jueves, 11 de agosto de 2011

Historia natural del fracaso. Por Norbeto José Olivar


Dicen que el bypass coronario es la intervención cardiaca más común. Que más de doscientas cuarenta mil personas se la hacen con éxito, cada año, en los Estados Unidos, pero aquello fue fin de mundo para mí. Primero, porque me consideraba muy joven para someterme a una operación que, entendía, era asunto de viejos. Y segundo; porque las estadísticas correspondían a Norteamérica y no al Hospital Universitario de Maracaibo que es donde fui a parar, pues, la cobertura del seguro médico no daba para más, ya que si por mí hubiera sido, habría preferido el Hospital Episcopal San Lucas en el Centro Médico de Texas.

Lo cierto es que salí airoso del entuerto cardiovascular, después de tres días enteros en la Unidad de Terapia Intensiva y de un poco más de una semana de hospitalización. Y yo creía que había sido lo peor, pero de vuelta en casa comenzó la verdadera pesadilla con la desquiciante dieta y las fastidiosas caminatas prescritas. Repito, para los médicos aquello fue una rajadura más, para mí, en cambio, fue el Apocalipsis. Por primera vez sentí cerca a la muerte, por eso, antes de hospitalizarme, dejé todos mis asuntos legales y económicos lo más ordenados que pude y me despedí, con disimulo, de los que alcancé a ver. Lo único pendiente fue una cuestión exclusivamente literaria, y estaba mortificado porque sabía que existía la posibilidad de no salir con vida del quirófano.

La cosa vino en una conversación que tuve con el poeta Valmore Muñoz en la fuente de soda Irama, unos días antes de que me sacaran el corazón:

—¿Sabéis que hay gente a la que le molesta la forma tus relatos?

—¿Cómo es eso? —dije sorprendido por la sinceridad.

—No les gusta que en el relato se esté escribiendo otro relato, o esos vagabundeos desquiciantes en que caéis a veces. Dicen que al final no saben qué coño es lo que están leyendo, que deberías echar el cuento sin poner tantos parapetos.

Lo miro y río. Respondo que es verdad, tienen toda la razón, pero es que me cuesta mucho trabajar una historia sin entrometerme. Recuerdo un encuentro de narradores organizado por la Fundación Andrés Mariño Palacio, uno de los pocos asistentes de esa noche preguntó que en dónde me ubicaba como novelista. Y echando mano de lo primero que me vino a la cabeza, dije, de sopetón: en la autoficción; un neologismo inventado por Serge Doubrovsky en 1977, según leí en alguna parte. Es cierto, también, que estos autores terminan siendo una «minoría» y sobran dedos para contar a sus lectores, pero en la literatura como en el amor, uno no decide de cuál lado está.

—¿Y qué carajo es la autoficción? —preguntó Valmore, mirando por encima de sus lentes.

—Es una operación inversa a lo que comúnmente se hace en narrativa —comencé a decir—. Por lo general, el escritor da veracidad a la ficción, que la mentira parezca verdadera. En el caso de la autoficción, los hechos reales, la biografía del autor, son construidos como si fueran ficciones, es decir, deben tener apariencia de falsos, pero que sean totalmente creíbles. El narrador convierte en literatura lo que le rodea, incluso a él mismo, como hizo Paul Auster en La ciudad de cristal:

—¿Oiga? —dijo la voz.

—¿Quién es? —preguntó Quinn.

—¿Oiga? —repitió la voz.

—Le estoy escuchando —dijo Quinn—. ¿Quién es?

—¿Es usted Paul Auster? —preguntó la voz—. Quisiera hablar con el señor Paul Auster.

—Aquí no hay nadie que se llame así.

—Paul Auster. De la Agencia de Detectives Auster.

—Lo siento —dijo Quinn—. Debe haberse equivocado de número.

—¿Renunciaste al placer de contar una historia sin estarte entrometiendo?, ¿no podéis crear un universo de ficción ajeno a vos?

—No lo sé —dije avergonzado, a punto de la depresión.

Me sentía aporreado y débil, pero el doctor había asegurado que en unos días todo cambiaría. Que mi corazón estaba perfecto, que las obstrucciones habían sido arregladas y que no había motivos para oscuros presagios. Sin embargo, me movía con miedo, como si algo se fuera a soltar por dentro, creyendo que si hacía algún esfuerzo repentino me descosería sin remedio. Pero con los días agarré más confianza y volvió el ansia de aquel entuerto respecto a mis relatos. Y, dadas las condiciones en las que estaba, suspendido de mis actividades universitarias y eximido, por los momentos, de todas mis responsabilidades cotidianas, pensé que lo único que podía hacer era encerrarme en mi estudio a escribir una historia tal cual la esperaban.

Saqué de la gaveta de mi mesa un cuaderno azul, de tapas duras, que había comprado varias semanas atrás y empuñé un bolígrafo Pentel, punta 0.8, de gel negro, con la firme intención de arrancar con ese fulano ejercicio narrativo. De seguida caigo en cuenta de que estoy haciendo lo mismo que Sydney Orr, el personaje de Paul Auster en La noche del oráculo y recuerdo que Vila-Matas dice que él tiende a realizar las mismas cosas que hacen sus personajes. Yo, en cambio, más patético, imito a los personajes de otros autores, me anulo y me convierto en ficción: Al igual Sydney Orr, escribo en un cuaderno azul, él lo había comprado en el Palacio de Papel, propiedad de un tal M. R. Chang; yo, en la Nacho del lado sur de la ciudad.

—Te prometo que en la próxima historia que escriba no me voy a meter —juré ante Valomre esa vez. Él se echó a reír y dijo que le gustaría que lo intentara. Entonces citó algo que decía Bioy Casares y que había leído en un artículo de Sergio Pitol: «De la única influencia de la que uno debe defenderse es de la de uno mismo» y le va razón, pero yo no estaba seguro de poder lograrlo. No obstante, ¿por qué tenía que ser complaciente? La respuesta era obvia, quería lectores, así que terminó siendo un asunto de mercado y vanidad. Pero sería injusto conmigo si no dijera que también había un reto en todo aquello. Las palabras de Valmore fueron duras y estimulantes.

Allí estaba yo, con el pecho recién abierto en una cómoda silla ejecutiva, frente a mi mesa, con el cuaderno azul y con el bolígrafo en ristre, pensando en todo esto, sabiendo que lo restregado era una cuestión elemental de la literatura, y si no podía hacerlo qué clase de escritor era. Pamuk dice que a fuerza de escribir, convertimos ese segundo mundo que hemos creado en algo mucho más amplio, completo y detallado. Me pregunto frustrado y avergonzado, si aquello de la inexistencia de un universo propio será verdad…

Habíamos dicho que igual se trataba de un reto, y que si me consideraba un escritor profesional y no un poeta de cafetín, podía escribir en la forma que fuera. No necesitaba ni inspiración ni que los demonios me poseyeran. Un profesional sólo tiene que sentarse y punto. Quizás Coleridge haya experimentado algún escalofrío sobrenatural cuando escribió su poema Kubla Khan, pero eso no significa que tenga que ser así, yo también me he lanzado algunas líneas borracho y han quedado de «puta madre», pero no es la norma.

¿Contar una historia?

Ortega y Gasset decía que en la novela, la trama, digamos el cuento o la anécdota, no es la sustancia, la esencia de lo novelesco no está en lo que pasa sino en lo que no es pasar algo, la trama es un mero pretexto.

Ahora, la anécdota puede tener un efecto revelador, hasta liberador, al presentar otras posibilidades y otras perspectivas, haciendo un trabajo a la inversa: el autor puede prescindir de la psicología del personaje y revelar sus contradicciones a través de la misma trama, no es un ejercicio despreciable, de hecho, es lo que intenté en mis primeros relatos, que a estas alturas no sé si lo habré logrado, pero, en todo caso, es una andadura válida como todo en la novela.

Estoy ocultando, sin motivo aparente, que la observación hecha por Valmore me había saltado en cara hacía un año: Un día, caminando por la avenida Bella Vista —había accedido a ejercitar un poco a ver si me libraba de la operación—, a la altura de donde estuvo el castillo de Lucas Rincón, me cuestioné como sigue: ¿por qué en mis novelas había siempre un escritor escribiendo?, ¿por qué los relatos daban tantos saltos que llegaban a quebrar la paciencia del lector?, ¿y por qué tenían que perderse en otros relatos y derivas del pensamiento que emergían como accidentes? La respuesta que cayó encima, esto lo digo con sinceridad, es que soy incapaz de mantener la intensidad, el ritmo y la claridad si me lanzara de corrido, necesito bajar el telón cada cierto tiempo para conservar las fuerzas. Entonces me hice una última interrogante: ¿Y si me encerraba a escribir una novela más o menos lineal y sin brincos ni relatos subterráneos?

