domingo, 5 de julio de 2009

El último viaje del tiburón Arcaya -Del libro Los Invencibles-. Por Rodrigo Blanco Calderón

Las tragedias nacionales ponen a prueba las grandes verdades de un país. Y lo sucedido en el estado Vargas confirmaba, entre otras cosas, que no hay tipo de persona más detestable, al menos en Venezuela, que el que se manifiesta cuando alguien asume la modalidad de impertinente fanático de béisbol.
Esto yo lo sabía, pero la tragedia de aquel lluvioso diciembre, época decisiva del campeonato, había nublado momentáneamente esta verdad. Sin embargo, la misma tragedia, su contexto de muerte e indefensión, fue la encargada de traerla de nuevo a la memoria.
Una semana atrás, en el umbral de la desgracia, se había realizado un referéndum consultivo para ver si se aprobaba o no la nueva constitución. El mismo día de la victoria, el Presidente invocó, antes que el júbilo, el sentimiento de solidaridad con la gente de Vargas. La celebración de la nueva Carta Magna debía ser introspectiva y discreta, pues las lluvias comenzaban a arrojar, como una garúa funesta, los primeros decesos. Y quizás fue la intuición de que la historia, a fin de cuentas, es cíclica, o que, al menos, por pura fuerza de voluntad y una predisposición a la pantomima, uno puede hacer que se repita, pero lo cierto es que justo después de aquella mesura en el triunfo vino el siempre terrible orgullo del último minuto. El mismo que, hace mucho tiempo, hizo naufragar a Odiseo y que ahora empujaría al naufragio a miles de personas. Justo cuando su discurso lo impulsaba con buen viento a puerto seguro, el Presidente decidió recordar las impías y extravagantes palabras de Simón Bolívar, pronunciadas el 26 de marzo de 1812, después del histórico terremoto que sacudió a Caracas:
-“¡Si se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”.
En la noche de ese día, el 15 de diciembre de 1999, se desató la tragedia.
Una semana después, cuando la cifra aproximada de muertos y desaparecidos pasaba de diez mil, abandoné mi escritorio y salí al pasillo de la redacción a fumarme un cigarro. Tenía la intención de que el cigarro y el paseo fueran indefinidos y al sentir eso me di cuenta de que no tenía madera de periodista. Estaba extenuado. Mimetizado con el clima. Mi corazón era un sol negro: depresión y melancolía. No tenía ese extraño sentimiento de fuerza que los periodistas sienten al contemplar las desgracias ajenas en ajetreada compañía. No sentía que desde mi breve escritorio, a pesar de las horas seguidas e interminables de trabajo, estuviera ayudando en algo.
Di un par de bocanadas y fue entonces cuando vi salir a Carlos de la redacción. Su rostro, como el de todos, se mostraba febril y agitado. Intercambiamos una mirada silenciosa. No sé qué habrá visto en mis ojos, pero lo cierto es que decidió aliviar la tensión del momento con una broma. Y en ese instante, Carlos dejó de ser Carlos para transformarse, simplemente, en un imbécil:
-Ahora sí es verdad que los Tiburones de La Guaira se quedaron sin fanáticos –dijo, haciendo una mueca de burla. –Sólo quedan Juan Pedro, tú y los cinco desgraciados que se salven del aguacero.
Luego me dio una palmada odiosa en el hombro, que me ayudó a digerir su comentario, y se marchó. Yo quedé en el pasillo, solo, mirando con extrañeza la cabeza apagada de mi cigarro. Volví a encenderlo y al soltar el humo vinieron a mí esos versos aprendidos hacía varios años y que solo ahora, en esa mañana gris, hallaban su justificación:

“Todos los reyes del mundo
son igualmente tiranos
y uno de los mayores
es ese infame Carlos”.

Se trata de una estrofa del himno del estado Vargas que encontré por casualidad, durante mi adolescencia, en las páginas dormidas de un libro de geografía. Los versos y las imágenes me parecieron fascinantes. Cargados de rencor y de violencia. La semilla de un gesto iracundo contra el poder. El canto de una guerrilla. Lo memoricé como para reafirmar, a mi familia y a mí mismo, que mi nacimiento en La Guaira no había sido producto de la casualidad sino del destino.
Todo surgió a partir de los diez u once años, cuando comencé a cultivar un “guairismo” algo ostentoso y voluntario. Declararme a temprana edad fanático del glorioso equipo de los Tiburones de La Guaira en una casa plagada de caraquistas y magallaneros, es el primer acto de lucidez e independencia que recuerdo haber hecho en mi vida. Ir a los juegos en el Universitario, exclusivamente para ver a La Guaira y no a otro equipo, fue una declaración y fortalecimiento de principios. Aprender el himno del estado Vargas, que en aquel entonces era apenas un municipio, fue un exceso que, según lo demostraban los rostros perplejos de mis padres, hermanos y tíos, rayaba en la excentricidad y el delirio. Debían transcurrir muchos años para que la vida me demostrara que la pasión por esas estrofas no era un capricho. Y no me refiero únicamente a la cruel broma de Carlos, sino a mi larga conversación con Juan Pedro, que ya estaba anunciada en aquel amargo encuentro de pasillo.
Al mes siguiente, en enero del año 2000, la suerte estaba echada: el país empapado y aterido de desolación, el territorio de Vargas convertido en una Atlántida y Los Tiburones aceptando con una pesadumbre distraída la nueva derrota. Luis Salazar, uno de los jugadores emblemáticos de los años ochenta, en su papel de manager no había logrado lo que para los fanáticos y jugadores de La Guaira se había ido transformando en una irritante utopía: clasificar a la segunda ronda. Cuando alcanzamos el pírrico sueño, al año siguiente, era demasiado tarde. La temporada anterior, arrastrado por el manso río del tiempo, había muerto el padre y dueño y fundador del equipo, Pedro Padrón Panza. Por si esto no bastara, y como para demostrar que cuando se trata de la muerte el cartero puede tocar una y dos y hasta tres veces, entre los que desaparecieron en el deslave estaba Peruchito, el hijo de Padrón Panza que había asumido las riendas del equipo, y su crío, el pequeño nieto del viejo fundador. Los Tiburones de La Guaira habían sido despojados de su pasado, su presente y su futuro. Esas tres muertes eran una garantía definitiva de orfandad. Un certificado de equipo fantasma, que nadaría de ahora en adelante, por las aguas de la nostalgia y la tristeza, buscando por siempre sus orígenes perdidos.
Empujado por estos pensamientos, o como si los pensamientos fueran halados junto a mi cuerpo por el humo del cigarro, esa mañana de enero atravesé el pasillo y bajé por las escaleras hasta llegar a la calle.
Afuera del edificio del periódico uno tenía pocas opciones. Salir a cumplir con una pauta en algún lugar de la ciudad, regresar a casa, o bien, si todavía no era la hora de volver y además no se tenía nada que hacer, ir a tomar un café en “La sociedad”. “La sociedad” es un lugar inmundo y amigable que queda a pocos pasos, en la misma acera donde están ubicadas las oficinas del periódico. Dos cornetas potentes y gastadas dejan escuchar vallenatos desde que se abre el local en la mañana hasta el final de la noche. Hacia ese lugar enfilé mis pasos y, como siempre que pierdo el tiempo pensando en la mala suerte de mi equipo, me puse a repasar la lista de mis amores frustrados. Esto no es nada extraño. Los fanáticos de La Guaira se caracterizan por ver en esa afición una forma cifrada (una cifra común) de sus destinos. Cada quien encuentra su manera personal de interpretar esa marca. Distintas formas de padecerla, de vivirla y de disfrutarla.
La lista de frustraciones es larga y, si no fuera por el detalle de la muerte, podría ser infinita. A veces sucede al revés y la gente muere porque no puede recordar a quien ama. Las personas en estado vegetal, muertos en vida, desconocen al mundo y han olvidado todo de sus seres queridos. Están exiliados de la vida porque no pueden participar del amor.
Yo sufro de un padecimiento similar y antagónico. Tengo la humillante certeza de que me enamoro, por lo menos, una vez al día. Para mí es inconcebible ver una mujer hermosa o enigmática en la calle y aceptar con docilidad el hecho de que no llegaré a conocerla. Cada día me consuelo pensando, recordando, que la correspondencia y la lealtad en poco modifican esta circunstancia. He pasado noches en vela contemplando un cuerpo amado, que duerme confiado junto a mí, sin entender del todo su presencia, sin comprender el porqué de su entrega. La lista es larga y luenga porque todos los amores, al final, se frustran.
El desgano de esa mañana era preciso y por lo menos tenía una razón más concreta que el azar. Por las lluvias y por cuestiones de trabajo, Daniel y yo no habíamos podido repetir, como lo teníamos planificado, el viaje a Punto Fijo que hicimos en la primera semana de enero del año anterior. Daniel estaba triste porque ahora debía esperar los carnavales, o incluso Semana Santa, para visitar a su familia. Yo, por mi parte, debía esperar, indefinidamente, para volver al escenario de un hermoso recuerdo. Las playas de Falcón quedarían vacías de nosotros, como si nuestros pies nunca hubieran pisado su arena. Adícora y Buchuaco se transformarían en un álbum desierto, del que se han desdibujado sus más fieles fotografías.
Al principio, cuando la vi acercarse a la orilla de la playa, traté de desengañarme y me dije que todo era un síntoma de mi incurable mal: creer que nada en la vida es fortuito y que los primeros encuentros nunca son en realidad los primeros, sino la reiteración de un contacto anterior que ha pasado desapercibido.
Recuerdo que apenas se mojó los pies, sin estremecerse, y luego se soltó el cabello. La imagen se me clavó en el pecho y decidí mandar de regreso a Caracas mis razonables argumentos. Sentí que la conocía y que nuestro encuentro en la playa no era casual; o que los encuentros casuales eran en realidad citas que se pautan en los sueños y que olvidamos al despertar.
Al final de la tarde, cuando el grupo con el que ella estaba comenzó a recoger sus cosas, me atreví a hablarle. Aproveché su última zambullida en las cálidas aguas de Buchuaco y la abordé justo cuando salía del mar, mientras simulaba quitarme la arena con las delgadas olas que se replegaban en la orilla.
-Yo te conozco –le dije.
Ella detuvo su marcha un tanto sorprendida. Luego se recogió un mechón de cabello y lo guardó detrás de una de sus orejas.
-¿De dónde? –me respondió con tranquilidad.
-No sé.
-¿No sabes?
-No. Pero estoy seguro de que te conozco. ¿Eres de aquí?
-¿De Buchuaco? No, no soy de Buchuaco. Soy de Judibana.
Aquella respuesta tan exacta me causó gracia y admiración. Como si afirmar que pertenecía al estado Falcón, fuera, ciertamente, una abstracción sin sentido, una generalización irresponsable con respecto al lugar en el que había nacido.
-¿Y cómo te llamas? –le pregunté.
Dudó unos segundos antes de responder. Me imagino que comenzaba a parecerle extraño el interrogatorio. Yo la miraba directo a los ojos. Sin pestañear. Sin hundir el dedo en la pestaña de ese teléfono que nos aseguraba la comunicación.
-Irene –dijo finalmente.
-Irene de Judibana –recité yo, con apenas un susurro –Qué bonito.
A Irene pareció gustarle mi comentario y me preguntó si todavía seguía sin recordar.
-Sigo en blanco. Probablemente me acuerde muy tarde, cuando ya esté de regreso.
-Ah. ¿Eres de Caracas, entonces?
Yo le di una respuesta que me salió del alma:
-No –dije.- Soy de La Guaira.
Y luego, sin saber por qué, agregué:
-Es una lástima saber que no te voy a volver a ver.
-No entiendo. Me recuerdas, pero no sabes de dónde. Me encuentras y estás seguro de que no nos vamos a ver otra vez. ¿No estarás soñando? –dijo sonriendo y dio unos pasos hasta salir del agua.
-Puede ser que los dos estemos soñando.
Irene alzó los hombros y los dejó caer. Parecía divertirle la posibilidad de que la vida, a fin de cuentas, fuera una ilusión.
-Hagamos algo –le dije. –En unos años yo escribiré un libro sobre ti. Una novela. Si la lees y nos volvemos a encontrar, sabremos que no fue un sueño.
-¿Y cómo voy a reconocer el libro? –me preguntó. Usaba una de sus manos como una visera para tapar la luz del sol que se hundía a mis espaldas.
-Por el título –le dije.- Se va a llamar “El hombre que hablaba de Irene de Judibana”. ¿Qué te parece?
-Suena raro –dijo.-Me gusta.
Y se marchó.

Me sentía tan mal cuando entré en “La sociedad” que se me ocurrió una idea patética. Ponerme a beber desde esa hora hasta el final de la tarde. Con algo de suerte, el jefe de mi sección me encontraría complemente borracho en medio de la jornada laboral y no dudaría un instante en despedirme. La idea se disipó cuando vi que en una de las mesas del fondo estaba Juan Pedro.
Lo conocía muy poco. Habíamos hablado una sola vez, de manera superficial, sobre temas profundos. Fue en la embajada alemana, a la salida de una charla sobre Thomas Mann a la que, más por esnobismo que por verdadero interés, yo había asistido. Yo sabía que él trabajaba en el Papel literario y él sabía que yo estaba de pasante y que acababa de entrar en la sección deportiva. Eso era todo. Sin embargo, todavía tenía muy fresca nuestra única conversación.
Recuerdo que la lectura de la obra de Mann había representado el segundo momento espiritual más importante de su vida. Aunque no llevara una barba bíblica y no vistiera de negro y tampoco portara kipá, Juan Pedro se consideraba hondamente judío. Según pude entender, existía realmente en su familia, por el lado materno, una lejana raíz judía que fue abandonada por varias generaciones hasta que él, por propia voluntad y para sí mismo, la había rescatado. Una tarde de ocio, en su adolescencia, se puso a pasar las páginas del Antiguo Testamento y quedó subyugado por la historia de Job. Le maravilló ese relato porque llevaba a sus límites la experiencia humana más exigente de todas: la de la fe.
-La fe sólo tiene un verdadero sentido –dijo- cuando a una persona no le queda absolutamente nada en qué creer.
Su convicción, que surgió al igual que el Universo por la fuerza creadora de un verbo, adquirió una nueva dimensión gracias al poder hipnotizante de otro verbo, de otras palabras, de otra lectura. Cuando Juan Pedro leyó José y sus hermanos comenzó a sentir un profundo rechazo por su propio nombre. Los cuatro tomos de esa obra monumental de Mann le hicieron pensar que en su primer y segundo nombre había un error apostólico cometido en exceso. Al escuchar el reclamo, su padre, con un resoplido de obstinación, le dijo que dejara de leer tanto, que buscara alguna distracción que lo alejara de los libros.
-Los libros son para leerlos, hijo, no para perpetrarlos.
Juan Pedro le respondió, con precisión enciclopédica, que en una historieta de Mafalda estaba seguro de haber leído una afirmación parecida. El padre le dijo entonces que se fuera a la mierda.
En mi opinión, creo que el padre de Juan Pedro tenía razón. Su judaísmo era un azar de la lectura. Una lectura transformada en destino. Apenas me senté a su mesa pude comprobar que no estaba equivocado. Cuando me preguntó, por cortesía, cómo estaba, le respondí que lo suficientemente despechado y nostálgico como para emborracharme a las once de la mañana, en el botiquín que queda justo al lado de mi lugar de trabajo. Juan Pedro se lo tomó en serio y haciendo un gesto de disgusto dijo que él, en cambio, no volvería a probar una gota de alcohol en años.
-Estuve toda la noche leyendo un libro de relatos. Se titula “Los invencibles” y me has de creer si te digo que amanecí rascado. Nunca he visto a tanta gente en un libro echándose palos. Así que mejor sólo pidamos café o jugo, por favor.
Pedimos dos marrones grandes, dos aguas minerales y seguimos conversando.
Por cortesía y también por curiosidad quise saber sobre el estado de su fe. Me miró con un gesto rígido y la taza de café quedó suspendida en su mano. Luego desvió la mirada hacia el piso, en silencio, como si mi pregunta fuera una confirmación de algo que venía pensando.
-Más fortalecida que nunca, evidentemente –dijo con absoluta seriedad y un mohín de desgano.
-¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
-¿Qué ha pasado? –dijo abriendo los ojos como dos platos de miel. -¿Te parece poco todo lo que ha pasado?
Cuando le dije, entre la confusión y la vergüenza, que no tenía idea de “eso” tan importante que había pasado, cayó en cuenta de que apenas nos conocíamos y que, exceptuando aquel encuentro en la embajada alemana, nunca habíamos conversado.
-Qué extraño –dijo de pronto, sin poder ocultar un repentino rubor.-Por un momento tuve la sensación de que éramos grandes amigos. Viejos conocidos. De antaño.
Luego, como queriendo compensar el desajuste, me contó la historia de su vida. Los pasajes cruciales de su peregrinaje personal cuyo sentido, esa misma mañana, con la noticia de la muerte de Leonel Arcaya, se había ratificado.
Lo último que yo hubiera pensado en la vida es que a alguien como Juan Pedro le gustara el béisbol. Y mucho menos que fuera un seguidor furibundo de Los Tiburones de La Guaira. Sólo entonces, cuando comenzó a trazar las líneas centrales de su historia, recordé el encuentro “fortuito” con Carlos. El chiste cruel brilló en mi memoria como una joya olvidada en el fondo de un bolsillo. Era el símbolo que refrendaba ese vínculo que, mucho antes de conocernos, ya nos había unido.
Después de mandarlo a la mierda, el padre de Juan Pedro tuvo el temor de que su hijo terminara metiendo la cabeza en el inodoro o, peor aún, que se lanzara a la corriente podrida del río Guaire. Decidió que debía monitorear más de cerca sus propios consejos y un día de octubre de 1986 lo llevó al estadio Universitario a ver un juego entre Los Leones del Caracas y Los Navegantes del Magallanes. La experiencia, a decir verdad, fue decepcionante. Una concurrencia regular e insípida y pocas pasiones en el terreno. Luego entendería que, al menos en los años ochenta, la verdadera rivalidad del béisbol venezolano, la más encendida y atractiva, fue entre los Leones y los Tiburones. El padre no se amilanó ante el poco entusiasmo demostrado por Juan Pedro e insistió en llevarlo de nuevo al estadio, esta vez para presenciar un duelo Caracas-La Guaira.
Después de ese juego todo fue distinto.
-En aquella época -contó Juan Pedro -a cada persona del público le daban al entrar un pequeño boleto de lotería. Tú raspabas la tarjetica y te salía el nombre de un jugador. Si el jugador que aparecía en tu boleto anotaba la primera carrera del encuentro, ganabas automáticamente un premio. Un premio que se transformaba también de manera automática, al menos así fue para mí, en un recuerdo palpable e inolvidable del juego.
A Juan Pedro le salió un nombre que ni a su padre, gran conocedor de la liga, le era familiar: Leonel Arcaya. Un jugador sobre el cual, hoy día, es casi imposible encontrar alguna información. Fue un segunda base intermitente de los Tiburones en la época de la famosa “Guerrilla”. Un nombre que sucumbió a la marea de otros más conocidos que alcanzaron con justicia el reconocimiento, los buenos números y la gloria.
-La primera carrera de ese encuentro –dijo Juan Pedro- la anotó Leonel Arcaya. En la pausa del séptimo inning fui a la taquilla y me dieron un premio.
Al decir esto introdujo una mano en uno de los bolsillos exteriores de su chaqueta, extrajo una vieja pelota de béisbol y me la arrojó por encima de la mesa. Tenía un garabato de líneas azules y negras que se confundían en el cuero curtido y amarillento. Supuse que era la firma de Arcaya.
Años después, puede que en la temporada 90-91 o en la 91-92, tuvo lugar un segundo episodio mágico ligado con Arcaya, con el aura que envuelve los recuerdos de nuestro equipo y, en definitiva, con su propio destino como fanático de los Tiburones y como judío.
Fue un juego contra Las Águilas del Zulia en el que La Guaira se jugaba la clasificación. Desde el inicio del partido las ilusiones se habían venido abajo. Un racimo de ocho carreras en el primer inning parecía haber decretado la muerte de los Tiburones. Una muerte que estaba amarrada en el brazo derecho de todos los jugadores de La Guaira, dándole a aquel juego un aire inusual de solemnidad. La Guaira guardaba luto por el padre de Leonel Arcaya, que un par de días antes había muerto.
A pesar del terrible comienzo, el juego adquirió una estabilidad aprensiva, de tormenta que se acumula y no se anima a caer. Las Águilas no anotaron más carreras mientras que los Tiburones, como en un sueño por escalas, remontaron poco a poco el marcador adverso.
-En el noveno inning –dijo Juan Pedro –sucedió el milagro.
La entrada había comenzado con buen pie y luego, en esos giros imprevistos del béisbol, se había puesto cuesta arriba. Con la pizarra igualada a ocho carreras, Los Tiburones abrieron la última entrada con un par de buenas conexiones. Había hombres en primera y segunda sin outs. Se ordenó, como era de esperarse, el toque de bola. Lamentablemente, salió con mucha fuerza y el pitcher pudo hacer la jugada en segunda. Quedaron hombres en las esquinas y la mortífera posibilidad de un doble-play salvador para que las Águilas liquidaran la entrada. El siguiente bateador se ponchó con tres lanzamientos. Todo parecía perdido.
Entonces le llegó el turno a Leonel Arcaya.
Contraviniendo las indicaciones del coach de bateo, Arcaya hizo swing al primer lanzamiento: un cambio de velocidad que produjo un débil roletazo que el segunda base zuliano con seguridad despacharía en una fácil jugada de rutina. No obstante, en el último segundo, cuando todas las esperanzas habían desfallecido, sucedió, como en un cuento de Las mil y una noches, lo imposible, lo más maravilloso.
-La pelota, justo antes de entrar en el guante, dio un insólito bote. Se elevó como un fuego de artificio y bañó al segunda base. La bola siguió su camino hacia el jardín derecho y fue así como los Tiburones clasificaron –dijo Juan Pedro.
-A la salida –agregó –la gente comentaba la suerte de que la pelota diera ese bote tan oportuno, seguramente provocado por una piedra, en el último instante. Arcaya, en cambio, había alzado los brazos al cielo, agradeciéndole a su padre su influencia decisiva en el encuentro.
Pasó el tiempo y la figura de Leonel Arcaya desapareció tranquilamente en la trama de los juegos y los días. En los primeros años de la década de los noventa, la atención de Juan Pedro se desplazó de la magia individual de Arcaya, que sólo él percibía, a la nueva realidad que comenzaba a crecer como una sombra en torno al equipo.
Fue en la temporada 93-94 cuando las cosas empezaron de verdad a salir mal. Ese año La Guaira hiló con cuidado el tejido de sus pesares, imponiendo un récord de 14 derrotas consecutivas. Al final de esa temporada, Luis Salazar anunciaba su retiro y era como la confirmación de que la temible “Guerrilla” de los ochenta entregaba sus armas. En el 95 las bajas fueron en el terreno de juego y en las gradas. El 28 de abril, a manos de una calamidad andante apodada “Hernancito”, Gustavo Polidor, short stop titular del equipo, moría asesinado de varios tiros. En octubre del mismo año, José Ignacio Cabrujas, el intelectual más lúcido con que contaba el país, moría de un infarto, cuando todavía retumbaba en sus lectores el último artículo publicado en vida, dirigido al “Querido, Padrón Panza”, donde se disculpaba por haber intentado ser fanático de otros equipos y pedía, con humor y humildad, en ese involuntario último deseo, ser admitido nuevamente en las filas de Los Tiburones de La Guaira.
A partir de estos acontecimientos, Juan Pedro presintió que no se trataba sencillamente de una mala racha. La caída puntual en el fondo de la tabla de posiciones, los años seguidos sin clasificar, las muertes que mermaban la historia de la franquicia, eran los primeros deslizamientos, los primeros indicios de la precipitación final. Lo sucedido en el estadio era una prefiguración, a menor escala, de la debacle que se desbordaría sobre el estado en las postrimerías de los noventa. Para Juan Pedro era evidente que Los Tiburones y La Guaira, el equipo y la ciudad, sus fanáticos y habitantes, habían sido elegidos para la desgracia por Dios o por el destino.
A partir de esta afirmación, Juan Pedro desplegó una estrafalaria teoría sobre las relaciones entre la afición por Los tiburones de La Guaira y el judaísmo. Al menos, esa versión arbitraria del judaísmo que Juan Pedro había acuñado para sí mismo. Tenía la certeza de que un seguidor de La Guaira, sobre todo si vivía o quería seguir viviendo en lo que quedaba de Vargas, era la formulación tropical, venezolana, de un judío. Un judío, dijo, “en el verdadero sentido de la palabra”. Nunca entendí bien cuál era ese verdadero sentido. Sólo puedo citar el extraño ejemplo que el propio Juan Pedro utilizó esa tarde de cafés en “La sociedad” para explicar su teoría.
-Imagina a Job, en el borde de la locura, cuando ya ha agotado el recurso de la rabia y la desesperación, tratando de aliviar la amargura de su derrota emborrachándose y bailando samba en el escenario de su propia vida destruida.
La famosa samba de La Guaira, que todavía anima la tribuna derecha del Universitario, se había ido transformando para Juan Pedro en el oficiante de una algarabía macabra. Su ritmo festivo y militante, que se mostraba imperturbable ante lo que sucedía año tras año en el campo de juego, lo fascinaba de una manera extraña.
-Esto se ha transformado en nuestro signo –dijo Juan Pedro.-Nadie entiende cómo el peor equipo de la liga tiene la fanaticada más entusiasta. No entienden esa alegría irracional, blindada contra el fracaso y la muerte. No entienden que es lo único que posee actualmente el equipo.
Por supuesto, para Juan Pedro, lo sucedido en diciembre del 99 era la reverberación total, en el espacio de la realidad, de lo que se venía gestando en la liga de béisbol como un simple juego.
Recuerdo que en el momento de la conversación, no pude comprender los alcances de todo lo que decía Juan Pedro. Su teoría me pareció muy extravagante. Sin embargo, con el transcurrir de estos años he podido contemplar los abismos que anticipaban sus palabras. En noviembre de 2004, por ejemplo, Los Tiburones rompieron su nefasto récord al sumar, de la mano de un antiguo espía caraquista llamado Jesús Alfaro, 15 derrotas consecutivas. En enero de 2006 recibimos otro golpe decisivo: el fallecimiento, por una extraña enfermedad, de Carlos “Café” Martínez, el jugador más querido, problemático e inimitable que ha tenido La Guaira. Se nos terminó de morir el pasado y nuestro futuro es un cauce de río seco. Hoy, primero de enero de 2007, fecha en que escribo esta crónica del desconsuelo, la sequía persiste como una estampa a contraluz del aguacero.
Fuera del terreno de juego, la realidad no es muy distinta. A varios años de la tragedia, el estado Vargas continúa en el suelo. Durante los carnavales del año 2005, una nueva vaguada ahogó las escasas esperanzas que, más por inercia que por dedicación, habían florecido en las zonas devastadas. En marzo de 2006 se desplomó el viaducto que conectaba Caracas con La Guiara, materializándose en esta repentina condición de península el olvido en que cayó el estado Vargas. La respuesta de sus habitantes ha sido la resignada respuesta de las ánimas. La mayoría de ellos se ha adaptado a vivir entre las piedras, el lodo y las ruinas de lo que alguna vez fueron. Son un pueblo que ha hecho de ese territorio una gran tribuna, donde se emborrachan y cantan con loca alegría la canción que borra sus angustias y sus desvelos.

Hacia el final de nuestra conversación, Juan Pedro recordó que yo todavía tenía en mis manos la pelota y me la pidió de regreso. Yo la arrojé suavemente por encima de la mesa y Juan Pedro la aferró en sus manos, como poniendo a prueba la consistencia de ese recuerdo.
La noticia la había escuchado por la radio en la mañana y lo había dejado adolorido y perplejo. Ya se había enterado, como todos, de otros casos parecidos que reportó la prensa en los días anteriores. Uno podía obtener una idea de la dimensión de la tragedia al ver la enorme distancia que, por la fuerza de los deslizamientos, habían recorrido muchos cuerpos. Cadáveres de personas que fueron empujados al mar desde las costas de La Guaira y que aparecieron días y semanas después, a cientos de kilómetros, en las playas de Morrocoy.
A Juan Pedro le partió el alma saber que Leonel Arcaya tuvo un destino similar. Su cuerpo había sido arrojado por la naturaleza con indiferencia, como un náufrago que arroja sin esperanzas una botella al mar.
Sin embargo, comentó Juan Pedro, con el rostro estirado por la perplejidad, la muerte de Arcaya tenía una particularidad que ni la religión ni el fanatismo podían explicar. A diferencia de los otros cuerpos, el cadáver de Arcaya no se había detenido en la costa de Morrocoy y había continuado su camino, como un pez solitario, bordeando las orillas cálidas de la Península de Paraguaná.
-Nadie se explica cómo hizo su cadáver para llegar hasta ese lugar –dijo Juan Pedro, estrujando la pelota entre sus manos, tratando de exprimir de aquel obsequio la verdad.
-¿Dónde lo encontraron?
-En Buchuaco. Creo que queda antes de llegar a Adícora –dijo Juan Pedro.
Al escuchar aquello el corazón se me encogió.
Cuando nos despedimos ya era tarde. Juan Pedro se marchó con la mirada perdida, como si el misterio que rodeaba el último viaje de Leonel Arcaya acentuara su dolor. Yo no pude decir nada. Me había quedado sin voz.
No le pude explicar que Buchuaco, con sus aguas templadas por el amor y la valentía, es el lugar donde mueren las ilusiones de un tiburón.

No hay comentarios: