domingo, 2 de agosto de 2009

La Insoportable Levedad del Ser. Por Milan Kundera

1
La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?
El mito del eterno retorno viene a decir, per negatio-nem, que una vida que desaparece de una vez para siem­pre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano y, si ha sido horrorosa, bella, elevada, ese horror, esa elevación o esa belleza nada significan. No es necesario que los tengamos en cuenta, igual que una guerra entre dos Estados africanos en el siglo catorce que no cambió en nada la faz de la tierra, aunque en ella murieran, en medio de indecibles padecimientos, trescientos mil negros.
¿Cambia en algo la guerra entre dos Estados africa­nos si se repite incontables veces en un eterno retorno?
Cambia: se convierte en un bloque que sobresale y perdura, y su estupidez será irreparable.
Si la Revolución francesa tuviera que repetirse eterna­mente, la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre. Pero dado que habla de algo que ya no volverá a ocurrir, los años sangrientos se convierten en meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeros que una pluma, no dan miedo. Hay una di­ferencia infinita entre el Robespierre que apareció sólo una vez en la historia y un Robespierre que volviera eternamente a cortarle la cabeza a los franceses.
Digamos, por tanto, que la idea del eterno retorno significa cierta perspectiva desde la cual las cosas apare­cen de un modo distinto a como las conocemos: apare­cen sin la circunstancia atenuante de su fugacidad. Esta circunstancia atenuante es la que nos impide pronunciar condena alguna. ¿Cómo es posible condenar algo fugaz? El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la ma­gia de la nostalgia; todo, incluida la guillotina.
No hace mucho me sorprendí a mí mismo con una sensación increíble: estaba hojeando un libro sobre Hit-ler y al ver algunas de las fotografías me emocioné: me habían recordado el tiempo de mi infancia; la viví du­rante la guerra; algunos de mis parientes murieron en los campos de concentración de Hitler; ¿pero qué era su muerte en comparación con el hecho de que las fotogra­fías de Hitler me habían recordado un tiempo pasado de mi vida, un tiempo que no volverá?
Esta reconciliación con Hitler demuestra la profunda perversión moral que va unida a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno, porque en ese mundo todo está perdonado de antemano y, por tan­to, todo cínicamente permitido.


2
Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el mo­tivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno re­torno la carga más pesada (das schwerste Gewicht).
Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, en­tonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la le­vedad?
La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será.
Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele ha­cia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan li­bres como insignificantes.
Entonces, ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la leve­dad?
Este fue el interrogante que se planteó Parménides en el siglo sexto antes de Cristo. A su juicio todo el mundo estaba dividido en principios contradictorios: luz-os-curidad; sutil-tosco; calor-frío; ser-no ser. Uno de los polos de la contradicción era, según él, positivo (la luz, el calor, lo fino, el ser), el otro negativo. Semejante divi­sión entre polos positivos y negativos puede parecemos puerilmente simple. Con una excepción: ¿qué es lo posi­tivo, el peso o la levedad?
Parménides respondió: la levedad es positiva, el peso es negativo.
¿Tenía razón o no? Es una incógnita. Sólo una cosa es segura: la contradicción entre peso y levedad es la más misteriosa y equívoca de todas las contradicciones.


3
Pienso en Tomás desde hace años, pero no había lo­grado verlo con claridad hasta que me lo iluminó esta reflexión. Lo vi de pie junto a la ventana de su piso, mi­rando a través del patio hacia la pared del edificio de enfrente, sin saber qué debe hacer.
Se encontró por primera vez a Teresa hace unas tres semanas en una pequeña ciudad checa. Pasaron juntos apenas una hora. Lo acompañó a la estación y esperó junto a él hasta que tomó el tren. Diez días más tarde vino a verle a Praga. Hicieron el amor ese mismo día. Por la noche le dio fiebre y se quedó toda una semana con gripe en su casa.
Sintió entonces un inexplicable amor por una chica casi desconocida; le pareció un niño al que alguien hu­biera colocado en un cesto untado con pez y lo hubiera mandado río abajo para que Tomás lo recogiese a la ori­lla de su cama.
Teresa se quedó en su casa una semana, hasta que sanó, y luego regresó a su ciudad, a unos doscientos ki­lómetros de Praga. Y entonces llegó ese momento del que he hablado y que me parece la llave para entrar en la vida de Tomás: está junto a la ventana, mira a través del patio hacia la pared del edificio de enfrente y piensa:
¿Debe invitarla a venir a vivir a Praga? Le daba miedo semejante responsabilidad. Si la invitase ahora, vendría junto a él a ofrecerle toda su vida.
¿O ya no debe dar señales de vida? Eso significaría que Teresa seguiría siendo camarera en un restaurante de una ciudad perdida y que él ya no la vería nunca más.
¿Quería que ella viniera a verle, o no quería?
Miraba a través del patio hacia la pared de enfrente y buscaba una respuesta.
Se acordaba una y otra vez de cuando estaba acostada en su cama: no le recordaba a nadie de su vida anterior. No era ni una amante ni una esposa. Era un niño al que había sacado de un cesto untado de pez y había colocado en la orilla de su cama. Ella se durmió. El se arrodilló a su lado. Su respiración afiebrada se aceleró y se oyó un débil gemido. Apretó su cara contra la de ella y le susu­rró mientras dormía palabras tranquilizadoras. Al cabo de un rato sintió que su respiración se serenaba y que la cara de ella ascendía instintivamente hacia la suya. Sintió en su boca el suave olor de la fiebre y lo aspiró como si quisiera llenarse de las intimidades de su cuer­po. Y en ese momento se imaginó que ya llevaba mu­chos años en su casa y que se estaba muriendo. De pronto tuvo la clara sensación de que no podría sobrevi­vir a la muerte de ella. Se acostaría a su lado y querría morir con ella. Conmovido por esa imagen hundió en ese momento la cara en la almohada junto a la cabeza de ella y permaneció así durante mucho tiempo.
Ahora estaba junto a la ventana e invocaba ese mo­mento. ¿Qué podía ser sino el amor que había llegado de ese modo para que él lo reconociese?
Pero ¿era amor? La sensación de que quería morir junto a ella era evidentemente desproporcionada: ¡era la segunda vez que la veía en la vida! ¿No se trataba más bien de la histeria de un hombre que en lo más profun­do de su alma ha tomado conciencia de su incapacidad de amar y que por eso mismo empieza a fingir amor ante sí mismo? ¡Y su subconsciente era tan cobarde que había elegido para esa comedia precisamente a una po­bre camarera de una ciudad perdida, que no tenía prácti­camente la menor posibilidad de entrar a formar parte de su vida!
Miraba a través del patio la sucia pared y se daba cuenta de que no sabía si se trataba de histeria o de amor.
Y le dio pena que, en una situación como aquélla, en la que un hombre de verdad sería capaz de tomar inme­diatamente una decisión, él dudase, privando así de su significado al momento más hermoso que había vivido jamás (estaba arrodillado junto a su cama y pensaba que no podría sobrevivir a su muerte).
Se enfadó consigo mismo, pero luego se le ocurrió que en realidad era bastante natural que no supiera qué quería:
El hombre nunca puede saber qué debe querer, por­que vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores.
¿ Es mejor estar con Teresa o quedarse solo ?
No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación al­guna. El hombre lo vive todo a la primera y sin prepara­ción. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la pa­labra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro.
«Einmal ist keinmal», repite Tomás para sí el prover­bio alemán. Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.


4
Pero luego, un día, en un descanso entre dos opera­ciones, la enfermera le avisó que le llamaban al teléfono. En el auricular oyó la voz de. Teresa. Le llamaba desde la estación. Se alegró. Era una lástima que para esa mis­ma noche ya hubiera quedado en ir a visitar a unos ami­gos, de modo que la invitó a venir a su casa al día siguiente. En cuanto colgó se arrepintió de no haberle di­cho que viniera en seguida. ¡Si aún tenía tiempo de apla­zar la visita! Se puso a pensar en qué podría hacer Teresa en Praga teniendo que esperar nada menos que treinta y seis horas hasta verlo, y le dieron ganas de coger el co­che e ir a buscarla por las calles de la ciudad.
Llegó al día siguiente al anochecer, llevaba un bolso colgado del hombro con una correa larga y le pareció más elegante que la otra vez. Tenía en la mano un libro grueso. Era Ana Karenina de Tolstoi. Su comportamien­to era alegre, incluso un tanto ruidoso, y trataba de que pareciera que había ido a verle por casualidad, gracias a una feliz coincidencia: estaba en Praga por motivos de trabajo o quizá (sus explicaciones eran muy confusas) para ver si encontraba un trabajo.
Estaban acostados, más tarde, desnudos y fatigados, los dos juntos en la cama. Era ya de noche. El le pre­guntó dónde se alojaba, para llevarla en coche. Le res­pondió tímidamente que todavía no había buscado hotel y que la maleta la tenía en la consigna de la estación.
Ayer mismo había tenido miedo de que, si la invitaba a visitarle en Praga, viniera a ofrecerle toda su vida. Cuando ahora le dijo que tenía la maleta en la consigna, se dio cuenta de inmediato de que en esa maleta estaba toda la vida de ella y de que la había dejado momentá­neamente en la estación antes de ofrecérsela.
Cogió el coche que estaba aparcado delante del edifi­cio, fue hasta la estación, recogió la maleta (era grande y enormemente pesada) y regresó a casa, con la maleta y con ella.
¿Cómo es posible que se decidiera con tanta rapidez cuando había estado casi catorce días dudando y sin ser capaz de enviarle ni siquiera una postal con un saludo?
El mismo estaba sorprendido. Estaba actuando en contra de sus principios. Hace diez años se divorció de su primera mujer y vivió el divorcio con el ánimo festi­vo con que otros celebran su boda. Se daba cuenta de que no había nacido para convivir con una mujer y de que sólo podía encontrarse plenamente a sí mismo viviendo como un solterón. Puso todo su empeño en organizarse tal sistema de vida que nunca pudiera ya en­trar en su casa una mujer con su maleta. Ese era el mo­tivo por el cual no tenía en su casa más que una cama. A pesar de que era una cama bastante ancha, Tomás les decía a todas sus amantes que era incapaz de dormir si compartía la cama con alguien y las llevaba a todas a medianoche a sus casas. Por lo demás, la primera vez que Teresa se quedó en su casa con la gripe, nunca dur­mió con ella. La primera noche él la pasó en un sofá grande y la noche siguiente se marchó al hospital, donde tenía su despacho y en él una camilla que utilizaba du­rante las guardias.
Pero esta vez se durmió a su lado. Por la mañana se despertó y comprobó que Teresa, que aún dormía, lo te­nía cogido de la mano. ¿Habrían estado así durante toda la noche? Le parecía difícil creerlo.
Ella respiraba profundamente entre sueños, apretaba su mano (con fuerza, no fue capaz de lograr que se la soltara), y la maleta enormemente pesada estaba a su lado, junto a la cama.
Temía intentar que le soltara la mano, por no desper­tarla, y con mucho cuidado se dio media vuelta hasta apoyarse en un costado para poder observarla mejor.
Volvió a imaginar que Teresa era un niño al que al­guien había colocado en un cesto untado con pez y lo había mandado río abajo. ¡ No se puede dejar que un ces­to con un niño dentro navegue por un río embravecido! ¡Si la hija del faraón no hubiera rescatado de las olas el cesto del pequeño Moisés, no hubiera existido el Anti­guo Testamento ni toda nuestra civilización! Hay tantos mitos que comienzan con alguien que salva a un niño abandonado. ¡Si Pólibo no se hubiera hecho cargo del pequeño Edipo, Sófocles no hubiera escrito su más bella tragedia!

Tomás no se daba cuenta en aquella ocasión de que las metáforas son peligrosas. Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora.


5
Vivió apenas dos años con su primera mujer y conci­bió con ella un hijo. Cuando tramitaron el divorcio, el juez otorgó el niño a la madre y condenó a Tomás a pa­gar por él un tercio de su sueldo. Al mismo tiempo le garantizó que tendría derecho a ver al niño un domingo de cada dos.
Pero cada vez que tenía que ver a su hijo, la madre inventaba alguna excusa. Si les hubiera llevado costosos regalos, seguramente habría habido menos obstáculos para los encuentros. Comprendió que tenía que pagarle a la madre, y pagarle por anticipado, por el cariño del hijo. Se imaginó cómo iba a pretender quijotescamente inculcar en el futuro al hijo sus opiniones, que eran dia-metralmente opuestas a las de la madre. Ya se sentía cansado de antemano. Un domingo, cuando la madre volvió a anular en el último momento una cita con su hijo, decidió de repente que ya no quería volver a verle nunca en la vida.
Además ¿por qué iba a tener que sentir por este niño, al que no lo unía nada más que una noche imprudente, algo más que por otra persona cualquiera? ¡Pagará pun­tualmente lo que le corresponda, pero que nadie le pida que luche por el derecho a su hijo en nombre de quién sabe qué sentimientos paternales!
Por supuesto que nadie estuvo de acuerdo con seme­jante postura. Sus propios padres condenaron su actitud y dijeron que, si Tomás se negaba a interesarse por su hijo, ellos harían lo propio con el suyo. Mantuvieron en cambio excelentes relaciones con la nuera, jactándose ante los amigos de su comportamiento ejemplar y de su sentido de la justicia.
De ese modo consiguió librarse en poco tiempo de su mujer, su hijo, su madre y su padre. Lo único que le quedó de todos ellos fue el miedo a las mujeres. Las de­seaba, pero les tenía miedo. Entre el miedo y el deseo no tenía más remedio que buscar una especie de com­promiso; lo denominaba «amistad erótica». A sus aman­tes les decía: sólo una relación no sentimental, en la que uno no reivindique la vida y la libertad del otro, puede hacer felices a los dos.
Quería tener la seguridad de que la amistad erótica nunca llegaría a convertirse en la agresividad del amor, y por eso mantenía largas pausas entre los encuentros con cada una de sus amantes. Estaba convencido de que éste era un método perfecto y lo propagaba entre sus amigos: «Hay que mantener la regla del número tres. Es posible ver a una mujer varias veces seguidas, pero en tal caso no más de tres veces. También es posible man­tener una relación durante años, pero con la condición de que entre cada encuentro pasen al menos tres semanas».
Este sistema le daba a Tomás la posibilidad de no se­pararse de sus amantes permanentes, teniendo al mismo tiempo una considerable cantidad de amantes pasajeras. No siempre encontraba comprensión. La que mejor le entendía de todas sus amigas era Sabina. Era una pinto­ra. Le decía: «Te quiero porque eres el polo opuesto al kitsch. En el reino del kitsch serías un monstruo. No hay ninguna película rusa o americana en la que pudie­ras existir más que como ejemplo de maldad».
A ella acudió cuando necesitó encontrar un empleo en Praga para Teresa. Tal como lo exigían las reglas tá­citas de la amistad erótica, Sabina le prometió que ha­ría lo posible y, en efecto, pronto encontró un puesto en el laboratorio fotográfico de un semanario. El puesto no requería preparación especial, sin embargo elevó a
Teresa del status de camarera al del gremio de la prensa. Ella misma acompañó a Teresa a la redacción, mientras Tomás decía para sus adentros que jamás había tenido una amiga mejor que Sabina.