Entré al Habana Lunch y pedí un café negro y agua. «Está decidido», pensé sorbiendo, de a poco, el café. En un instante casi mágico, sin nubarrones, vi lo que tenía que escribir y de inmediato mi cerebro empezó a trabajar en el asunto: Haría cosa de dos años, en una de esas limpiezas de biblioteca que les encanta hacer a los profesores jubilados, el filósofo Antonio Pérez Estévez me obsequió la primera edición francesa de la novela-testimonio de Henri Charrière, Papillon. Estaba editada por Robert Laffont, en 1969, saliendo a la calle el mismo día que lo gringos llegaban a la luna, supuestamente. La novela estaba incorporada a la Collection Vecu, con una portada preciosa de Jacques Bourgeas y una foto del autor en la contratapa, hecha por Eilen Tweedy. Pérez Estévez me lo puso en las manos y dijo que como novela dejaba mucho que desear, pero que era una historia impactante que nunca olvidaría, que sólo por eso valía la pena leerla. Yo la conocía porque había visto la película de Franklin Schaffaer que protagonizaron Steve McQueen y Dustin Hoffman, en 1973, con la colaboración del propio Papillon en el guión.

Hasta aquí la cosa seguía sin importar mucho, pero Pérez Estévez añadió un detalle que lo cambió todo:

—¿Sabías que Papillon vivió algunos años en Maracaibo?

—No lo sabía, doctor —dije sorprendido en mi ignorancia.

—Y dicen que nunca dejó de ser un pillo. Después de escapar de las Islas de Salvación llegó a Ciudad Guayana y lo encerraron en El Dorado. Al salir en libertad trabajó un tiempo de minero, se fue a Caracas y acabó enredado en la intentona del coronel Mendoza contra Gallegos, así que vino a esconderse en Maracaibo como ayudante de la dueña del Hotel Normandía. Si no recuerdo mal, casi asalta la joyería de Salvador Cupello y el Royal Bank of Canadá. Hasta trabajó de cocinero en la Richmond. Me parece que ahí tienes un tronco de filón para una novela, ¿no te parece?.

—Claro, doctor —dije agradecido.

Guardé el ejemplar de Papillon, en francés, en uno de los estantes y olvidé el asunto, pero pasado el café en el Habana Lunch, de regreso en casa, me lancé sobre la mesa a organizarme y a cumplir con lo propuesto.

Lo primero, como siempre, fue ir a Panorama que es el único diario disponible de aquellos días. El primer titular que encontré me gustó bastante: Papillon anuncia novela sobre los bajos fondos y alta sociedad de Maracaibo. Luego apareció otro mejor: Yo viví en el Zulia como un Maracucho, nunca como un musiú. Había comenzado a dibujarse el personaje y sus circunstancias. El próximo paso fue leer Papillon y sacar una cronología de su vida, de los espacios y los tiempos que le tocó vivir, y todos aquellos aspectos que ayudaran a entender su personalidad y sus decisiones. Ahora, como no conozco ni «p» de francés, tuve que buscarla en español. Conseguí un ejemplar de la cuarta edición de Plaza & Janes, de abril de 1970, una traducción de Domingo Pruna y Vicente Villacampa. Todo había sido relativamente fácil, pero pasados unos días, habiendo leído la exitosa novela de Charrière, me di cuenta de que tenía que dar con su segundo libro, Banco, pues allí estaba parte de su crónica en la ciudad.

Lo intenté primero por internet pero fue imposible. Según pude averiguar, esa segunda obra no había tenido la aceptación esperada y hacía más difícil las posibilidades de conseguirla. Sin esperanza, rodé hasta el Emporio del libro, una venta de viejo y le pregunté a Carlo Maglione, el propietario, si lo tenía. Lo buscó en la computadora y dijo que no, que nunca le había llegado, añadió planchándose con la mano su larga barba blanca. Ante esa decepción, que no fue tanto porque la esperaba y aprovechando que ya estaba allí, revisé pasillo por pasillo a ver si topaba con algo interesante. Vi muchas ediciones de Papillon, incluso del Círculo de Lectores, pero no añadían nada a la de Plaza & Janes de 1970. Y cuando empezaba a fastidiarme, encontré un libro de Bruguera, de formato pequeño y con tapas duras, de un tal George Ménager, titulado Las cuatro verdades de Papillon, era un estudio detallado, con documentos de por medio, del proceso que se le había seguido a Henri Charrière. En jerga de historiadores, me había hecho de fuentes primarias. Mejor no podían ir las cosas. Cogí el libro como quien consigue un billete en la calle y volví sobre mis pasos, pero antes de salir del pasillo atestado de libros y polvo, vi entre los autores agrupados bajo las letras «ch» un libro de tapas blancas que en el lomo decía: Henri Charrière Banco y el logo de Plaza & Janes*. ¡Increíble, la segunda novela de Papillon también estaba!, ¿pero cómo, si Maglione había dicho que no la tenía? Las explicaciones pueden ser varias: una, la más obvia, que el inventario no estaba actualizado, dos, que Maglione la hubiera negado —por las cuestiones que fuera—, y tres, la mano invisible de la literatura estaba ayudando descaradamente.

El siguiente paso fue buscar a quienes lo habían conocido, pero por desgracia, la mayoría estaban muertos. Los demás apenas si tenían algo que decir. Y como es imposible dar con todos los que pudieran conocer a alguien en una vida —dicen que unas 1700 personas en promedio—, pues la vía de la oralidad se hizo dificultosa. En adelante tenía que apañármelas con libros, crónicas periodísticas, algunos videos y, como es lógico, con la imaginación. Sin imaginación no hay literatura ni historia, tal cosa fue dicha por Mommsem y Burckhardt, así que no se crea que soy el único que anda en esta onda: la historia es tan literatura como la literatura tan historia. Esto me recuerda un encuentro de historiadores, donde el doctor Lombardi Boscán dijera, que hacer historia sin documentos es imposible, a menos que inventaran como yo. El auditorio soltó una risotada maligna que me dolió hasta en los riñones, pero que demostraba que los académicos de la universidad estaban muy lejos de superar esa insensata idolatría por las fuentes, sobre todo las escritas.

Había llegado al punto en que no hay nada más que hacer sino empezar a escribir. Y quienes han escrito novelas y los que intentan escribir alguna, saben que este es el momento más terrible del proceso, porque estas primeras líneas van a imponer el ritmo, el tono, el lenguaje, el narrador, los anzuelos para atrapar al lector. En la práctica, la novela se define en esta encrucijada. Wislawa Szymborska, en su discurso de aceptación del premio Nobel, dijo: «Se dice que en un discurso lo más difícil es la primera frase... Pues ya la dije... Pero presiento que las que siguen van a ser igualmente difíciles, la tercera, la sexta, la décima, hasta la última, ya que debo hablar sobre poesía». No es que el resto sea fácil, cierto, pero esas primeras líneas hacen la cabeza cuadritos a cualquiera. Pero hay arranques magistrales, por ejemplo: «He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado…», o, «Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz del otro lado preguntó por alguien que no era él», o, «Para ser un hombre de su edad, cincuenta y dos años y divorciado, a su juicio ha resuelto bastante bien el problema del sexo», o, «Fue entonces cuando vi el péndulo», o, «Cuando le abrieron la puerta entró sin saludar, subió la escalera, cruzó la segunda planta, llegó al cuarto del fondo, se desplomó en la cama y cayó en coma», o, «Nunca tuve suerte con las mujeres, soporto con resignación una penosa joroba, todos mis familiares más cercanos han muerto, soy un pobre solitario que trabaja en una oficina pavorosa»…

Como podrán constatar, los escritores han dejado los sesos en estos inicios. En lo particular, siempre he creído que las primeras líneas de una novela son un misterio, el abracadabra de la aventura, oscura o luminosa, que nos aguarda: es la condensación del universo narrativo que vamos a descubrir. Esto me ha obsesionado de tal manera que, hace años, intenté escribir un libro con los principios de todas las novelas que me habían gustado. Llené un cuaderno de actas de trescientos folios —aún anda por ahí—, pero luego no sabía cómo dar forma al asunto, ha sido una de las cosas más divertidas y locas que he hecho en mi vida. Quizás algún día me anime a publicarlo y lo llamaría, sin duda, El libro de los inicios.

