domingo, 24 de abril de 2011

Higiene del asesino. Por Amelie Nothomb



-Entonces, qué, ¿ya empezó la guerra?
-Bueno ... sí, ya está, los primeros misiles han sido...
-Eso está bien.
-¿Le parece que sí?
-No me gusta que la juventud esté ociosa. Así que, en este 17 de enero, los muchachos han podido por fin empezar a divertirse.
-Si usted lo dice.
-¿Qué, a usted no le divertiría?
-Francamente: no.
-¿Le parece más divertido perseguir a ancianos adiposos con un magnetófono?
-¿Perseguir? Pero nosotros no le perseguimos, es usted quién nos ha autorizado a venir.
-¡Jamás! ¡Es otro golpe bajo de Gravelin, ese perro!
-Veamos, señor Tach, es usted perfectamente libre de decir no a su secretario, es un hombre sacrificado que respeta todos sus deseos.
-No sabe lo que está diciendo. Me tortura y no me consulta jamás. Esa enfermera, por ejemplo, ¡es idea suya!
-Vamos, señor Tach, cálmese. Retomemos la entrevista. ¿Cómo se explica usted el éxito extraordinario...?
-¿Quiere un alexander?
-No, gracias. Decía: el éxito extraordinario de...
-Espere, yo sí quiero uno.
Paréntesis alquímico.
-Esta guerra tan fresca me ha dado unas ganas furiosas de tomarme un alexander. ¡Es un brebaje tan solemne!
-Bien. Señor Tach, ¿cómo se explica usted el éxito extraordinario de sus obras en todo el mundo?
-No me lo explico.
-Vamos, seguro que habrá tenido que pensar en ello e imaginar las respuestas.
-No.
-¿No? ¿Ha vendido millones de ejemplares en China, y eso no le ha hecho reflexionar?
-Cada día, las fábricas de armamento venden miles de misiles en todo el mundo, y eso tampoco les hace reflexionar.
-Eso no tiene nada que ver.
-¿Usted cree? El paralelismo, sin embargo, salta a la vista. Esa acumulación, por ejemplo: se habla de carrera armamentística, también debería hablarse de «carrera literaria». Es un argumento de peso como cualquier otro: cada pueblo enarbola su escritor o sus escritores como si fueran cañones. Tarde o temprano me enarbolarán, a mí también, y le sacarán brillo a mi premio Nobel.
-Si lo cree así, estoy de acuerdo. Pero, gracias a Dios, la literatura resulta menos nociva.
-No la mía. La mía es más nociva que la guerra.
-¿No se estará adulando a sí mismo?
-Alguien tiene que hacerlo, ya que soy el único lector capaz de comprenderme. Sí, mis libros son más nocivos que una guerra, ya que dan ganas de morir, mientras que la guerra, ella, da ganas de vivir. Después de leerme, la gente debería suicidarse.
-¿Y cómo se explica que no lo haga?
-Esto, en cambio, lo explico muy fácilmente: se debe a que nadie me lee. En el fondo, puede que ésta sea la razón de mi extraordinario éxito: si soy famoso, querido, es porque nadie me lee.
-¡Menuda paradoja!
-Al contrario: si esos infelices hubieran intentado leerme, me habrían tomado ojeriza y, para vengarse del esfuerzo que les habría infligido, me habrían condenado a las mazmorras. Mientras que, al no leerme, les parezco relajante y, en consecuencia, simpático y digno de éxito.
-He aquí un razonamiento extraordinario.
-Pero irrefutable. Mire, tomemos a Homero: nunca ha sido tan famoso como ahora. Sin embargo, ¿conoce a muchos lectores que de verdad hayan leído La Ilíada y la auténtica Odisea? Un puñado de filólogos calvos, nada más, porque no irá usted a considerar lectores a los raros estudiantes dormidos que aún balbucean a Homero sobre los bancos del instituto pensando exclusivamente en Dépêche Mode o en el sida. Y, precisamente por eso, Homero es la referencia.
-Suponiendo que eso sea cierto, ¿le parece una buena razón? ¿No le parece más bien penoso?
-Excelente, insisto. ¿Acaso no resulta reconfortante, para un auténtico, un puro, un gran, un genial escritor como yo, saber que nadie le lee? ¿Que nadie ensucia, con su grosera mirada, las maravillas que he dado a luz desde lo más recóndito de mi ser y de mi soledad?
-Para evitar esa mirada grosera, ¿no habría sido más sencillo no editar nada en absoluto?
-Demasiado fácil. No, mire usted, la cima del refinamiento es vender millones de ejemplares y no ser leído.
-Sin contar el dinero que habrá ganado.
-Es cierto. Me gusta mucho el dinero.
-¿A usted le gusta el dinero?
-Sí. Resulta fascinante. Nunca le he encontrado utilidad alguna, pero me encanta mirarlo. Una moneda de cinco francos es hermosa como una margarita.
-Nunca se me habría ocurrido semejante comparación.
-Normal, usted no es premio Nobel de Literatura.
-En el fondo, ese premio Nobel, ¿no le parece que desmonta su teoría? ¿Tendrá que admitir que, por lo menos, el jurado del Nobel sí le ha leído?
-Nada es menos seguro. Pero, en el supuesto de que los miembros del jurado me hubieran leído, crea usted que eso no cambia en nada mi teoría. Hay muchas personas que llevan la sofisticación hasta el extremo de leer sin leer. Como hombres-rana, atraviesan los libros sin mojarse lo más mínimo.
-Sí, ya habló de eso en una entrevista anterior.
-Son los lectores-rana. Constituyen la inmensa mayoría de los lectores humanos y, sin embargo, no descubrí su existencia hasta muy tarde. Soy tan ingenuo. Creía que todo el mundo leía como yo; yo leo igual que como: no significa únicamente que lo necesito, significa sobre todo que entra dentro de mis cálculos y que los modifica. Uno no es el mismo si ha comido morcilla que si ha comido caviar; uno tampoco es el mismo si acaba de leer a Kant (Dios me preserve de hacerlo) o a Queneau. Por supuesto, cuando digo «uno» debería decir «yo y algunos más», ya que la mayoría de la gente emerge de Proust o de Simenon sin inmutarse, sin haber perdido ni un ápice de lo que eran antes y sin haber adquirido un ápice de más. Han leído, eso es todo: en el mejor de los casos, saben «de qué se trata». No crea que exagero. Cuántas veces he preguntado a personas inteligentes: «¿Este libro le ha cambiado?» Y me miraban con los ojos muy abiertos y aspecto de decir: «¿Por qué quiere usted que cambie?»
-Permítame que me sorprenda, señor Tach: acaba de hablar como un defensor de los libros con mensaje, lo que no parece propio de usted.
-No es usted muy listo, ¿no es cierto? ¿De verdad cree que son los libros con «mensaje» los que pueden cambiar a un individuo? Pero si son precisamente los que menos lo cambian. No, los libros que marcan y que metamorfosean son los otros, los libros de placer, los libros de genio y, sobre todo, los libros de belleza. Tomemos, por ejemplo, un gran libro de belleza: Viaje al final de la noche. ¿Cómo continuar siendo el mismo después de haberlo leído? Pues bien, la mayoría de los lectores logran superar esa proeza sin dificultad. Después, le dicen a uno: «Ah, sí, Céline, es estupendo», y regresan a sus asuntos. Evidentemente, Céline es un caso extremo, pero podría hablar de otros. Uno nunca es el mismo después de leer un libro, aunque sea del modesto Leo Malet: un Leo Malet le cambia a uno. Después de leer a Leo Malet, uno ya no mira a las chicas con impermeable como las miraba antes. ¡Ah, pero no crea, es muy importante! Modificar la mirada: ésta es nuestra gran obra.
-¿No le parece que, consciente o inconscientemente, cada persona ha modificado su mirada tras terminar un libro?
-¡Oh, no! Sólo la flor y nata de los lectores es capaz de algo semejante. Los otros siguen viendo las cosas con su simplicidad inicial. Y, aún así, aquí estamos hablando de lectores, que son, en sí, una especie muy rara. La mayoría de la gente no lee. Respecto a esto, existe una cita estupenda, de un intelectual cuyo nombre he olvidado: «En el fondo, la gente no lee; o, si lee, no comprende lo que lee; o, si lo comprende, lo olvida». Eso resume admirablemente la situación, ¿no le parece?
-En ese caso, ¿no resulta trágico ser escritor?
-Si hay algo trágico en ello, no viene de aquí. Es una ventaja no ser leído. Todo está permitido.
-Pero, de todos modos, al principio alguien tuvo que leerle, si no, no se habría hecho famoso.
-Al principio, quizá un poco.
-Vuelvo, pues, a mi pregunta inicial: ¿a qué atribuye usted este éxito extraordinario? ¿En qué medida respondía a una espera del lector?
-No lo sé. Eran los años treinta. No había televisión, algo tenía que hacer la gente.
-Sí, pero ¿por qué usted en lugar de otro escritor?
-De hecho, mi gran éxito se inició después de la guerra. Resulta divertido, por otra parte, pues no participé para nada en aquella fantochada: ya estaba casi inválido, y diez años antes me habían declarado inútil por obesidad. 1945 significó el comienzo de mi gran expiación: confusamente o no, la gente empezó a sentir que tenía cosas que reprocharse. Entonces cayeron sobre mis novelas, que vociferaban como una maldición, que rebosaban basura, y decidieron que aquello era un castigo a la desmesura de su vileza.
-¿Lo era?
-Podía serlo. También podía ser otra cosa. Pero ya sabe, vox populi, vox dei. Luego, enseguida dejaron de leerme. Igual que a Céline, por otra parte: Céline es, probablemente, uno de los escritores que ha sido menos leído. La diferencia es que a mí no se me leía por motivos nobles, mientras que a él no se le leía por motivos innobles.
-Habla mucho de Céline.
-Me gusta la literatura, caballero. ¿Le sorprende?
-Supongo que a él no lo expurgará.
-No. Es él quien no deja de expurgarme a mí.
-¿Lo conoció?
-No, hice algo mejor: lo leí.
-Y él, ¿le leyó a usted?
-Seguro. Lo noté con frecuencia mientras lo leía.
-¿Influyó usted en Céline?
-Menos de lo que él me influyó a mí, en todo caso.
-¿Y a quién más influyó usted?
-A nadie, por supuesto, ya que nadie más me ha leído. En fin, gracias a Céline, habré sido leído -leído de verdad- por lo menos una vez.
-¿Ve como desea ser leído?
-Por él, sólo por él. Los demás me importan un bledo.
-¿Ha conocido a otros escritores?
-No, no he conocido a nadie y nadie ha venido a conocerme. Conozco a muy poca gente: a Gravelin, por supuesto, y al carnicero, al lechero, al tendero y al vendedor de tabaco. Creo que a nadie más. Ah, sí, y a esa puta de enfermera, y a los periodistas. No me gusta ver a la gente. Si vivo solo, no es tanto por amor a la soledad como por odio al género humano. Podrá escribir en su periodicucho que soy un asqueroso misántropo.
-¿Por qué es usted misántropo?
-Supongo que no habrá leído La mala gente, ¿verdad?
-No.
-Claro. Si lo hubiera leído, sabría por qué. Existen miles de motivos para odiar a la gente. Para mí, el más importante es su mala fe, que resulta absolutamente incorregible. Esta mala fe nunca estuvo tan de moda como en la actualidad. Como supondrá, he conocido muchas épocas: sin embargo, puedo afirmar que nunca había odiado tanto una época como odio ésta. La era de la mala fe en pleno. La mala fe es mucho peor que la deslealtad, la hipocresía, la perfidia. En primer lugar, tener mala fe significa mentirse a sí mismo, no debido a eventuales problemas de conciencia, sino por una almibarada autosatisfacción, con hermosas palabras como «pudor» o «dignidad». Luego, significa mentir a los demás, pero no con mentiras honestas y malvadas, no para sembrar el caos, no: con mentiras hipócritas, mentiras light que te sueltan con una sonrisa falsa, como si tuvieran que hacerte ilusión.
-¿Por ejemplo?
-Pues la actual condición femenina.
-¿Cómo, no será usted feminista?
-¿Feminista, yo? Odio a las mujeres todavía más que a los hombres.
-¿Por qué?
-Por miles de razones. En primer lugar porque son feas: ¿ha visto usted algo más feo que una mujer? ¿A quién se le ocurre tener pechos, caderas, por no hablar del resto? Y, además, odio a las mujeres como odio a todas las víctimas. Menuda gentuza, las víctimas. Si extermináramos a fondo esta raza, puede que finalmente alcanzáramos la paz, y puede que las víctimas lograran al fin lo que desean, o sea: el martirio. Las mujeres son unas víctimas especialmente peligrosas porque son, antes que nada, víctimas de sí mismas. Si desea conocer lo más vil y despreciable de los sentimientos humanos, examine los que alimentan las mujeres hacia las demás mujeres: se estremecerá de horror ante tanta hipocresía, envidia, maldad, bajeza. No verá nunca a dos mujeres luchar noblemente a puñetazos, ni siquiera intercambiando una sólida sarta de insultos: en su mundo, triunfan los golpes bajos, las pequeñas frases inmundas que duelen mucho más que un directo a la mandíbula. Me dirá usted que eso no es nuevo, que el universo femenino es así desde Adán y Eva. Yo digo que el destino de la mujer nunca ha sido peor que ahora; por culpa de ellas, estamos de acuerdo, pero ¿qué cambia eso? La condición femenina se ha convertido en el escenario de la mala fe más repugnante.
-Sigue sin explicar nada.
-Analicemos la situación como era antes: la mujer es inferior al hombre, eso es de cajón -basta observar lo fea que es-. En el pasado, ninguna mala fe: nadie le escondía su inferioridad y se la trataba como tal. Hoy, la situación da asco: la mujer continúa siendo inferior al hombre -sigue siendo igual de fea-, pero le dicen que es igual a éste. Al ser estúpida, ella se lo cree, claro. Sin embargo, se la sigue tratando como a una inferior: los salarios son tan sólo una prueba insignificante de lo que estoy diciendo. Las otras pruebas son, mucho más graves: las mujeres siguen yendo a la zaga en todos los campos, empezando por el de la seducción -lo que no resulta nada sorprendente dada su fealdad, su poca inteligencia y, sobretodo, la asquerosa hosquedad de la que hace gala a la más mínima ocasión-. Admire, pues, la mala fe del sistema: hacerle creer a una esclava fea, estúpida, malvada y sin encanto, que parte con las mismas posibilidades que su amo, cuando en realidad no cuenta ni con una cuarta parte de las oportunidades de éste. A mí, eso me parece repugnante. Si fuera mujer, me sentiría asqueada.
-¿Supongo que concebirá la posibilidad de que uno no esté de acuerdo con usted?
-«Concebir» no es el verbo adecuado. No lo concibo, me disgusta. ¿En nombre de qué mala fe lograría contradecirme?
-En nombre de mis gustos, en primer lugar. A mí, las mujeres no me parecen feas.
-Mi pobre amigo, tiene usted unos gustos de cagadero.
-Un pecho es hermoso.
-No sabe lo que está diciendo. Sobre el papel satinado de las revistas, esas protuberancias de hembra ya rozan lo inadmisible. ¡Qué le voy a decir de las que pertenecen a las auténticas hembras, las que no se atreven a mostrar y que son la inmensa mayoría de las protuberancias mamarias? ¡Qué asco!
-Éstos son sus gustos. Uno puede no compartirlos.
-Claro, incluso los callos que se venden en algunas carnicerías pueden parecerle hermosos: nada está prohibido.
-Eso no tiene nada que ver.
-Las mujeres son un montón de carne asquerosa. A veces, se dice de una mujer especialmente fea que es un callo: la verdad es que todas las mujeres son callos.
-Entonces, permítame preguntarle ¿qué se considera usted?
-Un montón de manteca de cerdo. ¿No se nota?
-Los hombres, en cambio, le parecen hermosos.
-Yo no he dicho eso. Los hombres tienen un físico menos espantoso que las mujeres. Pero no por ello son hermosos.
-¿Nadie es hermoso, entonces?
-Sí. Algunos niños son hermosos. Por desgracia, no suele durar.
-¿Considera que la infancia es una edad bendita?
-¿Ha oído lo que acaba de decir? «La infancia es una edad bendita.»
-Es un tópico, pero es verdad, ¿no?
-¡Claro que es verdad, animal! ¿Pero era necesario decirlo? Todo el mundo lo sabe.
-De hecho, señor Tach, es usted una persona desesperada.
-¿Y ahora se entera? Descanse, jovencito, tanto genio podría agotarle.
-¿Cuáles son los fundamentos de su desesperación?
-Todo. No es tanto el mundo, cómo está organizado, sino la vida. La mala fe actual consiste en afirmar lo contrario. ¿No oye cómo balan todos a coro? «¡La vida es beeeeellllla! ¡Amamos la vida!» Oír semejantes idioteces me saca de mis casillas.
-Quizá esas idioteces sean sinceras.
-Yo también lo creo, y eso todavía es peor: demuestra que la mala fe resulta eficaz, que la gente se traga esas chorradas. De este modo, tienen una vida de mierda con un trabajo de mierda, viven en sitios espantosos con personas horribles, y llevan la abyección hasta el extremo de llamarle a todo eso felicidad.
-¡Pero, mejor para ellos, si son felices, así!
-Mejor para ellos, usted lo ha dicho.
-¿Y a usted, señor Tach, qué le hace sentirse feliz?
-Nada. Me dejan en paz, y eso ya es algo; en fin, me dejaban en paz.
-¿Nunca ha sido feliz?
Silencio.
-¿Debo entender que ha sido feliz?... ¿Debo entender que nunca ha sido feliz?
-Cállese, estoy pensando. No, nunca he sido feliz.
-Eso es terrible.
-¿Quiere un pañuelo?
-¿Ni siquiera de niño?
-Nunca fui niño.
-¿Qué quiere decir?
-Eso, exactamente.
-¡Pero habrá sido pequeño!
-Pequeño sí, pero no niño. Ya era Prétextat Tach.
-Es verdad que no se sabe nada de su infancia. Sus biografías siempre se inician cuando usted ya es adulto.
-Lógico, ya que no he tenido infancia.
-Pero habrá tenido padres, supongo.
-Acumula usted intuiciones geniales, jovencito.
-¿A qué se dedicaban sus padres?
-A nada.
-¿Cómo?
-Vivían de renta. Una antigua fortuna familiar.
-Además de usted, ¿existen otros descendientes?
-¿Quién le envía, Hacienda?
-No, sólo quería saber si...
-Ocúpese de sus asuntos.
-Ser periodista, señor Tach, es ocuparse de los asuntos de los demás.
-Cambie de oficio.
-Ni hablar. Me gusta este trabajo.
-Pobrecito.
-Le haré la pregunta de otro modo: cuénteme el período de su vida durante el cual fue el más feliz.
Silencio.
-¿Quiere que le plantee la pregunta de otro modo?
-¿Me toma por un imbécil o qué? ¿A qué se cree que está jugando? «Oh, hermosa marquesa, vuestros bellos ojos me hacen morir de amor, etc.», ¿es eso?
-Cálmese, sólo intento hacer mi trabajo.
-Y yo intento hacer el mío.
-¿Así que, para usted, un escritor es alguien cuyo trabajo consiste en no contestar a las preguntas?
-Exacto.
-¿Y Sartre?
-¿Qué pasa con Sartre?
-Él respondía a las preguntas, ¿no?
-¿Y qué?
-Eso contradice su definición.
-En lo más mínimo: al contrario, la confirma.
-¿Quiere decir que Sartre no era un escritor?
-¿No lo sabía?
-Pero, de todos modos, escribía muy bien.
-Algunos periodistas también escriben muy bien. No basta con tener una buena pluma para ser escritor.
-¿Ah, no? ¿Qué más hace falta?
-Muchas cosas. En primer lugar, cojones. Y los cojones a los que me refiero se sitúan más allá del sexo; la prueba es que algunas mujeres los tienen. Oh, muy pocas, pero existen: estoy pensando en Patricia Highsmith.
-Es sorprendente que a un escritor como usted le gusten las obras de Patricia Highsmith.
-¿Por qué? No tiene nada de sorprendente. Aquí tiene usted a una que, como quien no quiere la cosa, debe odiar a la gente tanto como yo, y especialmente a las mujeres. Uno nota que no escribe con el objetivo de ser admitida por el mundillo literario.
-¿Y Sartre, escribía con el objetivo de ser admitido por el mundillo literario?
-¡Y de qué manera! No conocí nunca a ese señor, pero con sólo leerle me bastó para comprender hasta qué punto le gustaba el mundillo literario.
-Difícil de tragar, por parte de un izquierdista.
-¿Y qué? ¿Cree usted que a los izquierdistas no les gustan las tertulias del mundillo literario? Creo que, por el contrario, las adoran más que nadie. Es lógico, por otra parte: si yo hubiera sido obrero durante toda mi vida, creo que soñaría con frecuentar esos ambientes.
-Simplifica usted extraordinariamente la situación: no todos los izquierdistas son obreros. Algunos provienen de excelentes familias.
-¿Ah sí? Entonces ésos no tienen excusa.
-¿No será usted un anticomunista primario, señor Tach?
-¿No será usted un eyaculador precoz, señor periodista?
-Vamos, eso no tiene nada que ver.
-Estoy de acuerdo. Así que volvamos a nuestros cojones. Se trata del órgano más importante del escritor. Sin cojones, un escritor pone su pluma al servicio de la mala fe. Para ponerle un ejemplo, tomemos a un escritor que tenga una excelente pluma, démosle un tema sobre el que escribir. Con unos cojones sólidos, el resultado será Muerte a crédito. Sin cojones, el resultado será La náusea.
-¿No le parece que simplifica un poco?
-¿Y me lo dice usted, un periodista? ¡Y yo que intentaba, con mi exquisita bondad, ponerme a su nivel!
-Yo no le pido tanto. Lo que quiero es una definición metódica y precisa de lo que usted denomina «cojones».
-¿Por qué? ¡No me diga que intenta redactar un vulgar folleto divulgativo sobre mí!
-¡En absoluto! Sólo deseaba tener una comunicación algo más clara con usted.
-Sí, es lo que me temía.
-Venga, señor Tach, simplifíqueme mi labor, por una vez.
-Sepa que me horrorizan las simplificaciones, jovencito; así que, si me pide que me simplifique a mí mismo, razón de más para que no espere que contribuya a ello con entusiasmo.
-¡Pero yo no le pido que se simplifique a sí mismo, vamos! Sólo le pido una breve definición de lo que denomina «cojones».
-De acuerdo, está bien, no me llore. ¿Pero qué les ocurre a ustedes, los periodistas? Son todos hipersensibles.
-Le escucho.
-Pues bien, los cojones son la capacidad de resistencia de un individuo a la mala fe ambiental. Científica, ¿no le parece?
-Prosiga.
-No hace falta decirle que casi nadie tiene ese tipo de «cojones». En cuanto a la proporción de personas que tienen a la vez una buena pluma y esa clase de cojones, es infinitesimal. Por eso hay tan pocos escritores sobre la tierra. Y más teniendo en cuenta que también se necesitan otras cualidades.
-¿Cuáles?
-Hace falta una polla.
-Después de los cojones, la polla: lógico. ¿Definición de polla?
-La polla es la capacidad de creación. Pocas personas son capaces de crear realmente. La mayoría se conforma con copiar a sus predecesores con más o menos talento, predecesores que, a su vez, son casi siempre imitadores. Puede ocurrir que una buena pluma esté provista de una polla, pero que le falten cojones: Víctor Hugo, por ejemplo.
-¿Y usted?
-Quizá tenga cara de eunuco, pero tengo una gran polla.
-¿Y Céline?
-Ah, Céline tiene de todo: pluma de genio, grandes cojones, polla enorme y el resto.
-¿El resto? ¿Qué más hace falta? ¿Un ano?
-¡Eso no! Es el lector quien debe tener un ano para dejarse joder por el escritor. No, lo que hacen falta son labios.
-No me atrevo a preguntarle qué clase de labios.
-¡Hay que ver que asqueroso es usted, Dios mío! Le estoy hablando de los labios que sirven para cerrar la boca, ¿está claro? ¡Miserable individuo!
-De acuerdo. ¿Definición de labios?
-Los labios desempeñan dos papeles. En primer lugar, convierten la palabra en un acto sensual. ¿Se imagina lo que sería la palabra sin los labios? Sería algo estúpidamente frío, de una aridez sin matices, como las palabras de un funcionario de juzgados. Pero el segundo papel todavía es más importante: los labios sirven para cerrar la boca sobre lo que no debe ser dicho. La mano también tiene labios, los que le impiden escribir lo que no debe ser escrito. Es absolutamente indispensable. Escritores que rebosan talento, cojones, polla, han fracasado en su obras por decir cosas que no tenían que haber dicho.
-Viniendo de usted, estas palabras me sorprenden: no es de los que se autocensuren.
-¿Y quién ha hablado de autocensura? Las cosas que no deben decirse no tienen por qué ser forzosamente sucias, al contrario. Siempre hay que explicar las porquerías que uno lleva dentro: es sano, es divertido, es tonificante. No, las cosas que no deben decirse son de otra índole, y no espere usted que se las explique, porque precisamente son cosas que uno no debe decir.
-Pues sí que hemos avanzado.
-¿No le avisé, hace un rato, que mi trabajo consiste en no responder a las preguntas? Cambie de trabajo, amigo.
-No responder a las preguntas, eso forma parte del papel que desempeñan los labios, ¿verdad?
-No sólo los labios, también los cojones. Hacen falta cojones para no responder a ciertas preguntas.
-Pluma, cojones, polla, labios, ¿algo más?
-Sí, aún falta la oreja y la mano.
-La oreja ¿es para escuchar?
-Por supuesto. Es usted un genio, jovencito. De hecho, la oreja es la caja de resonancia de los labios. Es como la declamación flaubertiana pero interior. Flaubert presumía mucho de su declamación, pero ¿de verdad creía que alguien iba a creerle? Sabía perfectamente que resultaba inútil gritar las palabras: las palabras gritan por sí mismas. Basta con que uno las escuche en su interior.
-¿Y la mano?
-La mano es para gozar. Tiene una importancia desmedida. Si un escritor no goza, entonces debe detenerse al instante. Escribir sin gozar es inmoral. La escritura lleva en sí todos los gérmenes de la inmoralidad. La única excusa del escritor es su gozo. Un escritor que no goce, sería algo tan repugnante como si un hijo de puta violara a una niña sin ni siquiera gozar, que la violara por el simple hecho de violarla, para inflingirle un daño gratuito.
-Eso no se puede comparar. La escritura no es tan nociva.
-No sabe lo que está diciendo. Evidentemente, como no me ha leído, no puede saberlo. La escritura lo jode todo: piense en la cantidad de árboles que ha sido necesario cortar para el papel, en los sitios que ha habido que buscar para almacenar los libros, en el dinero que ha costado su impresión, en el dinero que les costará a los eventuales lectores, en el aburrimiento que esos infelices experimentarán al leerlos, en la mala conciencia de los miserables que los comprarán, pero no tendrán suficiente valor para leerlos, en la tristeza de los amables imbéciles que los leerán sin comprenderlos, pero, sobre todo, en la fatuidad de las conversaciones que sucederán a su lectura o a su no lectura. ¡Y me quedo corto! Así que no me venga con que la escritura no es nociva.
-Pero, de todos modos, no puede usted excluir en un ciento por ciento la posibilidad de tropezar con uno o dos lectores que le comprenderán realmente, aun que sea de una manera intermitente. Esos destellos de profunda complicidad con esos raros individuos, ¿no bastan para convertir la escritura en un acto benéfico?
-¡Está usted desbarrando! No sé si esos individuos existen pero, si existen, es a ellos a quienes más pueden perjudicar mis escritos. ¿De quién cree que hablo en mis libros? ¿Acaso cree que hablo de la bondad de los humanos y de la felicidad de vivir? ¿De dónde demonios saca que comprenderme hace feliz a la gente? ¡Al contrario!
-La complicidad, incluso en la desesperación, ¿no resulta agradable?
-¿Le parece agradable saber que está tan desesperado como su vecino? A mí, todavía me parece más triste.
-En ese caso, ¿por qué escribir? ¿Por qué buscar la comunicación?
-Cuidado, no se confunda: escribir no es comunicarse. Me pregunta por qué escribir, y le responderé muy estricta y exclusivamente lo siguiente: para disfrutar. Dicho en otras palabras, si no hay placer, es urgente detenerse. Resulta que escribir me hace disfrutar: en fin, me hacía disfrutar hasta reventar. No me pregunte por qué, no tengo ni idea. Por otra parte, todas las teorías que han intentado explicar el placer me parecen a cuál más floja. Un día, un hombre muy serio me dijo que si uno sentía placer haciendo el amor era porque creaba vida. ¿Se da usted cuenta? ¡Como si pudiera existir nada placentero en el hecho de crear algo tan feo como la vida! Además, eso supondría que, al tomar la píldora, la mujer no goza ya que no está creando vida. ¡Pero el tipo creía en su teoría! En pocas palabras, no me pida que le explique el placer del escritor: es un hecho, eso es todo.
-¿Y qué pinta la mano en todo esto?
-La mano es la sede del placer de escribir. No es la única: la escritura también le proporciona placer en su vientre, en su sexo, en su frente y en sus mandíbulas. Pero el placer más específico se localiza en la mano que escribe. Es algo difícil de explicar: cuando crea lo que necesita crear, la mano se estremece de placer, se convierte en un órgano genial. ¿Cuántas veces he tenido, al escribir, la extraña impresión de que era mi mano la que dirigía, que se deslizaba sola sin pedirle permiso a mi cerebro? Oh, ya sé que ningún anatomista podría admitir algo semejante y, sin embargo, es lo que a menudo siente uno. Cuando esto ocurre, la mano experimenta una voluptuosidad inmensa, parecida, sin duda, a la del caballo que se desboca, a la del prisionero que se evade. Por otra parte, una constatación se impone: ¿acaso no resulta inquietante que, para la escritura y la masturbación, utilicemos el mismo instrumento, la mano?
-Para coser un botón o rascarnos la nariz, también utilizamos la mano.
-¡Qué vulgar es usted! Además, ¿eso qué demuestra? Los usos vulgares no contradicen los usos nobles.
-¿Considera la masturbación un uso noble de la mano?
-¡Y de qué manera! Que una simple y modesta mano pueda, ella solita, reconstituir una cosa tan compleja, costosa, difícil de llevar a cabo y plagada de estados de ánimo como es el sexo, ¿no le parece asombroso? Que esa generosa mano, sin armar problemas, procure tanto (si no más) placer que una mujer fastidiosa y cara de mantener, ¿no le parece digno de admiración?
-Evidentemente, si ve las cosas de ese modo...
-¡Pero las cosas son así, jovencito! ¿No está de acuerdo?
-Escuche, señor Tach, el entrevistado es usted, no yo.
-En otras palabras: usted se queda con el mejor papel, ¿verdad?
-Si le hace ilusión, le diré que, hasta ahora, mi papel no me ha parecido demasiado agradable. Me las ha hecho pasar canutas en más de una ocasión.
-Disfruto con ello, es verdad.
-De acuerdo. Volvamos a los órganos. Recapitulo: pluma, cojones, polla, labios, oreja y mano. ¿Eso es todo?
-¿No le basta?
-No lo sé. Imaginaba otra cosa.
-¿Ah, sí? ¿Qué más necesita? ¿Una vulva? ¿Una próstata?
-Ahora es usted quien resulta vulgar. No. Seguramente se burlará de mí, pero creía que también era necesario un corazón.
-¿Un corazón? ¡Dios mío! ¿Y para qué?
-Para los sentimientos, el amor.
-Esas cosas no tienen nada que ver con el amor. Tienen que ver con los cojones, la polla, los labios y la mano. Es más que suficiente.
-Es usted demasiado cínico. Nunca estaré de acuerdo con eso.
-Pero su opinión no le interesa a nadie, como decía usted mismo hace un minuto. Aunque no veo dónde está el cinismo en lo que le acabo de decir. Los sentimientos y el amor son una cuestión de órganos, estamos de acuerdo: nuestro desacuerdo tan sólo se refiere a la naturaleza de dicho órgano. Usted lo considera un fenómeno cardíaco. Yo no me indigno, ni le lanzo calificativos a la cara. Me limito a pensar que tiene usted unas teorías anatómicas extrañas y, en ese sentido, interesantes.
-Señor Tach, ¿por qué finge usted no entenderme?
-¿Con qué me sale usted ahora? ¡No finjo nada, pedazo de maleducado!
-Pero, vamos, cuando hablaba de corazón, ¡sabe de sobras que no me refería al órgano!
-¿Ah, no? ¿Y a qué se refería, si puede saberse?
-¡A sensibilidad, afectividad, emotividad, por supuesto!
-¡Todo eso dentro de un estúpido corazón lleno de colesterol!
-Venga, señor Tach, esto no es gracioso.
-No, en efecto, usted es el que resulta gracioso. ¿Por qué me sale con esas cosas que nada tienen que ver con el tema que estamos tratando?
-¿Se atrevería a decir que la literatura no tiene nada que ver con los sentimientos?
-Mire, jovencito, creo que no tenemos la misma concepción de la palabra «sentimiento». Para mí, desear romperle la cara a alguien es un sentimiento. Para usted, llorar con la sección «Consultorio sentimental» de una revista femenina es un sentimiento.
-¿Y para usted qué es?
-Para mí es un estado de ánimo, es decir, una hermosa historia plagada de mala fe que uno se cuenta a sí mismo para tener la sensación de que accede a la dignidad de ser humano, para convencerse de que, en el mismo instante en el que va de vientre, rebosa espiritualidad. Son sobre todo las mujeres las que inventan los estados de ánimo debido a que la clase de trabajo que realizan les deja la cabeza libre. Sin embargo, una de las características de nuestra especie consiste en que nuestro cerebro se considera en la obligación de funcionar constantemente, incluso cuando no sirve para nada: ese deplorable inconveniente técnico es el origen de todas nuestras miserias humanas. En lugar de dejarse llevar por una acción despreciable, por un elegante descanso -al igual que la serpiente dormida al sol-, el cerebro del ama de casa, furioso de no serle útil, se pone a segregar lamentables y pretenciosas historias; y cuanto más pretenciosas sean estas historias, más denigrante le parecerán sus tareas de ama de casa. El resultado es de lo más estúpido, puesto que no hay nada denigrante en pasar el aspirador o sacarle brillo a los lavabos: son cosas que hay que hacer, eso es todo. Pero las mujeres siempre imaginan que han venido a este mundo para llevar a cabo una misión aristocrática. La mayoría de los hombres también, por otra parte, aunque con menos obstinación, porque su cerebro se mantiene ocupado con la ayuda de la contabilidad, los ascensos, la delación y la declaración de la renta, lo que deja menos lugar a las elucubraciones.
-Creo que está usted un poco anticuado. Las mujeres también trabajan, ahora tienen preocupaciones idénticas a las de los hombres.
-¡Qué ingenuo es usted! Ellas hacen ver que trabajan. Los cajones de sus despachos rebosan de barniz para las uñas y de revistas femeninas. Las mujeres de hoy en día son todavía peores que las amas de casa de antaño que, por lo menos, servían para algo. Actualmente, se pasan el día hablando con sus colegas de cuestiones substanciales como problemas sentimentales o de calorías, da exactamente igual. Cuando se aburren demasiado, se hacen follar por sus superiores, lo que les procura la deliciosa embriaguez de sembrar de mierda la vida de otros. Para una mujer, ésta es la mejor promoción. Cuando una mujer destruye la vida de alguien, considera esta proeza como la prueba suprema de su espiritualidad. «Destruyo, luego tengo alma», así razonan.
-Al escucharle, cualquiera diría que tiene una cuenta pendiente con las mujeres.
-¡Y de qué manera! Una de ellas me dio la vida, cuando yo no le había pedido nada.
-Acaba de hablar como si estuviera en plena edad del pavo.
-Falso: lo que estoy, más que nunca, es en una edad pavorosa.
-Muy gracioso. Pero un hombre también tuvo algo que ver en su nacimiento.
-Sepa que tampoco me gustan los hombres.
-Pero odia a las mujeres todavía más, ¿por qué?
-Por todas las razones que ya he enumerado.
-Sí. Pero me cuesta creer que no exista otra razón. Su misoginia apesta a deseo de venganza.
-¿Venganza? ¿Pero de qué? Siempre he sido soltero.
-No sólo está el matrimonio. Además, a lo mejor ni siquiera conoce el origen de ese deseo de venganza.
-Le veo venir. No, me niego a ser psicoanalizado.
-Sin llegar a esos extremos, podría reflexionar un poco sobre ello.
-¡Pero reflexionar sobre qué, maldita sea!
-Sobre las relaciones que ha mantenido con las mujeres.
-¿Qué relaciones? ¿Qué mujeres?
-No me irá a usted a decir que... ¡No!
-¿Cómo que no?
-¿Es usted...?
-¿Qué, dígalo?
-¿...virgen?
-Pues claro.
-Imposible.
-Es absolutamente posible.
-¿Ni con una mujer ni con un hombre?
-¿Le parece que tengo aspecto de maricón?
-No se lo tome a mal, ha habido homosexuales muy brillantes.
-No me haga reír. Lo dice como si dijera: «Incluso ha habido macarras honestos»; como si existiera una contradicción entre los términos «homosexual» y «brillante». No, me rebelo contra su negativa a admitir que pueda ser virgen.
-¡Póngase en mi lugar!
-¿Cómo quiere que alguien como yo se ponga en su lugar?
-¡Es... es impensable! En sus novelas, habla del sexo como un especialista, ¡como un entomólogo!
-Soy doctor en masturbación.
-¿La masturbación puede ser suficiente para conocer tan bien la carne?
-¿Por qué finge haberme leído?
-Escuche, no me hace falta haberle leído para saber que su nombre se asocia al discurso sexual más preciso, al más experto.
-Resulta divertido. No lo sabía.
-Hace poco, incluso llegó a mis manos una tesis con el siguiente título: «El priapismo tachtiano a través de la sintaxis.»
-Cómico. Los temas de tesis siempre me han divertido y enternecido: son monos, esos estudiantes que, para imitar a los mayores, escriben estupideces cuyos títulos son hipersofisticados y cuyos contenidos son la banalidad misma, como esos restaurantes pretenciosos que disfrazan con denominaciones grandilocuentes unos simples huevos duros con mayonesa.
-Ni qué decir tiene, señor Tach, que si usted lo desea, no hablaré de eso.
-¿Por qué? ¿No resulta interesante?
-Al contrario, demasiado. Pero no quisiera traicionar semejante secreto.
-No es un secreto.
-Entonces, ¿por qué no lo ha contado nunca?
-No veo a quién se lo hubiera podido contar. ¿No pretenderá usted que hable de mi virginidad con el carnicero?
-Claro, pero tampoco tiene por qué contárselo a los periódicos.
-¿Por qué? ¿La virginidad está prohibida por la ley?
-Vamos a ver, eso forma parte de su vida privada, de su intimidad.
-¿Y todo lo que me ha preguntado hasta ahora, pedazo de hipócrita, acaso no pertenecía a mi vida privada? Entonces no tenía tantos escrúpulos. Es inútil que juguemos ahora a las vírgenes asustadas (y nunca mejor dicho), no cuela.
-No estoy de acuerdo. Existen en la indiscreción unos límites que uno no debe rebasar. Un periodista es indiscreto a la fuerza -es su trabajo-, pero sabe hasta dónde puede llegar.
-¿Desde cuándo habla usted en tercera persona?
-Hablo en nombre de todos los periodistas.
-He aquí el reflejo de gremio, típico de los cobardes. Yo sólo contesto en mi nombre, sin otra garantía que yo mismo. Y le digo que no me doblegaré a sus criterios, que seré yo quien decida lo que, en mi vida privada, es secreto o no. Mi virginidad me importa un bledo: haga usted lo que quiera.
-Señor Tach, creo que no calcula los riesgos de semejante revelación: se sentirá ensuciado, violado...
-Óigame, jovencito, ahora me toca a mí hacerle una pregunta: ¿es usted estúpido o masoquista?
-¿A qué viene esa pregunta?
-A que si no es ni estúpido ni masoquista, no me explico su comportamiento. Le ofrezco una exclusiva sensacional, se la regalo, en un hermoso gesto de generosidad desinteresada, y usted, en lugar de abalanzarse sobre la ocasión como un rapaz inteligente, se inventa escrúpulos y se anda con remilgos. ¿Sabe a lo que se arriesga, de seguir así? Se arriesga a que, por exasperación, le deje sin exclusiva, no para preservar mi sacrosanta vida privada, sino simplemente para joderle. Sepa que mis impulsos de generosidad no suelen durar demasiado, sobre todo cuando me ponen nervioso, así que sea listo y tome lo que le ofrezco antes de que se lo quite. Pero, de todos modos, podría darme las gracias, no todos los días un premio Nobel le entrega su virginidad, ¿no le parece?
-Se lo agradezco infinitamente, señor Tach.
-Eso es. Me encantan los lameculos de su calaña, querido.
-Pero si usted mismo me pedía que...
-¿Y qué? No está obligado a hacer todo lo que le pida.
-De acuerdo. Volvamos a nuestro tema anterior. A la luz de su última revelación, creo comprender el origen de su misoginia.
-¿Ah?
-Sí, su deseo de venganza contra las mujeres ¿no vendrá provocado por su virginidad?
-No veo la relación.
-Pues claro: usted detesta a las mujeres porque ninguna le ha hecho caso.
El novelista se echó a reír, agitando los hombros.
-¡Fantástico! Es usted muy cómico, amigo.
-¿Debo interpretar que rechaza esta explicación?
-Creo que su explicación se rechaza por sí misma, caballero. Acaba de inventar un ejemplo edificante de causalidad inversa, ejercicio en el que, por cierto, los periodistas brillan con luz propia. Pero usted ha invertido tanto las coordenadas del problema que el resultado es de vértigo. Así, afirma que odio a las mujeres porque todas me han rechazado, cuando he sido yo quién las ha rechazado a ellas, y por la simple razón de que las odiaba. Doble inversión: bravo, tiene usted talento.
-¿Pretende hacerme creer que las odiaba a priori, sin motivo? Eso es imposible.
-Dígame un alimento que deteste.
-La raya, pero...
-¿Por qué ese deseo de venganza contra la pobre raya?
-No siento ningún deseo de venganza contra la raya, siempre me ha parecido mala, eso es todo.
-¿Ve como nos entendemos? No tengo ningún deseo de venganza contra las mujeres, pero siempre las he odiado, eso es todo.
-Pero, señor Tach, no puede comparar. ¿Qué diría usted si le comparara a una lengua de ternera?
-Me sentiría muy halagado, son deliciosas.
-Vamos, seamos serios.
-Siempre soy serio. Desgraciadamente para usted, jovencito, porque si no fuera tan serio no me daría cuenta de que esta entrevista ha tenido una duración sin precedentes, y de que no merece tanta generosidad por mi parte.
-¿Qué he hecho yo para no merecerla?
-Es usted un desagradecido y tiene mala fe.
-¿Mala fe, yo? ¿Y usted?
-¡Insolente! Siempre he sabido que mi buena fe no me serviría de nada. No sólo nadie la nota, sino, a la inversa -es verdad que es usted un especialista en inversiones-, se la califica de mala fe. Mi sacrificio no habrá servido de nada. A veces pienso que, si volviera a nacer, jugaría a fondo la carta de la mala fe para conocer por fin la comodidad y la estima que siente usted. Pero, por otra parte, le miro y me repugna tanto que me felicito por no haberle imitado, aunque ello me haya condenado a la soledad. La soledad es una recompensa si me mantiene alejado de un fango como el suyo. Márchese, caballero: acabo de terminar mi perorata, así que tenga usted sentido de la puesta en escena, tenga el buen gusto de marcharse.


En el bar de enfrente, el relato del periodista reavivó la discusión:
-En unas condiciones así, ¿la deontología nos permite interrumpir las entrevistas?
-Tach nos respondería sin duda que hay que ser un maldito hipócrita para hablar de deontología en nuestro oficio.
-Seguro que nos diría eso, pero, de todos modos, él no es el Papa. No tenemos por qué tragarnos sus atrocidades.
-El problema es que esas atrocidades apestan a verdad.
-Ya empezamos, bailáis al son que él os marca. Lo siento, pero no consigo respetar a este tipo. Es demasiado impúdico.
-Lo que él decía: eres un desagradecido. Te regala una exclusiva de ensueño, y como única muestra de agradecimiento, tú la desprecias.
-Pero, vamos a ver, ¿no has oído los insultos que me ha dedicado?
-Precisamente. Me permiten explicar tu rabia.
-Estoy impaciente por que llegue tu turno. Nos vamos a reír.
-Yo también estoy impaciente por que llegue mi turno.
-¿Y lo que ha dicho sobre las mujeres, lo habéis oído?
-Oh, tampoco puedes negarle del todo la razón.
-¿No os da vergüenza? Menos mal que no hay una mujer entre nosotros para escucharos. Por cierto, ¿a quién le toca mañana?
-A un desconocido. No ha venido para presentarse.
-¿Para quién trabaja?
-No se sabe.
-No olvides que Gravelin nos pide a cada uno una copia de las grabaciones. Se lo debemos.
-Ese tipo es un santo. ¿Cuántos años hace que trabaja para Tach? No siempre debe haber resultado divertido.
-Sí, pero trabajar para un genio debe de ser fascinante.
-En este asunto, el genio es el que carga con la peor parte.
-Por cierto, ¿para qué querrá Gravelin escuchar las cintas?
-Para conocer mejor a su verdugo. Lo comprendo.
-Me pregunto cómo se las apaña para soportar al gordo.
-Deja de llamar a Tach así. No olvides de quién estás hablando.
-Para mí, desde esta mañana, Tach ya no existe. Siempre será el gordo. Nunca deberíamos entrevistar a los escritores.
-¿Quién es usted? ¿Qué demonios hace aquí?

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