6
El acuerdo tácito sobre la amistad erótica presupo­nía que Tomás dejaba el amor fuera de su vida. En cuanto incumpliese esta condición, sus demás amantes se encontrarían en una posición secundaria y se rebela­rían.
Por eso buscó para Teresa un piso de alquiler al que ella tuvo que llevar su pesada maleta. Quería velar por ella, defenderla, disfrutar de su presencia, pero no sen­tía necesidad de cambiar su estilo de vida. Por eso no quería que se supiera que Teresa dormía en su casa. Dormir juntos era, en realidad, el corpus delicti del amor.
Nunca dormía con las demás amantes. Cuando iba a verlas a sus casas, la cuestión era sencilla, podía irse cuando quería. Peor era cuando ellas estaban en casa de él y había que explicarles que a medianoche debía llevar­las a sus casas porque tenía problemas de insomnio y era incapaz de dormir en la inmediata proximidad de otra persona. Aquello no estaba muy lejos de la verdad, pero la causa principal era peor y no se atrevía a contársela: en el mismo momento en que terminaba el acto amoro­so sentía un deseo insuperable de quedarse solo; desper­tarse en medio de la noche junto a una persona extraña le desagradaba; levantarse por la mañana junto con al­guien le producía rechazo; no tenía ganas de que nadie oyese cómo se limpiaba los dientes en el cuarto de baño y la intimidad del desayuno para dos no le atraía.
Por eso se sorprendió tanto cuando se despertó y Te­resa cogía con fuerza su mano. La miraba y no podía entender qué había pasado. Se acordaba de las horas que acababan de pasar y le parecía que de ellas se desprendía el perfume de quién sabe qué felicidad desconocida.
Desde entonces los dos disfrutaban durmiendo jun­tos. Diría casi que el objetivo del acto amoroso no era para ellos el placer sino el sueño que venía después de aquél. Ella, en particular, no podía dormir sin él. Cuan­do alguna vez se quedaba sola en su piso alquilado (que iba convirtiéndose cada vez más en una simple tapade­ra), no podía conciliar el sueño en toda la noche. En sus brazos se dormía por más excitada que estuviera. El le susurraba al oído historias que inventaba para ella, cosas sin sentido, palabras que repetía monótonamente, con­soladoras o chistosas. Aquellas palabras se convertían en visiones confusas que la transportaban hasta el primer sueño. Tenía el sueño de ella totalmente en su poder y ella se dormía en el instante que él elegía.
Cuando dormían, se aferraba a él como la primera noche: se cogía con fuerza de su muñeca, de su dedo, de su tobillo. Si quería alejarse sin despertarla, debía utilizar algún truco. Liberaba el dedo (la muñeca, el tobillo) de su encierro, lo cual siempre la despertaba a medias, por­que ni aun dormida dejaba de vigilar atentamente lo que él hacía. Se calmaba cuando en lugar de su muñeca po­nía en su mano algún objeto (un pijama retorcido, un zapato, un libro) que ella luego apretaba firmemente como si fuera parte del cuerpo de él.
Una vez, mientras la adormecía y ella no había pasa­do aún de la primera antesala del sueño, de modo que todavía era capaz de responder a sus preguntas, le dijo: «Bueno. Yo ahora me voy». «¿Adonde?», le preguntó. «Me voy», dijo con voz severa. «¡Voy contigo!», dijo y se incorporó. «No, no puedes. Me voy para siempre», dijo y salió de la habitación al vestíbulo. Ella se levantó y con los ojos entrecerrados fue tras él. No llevaba más
que un camisón corto, sin nada debajo. Su cara perma­necía impasible, inexpresiva, pero sus movimientos eran enérgicos. El salió del vestíbulo al pasillo (el pasillo co­mún del edificio) y cerró la puerta. Ella la abrió brusca­mente y fue tras él, convencida en su sueño de que que­ría irse para siempre y de que debía detenerlo. El bajó las escaleras hasta el primer descansillo y allí la esperó. Ella llegó hasta él, lo cogió de la mano y se lo llevó de regreso a la cama.
Tomás se decía: hacer el amor con una mujer y dor­mir con una mujer son dos pasiones no sólo distintas sino casi contradictorias. El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se pro­duce en relación con una única mujer).



7
En medio de la noche empezó a gemir en sueños. To­más la despertó, pero al ver su cara le dijo con odio: «¡Vete! ¡Vete!». Después le contó lo que había soñado: estaban en algún lugar juntos ellos dos y Sabina. Entra­ron en una habitación grande. En medio había una cama, como en un escenario de teatro. Tomás le ordenó que se quedara de pie en un rincón y después, delante de ella, hizo el amor con Sabina. Esa visión le producía un dolor que no podía soportar. Quería interrumpir el dolor del alma mediante el dolor del cuerpo y se metía agujas en las uñas. «Dolía tanto», decía, y mantenía los puños ce­rrados como si los dedos estuvieran heridos de verdad.
La abrazó y ella lentamente (aún estuvo mucho tiem­po temblando) fue durmiéndose en sus brazos.
Cuando, al día siguiente, volvió a pensar en aquel
sueño, recordó algo. Abrió el cajón del escritorio y sacó un paquete de cartas que le había enviado Sabina. Pron­to encontró el siguiente párrafo: «Quisiera hacer el amor contigo en mi estudio, como en un escenario. Al­rededor habría gente y no podrían acercarse ni un paso. Pero no podrían quitarnos los ojos de encima...».
Lo peor era que la carta llevaba fecha. Era reciente, de una época en la que hacía tiempo ya que Teresa vivía en casa de Tomás.
«¡Has estado revolviendo mis cartas!», le espetó.
No lo negó y dijo: «¡Entonces échame!».
Pero no la echó. Tenía la imagen de ella ante los ojos, pegada a la pared del estudio de Sabina, clavándose agu­jas bajo las uñas. Cogió sus dedos, los acarició, se los lle­vó a los labios y los besó como si aún hubiera en ellos huellas de sangre.
Pero a partir de entonces fue como si todo se aliara en contra suya. Casi todos los días ella se enteraba de al­gún detalle de la vida amorosa secreta de él.
Al principio él lo había negado todo. Cuando las pruebas se hicieron demasiado evidentes, procuró de­mostrar que su poligamia no era en nada contradictoria con su amor por ella. No era consecuente: a ratos nega­ba sus infidelidades y a ratos volvía a justificarlas.
Una vez llamó a una mujer para quedar con ella. Al terminar la conversación oyó un extraño sonido que ve­nía de la habitación contigua, como un sonoro castañe­teo de dientes.
Por casualidad, ella había ido a su casa sin que él lo advirtiese. Llevaba en la mano un frasco de calmante, se lo estaba bebiendo y el temblor de la mano hacía que el cristal le golpeara los dientes.
Se lanzó hacia ella como si la salvara de un naufragio. El frasco con la valeriana cayó al suelo y estropeó la al­fombra. Ella se resistió, quería soltarse, y él tuvo que mantenerla abrazada durante un cuarto de hora como con una camisa de fuerza antes de conseguir calmarla.
Sabía que la situación en la que se encontraba no te­nía justificación posible, porque se asentaba en una ab­soluta desigualdad.
Antes de que ella descubriera su correspondencia con Sabina habían estado con un grupo de amigos en un bar. Celebraban el nuevo empleo de Teresa. Había deja­do el laboratorio y se había convertido en fotógrafa del semanario. Como a él no le gustaba bailar, un joven co­lega se hizo cargo de Teresa. El aspecto que tenían en la pista de baile era estupendo y Teresa le parecía más her­mosa que nunca. Advertía asombrado con qué precisión y obediencia Teresa se adelantaba en una fracción de se­gundo a la voluntad de su compañero. Era como si aquel baile demostrara que su espíritu de sacrificio, aquella especie de deseo entusiástico de hacer todo lo que quería Tomás, antes de que él lo dijera, no estuviera ni mucho menos necesariamente ligado a la personali­dad de Tomás, sino a punto para responder a la llamada de cualquier otro hombre que encontrara en su lugar. Nada rnás fácil que imaginar que Teresa y su compañero eran amantes. ¡La facilidad con que podía evocarse aquella imagen le dolía! Se dio cuenta de que el cuerpo de Teresa, sin el menor inconveniente, era imaginable unido amorosamente a cualquier otro cuerpo masculino y le dio un ataque de malhumor. No reconoció que esta­ba celoso hasta muy entrada la noche, cuando regresa­ron a casa.
Aquellos celos absurdos, que no se referían más que a una posibilidad teórica, eran la prueba de que considera­ba que su fidelidad era una condición imprescindible. ¿Cómo podía entonces reprocharle que ella tuviera celos de sus amantes, éstas sí absolutamente reales?


8
Durante el día, Teresa trataba (aunque con éxito sólo parcial) de creer en lo que decía Tomás y de estar alegre como lo había estado hasta entonces. Pero los celos do­mados durante el día se manifestaban con tanta mayor fiereza en sus sueños, que terminaban siempre en un la­mento del que él tenía que despertarla.
Los sueños se repetían como variaciones sobre temas o como seriales de televisión. Con frecuencia se reite­raban, por ejemplo los sueños sobre gatas que le salta­ban a la cara y le clavaban las uñas. Podemos encontrar una explicación bastante sencilla para esto: en el argot checo, gata es la denominación de una mujer guapa. Te­resa se sentía amenazada por las mujeres, por todas las mujeres. Todas las mujeres eran amantes en potencia de Tomás y ella les tenía miedo.
En otro ciclo de sueños, la enviaban a la muerte. Una vez, en medio de la noche, él la despertó cuando gritaba aterrorizada y ella le contó: «Había una gran piscina cu­bierta. Seríamos unas veinte. Todas mujeres. Todas está­bamos desnudas y teníamos que marchar alrededor de la piscina. Del techo colgaba un cesto y dentro de él había un hombre de pie. Llevaba un sombrero de ala ancha que dejaba en sombras su cara, pero yo sabía que eras tú. Nos dabas órdenes. Gritabas. Mientras marchábamos teníamos que cantar y hacer flexiones. Cuando alguna hacía mal la flexión, tú le disparabas con una pistola y ella caía muerta a la piscina. Y en ese momento todas empezaban a reírse y a cantar en voz aún más alta. Tú no nos quitabas los ojos de encima y, cuando alguna volvía a hacer algo mal, le disparabas. La piscina estaba llena de cadáveres que flotaban justo debajo de la superficie del agua. ¡Y yo me daba cuenta de que ya no tenía fuerza para hacer la siguiente flexión y de que me ibas a matar!».
El tercer ciclo de sueños se refería a ella ya muerta.
Yacía en un coche fúnebre grande como un camión
de mudanzas. A su lado no había más que mujeres muertas. Había tantas que las puertas tenían que quedar abiertas y las piernas de algunas sobresalían.
Teresa gritaba: «¡Si yo no estoy muerta! ¡Si lo siento todo!».
«Nosotras también lo sentimos todo», reían los cadá­veres.
Reían exactamente con la misma risa que aquellas mujeres vivas que alguna vez le habían dicho con satis­facción que era del todo normal que ella tuviera un día los dientes estropeados, los ovarios enfermos y arrugas en la cara, porque ellas también tenían los dientes estro­peados, los ovarios enfermos y arrugas en la cara. ¡Con la misma risa ahora le explicaban que estaba muerta y que así es cómo tenía que ser!
De pronto sintió ganas de hacer pis. Gritó: «¡Pero si tengo ganas de hacer pis! ¡Eso prueba que no estoy muerta!».
Y ellas volvieron a reírse: «¡ Es normal que tengas ga­nas de hacer pis! Todas esas sensaciones permanecerán durante mucho tiempo. Es como cuando a alguien le amputan una mano y sigue sintiéndola mucho después. Nosotras ya no tenemos orina y sin embargo siempre te­nemos ganas de hacer pis».Teresa se abrazó en la cama a Tomás: «¡Y todas me tuteaban, como si me conocieran de toda la vida, como si fueran amigas mías y yo sentía pánico de tener que quedarme con ellas para siempre!».



9
Todos los idiomas derivados del latín forman la pala­bra «compasión» con el prefijo «com-» y la palabra pas-sio que. significaba originalmente «padecimiento». Esta
palabra se traduce a otros idiomas, por ejemplo al checo, al polaco, al alemán, al sueco, mediante un sustantivo compuesto de un prefijo del mismo significado, seguido de la palabra «sentimiento»; en checo: sou-cit; en polaco: wspól-czucie; en alemán: Mit-gefühl; en sueco: med-kánsla.
En los idiomas derivados del latín, la palabra «com­pasión» significa: no podemos mirar impertérritos el su­frimiento del otro; o: participamos de los sentimientos de aquel que sufre. En otra palabra, en la francesa pitié (en la inglesa pity, en la italiana pieta, etc.), que tiene aproximadamente el mismo significado, se nota incluso cierta indulgencia hacia aquel que sufre. Avoir de la pifié pour une femme significa que nuestra situación es mejor que la de la mujer, que nos inclinamos hacia ella, que nos rebajamos.
Este es el motivo por el cual la palabra «compasión» o «piedad» produce desconfianza; parece que se refiere a un sentimiento malo, secundario, que no tiene mucho en común con el amor. Querer a alguien por compasión significa no quererlo de verdad.
En los idiomas que no forman la palabra «compa­sión» a partir de la raíz del «padecimiento» (passio), sino del sustantivo «sentimiento», estas palabras se utilizan aproximadamente en el mismo sentido, sin embargo es imposible afirmar que se refieran a un sentimiento se­cundario, malo. El secreto poder de su etimología ilumi­na la palabra con otra luz y le da un significado más am­plio: tener compasión significa saber vivir con otro su desgracia, pero también sentir con él cualquier otro sen­timiento: alegría, angustia, felicidad, dolor. Esta compa­sión (en el sentido de jvspó/czucie, Mitgefübl, madkansld] significa también la máxima capacidad de imaginación sensible, el arte de la telepatía sensible; es en la jerarquía de los sentimientos el sentimiento más elevado.
Cuando Teresa soñó que se clavaba agujas entre las uñas, reveló así que había espiado en los cajones de To­más. Si se lo hubiera hecho alguna otra mujer, no hubie-ra vuelto a hablar con ella en la vida. Teresa lo sabía y por eso le dijo: «¡Entonces, échame!». Pero no sólo no la echó, sino que le cogió la mano y le besó las yemas de los dedos, porque en ese momento él mismo sentía el dolor debajo de las uñas de ella, como si los nervios de sus de­dos condujeran directamente a la corteza cerebral de él. Un hombre que no goce del diabólico regalo denomi­nado compasión no puede hacer otra cosa que condenar lo que hizo Teresa, porque la vida privada del otro es sa­grada y los cajones que contienen su correspondencia íntima no se abren. Pero como la compasión se había convertido en el sino (o la maldición) de Tomás, le pa­reció que había sido él mismo quien había estado arro­dillado ante el cajón abierto del escritorio, sin poder separar los ojos de las frases que había escrito Sabina. Comprendía a Teresa y no sólo era incapaz de enfadarse con ella, sino que la quería aún más.



10
Los gestos de Teresa se volvían cada vez más bruscos y alterados. Habían pasado dos años desde que descu­brió sus infidelidades y la situación era cada vez peor. No tenía salida.
¿Es que realmente no podía abandonar sus amistades eróticas? No podía. Eso le hubiera destrozado. No tenía fuerzas suficientes para dominar su apetito por las de­más mujeres. Además le parecía innecesario. Nadie sabía mejor que él que sus aventuras no amenazaban para nada a Teresa. ¿Por qué iba a prescindir de ellas? Le pa­recía igualmente absurdo que pretender renunciar a ir al fútbol.
¿Pero podía aún hablarse de satisfacción? En el mis­mo momento en que salía a ver a alguna de sus aman-
tes, notaba una sensación de rechazo hacia ella y se pro­metía que era la última vez que iría a verla. Tenía ante sí la imagen de Teresa y para no pensar en ella necesitaba emborracharse rápidamente. ¡Desde que conocía a Tere­sa era incapaz de hacer el amor con otras mujeres sin al­cohol! Pero precisamente el aliento que sabía a alcohol era la huella que le permitía a Teresa comprobar con mayor facilidad sus infidelidades.
Había caído en la trampa: en cuanto iba tras ellas, de­saparecían sus apetencias, pero bastaba un día sin ellas para que marcara algún número de teléfono y fijara un encuentro.
Con Sabina se sentía un poco mejor, porque sabía que era discreta y que no había peligro de que lo pusiera en evidencia. Su estudio le daba la bienvenida como un re­cuerdo de su vida pasada, la idílica vida de un hombre soltero.
Quién sabe si él mismo se daba cuenta de cuánto ha­bía cambiado: tenía miedo de llegar tarde a casa porque allí le esperaba Teresa. En cierta ocasión, Sabina advir­tió que Tomás observaba el reloj mientras hacían el amor y trataba de acelerar su culminación.
Ella se dedicó entonces a pasearse lentamente por el estudio y se detuvo ante un cuadro que estaba sin termi­nar en el caballete mirando de reojo a Tomás que se ves­tía apresuradamente.
Ya estaba vestido, sólo tenía un pie descalzo. Echó una mirada a su alrededor y se puso a gatas, buscando algo debajo de la mesa.
Ella le dijo: «Cuando te miro, tengo la sensación de que te estás convirtiendo en el eterno tema de mis cua­dros. El encuentro entre dos mundos. La doble exposi­ción. Tras la silueta de Tomás el libertino reluce la in­creíble figura del enamorado romántico. O al revés: a través de la figura del Tristán que no piensa más que en su Teresa se vislumbra el hermoso mundo traicionado por el libertino».
Tomás se puso de pie; oía las palabras de Sabina sin prestarles atención.
—¿Qué estás buscando? —le preguntó.
—Un calcetín.
Registraron juntos la habitación y él volvió a ponerse a gatas y a buscar debajo de la mesa.
—Aquí no hay ningún calcetín tuyo —dijo Sabina-. Se­guro que no lo has traído.
—Cómo no lo iba a traer —gritó Tomás mirando el re­loj—. ¡No iba a venir con un solo calcetín!
—Es una posibilidad que no hay que descartar. Últi­mamente andas muy distraído. Siempre vas con prisa, mirando el reloj y no es de extrañar que te olvides de ponerte un calcetín.
Estaba ya decidido a ponerse el zapato sin calcetín.
—Afuera hace frío —dijo Sabina—. Te presto una me­dia mía.
Le dio una media larga blanca, de ganchillo.
El sabía perfectamente que aquélla era una venganza por haber mirado el reloj mientras hacían el amor. Sabina había escondido su calcetín en alguna parte. Hacía frío de verdad y no le quedaba más remedio que aceptarla. Se fue a su casa con un calcetín en un pie y una media blanca de mujer en el otro, arremangada sobre el tobillo.Su situación no tenía salida: para sus amantes estaba marcado con la oprobiosa señal de su amor a Teresa y, para Teresa, con la oprobiosa señal de sus aventuras con sus amantes.



