lunes, 17 de agosto de 2009

Los Confidentes -Tres Relatos- de Ellis Bret Easton

BRUCE LLAMA DESDE MULHOLLAND
Bruce, colocado y bronceado por el sol, llama desde Los Angeles y me dice que lo siente. Me dice que siente no estar conmigo aquí, en el campus. Me dice que tenía razón yo, que debería haber venido al curso intensivo de este verano, y me dice que siente no estar en New Hampshire y que siente no haberme llamado desde hace una semana y yo le pregunto qué anda haciendo por Los Ángeles y no menciono que han pasado dos meses.
Bruce me dice que las cosas han ido mal desde que Robert dejó el apartamento que compartían en la esquina de la Cincuenta y seis con Park y se fue con su padrastro a hacer un viaje en balsa por aguas bravas, por el río Colorado, dejando a Lauren, su novia, que también vive en el apartamento de la Cincuenta y seis esquina con Park, sola con Bruce, juntos los dos durante un mes. Yo no conozco a Lauren pero sé qué tipo de chicas atrae a Robert y tengo muy claro qué aspecto debe de tener, y luego pienso en las chicas a quienes puede gustarles Robert, guapas, de esas que hacen como que ignoran el hecho de que Robert, a los veintidós años, tiene unos trescientos millones de dólares, e imagino a esa chica, Lauren, tumbada en el futón de Robert, con la cabeza echada hacia atrás, y a Bruce moviéndose lentamente encima de ella, mientras cierra los ojos con fuerza.
Bruce me dice que la cosa empezó una semana después de que se fuera Roben. Bruce y Lauren habían ido al Café Central y después de devolver lo que habían pedido de comer y de decidir tomar sólo unas copas, estuvieron de acuerdo en que lo suyo sería sólo cuestión de sexo. Que aquello pasaba únicamente porque Robert se había ido al Oeste. Se dijeron uno al otro que, de hecho, no existía atracción mutua aparte de la física, y luego volvieron al apartamento de Robert y se acostaron. El asunto siguió así, me dice Bruce, durante una semana, hasta que Lauren empezó a salir con un magnate de la propiedad inmobiliaria, de veintitrés años, que tiene unos dos mil millones de dólares.
Bruce me dice que no se enfadó por culpa de eso. Pero que se sentía «ligeramente molesto» el fin de semana en que se presentó Marshall, el hermano de Lauren, que acababa de graduarse, y se quedó en el apartamento de Robert, de la esquina de la Cincuenta y seis con Park. Bruce me dice que la cosa entre él y Marshall se prolongó sencillamente porque Marshall se quedó más tiempo. Marshall se quedó semana y media. Y luego Marshall volvió al piso que tenía su ex novio en el SoHo, cuando su ex novio, un joven marchante de arte que tiene de unos dos a tres millones, dijo que quería que Marshall pintara tres columnas de adorno en el piso que compartían en Grand Street. Marshall tiene unos cuatro mil dólares y algo suelto.
Eso fue durante el período en que Lauren trasladó todos sus muebles (y algunos de los de Robert) a la casa que tenía en la Trump Tower el magnate de la inmobiliaria, el de veintitrés años. Durante ese período fue también cuando los dos carísimos lagartos egipcios de Robert aparentemente comieron unas cucarachas envenenadas y los encontraron muertos, uno debajo del sofá del cuarto de estar, sin cola, el otro despatarrado encima del Betamax de Robert. El grande costó cinco mil dólares; el pequeño había sido un regalo. Pero como Roben se encontraba en alguna parte del Gran Cañón, no había modo de ponerse en contacto con él. Bruce me cuenta que por eso dejó el apartamento de la Cincuenta y seis esquina con Park y se fue a casa de Reynolds, en Los Angeles, en la parte alta de Mulholland, mientras Reynolds, que más o menos tiene, según Bruce, lo que valen un par de falafels en PitaHut, sin incluir la bebida, está en Las Cruces.
Mientras enciende un canuto, Bruce me pregunta qué he andado haciendo, qué ha pasado por aquí, y me dice otra vez que lo siente. Le hablo de las clases, las recepciones, le cuento que Sam se acuesta con un redactor de la Paris Review que vino desde Nueva York el fin de semana dedicado a los editores, que Madison se afeitó la cabeza y Cloris creyó que le estaban dando quimioterapia y mandó todos los relatos que su amiga había escrito a unos redactores que conocía del Esquire, The New Yorker, Harper's, y que eso dejó a todo el mundo impresionado. Bruce dice que le diga a Craig que quiere que le devuelva la funda de su guitarra. Pregunta si voy a ir a East Hampton a ver a mis padres. Le digo que, como el curso intensivo está a punto de terminar y casi es septiembre, no veo para qué voy a ir.
El verano pasado Bruce estuvo conmigo en Camden y seguimos juntos el curso intensivo, y ése fue el verano en que Bruce y yo nos bañamos de noche en el lago Parrin y el verano en que él escribió la letra de la canción de Petticoat Junction por toda mi puerta porque yo me reía cada vez que él cantaba la canción y no porque la canción fuera graciosa, sólo era por el modo en que la cantaba: con la cara rígida pero completamente inexpresiva. Fue el verano en que fuimos a Saratoga y vimos a los Cars y, en ese mismo agosto, más adelante, a Bryan Metro. El verano fueron borracheras y noches y calor y el lago. Una imagen que no vi jamás: mis manos frías deslizándose por su espalda suave y mojada.
Bruce me dice que me toquetee, ahora mismo, en la cabina telefónica. La residencia en la que estoy se encuentra en silencio. Aparto un mosquito de un manotazo.
—No me puedo toquetear —digo yo. Me dejo resbalar poco a poco hasta el suelo, todavía con el teléfono en la mano.
—Ser rico es cojonudo —dice Bruce.
—Bruce —estoy diciendo yo—. Bruce.
Me habla del verano pasado. Menciona Saratoga, el lago, una noche de la que no me acuerdo en un bar de Pittsfield.
Yo no digo nada.
—¿Me estás escuchando? —pregunta.
—Sí —susurro yo.
—Oye, ¿no hay interferencias? —pregunta.
Yo estoy mirando fijamente un dibujo: una taza de capuccino rebosante de espuma y debajo de ella dos palabras garabateadas en negro: el futuro.
—Tranqui —dice Bruce, finalmente, con un suspiro.
Después de colgar vuelvo a mi habitación y me cambio. Reynolds me recoge a las siete y mientras vamos en coche a un pequeño restaurante chino de las afueras de Camden, baja el volumen de la radio después de que yo le diga que ha llamado Bruce; Reynolds pregunta:
—¿Se lo contaste?
Yo no digo nada. Hoy mientras comíamos me enteré de que Reynolds anda enrollado con uno de la ciudad que se llama Brandy. En lo único en que puedo pensar es en Robert que todavía sigue en una balsa, en algún sitio de Arizona, mirando una pequeña foto de Lauren, aunque es probable que no. Reynolds vuelve a subir el volumen de la radio después de que yo niegue con la cabeza. Miro por la ventanilla. Termina el verano, 1982.




UN MOMENTO DE CALMA


—Hace un año —dice Raymond—. Exactamente.
Yo esperaba que nadie lo fuera a mencionar, pero según transcurría la noche me daba cuenta de que alguien diría algo. Lo que pasa es que no creí que fuese Raymond. Estamos los cuatro en Mario's, un pequeño restaurante italiano de Westwood Village, y es jueves y a finales de agosto. Aunque las clases no empiezan hasta principios de octubre, todo el mundo puede asegurar que se termina el verano, que ya ha terminado. No hay gran cosa que hacer. Una fiesta en Bel Air a la que nadie tiene demasiado interés en ir. Ningún concierto. Ninguno de nosotros tiene cita. De hecho, exceptuando a Raymond, no me parece que ninguno salga con nadie. Conque los cuatro —Raymond, Graham, Dirk y yo— decidimos salir a cenar. Ni siquiera me daba cuenta de que hacía «exactamente» un año hasta que me encuentro en el aparcamiento, al lado del restaurante, y casi me alcanza un rastrojo volante que pasa por delante de mí con demasiada rapidez. Aparco y sigo sentado en mi coche, dándome cuenta de la fecha que es y camino muy despacio, con mucho cuidado, hasta la puerta del restaurante y me detengo un momento antes de entrar: me quedo mirando el menú enmarcado en un cristal. Soy el último en llegar. Ninguno les está contando demasiadas cosas a los otros. Trato de llevar la charla hacia otros asuntos: el nuevo vídeo de Fixx, Vanessa Williams, cuánto dinero está recaudando Cazafantasmas, qué cursos vamos a seguir, qué tal si al día siguiente vamos a hacer surf. Dirk se dedica a contar chistes malos que todos nos sabemos y que a nadie hacen gracia. Pedimos. El camarero se marcha. Raymond habla.
—Hace un año. Exactamente —dice Raymond.
—¿De qué? —pregunta Dirk, sin el menor interés.
Graham alza la vista hacia mí, luego la baja.
Nadie dice nada, ni siquiera Raymond, durante largo rato.
—Ya lo sabes —dice, por fin.
—No —dice Dirk—. No lo sé.
—Sí que lo sabes —dicen Graham y Raymond al mismo tiempo.
—No, de verdad que no lo sé —dice Dirk.
—Déjalo, Raymond —digo yo.
—No, nada de «déjalo, Raymond». ¿Qué tal «déjalo, Dirk»? —dice Raymond, mirando a Dirk, que no nos está mirando a ninguno de nosotros. Se limita a estar allí sentado, con la vista clavada en el vaso de agua, que tiene mucho hielo.
—No seas gilipollas —dice, con suavidad.
Raymond se echa hacia atrás, con aire de satisfacción pero algo triste. Graham me vuelve a mirar. Yo aparto la vista.
—No parecía que hiciese tanto —murmura Raymond—. ¿No crees, Tim?
—Déjalo, Raymond —vuelvo a decir yo. —¿De qué hace un año? —dice Dirk, mirando por fin a Raymond.
—Ya lo sabes —dice Raymond—. Ya lo sabes,
Dirk.
—No, no lo sé —dice Dirk—. ¿Por qué no nos lo cuentas? Venga, dínoslo.
—Yo no tengo nada que decir —murmura Raymond.
—Chicos, sois unos carapijos totales —dice Graham, jugueteando con un colín. Se lo ofrece a Dirk, que lo rechaza con la mano.
—Nada de déjalo, Raymond —dice Dirk—. Lo sacaste a relucir tú. Ahora cuéntalo, maricón.
—Diles que se callen —me dice Graham.
—Ya lo sabéis —dice débilmente Raymond.
—Cierra el pico —digo yo, con un suspiro.
—Cuéntaselo, Raymond —dice Dirk, desafiante.
—Desde que Jamie... —a Raymond se le quiebra la voz. Rechina los dientes, luego nos vuelve la espalda.
—¿Desde que Jamie qué? —pregunta Dirk, alzando la voz, que se hace más aguda—. ¿Desde que Jamie qué, Raymond?
—Chicos, sois unos carapijos totales. —Graham se ríe—. ¿Por qué no te callas?
Raymond susurra algo que no podemos oír ninguno de los demás.
—¿Qué? —pregunta Dirk—. ¿Qué has dicho?
—Desde que murió Jamie —admite Raymond por fin, entre dientes.
Por algún motivo esto cierra la boca a Dirk, que se echa hacia atrás, sonriendo, mientras el camarero trae la comida a la mesa. Yo no quiero garbanzos en la ensalada y ya se lo había advertido al camarero cuando pedimos, pero parece inadecuado decir nada. El camarero coloca un plato de mozzarella marinara delante de Raymond. Este clava los ojos en ella. El camarero se marcha, vuelve con la bebida. Raymond sigue mirando fijamente la mozzarella marinara. El camarero pregunta si está todo a nuestro gusto. Graham es el único de nosotros que asiente con la cabeza.
—Él siempre pedía esto mismo —dice Raymond.
—Por el amor de Dios, tranquilízate —dice Dirk—. ¿Qué más da? Pide algo distinto. Pide orejas de mar, por ejemplo.
—Las orejas de mar están muy buenas —dice el camarero, antes de irse—. Y también las uvas de mar.
—Me parece increíble que te comportes de este modo —dice Raymond.
—¿De qué modo? ¿Es porque no me comporto como tú? —Dirk agarra el tenedor, luego lo suelta por tercera vez.
—No, me parece increíble que te comportes así, como si todo esto te la sudara —dice Raymond.
—Puede que sí. Jamie era un gilipollas. Un tío simpático, pero también un gilipollas, ¿vale? —dice Dirk—. Y ahora vamos a dejarlo. No merece la pena seguir con ello.
—Era uno de nuestros mejores amigos —dice Raymond con aires de acusación.
—Era un gilipollas y no era uno de mis mejores amigos —dice Dirk, riendo.
—Tú eras su mejor amigo, Dirk —dice Raymond—. No hagas como si no lo hubieras sido.
—Me menciona en su agenda... cojonudo. —Dirk se encoge de hombros—. Por eso es. —Pausa—. Era un gilipollas.
—No te importa.
—¿El que haya muerto? —pregunta Dirk—. Lleva un año muerto, Raymond.
—Me resulta increíble que te importe un pijo, eso es todo.
—Si que me importe un pijo significa estar aquí llorando como un marica por ello... —Dick suspira, luego añade—: Mira, Raymond, de eso ya hace mucho tiempo.
—Sólo hace un año —dice Raymond.
Cosas de Jamie de las que me acuerdo: colocarme con él en un concierto de Oingo Boingo cuando íbamos a octavo. Una borrachera en la playa de Malibú, durante una fiesta en la casa de un compañero iraní. Una broma que les gastó a unos compañeros de la USC[1] durante una fiesta en Palm Springs que de hecho causó a Tad Williams lesiones bastante graves. No me acuerdo de qué se trataba, pero me acuerdo de que Raymond, Jamie y yo fuimos dando rumbos por uno de los pasillos del Hilton Riviera, los tres muy pasados, de unos adornos de Navidad, de alguien al que se le saltó un ojo, de un camión de bomberos que llega demasiado tarde, de un cartel encima de una puerta que decía «NO ENTRAR». Esnifamos una coca muy buena en un yate, la noche de la fiesta de graduación, y él me decía que yo era su mejor amigo. Pusimos otra raya en una mesa esmaltada de negro y le pregunté por Dirk, por Graham, Raymond, por un par de estrellas de cine. Jamie dijo que le gustaban Dirk y Graham y que Raymond no le caía muy bien. «Es un falso», fueron sus palabras exactas. Otra raya y dijo que me entendía o algo así y yo preparé otra raya y le creí porque es más fácil seguir la corriente que no seguirla.
Una noche, a fines de agosto, camino de Palm Springs, Jamie intentaba encender un canuto y, o perdió el control del coche porque iba muy deprisa o tuvo un reventón, el BMW se salió de la autopista y él se mató en el acto. Dirk le seguía en otro coche. Iban a pasar un fin de semana a la casa de los padres de Jeffrey en Rancho Mirage y se habían largado de una fiesta en Studio City en la que estuvimos todos, y fue Dirk el que tuvo que sacar el cuerpo destrozado y ensangrentado del coche de Jamie, y el que hizo señas de que se detuviera a un tipo que iba camino de Las Vegas para construir una cancha de tenis y el tipo fue en coche al hospital más cercano y la ambulancia llegó setenta minutos después y Dirk la esperó allí sentado en el desierto con la vista fija en el cadáver. Dirk nunca habló mucho de ello, se limitó a darnos unos pocos detalles una semana después de lo que pasó: el modo en que fue dando tumbos, el BMW se deslizó por la arena, estrellándose contra un cactus, y cómo asomaba por el parabrisas la parte de arriba del cuerpo de Jamie; el modo en que Dirk tiró de él, lo puso a un lado, registró los bolsillos de Jamie para hacerse otro canuto. Muchas veces he tenido la tentación de ir hasta donde tuvo lugar el accidente y echar un ojo pero ya nunca voy a Palm Springs porque siempre que estoy allí me siento fatal y es un coñazo.
—Chicos, encuentro increíble que no os importe —está diciendo Raymond.
—Raymond —decimos Dirk y yo al mismo tiempo.
—Lo que pasa es que no podemos hacer nada —termino yo.
—Sí. —Dirk se encoge de hombros—. ¿Qué podemos hacer?
—Tienen razón, Raymond —dice Graham—. Las cosas resultan borrosas.
—La verdad es que para mí es una especie de borrón enorme —dice Dirk.
Miro a Raymond y luego nuevamente a Dirk.
—Está muerto y todo lo que quieras, pero eso no significa que no fuera un gilipollas —dice Dirk, quitándose el plato de delante.
—No era un gilipollas, Dirk —le digo yo, y de repente me echo a reír—. Dirk el gilipollas, Dirk el gilipollas.
—¿Qué quieres decir con eso, Tim? —pregunta Dirk, mirándome fijamente—. ¿Es porque te levantó a Carol Banks?
—Dios santo —dice Graham.
—¿Qué es eso de que me levantó a Carol Banks? —pregunto yo, al cabo de un momento de silencio. Carol y yo nos estuvimos viendo ocasionalmente durante primero y segundo en la universidad. Ella se fue a Camden una semana antes de que muriese Jamie. Llevo un año sin hablar con ella. Ni siquiera creo que vuelva este verano.
—Se la follaba a tus espaldas —dice Dirk, y parece contento al decirme esto.
—Se la tiró diez, doce veces, Dirk —dice Graham—. A mí eso no me parece que fuera un asunto serio o algo así.
De todos modos a mí nunca me gustó de verdad Carol Banks. Perdí mi virginidad con ella un año antes de que en realidad empezáramos a salir juntos. Atractiva, rubia, animadora del equipo, buenas notas, nada muy especial. Carol siempre me ha llamado nonchalant, una palabra cuyo significado jamás entendí, y una palabra que busqué en bastantes diccionarios de francés y que nunca pude encontrar. Yo siempre sospeché que Jamie y Carol habían hecho algo, pero como Carol nunca me gustó mucho (sólo en la cama y ni siquiera allí estaba seguro del todo) sigo sentado a la mesa sin que me importe gran cosa, nada afectado por lo que sabían todos menos
yo.
—Vaya, hombre, de modo que todos lo sabíais, ¿no? —pregunto.
—Siempre me dijiste que en realidad Carol nunca te gustó —dice Graham.
—Pero lo sabíais todos, ¿no? —vuelvo a preguntar—. Raymond... ¿tú lo sabías?
Raymond mira de reojo durante un momento con los ojos fijos en un punto invisible y asiente con la cabeza, sin decir nada.
—¿Y qué? Bien poca cosa, ¿no? —dice Graham más que pregunta.
—¿Vamos a ir al cine, o qué? —pregunta Dirk, suspirando.
—Chicos, no consigo creer que no os importe —dice Raymond en voz bastante alta, de repente.
—¿A ti te apetece ir al cine? —me pregunta Graham.
—Chicos, no consigo creer que no os importe —vuelve a decir Raymond, en voz más baja.
—Yo estuve allí, tonto del culo —dice Dirk, agarrando el brazo de Raymond.
—Mierda, todo esto resulta demasiado violento —dice Graham, hundiéndose en su asiento—. Cállate la boca, Dirk.
—Yo estuve allí —dice Dirk ignorando completamente a Graham, y sujetando todavía la muñeca de Raymond—. Yo soy el que me quedé y le saqué del jodido coche. Soy el que le vio desangrarse hasta que murió. Así que no me toquéis los huevos con eso de que no me importa. Muy bien, Raymond. Me la suda.
Raymond ha empezado a llorar y se aparta de Dirk y se levanta de la mesa, dirigiéndose al fondo del restaurante, hacia el servicio de caballeros. Las pocas personas que quedan en el restaurante están todas mirando hacia nuestra mesa. La actitud distante de Dirk se viene un poco abajo. Graham tiene pinta de angustiado o algo así. Yo vuelvo a clavar la vista en una pareja de jóvenes que está dos mesas más allá de la nuestra, hasta que apartan la mirada.
—Alguien tendría que hablar con él —digo yo,
—¿Y decirle qué? —pregunta Dirk—. ¿Qué coño le vas a decir?
—Bueno, verás, hablar simplemente con él. —Me encojo de hombros.
—Yo no lo voy a hacer. —Dick se cruza de brazos y mira a todas partes excepto a mí o a Graham.
Me pongo de pie.
—Jamie pensaba que Raymond era un tonto del culo —dice Dirk—. ¿Te das cuenta? Le tenía manía. Era amigo suyo sólo porque lo éramos nosotros, Tim.
—Tiene razón, colega —dice Graham al poco.
—Yo creía que Jamie se había matado en el acto —digo allí quieto, de pie.
—Y así se mató. —Dirk se encoge de hombros—. ¿Por qué dices eso? ¿Por qué?
—Le dijiste a Raymond, bueno, que se desangró hasta que murió.
—Dios santo... ¿qué diferencia hay? Joder, lo digo en serio... —dice Dirk—. Por Dios, si sus padres tuvieron la mierda esa del velatorio en Spago, por el amor de Dios. Mira, déjalo ya, tío.
—No, la verdad, Dirk —estoy diciendo yo—. ¿Por qué le dijiste eso a Raymond? —Pausa—. ¿Es la verdad?
Dirk alza la mirada.
—Espero que le haga sentirse peor.
—¿Es eso? —pregunto, tratando de no sonreír burlonamente.
Dirk me mira con dureza, luego deja de hacerlo, perdiendo el interés.
—Es que tú nunca te enteras de nada, Tim. Tienes pinta de estar bien, pero no das una a derechas.
Me alejo de la mesa y voy al servicio de caballeros. La puerta está cerrada y por encima del sonido de la cisterna que descarga repetidamente consigo oír los sollozos de Raymond. Llamo con los nudillos.
—Raymond... déjame entrar.
La cisterna deja de sonar. Le oigo sorberse los mocos, luego sonarse la nariz.
—Estoy perfectamente —responde.
—Déjame entrar. —Hago girar el picaporte—. Vamos. Abre la puerta.
La puerta se abre. Es un cuarto de baño pequeño y Raymond está sentado en la taza del retrete, que tiene la tapa bajada, y rompe nuevamente a llorar, con la cara y los ojos rojos y húmedos. La emoción de Raymond me sorprende tanto que tengo que apoyarme en la puerta y limitarme a mirar, viendo cómo se retuerce las manos.
—Era amigo mío —dice él, entre hipidos, sin mirarme.
Yo me quedo mirando los azulejos amarillentos de la pared durante largo rato mientras me pregunto por qué cojones me habrá puesto el jodido camarero los garbanzos en la ensalada, cuando estoy completamente seguro de haberle dicho que no me los pusiera. ¿Dónde habría nacido el camarero, por qué trabajaba en Mario's; es que no se había fijado en la ensalada, o no me había entendido?
—También tú le caías bien —digo, al fin.
—Era mi mejor amigo. —Raymond intenta dejar de llorar dando puñetazos a la pared.
Procuro agacharme, prestar atención.
—Claro, claro —le digo.
—De verdad, lo era. —Raymond sigue sollozando.
—Venga, levántate —digo—. Todo se arreglará. Vamos a ir al cine.
Raymond alza la vista y pregunta:
—¿Lo crees de verdad?
—Sí, a Jamie tú también le caías bien. —Agarro a Raymond por el brazo—. No le gustaría que hicieras estas cosas.
—Yo le caía bien —dice para sí mismo, o lo pregunta.
—Sí, le caías bien. —No puedo evitar sonreír cuando digo esto.
Raymond tose y corta un trozo de papel higiénico y se suena la nariz, luego se seca la cara y dice que necesita algo de costo.
Volvemos a la mesa los dos y tratamos de comer un poco pero todo está frío, y mi ensalada ha desaparecido. Raymond pide una botella de vino bueno y el camarero la trae con cuatro copas y Raymond propone un brindis. Y después de tener llenas las copas nos apremia para que las alcemos y Dirk nos mira como si estuviéramos locos y se niega, vaciando la suya de un trago, antes de que Raymond diga algo como: «Por ti, colega, te echamos mucho de menos.» Yo alzo mi copa sintiéndome como un estúpido y Raymond me mira, con la cara hinchada, sonriente, con pinta de pirado, y en este momento de calma, cuando Raymond alza su copa y Graham se levanta a hacer una llamada telefónica, me acuerdo de Jamie, de repente y con tanta claridad que parece como si el coche no se hubiera salido de la autopista aquella noche en el desierto. Casi parece como si el tonto del culo estuviera aquí, con nosotros, y que si me diera la vuelta, estaría sentado ahí mismo, también con la copa alzada, sonriendo, moviendo la cabeza y murmurando la palabra «idiotas».
Doy un sorbo, al principio con cuidado, temeroso de que el sorbo sirva para sellar algo.
—Lo siento —dice Dirk—. Sólo es... es que no puedo.
[1] * Iniciales de la Universidad del Sur de California. (N. del T.)




LA ESCALERA MECÁNICA


Estoy de pie en la terraza del apartamento de Martin, en Westwood, con una copa en una mano y un pitillo en la otra, y Martin se acerca, se abalanza sobre mí y me empuja con ambas manos fuera de la terraza. El apartamento de Martin en Westwood sólo tiene dos pisos de altura y por eso la caída no dura mucho. Mientras voy cayendo espero que me despertaré antes de llegar al suelo. Me golpeo contra el asfalto, con fuerza, y me quedo allí, boca abajo, con el cuello completamente retorcido, alzo la vista y distingo la hermosa cara de Martin mirándome con una sonrisa benigna. Es la serenidad de esa sonrisa —no la caída, ni la imagen imaginaria de mi cuerpo destrozado y sangrando— lo que me despierta.
Miro el techo, luego el despertador digital de la mesilla, junto a la cama, que me dice que es casi mediodía, y espero inútilmente haber visto mal la hora, cerrando los ojos con fuerza, aunque cuando los vuelvo a abrir el reloj todavía sigue diciendo que son casi las doce. Levanto un poco la cabeza y miro los pequeños números rojos que parpadean en el Betamax y que me dicen lo mismo que las manecillas color melón del despertador: casi las doce de la mañana. Intento volver a dormirme pero el Librium que tomé al amanecer ya no me hace efecto y noto la boca reseca y espesa y tengo sed. Me levanto, despacio, y me dirijo al cuarto de baño y cuando abro el grifo miro al espejo durante largo rato hasta que no me queda más remedio que fijarme en las arrugas que se me empiezan a formar alrededor de los ojos. Desvío la mirada y me concentro en el agua fría que sale del grifo y que llena la especie de taza que formo con las manos.
Abro el armarito de las medicinas tirando del espejo y saco un frasco. Lo vacío y cuento los Librium que quedan: sólo cuatro. Vierto una cápsula verde y negra en la mano, la miro fijamente, luego la pongo con esmero junto al lavabo y cierro el frasco y lo vuelvo a guardar en el armarito de las medicinas y saco otro frasco de él y coloco dos Valium en la repisa, junto a la cápsula verde y negra. Guardo el frasco y saco otro. Lo abro, mirándolo con precaución. Me fijo en que no quedan demasiadas Thorazine y tomo nota mentalmente de que debo conseguir recetas de Librium y Valium y tomo un Librium y uno de los dos Valium y abro la ducha.
Entro en la ducha de grandes azulejos negros y blancos y me quedo allí. El agua, fría al principio, luego más caliente, me golpea en la cara con fuerza y me siento débil y poco a poco me pongo de rodillas, con la cápsula negra y verde todavía en el fondo de la garganta, e imagino, durante un instante, que el agua es de un fresco e intenso color verde mar, y separo los labios, echando la cabeza hacia atrás para que me entre un poco de agua que me ayude a tragar la pastilla.
Cuando abro los ojos empiezo a gemir al ver que el agua que cae sobre mí no es azul sino transparente y cálida y hace que la piel de mis pechos y estómago enrojezca.
Después de vestirme bajo las escaleras y me acongoja pensar en lo mucho que me lleva prepararme para enfrentarme al día. En los muchos minutos que pasan mientras recorro apáticamente el vestidor, en lo mucho que parece que me lleva elegir los zapatos que quiero, en el esfuerzo que debo de hacer para salir de la ducha. Es posible olvidarse de todo esto si se bajan las escaleras con cuidado, metódicamente, concentrándose en cada peldaño. Llego abajo y distingo unas voces que vienen de la cocina y me dirijo allí. Desde donde estoy distingo a mi hijo y a otro chico que están en la cocina buscando algo que comer, y a la muchacha sentada ante la enorme mesa de madera mirando las fotografías del Herald Examiner de ayer; se ha quitado las sandalias y lleva las uñas de los dedos de los pies pintadas con esmalte azul. El estéreo del estudio está encendido y alguien, una mujer, canta Encontré una foto tuya. Entro en la cocina. Graham levanta la vista de la nevera y dice, sin sonreír:
—Te levantas temprano.
—¿Por qué no has ido a clase? —pregunto, procurando que parezca que de veras me importa, mientras busco un Tab en la nevera.
—Los de segundo salimos pronto los lunes.
—Oh. —Le creo, pero no sé por qué. Abro el Tab y doy un trago. Tengo la sensación de que la pastilla que tomé antes se me ha quedado atascada en la garganta y se deshace. Tomo otro trago de Tab.
Graham pasa junto a mí y saca una naranja de la nevera. El otro chico, alto y rubio como Graham, está parado junto al fregadero y mira por la ventana en dirección a la piscina. Graham y el otro chico llevan sus uniformes del colegio y se parecen mucho: Graham pela la naranja, el otro chico mira fijamente el agua. Me cuesta mucho no encontrar desconcertante nada de lo que hace ninguno de los dos, de modo que me doy la vuelta, pero la visión de la muchacha, sentada a la mesa, con las sandalias junto a los pies y con el inconfundible olor de marihuana que procede de su bolso y su jersey, por algún motivo me parece muy desagradable y tomo otro trago de Tab y luego vacío lo que queda en el fregadero. Me dispongo a salir de la cocina.
Graham se vuelve hacia el otro chico.
—¿Quieres que veamos la MTV?
—Me parece que... bueno, no —dice el chico, con la vista clavada en la piscina.
Cojo mi bolso, que está en un hueco junto a la nevera, y me aseguro de que tengo dentro la cartera, porque la última vez que estuve en Robinson's no estaba. Me dispongo a salir por la puerta. La muchacha dobla el periódico. Graham se quita su jersey color borgoña. El otro chico quiere saber si Graham tiene la casete de Alien, el octavo pasajero. En el estudio la mujer está cantando Circunstancias fuera de control. Me encuentro mirando fijamente a mi hijo, rubio y alto y bronceado, con unos ojos verdes inexpresivos, que abre la nevera y saca otra naranja. La examina atentamente, luego alza la cabeza cuando se da cuenta de que estoy parada junto a la puerta.
—¿Vas a algún sitio? —pregunta.
—Sí.
Espera un momento y como yo no digo más, se encoge de hombros y se da la vuelta y empieza a pelar la naranja y en algún punto, durante el trayecto hacia Le Dome para reunirme con Martin para almorzar, caigo en la cuenta de que Graham sólo es un año menor que Martin y tengo que detener el Jaguar junto a un bordillo de Sunset y bajo el volumen de la radio y abro la ventanilla, luego el techo y dejo que el calor del sol de hoy caliente el interior del coche mientras me concentro en un rastrojo rodante que el viento empuja lentamente por un bulevar desierto.
Martin está sentado a la barra redonda de Le Dôme. Lleva traje y corbata y sigue impaciente con los pies el ritmo de la música que suena por la megafonía del restaurante. Me contempla mientras avanzo hacia él.
—Llegas tarde —dice, mostrándome la hora en un Rolex de ora.
—Sí, llego tarde —digo yo, y luego—: Vamos a sentarnos.
Martin mira su reloj y luego su vaso vacío y luego me mira de nuevo a mí y yo aprieto con fuerza mi bolso contra el costado. Martin suspira, luego asiente con la cabeza. El maître nos señala la mesa y nos sentamos y Martin se pone a hablar de sus clases en la UCLA y luego de que sus padres le fastidian, de que aparecen en su apartamento de Westwood sin avisar, de que su padrastro quería que asistiera a una cena que celebraba en Chasen's, de que no quiso ir a la cena que celebraba su padrastro en Chasen's y del hastío con que estuvieron discutiendo.
Yo miro por la ventana, a un criado hispano que está parado delante de un Rolls-Royce, contemplándolo fijamente mientras murmura algo. Cuando Martin empieza a quejarse de su BMW y de lo mucho que cuesta el seguro, le interrumpo.
—¿Por qué llamaste a casa?
—Quería hablar contigo —dice él—. Cancelar la cita.
—No llames a casa.
—¿Por qué? —pregunta—. ¿Te preocupa que se entere alguien?
Enciendo un cigarrillo.
Martin deja su tenedor junto al plato y luego aparta la vista.
—Estamos comiendo en Le Dôme —dice—. Me refiero a que... Dios santo.
—¿Todo bien? —pregunto.
—Sí. Todo bien.
Pido la cuenta y la pago y sigo a Martin hasta su apartamento de Westwood donde nos acostamos y le hago a Martin una felación y me lo trago todo de regalo.
Estoy tendida en una tumbona junto a la piscina. Hay ejemplares de Vogue y Los Angeles Magazine y la sección de espectáculos del Times amontonados junto a donde estoy tumbada pero no los puedo leer porque el color de la piscina atrae mi vista y miro fijamente y con ansia el agua color azul. Me apetece darme un baño pero el calor del sol ha recalentado demasiado el agua y el doctor Nova me ha advertido de los peligros que tiene tomar Librium si te pones a nadar.
Un empleado está limpiando la piscina. Es un chico muy joven y está muy bronceado y tiene el pelo rubio y no lleva camisa y lleva unos pantalones vaqueros blancos muy ajustados y cuando se agacha para comprobar la temperatura del agua, los músculos de la espalda se le marcan por debajo de su suave piel morena. El chico ha traído un casete portátil que está en el borde del Jacuzzi y alguien canta Nuestro amor está en peligro y yo espero que el sonido de la fronda de las palmeras a las que mueve el cálido viento llevará la música hasta el jardín de los Sutton. Me intriga lo intensa que parece ser la concentración del chico que se ocupa de la piscina, lo suavemente que se mueve el agua cuando pasa la red por ella, el modo en que vacía la red con que ha atrapado hojas y libélulas multicolores que parecen ensuciar la resplandeciente superficie del agua. El chico abre un desagüe y los músculos de su brazo se flexionan, levemente, sólo durante un momento. Y yo sigo mirando, paralizada, mientras él rebusca dentro del agujero redondo y empieza a sacar algo del agujero, con los músculos de los brazos momentáneamente flexionados de nuevo, y tiene el pelo rubio y alborotado por el viento, con vetas más claras debido al sol, y cambio de postura en la tumbona, sin apartar la vista.
El chico empieza a levantar el brazo del desagüe y saca dos grandes trapos grises que deja, goteando, en el cemento, y los mira fijamente. Mira fijamente los trapos durante mucho rato. Y luego se dirige hacia mí. Durante un momento siento pánico, me ajusto las gafas de sol, busco el aceite bronceador. El chico avanza lentamente hacia mí y el sol cae con fuerza y yo separo las piernas y me froto con aceite el interior de los muslos y luego las piernas, rodillas, tobillos. El chico está parado junto a mí. El Valium que tomé antes lo distorsiona todo, hace que los fondos se muevan de un modo ondulante. Una sombra me tapa la cara y eso me permite alzar la vista hacia el chico y en el estéreo portátil oigo Nuestro amor está en peligro y el chico abre la boca, los labios gruesos, los dientes blancos y limpios, y noto la abrumadora necesidad de que me pida que vaya a la furgoneta blanca aparcada al fondo del camino de entrada y que me ordene que me pierda en el desierto con él. Sus manos, que huelen a cloro, me extenderían el aceite por la espalda, el estómago, el cuello, y mientras me mira desde arriba con la música de rock procedente del casete y las palmeras agitadas por un ardiente viento del desierto y el resplandor del sol brillando en la superficie del agua azul de la piscina, me pongo tensa y espero que me diga algo, lo que sea, que suspire, que gima. Contengo la respiración, miro fijamente los ojos del chico, protegida por las gafas de sol, temblorosa.
—Tiene dos ratas muertas en el desagüe.
Yo no digo nada.
—Ratas. Dos ratas muertas. Quedaron atrapadas en el desagüe o a lo mejor cayeron, quién sabe. —Me mira sin expresión.
—¿Por qué... me cuentas... eso? —pregunto.
Se queda allí quieto, esperando que le diga algo más. Me quito las gafas de sol y miro hacia las cosas grises cerca del Jacuzzi.
—Llévatelas de aquí —consigo decir, bajando la vista.
—Sí, vale —dice el chico, con las manos en los bolsillos—. Es que no entiendo cómo quedaron atrapadas ahí.
La afirmación, de hecho una pregunta, la pronuncia de un modo tan lánguido que aunque no exige respuesta, le digo:
—Nunca lo sabremos... supongo.
Estoy mirando la portada de un ejemplar del Los Angeles Magazine. Un enorme arco de agua se alza hacia el cielo, un surtidor azul y verde y blanco.
—A las ratas les da miedo el agua —me está diciendo el chico.
—Sí —digo yo—. Eso he oído. Lo sé.
El chico regresa adonde están las ratas ahogadas y las agarra por unos rabos que deberían ser rosa pero que desde donde yo me encuentro veo que son azul claro y las mete en lo que creo que era su caja de herramientas y luego, para librarme de la idea del chico con las ratas, abro el Los Angeles Magazine y busco el artículo sobre el surtidor de la portada.
Estoy sentada en un restaurante de Melrose con Anne y Eve y Faith. Estoy tomando mi segundo bloody mary y Anne y Eve han tomado demasiados kirs y Faith pide lo que creo que es su cuarto gimlet de vodka. Enciendo un pitillo. Faith está contando que a su hijo, Dirk, le han quitado el permiso de conducir por ir a demasiada velocidad por la Pacific Coast Highway, borracho. Ahora Faith conduce el Porsche de él. Me pregunto si Faith sabe que Dirk les vende cocaína a los chicos del instituto de Beverly Hills. Graham me lo contó una tarde de la semana pasada en la cocina aunque yo no le había preguntado nada sobre Dirk. El Audi de Faith está en el taller por tercera vez en este año. Lo quiere vender pero no está segura de qué tipo de coche quiere comprar. Anne le dice que desde que le cambiaron el motor a su XJ6, el coche ha funcionado bien. Anne se vuelve hacia mí y me pregunta por mi coche, por el de William. A punto de sollozar, le digo que marcha estupendamente.
Eve no habla demasiado. Su hija está en un hospital psiquiátrico de Camarillo. La hija de Eve intentó suicidarse con una pistola disparándose en el estómago. No consigo entender por qué la hija de Eve no se pegó un tiro en la cabeza. No consigo entender por qué se tumbó en el suelo dentro del armario de su madre y se apuntó al estómago con la pistola de su padrastro. Trato de imaginar la secuencia de los acontecimientos que aquella tarde llevaron al disparo. Pero Faith se pone a hablar de los progresos de la terapia de su hija. Sheila es anoréxica. Mi propia hija conoce a Sheila y puede que también sea anoréxica.
Por fin, un incómodo silencio se impone en la mesa del restaurante de Melrose y yo miro a Anne que ha olvidado taparse las señales de las cicatrices de la operación para estirarle la piel de la cara que le hizo en Palm Springs hace tres meses el mismo cirujano que me hizo la mía y la de William. Pienso un momento en hablarles de las ratas del desagüe o del modo en que aparecía ante mis ojos el chico que limpiaba la piscina, pero en lugar de eso enciendo otro pitillo y el sonido de la voz de Anne rompe el silencio y me sobresalta y me quemo un dedo.
El miércoles por la mañana, después de levantarse de la cama, William me pregunta dónde está el Valium y después de lanzarme fuera de la cama para cogerlo de mi bolso y después de que él me recuerde que tenemos mesa reservada en Spago para toda la familia a las ocho y después de que yo oiga las ruedas del Mercedes en el camino de entrada y después de que Susan me diga que va a ir a Westwood con Alana y con Blair después de clase y que nos encontraremos en Spago y después de que me vuelva a dormir y de soñar con ratas que se ahogan en el Jacuzzi y con docenas de chicos que cuidan piscinas, desnudos, parados junto al Jacuzzi, riéndose, señalando las ratas ahogadas, con las cabezas moviéndose al unísono al ritmo de la música procedente de unos estéreos portátiles que llevan en sus dorados brazos, me despierto y bajo y saco un Tab de la nevera y encuentro veinte miligramos de Valium en un pastillero de otro bolso metido en el hueco junto a la nevera y tomo diez miligramos. Desde la cocina oigo a la muchacha pasando el aspirador en el cuarto de estar y eso me impulsa a vestirme y voy en coche a un drugstore Thrifty de Beverly Hills y me dirijo a la farmacia, con el frasco vacío que normalmente está lleno de cápsulas negras y verdes agarrado con fuerza en la mano. Pero el local tiene aire acondicionado y está fresco y la luz de los fluorescentes y la música ambiental que suena en lo alto como un ruido de fondo tienen un claro efecto relajante y aflojo la presión sobre el frasco de plástico marrón.
En el mostrador le tiendo el frasco vacío al farmacéutico. Este se pone las gafas y mira el recipiente de plástico.
Yo me examino atentamente las uñas de la mano y trato de recordar inútilmente el título de la canción que suena por el hilo musical.
—¿Señorita? —empieza el farmacéutico con timidez.
—¿Sí? —Me quito las gafas de sol.
—Aquí dice «para una sola vez».
—¿Qué? —pregunto, sobresaltada—. ¿Dónde?
El farmacéutico señala las palabras escritas a máquina de la parte de abajo de la etiqueta sujeta con cinta adhesiva al frasco junto al nombre de mi psiquiatra y junto a eso la fecha, 10/10/83.
—Creo que el doctor Nova ha cometido algún... bueno, algún error —digo yo muy despacio, insegura, echando una nueva ojeada al frasco.
—Bien —dice el farmacéutico, suspirando—. Pues yo no puedo hacer nada.
Me vuelvo a mirar las uñas y trato de pensar en algo que decir, que, finalmente, es:
—Pero... necesito más.
—Lo siento —dice el farmacéutico, claramente molesto, cambiando el peso de un pie al otro, nervioso. Me devuelve el frasco y cuando trato de volvérselo a dar, se encoge de hombros.
—Habrá razones por las que su médico no quiso que tomara más —explica amablemente, como si hablara con un niño.
Intento reír, me paso una mano por la cara y digo alegremente:
—Oh, él siempre me gasta esas bromas.
Pienso en el modo en que me miró el farmacéutico después de que yo dijera eso cuando vuelvo en coche a casa, y paso andando junto a la muchacha, y el olor a marihuana me alcanza durante un instante y me acompaña hasta el dormitorio. Cierro la puerta con pestillo y bajo las persianas y me quito la ropa y pongo una cinta en el Betamax y me meto bajo las frescas sábanas y lloro durante una hora y trato de ver la película y tomo algo de Valium y luego registro a fondo el cuarto de baño en busca de una antigua receta de Nembutal y luego ordeno los zapatos de mi armario y pongo otra película en el Betamax y luego abro las ventanas y el olor a buganvilla penetra por entre las persianas parcialmente bajadas y fumo un pitillo y me lavo la cara.
Llamo a Martin.
—¿Diga? —responde otro chico. —¿Martin? —pregunto de todos modos. —No, lo siento. Hago una pausa.
—¿No está Martin?
—Un momento, voy a ver.
Oigo que deja el teléfono y trato de reírme ante la idea de que alguien, un chico probablemente bronceado, rubio, como Martin, que está en el apartamento de Martin, deja el teléfono y va a buscarle por el pequeño estudio de tres habitaciones, pero al cabo de un rato no me parece nada gracioso.
El chico vuelve al aparato.
—Creo que está en la... bueno, en la playa.
El chico no parece demasiado seguro.
Yo no digo nada.
—¿Quieres dejarle algún recado? —pregunta él, con tono furtivo, al cabo de una pausa—. Espera un momento. ¿Eres Julia? ¿La chica que conocimos Mike y yo en el 385 North? ¿Con el Volkswagen?
Yo no digo nada.
—Tenías tres gramos encima y un Volkswagen blanco.
Yo no digo nada.
—¿Eres o no?
—No.
—¿No tienes un Volkswagen blanco?
—Volveré a llamar.
—Como quieras.
Cuelgo, preguntándome quién será el chico, si sabrá lo mío con Martin y preguntándome si Martin estará tumbado en la arena, tomando una cerveza, fumando un pitillo bajo una sombrilla a rayas en la playa con las gafas de sol Wayfarer puestas, el pelo peinado hacia atrás, mirando fijamente hacia donde termina la tierra y se une con el mar, o si en lugar de eso estará en la cama tumbado debajo de un poster de las Go-Go's, estudiando para un examen de química y al mismo tiempo mirando los anuncios de coches en busca de un BMW nuevo. Me quedo dormida hasta que termina la cinta del Betamax y se oye chisporrotear la electricidad estática.
Estoy sentada con mi hijo y mi hija a una mesa de un restaurante de Sunset. Susan lleva una minifalda que compró en una tienda que se llama Flip, en Melrose, una tienda que está situada no demasiado lejos de donde me quemé el dedo cuando almorzaba con Eve y Faith y Anne. Susan también lleva una camiseta blanca con las palabras LOS ÁNGELES escritas a mano con un rojo que parece sangre que no se ha secado del todo y gotea. Susan también lleva puesto un viejo chaleco Levi's con una chapa de los Stray Cats pinchada en una de las descoloridas solapas y gafas de sol Wayfarer. Agarra la rodaja de limón de su vaso de agua y la muerde. No consigo recordar si ya hemos pedido la comida o no. Me pregunto qué es un Stray Cat.
Graham está sentado junto a Susan y estoy casi segura de que está fumado. Mira por las ventanas y sigue los faros de los coches que pasan. William está llamando por teléfono a los estudios. Parece que va a cerrar un trato que no está nada mal. William no ha sido concreto con respecto a la película ni sobre quién va a participar en ella o quién la va a financiar. Sin embargo me han llegado rumores de que se trata de la continuación de una película de mucho éxito que estrenaron el año pasado, en el verano de 1982, sobre un marciano muy chistoso que tenía pinta de uva; una uva grande y triste. William ha ido al teléfono del fondo del restaurante cuatro veces desde que llegamos y tengo la sensación de que William se levanta de la mesa y se limita a quedarse al fondo del restaurante, porque en la mesa de al lado de la nuestra hay una actriz que está sentada con un surfista muy joven y la actriz mira sin parar a William siempre que éste se encuentra en la mesa y sé que la actriz se ha acostado con William y que la actriz sabe que yo lo sé y cuando se cruzan nuestras miradas durante un momento, un accidente, las dos apartamos la vista bruscamente.
Susan se pone a tararear una canción para sí misma mientras tamborilea con los dedos en la mesa. Graham enciende un pitillo, sin que le importe que digamos algo, y sus ojos, enrojecidos y medio cerrados, se le humedecen durante un momento.
—Mi coche hace algo así como un ruido raro —dice Susan—. Creo que será mejor que lo revise. —Pasa los dedos por la montura de sus gafas de sol.
—Desde luego, si hace un ruido raro, debes mirarlo —digo yo.
—Bueno, o sea, es que lo voy a necesitar. Voy a ver a los Psychedelic Furs, en el Civic, el viernes, y tengo que llevar mi coche como sea, oyes. —Susan mira a Graham—. Si es que Graham me ha conseguido las entradas.
—Sí, te he conseguido las entradas —dice Graham, con lo que suena como a gran esfuerzo—. Y ya te vale de decir «o sea».
—¿De dónde las has sacado? —pregunta Susan, tamborileando con los dedos.
—De Julian.
—No, de Julian no.
—¿Y por qué no? —Graham trata de sonar a fastidio, pero suena a cansado.
—Es un colgado, está pasado a todas horas. Probablemente habrá ligado unas entradas asquerosas. Está pasado a todas horas —repite Susan. Deja de tamborilear, mira directamente a Graham—. Igualito que tú.
Graham asiente lentamente con la cabeza y no dice nada. Antes de que pueda decirle que no discuta con su hermana, él dice:
—Sí, igualito que yo.
—Julian vende heroína —dice Susan, como quien no quiere la cosa.
Le echo una ojeada a la actriz cuya mano aprieta el muslo del surfista mientras éste come pizza.
—También es chapero —añade Susan.
Una larga pausa.
—Eso... ¿está dirigido a mí? —pregunto, suavemente.
—Eso es una tremenda mentira —consigue decir Graham—. ¿Quién te contó eso? ¿Esa puta de Valley? ¿Sharon Wheeler?
—Nada de eso. Sé que el dueño del Seven Seas se acuesta con él y que ahora Julian entra gratis y tiene toda la coca que quiere. —Susan suspira, sonríe cansinamente—. Además, resulta irónico que los dos tengan herpes.
Esto hace que Graham se ría por algún motivo y dé una calada a su pitillo y diga:
—Julian no tiene herpes y no se lo contagió el dueño del Seven Seas. —Pausa, expulsa el humo, luego—: Tiene una enfermedad venérea por culpa de Dominique Dentrel.
William se sienta.
—Dios santo, mis hijos están hablando de «éxtasis» y de maricas, vaya por Dios... quítate esas malditas gafas de sol, Susan. Estamos en Spago, no en el jodido club de la playa. —William termina la botella de un vino espumoso que por lo visto había perdido el gas unos veinte minutos antes. Nos lanza una ojeada a la actriz y a mí y dice—: Vamos a ir a la fiesta de los Schrawtz el viernes por la noche.
Estoy toqueteando mi servilleta y enciendo un pitillo.
—Yo no quiero ir a esa fiesta de los Schrawtz del viernes por la noche —digo sin alzar la voz, echando el humo.
William me mira y enciende un pitillo y dice, también sin alzar la voz, mirándome directamente:
—Entonces ¿qué es lo que quieres hacer en lugar de eso? ¿Dormir? ¿Quedarte tumbada junto a la piscina? ¿Contar tus zapatos?
Graham baja la vista, riéndose tontamente.
Susan da un sorbo a su agua, echa una ojeada al surfista.
Al cabo de un rato les pregunto a Susan y Graham cómo les va en la universidad.
Graham no responde.
Susan dice:
—Muy bien. Belinda Laurel tiene herpes.
Me pregunto si a Belinda Laurel se lo habrá contagiado Julian o el dueño del The Seven Seas. Tampoco estoy pasando un buen rato al aguantarme las ganas de preguntarle a Susan qué es un Stray Cat.
Graham habla desganadamente, dice:
—Se lo pegó Vince Parker, cuyos padres le compraron un 928 aunque saben que se mete cantidades de tranquilizantes para animales.
—Eso es... —Susan hace una pausa, busca la palabra adecuada.
Yo cierro los ojos y pienso en el chico que descolgó el teléfono en el apartamento de Martín.
—Asqueroso —termina Susan.
Graham dice:
—Sí, asqueroso de verdad.
William lanza una ojeada a la actriz que mete mano al surfista, y haciendo una mueca dice:
—Dios mío, chicos, sois unos morbosos. Voy a hacer otra llamada.
Graham, con pinta de cansado y resacoso, mira por la ventana hacia la Tower Records del otro lado de la calle con una nostalgia que me sorprende y luego cierro los ojos y pienso en el color del agua, en un limonero, una cicatriz.
El jueves por la mañana llama mi madre. La muchacha entra en mi habitación a las once y me despierta diciendo:
—Teléfono, su madre, su madre, señora[1].
—No estoy aquí, Rosa, no estoy aquí...'' —digo yo y me vuelvo a dormir.
Después de despertar a la una y dirigirme a la piscina fumando un pitillo y tomando una Perrier, el teléfono suena en la caseta del jardín y comprendo que tendré que hablar con mi madre con objeto de librarme de ella. Rosa descuelga de modo que el teléfono deja de sonar, y eso hace que vuelva a la casa principal.
—Sí, soy yo. —Mi madre parece estar sola y enfadada—. ¿Dónde estabas? Llamé antes.
—Sí. —Suspiro—. De compras.
—Ah. —Pausa—. ¿Y qué compraste?
—Bueno... cosas para los perros —digo yo, y luego—: Estuve comprando unas cosas —y luego—: Para los perros —y luego—: ¿Cómo estás?
—¿Tú cómo crees que estoy?
Suspiro, me tumbo en la cama.
—No lo sé. ¿Como siempre? —y luego, al cabo de un momento—: No llores —digo—. Por favor. No llores, por favor.
—Resulta todo tan sin sentido... Continúo viendo al doctor Scott todos los días y sigo esa terapia y él no deja de decir «Saldrá adelante, saldrá adelante» y yo siempre le pregunto «¿Qué es eso de que saldré adelante», «¿Qué es eso de que saldré adelante?». Y luego... —Mi madre se interrumpe, sin aliento.
—¿Todavía te receta Demerol?
—Sí —dice ella, suspirando—. Todavía sigo con el Demerol.
—Bien, eso está... bien.
La voz de mi madre se vuelve a quebrar.
—No sé si podré seguir tomándolo. Mi piel, está toda... mi piel...
—Por favor.
—... amarilla. Está toda amarilla.
Enciendo un pitillo.
—Por favor. —Cierro los ojos—. Todo irá perfectamente.
—¿Dónde están Graham y Susan?
—Están... en clase —digo yo, tratando de no parecer demasiado dubitativa.
—Me habría gustado hablar con ellos —dice—. A veces los echo de menos, ya sabes.
Apago el pitillo.
—Sí. Bien. También ellos... te echan de menos, ya sabes, sí... —Lo sé.
Tratando de entablar conversación, pregunto:
—Oye, ¿que has hecho últimamente?
—Acabo de volver de la clínica y me dedicaba a ordenar el desván y encontré aquellas fotos que sacamos aquellas Navidades en Nueva York. Las estaba buscando. Tú tenías doce años. Cuando nos alojamos en el Carlyle.
En los últimos quince días mi madre parece que siempre está ordenando el desván y encontrando las mismas fotografías de aquellas Navidades en Nueva York. Recuerdo vagamente las Navidades. Las horas que tardó en elegir un vestido para que me lo pusiese en Nochebuena, luego el modo en que me cepilló el pelo con toques que se prolongaban mucho. Un espectáculo de Navidad en Radio City Music Hall y el bastón de caramelo que comí durante el espectáculo, que parecía un Santa Claus delgado y asustado. Además, estaba la noche en que mi padre apareció borracho en el Plaza y la pelea entre mis padres en el taxi durante el camino de vuelta al Carlyle y cómo les oí discutir aquella misma noche, más tarde, y que se rompían copas o vasos en la habitación de al lado de la mía. Una cena de Navidad en La Grenouille, en la que mi padre intentó besar a mi madre y ella se apartó. Pero lo que recuerdo con más claridad y lo que más me asusta es que durante ese viaje no nos hicimos fotos.
—¿Cómo está William? —pregunta mi madre cuando no le comento nada de las fotos.
—¿Qué? —pregunto yo, sorprendida, retomando la conversación.
—William. Tu marido —y luego, con cierto retintín—: Mi yerno. William.
—Está bien. Bien. Está bien. —La actriz de la mesa vecina a la nuestra de ayer por la noche en Spago besó al surfista en la boca cuando él quitó con un cuchillo el caviar de la pizza, y cuando me levanté para irme, me sonrió. Mi madre, con la piel amarilla, su cuerpo delgado y frágil debido a la falta de alimento, se muere en una casa enorme y vacía que da a la bahía de San Francisco. El chico que se ocupa de la piscina ha puesto trampas con mantequilla de cacahuete en el borde de la piscina. Sin precisión, con desgana.
—Me alegro.
No decimos nada durante casi dos minutos. Yo llevo la cuenta y oigo el tictac del reloj y a la muchacha tarareando una canción mientras limpia las ventanas de la habitación de Susan, y enciendo otro pitillo y espero que mi madre cuelgue pronto. Por fin mi madre se aclara la voz y dice algo.
—Se me está cayendo el pelo.
Tengo que colgar.
El psiquiatra al que voy, el doctor Nova, es joven y está bronceado y tiene un Peugeot y lleva trajes de Giorgio Armani y posee una casa en Malibú y se queja con frecuencia del servicio de Trumps. Su consulta está en Wilshire y se encuentra en un gran complejo de estuco frente a un Neiman Marcus y los días en que le voy a ver habitualmente aparco el coche en el Neiman Marcus y recorro la tienda hasta que compro algo y luego cruzo la calle. Hoy, en su consulta del décimo piso, el doctor Nova me cuenta que ayer por la noche durante una fiesta en el Colony una persona «intentó ahogarse». Le pregunto si era uno de sus pacientes. El doctor Nova dice que era la mujer de una estrella de rock cuyo single había sido número dos en la lista del Billboard durante las últimas tres semanas. Empieza a contarme quién más estaba en la fiesta cuando le tengo que interrumpir.
—Necesito que me vuelvas a recetar Librium.
El enciende un delgado pitillo italiano y pregunta:
—¿Por qué?
—No me preguntes por qué. —Bostezo—. Limítate a recetármelo.
El doctor Nova expulsa el humo, luego pregunta:
—¿Y por qué no te lo puedo preguntar?
Yo estoy mirando por la ventana.
—Porque te pido que no me lo preguntes —digo, en voz bastante baja—. Y porque te pago ciento treinta y cinco dólares por hora.
El doctor Nova da una calada a su pitillo, luego mira por la ventana. Al cabo de un rato pregunta, cansinamente:
—¿En qué estás pensando?
Yo sigo mirando por la ventana, ida, observando las palmeras agitadas por un viento ardiente que se destacan ante un cielo naranja y, debajo de ellas, un cartel de Forest Lawn.
El doctor Nova se aclara la voz.
Ligeramente irritada, digo:
—Limítate a extenderme la receta y... —Suspiro—. ¿De acuerdo?
—Sólo me preocupaba por ti.
Sonrío agradecida, incrédula. Él mira mi sonrisa, extrañado, inseguro, sin entender a qué se debe.
Veo el pequeño y viejo Porsche de Graham en Wilshire Boulevard y le sigo, sorprendida de que conduzca con tanto cuidado, de que encienda los intermitentes cuando quiere cambiar de carril, de cómo reduce la marcha y empieza a frenar ante los semáforos en amarillo y luego se detiene del todo cuando se ponen rojos, del cuidado con que conduce el coche por la carretera. Supongo que Graham se dirige a casa, pero cuando pasa Robertson, le sigo.
Graham sigue por Wilshire hasta que gira a la derecha por una calle lateral, después de atravesar Santa Monica. Me detengo en una estación de servicio Mobil y le observo mientras se detiene en el camino de entrada de un enorme edificio de apartamentos blanco. Aparca el Porsche detrás de un Ferrari rojo y se apea, pasea la vista alrededor. Me pongo las gafas de sol, subo el cristal de la ventanilla. Graham llama con los nudillos en la puerta de uno de los apartamentos que dan a la calle y el chico que estaba a principios de semana en la cocina de casa, el que miraba la piscina, abre la puerta y Graham entra y se cierra la puerta. Graham sale de la casa veinte minutos después en compañía del chico que sólo lleva puestos unos shorts, y se estrechan la mano. Graham se tambalea camino de su coche, dejando caer las llaves. Se agacha para recogerlas y después de tres intentos por fin las agarra. Se sube al Porsche, cierra la puerta y se mira el regazo. Luego se lleva el dedo a la boca y se lo chupa, levemente. Satisfecho, vuelve a bajar la vista hacia el regazo, mete algo en la guantera y se aleja del Ferrari marcha atrás y luego continúa por Wilshire.
De repente dan unos golpecitos en la ventanilla del acompañante y yo levanto la vista, sobresaltada. Es un guapo empleado de la estación de servicio que me pide que mueva el coche, y cuando arranco, en mi línea de visión se interpone una imagen de cuya validez tengo alguna duda: Graham en la fiesta de su sexto cumpleaños, con unos pantalones cortos grises, una camisa cara, mocasines, apagando todas las velas de una tarta de cumpleaños de los Picapiedra y William sacando un triciclo Big Wheel del maletero de un Cadillac plateado y un fotógrafo haciéndole una foto a Graham montado en el Big Wheel en el camino de entrada a casa, en la pradera y finalmente junto a la piscina. Mientras conduzco por Wilshire intento recordar algo más, pero no puedo, y cuando llego a casa no está el coche de Graham.
Estoy tumbada en una cama del apartamento de Martin en Westwood. Martin ha puesto la MTV y sigue con los labios lo que canta Prince y tiene las gafas de sol puestas y está desnudo y hace como que toca la guitarra. El aire acondicionado está conectado y casi puedo oír su zumbido, y trato de localizar de dónde procede, y Martin se pone a bailar delante de la cama, con un pitillo sin encender colgándole de los labios. Me doy la vuelta en mi lado de la cama. Martin quita el sonido del televisor y pone un antiguo álbum de los Beach Boys. Enciende el pitillo. Me tapo con la ropa de cama. Martin salta a la cama, se tumba a mi lado, desnudo, subiendo y bajando las piernas. Noto que alza la piernas muy despacio, y que luego las baja, todavía más despacio. Deja de hacer esto y entonces me mira. Busca debajo de la ropa de cama y se ríe burlonamente.
—Tienes las piernas suaves de verdad.
—Me he hecho la cera,
—Tremendo.
—Tuve que tomar una botella pequeña de Absolut para soportarlo.
De repente Martin se levanta de un salto, se pone encima de mí, gruñendo, imitando a un león o a un tigre o de hecho a un felino muy grande. Los Beach Boys están cantando No sería agradable. Doy una calada a su pitillo y alzo la vista hacia Martín que está muy bronceado y es fuerte y joven y tiene unos ojos azules que son tan imprecisos e inexpresivos que es imposible que no encandilen. En la pantalla del televisor hay una mazorca de maíz en blanco y negro y debajo de la mazorca las palabras «Muy importante».
—¿Estuviste ayer en la playa? —pregunto.
—No. —Sonríe—. ¿Por qué? ¿Creíste verme allí?
—No. Sólo lo suponía.
—Soy el que está más moreno de mi familia.
Tiene como media erección y me coge la mano y la coloca en torno al glande, guiñándome el ojo sarcásticamente. Quito la mano y le paso los dedos por el estómago y el pecho y luego le toco los labios y él se echa hacia atrás.
—Me pregunto qué pensarían tus padres si supieran que una amiga suya se acuesta con su hijo —murmuro.
—Tú no eres amiga de mis padres —dice Martin, dejando de sonreír durante un instante.
—No, sólo juego al tenis con tu madre dos veces por semana.
—Ya me gustaría saber quién es la que gana esos partidos. —Pone los ojos en blanco—. No quiero hablar de mi madre. —Trata de besarme. Yo le aparto y él se queda tumbado allí y se pone a toquetearse y tararea la letra de otra canción de los Beach Boys.
—¿Sabías que tengo un peluquero que se llama Lance y que Lance es homosexual? Creo que tú dirías que es «un homosexual total». Se maquilla y se pone joyas y habla muy afectadamente y constantemente me habla de sus jóvenes novios y es afeminado en grado extremo. De todos modos, fui hoy a su peluquería porque esta noche tengo que asistir a la fiesta de los Schrawtz, de modo que entré en el local y le dije a Lillian, la mujer que concierta las citas, que tenía hora con Lance y Lillian dijo que Lance se había tomado la semana libre y yo me quedé muy decepcionada y dije: «Bueno, pues nadie me lo había dicho», y luego: «¿Dónde está Lance? ¿Haciendo un crucero o algo así?», y Lillian me miró y dijo: «No, no está haciendo un crucero ni nada de eso. Su hijo se mató en un accidente de coche cerca de Las Vegas ayer por la noche», y yo volví a concertar otra cita y salí de la peluquería. —Miro a Martin—. ¿No lo encuentras extraño?
Martin está mirando al techo y luego me mira a mí y dice:
—Sí, extraño de verdad. —Se levanta de la cama.
—¿Adonde vas? —pregunto.
Se pone los calzoncillos.
—Tengo clase a las cuatro.
—¿Y no puedes faltar?
Martin se sube la cremallera de sus vaqueros desgastados y se pone un polo y unas playeras y cuando yo me siento en el borde de la cama, cepillándome el pelo, él se sienta a mi lado y, con una sonrisa muy juvenil, pregunta:
—Pequeña, ¿me podrías prestar sesenta pavos? Tengo que pagarle a un tipo las entradas para Billy Idol y se me olvidó ir al cajero automático y me encuentro en un lío... —La voz se le apaga.
—Sí. —Busco en mi bolso y le doy a Martin cuatro billetes de veinte y él me besa en el cuello y dice, como por cumplir:
—Gracias, pequeña. Te lo devolveré.
—Sí, me lo devolverás. Y no me llames pequeña.
—Puedes irte cuando quieras —dice mientras abre la puerta.
El Jaguar se avería en Wilshire. Voy conduciéndolo y el techo está abierto y la radio puesta y de repente el coche da unos tirones y comienza a inclinarse a la derecha. Piso el acelerador y lo hundo hasta la tabla y el coche vuelve a dar unos tirones y a inclinarse a la derecha. Aparco el coche, atravesado, junto al bordillo, cerca del cruce de Wilshire y La Ciénega, y al cabo de un par de minutos de intentar arrancarlo de nuevo quito las llaves de contacto y me quedo sentada en el Jaguar averiado con el techo abierto y oyendo pasar el tráfico. Por fin me apeo del coche y encuentro una cabina telefónica en la gasolinera Mobil del cruce de La Ciénega y llamo a Martin, pero responde otra voz, esta vez la de una chica, y me dice que Martin está en la playa y yo cuelgo y llamo a los estudios pero un ayudante de William me dice que éste está en el Polo Lounge con el director de su próxima película y aunque sé el número del Polo Lounge no llamo. Pruebo en casa, pero no están ni Graham ni Susan y la muchacha ni siquiera parece reconocer mi voz cuando le pregunto dónde están y cuelgo el teléfono antes de que Rosa pueda decir nada más. Me quedo en la cabina telefónica cerca de veinte minutos y pienso en Martin empujándome fuera de la terraza de su apartamento de Westwood. Por fin salgo de la cabina telefónica y consigo que un empleado de la estación de servicio llame al Auto Club y vienen y se llevan el Jaguar con una grúa al concesionario Jaguar de Santa Mónica donde mantengo una humillante conversación con una persa que se llama Normandie y me llevan en coche a casa, donde me tumbo en la cama y trato de dormir pero llega William y me despierta y le cuento lo que ha pasado y él murmura «muy típico» y dice que tenemos que ir a una fiesta y que la cosa se pondrá fea si no empezamos a prepararnos enseguida.
Me estoy cepillando el pelo. William está de pie ante el lavabo, afeitándose. Sólo lleva puestos unos pantalones blancos, con la cremallera bajada. Yo llevo puesta una falda y un sostén y me pongo una blusa y entonces dejo de cepillarme el pelo. William se lava la cara, luego se la seca con una toalla.
—Ayer recibí una llamada en los estudios —dice—. Una llamada muy interesante. —Pausa—. Era de tu madre, lo cual es raro de verdad. Primero, porque tu madre nunca había llamado a los estudios, y después porque a tu madre nunca le he gustado demasiado.
—Eso no es cierto —digo yo, luego me echo a reír.
—¿Sabes qué me dijo?
Yo no digo nada.
—Vamos, vamos, a ver si lo adivinas —dice él, sonriendo—. ¿No vas a intentar adivinarlo?
Yo no digo nada.
—Me dijo que le colgaste el teléfono. —William hace una pausa—. ¿Es cierto eso?
—¿Y qué si lo fuera? —Dejo el cepillo del pelo y me vuelvo a pintar los labios pero me tiemblan las manos y dejo de hacerlo y luego agarro el cepillo y comienzo a cepillarme el pelo otra vez. Por fin, levanto la vista hacia William, que me está mirando fijamente por el espejo, y digo sencillamente—: Sí.
William se dirige al armario y coge una camisa.
—La verdad es que pensaba que no era cierto. Se me ocurrió que a lo mejor el Demerol la afectaba o algo —dice, secamente. Me pongo a cepillarme el pelo con toques rápidos y breves—. ¿Por qué? —pregunta, curioso.
—No lo sé —digo yo—. Creo que no era capaz de hablar con ella.
—¿Le colgaste el teléfono a tu propia madre? —Se ríe.
—Sí. —Dejo el cepillo del pelo—. ¿Por qué te interesa tanto? —pregunto, súbitamente deprimida por el hecho de que el Jaguar tenga que estar en el taller cerca de una semana. William se limita a estar allí parado.
—¿Es que no quieres a tu madre? —pregunta, subiéndose la cremallera de los pantalones, luego se abrocha un cinturón Gucci—. Por Dios bendito, ¿es que no te das cuenta de que se está muriendo de cáncer?
—Estoy cansada. Por favor, William —digo.
—¿Y me quieres a mí? —pregunta él.
Se vuelve a dirigir al armario y saca una chaqueta.
—No. Creo que no. —Pronuncio estas palabras con claridad y me encojo de hombros—. Ya no.
—¿Y a tus puñeteros hijos? —Suspira.
—Nuestros puñeteros hijos.
—Nuestros puñeteros hijos. No te pongas tan pesada.
—Creo que tampoco —digo—. No estoy... segura.
—¿Por qué no? —pregunta él, sentándose en la cama y poniéndose unos mocasines.
—Porque... —Miro a William—. No los conozco.
—Vamos a ver, pequeña, eso es una evasiva —dice él, en tono de burla—. Yo creía que eras de las que decían que es más fácil que a uno le gusten los desconocidos.
—No —digo yo—. Eras tú el que lo decías y con relación al follar.
—Bien, pues como no parece que tengas ningún apego a nadie con quien no follas, creo que estamos de acuerdo en eso. —Se hace el nudo de la corbata.
—Estoy temblando —digo yo, confundida por el último comentario de William, preguntándome si me habré perdido una parte de su frase.
—Por el amor de Dios, necesito un pico —dice él—. ¿Podrías prepararme tú la jeringuilla? La insulina está ahí —dice, haciendo un gesto. Se quita la chaqueta, se desabrocha la camisa.
Mientras lleno una jeringuilla de plástico con insulina, tengo que resistir el impulso de llenarla de aire y luego clavársela en una vena y ver cómo se le contrae la cara, cómo se derrumba el cuerpo al suelo. Lleno la jeringuilla de insulina. Él deja al aire el antebrazo. Cuando clavo la aguja, digo:
—Eres un cabrón.
William mira al suelo y dice:
—No tengo ganas de seguir hablando.
Terminamos de vestirnos, en silencio, y luego salimos en dirección a la fiesta.
Mientras vamos en coche por Sunset con William al volante, un vaso de vodka sujeto entre sus piernas y el techo abierto y un viento ardiente soplando y un sol naranja poniéndose a lo lejos, le toco la mano con la que sujeta el volante y él la aparta y se lleva el vaso de vodka a la boca y cuando tomamos una curva y pasamos por Westwood puedo distinguir el apartamento de Martin.
Después de atravesar las colinas y encontrar la casa y después de que William le deje el coche a un criado y antes de dirigirnos a la entrada principal, vemos a una muchedumbre de fotógrafos alineada detrás de un cordón, y William me dice que sonría.
—Sonríe —me susurra—. O por lo menos inténtalo. No quiero ver otra foto como la última del Hollywood Reporter donde tienes esa cara de subnormal.
—Estoy cansada, William. Estoy cansada de ti. Estoy cansada de estas fiestas. Estoy cansada.
—El tono de tu voz podría haberme encandilado —dice él, agarrándome bruscamente del brazo—. Limítate a sonreír, ¿vale? Sólo hasta que hayamos pasado por delante de los fotógrafos. Luego me la suda lo que hagas o dejes de hacer.
—Eres... espantoso —digo yo.
—Tú no eres mucho mejor —dice él, tirando de mí.William habla con un actor del que estrenan una película la semana que viene y estamos junto a la piscina y junto al actor hay un chico muy joven y muy bronceado que no escucha la conversación. Mira fijamente la piscina, con las manos en los bolsillos. Un viento cálido desciende de los desfiladeros y el pelo rubio del chico se mantiene perfectamente peinado. Desde donde me encuentro distingo los carteles, unos rectángulos débilmente iluminados, de Sunset, con luces fluorescentes. Doy un trago a mi copa y vuelvo a mirar al chico que continúa con la vista clavada en el agua iluminada. Toca un grupo y la suave y cadenciosa música y la luz procedente de la piscina y el chico tan guapo y los toldos a rayas amarillas y blancas que se levantan en una pradera alargada, espaciosa, y el viento cálido y las palmeras, con la Luna destacando sus frondas, actúan como anestésicos. William y el actor hablan de la mujer de una estrella de rock que trató de ahogarse en Malibú y el chico rubio al que miro fijamente aparta la vista que tenía clavada en la piscina y por fin se pone a escuchar.
[1] Las palabras en cursiva y seguidas de un asterisco, en castellano en el original. (N. del T.)

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