El lector podrá imaginar, entonces, los escalofríos que paso para empezar una novela. Y bueno, esta de Papillon no fue la excepción. Hasta por la nariz me reventó la sangre mientras daba vueltas a las palabras que debía usar. Esas palabras tenían que estar acordes con el personaje y con las cosas que quería decir, porque después de que el bolígrafo desplegara sus trazos sobre el cuaderno, muchas ideas quedarían por fuera, y seguro, se colarían otras que ni siquiera había sospechado. Esta es una de las tantas desgracias de sentarse a escribir, una vez que arrancamos se cierne un orden dictatorial sobre las pretensiones del autor.

Ya había amainado la resolana y soplaba una brisa lacustre. Me puse una sudadera, un suéter amarillo y salí a comprar una resma de papel para la impresora. La caminata serviría también para desentumecer la espalda por las horas que estuve escribiendo de corrido y para cumplir mi condena pos operatoria.

Caminé hasta la avenida dos y anduve despacio, disfrutando del viento. Entré a la papelería El Baratillo, saludé al propietario, un hombre robusto y blanco al que llaman El Catire, pedí el papel y salí de regreso.

Me provocó un café y desvié el rumbo hasta la fuente de soda Irama en la calle F. Estuve un poco más de una hora pensando cosas en la mesa veintitrés. También pedí un plato de frutas para cenar y divagué en las posibilidades de una segunda versión.

La escritora Anta Teresa Torres se escandalizó cuando le dije que había quemado una novela porque las lecturas no habían sido favorables. Me aseguró que ella jamás había hecho algo así, que sus novelas las lee ella y si le gusta, las publica y listo. A lo mejor yo debería hacer lo mismo con esta, la acabo, la leo, y si me parece, pues la meto a imprenta, pero ya imagino alguna gente diciéndome sus pareceres, como el día que fui a la inauguración de la nueva sede de la Biblioteca Pública y se acercó el periodista de cultura de Panorama y me dijo sin venir a cuento, ¿qué por qué yo publicaba tanto?[1] Lo expresó en el tono en que se reclama una cosa mala y me dejó con la barriga revuelta. En fin, con esa opinión, es claro que me viera como a una caricatura de escritor. No voy a ocultar el desánimo que produjo el asunto, pero había terminado por acostumbrarme a este tipo de valoraciones.

Luego de otro café, pagué la cuenta y regresé a casa. Me puse cómodo y revisé el correo electrónico. Al principio no podía creer lo que estaba viendo, pero efectivamente, había un e-mail del escritor Enrique Vila-Matas. Hacía cosa de un par de meses, poco antes de tomar en serio el asunto de la operación, había terminado un relato un poco extraño donde este autor era, prácticamente, el protagonista, también me había apropiado de algunos de los personajes de sus novelas sin ningún pudor. Así que pensé que el asunto podía chocarle, pero sabía que existía una flaca posibilidad de que aquello terminara siendo de su agrado. Comoquiera, dije en una carta que podía cerrar para desmentirme o lo que sea. Escrito lo anterior, me armé de valor y envié una copia del manuscrito a su editorial en Barcelona. Y bueno, al parecer, ahí estaba la respuesta frente a mí. Miré el e-mail unos cuantos segundos sin tocarlo, pensando que aquello podía ser un desastre. Lo descargué de inmediato a mis documentos y leí poseído por una ansiedad desquiciante. Decía que mi trabajo le había gustado por lo que tenía de vagabundeo, que era una bella deriva por el mundo de la muerte a mano propia, y que pasaba por alto, por supuesto, que en mi melancólico libro él acababa suicidándose. Su escrito no podía ser mejor para cerrar el mío, así que me di por satisfecho y hasta reconfortado en medio de los desprecios que se van acumulando y que terminan haciéndolo sentir a uno como un esperpento. Tanto me animó el e-mail, que fui a trabajar de nuevo, a sabiendas de que me estaba sometiendo a una situación no muy recomendable para alguien al que le han sacado el corazón.

Decidí antes que las primeras líneas, que el título de la novela sería: Las aventuras del musiú Papillon en Maracaibo. No siempre se sugiere un título de entrada, pero esta vez, el saberlo podría ayudar en los devaneos de su hechura.