11
Para mitigar sus sufrimientos se casó con ella (por fin pudieron dejar el piso de alquiler en el que hacía tiempo ella ya no vivía) y le consiguió un cachorro.
La madre era una San Bernardo de un compañero suyo. El padre de los cachorros, el pastor alemán de los vecinos. Nadie quería a los pequeños bastardos y a su compañero le daba pena sacrificarlos.
Tomás elegía uno de los cachorros a sabiendas de que los que no eligiera iban a tener que morir. Se sentía como un presidente de la república cuando tiene ante sí a cuatro condenados a muerte y sólo puede indultar a uno. Al fin eligió un cachorro, una perrita cuyo cuerpo parecía recordar al del pastor mientras que la cabeza era la de la madre, la San Bernardo. Lo llevó a Teresa. Co­gió la perrita, la apretó contra su pecho e inmediatamen­te le meó la blusa.
Se pusieron a buscarle un nombre. Tomás quería que por el nombre se supiera que el perro era de Teresa y se acordó del libro que llevaba bajo el brazo cuando llegó a Praga sin avisar. Propuso que al cachorro lo llamaran Tolstoi.
—No puede llamarse Tolstoi —replicó Teresa— porque es una señorita. Podría ser Ana Karenina.
—No puede ser Ana Karenina, porque ninguna mujer puede tener un morro tan chistoso como éste —dijo To­más—. Se parece más bien a Karenin. Sí, el señor Kare-nin. Así es como me lo imaginaba.
—¿Pero no afectará a su sexualidad que la llamemos Karenin?
—Es posible que una perra a la que sus amos llaman permanentemente como a un perro desarrolle tenden­cias lesbianas.
Las palabras de Tomás se hicieron realidad de un modo curioso. A pesar de que habitualmente las perras tienen más apego a sus amos que a sus amas, en el caso de Karenin era al revés. Decidió enamorarse de Teresa. Tomás le estaba agradecido. Le acariciaba la cabeza y le decía: «Haces bien Karenin. Esto es precisamente lo que yo quería de ti. Si yo solo no basto, tú tienes que ayu­darme».Pero ni aún con la ayuda de Karenin logró hacerla fe­liz. Se dio cuenta de ello aproximadamente al décimo día en que su país fuera ocupado por los tanques rusos. Era el mes de agosto de 1968 y a Tomás le llamaba todos los días por teléfono el director del hospital de Zurich con el que se habían hecho amigos en alguna conferen­cia internacional. Temía por lo que le pudiera pasar y le ofrecía un puesto de trabajo.



12
Si Tomás rechazaba la oferta del suizo casi sin pensar­lo era por Teresa. Suponía que no iba a querer marchar­se. Además ella había pasado los siete primeros días de la ocupación en una especie de éxtasis que casi parecía felicidad. Andaba por la calle con su cámara repartiendo fotos a los periodistas extranjeros que se pegaban por obtenerlas. En cierta ocasión, mientras con excesivo descaro fotografiaba de cerca a un oficial que apuntaba con su revólver a la gente, la detuvieron y le hicieron pasar la noche en un puesto de mando ruso. La amena­zaron con fusilarla, pero en cuanto la dejaron en liber­tad, volvió a salir a la calle y volvió a hacer fotos.
Por eso Tomás se quedó sorprendido cuando al déci­mo día de la ocupación le dijo:
—¿Y tú por qué no quieres ir a Suiza?
—¿Y por qué iba a tener que irme?
—Aquí tienen cuentas pendientes contigo.
—¿Y con quién no las tienen? —dijo Tomás con un gesto de despreocupación—. Pero dime: ¿tú serías capaz de vivir en el extranjero ?
—¿Y por qué no?
—Te he visto arriesgar tu vida por este país. ¿Cómo es posible que ahora estés dispuesta a abandonarlo?
—Desde que volvió Dubcek todo ha cambiado —dijo Teresa.
Era verdad: la euforia general sólo duró los siete pri­meros días de la ocupación. Las autoridades del país ha­bían sido capturadas por el ejército ruso como si fueran criminales, nadie sabía dónde estaban, todos temblaban por su vida y el odio a los rusos embriagaba cual alcohol a la gente. Era una fiesta ebria de odio. Las ciudades checas estaban adornadas con miles de carteles pintados a mano, con textos irónicos, epigramas, poemas, carica­turas de Brezhnev y su ejército, del que todos se reían como de una banda de analfabetos. Pero no hay fiesta que dure eternamente. Mientras tanto, los rusos obliga­ron a los representantes del Estado detenidos a firmar en Moscú una especie de compromiso. Dubcek regresó con ellos a Praga y después leyó en la radio su discurso. Tras seis días de cárcel estaba tan destrozado que no po­día hablar, se atragantaba, se quedaba sin aliento, de modo que entre frase y frase había pausas interminables que duraban casi medio minuto.
El compromiso alcanzado salvó al país de lo peor: de los fusilamientos y de las deportaciones en masa a Siberia que espantaban a todos. Pero uña cosa ya estaba clara: Bohemia iba a tener que inclinarse ante el conquistador; iba a tener que atragantarse ya para siempre, que tarta­mudear, que quedarse sin aliento como Alexander Dub­cek. Se había acabado la fiesta. Habían llegado los xlías hábiles de la humillación.
Todo esto se lo decía Teresa a Tomás y él sabía que era verdad, pero que por debajo de esa verdad había otro motivo más, aún más esencial, para que Teresa qui­siera irse de Praga: no era feliz con la vida que había llevado hasta entonces.
Los días más hermosos de su vida los había vivido fo­tografiando en las calles a los soldados rusos y expo­niéndose al peligro. Fueron los únicos días en los que el serial televisivo de sus sueños se interrumpió y sus no-
ches fueron felices. Los rusos le trajeron en sus tanques el equilibrio interior. Ahora, terminada ya la fiesta, vuel­ve a tener miedo de sus noches y querría huir de ellas. Sabe ya que hay situaciones en las que es capaz de sen­tirse fuerte y satisfecha y por eso desea ir a recorrer el mundo, con la esperanza de volver a encontrar situacio­nes similares.
—¿Y no te importa —le preguntó Tomás— que Sabina también haya emigrado a Suiza?
-Ginebra no es Zurich -dijo Teresa-. Seguro que allí me molestará menos de lo que me molestaba en Praga.La persona que desea abandonar el lugar en donde vive no es feliz. Por eso Tomás aceptó el deseo de emi­grar de Teresa, como el culpable acepta la condena. Se sometió a ella y un buen día se encontró, con Teresa y Karenin, en la mayor ciudad de Suiza.



13
Compró una cama para el piso vacío (aún no tenían dinero para los demás muebles) y se puso a trabajar con la furia de una persona que empieza una nueva vida des­pués de los cuarenta.
Llamó varias veces a Sabina a Ginebra. Había tenido la suerte de que una exposición de cuadros suyos se inaugurara una semana antes de la invasión rusa, de modo que los suizos amantes de la pintura se dejaron llevar por la ola de simpatía hacia el pequeño país y compraron todos sus cuadros.
«Gracias a los rusos me he hecho rica», bromeaba por teléfono e invitaba a Tomás a visitarla en su nuevo estudio que al parecer no era muy distinto del que To­más conocía ya de Praga.
Le hubiera gustado visitarla pero no encontraba dis-
culpa alguna que justificara su viaje ante Teresa. Así que Sabina vino a Zurich. Se alojó en un hotel. Tomás fue a visitarla al terminar su jornada de trabajo, llamó por te­léfono desde la recepción y subió a su habitación. Ella le abrió la puerta y apareció ante él con sus hermosas y lar­gas piernas, sin vestir, sólo con el sujetador y las bragas. En la cabeza llevaba un sombrero hongo negro. Le miró largamente, inmóvil y sin decir palabra. Tomás también permanecía en silencio. De pronto se dio cuenta de que estaba emocionado. Le quitó el sombrero y lo colocó encima de la mesa, junto a la cama. Después hicieron el amor sin decir ni una sola palabra.
Cuando salió del hotel hacia su casa de Zurich (en la que ya desde hacía tiempo había una mesa, sillas, sillo­nes, alfombra) se dijo, feliz, que llevaba consigo su modo de vida igual que un caracol su casa. Teresa y Sa­bina representaban los dos polos de su vida, dos polos lejanos, irreconciliables, y sin embargo ambos hermosos.
Sólo que precisamente porque él llevaba consigo su modo de vida a todas partes, como parte de su cuerpo, Teresa seguía teniendo los mismos sueños.
Llevaban ya en Zurich seis o siete meses cuando llegó una noche tarde a casa y encontró encima de la mesa una carta. Ella le comunicaba que había regresado a Pra­ga. Regresaba porque no tenía fuerzas para vivir en el extranjero. Sabía que debía haberle servido de apoyo a Tomás, pero sabía también que no era capaz de hacerlo. Había pensado ingenuamente que en el extranjero cam­biaría. Había creído que después de lo que había vivido durante los días de la ocupación ya no volvería a ser puntillosa, que se volvería mayor, sagaz, fuerte, pero se había sobreestimado. Es para él una carga y no quiere serlo. Quiere sacar las conclusiones pertinentes antes de que sea demasiado tarde. Y le pide disculpas por haberse llevado a Karenin.
Tomó un somnífero fuerte y a pesar de eso no se durmió hasta la madrugada. Por suerte era sábado y po-día quedarse en casa. Analizaba la situación por quin­cuagésima vez: las fronteras entre su país y el resto del mundo ya no están abiertas como cuando emprendieron el viaje. Ya no hay telegrama ni teléfono alguno que sea capaz de devolverle a Teresa. Las autoridades no la deja­rán salir. Su partida es increíblemente definitiva.



14
La conciencia de que era absolutamente impotente le hizo el efecto de un mazazo, pero al mismo tiempo lo tranquilizó. Nadie le obligaba a tomar ninguna decisión. No tiene que mirar a la pared del edificio de enfrente y preguntarse si quiere o no vivir con ella. Teresa lo ha decidido todo por su cuenta.
Fue al restaurante a almorzar. Estaba triste pero du­rante la comida pareció como si la desesperación inicial se hubiera fatigado, como si hubiera perdido fuerza y no hubiera quedado de ella más que melancolía. Miraba ha­cia atrás, hacia los años que había vivido con ella, y le parecía que su historia común no podía haberse cerrado mejor de lo que se había cerrado. Si aquella historia la hubiera inventado otra persona, no hubiera podido ter­minarla de otro modo:
Teresa llegó un día a su lado sin que él la hubiera in­vitado. Otro día, del mismo modo, se fue. Llegó con una pesada maleta. Con una pesada maleta se fue.
Pagó, salió del restaurante y se puso a pasear por las calles, lleno de una melancolía que se hacía cada vez más hermosa. Había pasado siete años de su vida con Teresa y ahora comprobaba que aquellos años eran más hermo­sos en el recuerdo que cuando los había vivido.
El amor que había entre él y Teresa era bello, pero también fatigoso: tenía que estar permanentemente
ocultando algo, disfrazándolo, fingiendo, arreglándolo, manteniéndola contenta, consolándola, demostrando ininterrumpidamente su amor, siendo acusado por sus celos, por su sufrimiento, por sus sueños, sintiéndose culpable, justificándose y disculpándose. Aquel esfuerzo había desaparecido ahora y permanecía la belleza.
Se acercaba la noche del sábado, por primera vez pa­seaba solo por Zurich y aspiraba al perfume de su liber­tad. Detrás de cada esquina se escondía la aventura. El futuro había vuelto a convertirse en un secreto. Su vida de soltero le había sido devuelta, una vida para la cual antes estaba seguro de haber nacido, seguro de que era la única que le permitía ser tal como de verdad era.
Hacía ya siete años que vivía atado a Teresa y cada uno de sus pasos era observado por los ojos de ella. Era como si le hubiera atado al tobillo una bola de hierro. Su paso era ahora, de pronto, mucho más ligero. Casi flotaba. Se hallaba en el campo mágico de Parménides: disfrutaba de la dulce levedad del ser.
(¿Tenía ganas de telefonear a Sabina a Ginebra? ¿De llamar a alguna de las mujeres que había conocido en Zurich en los últimos meses? No, no tenía la menor in­tención de hacerlo. Intuía que, si se reuniera con alguna mujer, el recuerdo de Teresa se haría al instante inso­portablemente doloroso.)


15
Aquel extraño encantamiento melancólico duró hasta el domingo por la noche. El lunes todo cambió. Teresa irrumpió en su mente: sentía el estado de ánimo de ella cuando le escribía la carta de despedida; sentía cómo le. temblaban las manos; la veía arrastrando la pesada male­ta en una mano, la correa de Karenin en la otra; se la
imaginaba abriendo la cerradura de la casa de Praga y sentía en su propio corazón la orfandad de la soledad que la envolvía al abrir la puerta.
Durante aquellos dos hermosos días de melancolía su compasión no había hecho más que descansar. La com­pasión dormía, como duerme el minero el domingo des­pués de una serrana de trabajo duro para el lunes poder bajar otra vez al tajo.
Atendía a un paciente y, en lugar de verlo a él, veía a Teresa. El mismo se lo reprochaba: ¡no pienses en ella! ¡No pienses en ella! Se decía: precisamente porque estoy enfermo de compasión, es bueno que se haya ido y que ya no la vea. ¡Tengo que liberarme, no de ella, sino de mi compasión, de esa enfermedad que antes no conocía y con cuyo bacilo me contagió!
El sábado y el domingo sintió la dulce levedad del ser, que se acercaba a él desde las profundidades del fu­turo. El lunes cayó sobre él un peso hasta entonces des­conocido. Las toneladas de hierro de los tanques rusos no eran nada en comparación con aquel peso. No hay nada más pesado que la compasión. Ni siquiera el pro­pio dolor es tan pesado como el dolor sentido con al­guien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos.
Se hacía reproches para no rendirse a la compasión y la compasión lo oía con la cabeza gacha, como si se sin­tiera culpable. La compasión sabía que se estaba aprove­chando de sus poderes y sin embargo se mantenía calla­damente en sus trece, de modo que al quinto día de la partida de ella Tomás le comunicó al director del hospi­tal (al mismo que después de la invasión rusa le llamaba a diario a Praga) que debía regresar de inmediato. Le daba vergüenza. Sabía que su actitud tenía que parecerle al director irresponsable e imperdonable. Tenía ganas de confesárselo todo, de hablarle de Teresa y de la carta que había dejado para él en la mesa. Pero no lo hizo. Desde el punto de vista de un médico suizo, la actua-
ción de Teresa tenía que parecer histérica y antipática. Y Tomás no estaba dispuesto a permitir que nadie pensase mal de ella.
El director estaba verdaderamente afectado.
Tomás se encogió de hombros y dijo: «Es muss sein. Es muss sein».
Era una alusión. La última frase del último cuarteto de Beethoven está escrita sobre estos dos motivos:
Para que el sentido de estas palabras quedase del todo claro, Beethoven encabezó toda la frase final con las si­guientes palabras: «Der schwer gefasste Entschluss»: «Una decisión de peso».
Con aquella alusión a Beethoven, Tomás volvía a re­ferirse, en realidad, a Teresa, porque había sido precisa­mente ella la que le había obligado a comprar los discos de los cuartetos y las sonatas de Beethoven.
La alusión resultó más adecuada de lo que él hubiera podido suponer, porque el director era un gran aficiona­do a la música. Se sonrió ligeramente y dijo en voz baja, imitando la melodía de Beethoven: «Muss es sein?»
Tomás dijo una vez más: «Ja, es muss sein».



16
A diferencia de Parménides, para Beethoven el peso era evidentemente algo positivo. «Der Schwer gefasste Entschluss», una decisión de peso, va unida a la voz del Destino («es muss sein»); el peso, la necesidad y el valor
son tres conceptos internamente unidos: sólo aquello que es necesario, tiene peso; sólo aquello que tiene peso,
vale.
Esta convicción nació de la música de Beethoven y, aunque es posible (y puede que hasta probable) que sus autores hayan sido más bien los comentaristas de Beet­hoven y no el propio compositor, hoy la compartimos casi todos: la grandeza del nombre consiste en que carga con su destino como Atlas cargaba con la esfera celeste a sus espaldas. El héroe de Beethoven es un levantador de pesos metafísicos.
Tomás partió hacia la frontera suiza y yo me imagino al propio Beethoven, melenudo y huraño, dirigiendo la orquesta de los bomberos locales y tocándole, para su despedida de la emigración, una marcha llamada «Es muss sein!».
Pero luego Tomás atravesó la frontera checa y se topó con una columna de tanques soviéticos. Tuvo que detener el coche en un cruce de caminos y esperar me­dia hora a que pasaran. Un horrible soldado en unifor­me negro dirigía el tráfico en el cruce, como si todas las carreteras checas fueran de su propiedad.
«Es muss sein», repetía Tomás, pero pronto empezó a dudarlo: ¿de verdad tenía que ser así?
Sí, era insoportable permanecer en Zurich e imagi­narse a Teresa viviendo sola en Praga.
¿Pero cuánto tiempo le torturaría la compasión? ¿Toda la vida? ¿O todo un año? ¿O un mes? ¿O sólo una semana?
¿Cómo podía saberlo? ¿Cómo podía comprobarlo?
Cualquier colegial puede hacer experimentos durante la clase de física y comprobar si determinada hipótesis científica es cierta. Pero el hombre, dado que vive sólo una vida, nunca tiene la posibilidad de comprobar una hipótesis mediante un experimento y por eso nunca lle­ga a averiguar si debía haber prestado oído a su senti­miento o no.
Con estos pensamientos abrió la puerta de la casa. Karenin le saltó a la cara y le hizo así más fácil el mo­mento del encuentro. Las ganas de abrazar a Teresa (unas ganas que aún sentía en Zurich, en el momento de subir al coche) habían desaparecido por completo. Le parecía que estaba frente a ella en medio de una planicie nevada y que los dos temblaban de frío.



17
Desde el primer día de la ocupación, los aviones ru­sos volaban durante toda la noche sobre Praga. Tomás se había desacostumbrado a aquel ruido y no podía dormir.
Daba vueltas en la cama mientras Teresa dormía y se acordaba de lo que había dicho hacía tiempo en una conversación intrascendente. Estaban hablando de su amigo Z. y ella afirmó: «Si no te hubiera encontrado a ti, seguro que me hubiera enamorado de él».
Ya en esa ocasión aquellas palabras le produjeron a Tomás una extraña melancolía. Y es que de pronto se dio cuenta de que era mera casualidad el que Teresa lo amase a él y no a su amigo Z. Se dio cuenta de que, ade­más del amor de ella por Tomás, hecho realidad, existe en el reino de lo posible una cantidad infinita de amores no realizados por otros hombres.
Todos consideramos impensable que el amor de nuestra vida pueda ser algo leve, sin peso; creemos que nuestro amor es algo que tenía que ser; que sin él nues­tra vida no sería nuestra vida. Nos parece que el pro­pio huraño Beethoven, con su terrible melena, toca para nuestro gran amor su «es muss sein!».
Tomás se acordaba del comentario de Teresa sobre el amigo Z. y constataba que la historia del amor de su
vida no iba acompañada del sonido de ningún «es muss sein!», sino más bien por el de «es kónnte auch anders sein»: también podía haber sido de otro modo.
Hace siete años se produjo casualmente en el hospital de la ciudad de Teresa un complicado caso de enferme­dad cerebral, a causa del cual llamaron con urgencia a consulta al director del hospital de Tomás. Pero el direc­tor tenía casualmente una ciática, no podía moverse y en­vió en su lugar a Tomás a aquel hospital local. En la ciudad había cinco hoteles, pero Tomás fue a parar ca­sualmente justo a aquél donde trabajaba Teresa. Casual­mente le sobró un poco de tiempo para ir al restaurante antes de la salida del tren. Teresa casualmente estaba de servicio y casualmente atendió la mesa de Tomás. Hizo falta que se produjeran seis casualidades para empujar a Tomás hacia Teresa, como si él mismo no tuviera ganas.
Regresó a Bohemia por su causa. Una decisión tan trascendental se basaba en un amor tan casual que no hubiera existido si su jefe no hubiera tenido la ciática ha­cía siete años. Y aquella mujer, aquella personificación de la casualidad absoluta yace ahora a su lado y respira profundamente mientras duerme.
Estaba ya bien entrada la noche. Sentía que le empe­zaba a doler el estómago, tal como solía ocurrirle en los momentos de angustia.
La respiración de ella se transformó una o dos veces en un suave ronquido. Tomás no sentía en su interior ninguna clase de compasión. Lo único que sentía era la presión en el estómago y la desesperación por haber regresado.

No hay comentarios: