miércoles, 19 de agosto de 2009

Los Anillos de Saturno. Por W. G. Sebald

I

En agosto de 1992, cuando la canícula se acercaba a su fin, emprendí un viaje a pie a través del condado de Suffolk, al este de Inglaterra, con la esperanza de poder huir del vacío que se estaba propagando en mí después de haber concluido un trabajo importante. Esta esperanza se cumplió hasta cierto punto, ya que raras veces me he sentido tan independiente como entonces, caminando horas y días enteros por las comarcas, en parte pobladas sólo escasamente, junto a la orilla del mar. Por otra parte, sin embargo, ahora me parece como si la antigua creencia de que determinadas enfermedades del espíritu y del cuerpo arraigan en nosotros bajo el signo de Sirio, preferentemente, tuviese justificación. En cualquier caso, en la época posterior me mantuvo ocupado tanto el recuerdo de la bella libertad de movimiento como también aquel del horror paralizante que varias veces me había asaltado contemplando las huellas de la destrucción, que, incluso en esta remota comarca, retrocedían a un pasado remoto. Tal vez este era el motivo por el que, justo en el mismo día, un año después del comienzo de mi viaje, fui ingresado, en un estado próximo a la inmovilidad absoluta, en el hospital de Norwich, la capital de la provincia, donde después, al menos de pensamiento, comencé a escribir estas páginas. Aún recuerdo con exactitud cómo justo después de que me ingresaran, en mi habitación del octavo piso del hospital, estuve sometido a la idea de que las distancias de Suffolk, que había recorrido el verano pasado, se habían contraído definitivamente en un único punto ciego y sordo. De hecho, desde mi postración, no podía verse del mundo más que el trozo de cielo incoloro en el marco de la ventana.
A lo largo del día me acometía con frecuencia un deseo de cerciorarme mediante una mirada desde la ventana del hospital, cubierta extrañamente por una red negra, de que la realidad, como me temía, había desaparecido para siempre. Este deseo cobraba tal fuerza con la irrupción del crepúsculo, que después de haber conseguido, medio de bruces y medio de costado, des-lizarme por el borde de la cama hasta el suelo y alcanzar la pared a gatas, lograba incorporarme pese a los dolores que me producía, irguiéndome con esfuerzo contra el antepecho de la ventana. Con los ademanes convulsivos propios de un ser que por primera vez se ha levantado de la horizontalidad de la tierra, me apoyaba de pie, contra el cristal, pensando involuntariamente en la escena en la que el pobre Gregor Samsa, aferrándose al respaldo del sillón con patitas temblorosas, mira fuera de su habitación hacia un recuerdo impreciso, según el libro, de la liberación que para él había supuesto mirar por la ventana. Y exactamente como Gregor, con los ojos empañados, no reconocía la tranquila Charlottenstraße, donde vivía con los suyos desde hacía años, y la tenía por un páramo gris, también a mí la ciudad familiar, que desde los antepatios del hospital se extendía hacia el horizonte, me era completamente ajena. No podía imaginarme que en los muros entreverados de allí abajo aún se moviera cualquier cosa, sino que, desde un arrecife, creía estar mirando un mar de piedra o una cantera donde sobresalían las masas tenebrosas de los aparcamientos como enormes bloques erráticos. A estas horas macilentas del anochecer no se veía a ningún transeúnte por las cercanías; únicamente a una enfermera, que justo en ese momento estaba atravesando el césped desolador que hay delante de la entrada para acudir a su turno de noche. Desde el centro de la ciudad, una ambulancia de luces azules, torciendo lentamente por varias esquinas, se dirigía al servicio de urgencias. El sonido de la sirena no penetraba en mi habitación. A la altura a la que me encontraba estaba rodeado de un silencio casi absoluto, artificial, por así decirlo. Sólo podía oírse cómo la corriente de aire, que acariciaba los campos, chocaba fuera, contra la ventana, y, a menudo, cuando también este ruido se había apaciguado, el zumbido en los oídos propios que nunca cesaba por completo.
Hoy, el día que comienzo a poner mis apuntes en limpio, más de un año después de que me hayan dado de alta en el hospital, me viene forzosamente la idea de que entonces, cuando desde la octava planta miraba la ciudad sumergiéndose en el crepúsculo, Michael Parkinson seguía vivo en su estrecha casa de la calle Portersfield, posiblemente ocupado, como casi siempre, en la preparación de un seminario o en su estudio sobre Ramuz, al que ya había dedicado mucho esfuerzo. Michael tenía cerca de cincuenta años, estaba soltero, y, según creo, era uno de los seres humanos más inocentes con los que me he topado en mi vida. Nada le era más ajeno que el interés personal, nada le preocupaba tanto como cumplir con su deber, lo cual era cada vez más difícil debido a las circunstancias que prevalecían desde hacía algún tiempo. Pero lo que más le caracterizaba, con mucho, era una sobriedad de la que muchos afirmaban que rayaba en lo excéntrico. En una época en que la mayoría de las personas debe ir constantemente a comprar para la preservación de su existencia, Michael no ha salido de compras prácticamente nunca. En todos los años, desde que le conocí, llevaba por turnos una chaqueta azul oscura y otra de color hierro, y cuando se le gastaban las mangas o tenía raídos los codos, él mismo cogía aguja e hilo y se cosía un parche de cuero. Sí, incluso parece que daba la vuelta a los cuellos de sus camisas. En las vacaciones de verano, Michael solía hacer a pie largos viajes, relacionados con sus estudios sobre Ramuz, a través de Valais y el país de Vaud y a veces también por el Jura o por los Cevenas. Cuando regresaba de uno de estos viajes o cuando admiraba en él la seriedad con la que desempeñaba su trabajo, me parecía como si él, a su modo, hubiese encontrado la felicidad en una forma de modestia que entre tanto es casi inimaginable. Pero de repente, el pasado mayo, me dijeron que Michael, al que nadie había visto desde hacía un par de días, había sido encontrado muerto en su cama, tumbado de lado y ya completamente rígido, con unas extrañas manchas de color rojo en la cara. La investigación judicial notificó that he had died of unknown causes, un veredicto al que para mí añadí: in the dark and deep part of the night. Probablemente a quien más conmovió el escalofrío de espanto que nos recorrió tras la muerte de Michael Parkinson, con la que no contábamos nadie, fue a Janine Rosalind Dakyns, la profesora de románicas, también soltera, incluso se puede decir que tan mal soportó la pérdida de Michael, a quien le unía una especie de amistad de la infancia, que un par de semanas después de su defunción murió de una enfermedad que destrozó su cuerpo en un tiempo mínimo. Janine Dakyns vivía en una pequeña callejuela contigua al hospital, y había estudiado en Oxford, como Michael. A lo largo de su vida había desarrollado una ciencia de la novela francesa del siglo XIX, libre de toda presunción intelectual y particular, en cierto modo, que siempre parte de un detalle oscuro, nunca de uno obvio, especialmente con relación a Gustave Flaubert, a quien con mucho apreciaba en mayor medida, y de cuya correspondencia, de miles de páginas, me citaba, en la ocasión más dispar, largos pasajes que cada vez volvían a despertar mi asombro. Por lo demás, Janine, que, a menudo, cuando exponía sus pensamientos, caía en un estado de entusiasmo casi preocupante, intentaba indagar a fondo los escrúpulos literarios de Flaubert con el mayor interés personal posible, esto es, en su miedo a la falsedad que, como solía decir, lo encadenaba semanas y meses enteros a su canapé y le hacía temer que nunca más podría escribir siquiera media línea sin comprometerse de la forma más embarazosa. En esa época, decía Janine, no sólo le parecía absolutamente impensable cualquier forma posterior de escritura, sino que más aún estaba convencido de que todo lo que había escrito hasta entonces se reducía a una yuxtaposición de los errores más inexcusables, de consecuencias trascendentales y de embustes. Janine afirmaba que los escrúpulos de Flaubert habían de ser atribuidos al embrutecimiento progresivo e incontenible que había observado y que, según creía, ya se estaba propagando por su propia cabeza. Una vez debió de decir que era como hundirse en la arena. Es posible que por este motivo, pensaba Janine, la arena tuviera un papel tan importante en todas sus obras. La arena lo conquistaba todo. Constantemente, seguía Janine, pasaban ingentes nubes de polvo a través de sus sueños diurnos y nocturnos, y arremolinadas sobre las áridas llanuras del continente africano, corrían hacia el norte, sobre el Mediterráneo y sobre la península Ibérica, hasta que en algún momento caían, como cenizas de fuego, sobre el jardín de las Tullerías, sobre un arrabal de Ruán o sobre un pequeño pueblo de Normandía, penetrando en los intersticios más diminutos. Flaubert veía el Sahara entero, decía Janine, en un grano de arena oculto en el dobladillo de un vestido de invierno de Emma Bovary, y, según él, cada átomo pesaba tanto como la cordillera del Atlas. A menudo, al finalizar el día, conversábamos sobre la visión del mundo de Flaubert en el despacho de Janine, donde había una cantidad tal de apuntes de clase, cartas y escritos de todo tipo, que uno podía imaginarse estar en medio de una marea de papel. Con el paso del tiempo, encima del escritorio, originariamente punto de partida o lo que es lo mismo, punto de convergencia de la asombrosa proliferación de papel, había surgido un verdadero paisaje con