Había decidido también que el narrador estuviera en tercera persona y, quizás, no tenía claro aún, algunos párrafos en segunda para lograr entablar ciertos diálogos con el personaje. Todo esto tenía que estar precisado para poder parir esas primeras líneas, sino andaría a la deriva más de lo que puede ser recomendable a la hora de escribir.

Pero ahí estaba, decidido a contar una historia por el sólo placer de contarla. Nada de rebusques narrativos, un asunto muy elemental, como diría Jean-François Revel en Papillon o la literatura oral: «… se llega al fondo mismo de la narración, la narración en estado puro, en el que todo es relato. Actos, pensamientos, palabras, marcados por un mismo carácter de espontaneidad o, más bien, de una extraña mezcla de premeditación y espontaneidad, están todos presentes y no pueden ser más que acontecimientos. La intención aquí es siempre un hecho. Pensar, realizar un gesto, tienen la misma concreción que invade al individuo. El ser humano es lo que acude bruscamente al espíritu, lo que ha dicho a un compañero o lo que él ejecuta y, a cada instante, no es más que eso. Así que no hay en el universo de Papillon diferencias de intensidad».

Igual llegó la hora de dar forma al personaje. Según Philippe Hamon, este es el soporte de las conservaciones y transformaciones de un relato y, de acuerdo a Edward Morgan Forster, pueden ser planos o redondos. Dice que una novela necesita de ambos, así, los conflictos plasmados en el texto se asemejan a la realidad. El caso de Dickens es significativo porque sus personajes «son casi todos planos (Pip o David Copperfield intentan ser redondos, pero de una manera tan tímida que más que cuerpos sólidos parecen pompas)… quienes no gustan de Dickens tienen excelentes argumentos. Debería ser un mal escritor. En realidad es uno de los más grandes, y su éxito en la creación de tipos sugiere que los personajes planos pueden tener más relevancia de la que admiten los críticos intransigentes».

Y debo decir que esa vez que pensé en escribir una historia ajena a mí, sin las acostumbradas truculencias narrativas, me senté en mi mesa y escribí la condenada novela completica. La llamé, efectivamente, como ya dije que se llamaría, Las aventuras del musiú Papillon en Maracaibo, pero luego de varias lecturas aquello fue un desastre y terminé quemándola, que en realidad es un decir, porque lo que hice fue dar suprimir al archivo digital y destruir las impresiones.

En aquella primera versión de Las aventuras… traté, conforme a lo expuesto, de que las primeras líneas fueran impactantes. Como aún las recuerdo con una precisión enfermiza, aquí se las dejo para que juzguen:

«Cogiste el estuche de aluminio pulido, de unos diez centímetros por una pulgada y te lo metiste por el culo. Lo más adentro que cupo. Te lo había llevado tu mujercita Nènette, con cinco mil seiscientos francos en billetes nuevecitos y bien enrollados por dentro. Fuiste al baño y de cuclillas, embadurnándolo con saliva, lo resguardaste en tus adentros. Los ibas a necesitar porque desde antes de salir a Cayena —por haber asesinado a Roland Legrand — y de ahí a las Islas de Salvación, habías decidido fugarte a la primera oportunidad. Y para eso necesitabas muchos cobres, Papillon …muchos cobres».

Pero esto es pasado. Ahora estaba en mi mesa, con el pecho recién cosido, sintiéndome tan frágil como un anciano achacoso y dispuesto a empezar una segunda versión de Las aventuras sólo para sentirme vivo, para creer que de alguna manera me le escapo a la muerte. He escuchado que luego de ir a un velorio, la gente intenta hacer algo placentero, que los haga sentir a gusto y uno de esos escapes predilectos es hacer el amor. Lamentablemente mi cuerpo no permite semejante lujo, así que sólo me queda escribir. Y eso hago, aquí y ahora, en este cuaderno de tapas azules. Sin embargo, pese a esta teoría del placer, lo que estoy a punto de iniciar me está helando la sangre por el miedo de volver a naufragar. No creo que pueda soportarlo, pero es falso, porque siempre hay que aguantarse lo que sea. Lo peor sería reconocer una limitación muy grave para alguien que se dice escritor. Aunque lo común en este oficio es ir de fracaso en fracaso. Y reincidir.


* Se publicó en español en 1973 y en francés, en 1972, en la casa editora de Robert Laffon.

[1] En esos días había salido a la calle un relato sobre piratas.

No hay comentarios: