domingo, 13 de septiembre de 2009

Curso de Filosofía en seis horas y un cuarto. Por Witold Gombrowicz

Domingo, 4 de mayo de 1969


EXISTENCIALISMO

El existencialismo nació directamente e ataque de Kierkegaard contra Hegel.
A decir verdad, no hay sólo una escuela existencialista sino varias; entre otras, las de Jaspers, Gabriel Marcel (un pobre idiota), Sartre... Pero a decir verdad, el existencialismo es una actitud que va desde Parménides, Platón, Jesucristo y San Agustín hasta nuestros días.
Intentaré deciros lo que separa a la filosofía existencias de la filosofía clásica.
En primer lugar, como ya hemos dicho a propósito de Kierkegaard, la oposición entre lo concreto y lo abstracto.
El asunto resulta extremadamente serio y hasta trágico para la mente, pues razonamos con conceptos, por tanto, con abstracciones.
Trágico porque el razonamiento puede hacerse tan sólo a través de los conceptos y de la lógica, y porque las leyes generales no pueden ser formuladas sin conceptos ni lógica. Por otra parte, los conceptos no existen en la realidad (muy importante).Pero aún queda una objeción elevada por Kierkegaard contra Hegel: «La verdad hegeliana está concebida de antemano», la elección entre nuestras concepciones no se realiza como consecuencia de un razonamiento, sino que son elegidas previamente. El razonamiento sirve sólo para justificar una elección anterior. (Es imposible luchar contra lo que el alma ha escogido; Zeromski.)


Hegel concibió su mundo de antemano, dentro de su razón, etcétera. Por tanto, es premeditado. Un defecto más del razonamiento abstracto, y es el drama de la mente. A causa de esto, el razonamiento no es posible.
¿Cómo son posibles, en estas condiciones, un razonamiento existencialista o un sistema filosófico como el de Heidegger o el de Sartre?
Hay un método que vino en ayuda de los existencialistas: es el método fenomenológico de Husserl.
Heidegger fue el alumno preferido de Husserl. Husserl no le perdonó nunca que se aprovechara de la fenomenología para fines completamente diferentes, creando así el primer sistema existencialista. ¿Por qué el método fenomenológico?
Es una nueva reducción del pensamiento, que ya había sido reducido por Descartes, Feuerbach y otros.
Esta reducción consiste en lo siguiente. Husserl dice: puesto que no podemos decir nada del noúmeno (cosa en sí), ponemos entre paréntesis el noúmeno; es decir, que de lo único que puede hablarse es de los fenómenos.
El noúmeno es, por ejemplo, esta silla tal y como es verdaderamente, y el fenómeno es la silla tal y como la vemos -o vista por una hormiga-, condicionada por nuestra posibilidad de ver. Esto no concierne sólo a nuestras facultades físicas de recepción, sino también a las facultades de la mente, como Kant demostró (a saber, que el tiempo y el espacio provienen de nosotros y no del objeto en sí).
Husserl dice: puesto que no podemos saber nada del noúmeno, lo pongo entre paréntesis. De la existencia de Dios, por ejemplo, no sabemos nada.
Y, regresando con ello al famoso cogito ergo sum cartesiano, Husserl pone entre paréntesis el mundo y todas las ciencias que conciernen al mundo (biología, física, historia). No quedan más que las ciencias que se refieren a nuestras facultades, como las matemáticas, la lógica, la geometría, etcétera.
Puso entre paréntesis a Dios y a las ciencias.
Podéis imaginar las extraordinarias consecuencias de ver a través del método fenomenológico.
Ay, que no sé si Isa existe,* ¡tengo una idea de Isa en mi cabeza!
De igual forma, yo no he nacido nunca. De ningún modo nací en 1904.
Sólo sé que tengo en mi conciencia la idea de mi nacimiento en 1904 y que tengo la idea de 1904 es decir, de todos los años pasados.
Todo ha cambiado de una manera demoníaca. Esto cambia el universo. No hay otra cosa mas que un centro definitivo, que es la conciencia y lo que pasa en la conciencia. La conciencia está evidentemente sola. La posibilidad de otras conciencias no existe.
La vida no es más que un dato de la conciencia. De igual forma, la lógica, la historia, mi porvenir, no son nada más que datos de mi conciencia, a la que ni siquiera puedo llamar «mi» conciencia, puesto que «Mi» conciencia no es sino un dato de «la» conciencia definitiva.
Todo queda reducido a fenómenos en mi conciencia. ¿Cómo puede hacerse filosofía en esta situación?
A esta conciencia definitiva no le queda otro remedio que «juzgarse» a sí misma. Como la conciencia es consciente de algo, pues bien, es consciente de sí misma. La conciencia se separa, por así decirlo, en varias partes que pueden describirse así: primera, segunda y tercera conciencia. Pero esta segunda conciencia puede ser descrita por una tercera conciencia y esto es justamente lo que hago al hablar de la tercera conciencia.
Os ruego que no olvidéis que ésta es una manera en extremo rudimentaria de presentaras la fenomenología.
Queda todavía una ley de la conciencia formulada por Husserl, y que recibe el nombre de «intencionalidad» de la conciencia, es decir, que la conciencia consiste en ser consciente. Pero, para ser consciente, hay que ser siempre consciente de alguna cosa. Y esto significa que la conciencia nunca puede estar vacía, separada del objeto. Esto lleva directamente a la concepción del hombre de Sartre, quien dice que el hombre no es un ser en sí, como lo son los objetos, sino que es un ser «para si», que es consciente de sí mismo. Esto conduce a una concepción del hombre separado en dos, con un vacío. Por esta razón el libro de Sartre incluye el nombre de la nada. Esta nada es una especie de surtidor, de Niágara que va siempre de lo interior a lo exterior.
Por ejemplo, soy consciente de este cuadro, mi conciencia no está sólo en mí, está en el cuadro (objeto de la conciencia). La conciencia está, por así decirlo, fuera de mí.
Cuando leí esto en El ser la nada, lancé un grito de entusiasmo, puesto que es justamente la concepción del hombre que crea la forma y que no puede ser auténtica de verdad.
Por suerte Ferdydurke apareció en 1937 y El ser y la nada en 1943. He aquí por qué alguno me atribuye en su bondad el haber anticipado el existencialismo. Volvamos a lo nuestro.
He hablado del método de la fenomenología de Husserl porque éste hizo posible la filosofía existencias. A decir verdad, el existencialismo no puede dar lugar a ninguna filosofía.
Yo soy único, concreto, independiente de toda lógica, de todo concepto.
¿Qué hacer en esta situación?
¿Ser crucificado como Jesucristo?
¿Perdido en su dolor?
Vivimos solos, morimos solos.
Impenetrable.
Pero con el método fenomenológico podemos organizar los datos de nuestra conciencia referidos a nuestra existencia. Y es lo único que nos queda.
Se ha comparado el método de Husserl con la forma de comerse una alcachofa, es decir: observo en mi conciencia una noción.
Ejemplo: el color amarillo. Intento reducirlo a su estado más puro, como la alcachofa, hoja tras hoja, y cuando por fin llegamos al corazón, nos lanzamos a él y lo devoramos.
La fenomenología es un descenso hasta la noción más profunda, la última, del fenómeno, y entonces, cuando está depurado, uno se lanza sobre él y lo engulle mediante una intuición directa.
Recordad que la intuición es un saber directo, sin razonamiento.
Así el existencialismo es la descripción más profunda y definitiva de nuestros datos referidos a la existencia.
Sartre tomó prestado mucho de Heidegger. Heidegger es más creador que Sartre, pero Sartre es más claro.
Sartre se propone esta descripción de la existencia. Todavía tengo que hablar un poco de una diferencia muy profunda entre el existencialismo y la filosofía precedente.
La filosofía clásica era más bien una filosofía de las cosas, en la que incluso el hombre era tratado un poco como una cosa, mientras que el existencialismo aspira a una filosofía del SER.
Cada objeto es a la vez objeto más ser.
Es cierto que esta diferencia ha existido casi siempre en la filosofía, incluso en la de Hegel, filosofía del devenir.
Pero el existencialismo se ha concentrado en esto y en un solo tipo del SER, que es precisamente la existencia.

Tres tipos diferentes del SER.
1.1 El Ser en sí (ser de las cosas).
2.1 El Ser para sí (ser de la conciencia muerta.
Ser independiente de esto).
3.1 Seres vivos y Seres existentes.
La palabra «existencia» significa sólo existencia humana consciente y solamente en la medida en que se es consciente de la existencia. Los hombres que viven de forma inconsciente no tienen existencia.
Los animales no tienen conciencia.
Esta es Prácticamente la clasificación de Sartre. Es justo el tema de El ser y la nada.
¿Cómo podemos definir las características del «Ser en sí», es decir, del ser de los objetos?
1.° Hay que decir que sólo existen fenómenos (Husserl). Cualquier cosa se manifiesta como un fenómeno. No podemos decir, según Sartre, que una persona es inteligente si ésta se manifiesta solamente a través de actos estúpidos. El hombre no es otra cosa que aquello que se ve de él.
Fijaos en que cada cosa carece de límite.
Lámpara, etcétera, son definiciones arbitrarias santificadas por nuestro lenguaje.
Podemos ver que el existencialismo pasa al estructuralismo.
El Ser en sí no puede ser ni creado por alguien, ni activo o pasivo (dado que éstas son ideas humanas).
El Ser en sí es opaco.
Es como es, es todo cuanto puede decirse, es inmóvil; no está sujeto a la creación y a la temporalidad y no puede ser deducido de ninguna cosa (como creado por Dios).
Ser en sí: un ser del que no puede afirmarse nada, sino que es en si tal como es (un poco como Dios).
Es curioso, el Ser para sí, la existencia humana, es de alguna manera inferior al Ser en sí. Tiene en sí el vacío, la nada, está formado, por decirlo de algún modo, de dos partes. Como si estuviera cortado en dos, y esto es lo que le permite ser consciente de sí mismo.
Así pues, es un ser secundario en comparación con el Ser en sí.
Resulta curioso: esta comparación rudimentaria que alcanzo a hacer puede parecer ingenua. Pues bien, conduce al menos a nociones reales, por ejemplo, que el ser humano está vacío a causa de la famosa intencionalidad de la con ciencia. Mientras que una silla es una silla, la conciencia nunca es idéntica a sí misma, puesto que hace falta ser siempre consciente de algo. No podemos imaginar la conciencia vacía. El famoso principio de identidad, A igual a A (silla es silla), no se realiza aquí. El Ser de la conciencia es en este sentido un ser imperfecto. Pero vayamos más lejos.
El ser en sí no puede desaparecer. Es independiente del tiempo y del espacio. Es como es, nada más. Mientras que la existencia, el Ser para sí, es un ser limitado que tiene un final, que muere. (Así al menos se presenta nuestra existencia ante nuestra conciencia. La existencia ha de ser sostenida como una llama.)
Para Einstein el objeto no es otra cosa que una «curvatura del espacio». La silla representa una cantidad de energía y esta energía puede transformarse en otro objeto o seguir siendo energía sin diferencia, mientras que la existencia humana comienza y termina (nacimiento y muerte).

Pero entonces, ¿qué es el hombre como Ser para sí o existencia?

