hasta el cuarto abyecto, todo cama y bidet. Como de costumbre, me pidió de inmediato su petit cadeau, y como de costumbre le pregunté su nombre (Monique) y su edad (dieciocho). El trivial estilo de las busconas me era harto familiar. Todas responden dix-huit: un ágil gorjeo, una nota de determinación y anhelosa impostura que emiten diez veces por día, pobres criaturillas. Pero en el caso de Monique, no cabía duda de que agregaba dos o tres años a su edad. Lo deduje por muchos detalles de su cuerpo compacto, pulcro, curiosamente inmaduro. Se desvistió con fascinante rapidez y permaneció un momento parcialmente envuelta en el sucio voile de la ventana, escuchando con infantil placer (la mosquita muerta) a un organillero que tocaba abajo, en el patio rebosante de crepúsculo. Cuando le examiné las manos pequeñas y le llamé la atención sobre las uñas sucias, me dijo con un mohín candoroso: Oui, ce n'est pas bien, y se dirigió hacia el lavabo, pero le dije que no importaba, que no importaba nada. Con su pelo castaño y ondulado, sus luminosos ojos grises, su piel pálida, era perfectamente encantadora. Sus caderas no eran más grandes que las de un muchacho en cuclillas; en verdad no vacilo en decir (y por cierto que éste es el motivo por el cual me demoro con gratitud en el recuerdo de ese cuarto de penumbra tamizada) que entre las ochenta grues poco más o menos que habían «trabajado» sobre mí, fue ella la única que me proporcionó un tormento de genuino placer. «Il était malin, celui qui a inventé ce truc-lá», comentó amablemente y volvió a vestirse con la misma prodigiosa rapidez.
Le pedí otro encuentro, más elaborado, para más tarde, en ese mismo día, y dijo que me encontraría a las nueve, en el café de la esquina. Juró que nunca había posé un lapin en toda su joven vida. Volvimos al mismo cuarto y no pude menos que decirle qué bonita era, a lo cual respondió modestamente: «Tu es bien gentil de dire ça». Después, advirtiendo lo que también yo advertí en el espejo que reflejaba nuestro pequeño edén –una terrible mueca de ternura que me hacía apretar los dientes y torcer la boca–, la concienzuda Monique (¡oh, había sido una nínfula sin tacha!) quiso saber si debía quitarse la pintura de los labios avant qu'on se couche, por si yo pensaba besarla. Desde luego, lo pensaba. Con ella me abandoné hasta un punto desconocido con cualquiera de sus precursoras, y mi última visión de esa noche con Monique, la de largas pestañas, se ilumina con una alegría que pocas veces asocio con cualquier acontecimiento de mi vida amorosa, humillante, sórdida y taciturna. La gratificación de cincuenta que le di pareció enloquecerla mientras brotaba en la llovizna de esa noche de abril, con Humbert bogando en su estrecha estela. Se detuvo frente a un escaparate y dijo con deleite: «Je vais m'acheter des bas!», y nunca olvidaré cómo sus infantiles labios parisienses explotaron al decir bas, pronunciando la palabra con tal apetito que transformó la «a» en el vivaz estallido de una breve «o».
Me cité con ella para el día siguiente, a las 14,15, en mi propio cuarto, pero el encuentro fue menos exitoso; me pareció menos juvenil, más mujer después de una noche. Un resfrío que me contagió me hizo cancelar la cuarta cita; no lamenté romper una serie emocional que amenazaba abrumarme con angustiosas fantasías y diluirse en ocre decepción. Que la esbelta, suave, Monique permanezca, pues, como fue durante uno o dos minutos: una nínfula delincuente que brillaba a través de la joven materialista.Mi breve relación con Monique inicio una corriente de pensamientos que pueden parecer harto evidentes al lector que conoce los cabos. Un anuncio de una revista pornográfica me llevó a la oficina de cierta mademoiselle Edith, que empezó ofreciéndome la elección de un alma gemela en un álbum más bien sucio («regardez-moi cette belle brune!»): Cuando aparté el álbum y me las arreglé de algún modo para soltar mi criminal anhelo, me miró como si hubiera estado a punto de mostrarme la puerta. Sin embargo, después de preguntarme qué precio estaba dispuesto a desembolsar, consintió en ponerme en contacto con una persona qui pourrait arranger la chose. Al día siguiente, una mujer asmática, groseramente pintada, gárrula, con olor a ajo, un acento provenzal casi burlesco y bigote negro sobre los labios rojos, me llevó hasta el que parecía su propio domicilio. Allí, después de juntar las puntas de sus dedos gordos y besárselas para significar que su mercancía era un pimpollo delicioso, corrió teatralmente una cortina, descubriendo lo que consideré como la parte del cuarto donde solía dormir una familia numerosa y desaprensiva. En ese momento, sólo había allí una muchacha de por lo menos quince años, monstruosamente gorda, cetrina, de repulsiva fealdad, con trenzas espesas y lazos rojos, sentada en una silla mientras mecía ficticiamente una muñeca calva. Cuando sacudí la cabeza y traté de huir de la trampa, la mujer, hablando a todo trapo, empezó a levantar la sucia camisa de lana sobre el joven torso de giganta. Después, viéndome resuelto a marcharme, me pidió son argent. Entonces se abrió una puerta en el extremo del cuarto y dos hombres que habían estado comiendo en la cocina se sumaron a la gresca. Eran deformes, con los pescuezos al aire, morenos, y uno de ellos usaba anteojos negros. A sus espaldas espiaban un muchachuelo y un niño que andaban de puntillas, con las piernas torcidas y embarradas. Con la lógica insolente de las pesadillas, la enfurecida alcahueta señaló al de los anteojos negros y dijo que había estado en la policía, lui, de modo que me convenía hacer lo que se me había dicho. Me dirigí hacia Marie –ése era su nombre estelar–, que por entonces había trasladado tranquilamente sus pesadas ancas hasta un banquillo frente a la mesa de la cocina para seguir con la sopa interrumpida, mientras el niño de puntillas recogía la muñeca. Con una oleada de piedad que dramatizó mi ademán idiota, deslicé un billete en su mano indiferente. Ella transfirió mi dádiva al exdetective, mientras se me permitía retirarme.

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