domingo, 15 de mayo de 2011

Las Rayas de Rodrigo Blanco Calderón



No sé de quién fue la culpa. Si de Camilo, por ofrecerme a los treinta y nueve años mi primera raya de coca, o de Ciara, por leer el relato de Quiroga con el ritmo dulce que las pecas de la nariz le transmitían a su voz, para luego, a su manera, no volver más nunca.
Aunque lo más probable es que la culpa no haya sido de nadie o sólo mía o del insomnio, ese túnel que conecta con su luz mortecina todos los vicios y todas las pasiones.
La literatura es sueño y la cocaína es una vigilia dentro de la vigilia. Leer a Quiroga completamente empericado era una mezcla perfecta de inconsciencia y lucidez. El estado ideal, llegué a pensar, para descifrar el único texto que en realidad me interesaba. Ese del que ahora voy a hablar, a pesar de la muerte.
Las rayas es un cuento que empieza con una breve teoría sobre las relaciones entre el lenguaje y la realidad. Incluido en el libro Anaconda, de 1921, Quiroga plantea allí no sólo la soberanía sino la preeminencia de las palabras con respecto a las cosas. Al final de ese primer párrafo se encuentra la frase que se convirtió en obsesión: “Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre”.
La frase, dice el narrador, proviene de un hombre que ha dedicado toda su vida al negocio de la recolección de granos. Es la sentencia que resume la extraña historia de dos empleados que tuvo alguna vez, uno de apellido Figueroa, que llevaba el libro Mayor de cuentas, y otro llamado Tomás Aquino, que llevaba el Diario de las ventas que hacía casa por casa. El recolector de granos cuenta el inexplicable cambio en la personalidad de sus dos empleados y el síntoma en que este se tradujo: la manía de hacer rayas en los cuadernos de trabajo. Esta manía luego se extiende a la propia barraca donde trabajan y a la casona lúgubre en que Figueroa y Aquino viven: las paredes, el techo, las escaleras, la tierra del patio, todo queda sepultado bajo las innumerables rayas de su delirio compartido. Es allí, en el agua fangosa del albañal de la casa, donde el negociante y los vecinos los ven morir, delgados, nerviosos, “como dos rayas negras que se revolvían pesadamente”.
Quiroga sólo brinda una pista fantasmal para entender lo que sucedió. La casona había sido construida por un escribano que había enloquecido y fallecido entre aquellas paredes que luego habitarían Figueroa y Aquino. Quizás porque el narrador arroja este dato como al descuido y no lo retoma, quizás porque lo fantástico le resta terror a la realidad, esta interpretación no me convenció. Preferí, en todo caso, leer Las rayas como la contraparte de Bartleby, el escribiente. Un mismo enigma visto desde la compulsión y la abulia.
Durante un tiempo, lo confieso, también me atrajo la posibilidad de ver allí una autobiografía: Quiroga como un anagrama compuesto de “Figueroa” y “Aquino”. Sin embargo, la hipótesis que más me entusiasmó fue una derivación de la anterior sospecha: más que la propia vida de Quiroga, el relato era una hagiografía. Camilo, que trabaja en el departamento de literaturas clásicas occidentales, me prestó Vidas de los Santos, de Butler, y fue allí donde creí encontrar la solución al problema. Me guié por el índice onomástico, busqué la página 485 y leí el resumen de la vida y los logros de Santo Tomás de Aquino.
Las conexiones me parecieron tan evidentes que rozaban la indiscreción. Fue casi decepcionante saber que en 1880 León XIII declaró a Santo Tomás de Aquino patrono de las universidades, colegios y escuelas. Tal fue la magnitud de su trabajo intelectual. Su obra escrita alcanza (o puede que supere) veinte extensos tomos, de los cuales la ya dilatada Summa theologiae es sólo su parte más conocida. Además de esta inclinación enfebrecida de Santo Tomás por la escritura, que lo colocaría entre los principales escribanos de Dios, me llamó la atención recordar que el narrador de Las rayas, al citar la frase dicha por el recolector de granos, aclare que no se trataba de “un viejo y sutil filósofo versado en escolástica”. La escolástica, cuya principal figura fue, precisamente, Santo Tomás de Aquino.