1.° El hombre es una cosa, puesto que tiene un cuerpo, y solamente así, como cuerpo, puede estar en el mundo. Sartre se lanza aquí a reacciones muy subjetivas: dice que el hombre como
cuerpo está de más. Provoca náuseas; de ahí el
título: La náusea.
2.° El hombre es una cosa porque es un hecho (facticidad). Por ejemplo: tengo mi pasado, ya he sido hecho, definido, realizado. Pero cuando me dirijo hacia el porvenir, salgo del mundo de las cosas para entrar en la realización de mí mismo.
3.° El hombre es una cosa por su situación; esto es lo que le priva de su libertad.
He aquí la famosa cuestión de la libertad, que hace que seamos responsables de nosotros mismos. Por supuesto, tenemos dos sentimientos completamente contrarios. Por una parte, somos tan sólo el efecto de una causa. Ejemplo: si bebo es porque tengo sed. Si, según el freudismo, tengo un complejo, es el resultado de un trauma. Por otra parte, estamos absolutamente seguros de ser libres. Nadie puede quitarme el sentimiento de que soy yo mismo quien decide si debo mover la mano o no. Pues bien cuando contemplamos a otras personas, éstas se nos presentan como la consecuencia de una causa.
Para un médico no hay duda de que las enfermedades de su paciente obedecen a causas. Este sentimiento de libertad, que es tan fuerte en nosotros, no nos concierne más que a nosotros mismos, mientras que vemos a los demás como mecanismos. De este modo, el Ser en sí tiene siempre su causa cuando se presenta; no tiene ni comienzo ni fin. La libertad es únicamente la particularidad del Ser para sí. Es evidente que aquí se produce una ruptura entre los sentimientos de la causalidad universal y nuestro sentimiento de libertad, que proviene de la diferencia esencial entre el saber científico y el saber existencial. Esto es muy importante porque define los límites de la ciencia, que nunca puede ser el fundamento de la filosofía, porque solamente la conciencia puede ser consciente de la ciencia, mientras que la ciencia nunca puede fundar la conciencia. Además, la ciencia ve al hombre desde el exterior, como un objeto entre otros.
Diferencia entre la operación de apéndice desde el punto de vista del médico que trata al enfermo como un mecanismo, y desde el punto de vista del enfermo. Para el enfermo9 esta operación es vivida. Es subjetiva y tiene que ser sufrida por él y nadie más. Hay otra cosa: en cuanto al pasado, nos sentimos sometidos a la causalidad, mientras que el porvenir parece depender de nosotros mismos. Por esto decía Heidegger que el tiempo existencias es el futuro. Cada cosa que el hombre hace puede ser considerada desde el punto de vista del pasado. Muevo la mano porque tengo ganas de fumar. 0 del futuro: muevo la mano para encender la pipa.
Por tanto, puede afirmarse que la libertad es propia solamente de la existencia, mientras que la causalidad es lo propio del Ser en sí.
El existencialismo no es una ciencia.
En el existencialismo el todo no es un mecanismo, la suma de los elementos significa siempre alguna cosa más que la suma total. Supongamos que las palabras que forman una frase no sean solamente una cantidad de palabras, sino también un sentido. Entre la manera de ver al hombre como objeto, desde el exterior, propia de la medicina, la psicología, la historia, etcétera, y la del existencialismo, que consiste en sentir, por así decirlo, desde dentro, en su ser, hay un ABISMO.




Lunes, 5 de mayo de 1969


EXISTENCIALISMO

El existencialismo es la subjetividad.
Personalmente, soy muy subjetivo y me parece que esta actitud corresponde a lo real.
El hombre subjetivo el hombre concreto.
No un concepto del hombre, sino Pedro o Pablo, pues el concepto del hombre no existe, dice Kierkegaard.
A causa de ello, al existencialismo le resulta monstruosamente difícil hacer razonamientos, pues los razonamientos se basan en conceptos y sólo gracias a la traición de Heidegger, que se adueñó del método fenomenológico, puede hablarse [frase incompleta].
El existencialista es un hombre subjetivo, libre. Tiene lo que se llama la libre voluntad, al contrario de un hombre visto desde el exterior científico, siempre sometido a la causalidad, como un mecanismo.
Esta atrevida tesis de que el hombre es libre carece absolutamente insensata en un mundo en que todo es causa y efecto. Se apoya en una sensación elemental: somos libres y no hay medio de convencerme de que si muevo la mano izquierda no es porque yo quiero. No es fácil precisar en qué se funda esta posibilidad de libertad.
Supongo que está fundada en una diferencia de tiempo. El tiempo del hombre no es el pasado sino el futuro. Si se hace algo, no es a causa sino para. «Leo para acordarme de», etcétera.
Si se trata del pasado, estamos ante la causalidad; en el porvenir, en la existencia del hombre, nos las tenemos que ver con el futuro.
Podemos decir, más profundamente, que en nuestra conciencia se encuentra la misma ruptura interior que se revela, por ejemplo, en la física.
El hombre, este ser para sí, está dividido en dos (con una abertura). Es en esta nada, en este vacío (esta abertura), donde se introduce la noción de libertad. La libertad tiene un papel enorme en Sartre porque es el fundamento de su sistema moral.
Sartre es un moralista y es curioso que en la filosofía francesa se produzca de nuevo la misma desviación observada por Husserl en Descartes.
Descartes, de una forma categórica en extremo, reduce el pensamiento a la sola descripción de la conciencia, pero de repente, aterrado ante la aniquilación de Dios y del mundo, se traiciona a sí mismo. Reconoce la existencia de Dios. Y de inmediato deduce de la existencia de Dios la existencia del mundo.
Pues bien, en el caso de Sartre nos las tenemos que ver, a mi juicio, con la misma cobardía. En El ser y la nada hay hasta unas quince páginas en las que Sartre hace esfuerzos dramáticos para fundar lógicamente un fenómeno que parece por completo evidente: la existencia de otro hombre distinto de «mí». Por ejemplo, el fenómeno de la existencia de Witold es el mismo que el de una silla.
Sartre analiza todos los sistemas: Kant, Hegel, Husserl; y demuestra que ninguno de éstos tiene posibilidad alguna de reconocer al otro. ¿Por qué? Porque ser hombre es ser sujeto. Es tener una conciencia que reconoce todo lo demás como objeto. Si yo admitiera que Witold tiene también una conciencia, entonces, yo soy por fuerza un objeto para Witold, que es el sujeto. Es imposible ser a la vez sujeto y objeto.
Ahora bien, aquí es donde Sartre se asustó. Su moral tan extremadamente desarrollada se niega a admitir que no haya otros hombres porque, si el otro es objeto, ya no hay deberes morales.
Sartre, siempre desgarrado entre el marxismo (científico) y el existencialismo (lo contrario) se asustó igual que Descartes. Declaró simple y honestamente que, aunque sea imposible reconocer la existencia del prójimo, no hay más remedio que reconocerla como una evidencia que salta a la vista. Aquí naufraga de forma dramática toda la filosofía de Sartre, todas sus posibilidades creadoras, y este hombre, dotado de un genio extraordinario, se convierte en un simple bonachón (marxismo-existencialismo) que, en el fondo está obligado a hacer una filosofía de concesiones. Su pensamiento se convierte en un compromiso entre el marxismo y el existencialismo. Y a partir de ese momento, cada uno de sus libros se convierte en la base de un sistema moral en que todo sirve para sostener una tesis ya concebida de antemano. Ahora bien, la base de este sistema moral es la famosa libertad sartriana.
Dice: «Soy libre, me siento libre. Por tanto, tengo siempre la posibilidad de elegir. Esta elección es limitada porque el hombre está siempre en una situación y puede elegir solamente dentro de esa situación. Ejemplo: puedo quedarme en la cama o ponerme a caminar, pero no puedo elegir volar, porque no tengo alas. Existe la libre elección de aquello acerca de lo cual el hombre es responsable. Si me niego a escoger entre dos posibilidades, ésta es también una manera de elegir la tercera actitud. Si no se quiere escoger entre el comunismo y el anticomunismo, existe la neutralidad». Sartre dice también que el hombre es creador de valores. Se trata de la consecuencia directa de un ateísmo obstinado, el más consecuente de toda la filosofía.
Esta es la situación: dado que hemos perdido la noción de Dios, convirtámonos entonces, nosotros mismos, a causa de nuestra libertad absoluta, en creadores de valores. Y, en este sentido, podemos hacer lo que queramos. Ejemplo: si ésta es mi elección, puede parecerme bien el hecho de asesinar a X o de no asesinarle. Las dos Posibilidades existen, pero, al elegirlas, me elijo a mí mismo como asesino o no.
Aquí creo reconocer en la filosofía un exceso de intelectualismo y la decadencia (el debilitamiento) de la sensibilidad. Los filósofos, salvo Schopenhauer, parecen personas cómodamente sentadas en sus poltronas y que tratan del dolor con un desprecio absolutamente olímpico, desprecio que desaparecerá cuando vayan al dentista y comiencen a gritar: «¡Ay!, ¡ay, doctor!». Con su desdén teórico hacia el dolor, Sartre declara que para un hombre que elija el dolor como un bien la tortura puede convertirse en un placer celestial. Esta afirmación me parece muy dudosa y muy propia de la burguesía francesa que, por fortuna, ha estado preservada desde hace mucho tiempo de grandes dolores. A pesar de la afirmación sartriana de que la libertad está limitada por la situación y por la llamada «facticidad» (el hecho, por ejemplo, de que tengamos un cuerpo, que seamos un hecho, un fenómeno en el mundo), a pesar de todas estas limitaciones, Sartre va demasiado lejos.
El hombre existencias es concreto, único, hecho de nada, por tanto, libre.
Está condenado a la libertad y puede elegirse. ¿Qué sucede si elegimos por ejemplo la frivolidad y no la autenticidad; la falsedad y no la verdad? Como no hay infierno, no hay castigo. Desde el punto de vista existencias, el único castigo es que este hombre no tiene una existencia verdadera. Por tanto, no es un existente. He aquí un juego de palabras, tanto de Heidegger como de Sartre, del que sin duda se burlará quien haya elegido la supuesta no existencia.
¿Qué porvenir tiene el existencialismo?
Muy grande.
No creo en los juicios superficiales, según los cuales el existencialismo es una moda. El existencialismo es la consecuencia de un hecho fundamental: la ruptura interior de la conciencia, que se manifiesta no sólo en las cualidades fundamentales del hombre sino que -algo extremadamente curioso- es evidente, por ejemplo, en la física, en la que hay dos medios de concebir la realidad:
-corpuscular
-ondulatorio
Ejemplo: teorías de la luz.
Ahora bien, ambas teorías son justas, como demuestra la experiencia, pero son contradictorias. Hallamos el mismo fenómeno en la noción de la física referida a los electrones, en la que hay dos maneras de concebirlos, que son, ambas, justas y contradictorias. Asimismo, en mi opinión, el hombre está dividido entre lo subjetivo y lo objetivo de una manera irremediable y para toda la eternidad. Es una especie de llaga que tenemos, de la que es imposible curar y de la que somos cada vez más conscientes. Dentro de unos años, será aún más «sangrante», pues
no hará sino aumentar con la evolución de la conciencia.
La profunda verdad de la dialéctica de Hegel (tesis-síntesis) aparece aquí. En estas condiciones es imposible exigir al hombre que sea-armonioso, que pueda resolver nada de nada. Impotencia fundamental.
Ninguna solución.
A la luz de estas reflexiones, la literatura que considera que puede arreglarse el mundo es la cosa más idiota que imaginarse pueda.
Un pobre escritor que se crea dueño de la realidad es una ridiculez. ¡Ay, ay, ay! ¡Huf!

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