montañas y valles, que entre tanto, como un glaciar cuando alcanza el mar, se rompía en sus bordes, formando sobre el suelo en derredor nuevos sedimentos, que a su vez se deslizaban imperceptiblemente hacia el centro de la habitación. Ya hacía años, las masas de papel en constante crecimiento habían obligado a Janine a buscar refugio en otras mesas. Estas, sobre las que sucesivamente se habían ido consumando procesos semejantes de acumulación, representaban, por así decirlo, épocas tardías en el desarrollo del universo papelero de Janine. También la alfombra había desaparecido desde hacía mucho tiempo bajo unas cuantas capas de papel, que incluso, desde un suelo, al que descendía desde una media altura, había comenzado a escalar las paredes, cubiertas hasta el marco superior de la puerta con folios y documentos aislados, cada uno de ellos sujeto por una esquina con una chincheta y en parte unos sobre otros sin apenas espacio entre sí. Sobre los libros de las estanterías, donde fuera posible, había montañas de papeles, y en todo este papel, a la hora del crepúsculo, se reunía el reflejo de la luz que se disipaba, de la misma forma que antaño, pensé una vez, la nieve se congregaba sobre los campos bajo el cielo de la noche, negro como la tinta. El último lugar de trabajo de Janine fue un sillón, más o menos emplazado hacia el centro del cuarto, en el que se la veía sentada cuando se pasaba por delante de su puerta, abierta constantemente, inclinada hacia delante garabateando sobre una carpeta que sostenía sobre la rodilla, o bien recostada y perdida en pensamientos. En una ocasión, cuando le dije que entre sus papeles se parecía al ángel de la Melancolía, de Durero, resistiendo inmóvil entre los instrumentos de destrucción, me contestó que el aparente caos de sus cosas representaba en realidad algo así como un orden perfecto o que aspiraba a la perfección. Y en efecto, por lo general podía encontrar al instante cualquier cosa que buscara en sus papeles, en sus libros o en su cabeza. También fue Janine la que inmediatamente me recomendó a Anthony Batty Shaw, famoso cirujano al que conocía de la Oxford Society, cuando, poco después de darme de baja del hospital, comencé mis investigaciones sobre Thomas Browne, que en el siglo XVII ejerció de médico en Norwich y dejó una serie de escritos de los que apenas se puede encontrar algo equiparable. En aquel tiempo había hallado por casualidad una entrada en la Enciclopedia Británica, según la cual, el cerebro de Browne se conservaba en el museo del hospital de Norfolk & Norwich. Esta afirmación me pareció tan indudable, como ineficaces fueron mis intentos por examinar el cerebro en el mismo lugar en el que yo había estado hasta hacía poco tiempo, ya que entre las damas y los caballeros de la administración actual no había nadie que supiese algo de la existencia de tal museo. Cuando presenté mi petición inusual, no sólo se me miró con la incomprensión más absoluta, sino que incluso me pareció que algunos de los que había preguntado me consideraban un pesado tipo raro. Pues bien, es sabido que en la época en que, en el marco de las reformas sociales, se instalaron los denominados hospitales municipales, había, en muchos de estos edificios, un museo o, para mayor exactitud, una cámara de los horrores donde, en recipientes con formalina, se conservaban abortos, criaturas deformes, hidrocéfalos, órganos hipertrofiados y demás singularidades por el estilo, para fines de demostración médica, y que ocasionalmente eran expuestos al público. Únicamente cabía preguntarse dónde había ido a parar todo esto. En cuanto al hospital de Norwich y al paradero del cráneo de Browne, el departamento de historia local de la biblioteca central, destrozado hasta la fecha por un incendio, no pudo darme ningún tipo de información. Fue el contacto con Anthony Batty Shaw, que me había procurado Janine, el que finalmente me reveló la aclaración que deseaba. Tal como Batty Shaw afirmaba en un artículo que me envió y que había aparecido recientemente en el Journal of Medical Biography, Thomas Browne, después de su muerte acaecida en 1682, el día que cumplía 77 años, había sido enterrado en la iglesia parroquial de San Pedro Mancroft, donde descansaron sus restos mortales hasta el año 1840, cuando, durante los preparativos para un sepelio cerca del mismo lugar del coro, deterioraron su ataúd, sacando a la luz partes de su contenido. A consecuencia de este incidente, el cráneo de Browne y un rizo de su cabello pasaron a ser posesión de Lubbock, médico y presbítero, quien a su vez legó en testamento las reliquias al museo del hospital, donde hasta 1921 pudieron contemplarse entre todo tipo de extravagancias anatómicas bajo una campana de cristal construida especialmente para este fin. Hasta entonces no se había transigido con la solicitud que la parroquia de San Pedro Mancroft había dirigido en reiteradas ocasiones en cuanto a la devolución del cráneo de Browne y casi un cuarto de milenio después de su primer entierro, fue señalada una fecha para el segundo con la máxima solemnidad. Es el mismo Browne quien en su famoso tratado, mitad arqueológico, mitad metafísico, sobre la práctica de la incineración y el enterramiento en urnas, nos ha proporcionado el mejor comentario a la posterior odisea de su propio cráneo, en el lugar donde escribe que escarbar en la tumba de un muerto para sacarlo es una tragedia y una atrocidad. Pero, añade, quién conoce el destino de sus propios huesos y sabe cuántas veces van a ser enterrados.
Thomas Browne, hijo de un comerciante de seda, nació en Londres el 19 de octubre de 1605. De su niñez se sabe poco, y en sus biografías apenas hay una explicación del tipo de formación médica que recibió después de su licenciatura en Oxford. Únicamente está comprobado que desde los veinticinco hasta los veintiocho años asistió a las por aquel entonces eminentes academias en ciencias hipocráticas de Montpellier, Padua y Viena, y que finalmente, antes de su regreso a Inglaterra, obtuvo en Leiden el grado de doctor en medicina. En enero de 1632, durante su estancia en Holanda, y por consiguiente en una época en la que Browne se había enfrascado más que nunca en los secretos del cuerpo humano, se practicó en el Waagebouw de Amsterdam una autopsia pública en el cuerpo del maleante de la ciudad, Adriaan Adriaanszoon, alias Aris Kindt, ahorcado pocas horas antes por robo. Pese a no haber documento alguno que lo justifique claramente, es más que probable que Browne no se hubiera sustraído a la notificación de la autopsia y que haya presenciado el espectacular acontecimiento preservado por Rembrandt en su retrato del gremio de cirujanos, sobre todo en tanto que la clase de anatomía del doctor Nicolaas Tulp, que se celebraba anualmente en pleno invierno, era del mayor interés no sólo para un médico novicio, sino que también era una fecha significativa en el calendario de la sociedad de aquel tiempo, convencida de estar saliendo de la oscuridad a la luz. Sin duda alguna, en el espectáculo ofrecido ante un público de pago procedente de las clases favorecidas se trataba, por un lado, de una demostración de un intrépido afán investigador de la ciencia moderna, por otro, no obstante, aunque seguramente esta afirmación la hubieran rechazado con firmeza, de un ritual arcaico de desmembración de un ser humano, de la mortificación de la carne del malhechor hasta más allá de la muerte, que, como antaño, seguía formando parte del registro de los castigos habituales que se infligían. El solemne carácter que se infiere de la representación de Rembrandt del despedazamiento del muerto —los cirujanos lucen sus mejores galas, y el doctor Tulp incluso lleva un sombrero en la cabeza— así como el hecho de que tras la consumación del procedimiento se celebró un banquete ceremonioso, simbólico en cierto sentido, habla en favor de que en la clase de anatomía de Amsterdam se trataba de algo más que de un conocimiento más hondo de los órganos internos del ser humano. Cuando hoy día nos hallamos en el Mauritshuis ante el cuadro de anatomía de Rembrandt, de más de dos metros por uno y medio, estamos justo en el lugar de aquellos que en el Waagebouw de entonces siguieron el proceso de la disección, creyendo ver lo que ellos han visto: el cuerpo verdoso de Aris Kindt tendido en un primer plano, con el cuello partido, el pecho horriblemente abombado hacia fuera y con la rigidez de la muerte. Y sin embargo, es cuestionable que alguien haya visto este cuerpo, ya que el por aquel tiempo nuevo y próspero arte de la anatomización estaba no en último lugar al servicio de ocultar el cuerpo culpable. Es significativo que las miradas de los colegas del doctor Tulp no se fijen en este cuerpo como tal, sino que, casi rozándolo, la pasen por alto para dirigirse hacia el atlas abierto de anatomía, en el que la espantosa corporalidad está reducida a un diagrama, a un esquema del ser humano, tal como se imaginaba Rene Descartes, apasionado anatomista aficionado, al parecer también presente aquella mañana de enero en el Waagebouw. Como es sabido, Descartes, en uno de los capítulos principales de la historia de la sumisión, explica que se ha de prescindir de la carne incomprensible y dedicarse a la máquina que ya está esbozada en nuestro interior, a lo que puede entenderse en su totalidad, a aquello que puede aprovecharse íntegramente para el trabajo y, en caso de defecto, puede repararse o desecharse. Al extraño aislamiento del cuerpo expuesto al público le corresponde que la muy alabada aproximación a la realidad del cuadro de Rembrandt resulta no ser más que aparente cuando se observa con mayor exactitud. Esto es, en contra de toda costumbre, la autopsia que aquí se representa no comienza con la disección del abdomen y con la extracción de las vísceras que más rápidamente entran en estado de descomposición, sino (y es posible que también esto remita a un acto de penitencia) con la disección de la mano que había incurrido en el delito. Y esta mano tiene una característica peculiar. No sólo está desproporcionada de una forma grotesca en comparación con la que está más próxima a la persona que ve el cuadro, sino que también desde el punto de vista anatómico está a la inversa. Los tendones abiertos que, según la posición del pulgar, deberían ser de la palma de la mano izquierda, son los del dorso de la derecha. De modo que se trata de una colocación puramente educativa, sacada sin más de un atlas anatómico, a través de la que el cuadro, si así puede decirse, que por lo demás reproduce con exactitud la vida real, se echa a perder justo en el punto de mayor significado, allí donde ya se han hecho los cortes, y se convierte en una construcción fallida. Es casi imposible que Rembrandt se haya equivocado. La ruptura de la composición me parece aún más premeditada, si cabe. La mano informe es la señal de la violencia que se ha practicado en Aris Kindt. El artista se equipara con él, con la víctima, y no con el gremio que le había hecho el encargo. El es el único que no tiene la mirada absorta, cartesiana, es el único que percibe el cuerpo extinguido, verdoso, ve la sombra en la boca entreabierta y sobre el ojo del muerto.
No hay ningún indicio de la perspectiva desde la que Thomas Browne siguió de cerca la disección, como tampoco de lo que vio, si es que, según creo, se encontraba entre los espectadores en el anfiteatro de anatomía de Amsterdam. Quizá fuera ese el vapor blanco del que afirma, en una nota posterior donde hace referencia a la niebla que se extendía por vastas zonas de Inglaterra y de Holanda el 27 de noviembre de 1674, que emergía de las cavidades de un cuerpo recién abierto, mientras que ese mismo vapor, decía Browne en el mismo párrafo, nubla nuestro cerebro a lo largo de nuestra vida, cuando dormimos y soñamos. Recuerdo claramente cómo mi propia conciencia estuvo cubierta de semejantes velos nebulosos cuando, después de la operación que se me practicó a últimas horas de la tarde, yacía de nuevo en mi habitación del octavo piso del hospital. Bajo la influencia prodigiosa de los sedantes girando en mi interior, me sentía en mi cama de barrotes de hierro como un viajero en globo, deslizándose, ingrávido, a través de las montañas de nubes que se amontonan a su alrededor. De vez en cuando se separaban las telas ondeantes, y miraba hacia las anchuras de tonos índigos y sobre el abismo donde yo, inextricable y negro, presentía la tierra. Arriba, sin embargo, en la cúpula celeste, las estrellas, diminutos puntos dorados, estaban diseminadas en el yermo. A través del vacío fragoroso penetraban en mi oído las voces de las dos enfermeras que me tomaban el pulso y a veces me humedecían los labios con una pequeña esponja rosácea, sujeta a una varilla que me recordaba los caramelos con forma de dado de miel turca que antes se podían comprar en la feria anual. Los seres que pululaban a mi alrededor se llamaban Katy y Lizzie, y creo que pocas veces he sido tan feliz como aquella noche bajo su custodia. No entendía ni una palabra de los asuntos cotidianos de los que hablaban entre ellas. Solamente oía subir y bajar los tonos, sonidos naturales como los que articulan las gargantas de los pájaros, un sonido acabado a flauta y campanillas, entre música de ángeles y canto de sirenas. Lo único que se me ha quedado en la memoria de todo lo que Katy dijo a Lizzie y Lizzie a Katy es un fragmento extremadamente singular. Pertenecía a una historia de unas vacaciones en la isla de Malta y Katy, o Lizzie, afirmaba que los malteses, con un desprecio incomprensible hacia la muerte, no conducían a derecha ni a izquierda, sino siempre por el lado de la calle cubierto de sombra. Hasta el amanecer, cuando relevaron a las enfermeras del turno de noche, no comprendía dónde estaba. Empecé a sentir mi cuerpo, el pie entumecido, el lugar doloroso en mi espalda, registré el tintineo de los platos con el que, fuera, en el pasillo, empezaba una jornada de hospital, y cuando la primera luz de la mañana iluminaba el firmamento, vi cómo, al parecer por su propia fuerza, la estela de un avión cruzaba el trozo de cielo enmarcado por mi ventana. En aquel entonces tuve estas huellas por una señal favorable, pero ahora, al mirar hacia atrás, me temo que ha sido el comienzo de una grieta que desde entonces ha surcado mi vida. La máquina situada al extremo de la trayectoria era tan invisible como los pasajeros en su interior. La invisibilidad e intangibilidad de aquello que nos impulsa también constituía para Thomas Browne, para quien nuestro mundo sólo era mera sombra de otro, un acertijo en definitiva insondable. Por eso siempre intentó, pensando y escribiendo, observar la existencia terrestre, tanto las cosas que le eran más próximas como las esferas del universo, desde el punto de vista de un marginado, incluso podría decirse que las contemplaba con los ojos del creador. Y para él sólo se podía alcanzar el grado necesario de excelsitud con el lenguje, el único medio capaz de un peligroso vuelo de altura. Como los demás escritores del siglo XVII inglés, también Browne lleva siempre consigo toda su erudición, un ingente tesoro de citas y los nombres de todas las autoridades que le habían precedido, trabaja con metáforas y analogías que se desbordan ampliamente y erige constructos oracionales laberínticos que a veces se extienden en más de una, dos páginas, semejantes a procesiones o cortejos fúnebres por su ampulosidad. Bien es cierto que, a causa de este enorme lastre, no siempre consigue despegar de la tierra, pero cuando él, junto con su cargamento, es elevado cada vez más alto a las esferas de su prosa como un velero sobre las corrientes cálidas del aire, una sensación de estar levitando se apodera incluso del lector actual. La imagen se vuelve más clara cuanto mayor se hace la distancia. Con la máxima claridad posible se distinguen los menores detalles. Es como si, al mismo tiempo, se mirase por un telescopio en posición inversa y por un microscopio. Y sin embargo, decía Browne, cada conocimiento está rodeado de una oscuridad impenetrable. Lo que percibimos son únicamente luces aisladas en el abismo de la ignorancia, en el edificio de un mundo traspasado por profundas sombras. Estudiamos el orden de las cosas, pero lo que está esbozado en este orden, dice Browne, no lo concebimos. Por eso no podemos escribir nuestra filosofía más que en pequeñas letras, en las abreviaturas y los taqui-gramas de la naturaleza transitoria, sobre los que únicamente asoma un destello de eternidad. Fiel a su propósito, Browne detalla los modelos recurrentes en una aparente multiplicidad de formas, por ejemplo, el denominado quincunx en su tratado sobre el jardín de Ciro, que se construye con los ángulos de un cuadrado regular y el punto en que coinciden sus diagonales. Por todas partes, en la materia viva y en la muerta, Browne descubre esta estructura, en ciertas formas cristalinas, en estrellas y erizos de mar, en la columna vertebral de los mamíferos, de los pájaros y en la espina dorsal de los peces, en la piel de varias especies de serpientes, en las huellas de los cuadrúpedos, en las configuraciones de los cuerpos de las orugas, mariposas, gusanos de seda y mariposas nocturnas, en las raíces de los heléchos de agua, en las vainas de los girasoles y de los pinos de sombra, en el interior de los brotes de los robles o de los pecíolos de los equisetos, en las obras de arte de los humanos, en las pirámides egipcias y en el mausoleo de Augusto así como en el jardín del rey Salomón equipado con granados y lilas blancas, como prescribía la ley. Es infinito todo lo que podría añadirse en este capítulo, dice Browne, y es infinito todo lo que podría mostrar la elegancia con que la mano de la naturaleza dibuja formas geométricas, pero —concluyendo su escrito con un hermoso giro— la constelación de las Híadas, la quincunx del cielo, ya se sumerge detrás del horizonte and so it is time to close the five ports of knowledge. We are unwilling to spin out our thoughts into the phantasmes of sleep, making cables of cobwebs and wildernesses of handsome groves. Prescindiendo por completo, añade aún pensativo, de que, en sus observaciones sobre el insomnio, Hipócrates ha hablado tan poco del milagro de las plantas que uno apenas se atreve a soñar con el paraíso, máxime cuando en la práctica nos ocupan particularmente las anomalías que engendra la naturaleza sin interrupción, sea en forma de tumores enfermizos, sea por mediación de la apenas menos enfermiza riqueza inventiva con la que colma cada uno de los lugares vacíos en su atlas con todo tipo de extravagancias. En efecto, nuestro estudio de la Naturaleza contemporáneo quiere, por una parte, llegar a la descripción de un sistema que se rige por sus leyes, sin embargo, por la otra, nuestra atención se fija preferentemente en las criaturas que destacan del resto por su figura insólita o su comportamiento estrambótico. En consecuencia, en el libro de Brehm Vida animal los puestos de honor correspondieron al cocodrilo y al canguro, al oso hormiguero, al armadillo, al caballito de mar y al pelícano, y hoy día lo que aparece en televisión es, por ejemplo, una multitud de pingüinos, inmóvil a lo largo de toda la oscuridad del invierno, en las tormentas de hielo de la Antártida, con el huevo que han puesto en la estación más cálida sobre los pies. Sin ninguna duda, en semejantes programas titulados Nature Watch o Survival, que se suelen tener por especialmente instructivos, es mucho más fácil ver a cualquier monstruo apareándose en los abismos del lago Baikal que a un mirlo corriente. La curiosa observación de fenómenos singulares y la redacción de una patología extensa también distrajeron a Thomas Browne de su investigación sobre la línea isomorfa de la signatura de quincunx. Entre otras cosas parece que mantuvo largo tiempo un avetoro en su habitación de estudio porque quería averiguar cómo se produce el grito, único en toda la naturaleza y similar a los tonos más graves de un fagot, de este animal de plumas ya por fuera raro en extremo, y en su compendio Pseudodoxia Epidémica, que trata de la eliminación de prejuicios y leyendas ampliamente extendidos, se ocupa de todo tipo de seres en parte reales, en parte imaginarios, como el camaleón, la salamandra, el avestruz, el grifo y el fénix, el basilisco, el unicornio y amphisbaena, la serpiente de dos cabezas. Efectivamente, Browne, en la mayoría de los casos, refuta la existencia de seres fabulosos, sin embargo los extraños engendros, de los que se sabe que existen en realidad, permiten que de algún modo parezca posible que las bestias que nos hemos inventado no sean pura fantasía. Sea como fuere, de las descripciones de Browne se desprende que la imaginación de las mutaciones ilimitadas de la naturaleza, que pasan por alto todos los límites de la razón, es decir, las quimeras que surgen de nuestro pensamiento, le fascinaron tanto como trescientos años después a Jorge Luis Borges, el autor de El libro de los seres imaginarios, publicado por primera vez en versión completa en Buenos Aires, en 1967. Entre los seres imaginarios reunidos por orden alfabético en esta obra, también se encuentra, cosa que no me había llamado la atención hasta hace poco tiempo, el llamado Baldanders, con quien Simplicius Simplicissimus se tropieza en el libro sexto de la historia de su vida. Baldanders yace en medio del bosque como una figura petrificada, tiene el aspecto de un antiguo héroe alemán y lleva un traje de soldado romano con un gran peto suabo. Él, Baldanders, así explica su procedencia, tiene sus orígenes en el paraíso, ha estado todo el tiempo al lado de Simplicius sin ser reconocido y no puede abandonarle hasta que éste no se haya convertido de nuevo en aquello de lo que provenía. Entonces Baldanders se transformará ante los ojos de Simplicius en un secretario que escribe las siguientes líneas:

Ich bin der Unfang und das End
unb gelte
an allen Drinen.

Manoha . gilos, timad, isaler, sale, lacob, salet, enni nacob idil dadele neuaco ide eges Eli neme meodi eledid emonatan desi negogag editor goga naneg eriden, hoheritatan auilac, hoheilamen eriden diledi sisac usur sodaled anar, amusalifononor macheli retoran; Vlidon dad amu ossosson, Gedal amu bede neuavv, alijs , dilede ronodavv agnoh regnoh enitatae hyn lamini celotah, ifis toloftabas oronatah assis tobulu, V Viera saladid egrivi nanon aegar rimini-sisac, heliofole Ramelu ononor vvindelishi timinitur, bagoge gagoe hananor elimitat.

y después, sucesivamente, en una gran encina, en una cerda, en una salchicha, en estiércol de campesinos, en césped de tréboles, en una flor blanca, en una morera y en una alfombra de seda. De un modo análogo a ese proceso constante de devorar y ser devorado, tampoco para Thomas Browne hay algo que tenga permanencia. Sobre cada forma nueva ya se cierne la sombra de la destrucción. Esto es, la historia de cada uno, la de todos los estados y la del mundo entero, no transcurre sobre un arco que se alza cada vez más lejos y de forma más bella, sino sobre una trayectoria que, una vez que se ha alcanzado el meridiano, desciende a la oscuridad. En opinión de Browne, la propia ciencia de desaparecer en la oscuridad está inseparablemente ligada a la creencia de que el día de la Resurrección, cuando, como en un teatro, se hayan llevado a cabo las últimas revoluciones, volverán a aparecer en el escenario todos los actores to complete and make up the catastrophe of this great piece. El médico, que ve crecer las enfermedades en los cuerpos, y devastarlos, comprende mejor la mortalidad que el florecimiento de la vida. Le parece un milagro que podamos durar un solo día siquiera. Contra el opio del tiempo que transcurre, escribe, no ha crecido hierba alguna. El sol de invierno presagia la presteza con la que se extingue la luz en las cenizas y nos envuelve la noche. Las horas se van hilvanando una tras otra. Incluso el mismo tiempo envejece. Pirámides, arcos de triunfo y obeliscos son columnas de hielo que se derriten. Ni siquiera aquellos que encontraron un lugar entre las imágenes del cielo han podido mantener su fama eternamente. Nimrod se ha perdido en Orion, Osiris en Sirio. Las mayores estirpes apenas han sobrevivido a tres robles. Dar el propio nombre a cualquier obra no asegura a nadie el derecho al recuerdo, pues quién sabe si precisamente las mejores no habrán desaparecido sin dejar huella. Las semillas de la amapola crecen por doquier, y si de improviso un día de verano nos sobreviene la miseria como si de nieve se tratase, no deseamos más que ser olvidados en un futuro. Tales son los círculos en los que giran los pensamientos de Browne, que quizá se encuentren, con mayor insistencia, en su discurso, publicado en 1658 bajo el título Hydriotaphia, sobre las vasijas de urnas funerarias que entonces se hallaron en un campo cerca de Walsingham, en Norfolk, lugar de peregrinaje. Con la ayuda de las fuentes históricas y de la historia natural más diversas, Browne se explaya sobre los preparativos que hacemos cuando alguien de nuestro entorno se dispone a emprender su último viaje. Comenzando por algunas observaciones sobre los cementerios de las grullas y de los elefantes, sobre las celdas de enterramiento de las hormigas y la costumbre de las abejas de ofrecer a sus muertas una comitiva fúnebre fuera de la colmena, a continuación describe los rituales de sepelio de varios pueblos hasta el punto donde la religión cristiana, que da sepultura al cuerpo pecaminoso en su totalidad, acaba definitivamente con la cremación de los cadáveres. Browne emplea el testimonio mudo de abetos, tejos, cipreses, cedros y otros árboles perennes, con cuyas ramas se atiza el fuego del muerto principalmente en señal de esperanza eterna, para concluir que de la práctica de la incineración, que en la era precristiana bien puede considerarse universal, no puede deducirse, como sucede con frecuencia, la ignorancia de los paganos en cuanto a la futura vida del más allá. Por lo demás, dice Browne, no es difícil, en contra de la suposición general, hacer arder a un ser humano. A Pompeyo le bastó un barco viejo y el rey de Castilla consiguió, casi sin leña, hacer una llamarada visible a lo lejos con un cuantioso número de sarracenos. Sí, añade Browne, si realmente el fardo que cargó Isaac hubiera bastado para un holocausto, cada uno de nosotros podría portar sobre sus hombros su propia hoguera. De nuevo retoma la reflexión sobre lo que salió a la luz en las excavaciones de los campos de Walsingham. Es sorprendente, dice Browne, el tiempo tan largo durante el que, medio metro bajo tierra, se han conservado intactas las vasijas de las urnas funerarias de paredes tan finas, mientras por encima de ellas pasaban rejas de arado y guerras, y grandes edificios y palacios y torres tan altas como nubes se derrumbaban y desmoronaban a su alrededor. Con rigor se examinan los restos de la incineración contenidos en las urnas; la ceniza, los dientes sueltos, los fragmentos de huesos, ceñidos por las raíces macilentas de la hierba como por una corona, las monedas destinadas al barquero elíseo. Browne también registró cuidadosamente lo que él sabe que se les agregaba a los muertos en calidad de armas y adornos. El catálogo que presenta comprende todo tipo de curiosidades: el cuchillo de la circuncisión de Josué, el anillo de la amada de Propercio, grillos y lagartos tallados en ágata, un enjambre de abejas de oro, ópalos azules, hebillas y fíbulas de plata, peines, tenazas y agujas de hierro y de cuerno y un birimbao de latón que resonó por última vez en el viaje sobre las aguas negras. No obstante, la pieza más extraordinaria de una urna cineraria romana de la colección del cardenal Farnese es una copa completamente intacta, tan clara como si se la hubiese acabado de soplar. Según la forma de pensar de Browne, este tipo de cosas respetadas por el flujo del tiempo devienen en símbolos de la indestructibilidad del alma humana prometida en las Escrituras, de la que el médico, pese a saberse sujeto a su fe cristiana, tal vez dude en su interior. Y como la más pesada losa de la melancolía es el miedo al final desesperanzado de nuestra naturaleza, Browne busca bajo aquello que se escapaba de la destrucción, busca las huellas de la misteriosa capacidad de la transmigración que tan a menudo estudió en las orugas y en las mariposas. El pequeño jirón de seda de la urna de Patroclo, sobre la que hace una exposición, ¿qué si no es lo que significa?

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