viernes, 29 de abril de 2011

Dos cuentos de Alberto Ruy Sánchez



ALCES EN BRAMA O MILIBRO ERÓTICO FAVORITO



Cuando finalmente llegamos al Centro de las Artes, en lo más elevado de las Montañas Rocallosas canadienses, un arcoiris doble se apoderó del cielo por encima de las crestas nevadas de las montañas. Era un majestuoso gesto de bienvenida que nos daba esa naturaleza desmesurada.
Habíamos viajado durante dos horas en automovil desde las planicies, subiendo sin cesar hasta quedar completamente rodeados por esa inmensidad de piedra que parecía arañar el cielo. El Centro estaba en medio de un bosque protegido por la ley como una reserva biológica donde los animales de todo tipo circulaban entre nosotros. Especialmente venados y alces. En el camino vimos un inmenso oso negro escondiéndose entre los árboles. De otro tipo de oso, del Grizly, había oído las historias más temibles. Corren más rápido que un caballo y atacan con su garra enorme directo al corazón. “Justo como algunas personas que conozco”, dijo una de mis amigas.
Al entrar al cuarto que me asignaron lo primero que llamó mi atención fue una circular preventiva:
“Tenga cuidado de los alces porque ahora están en celo. Su periodo reproductivo los hace hipersensibles y agresivos. Nunca los mire a los ojos.” Pronto me daría cuenta de que la misma regla se aplica también a ciertas personas.
Para asistir a la primera sesión de nuestro Congreso tuve que cruzar un prado donde los alces comían despreocupadamente. Me costaba trabajo pensar que una mirada mía pudiera perturbarlos. Así que, escéptico, no tuve mucho cuidado de evitar sus ojos y casi los buscaba seguro de que nada podría producir yo en ellos.
Pero luego me contaron que los alces son tan obsesivos con sus deseos que la noche anterior violaron a unas vacas de plástico hechas con gran destreza por una artista, Maris Bustamante. Las había puesto a la intemperie, en un prado que tiene forma de escenario, justo al pie del ventanal enorme de los comedores.
¿Como podían dejarse engañar por el plástico? No fueron precisamente engañados. Su olfato es excelente. No cabe duda que los tentaba lo desconocido y estaban dispuestos a aparearse con cualquier cosa. Dispuestos a creer en cualquier cosa. Pensé que los humanos no somos muy diferentes. Y tal vez los alces tienen más imaginación de la que suponemos. Esos objetos de arte contaban una historia que los alces creyeron completamente.
Pensé que, si tenemos suerte, los libros producen en nosotros ilusiones similares, instintivas como esas que las vacas de Maris tal vez produjeron sobre los alces desbocados.
En todo caso, en esa ocasión recibí varias lecciones y conocí el más interesante de los libros eróticos que han caído en mis manos. Me lo dio una mujer. Tuvo en mí ese efecto extraño de borrar de golpe la impresión latente de todos los demás. Exactamente como sucede siempre que uno tiene la suerte de hacer el amor con tanto asombro y felicidad que se tiene la sensación de no haberlo hecho nunca antes.
Es tan fuerte el vértigo de sentirse iniciado por primera vez a una nueva dimensión de la vida que, cuando se repite incesantemente se convierte en un vicio, en un valor absoluto. Y uno comienza ya a no hacer nunca el amor buscando el orgasmo o cualquier otro placer imaginable sino insistiendo en el afán perverso de descubrir ese instante irrepetible e impredecible que de pronto nos hace ser los primeros amantes, incluso con la misma persona que se ha vivido esa sensación muchas veces antes.
Y uno va aprendiendo a buscar ritualmente detrás de los gestos conocidos, la entrada a lo radicalmente revelado, a lo inesperado cuya plenitud nos conmociona. La misma mano, los mismos labios, las mismas piernas se cubren y se llenan de una cosa extraña que está hecha del delirio amante (que siempre es distinto y caprichoso) y empiezan a moverse con músculos ocultos. Con los músculos del deseo que en el acto del amor imagina y actúa simultáneamente confundiendo esos dos pasos.
Estábamos en esas montañas tan altas que parecían colgar del cielo más que subir desde la tierra. Y arriba y abajo la nieve cubría todo. A todos nos fue invadiendo una sensación de vivir fuera del tiempo, en un espacio inusitado. El mundo se había pintado de blanco .
Era un Congreso sobre las distintas maneras que tiene el arte de contar historias. Y uno de los temas era “El libro erótico”. En una de las sesiones cada quien tenía que llevar un ejemplar para discutir entre varios sus formas y contenidos.
Nos separamos en pequeños grupos para mostrar nuestros ejemplos. En el nuestro, formado por seis personas, llegamos a un momento en el que nos parecía que todo lo discutible y lo admirable estaba ya sobre la mesa. Sólo faltaba la presentación de una artista joven, excepcionalmente bella, que nos miró sonriendo mientras dijo: “El único libro erótico que tengo es el de mi vida, el de mi cuerpo”. Y comenzó a desvestirse y a mostrarnos y pedirnos que tocáramos en su garganta la cicatriz de la traqueotomía que le hicieron al nacer. Poco a poco fue orientando nuestras manos por cerca de treinta cicatrices que aquí y allá se ocultaban en su cuerpo mientras nos contaba emocionada y con palabras casi contadas, como en un poema, cada historia que la había marcado, literalmente. “Y no soy la única que ha hecho de su piel un libro”. Nos mencionó una película famosa donde la artista Linda Steel contaba así su vida: desnuda frente a una cámara y enumerando cada accidente que la vida le había dejado en la piel.
“Ahora el capítulo final”, dijo con perturbador entusiasmo mientras hundía los dedos en su pubis muy tupido, extraño, inquietante.
Y como si abriera una cortinita de vellos, desplegando también sus labios anchos y suaves, nos mostró las casi imperceptibles huellas de la operación gracias a la cual cumplió desde muy joven su deseo de dejar de ser hombre y se convirtió en una mujer bellísima.
Sus labios vaginales eran esplendorosos, como una orquídea carnosa, su clítoris discreto se volvía abultado e hipersensible incluso a nuestros soplidos y al calor de la cercanía de nuestras manos. Su vagina, delicada y cambiante, profunda y fuerte, era capaz de estrangular nuestros dedos pero también de arroparlos suavemente como si los envolviera una lengua redonda.
Las tres cicatrices largas y muy delgadas que corrían de la boca de la vagina hacia adentro apenas y eran perceptibles por mis dedos. Orientado por ella las toqué y creció en mí la sensación de verlas claramente, de mirar la perspectiva que formaban perdiéndose en el fondo. Era como el llamado de un abismo para los suicidas extremos. Estaba mirando con las manos. Mirándola por dentro.
Y cuando mis ojos se cruzaron con los suyos comprendí de lleno a los alces. Me convertí por unos instantes en un cuadrúpedo enorme trotando sobre sus colinas y entre sus bosques, rascándome en sus árboles, perdido en la noche de su cuerpo. En el segundo de un parpadeo tuve otra vida. Una que se agotaba en su cuerpo.
Al vestirse de nuevo nos dijo como conclusión de sus ideas, que por cierto he ido confirmando todos estos años: “un buen libro erótico nunca se cierra, sigue vivo en las manos y en los ojos de quien bien gozó sus formas”.
Al regresar al auditorio con los otros grupos cada uno hizo un resumen de lo más notable que habíamos discutido. No hubo duda que ella debería relatar nuestra experiencia. Y para continuar asombrándonos tanto como antes, ella contó detalladamente en público cómo nos había hecho leer su cuerpo con las manos y creer una historia de transexualidad que no era cierta. Pero que su arte nos la hizo verosímil e inolvidable. Como un buen libro erótico. Ese es desde entonces mi libro favorito.
Al salir, ahora sí, tuve mucho cuidado de no mirar a los ojos de los alces.





LA CENIZA DEL VOLCÁN URBANO



Antes de ser ceniza fue mi padre. Y antes fue el niño asombrado que, una noche sin luna, al cruzar en bicicleta el cementerio en ruinas de su pueblo, vio flotar puntos brillantes entre las piedras rotas. No eran luciérnagas ni estrellas sino el fósforo carcomido que el viento arrancaba de las tumbas más viejas. Muertos antiguos que abandonaban hechos polvo sus sepulturas. Y el niño sintió que entraba por error al tunel obscuro, picado de luz, que une al cielo con la tierra. Donde los muertos van y vienen con el viento.
Cuando éramos niños mi padre nos contaba ese recuerdo y todavía temblaba al describir los detalles. Pero siempre terminaba diciéndonos que la misma sensación excesiva, bella y terrible tuvo la noche que llegó a vivir a la ciudad de México y vió extendido en el horizonte un mar de luces y se fue hundiendo en el ruido de las calles, en la cantidad de gente indiferente y de prisa, como nunca había visto. Tenía dieciocho años. Venía de un pueblo del norte de México, de Sonora, donde el desierto y el mar unen sus vacíos. Y llegó cuando la ciudad era diez veces menos grande. El caminaba de orilla a orilla para ver a su novia por las tardes. Si ahora hiciera lo mismo la vería solamente una vez a la semana.
Pero le gustaba la ciudad y presumía de conocerla palmo a palmo. La disfrutaba hasta en sus mapas, que siempre tenía con él y no dejaba de abrir al azar para callejear con los ojos. Durante sus veinte años de taxista nadie le había pedido que lo llevara a una calle que él no conociera. Y decía que ningún otro taxista era capaz de lo mismo. Cuando le decíamos que regresara a su pueblo de Sonora se enojaba y gritaba que nunca la abandonaría. Que era su ciudad.
Casi todos los que comenzaron a trabajar con él abandonaron ese oficio. Sobre todo en la época que hubo una limpia en la policía de la ciudad y a uno de los policías despedidos por corrupción se le ocurrió pedir a sus amigos y socios que permanecieron dentro un permiso para ser propietario de taxis. Hacía muchos años que la policía no daba esos permisos y en un mes los setecientos despedidos de la corporación por vínculos evidentes con el crimen se convirtieron en taxistas. Y comenzó esa oleada de asaltos en los taxis que no ha hecho sino crecer desde entonces sin que ningún gobernante se atreva a tocarla. Los beneficios de ese negocio en movimiento se derraman hacia adentro de la policia.
Los taxistas como mi padre huyen de los que llaman entre ellos submarinos: falsos taxistas que emergen atacando a su pasaje. Y cuando alguno se atrevió a denunciarlos, amaneció misteriosamente ahogado en los viejos canales de desague de la ciudad. En una colonia muy popular los vecinos atraparon y lincharon a unos taxistas asaltantes. Cada día es más frecuente que cuando la policía no actúa los vecinos ejecutan su justicia. Dicen que hay un promedio de cinco linchamientos diarios en la ciudad y sus alrededores.
En todo eso iba pensando mientras mi avión volaba ya sobre la ciudad de México el otro día, cuando regresé de urgencia al velorio de mi padre. Me llamaron al restaurante donde trabajo en Palo Alto, y mis hermanos me contaron que mi padre había muerto, que me viniera de volada, que ellos me prestaban para el avión si no tenía.
Así me vi de pronto, en ese avión que rodeaba los volcanes, viendo desde arriba las fumarolas del Popocatepetl, y la nube de ceniza que iba extendiendo sobre la ciudad como un manto fino que cada segundo se hacía más delgado ante mis ojos. Recordé la primera mañana que el taxi de mi padre amaneció cubierto de ceniza, hace unos años, cuando resucitó la montaña y mi padre dijo, mientras limpiaba su auto verde claro: “ya nos vamos acercando, cuando ves ceniza la muerte anda cerca”.
Como el aeropuerto está en el corazón de la ciudad alcancé a ver la calle donde vivimos, los pocos parques, y el caos de casas como si fuera lava, como si fueran cubos desordenados que bajaron del volcán y llenaron todo el valle, hasta la orilla de las otras montañas. En su movimiento levantaron un polvo amarillo que se detenía plano en el cielo conviertiéndose en la tapa opaca que cerraba por arriba al valle, a la ciudad, como un frasco con luciérnagas amontonadas o más bien como un cofre de cristal sucio por dentro.
En el avión, busqué el periódico donde mis hermanos me habían dicho que se contaba el asesinato de mi padre. Era una nota breve en la tercera plana de una sección llamada Ciudad. El reportero había reconstruido la escena con los testimonios de toda la gente que presenció aquello. Mi padre había levantado a un cliente unos veinte minutos antes. Al pasar frente a uno de esos mercados ambulantes que se ponen en la calle un día a la semana le dijo al pasajero que tenía urgencia de ir al baño, que por favor lo esperara. Mi padre preguntó en varios puestos donde había un baño y le dijeron que desde hace meses el nuevo gobierno de la ciudad ya no les ponía las letrinas portátiles que antes siempre acompañaban a los mercados ambulantes, a los tianguis. El buscó ocultarse detrás de un puesto de lonas altas y, sobre el muro de una casa, comenzó a orinar abundantemente. No había terminado cuando un habitante de la casa salió furioso gritándole: “¿Quién te envía? ¿Quién te está pagando para que vengas a mear mi casa?”
Entró corriendo y salió de nuevo con un cuchillo de cocina en la mano. Mi padre no terminaba todavía cuando se lo hundió en el estómago y lo volvió a hacer tres veces.
La policía llegó después y tocó en la puerta del asesino, estaba lavando su cuchillo en la cocina. Pero abrió gritanto: “yo no fui, fue culpa de quienes lo mandaron a perjudicarme. Sólo él sabe quien fue.” Después se supo que el asesino era miembro de una de las doscientas treinta bandas de secuestradores que operan en la ciudad de México. Estaba escondiéndose de sus antiguos socios que siempre lo hostigaban y ahora lo buscaban para matarlo. Era la quinta vez que se mudaba de casa dentro de la ciudad. Según el reportero, el asesino había desarrollado una paranoia, en gran parte justificada, y mi padre se había metido en su delirio justo en el momento menos oportuno. Y yo no entendía como mi padre adoraba esta ciudad que conocía hasta la médula. La conoció y amó tanto que, como un insecto atraído por su luz tocó el fuego de su violencia hasta consumirse en ella.
Unas horas después estaba en la agencia funeraria con toda mi familia y los amigos y los vecinos. Todos estuvieron ahí un día y medio antes de que yo llegara. Apenas alcancé a verlo unos minutos. Y mirándolo tan ausente, sólo pude pensar en el sentido del humor que siempre tenía y en cómo no hubiera desprovechado esa oportunidad para hacer alguna broma sobre sí mismo. Lo comenté con mis hermanos y nos dio un ataque de risa recordando sus historias, sus carcajadas. Casi lo oímos reir mientras lo mirábamos muerto. Se lo llevaron muy pronto. El viento cerró de golpe las ventanas del salón donde aguardábamos mientras lo incineraban, y tanto yo como mis hermanos tuvimos la sensación de que él venía en esa corriente de aire a decirnos adiós.
Me entregaron una caja de madera clara con sus cenizas. Una parte de ellas, como polvo indiscreto, se había quedado encima y tuve la tentación de soplarla. Pero la conciencia de que eso era mi padre me detuvo. Cuando me pusieron esa caja en las manos sentí un golpe en el cuello y un jalón en el estómago. Cerré un instante los ojos y miré resplandores en medio de mi mareo. Conservé los ojos cerrados y recordé al niño del cementerio que creía haberse metido por error al tunel obscuro, picado de luz, que une a los vivos con los muertos, el niño asombrado que era mi padre antes de ser ceniza de la ciudad en mis manos.

1 comentario:

Susana dijo...

Los alces, el libro erótico toda una conjunción de shock y sorpresa para los iniciados
Me encanto esta frase.
"esa inmensidad de piedra que parecía arañar el cielo”.

El 2º cuento, nos trae el recuerdo triste, tétrico de una historia paterna.
Las cenizas del volcán y las cenizas de su padre. Muestran lo volátil de la naturaleza y la metamorfosis de nuestra vida
Ah, somos indefectiblemente mortales!!!!
“niño asombrado que era mi padre antes de ser ceniza de la ciudad en mis manos.
Dos cuentos estupendamente narrados.