miércoles, 26 de agosto de 2009

El Amante. Por Marguerite Duras

Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: "La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado".

Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es la que más me gusta de mí misma, aquélla en la que me reconozco, en la que me fascino.

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida. Ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacía la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, por el desarrollo de una lectura. Sabía, también, que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal. Quienes me conocieron a los diecisiete años, en la época de mi viaje a Francia, quedaron impresionados al volver a verme, dos años después, a los diecinueve. He conservado aquel nuevo rostro. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más, por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho como algunos rostros de rasgos finos, ha conservado los mismos contornos, pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido.
Diré más, tengo quince años y medio.
El paso de un transbordador por el Me-kong.
La imagen persiste durante toda la travesía del río.
Tengo quince años y medio, en ese país las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación.

Estoy en un pensionado estatal, en Saigón. Duermo y como ahí, en ese pensionado, pero voy a clase fuera, a la escuela francesa. Mi madre, maestra, desea enseñanza secundaria para su niña. Para ti necesitaremos la enseñanza secundaria. Lo que era suficiente para ella ya no lo es para la pequeña. Enseñanza secundaria y después unas buenas oposiciones de matemáticas. Desde mis primeros años escolares siempre oí esa cantinela. Nunca imaginé que pudiera escapar de las oposiciones de matemáticas, me contentaba relegándolas a la espera. Siempre vi a mi madre planear cada día el futuro de sus hijos y el suyo. Un día ya no fue capaz de planear grandezas para sus hijos y planeó miserias, futuros de mendrugos de pan, pero lo hizo de manera que también tales planes siguieron cumpliendo su función, llenaban el tiempo que tenía por delante. Recuerdo las clases de contabilidad de mi hermano menor. De la escuela Universal, cada año, en todos los niveles. Hay que ponerse al corriente, decía mi madre. Duraba tres días, nunca cuatro, nunca. Nunca. Cuando cambiábamos de destino abandonábamos la escuela Universal. Volvíamos a empezar en el nuevo. Mi madre aguantó diez años. Todo era inútil. El hermano menor se convirtió en un simple contable en Saigón. Al hecho de que la escuela Violet no existiera en la colonia debemos la marcha de mi hermano mayor a Francia. Durante algunos años permaneció en Francia para estudiar en la escuela Violet. No terminó. Mi madre no debió hacerse ilusiones. Pero no podía elegir, era necesario separar a aquel hijo de los otros dos hermanos. Durante algunos años no formó parte de la familia. En su ausencia, la madre compró la concesión. Terrible aventura, pero para nosotros, los niños que nos quedamos, menos terrible de lo que hubiera sido la presencia del asesino de los niños de la noche, de la noche del cazador.

Con frecuencia me han dicho que la causa era el sol demasiado intenso durante toda la infancia. Pero no lo he creído. También me han dicho que era el ensimismamiento en el que la miseria sume a los niños. Pero no, no es eso. Los niños-viejos del hambre endémica, sí, pero nosotros, no, no teníamos hambre, nosotros éramos niños blancos, nosotros teníamos vergüenza, nosotros vendíamos nuestros muebles, pero no teníamos hambre, nosotros teníamos un criado y comíamos, a veces, es cierto, porquerías, zancudas, caimanes, pero tales porquerías estaban cocinadas por un criado y servidas por él y a veces incluso no las queríamos, nos permitíamos el lujo de no querer comer. No, algo sucedió cuando tenía dieciocho años que motivó que ese rostro fuera como es. Debió de suceder por la noche. Tenía miedo de mí, tenía miedo de Dios. Cuando amanecía, tenía menos miedo y menos grave parecía la muerte. Pero el miedo no me abandonaba. Quería matar, a mi hermano mayor, quería matarle, llegar a vencerle una vez, una sola vez y verle morir. Para quitar de delante de mi madre el objeto de su amor, ese hijo, castigarla por quererle tanto, tan mal, y sobre todo para salvar a mi hermano pequeño, mi niño, de la vida llena de vida de ese hermano mayor plantada encima de la suya, de ese velo negro ocultando el día, de la ley por él representada, por él dictada, un ser humano, y que era una ley animal, y que a cada instante de cada día de la vida de ese hermano menor sembraba el miedo en esa vida, miedo que una vez alcanzó su corazón y lo mató.

He escrito mucho acerca de los miembros de mi familia, pero mientras lo hacía aún vivían, la madre y los hermanos, y he escrito sobre ellos, sobre esas cosas sin ir hasta ellas.

La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie. Ya he escrito, más o menos, la historia de una reducida parte de mi juventud, en fin, quiero decir que la he dejado entrever, me refiero precisamente a ésta, la de la travesía del río. Con anterioridad, he hablado de los períodos claros, de los que estaban clarificados. Aquí hablo de los períodos ocultos de esa misma juventud, de ciertos ocultamientos a los que he sometido ciertos hechos, ciertos sentimientos, ciertos sucesos. Empecé a escribir en un medio que predisponía exageradamente al pudor. Escribir para ellos aún era un acto moral. Escribir, ahora, se diría que la mayor parte de las veces ya no es nada. A veces sé eso: que desde el momento en que no es, confundiendo las cosas, ir en pos de la vanidad y el viento, escribir no es nada. Que desde el momento en que no es, cada vez, confundiendo las cosas en una sola incalificable por esencia, escribir no es más que publicidad. Pero por lo general no opino, sé que todos los campos están abiertos, que no surgirá ningún obstáculo, que lo escrito ya no sabrá dónde meterse para esconderse, hacerse, leerse, que su inconveniencia fundamental ya no será respetada, pero no lo pienso de antemano.

Ahora comprendo que muy joven, a los dieciocho, a los quince años, tenía ese rostro premonitorio del que se me puso luego con el alcohol, a la mitad de mi vida. El alcohol suplió la función que no tuvo Dios, también tuvo la de matarme, la de matar. Ese rostro del alcohol llegó antes que el alcohol. El alcohol lo confirmó. Esa posibilidad estaba en mí, sabía que existía, como las demás, pero, curiosamente, antes de tiempo. Al igual que estaba en mí la del deseo. A los quince años tenía el rostro del placer y no conocía el placer. Ese rostro parecía muy poderoso. Incluso mi madre debía notarlo. Mis hermanos lo notaban. Para mí todo empezó así, por ese rostro evidente, extenuado, esas ojeras que se anticipaban al tiempo, a los hechos.

Quince años y medio. La travesía del río. Al llegar a Saigón, viajo, sobre todo cuando cojo el autocar. Y esa mañana cogí el autocar en Sadec donde mi madre dirige la escuela femenina. Es el final de las vacaciones escolares, ya no sé cuáles. Fui a pasarlas a la casita de funcionaría de mi madre. Y ese día regreso a Saigón, al pensionado. El autocar de los indígenas salió de la plaza del mercado de Sadec. Como de costumbre mi madre me acompañó y me confió al conductor, siempre me confía a los conductores de los autocares de Saigón, por si acaso hay un accidente, un incendio, una violación, un asalto pirata, una avería mortal del transbordador. Como de costumbre el conductor me colocó cerca de él, delante, en el lugar reservado a los viajeros blancos.

Debió de ser en el transcurso de ese viaje cuando la imagen se destacó y alcanzó su punto álgido. Pudo haber existido, pudo haberse hecho una fotografía, como otra, en otra parte, en otras circunstancias. Pero no existe. El objeto era demasiado insignificante para provocarla. ¿Quién hubiera podido pensar en eso? Sólo hubiera podido hacerse si se hubiera podido presentir la importancia de ese suceso en mi vida, esa travesía del río. Pues, mientras tenía lugar, aún se ignoraba incluso su existencia. Sólo Dios la conocía. Por eso, esa imagen, y no podría ser de otro modo, no existe. Ha sido omitida. Ha sido olvidada. No ha destacado, no ha alcanzado su punto álgido. A esa falta de haber sido tomada debe su virtud, la de representar un absoluto, de ser precisamente el artífice.

Es, pues, durante la travesía de un brazo del Mekong en el transbordador que se halla entre Vinhlong y Sadec en la gran planicie de barro y de arroz del sur de la Conchinchina, la de los Pájaros.
Me apeo del autocar. Me acerco a la borda. Miro el río. Mi madre, a veces, me dice que nunca, en toda mi vida, volveré a ver ríos tan hermosos como éstos, tan grandes, tan salvajes, el Mekong y sus brazos que descienden hacia los océanos, esos terrenos de agua que van a desaparecer en las cavidades del océano. En la planicie hasta perderse de vista, esos ríos, fluyen deprisa, se derraman como si la tierra se inclinara.

Siempre me apeo del autocar al llegar cerca del transbordador, por la noche también, porque siempre tengo miedo, tengo miedo de que los cables cedan, de que seamos arrastrados hacia el mar. En la tremenda corriente contemplo el último instante de mi vida. La corriente es tan fuerte que lo arrastraría todo, incluso piedras, una catedral, una ciudad. Hay una tempestad que ruge en el interior de las aguas del río. Del viento que se debate.

Llevo un vestido de seda natural, usado, casi transparente. Con anterioridad fue un vestido de mi madre, un día dejó de ponérselo porque lo consideraba demasiado claro, me lo dio. Es un vestido sin mangas, muy escotado. Tiene ese lustre que adquiere la seda natural con el uso. Recuerdo ese vestido. Creo que me sienta bien. Le puse un cinturón de cuero en la cintura, quizás un cinturón de mis hermanos. No recuerdo qué zapatos llevaba en esa época, sólo algunos vestidos. La mayor parte del tiempo voy con los pies desnudos en sandalias de lona. Me refiero a la época anterior al colegio de Saigón. A partir de ese momento siempre llevo zapatos, por supuesto. Ese día debo llevar el famoso par de tacones altos de lamé dorado. No se me ocurre qué otros podría llevar ese día, o sea que los llevo. Rebajas rebajadas que compró mi madre. Llevo esos lamés dorados para ir al instituto. Voy al instituto con zapatos de noche ornados con adornillos de lustrina. Por capricho. Sólo me soporto con ese par de zapatos y aún ahora me gusto así, esos tacones altos son los primeros de mi vida, son bonitos, han eclipsado a todos los zapatos que los han precedido, los zapatos para correr y jugar, planos, de lona blanca.

No son los zapatos la causa de que, ese día, haya algo insólito, inaudito, en la vestimenta de la pequeña. Lo que ocurre ese día es que la pequeña se toca la cabeza con un sombrero de hombre, de ala plana, un sombrero de fieltro flexible de color de palo de rosa con una ancha cinta negra.
La ambigüedad determinante de la imagen radica en ese sombrero.
He olvidado cómo llegó a mis manos. No se me ocurre quién pudo dármelo. Creo que fue mi madre quien me lo compró y a instancias mías. Única certeza: era una rebaja rebajada. ¿Cómo explicar esa compra? Ninguna mujer, ninguna chica lleva un sombrero de fieltro, de hombre, en la colonia en esa época. Ninguna mujer nativa tampoco. Eso es lo que debió ocurrir: debí probarme el sombrero, en broma, sin más, me miré en el espejo del vendedor. Y vi: bajo el sombrero de hombre, la delgadez ingrata de la silueta, ese defecto de la infancia, se convirtió en otra cosa. Dejó de ser un elemento brutal, fatal, de la naturaleza. Se convirtió, por el contrario, en una opción contradictoria de ésta, una opción del espíritu. De repente, se hizo deseable. De repente me veo como otra, como otra sería vista, fuera, puesta a disposición de todos, puesta a disposición de todas las miradas, puesta en la circulación de las ciudades, de las carreteras, del deseo. Cojo el sombrero, ya no me separo de él, tengo eso, ese sombrero que me hace enteramente suya, ya no lo abandono. Con los zapatos debió de suceder lo mismo, pero después del sombrero. No casan con el sombrero, como tampoco el sombrero casa con el cuerpo escuchimizado, pero me gustan. Tampoco los abandono, voy a todas partes con esos zapatos, ese sombrero, fuera, a todas horas, en cualquier ocasión, voy por la ciudad.

Encontré una fotografía de mi hijo a los veinte años. Está en California con sus amigas Erika y Elisabeth Lennard. Es delgado, tanto que diríase también él un ugandés blanco. Observé en él una sonrisa arrogante, la expresión un poco burlona. Quiere adoptar una imagen desmadejada de joven vagabundo. Se gusta así, pobre, con esa pinta de pobre, esa facha de joven flaco. Esta foto es la que más se aproxima a la que no se hizo a la joven del transbordador.

Ella fue quien compró el sombrero rosa de ala plana con una ancha cinta negra, ella, esa mujer de determinada foto, es mi madre. La reconozco mejor ahí que en fotos más recientes. Es el patio de una casa en el Pequeño Lago de Hanoi. Estamos juntos, ella y nosotros, sus hijos. Tengo cuatro años. Mi madre está en el centro de la imagen. Conozco perfectamente su incomodidad, su sonrisa ausente, sus ganas de que la foto acabe. Por su cara cansada, por cierto desorden en su vestimenta, por la somnolencia de su mirada, sé que hace calor, que está agotada, que se aburre. Pero es la manera de ir vestidos nosotros, sus hijos, como pobres, donde noto un cierto estado en el que mi madre caía a veces y del que ya, a la edad que teníamos en la foto, conocíamos las señales precursoras, ese modo, precisamente, que de repente tenía de no poder lavarnos, de no poder vestirnos, y a veces incluso de no poder alimentarnos. Mi madre pasaba cada día por esa tremenda desgana de vivir. A veces duraba, a veces desaparecía con la noche. He tenido la suerte de tener una madre desesperada por un desespero tan puro que incluso la dicha de vivir, por intensa que fuera, a veces, no llegaba a distraerla por completo. Lo que siempre ignoré es la clase de hechos concretos que cada día la obligaban a abandonarnos de ese modo. Esa vez, quizá fuera la tontería que acababa de cometer, esa casa que acababa de comprar —la de la fotografía— que no necesitábamos y eso cuando mi padre estaba ya muy enfermo, tan a punto de morir, al cabo de pocos meses. ¿Acaso acababa de enterarse que también ella, a su vez, estaba enferma del mismo mal del que él moriría? Las fechas coinciden. Lo que ignoro, igual que debía de ignorarlo ella, es la naturaleza de las evidencias que la asaltaban y que hacían aparecer ese desánimo. ¿Era la muerte de mi padre, ya presente, o la del día? ¿El hecho de poner en tela de juicio ese matrimonio? ¿Ese marido? ¿Esos hijos? ¿O algo más general que todo ese haber?
Era diario. De eso estoy segura. Debía de ser brutal. Esa desesperación se manifestaba en un momento dado del día. Y después seguía la imposibilidad de seguir avanzando, o el sueño, o a veces nada, u otras veces, por el contrario, las compras de casas, las mudanzas, o a veces también ese humor, sólo ese humor, ese abatimiento o, a veces, una reina, todo cuanto se le pedía, todo cuanto se le ofrecía, la casa en el lago, sin ninguna tazón, mi padre ya moribundo, o ese sombrero de ala plana, porque la pequeña lo deseaba tanto, o también esos zapatos de lame dorados. O nada, o dormir, morir.

Nunca había visto ninguna película con esas indias que llevan esos mismos sombreros de ala plana y trenzas por delante del cuerpo. Ese día también yo llevo trenzas, no las he recogido como hago normalmente, pero no son iguales. Llevo dos largas trenzas delante de mi cuerpo como esas mujeres de las películas que nunca he visto, pero son trenzas de niña. Desde que tengo el sombrero, para poder ponérmelo, ya no recojo mis cabellos. Desde hace algún tiempo me estiro el cabello, lo peino hacia atrás, me gustaría que fuera lacio, que se viera menos. Cada noche lo peino y antes de acostarme rehago mis colas tal como mi madre me enseñó. Mis cabellos son abundantes, flexibles, dolorosos, una mata cobriza que me llega a la cintura. Con frecuencia me dicen que es lo más bonito que tengo y yo pienso que eso significa que no soy guapa. Me haré cortar esa extraordinaria melena en París, a los veintitrés años, cinco años después de haber dejado a mi madre. Dije: corte. Cortó. Todo de un solo gesto, para pulir la obra la fría tijera rozó la piel de la nuca. Cayó al suelo. Me preguntaron si quería llevármelo. Dije no. Después ya no me han dicho que tengo un hermoso cabello, quiero decir que ya no me lo han dicho tanto, como lo decían antes, antes de cortármelo. Después, más bien han dicho: tiene una mirada bonita. La sonrisa también, no está mal.

En el transbordador, miren, todavía las llevo. Quince años y medio. Ya voy maquillada. Uso crema Tokalon, intento disimular las pecas que tengo en la parte superior de la mejilla, debajo de los ojos. Debajo de la crema Tokalon uso polvos de color carne, marca Houbigan. Esos polvos son de mi madre que se los pone para ir a las reuniones de la Administración general. Ese día también llevo los labios pintados con carmín rojo oscuro como en aquel tiempo, cereza. No sé cómo me hice con él, quizá fue Hélène Lagonelle quien lo robara a su madre para mí, ya no lo recuerdo. No uso perfume, en casa de mi madre hay agua de colonia y jabón Palmolive.

En el transbordador, junto al autocar, hay una gran limusina negra con un chófer con librea de algodón blanca. Sí, el coche mortuorio de mis libros. Es el Morris Léon-Bollée. El Lancia negro de la embajada de Francia en Calcuta aún no ha hecho su entrada en la literatura.

Entre los chóferes y los señores aún hay cristales correderos. Aún hay asientos plegables. Aún es amplio como una habitación.

En la limusina hay un hombre muy elegante que me mira. No es un blanco. Viste a la europea, lleva el traje de tusor blanco propio de los banqueros de Saigón. Me mira. Ya estoy acostumbrada a que me miren. Miran a las blancas de las colonias, y a las niñas blancas de doce años también. Desde hace tres años los blancos también me miran por las calles y los amigos de mi madre me piden amablemente que vaya a merendar a su casa a la hora en que sus mujeres juegan a tenis en el Club Deportivo.

Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, por ejemplo, sí, de otra cosa, por ejemplo, de carácter. Parezco lo que quiero parecer, incluso hermosa si es eso lo que quieren que sea, hermosa, o bonita, bonita por ejemplo para la familia, solamente para la familia no, puedo convertirme en lo que quieran que sea. Y creerlo. Creer, además, que soy encantadora. En cuanto lo creo, se convierte en realidad para quienes me ven y desean que sea de una manera acorde con sus gustos, también lo sé. Así, puedo ser encantadora, a conciencia, incluso si estoy atormentada por la estocada a muerte de mi hermano. Para la muerte, una sola cómplice: mi madre. Empleo la palabra encantadora como la empleaban a mi alrededor, alrededor de los niños.

Ya estoy advertida. Sé algo. Sé que no son los vestidos lo que hacen a las mujeres más o menos hermosas, ni los tratamientos de belleza, ni el precio de los potingues, ni la rareza, el precio de los atavíos. Sé que el problema está en otra parte. No sé dónde. Sólo sé que no está donde las mujeres creen. Miro a las mujeres por las calles de Saigón, en los puestos de la selva. Las hay muy hermosas, muy blancas, prestan gran cuidado a su belleza, aquí, sobre todo en los puestos de la selva. No hacen nada, sólo se reservan, se reservan para Europa, los amantes, las vacaciones en Italia, los largos permisos de seis meses, cada tres años, durante los que podrán por fin hablar de lo que sucede aquí, de esta existencia colonial tan particular, del servicio de esa gente, de los criados, tan perfecto, de la vegetación, de los bailes, de estas quintas blancas, grandes como para perderse en ellas, donde habitan los funcionarios durante sus remotos destinos. Ellas esperan. Se visten para nada. Se contemplan. En la penumbra de esas quintas se contemplan para más tarde, creen vivir una novela, ya tienen los amplios roperos llenos de vestidos con los que no saben qué hacer, coleccionados como el tiempo, la larga sucesión de días de espera. Algunas se vuelven locas. Algunas son abandonadas por una joven criada que se calla. Abandonadas. Se oye cómo la palabra las alcanza, el ruido que hace, el ruido de la bofetada que da. Algunas se matan.

Ese faltar de las mujeres a sí mismas ejercido por ellas mismas siempre lo he considerado un error.
No se trataba de atraer al deseo. Estaba en quien lo provocaba o no existía. Existía ya desde la primera mirada o no había existido nunca. Era el entendimiento inmediato de la relación sexual o no era nada. Eso también lo sabía antes del experiment..

Sólo Hélène Lagonelle escapaba a la ley del error. Rezagada en la infancia.

Durante mucho tiempo no tengo vestidos propios. Mis vestidos son una especie de saco, están hechos con viejos vestidos de mi madre que son a su vez una especie de sacos. Excepto los que mi madre ha hecho hacerme por Dô. Es la criada que nunca abandonará a mi madre, ni siquiera cuando ésta regrese a Francia, ni cuando mi hermano mayor intente violarla en la casa de funcionario de Sadec, ni cuando no cobre. Dô se educó con las monjas, borda y plisa, cose a mano como ya nadie cose desde hace siglos, con agujas finas como cabellos. Como borda, mi madre le hace bordar sábanas, como plisa, mi madre le hace hacerme vestidos con pliegues, vestidos con volantes, los llevo como si llevara sacos, están pasados de moda, siempre infantiles, dos series de pliegues por delante y cuellecito redondo, o volantes ribeteados para aparentar "alta costura". Llevo esos vestidos al igual que si fueran sacos con cinturones que los deforman, entonces se eternizan.

Quince años y medio. El cuerpo es delgado, casi enclenque, los senos aún de niña, maquillada de rosa pálido y de rojo. Y además esa vestimenta que podría provocar la risa pero de la que nadie se ríe. Sé perfectamente que todo está ahí. Todo está ahí y nada ha ocurrido aún, lo veo en los ojos, todo está ya en los ojos. Quiero escribir. Ya se lo he dicho a mi madre: lo que quiero hacer es escribir. La primera vez, ninguna respuesta. Y luego ella pregunta: ¿escribir qué? Digo libros, novelas. Dice con dureza: después de las oposiciones de matemáticas, si quieres, escribe, eso no me importa. Está en contra, escribir no tiene mérito, no es un trabajo, es un cuento —más tarde me dirá: una fantasía infantil.

La pequeña del sombrero de fieltro aparece a la luz fangosa del río, sola en el puente del transbordador, acodada en la borda. El sombrero de hombre colorea de rosa toda la escena. Es el único color. Bajo el sol brumoso del río, el sol del calor, las orillas se difuminan, el río parece juntarse con el horizonte. El río fluye sordamente, no hace ningún ruido, la sangre en el cuerpo. Fuera del agua no hace viento. El motor del transbordador, el único ruido de la escena, el de un viejo motor descuajaringado con las bielas fundidas. De vez en cuando, a ligeras ráfagas, rumor de voces. Y después los ladridos de los perros, llegan de todas partes, de detrás de la niebla, de todos los pueblos. La pequeña conoce al barquero desde que era niña. El barquero le sonríe y le pregunta por la señora directora. Dice que la ve pasar a menudo, por las noches, que ella va con frecuencia a la concesión de Camboya. La madre está bien, dice la pequeña. Alrededor del transbordador, el río llega a ras de borda, sus aguas en movimiento atraviesan las aguas estancadas de los arrozales, no se mezclan. Ha arrastrado todo lo que ha encontrado desde el Tonlesap, la selva camboyana. Arrastra todo lo que le sale al paso, chozas de paja, selvas, incendios extinguidos, pájaros muertos, perros muertos, tigres, búfalos, ahogados, hombres ahogados, cebos, islas de jacintos de agua aglutinadas, todo va hacia el Pacífico, nada tiene tiempo de hundirse, todo es arrastrado por la tempestad profunda y vertiginosa de la corriente interior, todo queda en suspenso en la superficie de la fuerza del río.

Le respondí que lo que quería, por encima de todo, era escribir, nada que no fuera eso, nada. Está celosa. Ninguna respuesta, una breve mirada inmediatamente desviada, el ligero encogimiento de hombros, inolvidable. Seré la primera en irme. Habrá que esperar unos años para que me pierda, para que pierda a esa niña, esa niña de entonces. Respecto a los hijos, no había nada que temer. Pero la niña, un día, ella lo sabía, se iría, lograría liberarse. Primera en francés. El director del instituto le dice: su hija, señora, es la primera en francés. Mi madre no dice nada, nada, no está contenta porque no son sus hijos los primeros en francés, qué asco, mi madre, mi amor, pregunta: ¿y en matemáticas? Dicen: todavía no, señora, ya llegará. Mi madre pregunta: ¿cuándo llegará? Responden: cuando ella quiera, señora.

Mi madre mi amor mi increíble pinta con las medias de algodón zurcidas por Dô, en los trópicos sigue creyendo que hay que ponerse medias para ser la señora directora de la escuela, vestidos lamentables, deformados, remendados por Do, acaba aún de llegar de su granja picarda poblada de primas, lo usa todo hasta el final, cree que es necesario, que es necesario ganárselos, sus zapatos, sus zapatos están gastados, camina de través, con un gran esfuerzo, los cabellos tirantes y ceñidos en un moño de china, nos avergüenza, me avergüenza en la calle delante del instituto, cuando llega en su B. 12 delante del instituto todo el mundo la mira, ella no se da cuenta de nada, nunca, está para encerrar, para apalizar, para matar. Me mira, dice: quizá tú te salgas de eso. Día y noche la idea fija. No se trata de que sea necesario conseguir algo, sino de que es necesario salirse de donde se está.

Cuando mi madre se recupera, cuando sale de la desesperación, descubre el sombrero de hombre y los lames dorados. Me pregunta qué es eso. Digo que nada. Me mira, le gusta, sonríe. No está mal, dice, no te sienta mal, eso es otra cosa. No pregunta si lo ha comprado ella, sabe que ha sido ella. Sabe que es capaz de hacerlo, que a veces, esas veces a las que me he referido, se le saca todo lo que uno quiere, que nada puede contra nosotros. Le digo: no es nada caro, no te preocupes. Pregunta de dónde ha salido. Le digo que ha salido de la calle Catinat, de las rebajas rebajadas. Me mira con simpatía. Debe de considerar que esa imaginación de la pequeña, inventarse una manera de ataviarse, es una señal alentadora. No sólo admite esa payasada, esa inconveniencia, ella, tan formal como una viuda, vestida de grisalla como una monja enclaustrada, sino que semejante inconveniencia le gusta.

El vínculo con la miseria también está ahí, en el sombrero de hombre, pues será necesario que el dinero llegue a casa, de un modo u otro será necesario. Alrededor de la madre, el desierto, los hijos, el desierto, no harán nada, las tierras salubres tampoco, el dinero seguirá perdido, es el final. Queda esa pequeña que crece y que quizás un día sabrá cómo traer dinero a casa. Por eso, ella no lo sabe, la madre permite a su hija salir vestida de niña prostituta. Y por eso también la niña sabe ya qué hacer para desviar la atención que se le dirige a ella, hacia la que ella dirige al dinero. Eso hace sonreír a la madre.

Cuando busque dinero la madre no le impedirá hacerlo. La niña dirá: le he pedido quinientas piastras para regresar a Francia. La madre dirá que está bien, que es lo que se necesita para instalarse en París, dirá: basta con quinientas piastras. La niña sabe que lo que hace, lo que hace ella, es lo que la madre hubiera deseado que hiciera su hija, si se hubiera atrevido, si hubiera tenido fuerzas para ello, si el daño que hacía el pensarlo no estuviera presente cada día, extenuante.

En las historias de mis libros que se remontan a la infancia, de repente ya no sé de qué he evitado hablar, de qué he hablado, creo haber hablado del amor que sentíamos por nuestra madre pero no sé si he hablado del odio que también le teníamos y del amor que nos teníamos unos a otros y también del odio, terrible, en esta historia común de ruina y de muerte que era la de nuestra familia, de todos modos, tanto en la del amor como en la del odio, y que aún escapa a mi entendimiento, me es inaccesible, oculta en lo más profundo de mi piel, ciega como un recién nacido. Es el ámbito en cuyo seno empieza el silencio. Lo que ahí ocurre es precisamente el silencio, ese lento trabajo de toda mi vida. Aún estoy ahí, ante esos niños posesos, a la misma distancia del misterio. Nunca he escrito, creyendo hacerlo, nunca he amado, creyendo amar, nunca he hecho nada salvo esperar delante de la puerta cerrada.

Cuando estoy en el transbordador del Mekong, ese día de la limusina negra, mi madre aún no ha dejado la concesión del embalse. De vez en cuando, aún hacemos el camino, como antes, por la noche, aún vamos allí los tres, vamos a pasar unos días. Nos quedamos allá, en la veranda del bungalow, frente a la montaña de Siam. Y después regresamos. Ella no tiene nada que hacer allí, pero regresa al lugar. Mi hermano menor y yo estamos a su lado, en la veranda, frente a la selva. Ahora somos demasiado mayores, ya no nos bañamos en el río, no vamos a la caza de la pantera negra en las ciénagas de las desembocaduras, ya no vamos a la selva ni a los pueblos de los pimentales. Todo ha crecido a nuestro alrededor. Ya no hay niños ni en búfalos ni en ninguna otra parte. La extrañeza nos ha alcanzado también a nosotros, y la misma lentitud que se ha apoderado de mi madre también se ha apoderado de nosotros. Hemos aprendido nada, a mirar la selva, a esperar, a llorar. Las tierras de la parte baja están definitivamente perdidas, los criados cultivan las parcelas de la parte alta, les dejamos el arroz, permanecen allí sin sueldo, aprovechan las chozas de paja que mi madre ha hecho construir. Nos quieren como si fuésemos miembros de sus familias, hacen como si conservaran el bungalow y lo conservan. A la pobre vajilla no le falta nada. La techumbre podrida por la lluvia sigue desapareciendo. Pero los muebles están limpios. Y la silueta del bungalow está ahí, pura como un trazo, visible desde el camino. Las puertas se abren cada día para que el viento entre y seque la madera. Y por la noche se cierran a los perros vagabundos, a los contrabandistas de la montaña.

Así, pues, no es en la cantina de Ream, ya ven, como había escrito, donde conocí al hombre rico de la limusina negra, es después de dejar la concesión, dos o tres años después, en el transbordador, el día al que me refiero, bajo esa luz de bruma y de calor.

Un año y medio después de ese encuentro mi madre regresa a Francia. Venderá todos sus muebles. Y después irá al pantano por última vez. Se sentará a la veranda frente al poniente, miraremos hacia el Siam una vez más, una última vez, nunca prolongada, porque, aunque volverá a salir de Francia cuando cambie de opinión y regrese otra vez a Indochina para retirarse en Saigón, ya nunca más estará delante de esa montaña, de ese cielo amarillo y verde por encima de esa selva.

Sí, lo que decía, ya tarde en su vida, volvió a empezar. Hizo una escuela de lengua francesa, la Nueva Escuela Francesa, que le permitirá pagar una parte de mis estudios y mantener a su hijo mayor mientras ella vivió.

El hermano menor murió de una bronconeumonía en tres días, el corazón no resistió. Fue entonces cuando dejé a mi madre. Durante la ocupación japonesa. Aquel día todo terminó. Nunca le pregunté nada acerca de nuestra infancia, acerca de ella. Para mí murió de la muerte de mi hermano pequeño. Igual que mi hermano mayor. No superé el horror que, de repente, me inspiraron. Ya no me importan. Después de aquel día no supe más de ellos. Todavía no sé cómo consiguió pagar sus deudas a los chettys. Un día dejaron de venir. Los veo. Están sentados en la salita de Sadec, vestidos con taparrabos blancos, permanecen allí, sin una palabra, meses, años. Se oye a mi madre que llora y los insulta, está en su habitación, no quiere salir, grita que la dejen, están sordos, tranquilos, sonrientes, se quedan. Y después, un día, se acabó. Ahora la madre y los dos hermanos están muertos. También para los recuerdos es demasiado tarde. Ahora ya no les quiero. No sé si los quise. Los abandoné. Ya no guardo en mi mente el perfume de su piel ni en mis ojos el color de sus ojos. Ya no me acuerdo de la voz, salvo a veces la de la dulzura con la fatiga de la noche. Ya no oigo la risa, ni la risa ni los gritos. Se acabó, ya no lo recuerdo. Por eso ahora escribo tan fácilmente sobre ella, tan largo, tan tendido, se ha convertido en escritura corriente.

Esa mujer debió permanecer en Saigón desde 1932 a 1949. En diciembre de 1942 murió mi hermano menor. Ella ya no puede moverse por ninguna parte. Todavía está allá, cerca de la tumba, dice. Y después terminó por regresar a Francia. Cuando volvimos a vernos mi hijo tenía dos años. Era demasiado tarde para reencontrarnos. Lo comprendimos desde la primera mirada. Ya no había nada que reencontrar. Salvo con el hijo mayor, para el resto era el final. Fue a vivir y a morir en el Loire-et-Cher, al falso castillo Luis XIV. Vivía con Dô. Todavía tiene miedo por la noche. Había comprado un fusil. Dô montaba guardia en las habitaciones abuhardilladas del último piso del castillo. También había comprado una propiedad cerca de Amboise para su hijo mayor. Había bosques. Hizo talar los bosques. Fue a jugarse el dinero a un club de baccara en París. Se perdieron los bosques en una noche. El momento en que el recuerdo se doblega de repente, el momento en que mi hermano mayor quizá me hace saltar las lágrimas, es después de la pérdida del dinero de esos bosques. Lo único que sé es que lo encuentran acostado en el coche, en Montparnasse, delante de la Coupole, que quiere morir. Después, ya no sé nada. Lo que ella, mi madre, hizo con el castillo es inimaginable, siempre para el hijo mayor que no sabe, él, ese niño de cincuenta años, ganar dinero. La madre compra incubadoras eléctricas, las instala en el gran salón de la parte baja. Tiene seiscientos polluelos de golpe, cuarenta metros cuadrados de polluelos. Se había equivocado en el manejo de los infrarrojos, ningún polluelo consigue alimentarse. Los seiscientos polluelos tienen un pico que no encaja, no cierra, revientan de hambre, la madre no empezará de nuevo. Estuve en el castillo durante el nacimiento de los polluelos, era fiesta. A continuación, el pestazo de los polluelos muertos y el de su comida es tal que no puedo comer en el castillo de mi madre sin vomitar.

Muere entre Dô y aquel a quien llama su hijo en su enorme habitación del primer piso, la habitación donde hacía dormir a los corderos, de cuatro a seis corderos alrededor de su cama durante las heladas, durante varios inviernos, los últimos.

Es ahí, en la última casa, la del Loira, una vez que haya terminado con su incesante vaivén, al final de los asuntos de esa familia, es ahí donde comprendo claramente la locura por primera vez. Comprendo que mi madre está claramente loca. Sé que Do y mis hermanos siempre han tenido acceso a esa locura. Que yo, no, yo aún no la había visto. Que nunca había visto a mi madre en situación de estar loca. Lo estaba. De nacimiento. En la sangre. No estaba enferma de su locura, la vivía como la salud. Entre Dô y el hijo mayor. Nadie excepto ellos tenían conocimiento del hecho. Siempre había tenido amigos, conservó los mismos durante largos años y siempre hizo nuevas amistades, a veces muy jóvenes, entre los recién llegados de los puestos de la selva, o más tarde entre la gente de la Turena, entre la que había jubilados de las colonias francesas. Retenía a la gente a su alrededor, sin importar la edad, a causa de su inteligencia, decían, tan vivaz, de su alegría, de esa naturalidad incomparable que nunca se abandonaba.

No sé quién hizo la fotografía de la desesperación. La del patio de la casa de Hanoi. Quizá mi padre por última vez. Dentro de unos meses será repatriado a Francia por motivos de salud. Antes, cambiará de destino, será destinado a Pnom-Penh. Permanecerá allí unas semanas. Morirá en menos de un año. Mi madre se habrá negado a seguirle a Francia, se quedará allí donde está, firme. Pnom-Penh. En esta admirable residencia que da al Mekong, el antiguo palacio del rey de Camboya, en medio de ese parque aterrador, hectáreas, donde mi madre tiene miedo. Por la noche, nos da miedo. Dormimos los cuatro en la misma cama. Dice que por la noche tiene miedo. En esta residencia es donde mi madre sabrá de la muerte de mi padre. La sabrá antes de la llegada del telegrama, desde la víspera, por una señal que sólo ha visto y ha sabido entender ella, por ese pájaro que en plena noche gritó, enloquecido, perdido en el despacho de la fachada norte del palacio, el de mi padre. También ahí, unos días después de la muerte de su marido, también en plena noche, mi madre se encontró frente a la imagen de su padre, de su propio padre. Enciende la luz. Está ahí. Está cerca de la mesa, en pie, en el gran salón octogonal del palacio. La mira. Recuerdo un aullido, un grito. Nos despertó, nos contó la historia, cómo iba vestido, con su traje de los domingos, gris, cómo guardaba la compostura, y su mirada, directa hacia ella. Dice: lo he llamado como cuando era niña. Dice: no he tenido miedo. Corrió hacia la desaparecida imagen. Los dos murieron a la hora y fecha de los pájaros y de las imágenes. De ahí, sin duda, la admiración que sentíamos hacia la sabiduría de nuestra madre, en todas las cosas, comprendidas las de la muerte.

El hombre elegante se ha apeado de la limusina, fuma un cigarrillo inglés. Mira a la jovencita con sombrero de fieltro, de hombre, y zapatos dorados. Se dirige lentamente hacia ella. Resulta evidente: está intimidado. Al principio, no sonríe. Primero le ofrece un cigarrillo. Su mano tiembla. Existe la diferencia racial, no es blanco, debe superarla, por eso tiembla. Ella le dice que no fuma, no, gracias. No dice nada más, no le dice déjeme tranquila. Entonces tiene menos miedo. Entonces le dice que cree estar soñando. No responde. No vale la pena responder, ¿qué podría responder? Espera. Entonces él le pregunta: ¿pero de dónde viene usted? Dice que es la hija de la directora de la escuela femenina de Sadec. El reflexiona y después dice que ha oído hablar de esa señora, su madre, de la mala suerte que ha tenido con esa concesión que compró en Cambo-ya, ¿no es así? Sí, lo es.

Repite que es realmente extraordinario verla en ese transbordador. Por la mañana, tan pronto, una chica tan hermosa como ella, usted no se da cuenta, resulta inesperado, una chica blanca en un autocar indígena.

Le dice que el sombrero le sienta bien, incluso muy bien, que resulta... sí, original... un sombrero de hombre, ¿por qué no?, es tan bonita, puede permitírselo todo.

Ella le mira. Se pregunta quién es. El hombre le dice que regresa de París donde ha cursado sus estudios, que también vive en Sadec, en el río exactamente, la gran casa con las grandes terrazas de balaustradas de cerámica azul. Le pregunta qué es. Le dice que es chino, que su familia procede del norte de China, de Fu-Chuen. ¿Me permite que la lleve a su casa, en Saigón? Está de acuerdo. El hombre dice al chófer que recoja del autocar el equipaje de la chica y que lo meta en el coche negro.
Chino. Pertenece a esa minoría financiera de origen chino que posee toda la inmobiliaria popular de la colonia. El es quien aquel día cruzaba el Mekong en dirección a Saigón.

Entra en el coche negro. La portezuela vuelve a cerrarse. Una angustia apenas experimentada se presenta de repente, una fatiga, la luz en el río que se empaña, pero apenas. Una sordera muy ligera también, una niebla, por todas partes.

Nunca más haré el viaje en el autocar destinado a los indígenas. En lo sucesivo, tendré a mi disposición una limusina para ir al instituto y para devolverme al pensionado. Cenaré en los locales más elegantes de la ciudad. Y seguiré ahí, lamentándome de todo lo que haga, de todo lo que deje, de todo lo que tome, tanto lo bueno como lo malo, el autocar, el chófer del autocar con quien me reía, las viejas mascadoras de tabaco de betel en los asientos traseros, los niños en el portaequipajes, la familia de Sadec, el horror de la familia de Sadec, su silencio genial.
El hablaba. Decía que echaba de menos París, a los adorables parisinos, las juergas, las fiestas, ah la la, la Coupole, la Rotonde, prefiero la Rotonde, las salas de fiesta nocturnas, esa existencia "bárbara" que había llevado durante dos años. Ella escuchaba, atenta a los datos de su discurso que desembocaban en la riqueza, que pudieran dar una indicación acerca de la cuantía de los millones. El hombre seguía contando. Su madre había muerto, era hijo único. Sólo le quedaba el padre poseedor del dinero. Pero usted ya sabe lo que es eso, está clavado a su pipa de opio frente al río desde hace diez años, administra su fortuna desde su cama de campaña. Ella dice que comprende.
No aceptará el matrimonio de su hijo con la putilla blanca del puesto de Sadec.

La imagen arranca de mucho antes de que el hombre haya abordado a la niña blanca cerca de la borda, en el momento en que ha bajado de la limusina negra, cuando ha empezado a acercársele, y ella, ella lo sabía, sabía que él tenía miedo.
Desde el primer instante sabe algo así: que el hombre está en sus manos. Por tanto, otros, aparte de él, podrían también estar en sus manos si la ocasión lo permitiera. También sabe algo más: que, en lo sucesivo, ha llegado ya sin duda el momento en que ya no puede escapar a ciertas obligaciones que tiene para consigo misma. Y que la madre no debe enterarse de nada, ni los hermanos, lo sabe también ese día. Desde que ha entrado en el coche negro, lo ha sabido, está al margen de esa familia por primera vez y para siempre. Desde ahora no deben saber nada de lo que ocurra. Que se la quiten, que se la lleven, que se la hieran, que se la arruinen, ellos no deben enterarse. Ni la madre, ni los hermanos. Esa será, en lo sucesivo, su suerte. Es ya como para llorar en la limusina negra.
La niña ahora tendrá que vérselas con ese hombre, el primero, el que se ha presentado en el transbordador.

Ocurrió muy pronto aquel día, un jueves. Cada día iba a buscarla al instituto para llevarla al pensionado. Y luego una vez fue al pensionado un jueves por la tarde. La llevó en el automóvil negro.
Es en Cholen. Es en dirección opuesta a los bulevares que conectan la ciudad china con el centro de Saigón, esas grandes vías a la americana surcadas de tranvías, cochecillos chinos tirados por un hombre, autobuses. Es por la tarde, pronto. Ha escapado al paseo obligatorio de las chicas del pensionado.
Es un apartamento en el sur de la ciudad. El lugar es moderno, diríase que amueblado a la ligera, con muebles modern style. El hombre dice: no he elegido yo los muebles. Hay poca luz en el estudio. Ella no le pide que abra las persianas. Se encuentra sin sentimientos definidos, sin odio, también sin repugnancia, sin duda se trata ya del deseo. Lo ignora. Aceptó venir en cuanto él se lo pidió la tarde anterior. Está donde es preciso que esté, desterrada. Experimenta un ligero miedo. Diríase, en efecto, que eso debe corresponder no sólo a lo que esperaba sino también a lo que debía suceder precisamente en su caso. Está muy atenta al exterior de las cosas, a la luz, al estrépito de la ciudad en el que la habitación está inmersa. El tiembla. Al principio la mira como si esperara que hablara, pero no habla. Entonces, él tampoco se mueve, no la desnuda, dice que la ama con locura, lo dice muy quedo. Después se calla. Ella no le responde. Podría responder que no lo ama. No dice nada. De repente sabe, allí, en aquel momento, sabe que él no la conoce, que no la conocerá nunca, que no tiene los medios para conocer tanta perversidad. Ni de dar tantos y tantos rodeos para atraparla, nunca lo conseguirá. Es ella quien sabe. Sabe. A partir de su ignorancia respecto a él, de repente sabe: le gustaba ya en el transbordador. El le gusta, el asunto sólo dependía de ella.

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