lunes, 31 de agosto de 2009

El Coño de Irene. Por Louis Aragon

¡Tan pequeño y tan grande! Aquí es donde estás a tus anchas, hombre finalmente digno de tu nombre, es aquí donde te encuentras a la escala de tus deseos. No temas acercar el rostro a ese lugar, y ya tu lengua, la muy charlatana, no se está quieta, ese lugar de delicias y de sombra, ese patio de ardor, en sus límites nacarados, la hermosa imagen del pesimismo. Oh raja, raja húmeda y suave, querido abismo vertiginoso.


En ese surco humano es donde los navíos al fin perdidos, con su maquinaria ya inutilizable, volviendo a la infancia de los viajes, despliegan en su mástil improvisado el velamen de la desesperación. Entre los pelos rizados, qué bella es la carne: bajo ese bordado bien compartido por el hacha amorosa, amorosamente aparece la piel pura, espumosa, láctea. Y los pliegues, al principio pegados, de los grandes labios se entreabren. Encantadores labios, vuestra boca se parece a la de un rostro que se inclina sobre un cuerpo adormecido, no horizontal y paralela a todas las bocas del mundo, sino fina y larga, y transversal a los labios habladores que la tientan en su silencio, dispuesta a un largo beso puntual, labios adorables que habéis sabido dar a los besos un sentido nuevo y terrible, un sentido para siempre pervertido.
Cómo me gusta ver reanimarse un coño.


Cómo se ofrece a nuestros ojos, cómo se comba, atrayente e hinchado, con su cabellera de la que surge, semejante a las tres diosas desnudas por encima de los árboles del Monte Ida, el incomparable resplandor del vientre y de los dos muslos. Tocad, tocad de una vez: no podríais hacer mejor uso de vuestras manos. Tocad esa sonrisa voluptuosa, dibujad con vuestros dedos el hiato embelesador. Así: que vuestras dos palmas inmóviles, que vuestras falanges apasionadas por esa prominente comba se junten en el punto más duro, el mejor, el que eleva la ojiva santa a su cima, oh iglesia mía. No os mováis más, quedaos, y ahora, con dos acariciadores pulgares, aprovechad la buena voluntad de esa niña cansada, hundid, con vuestros dos acariciadores pulgares, apartad suavemente, más suavemente, los hermosos labios con vuestros dos pulgares acariciadores, vuestros dos pulgares. Y ahora, te saludo, palacio rosa, plácido estuche, alcoba un poco deshecha por la alegría grave del amor, vulva entrevista un instante en su amplitud. Bajo el satén arañado de la aurora, el color del verano cuando cerramos los ojos.


No por nada, ni por azar ni premeditación, sino por esa FELICIDAD de expresión que es semejante al goce, a la caída, a la abolición del ser en medio del semen descargado, es por lo que esas hermanas pequeñas de los grandes labios recibieron como una bendición celestial el nombre de ninfas que les va como un guante. Ninfas al borde de los estanques, en el seno de las aguas que brotan, ninfas cuyo arrebol se expone en el brocal de sombra, más variables que el viento, apenas una graciosa ondulación en Irene, y en mil más otros mil efectos recortados, desgarrados, encajes del amor, ninfas a las que alcanzáis en un nudo de placer, y el botón adorable se estremece ante la mirada que se detiene en él, el botón que apenas rozo y lo cambia todo. Y el cielo se vuelve puro, y el cuerpo es más blanco. Meneémosla, esa alarma de incendio. Ya un fino sudor cubre de perlas la carne en el horizonte de mis deseos. Ya las caravanas del espasmo aparecen en la lejanía de las arenas. Caminaron, esos viajeros, llevando la pólvora en estuche y las pacotillas en las cajas de clavos oxidados, desde las ciudades de las terrazas y los largos caminos de aguas que contienen las dársenas negras. Fueron allende las montañas. Helos aquí con sus abrigos rayados. Viajeros, viajeros, vuestra suave fatiga se parece a la noche.

Les siguen los camellos, portadores de géneros. El guía agita su bastón, y el simún se levanta de la tierra, Irene se acuerda repentinamente del huracán.

Aparece el espejismo, y sus hermosas fuentes... El espejismo está sentado desnudo en el viento puro. Bello espejismo en forma de martillo­pilón. Bello espejismo del hombre que entra en el coño. Bello espejismo de fuente y de pesados y jugosos frutos. He aquí los viajeros locos de tanto frotar los labios.

Irene es como un arco sobre la mar. No he bebido desde hace cien días, y los suspiros me sacian. Ah, oh. Irene llama a su amante. Su amante tieso a distancia. Ah, oh. Irene agoniza y se retuerce. El está tieso como un dios sobre el abismo. Ella se mueve, él la rehúye, ella se mueve y se ofrece. Ah. El oasis se inclina con sus altas palmeras. Viajeros vuestros albornoces dan vueltas en la arena. Irene jadea como si fuera a estallar. Ella contempla. El coño está empañado por la espera del pito. Sobre la imagen ilusoria, una sombra de gacela...

Infierno, que tus condenados se la meneen, Irene se ha corrido.

1 comentario:

Digiletras dijo...

Sencillamente precioso. Gracias, amigo, por esta joyita. Saludos