Por si esto fuese poco, descubro en un pasaje de la infancia del santo una relación subliminal con el título del cuento. Al parecer, Santo Tomás abominaba los rayos (estas cursivas de aire son mías) pues la menor de sus hermanas murió fulminada por uno que cayó en la misma habitación que ocupaba el venerable muchacho. “Se dice”, cuenta Butler, “que tuvo durante toda su vida mucho miedo a las tempestades y que acostumbraba refugiarse en alguna iglesia, cuando caían rayos. De ahí nació la costumbre popular de venerar a Santo Tomás como abogado contra las tempestades y la muerte repentina”. Aunque no entendí cómo la cobardía de un santo pudo transformarse en amuleto, me pareció que tenía en ese episodio la clave de interpretación del relato. A esto también contribuyó la superstición: descubrir que la fecha de Santo Tomás de Aquino en el santoral, el 7 de marzo, coincidía con la de mi cumpleaños.
Mis argumentos se reducían a estas coincidencias, pero eso era lo de menos. En el momento me bastó comprobar que el cuento, por la pura fuerza de su enigma, me había hecho olvidar el objetivo inicial de mi lectura. El texto de Quiroga dejó de ser la brújula que me guiaría hasta Ciara.
Una sensación de tranquilidad, como de párpados que por fin concilian el sueño, se cerró sobre mí. Había dado con el nudo del cuento y ya no pensaba en las pecas de Ciara. Aquella falsa armonía se quebró pocos días después, cuando me desperté a medianoche y no pude volver a dormir. Encendí la lámpara y me tropecé en la mesa de noche con los ojos de Quiroga, con el desconsuelo de esa mirada insomne que seguía abierta en la portada del libro mientras yo descansaba. Tomé el libro y volví a leer Las rayas.
A pesar de que había recorrido con insistencia esas páginas durante una semana, me costó reconocer que se trataba de la misma historia. Era como si la selva de palabras, aplanada durante días por la lectura constante, hubiera recrudecido volviendo a tupir el espacio. Creo que por eso estuve hasta el final de esa madrugada arando una y otra vez el inhóspito terreno, peinando esa parcela como un buey embrutecido.
Como siempre he sido de “sueño ligero” (expresión irresponsable de los que no sufren este infierno inmóvil), no me extrañó que en las noches siguientes se repitiera la ardorosa rutina: despertar poco antes o poco después de la medianoche, buscar el libro de Quiroga y leer Las rayas hasta el amanecer. Al tiempo, no sabría decir cuánto, comenzaron a notarse los estragos de mi labor nocturna. Dos vetas violáceas se estriaban desde mis ojos hacia el resto de la cara. Mis ojeras semejaban la montura de unos lentes cuyos vidrios se hubiesen desgastado en el aire. De esto me di cuenta gracias a los otros profesores, quienes con insólita cortesía (pues siempre me he sentido un extraño en la Facultad) indagaban sobre el estado de mi salud.
Yo apenas noté estos cambios. Estaba demasiado concentrado en mis descubrimientos.
Por un lado tenía la propia anécdota, cuyas posibilidades de interpretación ya comenté y a las que agregué una no menos confusa. En el párrafo final dice el narrador que Figueroa y Aquino “habían llegado a un terrible frenesí de rayar, rayar a toda costa, como si las más íntimas células de sus vidas estuvieran sacudidas por esa obsesión de rayar”. Ese peligroso nombre que unía a dos cosas o a dos seres distintos, ¿sería el de la obsesión? El acto inocuo de escribir en unos libros de cuentas, sumado al perturbador ambiente de una casa donde falleció un escribano enloquecido, ¿podía calar en el alma y en el cuerpo de estos empleados hasta transformar en miles de versos pareados la fibra íntima de sus células? ¿Las rayas de la escritura pueden transformar las rayas de la genética? ¿No es el lenguaje un puente peligroso por donde transitan en ambas direcciones la literatura y la vida? El mismo verbo rayar, palabra capicúa, ¿no sería el símbolo secreto de estas relaciones?
Por otro lado, tenía la frase en sí misma, ese inexplicable peligro de que dos cosas distintas tengan un mismo nombre. En el curso de una de esas noches recordé el misterioso caso de José Antonio Ramos Sucre. En una de las “granizadas” afirmó que el lenguaje no consiente sinónimos pues es individuante como el arte. Poco tardé en asociar esa convicción con el intransferible estilo de su obra. Ramos Sucre confesó en una oportunidad que su español estaba escrito con base en el latín, esa herencia traumática de la erudita niñez. Recordé su célebre renuencia a usar la palabra “que” en sus textos poéticos y narrativos. Pensé en su muerte voluntaria, consumada el día que cumplía 40 años, para escapar del insomnio. Pensé que el insomnio de Ramos Sucre no era producto de una maldición, ni de sus tormentos amorosos o existenciales, ni de la amibiasis que le diagnosticaron en su periplo por Merano y Ginebra. El insomnio de Ramos Sucre era la consecuencia de esta búsqueda de un lenguaje privado. Y todavía lo pienso así. Algún sentido tiene que haber en el hecho de que insomnio y sinónimo tengan las mismas letras. Saquen la cuenta.
Después, en otras noches, cuando ya Manito me proveía la dosis diaria, recordé ejemplos similares donde escritura, obsesión e insomnio se cruzaban. Pensé en Cioran cuya profusa obra, según sus propias palabras, provenía y trataba de acallar su profuso insomnio. Pensé en Funes, el memorioso, a quien le molestaba que el perro de las tres y catorce, visto de perfil, tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto, visto de frente. Borges tenía muy claro el sustrato del poder y de la obsesión de su personaje: no por nada dijo que ese cuento era una larga metáfora del insomnio. Me vino también a la memoria un relato brevísimo de Virgilio Piñera que cuenta la historia de un hombre que padece este mal y que, desesperado ante el fracaso de sus tentativas de sueño, se suicida. El hombre se suicida y descubre, después de muerto, que el insomnio persiste.
Es cierto que la relación con otros escritores, obras y personajes hacía más llevadero el infierno al que Las rayas me tenía sometido. Enumeraba los distintos casos de insomnio en la literatura con el orgullo de un descendiente mediocre que recuerda ilustres antepasados. Pero esta libertad era el inicio de una nueva servidumbre, pues nombrar a estos autores implicaba leerlos. Los leía de una manera furiosa y a la vez distraída, siempre buscando los rastros de algo que a esa altura ni siquiera podía definir.
Por supuesto, todo esto no hubiera sido posible sin una pequeña ayuda de mi amigo. Camilo me presentó a Manito y Manito pasó a ser mi dealer. En vida nunca tuve vicios. Quizás por eso sea conveniente al menos una explicación.
El insomne no es alguien que está despierto, es alguien que no puede dormir. Esa diferencia es delgada como una mirada entreabierta, pero su profundidad podría conducir al mismísimo centro de la tierra. Necesitaba vencer el insomnio. Sólo que, a contracorriente de todos los insomnes que he conocido, yo no buscaba el sueño. Yo quería terminar de despertar.
Nunca creí que un profesor tan serio como Camilo pudiera estar tan dañado. Todo empezó una tarde en que coincidimos en el cafetín de la Facultad después de clases.
-¿Te sirvió el libro? –me preguntó.
-¿Cuál libro?
-El de Butler.
En ese instante recordé que él me lo había prestado.
-Sí, bastante –le dije sin mucho énfasis-. La semana que viene te lo devuelvo.
-No hay apuro. ¿Y en qué estás trabajando?
-Una tontería. Sólo quería comprobar algo en un cuento de Quiroga.
-¿Cuál?
-Las rayas –dije casi a regañadientes.
-¿Cuál es ese?
-Uno no muy conocido. Muy extraño, en realidad. Es la historia de dos escribanos que se vuelven locos y no hacen otra cosa que rayar todo lo que encuentran.
-Ya. Sí, bastante raro. Como todo Quiroga, en realidad. Ahora entiendo lo de Butler: Santo Tomás de Aquino, la escolástica y todo eso –dijo, impasible, como si hablara del clima.
Yo me quedé frío. Sugirió que fuésemos a la facultad de Arquitectura pues allí podríamos sentarnos. Lo seguí, obediente, sin saber si debía sentir irritación, agradecimiento o miedo.
Conversamos toda la tarde sobre libros y también, pero sólo un poco, sobre nuestras vidas. Acotaciones marginales que alumbraban por segundos espacios vacíos cercados por la oscuridad. Hacia las ocho de la noche le mostré el libro. Camilo observó con mucho interés mi intervención en el cuento de Quiroga. Le gustó la sensación, me dijo, de que ese texto tan breve pareciera más vasto por estar subrayado de esa manera.
En el transcurso de aquellas noches de lectura yo había subrayado partes del cuento que me parecían importantes. Para el momento de mi encuentro con Camilo todo en Las rayas era importante, de modo que apenas quedaban algunas pocas palabras sin subrayar, como islas vírgenes, en medio de aquella profusión de líneas rectas y colores. Armado con una regla y con mis marcadores de punta fina, tuve el cuidado de subrayar con trazo perfecto y color distinto las intuiciones de cada día. Por supuesto, hubo ocasiones en que dos párrafos sucesivos, uno azul y otro rojo, por ejemplo, revelaban la existencia de un tercer párrafo aún más sugerente, conformado por el final del primero y el principio del segundo. Un párrafo morado que era la síntesis perfecta de los dos anteriores.
Camilo no prestó mayor atención a la cuestión de los colores. Me hizo notar, en cambio, que mi sistema de subrayado era invariablemente musical.
-Sí –dijo –Fíjate que todos los párrafos que subrayas siempre tienen cinco renglones. Son como pentagramas.
Un ligero temblor me ganó el rostro.
-No tienes por qué preocuparte. Cuentan que Macedonio Fernández acostumbraba rasgar durante horas una guitarra, con idénticos y sencillos acordes, pues creía que de ese modo se podía descifrar el enigma del universo. Tú estás haciendo lo mismo pero con un cuento.
-Sí, por supuesto –le dije, como si en efecto continuara hablando de la insólita temporada de lluvias que azotaba a Caracas en aquel mes de enero.
Camilo observó su reloj.
-Es tarde –dijo –Vamos a mi casa.
-¿Para qué?
-Vamos –dijo –Quiero mostrarte algo.
Camilo vive en Colinas de Bello Monte, cerca de la universidad. El trayecto se hizo largo. Quizás por la lluvia, o por el silencio que guardábamos, o por no saber qué demonios estaba haciendo ahí. Él insistió en que fuésemos en su carro y que dejara el mío en el estacionamiento de la Biblioteca Central. En ese momento lo miré y en lugar de decir algo sensato, me quedé callado y pensé que Camilo se parecía a Nicholas Cage. Luego traté de averiguar por qué había pensado semejante estupidez. Volví a mirar a Camilo mientras conducía, sus ojos claros y su semblante desgastado: un vitral a punto de quebrarse. Sí, me dije, se parecía a Nicholas Cage en Leaving Las Vegas.
Cuando llegamos a su apartamento todo se dio con bastante fluidez. Sacó una botella de whisky y puso un disco de Johnny Cash. Eso me calmó, como si Johnny Cash fuese el santo protector contra cualquier mariconada. Eso y la foto conyugal que vi en la entrada.
-Cocaine blues –dijo Camilo, tocándose el oído con el dedo índice, al tiempo que sacaba de no sé dónde dos bolsas pequeñas y apretujadas como dientes de ajo. Después entendí que ese torcido acto de magia lo practicaba todos los días con o sin público.
Me senté en un sofá y apenas comenzaba a paladear el trago cuando, con una emoción que le desbordaba el rostro, me señaló la pared que estaba justo a mis espaldas. Antes de voltear, deposité mi vaso en la mesa baja con calculada lentitud. Observé hacia el balcón y vi que había escampado. Entonces volteé.
La diana ocupaba el centro de la pared y a su alrededor vi numerosos puntos negros que semejaban insectos aplastados. A los pocos segundos comprendí que aquello era una constelación de desaciertos. Impresionaba la cantidad de agujeros que crecían en órbitas más gruesas a medida que se alejaban del núcleo de corcho.
-¿Qué dice tu esposa de todo esto, Camilo?
-No dice nada. Eva se marchó.
-¿Por esto? –le pregunté, con un gesto ambiguo que abarcaba la pared y las bolsitas en la mesa.
-Ya no sé si empecé con esto porque ella me dejó, o si ella me dejó porque empecé con esto –respondió con una sonrisa franca.
Me entregó tres dardos y empezamos a jugar. Al principio nos esforzábamos por acertar en el círculo negro. A medida que la botella de whisky fue mermando, los tiros se hicieron más erráticos describiendo saetas borrachas que en ocasiones iban a parar en los agujeros de la pared. Le comenté a Camilo la extraña euforia que me producía acertar en aquellos agujeros. Camilo sonrió.
-Recuerda lo que dice Pascal: el Universo es una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Fallar –agregó Camilo, con un dardo en la mano -es más estimulante y más hermoso que dar en el blanco, porque te obliga a inventar el túnel que secretamente conecta todas las cosas.
El problema no era que Camilo se hubiese puesto místico. El problema era que yo entendía todo lo que estaba diciendo y me sentía igual.
Cuando se acabó el whisky, Camilo abrió las bolsitas, hundió la punta de una tarjeta de crédito y sacó una montañita blanca. Me pasó con cuidado la tarjeta y sin pensarlo dos veces aspiré. Nos tumbamos en el sofá que estaba en frente de la pared. Estuvimos hasta el comienzo de la mañana aspirando, conversando frenéticamente, sin parar. Todas las ideas posibles surgían de aquella maqueta del universo.
A las 7 de la mañana fuimos al estacionamiento de la Biblioteca Central a buscar mi carro. Intercambiamos números y nos despedimos.
Nadie se mete su primer pase de coca a los treinta y nueve años sin pagar un precio. El mío fue estar al borde de un ataque de pánico. Llegué a mi casa completamente agotado y no pude dormir. Yo no sabía que esto era normal. Sólo pensaba que al insomnio de las últimas semanas había sumado dos ingredientes muy desagradables: la paranoia y un asqueroso sabor a ajo. Al mediodía ambos elementos se unieron: gasté un tubo entero de pasta dental tratando de quitarme los pedazos de ajo que sentía incrustados en los dientes. Desesperado, con las encías rotas, llamé a Camilo.
-Si el niño quiere lanzarse a la piscina –me dijo –no hay que construirle una cerca. Hay que enseñarle a nadar.
-¿De qué hablas?
-Me visto y salgo. Nos vemos en la entrada de Faces. Voy a presentarte a Manito.
La Universidad Central de Venezuela siempre ha sido un país a escala: es su talón de Aquiles y su epicentro. Las facultades son reproducciones similares de los sectores de la sociedad. Camilo sabía que en la Facultad de Humanidades y Educación, mejor conocida como “Fumanidades”, no teníamos nada que buscar. Por eso me propuso vernos en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Faces, conocida en los bajos fondos como “Pases”. Lo de los bajos fondos resultó ser literal. Después de saludarme, Camilo me llevó a los sótanos de la Facultad. Allí, que yo supiera, sólo operaban unas cuantas máquinas para fotocopiar. De resto, sólo se podía ver grupos de estudiantes y de personas inciertas que jugaban partidas de ajedrez. Siempre me intrigó la tensión que allí generaba un juego por naturaleza sereno y silencioso. Grupos de personas rodeaban cada mesa y pegaban alaridos con cada movida.
Camilo preguntó por Manito y le dijeron que estaba en el baño. A los cinco minutos apareció un hombre delgado, bajito, blanco y de ojos claros. Parecía una versión reducida del propio Camilo: su futura ceniza. Al encontrarnos nos presentaron y me tendió la mano izquierda. Fue entonces, al mirar la derecha, que comprendí: el dealer tenía una mano muerta que le colgaba y bailaba al más mínimo movimiento de su cuerpo.
Manito temblaba y miraba con avidez hacia todos lados. Contraviniendo las reglas esenciales del negocio, Manito era un dealer que consumía. Sin embargo, para no malversar su patrimonio iba todas las tardes a los sótanos de Faces a jugar ajedrez. Entonces me explicó que allí las partidas duraban, a lo sumo, diez minutos y que el premio consistía en un par de pases.
La mano derecha oscilaba frenéticamente.
-¿Y qué te pasó? –le preguntó Camilo.
-Hoy gané demasiado.
Transcurrió el mes de enero y la mitad de febrero. Las quejas de los alumnos eran cada vez más frecuentes. No se explicaban cómo un curso de teoría literaria, sobre el teatro y la semiología del texto dramático, se transformó en un alucinado taller de lectura sobre Horacio Quiroga.
Camilo me llamó un día y me dijo que el asunto había llegado hasta el Consejo de Escuela.
-Parece que te van a abrir un expediente.
Ese fue el estímulo para entregar a tiempo las notas finales.
-No te quedes pegado –me dijo Camilo esa noche de cierre semestral. En la mesa estaba el whisky y el perico. En nuestras manos, los dardos.
La pared de su apartamento parecía carcomida por una plaga de zancudos teledirigidos. La señalé con el brazo extendido, sin creer lo que estaba escuchando. Camilo fue hasta el pequeño estudio donde estaba la computadora y volvió con un manuscrito.
-Es mi trabajo de ascenso –dijo, y señaló la pared con idéntico, tal vez más firme, gesto.-No te quedes pegado –repitió, antes de lanzar un dardo que fue a dar en uno de los infinitos blancos.
De tanto subrayar las páginas del libro éstas terminaron por rasgarse y poco a poco se convirtieron en jirones coloridos. El cuento parecía un arco iris marchito o una guitarra de payaso cuyas cuerdas se hubiesen reventado. Los párrafos intermedios, esos bocados perfectos entre dos párrafos circundantes, proliferaron arrojando cada uno su propio matiz, hasta darle al conjunto una tonalidad oscura con ribetes de extraños cristales.
Fue cuando me encontraba en el peor estado que sucedió algo completamente inverosímil: recibí una llamada de mi madre. Escuchar mi nombre en esa voz fue volver a nacer pero con cansancio. Entonces recordé que yo en algún momento fui como cualquier persona, con un origen y un sentido en la vida, que luego derroché o perdí sin darme cuenta con el paso de los años.
-Hijo, ¿me escuchas?
-Sí, vieja, te escucho.
Venía de visita. Quería pasar conmigo mi cumpleaños. En la pantalla digital de la base del teléfono vi la hora: era la una de la tarde del 6 de marzo. De nada sirvió que le dijera que la casa estaba vuelta un desastre.
-Cuarenta años y todavía sin casarte –dijo, resignada.
Sentí lástima por mí y también por ella. Era yo quien cumplía años al día siguiente, pero me propuse darle un regalo.
-Por poco tiempo. Mañana, cuando llegues, te presento a mi novia.
Sentí a mi madre brincar de alegría en el otro lado de la línea.
-¿Y cómo se llama?
-Ciara, mamá. Se llama Ciara. Nos vemos mañana al mediodía –dije y colgué.
No quise pensar en lo que acababa de suceder. Por ahora, lo importante era ordenar y limpiar la casa. Saqué una bolsita, puse un disco de Sentimiento muerto, aspiré y me dispuse con energía a mis labores domésticas. A las dos horas la casa estaba impecable y aún me quedaba el resto de la tarde para pensar.
Ciara.
El nombre era hermoso dos veces. Era un acorde que se volvía más hermoso con el eco. Puse el disco, una y otra vez, toda la tarde. Lo mismo hacía con Ciara, su nombre, pronunciándolo con más intriga que devoción. Lanzaba esa moneda de aire al aire, con insistencia, tratando de encontrar o falsear un resultado que pareciera unido a mi destino.
Todo había sido extraño y simple. Yo salí de clases y la vi sentada en uno de los banquitos del pasillo. A su lado estaba una muchacha, a quien reconocí como una ex alumna. A ella, a Ciara, jamás la había visto en la Escuela y tampoco conocía yo ese relato de Quiroga que ella le leía a su amiga. En el momento no supe si el impacto fue por el texto en sí o por la manera en que Ciara lo leía. Concentrada y risueña hacía parecer divertido lo tenebroso. Luego observé la estela de pecas que bordeaba sus mejillas, sus ojos y su nariz. Entonces me aproximé.
-¿Cómo se llama?
Ciara cerró el libro, miró con sorpresa a su amiga y luego contestó.
-Las rayas. Es de Quiroga.
-No. Me refiero a usted. ¿Cómo se llama?
-¡Ah! –soltó una pequeña risa. –Ciara.
-¿Por qué?
-¿Qué cosa?
-Que por qué usted se llama así.
Ciara no parecía entender nada. Yo tampoco entendía nada.
-Porque mi mamá se llama Alicia y mi papá Ramiro.
Yo guardé silencio.
-Aliciaramiro –repitió Ciara, subrayando el centro de los dos nombres con una línea imaginaria que trazaba su dedo.
-Comprendo –le dije al fin. Luego hice un gesto de saludo o de disculpa y me fui.
A eso se reducía mi historia con Ciara. Ella había tenido suerte. Casi siempre esos nombres compuestos producen conjugaciones de espanto que los hijos deben cargar después como una cruz ajena e impronunciable. Sin embargo, en lo que fue la última tarde de mi vida entendí el motivo de esas construcciones: los hijos son el único momento en que los padres pueden ponerse verdaderamente de acuerdo. Los hijos son palabras que surgen de otras palabras que hacen el amor y vencen a la muerte.
Pronuncié mi nombre y tuve una sensación de soledad absoluta. Mi nombre era como una de esas palabras del cuento de Quiroga que no llegué a subrayar. El cd giró hasta completar por enésima vez su ciclo, se detuvo y creció el silencio. Tomé la carátula que reposaba en la mesa y reparé por primera vez en el título de la antología. Sentimiento muerto. Fin del cuento: 1981-1993.
Fin del cuento. Quizás me quedaba una última jugada. Me decidí a probar suerte. Me bañé, me afeité, me puse perfume, me vestí con mis mejores ropas, agarré el cd y la bolsita y salí a la calle.
Mi ostracismo había sido tan férreo que la noche caraqueña se había vuelto un texto indescifrable. No sabía a cuáles lugares ir y me distraje manejando el carro por calles y avenidas, mientras identificaba en todas partes un mismo ritmo pendenciero. De día, las personas caminan en Caracas como si estuvieran escapando. De noche, parecen regresar para buscar venganza. Sin darme cuenta, llegué hasta el Centro Comercial San Ignacio, construido en los antiguos campos de fútbol de los jesuitas, y lo rodeé hasta caer en el Centro Comercial Mata de Coco, lugar emblemático del rock venezolano de los años ochenta.
En los espacios abiertos, al lado del estacionamiento, vi mesas, personas bebiendo y conversando, escuché música que emergía de una puerta negra veteada de luces rojas. En el equipo del carro sonaba “Fin del cuento”, el último track del disco. Eché una mirada para ver si quedaba algo del viejo teatro y se sobrepuso a la fachada del edificio, como una acuarela gigante, mi propia imagen de adolescente asistiendo a mi primer concierto de Sentimiento muerto. Estacioné el carro, esperé a que terminara la canción y me encaminé hacia el local.
Adentro sonaba salsa. Algunas parejas bailaban y otras conversaban. Yo me acodé en la barra y en dos horas fui diluyendo a punta de whisky cualquier expectativa. Entré en esa velocidad de crucero en la que el whisky te brinda la ilusión de contemplar la vida desde arriba. Sentí que ya podía desabrocharme el cinturón de seguridad. O, mejor dicho, sentí que debía avisarle a los otros que podían desabrocharse el cinturón de seguridad.
Me dispuse a circular más allá de la barra, con la sonrisa estúpida y distraída que tienen las aeromozas, cuando la vi llegar.
Apuré el trago y me refugié en el baño. Saqué la bolsita, la tarjeta de crédito y sin mayores coqueterías me empolvé la nariz.
Regresé a mi puesto en la barra y confirmé que era ella. Estaba con dos amigas, a sólo un par de metros de distancia y juro que vi sus pecas entre el humo de los cigarrillos.
Pedí otro whisky, lo bebí completo y me acerqué.
Le hablé con la desenvoltura de quien retoma una conversación interrumpida. Le dije que había estado todo este tiempo leyendo Las rayas y sin respiro perpetré una síntesis de las conjeturas que hasta el momento manejaba: el fantasma del escribano loco, Santo Tomás de Aquino, la mutación de las células humanas a consecuencia de la escritura, la relación entre el insomnio y los sinónimos. Borges, Cioran, Piñera, Ramos Sucre.
Ahora que lo pienso es sorprendente que no se mostrara asustada. Asentía con demasiada insistencia, como una enfermera habituada a tratar con psicóticos. Terminé mi perorata, ella asintió un par de veces más y nos quedamos en silencio. Las amigas habían dejado de murmurar y me miraban.
-Las rayas –le dije, poniendo mi cara de aeromoza –De Quiroga. ¿Recuerdas?
-Conozco el cuento. Lo que no entiendo es de dónde viene todo esto.
-En el pasillo de Letras. Hace unos meses. ¿No me recuerdas?
La oscuridad de sus ojos se volvió más densa mientras hacía memoria.
-No –dijo, finalmente.
-Tú leíste el cuento. Tú te llamas Ciara.
Ella se volvió hacia las amigas. Éstas se rieron y reanudaron los murmullos.
-Sí, me llamo Ciara. Pero no te recuerdo. Lo siento –dijo, y me dio la espalda dando por terminada la conversación.
Fue entonces, me parece, que comencé a sentirme como un fantasma y como un payaso.
Volví a mi refugio en la barra, pedí un servicio de whisky y me senté en uno de los altos asientos. Fui varias veces al baño, agoté el contenido de la bolsita, pero aún tenía aquella sensación de cuerdas rotas en el pecho. Y de una última por reventar.
Ciara se había marchado. No importa, me dije. La de hoy no podía ser la misma de la otra vez. Es sólo una coincidencia.
-Eso –dije. –Una maldita y peligrosa coincidencia.
Sentí que yo mismo me había susurrado esa frase al oído. El corazón se me aceleró y empecé a sudar. Tenía el tiempo contado. Confirmé esta impresión al ver algo que se movía muy cerca de mí: una especie de péndulo borroso, frenético, que aceleraba los segundos. De tanto ver el péndulo, éste se me acercó. Sentí la otra mano en mis hombros y escuché, con la expresión desencajada, a la voz que me saludó.
-Profesor, qué gusto encontrarlo por aquí.
Era Manito. Esa noche se veía tranquilo. Movía su cuerpo al ritmo de la salsa mientras hablaba. Su mano derecha, más que un péndulo, era una matraca. Enseguida percibió mi estado.
-Bájele dos, profe, mire que ya está como Robocop.
Entonces me ofreció un porro.
-Yo lo que quiero es amor –le dije.
Manito no se alteró. Él es un verdadero dealer: sabe que todos los sentimientos humanos son reacciones bioquímicas que pueden reproducirse.
Puso en mis manos dos pastillas blancas y me palmeó amistosamente la cara.
-Ande –dijo, con tono de ángel –Vaya a compartir y a amar.
-¿Cuánto te debo?
-Es un regalo.
Volví a la barra y me serví lo que quedaba en la botella. Busqué a Manito con la mirada pero no encontré a mi ángel de la guarda. Ciara se había marchado. No quedaba nada por compartir. Calibré el peso de las pastillas en mi mano. Sentí pena por mi madre. Sólo por ella esta vez. Con un largo trago de whisky, me las tomé.
El resto es bastante predecible. Escenas como esas han sido retratadas con acierto en numerosas películas: la cámara asume la perspectiva vertiginosa, tambaleante, del personaje. Los colores y las formas giran hasta fundirse en una mancha amenazadora y el personaje queda convertido en una cámara que registra imágenes que no comprende.
Afortunadamente, sí recuerdo el instante de mi muerte. Descendía por una calle cercana al bar, cuando comenzó a llover y me detuve en una esquina. La mezcla del agua y el primer sol me permitió reconocer cristales de colores desperdigados en el paisaje gris.
Entonces me sobrevino el infarto.
En la milésima de segundo en que se me partía el corazón como por la fuerza de un rayo hice el último esfuerzo. Alcancé a encomendarme, en el día de mis cuarenta años, a mi sagrado escribano.
Nacer es una estafa pues estamos condenados a hacerlo el día en que ha muerto un santo. El mío, el muy cobarde, como ya me lo había advertido Butler, no se presentó.
Los santos, esos mártires de la obsesión.

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