lunes, 15 de agosto de 2011

El horripilante Circo Chino. Por Norberto José Olivar

Un relato escrito con el apremio de los remordimientos, buscando exorcizar, con escasas palabras, el pánico que produjo al autor una incursión como espía en el terrorífico Circo Chino, en los días santos de 1975.


A Noleida del Carmen, culpable…

Agosto nunca significó nada en mi insípida biografía, por el contrario, solía ser fatídico, pues, perdía de vista a mis novias, amores jamás correspondidos de la prehistórica primaria, amor del cual ellas nunca se enteraron, tampoco; además, me desconectaba de mi único amigo, quedando así en la más absoluta «aburrición». Pero escarbando en la memoria en busca de un suceso vacacional —espinosa regresión, por cierto—, llegué a una semana antes de la Semana Mayor de 1975, cuando por alguna razón que no logro precisar, mi escuela suspendió clases, juntando así siete días más de imprevisto asueto a la ya tradicional celebración cristiana.

¿Al circo o al cine?

Vivíamos en un pequeño apartamento de la legendaria avenida Bella Vista con la anodina calle 65. Desde allí vimos llegar el Circo Chino a un inmenso terrenal en la esquina siguiente a la nuestra, donde estuvo el colegio Zaragoza, regentado por las hermanas de Santa Ana. Grandes camiones con imágenes de dragones gigantes y hombres voladores fueron haciéndose espacio entre la mala hierba, y con los días, una carpa de cuatro mástiles se levantó imponente y majestuosa. En la víspera del esperado y publicitado debut, el circo organizó un colorido y bulloso desfile que pasó lento y alegre frente a nuestro balcón: Exhibían, enjaulados, dos hermosos tigres de bengala, que rugían con una espectacularidad imborrable, un oso no muy grande, pero feroz, con movimientos amenazantes y un elefante manso, con «ojos de buena gente», que dejaba tras de sí su inefable marca. Marchaban payasos, hermosas mujeres embutidas en coloridos Qipaos y malabaristas sacados de un cuento de magos y cortes imperiales, todos ellos guiaban aquella carroza asombrosa y misteriosa, con una inmensa cabeza de dragón rojo que asentía sin parar, lanzando una enorme llamarada hacia lo alto cada tantos metros. Estos milenarios personajes paralizaron el mundo, incluyendo a los «Carritos por Puesto» que se orillaron a disfrutar la rara y alucinante novedad.

Por aquellos días contaba yo con diez años, era el más flaco y bajito de todos, y padecía el Cuarto grado. Mi hermana, Nole, especie de Pippi Calzaslargas —que debo incorporar de momento a esta crónica—, tenía siete años, andaba por Primero, y era, según notificación paterna, la reina «bien amada» de la casa. Pues bien, fue ella, mi hermana, la que resolvió a su antojo el dilema que se presentó cuando mi padre, compadecido de nuestro prolongado e inesperado encierro, dijo que escogiéramos entre ir a ver El paraíso viviente de Jamie Uys, en el cine Ávila, o al mentado Circo Chino. Mi hermana saltó, manipuladora, a las piernas de mi padre y pidió que nos llevara al circo. Yo alegué, molesto, que todos los circos eran iguales, que prefería la película que, según había contado nuestro primo Ismael, empezaba con toda una jungla repleta de animales borrachos por culpa de una fruta fermentada. Mi padre ni siquiera escuchó, dijo que íbamos al circo y ya, mientras mi hermana le abrazaba y le besaba como loca de gratitud.

El primo Ismael

Mi primo Ismael era un adolescente, en pleno trance, con aires a Víctor Mature, y apareció justo cuando mi padre se fue al trabajo pasado el almuerzo. Veo su llegada como el poster de El exorcista, la silueta oscura del sacerdote con su maletín en el portal donde levitaba la diabla Blair, sólo que mi primo traía, en vez de maleta, una bolsita con un frasco de éter, una hojilla Gillette, una aguja de coser y un rollito de hilo Elefante. Venía, según explicó, a practicar una cesárea a mi gata Kika, «porque las gatas siempre tienen problemas de parto» y él iba a ahorrarle aquel trabajo tortuoso a la pobre. Yo se la sostuve sobre la batea, admito, y él la durmió derramando aquella sustancia en un pañuelo. Luego hizo la incisión por toda la panza (con la Gillette) y sacó cinco gaticos que fueron muriendo en seguidilla esa misma tarde. La gata despertó azotada por el dolor y empezó a retorcerse y a darse contra el piso hasta morir también. Mi primo se lavó las manos, se río socarronamente y dijo que a veces pasaba eso con los pacientes. La metió en una bolsa plástica, junto con sus crías y la botó por el bajante del edificio. «Si preguntan por ella, dices que esos animales desaparecen sin dar explicaciones», se refería sobre todo a mi madre, que nomás llegaba del trabajo (enfermera de un siquiátrico) buscaba a Kika para hablarle y acariciarla.

En el circo

Que mi primo estuviera en casa esa noche, significaba uno más en las cuentas de mi padre. Sin embargo, no se quejó para nada, nos fuimos caminando al circo, compró cinco boletos (incluida mí Madre, que en esta relatoría va de fondo y en mute) y comenzamos a trasegar cotufas y refrescos mientras arrancaba la función.

Mi primo dijo que diéramos una vuelta por los alrededores del circo. Le explicó a mi padre que íbamos a mirar los animales, lo cual era cierto, en parte, y salimos tranquilos a curiosear.

Mientras la mayoría se hacía fotos con Big Boy, el elefante con «ojos de buena gente», mi primo Ismael y yo saltamos los separadores de aluminio y, de repente, el circo se nos volvió un oscuro pueblo de pequeños carromatos, algunos con lánguidas lámparas en su interior, y gente extraña entrando y saliendo, presurosos, agitados, frenéticos, como si aquella ocasión fuera un asunto especial. Vimos una cosa increíble: un viejo de largo cabello y barba blanca, trajeado con una especie de hanbok azul con blusa y mangas negras, practicaba un número de magia que nunca había visto a ningún mago ni siquiera por televisión: levantaba las manos, con cierto amaneramiento, y de entre las anchas magas salían miles de luciérnagas que giraban en torno suyo, hasta simular un remolino lumínico, luego se transformaban en enormes mariposas amarillas que se esfumaban en derredor. El viejo se dobló, como exhausto, y un asistente retiró dos grades espejos y un pequeño reflector, o algo semejante, que no habíamos detectado por el deslumbramiento del acto. Mi primo Ismael y yo nos miramos atónitos y proseguimos nerviosos, pero decididos, la exploración de esa inesperada aldea circense que se abrió ante nosotros.

De la enceguecedora magia del anciano, pasamos a un asunto escabroso:

Los tigres de bengala rugían trazando un impaciente círculo en su jaula. Frente a ellos, un chino muy flaco, metido en un flux oscuro, de horribles rayas verticales, hablaba con dos niños de mi edificio: Pepe y Enrique, este último sostenía cuatro perros amarrados con mecates de colgar hamacas. El chino flaco sacó unos billetes y se los dio a Pepe, entonces Enrique le pasó los mecates con los perros y se fueron contando los cobres. El chino flaco metió los perros, uno a uno, en la jaula y los tigres los devoraron en tres o cuatro mordiscos cuando mucho. Mi primo Ismael miraba la escena fascinado, pero yo estaba temblando como nunca, no recuerdo haber tenido tanto miedo como esa noche. En eso apareció otro chino, vestido de carnicero, chispeado de sangre, y metió en la jaula dos perros más que ya estaban muertos.

Mi primo me dijo, al oído, con su acostumbrada pedantería de experto en animales, que a las fieras debían quitarles el hambre antes de sacarlas a la arena, así el domador estaba más seguro en su rutina. No preciso si creí o no, pero que anduvieran exterminando a los perros de mi cuadra me parecía una cosa atroz e insoportable, así que salí a la calle y busqué un teléfono público para llamar al 111, que era el número de la policía en esos días y que mi padre me había obligado a memorizar junto al de los bomberos. No olvido las carcajadas del recepcionista cuando dije que los chinos andaban secuestrando perros para tirárselos a los tigres. Advertí que era estudiante de Quinto, me sumé un grado más para que lo tomara en serio, pero igual seguía riéndose, supongo que la voz de niño que escuchaba terminó por conmoverlo un poco, pienso ahora, y juró que en cuanto pudiera enviaría una patrulla a investigar. No recuerdo si le di mi nombre, pero mi primo me miraba divertido y ordenó que volviéramos al patio del circo, quizás descubriríamos algo más asombroso, recalcó con ansiedad.

Fue fácil llegar hasta la jaula de los tigres, de nuevo. El show aun no comenzaba, pero había menos gente en los carromatos. A gatas nos acercamos a donde estaba el oso que vi en el desfile. Un chino, ataviado con un colorido traje, golpeaba al infortunado animal para obligarlo a que marchara en sus dos patas traseras, pero este tiraba «manotazos» enfurecidos y rugía fuerte. El chino flaco, «enfluxado», que negoció con el Pepe y el Enrique, apareció con cara de preocupado tirando a amargado. Gritaba como gritan los chinos y no sabíamos qué carajo decía; era claro, sí, que el oso estaba dando problemas de última hora, de modo que siguieron dándole, ahora entre ambos, con una vara no sé de qué, al rato, el oso estaba doblegado ante los mandatos de aquellos chinos malditos. Justo en ese momento escuchamos el estruendo de un gong, que hizo temblar hasta los mástiles del circo, y nos alertó del inicio de la función.

«Vámonos» dije a mi primo Ismael, no sea que nos empezaran a buscar.

El espectáculo mostró un mundo muy distinto a los que vimos detrás de las cortinas, aunque sea un lugar común decirlo. Lo cierto fue que al término de aquella esperada apertura, mi padre, mi madre, mi hermana y hasta mi primo parecían muy satisfechos, yo, la verdad, no pude mirar casi nada, una sensación de rabia e impotencia me mantuvo en jaque todo el tiempo.

Las puertas de salida estaban por los laterales, y desde allí pude ver una patrulla estacionada, con la sirena encendida, pero en silencio. Divisé, con claridad infrarroja, a dos policías uniformados, con sus quepis y sus rolos, conversando amenamente con el chino flaco, vestido con ese feo flux de rayas que describí. Al día siguiente, la prensa sacó una pequeña nota, ahogada entre un montón de trivialidades locales, que decía: «No alimentan con caballos ni perros ni burros a las fieras del circo chino».

Desde ese día supe que la justicia, las noticias, la realidad y los circos van por sendas separadas…

Irama, julio de 2011

(njolivar@gmail.com / @EldoctorNo)

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