martes, 7 de julio de 2009

Tratado de las Pasiones del Alma. Por Antonio Lobo Antunes

La familia del Juez de Instrucción vivía al otro lado de la plaza de la feria (que visitada años después era mucho más pequeña de lo que de niño le parecía), más allá de los cipreses del colegio y de la casa del médico amparada por sombras y alhelíes, en la parte de la villa que creció, frente a las nieblas del Caramulo, en callejuelas más estrechas todavía, ahogando las ruinas de la sinagoga en un laberinto de pajares. Los inviernos lluviosos traían a la noche el paso menudo de los lobos de la sierra, de párpados angustiados de eremita, que olisqueaban vacilantes los orines de cordero en los fragmentos de la muralla y en los arcos torcidos de los corrales. En el apartamento de Miratejo o en el gabinete de la Policía Judicial, interrogando a un preso, el Juez se acordaba a veces de las puertas cerradas de enero, de los pabilos de aceite que acrecían el volumen de la miseria y de las santas de escayola, de ver en los callejones veloz el viento arrastrando hojas, pedazos de papel, pinochas, desperdicios, nadie, y de pronto el loco de barba desmesurada subiendo la travesía, descalzo, arrimado a los alabeos de las paredes, con su bastón de peregrino y sus harapos de náufrago, parándose a gritar al temporal en las esquinas desiertas:
-Yo soy Don Juan, emperador de todos los reinos del mundo.
-Haga el favor de sentarse aquí, señor doctor, en esta silla.
El Juez de Instrucción tocó con la punta de las nalgas el vértice del sillón que el Secretario de Estado le ofrecía, encima del Cais das Colunas, de la fatiga de los acordeones de los ciegos y del cangilón de los barcos de Cacilhas, y era la época de las vendimias ahora, las mujeres, de negro bajo la crudeza del sol, transportaban los cestos a los barriles que los bueyes llevaban al lagar, el patrón, con sombrero de paja, gesticulaba órdenes desde los bancales, y el loco surgía a grandes pasos, con la manta al hombro, de los gallineros vacíos, señalando con el dedo convulso la miseria de la villa, las cabras que pastaban guijarros, el vaho de talla de los ángeles de la capilla y el humo del tren de la Guarda en la linde del valle, tras los olivos del ingeniero que iban disminuyendo a la distancia:
-Yo soy Don Juan, emperador de todos los reinos del mundo.
El Secretario de Estado, valsando en sus zapatitos de charol con la extraña levedad de los gordos, se acercó a las botellas y a las copas de un aparatoso bar de cristales violetas engastado en un armario lleno de expedientes:
-El médico recurrió al pretexto del hígado para ponerme a dieta de hojas tiernas y agua mineral. ¿Quiere una? —preguntó él encogiendo el cuello resignado al Juez de Instrucción que se negó con una mueca difícil
porque el whisky lo ofrece a las visitas importantes, pensó el Ilustrísimo perdido en una sala enorme, de techos altos con azafates de estuco roto en los ángulos, muebles taraceados, cortinas solemnes, una lámpara, ya torcida, despegándose: apuesto a que no le faltan puros de Venezuela ni cuchillos de plata de cortar papel. El idiota tratándose a cuerpo de rey y yo que me las arregle en un cuartucho minúsculo, lidiando con carteristas de tres al cuarto y navajazos de chulos caboverdianos en Intendente.
Los lobos, con el lomo erizado por la lluvia, surgían en manadas de siete u ocho bolineando por las negruras del pinar de Zé Rebelo, daban un giro lento en el zaguán midiendo el pavor de los animales encerrados y el sobresalto de los perros, escrutaban el granero del mudo y el alambre de los palomares, y desaparecían al trote, cabizbajos, en una mata de zarzas, esquivando al loco que soltaba discursos en los escalones de la picota, repitiendo sus títulos en la bruma. Roncaba en las zanjas y comía de las limosnas aunque la feligresía entera fuese suya, con sus áridos campos de patatas y cebollas y los fantasmas de los caserones abandonados, en cuyos vestíbulos desfallecían las fogatas de los gitanos. Los vagabundos preferían el convento en ruinas, con mártires desvaídos en las hornacinas de los altares, y elegían para dormir los túmulos de las infantas con trenzas y escarpines picudos esculpidas en las faces de la caliza, con hierba que les crecía, suelta, en los agujeros de las orejas. Antes de extenderse en un sofá con ramajes el Secretario de Estado puso una carpeta de cartón y un vaso de gaseosa en una mesita de mimbre que tenía encima un jarrón con flores de tela:
-Soy incapaz de discutir de cosas serias sin un mínimo de comodidad
y el Juez de Instrucción imaginó al abstemio en una vivienda del Réstelo frente al río y a sus asmas de desaguadero, una casa con galería, palmeras enanas, antepasados de anticuario y leones de basalto en el pórtico, sin la densa respiración de las mulas de mi infancia en la planta baja justo debajo de mi cuarto, que calentaban la tarima con los belfos ardiendo. Claro que no viajó a Lisboa a los nueve años, como yo, al mando del patrón, no el joven, de bigotitos, que llegaba a Nelas en agosto, uniformado, en un automóvil descapotable repleto de bolsas y maletas, y pasaba el verano en la Urgeiriça jugando al tenis con los ingleses del tungsteno, sino el tío, que habitaba en la Beira el año entero quejándose de la helada, quejándose de los tordos de la huerta, quejándose de la vesícula, quejándose de la artrosis, que entraba de mañana por el anís después del café y las tostadas, y se quedaba quieto horas y horas, acodado en el mantel de hule, mirando el níspero del patio con una melancolía feroz. El Secretario de Estado, con gafas sujetas a una cadena sobre la nariz, subrayaba con lápiz rojo un informe obeso:
-Tengo aquí, en su curriculum, una documentación que no se acaba nunca -le dijo al Juez balanceando el vaso entre los dedos y observando el aluvión de burbujas que subía del fondo-. En el Ministerio tienen muy buen concepto de usted, los resultados de las inspecciones son excelentes y ninguno de nosotros desea, Dios me libre, que su reputación sufra la menor mella. Hay muchísimo que esperar de magistrados como el señor doctor y puede usted creer que el Consejo, donde no son todos tontos, se ha dado cuenta de ello: por ejemplo, mire, esta misma semana, en una recepción aburridísima en la Embajada Argentina, un juez de cámara me aseguró que, en los tiempos que corren, con media docena de muchachos así, iríamos lejos.
-Al final siempre acepto su agua -dijo el Juez de Instrucción pensando Qué conversación más tonta, y en ese momento le vino a la mente el patrón viejo tambaleándose en el pomar con un puro entre los dientes, mezclando el azúcar del anís con el olor de los cerezos. Vivía a cinco minutos de la estación en un edificio murmurador y oscuro, con veranda en semicírculo, en el cual los resplandores de lata de los santos de oratorio centelleaban en los anaqueles de los rellanos. Le vino a la mente el patrón viejo, ya instalado en el mantel de hule, con la miosotis de la copa de licor titilando en la palma, que les enviara, a las seis de la madrugada de un domingo defería, a la criada con quien dormía sin vergüenza, hace veinte o treinta años, en la cama adamascada de los abuelos, y que les desembarcó en la puerta antes del estruendo de los morteros y de la filarmónica de Mortágua, tocando pasodobles heroicos en un tinglado improvisado. Del lado de la Serra da Estrela comenzaba a clarear, y se percibían las luces de los pueblos, heladas y fijas, en los recodos de los montes. La tísica tosía en el sótano vecino, con palangana de esmalte en las rodillas y un pañuelo de alcanfor apretado en la boca.
-¿Lo mismo que yo? -se alegró el Secretario de Estado garrapateando cruces en un bloc-. Ahora bien, el Gobierno sabe, y no interesa la fuente, que la Judicial pescó por azar en Campolide, armado y todo, al militante de una red de terroristas: atentados a vehículos del Estado, asesinato de funcionarios públicos superiores, dinamita olvidada a la entrada de los puestos policiales, víctimas desprevenidas en la población civil. La televisión y los periódicos informan, el Ejército se alarma, las personas hablan y los partidos de la oposición, claro, nos acusan de no actuar.
Se detuvo a corregir un párrafo y el Juez de Instrucción vio a la criada, en Nelas, rodeando charcos, ahuyentando perros, evitando arroyos, hasta salvar las escaleras de granito con una prisa viril, agobiada por el cuello de baquelita y el delantal almidonado, y golpeando con la mano abierta en las tablas desgoznadas de la puerta, unidas unas a otras por trozos de cuerda y atadijos de pastor. Fuera las fachadas se separaban a duras penas de las neblinas de la aurora y los árboles, consumidos en ese mes del año, se elevaban de las tinieblas con sus muñones al hombro. Dentro de poco llegarían los orfebres, vestidos con franela negra fuese julio o diciembre, con pinzas de ropa para sujetar el dobladillo de los pantalones, bufando entre las ruedas desiguales de las bicicletas antiguas, que transportaban los cofres abollados, de candado doble, de las pulseras, de los anillos y de los pendientes, sujetos en la parte trasera del sillín. Vendrían enseguida las vendedoras de cántaros, de sartenes, de candeleros de barro dispersos y confundidos en una planicie de lonas, los comerciantes de lechones, ovejas, cabritos, animales de corral, los falsos curas en andrajos de los cuadros piadosos y de las molduras de milagros, los farmacéuticos de bata blanca que endilgaban jarabes contra las lombrices intestinales y los males de la memoria, y por fin los tristes niños acróbatas que desplegaban la alfombra deshilachada de sus pinos, el dueño del burro sabio que resolvía a patadas las cuatro operaciones aritméticas, y los gitanos íntimos de los misterios del futuro, acuclillados bajo un plátano en conversaciones sigilosas. Una de las tres telas del Secretario de Estado, con marco de caoba, representaba un paisaje de Lisboa (balcones, tórtolas, palacetes, cúpulas de iglesia, el Tajo), tal vez Lapa por los colores suaves, casi de vidrio, de las fachadas y del aire.
-Es evidente que el proceso del presunto terrorista -dijo el gobernante comparando fotocopias-, se encuentra, como es obvio, bajo secreto de sumario, y no hay nada que la democracia precie más que la independencia de los tribunales y el secreto de sumario. El programa de la mayoría es explícito en ese sentido.
A pesar de la dieta era un hombre corpulento y alegre, con tirantes, siempre dispuesto a glosar los lemas de su partido con frases de una vulgaridad dolorosa o que por lo menos me dolían a mí, pensó el Juez de Instrucción explorando con la lengua el espacio entre dos dientes, como me dolieron los golpes de la criada a la puerta de mis padres: nosotros durmiendo en la única habitación de la casa, mezclados con las gallinas, los patos y el pavo de Navidad, mi madrina inválida estremeciéndose en su chal con flecos, hilos de luz plateada en las rendijas de los postigos, y el olor de la respiración y de la cagarruta doméstica de la ternera y de las mulas en la planta baja, tan familiar y tibia como si fuera nuestra. Nosotros durmiendo y los golpes que nos sacaban sin clemencia del sueño, mi madre, sentada en la cama, preguntando ¿Es un incendio?, mi hermana que se asombraba No se oyen las campanas, mi padre levantándose, atarantado, en calzoncillos y camiseta, a ciegas, al azar, entre gente tumbada, pisando un tobillo o un pecho que gemían, y yo tenía la impresión de estar echado sobre las heces húmedas de las vacas, amasadas con paja y barbas de maíz, bajo un gran vientre que me volcaba leche en los ojos. El segundo cuadro, una acuarela violenta con marco de aluminio, representaba torsos de mujeres aplanados en cojines orientales en una atmósfera de serrallo, bajo bóvedas coloridas y cortinas de rayas. Los frenos de un tranvía fallaron en la calle, un oficinista desesperado llamaba Estácio, Estácio, en el pasillo. El Secretario de Estado sacó pecho e hinchó el labio inferior como los gallos de pelea:
-Hasta aquí completamente de acuerdo: independencia de los tribunales, secreto de sumario, respeto integral por la democracia, siempre que todo eso, óigame, no ponga en peligro el orden público y la tranquilidad y seguridad de los ciudadanos. Y henos aquí en el meollo del problema, señor doctor: el orden y la tranquilidad de los ciudadanos se encuentran en este preciso momento seriamente amenazados por una organización subversiva que desde el otoño hasta ahora ha desintegrado la paz social del país, y desintegrar la paz social no es siquiera, por desgracia, una expresión exagerada.
La paz social de mi casa, pensó el Juez de Instrucción, se desintegró hace cuarenta años, meses más meses menos, cuando mi padre alcanzó la puerta con un último tropiezo, corrió el óxido del cerrojo, levantó la aldaba y se alborotaron las gallinas, una lluvia fría entró en el cuarto con los abetos del cementerio y los castaños silvestres del atajo de Viseu, y con la lluvia vino la criada del patrón, con blusa negra, alzacuello de baquelita y delantal de faralás, El señor arquitecto quiere verlo arriba dentro de cinco minutos a más tardar.
La paz social de mi casa, pensó el Juez punzándose la lengua con las burbujas del agua, era dormir con el asma de un ganso en el cojín, espiar la silueta de mis hermanas que se desvestían bajo la claridad de una teja que faltaba, cenar en un ángulo de la habitación, envenenados de petróleo, entre confusos retratos de circunstancias y un aparato de radio, con un tapete de croché encima, que jamás funcionó por no haber corriente en esa zona de la villa, una caja de madera que mi madre lustraba con amor y cuyos botones hacía girar un buen rato, apasionada por la aguja que viajaba a sacudidas a lo largo de un bosque de números, y orgullosa de la música y de las voces enmudecidas que contenía. La paz social de mi casa consistía en las borracheras de los sábados por la noche de mi padre, en mi tía que, a su espera en la calle, oculta en el pañuelo, amenazada por perros vagabundos y por las órbitas de fósforo de la oscuridad, le limpiaba el vómito de la barbilla sentada en un escalón, le soportaba las bofetadas inciertas, lo ayudaba, levantándolo por los sobacos, subía las escaleras, le quitaba, con las demás mujeres de la familia, el pebete de orina y vinagre de las botas, la camisa, los calzoncillos, y lo dejaba roncar, con los brazos en cruz, después de hacer caer dos o tres sillas y tirar una zapatilla contra el Santo Expedito de loza, con una lamparilla a sus pies, que nos asistía en las enfermedades y en los sueños. La paz social de mi casa era mi padre roncando, echando gargajos, en el colchón donde los festivos, con gorra de visera en la coronilla y los pantalones por las rodillas, nos fabricó a todos, resoplando entre asaltos graznados de pavo real.
-En la reunión del martes -dijo el Secretario de Estado pasando con el meñique unas páginas manuscritas-, se decidió poner término a esta broma macabra de ametralladoras y pistolas: que hablen, que desfilen, que reciten a Lenin a coro, que concurran a las elecciones pero que no maten. Y es justamente para impedir idioteces peligrosas que necesitamos de la colaboración discreta del señor doctor: ocurre que la policía ha pillado en Campolide a un tarambana del Movimiento Popular Diecisiete de Octubre (vaya nombre, ¿no?), y a usted, amigo, le ha encargado quien corresponde, y sin interferencia nuestra, que instruya el proceso. Secreto de sumario, déjenme que me ría: no hay bicho viviente que no hable de las maravillas del secreto de sumario y se olvidan de que Portugal es una aldea, ¿se da cuenta? Un tipo con granadas en los bolsillos mirando escaparates de ropa de señora sólo se ve en Lisboa, palabra.
El tercer cuadro del despacho, una naturaleza muerta de tonos grises, abundante en pepinos, zanahorias, ajos, liebres y un jarrón con flores roto en medio con una torsión cruel, se disolvía en el granulado de la pared, alejada de las manchas de sol que animaban el retrato oficial del Presidente de la República, y de una cómoda Imperio con una colección de cristales facetados en el mármol que multiplicaban la luz en pequeñas escamas agudas.
-Yendo directamente al grano -continuó el Secretario de Estado, con las piernas cruzadas, mostrando unos calcetines lilas que no combinaban con la corbata-, queremos que prepare con el detenido una fórmula, la mejor fórmula, no me interesa la fórmula con tal de capturar a sus cómplices, sin sangre o con sangre siempre que sea la de ellos, y es para tratar con usted de esos detalles técnicos que la Brigada Especial lo visitará la semana que viene: en el momento presente, señor doctor, al Gobierno sólo le interesan los resultados porque los resultados son los que conquistan votos, y el país no puede darse el lujo, con Europa al lado, de perder la mayoría que lo sirve.
Abandonó las páginas manuscritas y el agua vibraba al escurrirse por su mano, como la lamparilla de San Expedito en la mañana de lluvia en que mi padre se puso el ceremonioso traje lúgubre, de párroco de paisano, de las bodas, entierros y convocatorias del patrón, sepultado entre hojas de papel de seda y muñecas de espliego en el baúl con tachas de los tesoros de la tribu: cirios de bautismo, una niña de porcelana sin brazos, cartuchos de collarcitos de cobre con adornos de marfil, menudencias de encaje, pobres maravillas robadas aprisa, como los mendigos de las playas, al reflujo del pasado. Aturdido por los cohetes de la feria que reventaban en la niebla, cambió la radiante dentadura postiza por la hilera de muelas de mi abuela, una cardada al lado de la otra, riendo a carcajadas durante la noche, en el vasar de la harina y del azúcar, y sus berridos de jabalí nos desnortaron a todos por no encontrar uno de los zapatos de lujo, rojos y blancos, con cordones de payaso, que una de las primas, la que murió de tifus al otoño siguiente, acabó por descubrir, roído de encías, con las borlas desgarradas y la suela abierta, debajo de la almohada de la inválida que mordía a chillidos lo que la rozaba. Mi padre, a quien el chaleco no le servía desde hacía años ni la chaqueta le abotonaba por la tripa, se precipitó hasta la puerta rechazando ayudas, empujó a mi madre de un sopapo que falló el blanco y volcó la lata de arroz, se desequilibró, metió la pierna en una palangana con lejía, y se evaporó cojeando, por un surco de espuma de jabón, en dirección a la criada, a la lluvia y a los orfebres que exhibían su oro de galeones castellanos en tenderetes de tela estampada. El temporal agitaba los castaños y las acacias, un pájaro se escondió, con las plumas mojadas, en un hueco de piedra. El Secretario de Estado asestó un golpe autoritario en la carpeta:
-Considere lo que le he dicho como una orden -suspiró al Juez de Instrucción apretando el vaso en el pecho como los celebrantes de las misas-. Evidentemente el señor doctor puede negarse, presentar excusas y certificados, operarse el apéndice, desistir del proceso, solicitar un puesto en Macau, lo que dadas las circunstancias se me antoja, al menos, desaconsejable. Del mismo modo, pensó el Juez, que se le antojaba desaconsejable a mi padre contrariar al patrón, y allí estaba él de pie, rodeado de aparadores trabajados, enrollando la boina en las muñecas frente al viejo que sujetaba la botella de anís como un cetro, diluyendo los cristales de azúcar del fondo. Yo tenía diez años, frecuentaba las clases de catequesis de la amiga del prior, quería ser bombero y casarme con la profesora de gimnasia, y me cambiaron al día siguiente la vida y las esperanzas al encajarnos, con una maleta y un arcón de mimbre, en el coche de tercera clase de un tren de mercancías hada Lisboa, que atravesó pinares y más pinares con una lentitud interminable, pasos a nivel donde aguardaban bicicletas y carretas, puentes sobre ríos obstruidos, invernaderos, salinas, aldeas olvidadas en los fondillos de la tierra. Un empleado de uniforme nos pedía de vez en cuando los billetes, haciendo sonar la articulación del alicate. Nos demoramos en apeaderos desiertos, construcciones de planchas con bancos de ripias de jardín y anuncios despedazados, en espera del Rápido del Norte o del Internacional de España, mi hermana menor, privada del balanceo de las ruedas, se echaba a llorar, un guardia fiscal delante de nosotros, con una costra de mugre en la solapa, leía el periódico y dormía, y esto dieciocho horas seguidas con una estación de muchas vías en el extremo, furgones deteriorándose en carriles secundarios, edificios altos y parduscos, almacenes hediondos, muelles de cemento desportillado, el mar cuajado de nubes y de líquenes, boyas, cuerdas, el reflejo omnipresente del castillo, pescadores de mariscos en canoas inmóviles, pájaros que yo desconocía volando en círculo sobre la estela de gasolina negra de los barcos, los pasajeros que amontonaban los bultos del equipaje y un conductor de uniforme azul y botones de metal haciéndonos señas, llevándonos a un automóvil inmenso molesto con nuestras ropas, nuestro olor, las bolsas con nuestros restos de comida, nuestra manera de hablar, nuestro asombro, y poco después, a los dos lados del coche, la misma lluvia de la Beira cayendo ahora en una geometría de fincas muertas, de iglesias barrocas con mártires y símbolos de navegantes en las ojivas, de merceros abarrotados, de abacerías suburbanas, de farmacias recónditas, de camionetas que descargaban en los paseos de las tabernas, y el portal, y el patio, y la rosaleda, y narices que espiaban desde las cortinas, y una cabaña de tres divisiones pegada a la jaula de los dóbermans que se daban con furia contra las rejas, y salas de trastos mancos, y una tina descascarillada, y hongos en los desagües, y la cocinera, solícita, limpiándose las manos en el delantal, Mañana el Señor Profesor y la Señora les explican todo, si quieren orinar háganlo en la pila del cobertizo.
-El viernes los de la Brigada vendrán a buscarlo para ultimar detalles.
Mientras caminaba, por la alfombra, hacia los acordeones desastrados del Terreiro do Paço, el Juez de Instrucción sintió inclinarse la tarima como las travesías de la Beira, los nabos deshojarse en la huerta, el viento bramar en los intervalos de los muebles arrastrando heces pedazos de periódico, pinochas, desperdicios, los cedros desramados por la lluvia. Llegó hasta la picota del cuadro de las zanahorias y los pepinos, y se volvió para encarar al Secretario de Estado que con su barba de oráculo y sus pingajos terribles gritaba a los relámpagos y a la noche de la villa, a la hora en que los orfebres, con el cofre abollado en la parte trasera del sillín y pinzas de madera en el dobladillo de los pantalones pedaleaban como un enjambre de cuervos funerarios por la carretera de Canas:-Yo soy Donjuán, emperador de todos los reinos del mundo.



1


Se acordó de cuando tenía doce o trece años, le robaba cigarrillos al abuelo, los repartía con el hijo del guardés y se echaban ambos en el césped, fumando, viendo el cielo de septiembre en el intervalo de las acacias. Sonrió al impulso del lago y a los bancos de azulejos que separaban el jardín de la rosaleda, y el Juez de Instrucción se inclinó de inmediato hacia delante, con las manos extendidas en medio de una confusión de papeles:
-¿Qué?
-No he dicho nada, son cosas antiguas que me vienen a la cabeza, no me haga caso.
El abuelo abajo, con chaqueta de verano, en la silla de lona protegida por el quitasol descolorido, sentado en los ladrillos donde los domingos, después del almuerzo, la familia montaba las mesas de la canasta, y ellos aquí, junto a los gladiolos, chupando colillas clandestinas con la caja de fósforos de la cocina en el bolsillo, observando la rueda del molino que bailaba a derecha e izquierda en busca del viento. Ellos aquí, mucho después, uno preguntando y el otro respondiendo en este cuartucho de policía abarrotado de sumarios (una gabardina de niño colgaba de un clavo), con un guardia en la puerta y un tubo fluorescente nublándole los ojos:
-Vamos a comenzar la declaración desde el principio: la tarde en que acabaron con el ingeniero cuántos eran, dígame.
Basta un mes en los calabozos de la Policía Judicial, sin postigo y con la verruga de una bombilla en el techo, y los días y las noches se transforman en un único crepúsculo pesaroso que sólo el abrir de la celda para las comidas o las visitas del subinspector interrumpían. Visitas y comidas casi siempre cuando el Hombre acababa de dormirse, dormía o creía dormir, y una tos, pegada a su oreja, lo desmoronaba del susto: la comida, chaval, buen provecho, y ya los goznes cerrados, un silbido lejano, nadie, la bandeja de la sopa y del arroz en el suelo.
-Yo, por mí, aguanto lo que sea -dijo el Juez de Instrucción aflojándose el nudo de la corbata con un cuidado de araña-. Hasta saber cómo liquidaron al ingeniero no me muevo.
Y no se movía de verdad, pequeñito, calvo, oscuro, peludo, expectante, fumando los cigarrillos de mi abuelo mientras el guardés, su padre, cortaba arbustos abrazado a una estatua de porcelana en equilibrio en un parapeto de piedra. Los edificios desiguales de la Rua Gomes Freire se amontonaban por detrás del Magistrado: placas de abogados y de peluqueras, dentistas, papelerías, un ruido descaecido de tráfico, de cocinas de restaurantes, de voces. El Hombre pensó Cuántos éramos realmente, cuatro, cinco, seis, aunque yo quisiese decírselo la bombilla encendida, clavada en los huesos de la cabeza, me ha cegado el raciocinio y la memoria. Recordaba fragmentos, episodios inconexos, vagas remembranzas que surgían y reaparecían, la Rua Padre Manuel da Nóbrega bajando del Areeiro con sus stands de automóviles japoneses, una silueta que caminaba deprisa con un paquetito de confitería en la mano. El Artista, que conducía la furgoneta de la Compañía del Gas, avisó Es él, las ametralladoras checoslovacas salieron a sacudidas de debajo del asiento, el Sacerdote, con gafas redondas de mica, gritó Ahora, olor de cartuchos, humo, gente en fuga, una vidriera hecha astillas, la silueta con el paquete que se desploma en el paseo, el Estudiante al Artista, que movía los cambios, Acelera esa mierda, joder, y de inmediato la Avenida de Roma, librerías, discotecas, cacharreros, establecimientos de pretaporté, la paz de gorriones de la tarde, el viaje tranquilo, en silencio, respetuoso de los semáforos, hasta el granero de una quinta de Odivelas, con más armas y un sistema de radio ahogado en la paja. Debe de haber sido así, era así siempre, y por último el apretón de manos de despedida del religioso, Quedaos tranquilos que el contacto os buscará, quiero que cada uno se quede lo más tranquilo posible en su refugio, para la semana que viene hay novedades firmes, y en eso la mujer del guardés llamó al Hijo desde la rosaleda, Zé, ven aquí un momentito, Zé, y el Juez de Instrucción, sordo, golpeando la punta de la estilográfica en el pulgar, levantó uno de los teléfonos de la mesita a su lado, Avísele a mi esposa que no sé a qué hora vuelvo hoy.
Debía de haber sido así, pensó el Hombre con la espiral de alambre de la bombilla hincada en la frente, en nuestro grupo de asalto nunca trabajamos de otro modo: nos daban la identificación del sujeto y un plazo para terminar la tarea, y nosotros, por turnos, confirmábamos horarios, corregíamos diagramas, alterábamos trayectos, discutíamos, en un sótano de barrio-dormitorio en Almada o en un almacén desierto de Marvila, en torno de un cenicero lleno a rebosar. El Artista quería a toda costa resolver el asunto en la madrugada siguiente arrasando con una bomba un barrio entero, el Sacerdote lo retenía tirándolo de la manga, Calma, calma, si hasta hoy no nos han detenido es porque preparamos las cosas con cuidado, y pasados los días surgían allí las escopetas y un Honda robado, Prepárense, hijos míos, éste es el momento. Una o dos veces el Hombre tuvo la certeza de que antes de empezar a disparar, ya con los caños apoyados en la ventanilla del coche y las pinas de las granadas en el bolsillo, el blanco los miraba con una pupila de gazapo acosado, una órbita de ojo de gallo, y en tales noches no lograba dormir a pesar de los sedantes, extendido boca arriba, atormentado de sudores, viendo otra vez el bulto que aparecía frente a él, el Sacerdote, con la ametralladora al hombro, insultando al moribundo, Cabrón cabrón cabrón, el Estudiante dando un golpe en la nuca del Artista, Pisa el pedal, carajo, plazas y plazas, el radar del aeropuerto, descampados con ovejas, un restaurante casi al borde de la carretera, y la Dueña de la Casa de Reposo Para, a dónde quieres ir ahora, qué locura, para. El Juez sacó del escritorio y mostró un cuaderno de apuntes:
-Doscientas páginas de confidencias de la Organización, secretos, vilezas, vergüenzas, desgracias, testimonios. Sólo me falta la historia completa por su boca.
Ni siquiera se parece a la madre, pensó el Hombre acordándose de la mujer del guardés que pedía ayuda al abuelo para los estudios de su hijo, intimidada por el peso de las cortinas y el brillo de la alpaca. La madre, con el mechón deshecho, que llamaba a gritos al Juez de Instrucción y le arrojaba los zuecos de madera, besando el anillo del viejo lloraba y reía al mismo tiempo, agradecida, y ellos fumando a escondidas en el césped, con la nuca entre los dedos, mientras las criadas, con bata de cutí, sacudían las salitas de la primera planta. El molino se inmovilizó en una sospecha de brisa y las aspas comenzaron a girar con una lentitud herrumbrosa.
-De acuerdo con las declaraciones la base de su grupo eran cinco incluyendo a un alumno de primer año de Química -recitó el Juez de Instrucción después de una lista de nombres escritos con pluma-: el universitario, un genio frustrado, un padre que imagina que la revolución continúa, la dueña de una casa de reposo, y usted que no imagina nada pero cometió la burrada de enamorarse de esa mujer. Supongo que no le interesan las fotografías de ese sobre y es una pena: los muchachos de la Policía Judicial lo han sacado bastante favorecido, de frente y de perfil, cada cual con el numerito de orden por debajo. Y quien dice fotografías dice nombres, edades, profesiones, estado civil, yo qué sé qué más. Así de paso puedo contarle, está aquí, lo mejor que el Artista consiguió fue vivir a costa de una señora lisiada, profesora en el liceo de Oeiras. No obstante, hay unos pormenores que me intrigan, y a cambio de explicaciones sin importancia puede ocurrir que el tribunal se conmueva: los Delegados del Ministerio Público son de lo más sentimental que hay.
Mentira, pensó el Hombre, quiere hacerme entrar con el tópico de los retratos forjados y de la bondad de los acusadores, no sabe nada de nada, está de guasa conmigo: a esa hora, que ignoraba cuál era por prohibírsele los relojes, el Artista montaba por cierto uno de sus colages horrorosos en la segunda planta de la Calçada dos Mestres, rodeado por el hedor de las brochas, de los diluyentes, de los tubos de tinta, el Estudiante, en el apartamento de balcones amarillos de la Estrada das Laranjeiras, conversaba por teléfono con una amiga médica mirando las jirafas del Jardín Zoológico, con sus pescuezos erguidos muy arriba de los plátanos, la Dueña de la Casa de Reposo sumaba gastos en el despacho, el Sacerdote, con la lengua en una comisura de la boca, preparaba un mensaje en código o atravesaba el puente para encontrarse con un colega del seminario en una vivienda de la Cova da Piedade oscurecida por los vapores de las fábricas, que desaguan en el río con un silencio de pantano.
-¿Curioso? -preguntó amablemente el Juez extendiéndole el sobre. Los edificios de la Rua Gomes Freire se reducían a cuadrados de ventanas iluminadas donde inquilinos de pijama contemplaban las ambulancias de la noche.
No lo voy a coger, decidió el Hombre, miles de veces me previnieron acerca de este estilo de ofertas y promesas, de la simpatía postiza de los policías, de los puntapiés amables, de las porras dulces, de los bofetones asestados con toda el alma y una sonrisita de estima. A la primera señal de flaqueza, le había enseñado el Banquero, hace años, en una playa desierta de la Costa de Caparica, con las olas rompiendo más allá de las dunas y perros pálidos vagando en la arena, te caen encima, te agarran del pescuezo y estás listo, y lo que se le ocurría al Hombre, al escucharlo, era que si un barquero casual o una Pandilla de adolescentes los viese, así pegados el uno al otro, con la espalda apoyada en una columna de raíces, en una zona en que los homosexuales se frotaban con cremas y se besaban en el verano, pensaría haber tropezado con una parejita de maricas arrullándose.
-¿Una ojeada, al menos? -insistió el Juez de Instrucción agitando el sobre-. Le aseguro que se va a quedar pasmado con lo que hay ahí.
En noviembre el viento del mar sopla paralelo a las olas, se dijo el Hombre, ajeno al Juez, recordando al Banquero que dibujaba espirales con un pedazo de caña didáctica, indiferente a los albatros, a las gaviotas y a lo que pudiese suponer el único obrero, encaramado en sacos de cemento, de un bar en construcción. Había entrado en el Movimiento desde el principio, con una confianza absurda impermeable a dudas y críticas. Era manso, serio, pausado, y calzaba zapatos gastados, comidos por los gusanos, que parecían de difunto con varios meses de cajón. En las pausas de descontar cheques se ocupaba de la formación teórica de los grupos de asalto, a la que dedicaba un escrúpulo minucioso de maestra de novicias, con el misal de las epístolas de Stalin en la mano.
-Desde el comienzo del interrogatorio -suspiró el Hombre sin convicción ninguna- he repetido que soy jefe de sección en una compañía de seguros. Trabajo ocho horas por día, vivo en casa de mi familia, llevo los libros de una firma porque gano poco, no me sobra tiempo para meterme en política. Y cuando descubran esto y me suelten quienes tendrán un proceso a sus espaldas serán ustedes.
Sí, pero quien vive en el sótano allí abajo soy yo, pensó: una celda revocada, las combas del colchón, el lavabo de muñecas, el cubo de las necesidades y la bombilla que me cuaja en los párpados una gotita de luz. Si me acerco a la puerta no oigo ni un paso, una respiración, una tos, una charla, y no obstante es un pasillo de cárceles que supongo más o menos como la mía, cada cual con su revolucionario preso, tentado a desistir del internacionalismo proletario. Quién sabe si el Banquero no está en una de ellas, enseñando a la Policía Judicial sus trucos de guerrilla, quién sabe si un trepador del Comité Central, harto de preguntas de policías, no ha dado mi nombre, el nombre del Artista, más nombres, a fin de poder dormir sin una sacudida en los riñones que lo despierte, Muévete que como el Juez no tiene nada que hacer quiere conversar contigo un ratito, dormir sin bombilla, en la oscuridad, pesados sueños de aljibe desprovistos de memoria y de futuro. Una tarde el Hombre y el hijo del guardés, pequeños entonces, bajaron por los escalones de hierro hasta las lagartijas y los barros secos del fondo del pozo, y todo lo que vieron fue una serpiente con rayas agitándose por los ladrillos en busca de una grieta por donde escaparse, y en lo alto, a medida que la claridad crecía, un círculo perfecto de azul incandescente que ninguna nube cruzaba.
Golpearon a la puerta, el Juez de Instrucción dijo Entre, y era la cena del Ilustrísimo que un guardia, que no paraba de pedir permiso, posó en un ángulo del escritorio con precauciones respetuosas: pollo y patatas asadas, pan, una manzana, una botellita de vino, Y todo esto por su culpa, fíjese, se lamentó el Juez separando sin apetito la piel del pollo e intentando aplastar a la serpiente con la suela, un rasgo de comprensión y ya usted estaba fuera, amigo, fumando los cigarrillos de su abuelo debajo de una estatua de loza.
Y el Hombre se acordó que uno de los primeros servicios que les correspondieron, después de quince días de entrenamientos intensivos en Almoçageme, comandados por un libio de turbante, había sido un camarada salido de la cárcel la semana anterior, un rubio palabrero e inquieto siempre con nerviosismos, siempre con vacilaciones, siempre con dudas, y que el Sacerdote afirmaba que la Brigada Antiterrorista protegía a cambio de informaciones sobre procedencia de dólares. Prepararon el trabajo de febrero a mayo, vigilando las idas y venidas del sujeto, escondido en una casita del interior de Carcavelos, lejos del mar, con un perro minúsculo gruñendo en el Portal y matas de flores descuidadas a ambos lados de un sendero de grava. Agachados en una camioneta de mudanzas observaron, bolígrafo en ristre, al lechero, al panadero, los hábitos de los vecinos, los esclavos en harapos que componían las fisuras del asfalto dirigidos por un capataz de gorra, el instante en que la luz de la sala se apagaba, los murmullos desconocidos de las tinieblas. Lo pillaron finalmente a las ocho y media de la mañana, seguido del animalejo horroroso, a treinta metros del kiosco de periódicos, lo desplomaron a balazos que alcanzaron en el pecho a dos niñas gitanas y escaparon tocando la bocina, por travesías de dirección prohibida, hasta distinguir la corona exasperada de las gaviotas y la muralla de la Marginal que el río saltaba en abanico en las náuseas de enero. El Hombre vomitó la tarde entera, agonizando de fiebre en una quinta de Loures, con la imagen del cuerpo abatido del rubio en la cabeza, arrugado e inerte como el de los animales pequeños que aplastan en las autopistas, y las gitanillas intentando desbandarse entre lágrimas lejos de la pólvora. Las niñas acabaron escurriéndose a lo largo de las fachadas junto a una tienda de joyeros en pedazos, y el Artista lo animaba con brandis y precedentes históricos, Esto no es un juego, chaval, cuando se trata de liberar a nuestro pueblo hay siempre uno que otro inocente que arrastra la marea. Volvió a Benfica pensando en desistir, pensando No aguanto, no tengo fuerzas, no puedo. Era domingo, todos los primos y todas las criadas habían salido, los espejos de los armarios de la ropa reflejaban, en el silencio, su palidez alarmada. Le apetecía telefonear pero no sabía a quién, abrió las puertas de la sala y en el jardín las ramas estallaban bajo sus pies, se tumbó en el césped y fumó solo porque si llamaba al hijo del guardés no habría respuesta: hacía mucho que se hablaban poco y mal, un apretón de manos, una palmada en los hombros, se te ve más delgado y adiós, si llegaba a encontrarlo, en la quinta, de visita a sus padres. El amigo se había casado, usaba corbatas pomposas y vivía en un apartamento en Miratejo, pero el gusto del tabaco solitario era diferente y amargo y fue la última vez que el Juez, con pantalones cortos y uñas sucias, le hizo falta. También vagó por los arriates, se inclinó ante el lago de los peces a escuchar a los nenúfares, deshojó la buganvilla de la pérgola, y allí estaba el pozo con el molino por encima y la gran aspa de aluminio que desprendiera el viento.
-El mes pasado bajé al pozo sin ti -dijo él, en tono de censura, al Juez de Instrucción que pelaba la manzana y se introducía los pedazos en la boca con la punta del cuchillo-. Encontré a la serpiente podrida, con manchas, en una grieta de la tierra.
El Magistrado acabó la manzana, escupió una pepita empujó el plato, y el Hombre le notó la isla más clara, de pelo ralo en la coronilla, que se extendía hasta la frente por una mancha escamosa de piel: cualquier día se haría la raya en la oreja, con mucha brillantina, para disimularla.
-Le aseguramos una ayuda eficaz y usted nos da a cambio una docena de aclaraciones de morondanga -negocio el Juez, ajeno al pozo, agitando un palillero transparente-. Y cuando hablo de ayuda hablo de francotiradores especiales, una nueva identidad, una cirugía plástica, un subsidio mensual, un viajecito discreto al extranjero. Existen ciudades en Brasil por ejemplo, que no aparecen en el mapa. Y fíjese en que no le pido que denuncie a tal o cual, no es mi estilo: solo la confirmación de fechas, de locales de reunión, de papeleo clandestino, cartas, diarios, circulares, sólo declarar si reconoce o no esta o aquella letra. Todo impersonal, todo anodino todo sin compromiso, como ve. Y se acaba la pesadilla del calabozo, y se acaban los guardias, y se acaba la policía, y se acaba para alivio suyo y mío esta investigación pesadísima.
Y no obstante cuando el hijo, ya con las uñas limpias, ingresó en el Centro de Estudios Judiciales a aprender a condenar, el guardés continuó ocupándose de las flores y de las verduras de la huerta, y la mujer, despatarrada en un banco, desplumando las gallinas de los patrones en el patio de la cocina, sumergida en plumas que revoloteaban, subían y bajaban, peludas y blancas, como si destripase un edredón. El guardés continuaba escardando y montando en la quinta trampas con muelle para los pájaros que le roían los higos y estragaban las cerezas y las peras, aves menudas, excepto los mirlos, estranguladas en el alambre y esparcidas en la base de los troncos, destinadas al apetito de las hormigas. El hijo juez y la madre, pasmada de vergüenza, levantándose al paso del Hombre que suspendía año tras año las disciplinas del liceo, y había entrado de recadero en la compañía de seguros de la familia. La mujer bajando la voz, saludando Hola niño, oliendo a los eucaliptos y al anisado de las aldeas sin destino de la Beira de donde venía, viviendo en una casita entre el invernadero y la jaula de los perros, engastada en el muro con fragmentos de vidrio colorido en el borde, un par de habitaciones con muebles gastados, penumbra, el óvalo súbito de un espejo, un fogón en una losa, camas moribundas porque había más hijos, dos muchachas descalzas y un muchacho ayudante de mecánico, encerrado en un enfado perpetuo entre las cejas enormes. Los días festivos el guardés dormía en una mecedora de junco, bajo el frescor del parral, con una mastina descolorida a sus pies, un animal melancólico y sin gracia, de orejas tristes, sacudiendo las moscas de octubre con la cola. El guardia fue a buscar la bandeja y la llevó como si transportase una reliquia, agitando lozas. El Juez de Instrucción seguía desde la ventana el crepúsculo que aumentaba la ciudad:
-¿No le parece una ayuda generosa? -preguntó él de espaldas al Hombre, ofreciéndole, bajo el traje, los omóplatos magros de ángel inacabado-. En este momento del proceso no hay prácticamente nada que yo no sepa, y al terminar la confesión de sus compinches prepárese para unos diez añitos, como mínimo, encuadernando libros en la oficina de la cárcel. Tal vez no esté tan mal, oiga, por lo menos aprende un oficio, que es algo que nunca le ha sucedido en su vida.
El parral, en su reverberación de hojas, se prolongaba por la quinta en dirección al establo de los cerdos y a la cabaña de los aperos, con tijeras, hoces y palas ordenadas en sus ganchos y un cono de patatas germinando en el suelo. De un lado del muro un mico sujeto a una cadena admiraba sus propios dedos con las pupilas atribuladas de los enfermos del hígado, y del otro se escuchaban a cualquier hora, desde una veranda a la que nadie se asomaba, los acordes errados de una lección de violín al tanteo con la partitura. La suegra del guardés, con negro de viuda, cosía camisas en un escalón.
-Fechas, lugares, unas pequeñas explicaciones sin importancia -dijo el Juez-, y la semana próxima lo instalamos en Brasil con una mulata en cada brazo.
Encendió una lámpara y la luz le acentuó las arrugas, cavó los huesos del mentón, aumentó la fealdad de la corbata, reveló un corte de la barba y un tic que contraía los músculos de la boca, tirados hacia atrás por el espasmo de un tendón. El brillo de las gafas impedía al Hombre descifrar la sinceridad de las promesas, de la misma forma que las órdenes y los tacos del Sacerdote, carcomido de fastidio, partían hacia un blanco, escondían la ansiedad y el miedo, los cinco apiñándose, enfadándose, sobresaltándose en el automóvil robado mientras que el traidor de la clase obrera no llegaba, ¿Y si en una de ésas, supongamos, ha ocurrido algo y el cabrón no aparece?
Encendió la lámpara y no quedaban en su cara vestigios del pasado ni semejanzas con lo que el Hombre recordaba del padre o de la madre de él, el color del pelo y de los ojos, los gestos de hurón, el formato de los pómulos. Ninguna similitud con aquellos esclavos brutos y sumisos, tallados en la provincia en tungsteno, cactos, hambre y plátanos de invierno, con quienes el abuelo conversaba a veces, con una gentileza de marqués, para enterarse de la fiebre de las acacias. Sólo las gafas serias en espera y una pluma balanceándose entre los dedos afilados:
-¿Y?
Puede ser que el Artista esté preso, pensó el Hombre, el Sacerdote vigilado, la Dueña de la Casa de Reposo vaciando el bolso en el puesto policial del Beato, el Estudiante, en la Estrada das Laranjeiras, con dos de la Secreta registrándole los cajones o pasmados ante la inocencia de las sábanas con el Snoopy estampado, porque hasta la vanguardia del proletariado tiene derecho a la infancia y a ver a las jirafas y a los mandriles entre la ropa puesta a secar en el balcón y los árboles con pico de plumín que hacen señas desde el cielo. Puede ser que del Comité Ejecutivo hubiesen murmurado Es aquél y aquél y aquél, y restasen por milagro tres o cuatro militantes fugados en la cabina de un camión, por el Alentejo, camino de España, o cruzando, deslizándose entre los setos, las jaras de la frontera, asustados por el rastrojear de un conejo, en busca de la navaja lunar del río. Pero aun así, los orangutanes de la Interpol habrían de olfatear, calle tras calle, los barrios bajos de París, y con la ladronera de la CEE ni la lluvia de Bélgica escapa a la extradición, expulsado al aeropuerto en medio de un torbellino de agentes, todo al final tan fácil como la muerte de las niñas gitanas que trotaban, desesperadas de pánico, en la mañana de Carcavelos, por travesías y travesías sin gaviotas, alejadas del mar.
-Conozco un sitio en Carcavelos donde no se sienten las olas -dijo el Hombre de repente.
-¿Cómo? -se interesó el Juez aumentando la sonrisa, y el Hombre pensó Me tiene en sus manos, comienza a darse cuenta de que me tiene en sus manos, y de ahora en adelante basta con apretar un poco y con cuidado y ver cómo sale el pus.
-Ni el olor, ni la sombra, ni el reflejo del mar -pormenorizó el Hombre—, es como si estuviésemos en la mortaja de una aldea de la sierra, poblada de ausencias y de fantasmas moros.
Caminos difíciles, moreras, túmulos antiguos, cabras que lamen el musgo de los peñascos, una pared de castillo, gallinas que engullían barreduras en el atrio de la iglesia: los labios del Juez de Instrucción, macerados por el metal de la lámpara, se redondeaban en la arista de las mejillas:
—¿Dónde? —preguntó él buscando la goma entre los papeles del escritorio—. Calcule, fíjese, me he quedado con una pasión especial por Carcavelos. ¿No fue donde hace unos meses murieron un ministro y unas mendigas cualesquiera?
Acabar de aceitar culatas en un pinar, antes de la aurora, bajo nubes color de uniforme y una brisa cruel, los cinco (¿o seis? ¿o siete?) alrededor de un paño, sobre la pinocha, en que yacían las armas, con un bullicio de pájaros cantando por las copas y el Ford, sacado la víspera, esperándolos en una vereda de zarzas. Acabar con la tensión de la espera antes de salir, derrapando en un camino secundario, repartiendo las municiones de un cajón: el Sacerdote midiendo el tiempo, con el ojo preocupado en el reloj, el Artista que orinaba silbando, desviado unos metros de nosotros, el Estudiante llenando de cartuchos los bolsillos de la chaqueta. Acabar con el terror, con las diarreas, con los espasmos en el pecho, con el bigote que se rapa y que se deja crecer, con el peinado que se cambia, con los pelos que se tiñen, con estos ridículos disfraces de teatro. Dejar de espiar por las cortinas, de caminar lentamente, con la palma en el revólver, hacia el supermercado de las compras, de temblar si suena el timbre, de saltar si la tarima cruje, de poner una granada al lado del vaso de agua para el maldormir de la noche. Librarse del encierro de la celda, al término de un complicado trayecto de túneles y escalones y tan silencioso y amenazador como el que sigue a los disparos, de la verruga de la bombilla que lo perseguía como el retrato del magistrado-bebé en la salita del guardés, de una ventana abierta a una brotación de magnolias que exhalaban el azúcar sin alma de los finados.
-¿Le importa que llame a un agente? -preguntó el Juez de Instrucción mientras se estiraba sobre la mesa, hacía caer un marco, levantaba el teléfono-. Se trata de solucionar un problema práctico: tengo una letra endemoniada que nadie entiende, lleva una eternidad descifrar los garabatos. Y el miércoles o el jueves usted aterriza en Sao Paulo, con pantalones blancos, panamá y camisa estampada, con una sambista en su cama del hotel.
No es malo que confiese porque están todos presos, el Sacerdote, el Estudiante, el Artista, la Dueña de la Casa de Reposo, el Banquero, metidos en diferentes agujeros por todo el país, sin derecho a visitas, por denuncia del controlador de los grupos de asalto, ahora en Suiza con una pensión del Estado. Todos presos, pensó el Hombre a medida que el agente retiraba una máquina de escribir del estuche, buscaba una silla, introducía un folio en el carro, miraba al Juez, con las manos suspendidas, como un pianista, vibrándole las solapas de la levita, miraba al maestro, ansioso por la señal de ataque. Era un sujeto frágil, de ropas modestas, un policía sin aspecto de policía, uno de esos coleccionistas menudos de langostas y de sellos, un infeliz amanuense judicial al que los compañeros tiranizan. Todos presos, pensó el Hombre, discurseando en gabinetes así para jueces y dactilógrafos así, separando fotografías, elucidando detalles, afirmando, negando, aceptando un brandy, diciendo que no señor, no era en el Algarve donde el barco de pesca marroquí tiraba la dinamita y las bazucas, era en la costa de España y cruzaban la frontera en camionetas de transporte de electrodomésticos y de ganado. Todos presos acusándome, triunfales, furibundos, desorbitados, pensó el Hombre, Fue él solo quien mató a las gitanas, quien hizo pedazos al ministro, quien ejecutó al rubio, encajaba el arma en el hombro, nos ordenaba No disparéis y limpiaba las avenidas a balazos, de haber podido habría colgado las cabelleras del cinturón y acabado con los moribundos a cuchillo. Una vez me escupió en la cara sin ningún motivo, reveló el Artista, y los otros Es verdad, Me quiso violar en un matorral, se quejó la Dueña de la Casa de Reposo, me soltó tacos, me rasgó el vestido, mire, No respetaba a la jerarquía, vociferó el Sacerdote, no obedecía a los jefes, perdió la noción de la ética marxista, y el Banquero Una tarde, en el Guincho, intentó acabar con el último surfista para afinar la puntería, que yo sepa nunca le descubrí ningún sentimiento, teníamos listo un plan, con el auxilio de los camaradas vascos, para librarnos de él. Al sacar los cigarrillos del abuelo del bolsillo del pantalón el cielo permanecía azul sobre las acacias, y el Hombre sonrió al surtidor del lago con sus anguilas transparentes y sus lotos descompuestos, y a los bancos de azulejos del jardín:
-Voy a contarte una cosa que te dejará tres días con la boca abierta -dijo él al Juez de Instrucción que limpiaba sus gafas con un trapito y lo miraba, desprovisto de los lentes, con la expresión desnuda y sufrida de los niños de provincia, sentados en la paja, los domingos, entre barros de feria y gimoteos de lechones-. A pesar de las fumadas en el césped, de las correrías por la quinta y de las indigestiones de fruta verde, nunca me gustaste.
El abuelo abajo, en la silla de lona bajo el quitasol descolorido, se teñía del humor de los agapantos. La mujer del guardés gritaba desde el parral llamando al hijo juez, que se desabrochó el chaleco en gestos murmurados y alzó la mano fina, de dentro del puño de la camisa, rechazando el tabaco. El pianista de la máquina de escribir probó con el anular la tecla de una nota, y los labios del Ilustrísimo se torcieron de lado en la mueca del padre, cuando cortaba los rosales que maltrataban con sus espinas las estatuas de loza del jardín:
-Y yo, a cambio, te ofrezco un secreto aún más secreto -dijo él volviéndose a poner con cautela el metal de la montura en las orejas-. No te imaginas lo que he gastado en grasa para untar las escaleras del pozo, con la esperanza de verte caer.



En Benfica, los sábados, dijo el Juez de Instrucción, que era el día de la semana en que su abuelo llenaba la mesa de la cena con curas, canónigos y tacitas de almendras para conversaciones de santísimo sacramento en torno de la ternera asada, solíamos trepar, por el plátano mayor, al tejado del cuarto de baño de las criadas, que debía de haber sido un antiguo almacén construido por detrás de la casa principal y oculto del jardín por franjas de viña virgen, y nos apretábamos contra el rectángulo de la claraboya sofocando la risita excitada en las manos. Los cristales reflejaban un pedazo de los gallineros y el inicio de la quinta, y justo debajo de nosotros quedaba el patio para matar al cerdo, en octubre, sangrándolo, colgado del cogote, en cubetas de roble, rodeado de sirvientes de delantal y botellones de vino tinto. La vivienda de las lecciones de violín, de estores oblicuos, a los que nadie se asomaba, naufragaba en una mata de abandono: una de las cercas, derruida, caía al patio de recreo de la escuela que cada hora badajeaba una campanilla mustia. Y cuando escuchábamos, más o menos a las cinco de la tarde calculadas por el vuelo de las cigüeñas, los gemidos de afinación del instrumento, intentábamos sin éxito localizar la veranda de donde provenía el sonido y nos imaginábamos recorriendo con miedo salas y más salas irrespirables de polvo, pesadas de muebles enormes y de relojes antiguos hasta encontrarnos, en una mecedora, un esqueleto de mujer de falda larga, con hebras de pelo agarradas al cráneo, irguiendo el arco del violín dispuesta a un vals espectral cuyas notas empañaban las teteras y marchitaban las corolas de los geranios.
-Si eran así de amigos de pequeños -dijo el caballero de la Brigada Especial mirando la ventana de la callista del edificio de enfrente, encima de la entrada a una juguetería-, apuesto a que el señor doctor debe de conocerlo bien.
Se encontraban en el despacho del Juez de Instrucción, entre procesos de gallineras y un olor de rehogado frío, y muy pronto desde el escritorio, en el cual se rellenaban intimaciones y se secreteaban ficheros, llegaba un ruido de conversaciones y la fricción de los cajones alabeados. La callista, de bata junto a un estante de limas y de pinzas, se inclinaba ante los pies de una señora rubia que le señalaba un defecto en las uñas.
-¿Amigos? -se asombró el Juez-. Nos tratamos hasta la época de la mili, nada más. Desde entonces hasta hoy me casé, anduve de un punto al otro del país trabajando, a veces lo encontraba en el jardín de su abuelo, siempre preocupado, siempre solo, de paseo con la nariz apuntando al suelo por la hilera de los narcisos.
Agachados en el tejado, acechando por una cicatriz de la claraboya, esperaban entre carcajadas y cigarrillos que la criada nueva, llegada semanas antes de Alcobaça, que se equivocaba con los cubiertos y derramaba las lonchas doradas de la fuente, entrase en el almacén, colgase el uniforme en una percha, se sujetase el pelo en la nuca con una multitud de horquillas y abriese el grifo del agua caliente primero y el del agua fría después palpando la temperatura con el brazo: una flor líquida se abría del tallo de la ducha, los pétalos se transformaban en espiras de vapor apenas tocaban las paredes, y los azulejos se turbaban al rato como las gafas con lágrimas de los viejos.
-Sea como fuere -dijo el caballero interesado en la callista que, blandiendo una especie de alicate, discutía con la dama rubia un pormenor del tobillo-, las personas no cambian tanto con el paso del tiempo.
Y realmente, pensó con envidia el Juez de Instrucción, mientras yo me gastaba en comarcas olvidadas, Ourique, Loulé, Vila Viçosa, matriculando a los pequeños de escuela en escuela y conversando por la noche, en los fondos de la farmacia, con las amarguras del notario y las desilusiones del presidente de la Cámara, el Hombre, señores, no se alteró casi nada: a pesar de unas arruguitas aquí y allá, de unos pelitos blancos y de la cara un poco más redonda, era fácil imaginarlo todavía, con pantalones cortos, estirado sobre hojas secas y excrementos de palomo, buscando distinguir el cuerpo de la criada que se enjabonaba en medio de una neblina tibia, percibiendo su pubis diminuto, sus hombros gruesos, sus muslos oscuros, el desagüe donde el agua se precipitaba espumajeante, los hongos ocres del techo. Yo sudando en los cachemires, en los rubores del Alentejo, de regreso del tribunal para sufrir la lata de mis hijos y los no-aguanto-más de mi mujer, y el gandul en Lisboa dándose a la buena vida, terrazas, cines, ligues, teatros, quién sabe si encaramado los sábados en el tejado del depósito, espiando con un cigarrillo en el morro la desnudez de las sirvientas. La callista acomodó un foco pequeño y se curvó, atareada, con el talón de la otra en sus rodillas.
-El señor doctor -dijo el caballero despegándose una película del labio- sin duda lo convence de colaborar con nosotros. Porque si el fulano no nos ayuda, el resto de la pandilla continuará por ahí a tiros y el Secretario de Estado es capaz de pillarse una furia de mil demonios contra usted.
-Allí está ella, allí está ella -susurró el Hombre pellizcando al Juez ocupado en limpiar con la manga, aprisa, un trozo de cristal-. Apenas aparece una nueva, pumba.
-Una palabrita oportuna -sugirió el caballero-, una patada en el momento justo y me temo que cantará como un canario.
Una rama de plátano rozaba el canalón, sombras de sombras bailaban por el muro. La criada, envuelta en la toalla, con hombros radiantes, miraba a la cocinera de brazos cruzados bajo el pecho en el marco de la puerta, plantada en sus chinelas deformes. Una mancha de sol o el reflejo de las hojas oscilaban en la pared en el instante en que la callista desviaba el foco, se enderezaba, la señora rubia se estudiaba las uñas, indecisa, antes de sumergirlas en una palangana, y en la esquina de la Rua Gomes Freire con Conde Redondo, un policía de ronda se irritaba con un vendedor de lotería en andrajos, amenazando con la porra a un camionero que había tomado el partido del mendigo.
-¿Piensa que ver a una pareja de cocineras a besos es suficiente para conocer a una persona? -preguntó el Juez enrollando y desenrollando en el puño una goma elástica-. A los niños siempre les da vergüenza asistir solos a ese tipo de cosas. En el cuarto de baño desierto quedaba un copo de jabón que cristalizaba en las fracturas del cemento, el trapo de la toalla en la percha, la marca embarrada de un tacón de zapato y los últimos vapores que resaltaban en volutas tenues bajo la alcachofa de la ducha. En la vivienda deshabitada de las lecciones de música una claridad sin peso se deslizaba de cortina en cortina, navegando en las ripias de las persianas astilladas por las espinas de los arbustos. La tijera del guardés afeitaba el césped del jardín, las fincas de la Pontinha anochecían, y el caballero de la Brigada Especial hizo restallar las articulaciones de los dedos y elevó hacia el Ilustrísimo un párpado cansado de lagarto:
-Como ha de suponer, esta misión no le ha sido asignada por casualidad, nos convenía alguien que conociese al tipo, lo conmoviese, lo hiciese hablar con argumentos de infancia. (Y el Juez se acordó del dueño del mico, un cojo frenético y colero, corriéndolos a palos un martes de Pascua en que saltaron los vidrios del muro a fin de observar de cerca las aflicciones del animal.) En estas cosas no hay como la ternura y unos golpes en medio para llevar a una persona a simpatizar con nosotros.
Con la prisa me he lastimado, me está saliendo sangre de la rodilla, ¿qué hago? -lloró el Hombre mostrando la pierna, aferrándose a un tronco de parra, mientras el dueño del mono, que hasta corriendo, encorvado y entre chillidos se parecía al animal, los insultaba por encima de los fragmentos de cristal que chispeaban al sol-. No te vayas, no me dejes, ayúdame, quiero desinfectarme esto con yodo.
-Nunca he visto a nadie tan cagueta, tan melindroso, se caía por todo y por nada, no se tenía en pie -dijo la voz del Juez, venida de los limbos del pasado, al mismo tiempo que reaparecía la callista con una nueva cliente, esta vez una vejancona que engordó en la silla como las gallinas en los nidos, cacareando reumas.
-No consigo moverme -sollozó el Hombre-, apuesto a que me he partido un hueso, que me he hecho daño en la rótula, que van a escayolarme en el hospital. Si no me sostienes le cuento a mi abuela que trepas a la claraboya para espiar el baño de las criadas.
Mi padre y yo, dijo el Juez de Instrucción, deshacíamos los bultos del viaje, mi madre, en la cocina, con la radio muda bajo el brazo, abría el armario con reja de los platos y el cajón de los cubiertos y se extasiaba con los interruptores eléctricos, y en esto la Señora se nos apareció en la barraca, Buenas tardes, una sonrisa, falanges llenas de anillos, un perfume intenso que alteró de inmediato la suciedad, el moho y el carbón de las paredes, Estoy segura de que nos llevaremos bien, Aurelio, antes de meteros en el tren, me habló muy bien de vosotros. Y sólo varios años después, ya en la Facultad, cuando el anís acabó con la vesícula del viejo, entendí que Aurelio era el patrón anciano de Nelas, el que conversaba desde el comedor con el níspero del patio y caminaba por las terrazas, en las vendimias, con sombrero de paja en la cabeza, en un vagar asmático de buey, oliendo a flores de fieltro y a insomnio.
-Yo soy Don Juan, emperador de todos los reinos del mundo -dijo el caballero avanzando a grandes pasos, rodeado de lobos, por un pinar desierto.
Apenas descubrió las gafas en el bolso, la Señora se puso a pasear por las habitaciones, con el cuello estirado, avizorándonos a nosotros y a los muebles con la curiosidad con que se visitan rescoldos de incendio. Prometió un lavabo en condiciones y periódicos para forrar los armarios, dobló un billete ostensiblemente discreto en la palma de mi padre, afirmó Me gusta mucho la Beira, en cuanto surja una semana tranquila me meto en el coche y voy ahí arriba, pero las devociones, la caridad, los anticuarios y el bridge la ocupaban por entero, el chaquete y la iglesia la extenuaban, la elección de los menús le aumentaba la tensión. Su marido regresaba ya de noche de la compañía de seguros, atravesaba la cocina, con el abrigo sobre los hombros, elegante como un ilusionista, ciego a los saludos de las criadas y a los hervores de las ollas, y el patrón anciano, por fin con corbata y sin sombrero de paja, viajó a su muerte solo, abandonado de los amigos, en la sacristía de una iglesia helada, escuchando el rezongo del viento en los álamos de la plaza.
-¿Estás seguro de que no me he roto nada? -se asombró el Hombre palpando el arañazo-. ¿Y no hace falta desinfectarlo con yodo, que se deja debajo del grifo y pasa? En ese caso trepamos otra vez el muro y le tiramos piedras al mono.
-Un histérico -garantizó el caballero-, con un pellizcón en serio nos dice todo. La verdad es que en esta tierra hasta los que ponen bombas son unos miedicas.
Pero el cojo aún estaba allí, al cuidado del mico, rumiando indignaciones armado de una azada enorme, de modo, contó el Juez de Instrucción, que nos entretuvimos en los gallineros incitando a la pelea a dos gallos de sitios diferentes hasta que mi madre me gritó desde el parral Zé, le has dado el maíz a los palomos, Zé, y yo haciéndome el sordo y recordando el día tremendo en que ella acabó de lustrar la radio con una pomada especial que costó como mínimo la mitad del sueldo de mi padre, acomodó el aparato sobre el mantel del ajuar, con figuritas y pájaros, de la mesa del comedor, lo tocó con un tapete almidonado y la fotografía del padrino en la época en que sentó Plaza en Viseu, con las piernas cruzadas en un banco de jardín delante de un telón de la Torre Eiffel, y giró el botón de las voces y de la música amordazadas por la falta de electricidad de Nelas, y dispuestas a empujarse para salir de la caja de resonancia en un flujo feroz de anuncios de grageas para la tos y de marchas militares. El dial se iluminó, mudó del negro al rosa y del rosa al dorado vivo de las aureolas de los santos, un aullido de faro creció de las entrañas de la emisora anunciando neblinas hertzianas, mi padre y nosotros nos sentábamos frente a la radio como en la platea del cine, el macaco se hizo más alto acompañado de ronquidos y escupitajos, mi madre, roja de decepción, movió la antena en busca de un punto más benigno, una tráquea enferma silabeó un discurso incomprensible y naufragó en un vendaval de graznidos, pronto sustituida por un fragmento de vals y una segunda garganta que parecía dialogar con la primera y que un ruido de fritura o de leche derramada sumió en un desorden de chispas.
-Apágala -pidió mi padre, inquieto, mirando la radio que sobresalía de la mesa-. Dentro de poco te cargas los fusibles de la ciudad.
-Ha llegado otra cocinera -dijo el Hombre, exaltadísimo, pellizcando al Juez que limpiaba la jaula de los periquitos del jardín-. El sábado que viene estamos de fiesta.
Y realmente al atardecer allí estábamos ambos, dijo el Juez de Instrucción al caballero, con el párpado en la claraboya observando el pelo corto de una adolescente regordeta, y frotábamos los cristales con el pañuelo para distinguir mejor los senos, la piel del vientre, los dedos de los pies separados como los de los sapos, los gestos que el vapor de agua borraba, la ropa en la percha, el picaporte de la puerta. Allí estábamos en espera de la cocinera de delantal, con los brazos trazados en el umbral, que caminaba sin prisa por el suelo mojado librándose de la blusa y de la falda, sonriendo como una planta carnívora, ofreciendo uno de los pechos a la boca de la criada al mismo tiempo que la apretaba contra la barriga con la tenaza del codo, sólo que aquella vez no fue la cocinera quien entró, dijo el Juez al caballero distraído con los manejos de la callista y los utensilios de retocar talones que nacían bajo el foco, fue la Señora con abrigo de zorro, con el peinado compuesto y las uñas largas y rojas, la Señora, con zapatos de tacón alto de charol, arrodillada en el cemento, imagínese, delante de la criada, echando la cabeza hacia atrás, exhibiendo el escote, las perlas, los tendones arrugados del cuello, la Señora arrimando el cuerpo a las piernas de la muchacha que le clavaba los dedos en la laca de los cabellos, la obligaba a rozarle el ombligo con el carmín morado de los labios, la sujetaba, casi rasgándolo, por el forro del vestido para sentir la piel de las axilas en las caderas, y yo, dijo el Juez, moviéndome incómodo, apagando el cigarrillo en las tejas, susurrando Vámonos, intentando empañar los cristales con el aliento y nada, ya que él permanecía inmóvil, con la mandíbula caída, agarrado con tanta fuerza al tejaroz que los pulgares se le ponían blancos, y yo insistiendo Vámonos y él Déjame en paz, vete tú si quieres, déjame en paz, él que no acertaba con el bolsillo de los fósforos, que encendía cigarrillos, que se olvidaba de fumar, que veía, con un empecinamiento dolorido, a la criada y a la Señora que rodaban, desnudas, en la toalla, que veía las caricias de ellas, los besos de ellas, los movimientos de émbolo de ellas, y se deslizaba al fin plátano abajo murmurando Te odio, puedes irte al carajo, nunca he sido tu amigo, a mí que no hice nada, Señor, salvo acompañarlo porque él me invitó, porque me calentó la cabeza toda la semana, trastornado, Es medio rubia, chaval, ¿sabes acaso lo que es una rubia desnuda? a mí que necesitaba estudiar Geografía, saber Australia de memoria para la prueba del martes, y el idiota caminando sobre las ramas secas, con sus espaldas cóncavas, hacia la vivienda de la música, Te odio, vete de mi vista, no te atrevas a hablarme, el pelma cayendo de bruces en el césped, mirando sin una lágrima en una extraña expresión distraída, el estanque de los peces, y levantándose, minutos después, con hierbas y hojas pegadas al jersey, como si yo no hubiese existido todo ese tiempo Mostrándole mi preocupación allí a su vera, y trotando hacia casa, ahuyentando avispas con las mangas, sin ofrecerme siquiera la miseria de un cigarrillo de despedida.
-Como ve lo tiene en sus manos, es un hecho -dijo el caballero sonándose, doblando el pañuelo por las rayas, guardándolo con cuidado en el interior de la chaqueta, como los sacristanes guardan los paramentos-. Nada más lejos de mí, señor doctor, que tener que molestarlo en su vida personal, yo qué sé, el traslado de su mujer a Monçáo, problemas complicados con el fisco, aquella secretaria viuda lenguaraz que quedó preñada de usted y que se niega al aborto, ese tipo de cosas que desarmonizan las familias. Menciónele al hombre su abuelita lesbiana, sugiera testigos, e insinúe una noticia en los periódicos que suele tener mucho efecto y da que hablar para rato.
La callista, con la lámpara del techo encendida, se quitaba la bata, se cepillaba el pelo, buscaba la gabardina y al rato surgía en la calle en medio de los clientes del fotomatón, de carrerilla, con el paraguas cerrado, hacia la parada del tranvía. Un Renault estacionó en el patio de la Policía Judicial y tres agentes de paisano le dieron puntapiés a un negro rumbo al mostrador de la entrada. El caballero, que desenvolvía un caramelo destinado a los espasmos de los pulmones (una brisa de bosque impregnó la sala), miraba la ventana oscura chupando la medicina entre chasquidos:
-La lesbiana -dijo él-, la lesbiana es la clave, joder. Investígueme a fondo lo de la lesbiana y ya está.
-Oiga, madre -dijo la hermana mayor del Juez de Instrucción—, que está saliendo humo de la radio.
—Le ando diciendo desde el principio que no se salva ni un fusible —dijo mi padre desde su rincón, tanteando una botella de tinto en el sofá.
Y entonces, explicó el Ilustrísimo, mi madre corrió hacia la radio con idea de mover la aguja del dial por el Tedeum de la emisora católica, que con el auxilio de la Virgen le salvaría el tesoro de las llamas, mi padre derribó un hipopótamo niquelado lamentándose Nunca hay vino en esta casa, qué mierda, quiero ver qué pasa aquí con esas patatas y esas judías que no alimentan a nadie, y en eso una bobina o una resistencia cualquiera explotó en los intestinos del aparato, mis hermanas revolotearon a gritos hacia fuera de la sala, y una segunda resistencia fulminó las lámparas en el instante en que los deditos indagadores de mi padre alcanzaban un gollete de aguapié oculto detrás del frigorífico. Un pasodoble torero irrumpió con una majestad litúrgica y falleció en claridades de magnesio, y de súbito, dijo el Juez, la caja se transformó en una pirotecnia de centellas, de cohetes de lágrimas, de relámpagos, de petardos, de zigzags de muelles, de madera quemada, de metales que se derretían, mi madre, armada de una almohada de paja, apagaba las llamas que surgían sobre la mesa, soplaba un tapete en torreznos, vaciaba una cafetera de agua en la radio deshecha, pisaba el retrato de la Torre Eiffel que había caído al suelo con un centellear de yodo, y al volver la luz la vimos juntar en el delantal los pedazos calcinados de lo que durante tantos años, en la Beira, la hiciera soñar, inviernos e inviernos, con fox-trots de cenador y fandangos de verbena, y colocar los carbones en el croché agujereado, la vimos lanzar por la ventana las cenizas de la fotografía, y la vimos sentarse en la platea, con la mano a guisa de concha en el oído, al lado de mi hermana mayor, escuchando embelesada a los inaudibles locutores de siempre, que desde su boda musitaban, sólo para ella, un impetuoso amor hecho de noticias de descarrilamientos de trenes en Polonia, de tifones en las Antillas y de escándalos financieros en Japón, mientras mi padre, de bruces en la tarima, peroraba, con las nalgas al aire, en la gruesa paz del vino, poblada de vez en cuando por sustos de arañas y de ratones. El caballero, semejante a un huérfano de internado al ver que la ventana de la callista se había oscurecido, extendió la palma en la rodilla, observando una verruga, para decir con mansedumbre:
-El problema de mi viejo era que no aguantaba una copa más. Pasé mis años de chaval llevándolo a cuestas al hospital de Faro.El Juez de Instrucción abrió y cerró un cajón, apiló expedientes, mudó un pisapapeles de la derecha a la izquierda y de la izquierda a la derecha, acomodó la goma al borde del papel secante, Conde Redondo se animaba de sexagenarios alunados, el escaparate de una pastelería destellaba constelaciones geométricas de aristas de cristal, y él y el caballero se me figuraban, a mí, a quien mandaban en autocar, desde el Ministerio, a taquigrafiarles los diálogos, instalado en una silla sin brazos junto a la mesilla de los teléfonos, una pareja de adolescentes serondos, de tristes niños viejos que caminaban solos, tras las camillas de sus padres, por pasillos de enfermerías, llantos y desgracias, hasta desaparecer en una confusión de biombos donde una señora con abrigo de zorro y pendientes largos extendía las uñas rojas y los vértigos del escote a un pubis de criada.


-¿Cómo podré acordarme de tal cosa –dijo la callista-, si ha pasado ya tanto tiempo?
Podríamos haber dejado el automóvil en el parque de la Judicial pero no quise correr el riesgo de toparme con el monigote con quien mi mujer se fugó hace dos años y medio, un subinspector esquelético, con la barbilla de objetor de conciencia, consumido por porros de hachís y filosofías hindúes, que la llevó a Tailandia, en las vacaciones, con pífano de encantador de serpientes. Un buen día al llegar a casa, la encontré, de rodillas en la alfombra, haciendo la maleta, rodeada de blusas y sostenes, mientras el gurú, con las manos en los bolsillos, repantigado en mi sillón, le admiraba el trasero de vaca sagrada y aconsejaba, Lleva sólo las bragas negras, amor, que son las que más me gustan, y los imaginé con las persianas bajas, saturados de incienso en una planta baja de la Bobadela, besándose desaforadamente, en mis horas de servicio, en cojines estampados y falsos tapetes indonesios, bajo el vaivén de sombras de una multitud de cirios que se derretían en platillos de postre. Llegué a preguntar, señalando al energúmeno con el periódico doblado, Qué es lo que tiene ese oso que yo no tenga, y mi mujer, muy serena, dejó de amontonar transparencias de nailon, se quitó la alianza, la puso sobre la cómoda y respondió Marcha, y seguí argumentando, viéndola cerrar la maleta, con la rodilla doblada encima, ajustando con fuerza las correas de cuero, Ese sujeto es la vergüenza de la policía, Manuela, incluso pensé en abofetear al objetor de conciencia que golpeaba el cigarrillo en la cajetilla, con la nariz en una Ultima Cena esmaltada, pero el tipo me pidió fuego, y yo, sin pensar, le extendí un fósforo encendido, con las palmas en taza porque soplaba una corriente de aire traicionera entre la cocina y la sala (siempre insistí en que los cristales del mirador nunca cerraron bien), y mientras yo protegía la llama se fueron por el pasillo, mi mujer se despidió desde el vestíbulo Chao Alberto, felicidades, la puerta se cerró de un golpe y yo sentí las falanges que comenzaron a arder y corrí a gritos hacia el cuarto de baño a aplacar el dolor en agua fría.
Por tanto, para no toparme con el animal que me obligó a andar una semana con los dedos untados de mantequilla (y que me contaron también ahora que abandonó la policía, cada vez más oriental y más delgado, para montar una industria de cuernos de marfil, pulseras sagradas y serpientes venenosas de Ceilán, óptimas para sustituir a los pececillos de acuario que no ladran a los rateros), paramos el Fiat a veinte metros de la finca de la callista, detrás de una camioneta que descargaba aguas bicarbonatadas para confortar la vesícula y refrescos de limón para desconsolarla, le dijimos al Mulato Aguanta tranquilo al volante que dentro de cinco minutos te traemos al pájaro de prenda, y entramos los dos, es decir, el Super-Rato y yo, en un edificio lacrimoso al que faltaban azulejos en la fachada y cuyo vestíbulo, a oscuras, donde se percibían vagamente buzones de correo y escalones desportillados, olía a empanadillas y a ceiba. Trepamos las escaleras pisándonos los talones y susurrando alternadamente Joder y Disculpa, y en eso distinguimos una lamparilla en un rellano que palidecía resignaciones de anemia, una placa metálica, desencantada de honduras oceánicas, con letras comidas por el óxido, y un haz de claridad por debajo de la puerta, que atravesaba en diagonal el pelo del felpudo.
-¿Hace veinticinco años, ha dicho? -preguntó la callista, sorprendida-. ¿Está seguro de que no se equivocaron de persona?
Mi colega pulsó el botón bajo la placa y un timbre tan intenso como una sirena de bomberos arrancó la finca de los cimientos, sacudiendo los ladrillos de las paredes con una furia de extracción dentaria. Super-Rato y yo, abrazados del pánico, aguardamos con los ojos cerrados, en medio del silencio de catástrofe que sobrevino, que una viga del techo o una lluvia de tejas se nos despeñase en la cabeza con una polvareda de estuco, pero lo único que ocurrió fue que saltó la cerradura eléctrica de la puerta como la tapa de un reloj de bolsillo, y dimos, justo después de una bastonera cromada (que en las muestras de las mueblerías se suele hacer acompañar de un tigre de porcelana de metro y medio de altura), con una salita de espera con sillas de napa en que una pareja de viejos con anteojos bifocales, cada cual con su revista en las rodillas, nos contemplaba las mejillas unidas y el entrelazarse de nuestros muslos con una reprobación infinita.
-¿Si he trabajado en Benfica, de pequeña? -repitió la callista, con el ceño fruncido, registrando las baldas de la memoria-. Tal vez sí, los primeros cuatro o cinco meses, cuando desembarqué recién llegada de Tomar. •
Avancé con un bamboleo macho de pistolero de saloon destinado a disipar sospechas, y ocupamos un sofacito de mimbre por lo menos tan vetusto como el apartamento, delante de una mesa con un cenicero de lata y revistas de peluquero apiladas encima, de ésas que entusiasman a Carnide con las bodas de las princesas. Una ventana se abría a un patio rodeado de galerías y de cuerdas de ropa, con el agua de diciembres antiguos evaporándose en los tiestos, y había cuadros con vistas de playas, de botes y de olas inmovilizadas en medio de su vuelo en un friso de espumas coloridas. Una cortina que separaba la habitación contigua se apartó sacudiendo argollas y la callista surgió en el umbral, mirándonos con una desconfianza severa:
-¿Han pedido hora?
Super-Rato alzó hacia ella, pestañeando pasiones, la más amigable de las sonrisas:
-No, señora, sólo queríamos hablar un rato en privado, podemos esperar.
Ella vaciló, Super-Rato abrió la sonrisa hasta los colmillos mal puestos, el viejo baló, tosiendo, Hace cuarenta y cinco minutos que estoy aquí, doña Fernanda, la callista nos miró a nosotros, lo miró a él, nos miró a nosotros, intrigada, se ordenó un mechón suelto, Super-Rato seguía sonriendo, cremallera al cielo, inalterable de inocencia, una voz más allá de la cortina preguntó ¿Me quito el algodón de la uña, querida?, la callista sin volver la cabeza respondió Un momento, señor Bénard, hace falta que la infección remita, y previno a Super-Rato, entretenido en ablandarla con soslayos seductores, Si son de Hacienda tengo todo en orden, en cuanto acabe mi trabajo les muestro los libros de cuentas. Super-Rato, galante, musitó admirando sus medias de descanso Nosotros esperamos aquí, no cuesta nada, el viejo gimió Cuarenta y cinco minutos, doña Fernanda, tengo que volver a casa dentro de poco para tomar las gotas de la tensión, Super-Rato, con las pupilas encendidas, lamía despacio el filtro del cigarrillo, y la callista desapareció tras la cortina, piando como una lechuza en la bruma, Ahora doble el dedo, señor Bénard, ¿ve cómo se ha desprendido sola?
-¿Para esto me trajeron aquí, para contarles mi vida de hace veinticinco años? -protestó ella, indignada, revolviéndose en el cojín del asiento-. Nunca me he metido en líos con la policía, no me doy cuenta de qué les interesa del pasado.
De modo que nos quedamos los cuatro en la salita de espera, en medio de las litografías marítimas donde enmarcaran, en madera biselada, hasta el viento, la luz y el olor del océano, con la puerta de la calle a la derecha, el cortinaje en las espaldas y a la izquierda la ventana de los tiestos en los cuales quedaban, a flor del agua estancada, tristes esterlicias de velatorio, y cuando hablo de cuatro hablo de Super-Rato, seguro de sus poderes magnéticos, que perfeccionaba la melena con un peine demorado, apartando mejor la raya y rizando las patillas, de mí que le seguía los gestos con envidia pensando Acaso fue eso lo que me faltó con Manuela, acaso por no poseer esos encantos los viernes por la noche voy a ese bar del Poço dos Negros, pido una ginebra solitaria y veo a los clientes bailar rumbas con las muchachas del establecimiento, del viejo de los cuarenta y cinco minutos que se palpaba el zapato con una mueca dolorida, preocupado por una ampolla o una hinchazón cualquiera, y de la esposa del susodicho, una dama casi calva, con una docena de pelos en la nuca y alrededor de las orejas, sujetando uno de esos perritos pequineses de hocico de recién nacido que no miden más de dieciséis centímetros de altura, que trepaba constantemente por encima de sus collares para lamer los dobles mentones de su cuello. Nos quedamos los cuatro, jefe, Super-Rato, que entretanto había ajustado su corbata con un toque certero, aplastando colillas en el cenicero de lata, yo, decidido a comprarme un peine en la primera mercería que encontrase, estudiando la ropa carmín de mi socio con la esperanza de descubrir un traje igual en la Calçada do Combro, el viejo que se quitaba el zapato y tiraba del calcetín para masajearse el tobillo, y la esposa con el perro que perneaba suspendido de los tendones de sus fauces, amonestando al marido Quédate tranquilo, Ramiro, que doña Fernanda va a cortarte el absceso. El sol navegaba sobre el balcón de fuera y las esterlicias moribundas, la cortina hizo sonar latones, y un hombre semejante a un soldado vencido, con una pantufla en un pie y una bota en el otro, se arrastró por la sala cojeando, amparado en el remo de gondolero del bastón, camino de la escalera.
-El próximo -llamó la callista en medio de un estrépito de hierros.
El viejo, que siguió con la mirada al lisiado hasta que la puerta se cerró tras él como la tapa de un cajón definitivo, se encogió de pavor en la silla de napa, agarrado con toda su energía a las barras de madera, y fue necesario que Super-Rato y yo lo transportásemos en brazos, aún instalado en el ciento y cacareando No quiero, lo pasásemos a la fuerza a una especie de silla articulada, avisásemos a la callista, que limpiaba los utensilios con alcohol, Aquí lo tiene, señora, no acabe con sus huesos de una vez, y antes de irnos, alentando al viejo que suspiraba Un momento más y soy hombre muerto, con palmaditas comprensivas en las mejillas, Super-Rato estiró los puños de su camisa, hinchó el pecho, enderezó las hombreras y lanzó a la callista, que lo miraba sin comprender, una carantoña definitiva en que se adivinaban sábanas humedecidas por sucesivos éxtasis y cuerpos descuartizados en el reflujo de la almohada.
-He trabajado en esta casa, sí -admitió ella mirando una fotografía con un número y un matasellos de la Policía Judicial en el reverso-. Comencé sirviendo como criada, y no me avergüenzo.
Regresamos a la salita de espera y a los barcos anclados en los marcos, donde la esposa del viejo, con el índice erguido, reprendía con voz de bebé al perrito que orinaba sin respeto en los flecos de la alfombra. Anochecía en los balcones y en los tiestos de agua muerta, grisuras trapezoidales se espesaban en las esquinas de las casas, Super-Rato lamía el filtro de otro cigarrillo haciéndolo girar en la lengua, la esposa sacó el pañuelo de la cartera, enjugó el vientre del perro y lo apretó contra su escote, y yo pensé, recordando mi boda, Ni un perro compramos, joder, un animal que la acompañase con correa a la droguería y a la plaza o para que diéramos un paseo, después de cenar, digiriendo el sargo en los árboles de la plaza, un perro, caramba, cualquier cosa de órbitas peludas y estúpidas durmiendo en la despensa en un cajoncito con serrín y que gruñese, desconfiado, ante los cambios de humor del frigorífico, que diese al apartamento una apariencia de hogar y a nuestros tantos años de veladas, alejados por kilómetros de aislamiento e indiferencia, una semblanza de pareja. Te compraba un perro, Manuela, y tú a cambio te interesabas por mí, me respondías, sin palabras, con grandes pupilas mojadas, sumisas, agradecidas, humanas, escalabas mis piernas para ensuciarme la corbata y lográbamos, de esa forma, devanar el tiempo sin que tropezases con el primer objetor de conciencia tumbado en la alfombra y partieses con él, junto con tu ropa y mis candelabros de plata, hacia una India imposible en cuyos ríos de barro se bañan seres de turbante que flotan a la deriva bajo un cielo de bronce labrado.
-Espere que hay por aquí más retratos -dijo el jefe separando papeles, alineando películas, señalando rostros y más rostros con una regla transparente-. Este rubio es el niño de la casa, ahora ya ha crecido un poco pero qué quiere, la vida pasa, este flaco con una cruz por debajo el hijo del guardés en medio de su familia, también debe de recordarlo, vaya, uno no se olvida tan deprisa de los amigos, ésta mal encarada la cocinera, estas de al lado las criadas de la quinta, este atildado de polainas el patrón que se fue hace tres años de cáncer, pobre, siete meses a suero en el hospital, una muerte fea, ¿no le parece?, la de plumas su mujer, que tuvo la lucidez de diñarla antes para no soportarle los cólicos, los vómitos, los tubos en la boca y el pebete de las tripas, y ahora las cartas sobre la mesa, muchacha, que yo no sé jugar de otra manera: tengo aquí la grabadora conectada y voy a darle al botón de este trasto para oírla hablar de aquella época.
Super-Rato encendía el sexto cigarrillo, con un mechero de gasolina que humeaba como un remolcador, cuando el viejo se puso a gritar atormentando al mar domesticado de las paredes, seguido por los aullidos del perrito pequinés estrangulado en los collares de la mujer, y de la esposa que se debatía, sofocada por el animal, con sus perlas de quiromántica, sus cadenas de novia del Miño, sus medallitas benditas y sus esmeraldas de faquir, levantando el mentón como los ahorcados y cayendo despacio de lado, desorbitada, con la cera de una lágrima final que corría oreja abajo con un trazo oscuro de rímel. El sol no iluminaba ya las esterlicias de los tiestos, idénticas a las plantas de cementerio después de decenas de crueles inviernos, y mujeres con bata se inclinaban desde los alféizares hacia calzoncillos que se secaban en un pentagrama de alambres. Una ambulancia que cantaba en la calle llamadas urgentes de trainera se apagó al rato, lejos, con la sordina del tráfico. El viejo dejó de aullar de repente y Super-Rato, a caballo en la silla de napa de la esposa, intentaba librar su garganta del perrito y de las joyas asesinas.
-Vaya a ver si no le ha dado un patatús al marido -ordenó él mientras rompía una sarta de rubíes gitanos que rodaron por el parqué como un granizo de chispas, cortaba una cadena de plata con higas, corazoncitos, siluetas de la Virgen y medialunas de nácar, sujetaba al animal por el rabo, lo tiraba a un rincón y sacudía a la esposa que se tanteaba las clavículas, preocupada por sus tesoros perdidos.
-Volvamos a la patrona, a la abuela del niño -dijo el jefe con la nariz en la grabadora para aumentar el volumen del sonido y regular los agudos-. Cuando usted fue a trabajar allí, la Señora ya era talludita, ¿no? Según mis cálculos al borde de los sesenta, sesenta y cinco, creo yo.
-Mis diamantes -le exigió la esposa a Super-Rato, aferrándosele a las solapas de la chaqueta-. ¿Dónde han ido a parar mis diamantes, estafador?
Fui deprisa hacia el gabinete de los suplicios, aplastando topacios de carnaval, que crujían bajo mis suelas, en espera de un cadáver de pelo blanco con juanetes en una palangana de jabón, y di con la callista ordenando tranquilamente las pinzas, y el viejo, con el tobillo envuelto en compresas, mirando el reloj de pulsera y protestando Hace cinco minutos que debería haber tomado la pastilla de la tensión, doña Fernanda, si se me aflojan las piernas ¿qué hago?
-Sabemos que fue amante de la patrona y que ella la echó por celos, no vale la pena negarlo -dijo el jefe, con los párpados bajos, probando la manivela de un sacapuntas-. Sólo queremos que declare eso por escrito, tenemos aquí el papel bien pasado a máquina para ahorrarle molestias, basta firmar al pie y se acabó.
La ventana de la callista, sin cortinas, no daba a la parte trasera ni a las hojas de las esterlicias que la lluvia malsana había secado, sino a la Rua Gomes Freire y al edificio de la Policía Judicial en la acera de enfrente, donde mi mujer trabajó de primer oficial en los servicios administrativos y en cuyo bar conoció al amigo del Ganges, levitando delante del caldo verde entre meditaciones misteriosas. Si me dejases recomenzar desde el principio, pensé, si pudiese borrar las cosas imperfectas de nuestra historia y diseñarla de nuevo, te compraría un anillo de coral y el cartel de tu signo, y comería, lo juro, de lunes a vienes contigo, repartido entre la chuleta y el periódico deportivo, transido de amor, aturdido por las complicaciones de los cubiertos. Estoy casi seguro de que me alegraría si leyeses el fútbol antes que yo siempre que me contases los títulos, estoy casi seguro de que no saldría de noche, por las cervecerías de la Penha de França, comiendo mariscos con los colegas, rodeado de travestís y de jarras vacías, y te ayudaría a levantar la mesa, a lavar la vajilla y a guardar los platos y los tenedores en el armario, estoy casi seguro de que metería la servilleta enrollada en el aro y aprendería ganchillo para impregnarme de la inmensa soledad de las casas, pescando redes con una agujita de anzuelo. La callista señaló al viejo con la lima Éste chilló como un cabrito apenas le toqué el absceso, por lo menos aún puede gritar, y yo pensé, acordándome mosqueado de ti, Hasta las uñas de los pies me cortabas y ahora le recortas las pieles a ese imbécil, el viejo metió los dedos en el bolsillo de los pantalones ¿Cuánto le debo, doña Fernanda? y ella, muy rápida, quitándose la bata, Quinientos escudos por la gritería, en el momento en que la esposa amenazaba a Super-Rato Si no me entregas mis collares cojo el teléfono, me quejo a la Guardia y te denuncio, y fue entonces cuando lo vi a gatas recogiendo cascos en una tapa de revista, buscándolos debajo de la mesa y de las sillas, deslizando el pulgar exploratorio en el parqué, y fue entonces cuando lo vi ganar rodilleras en la tela suntuosa de los pantalones, arrebujar el chaleco, desordenar el peinado trabajoso, y por encima de su espalda doblada estaban los balcones, los tiestos de cemento y los pliegues de la noche que caían sobre las esterlicias a guisa de vestido abandonado.
-Si usted se niega a escribir el nombre ahí será un fastidio tremendo -se entristeció el jefe dolorido y, extendiendo la mano hacia el papel, lo dobló y lo guardó en el cajón-, porque me obliga a incautarle el material y a cerrar el establecimiento, ¿y después dónde consigue empleo? Toda la gente pretende vivir en paz con nosotros, nadie desea complicaciones con la policía, cancelaciones de permisos de trabajo, antecedentes penales manchados, préstamos que los bancos rechazan, trabas y más trabas, y como si eso fuera poco entrar en casa y dar con ella vacía, que no faltan ladrones sueltos por Lisboa. Es verdad, hablando de casa, nos consta que hipotecó su piso y tiene problemas para cubrir los intereses, ¿lo confirma?
-¿Quiere los libros de contabilidad? -me preguntó la callista abriendo un armarito cerrado con llave con tinas de estaño, un enema antiguo, zapatos de goma desemparejados, cacerolas y un cazo oxidado por dentro-. Sólo le pido que no se demore mucho, tengo que tomar el barco de las nueve a Almada.
-Entre personas inteligentes el buen sentido acaba triunfando, es inevitable -sentenció el jefe recogiendo los papeles que la callista firmaba por duplicado con una lentitud penosa-. Y ahora este otro documento, señora, donde testifica por su honor que asistió, casi diariamente, a actos contra natura practicados por el hijo del guardés y el niño: pro forma, claro, dado que al fin de cuentas no vamos a utilizar ninguno de ellos. El nombre completo después de esta marca a lápiz, muchas gracias, y puede quedarse tranquila que a partir del mes que viene le reducen los intereses de la hipoteca: nos encanta ser útiles a quien es simpático con nosotros, claro. Hay un agente con un coche esperando, no permitiremos que gaste un dineral en taxis, mucho gusto en conocerla, Super-Rato la acompaña hasta la puerta.
Esperó a que ellos saliesen para juntar los papeles, graparlos, decirle al Mulato Haz que esto siga su curso más arriba, y cuando se instalo de nuevo ante el escritorio (debían de ser las dos o tres de la mañana) le crecían bolsas violáceas debajo de los párpados y el rostro hueco contemplaba la pared de enfrente con la rígida y distraída indiferencia de los muertos. Pidió por teléfono que alguien de la guardia le trajese café, se limpió las mejillas con el pañuelo y apoyó los codos en la tabla metálica, sin brillo y raspada por el uso como la noche de julio de afuera:
-No nos van a agradecer la tarea, la declarante no era muy dura de roer y cedió enseguida -musitó él entre los dientes en piña, como los de los conejos, bajo el bigote grisáceo-. Lo único que no entiendo es por qué han tardado tanto tiempo en llegar.
Pero casi no lo oí, Manuela: imaginaba al faquir por quien me reemplazaste entrando en el cuarto con un lunar en la frente y tú y yo, con la maleta preparada, diciéndole adiós con los candelabros de plata y viajando en autobús, abrazados, hacia las tres habitaciones de la Brandoa donde un perrito pequinés te esperaba en una caja de cartón con orificios atada con una cinta verde, ansioso por lamerte la nariz en un rapto de ternura oriental cuando la voz del Mulato, apoyado en la entrada, vociferó de repente como en el despacho de la callista, A ver cuándo se acaba el cachondeo y traen a la muchacha al puesto.

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