miércoles, 12 de octubre de 2011

El arquetipo de la amante. Por Beatriz Chemor / Regina Freyman


Todos los hombres temen a la muerte. Es un miedo natural que nos consume. La tememos, porque sentimos no haber amado lo suficiente. Cuando haces el amor con una mujer grandiosa, que te hace sentir verdaderamente poderoso, el miedo desaparece, la pasión por vivir es la única realidad. No es una tarea fácil, se requiere de mucho valor sentirse inmortal.
¿Qué es la nada? ¿Qué es lo que contiene la nada? Son preguntas que aún no tienen respuesta, al igual que la muerte o la inmortalidad; sin embargo, hay una respuesta individual: para nosotras, la nada contiene los deseos, la pasión, la historia de los amantes y ahí está, en definitivo, la inmortalidad.
La palabra amante se llenó de manchas, se ha prostituido, aun cuando el contenido implica mucho más que una relación extramarital; se contamina de este significado y se hace huésped de una infracción que no tiene nombre. Primero habría que definirla para despojarla de prejuicios que estropean su pureza y virginidad, la empañan con lastres de malos pensamientos. La amante es simplemente aquella que ama, puede amar la vida, al arte o a un hombre, pero el término no implica falta; por el contrario, es una fuerte afiliación. La amante y la amada: la segunda es pasiva y la primera es activa, ama de vuelta.
La palabra que le da origen es el amor; la amante, como término, ha reducido su significado. Para los griegos implicaba darse, ser incondicional, aceptar pero sin ser sumisa. Amantes son aquellos que se aman. Amor, en sí misma, es de etimología extraña, parte de un grupo de palabras vinculadas a enamora (amóra), con el significado de “pastel de miel”. Para Cicerón amare a una persona es querer para ella los mayores bienes, aunque no repercutan en beneficio de quien ama.
El origen de la amante es la proyección del arquetipo de Afrodita, los filósofos separaron a esta diosa en dos advocaciones: Afrodita Urania, nacida de la espuma después de que Crono castrase a Urano. Mujer celestial que representa amor de cuerpo y alma. Afrodita Pandemos, la “de todo el pueblo”, nacida de Zeus, asociada con el amor físico. La figura de “la amante” en la que una mujer sabe transformarse, posee un magnetismo personal, implica que alguien se enamora bajo la “luz dorada” de Afrodita y se siente arrastrado hacia la belleza, no sólo física sino espiritual. Se produce una magia que flota en el aire, que hace que los enamorados se sientan dioses. Afrodita inspira y aporta creatividad. Ama la vida, el momento presente, se da a su amante en cada oportunidad como si fuera el único. Es una mujer que posee una carga erótica, se hace mujer entera a través de la relación sexual y hace el amor al otro, pero al tiempo lo hace consigo misma.
El acto de amor fundamental es el acto con el eros, el cuerpo, aquel que necesita el amante o la amante para derramar su ser. Afrodita en su piel tatúa al eros y es, por lo tanto, la diosa alquímica que inspira la creación tanto física como mental de donde viene la idea de la musa. La amante angelical, por otra parte, es aterradora porque es asexual como los ángeles, inerte, infértil.
Este arquetipo se ha llevado al cine de diversas maneras como La amante de la casa chica (Roberto Gavaldón, México, 1949), encarnada por Dolores del Río, mujer que iba a ser “la esposa” y por razones circunstanciales es dejada por otra; se resigna a su papel de amante sumisa, no es la hechicera, es la dejada, acepta y sigue amando. Entonces podemos entender por qué esta palabra, amante, se aplica a un ser al margen del matrimonio, y no necesariamente implica una infracción, es simplemente quien ama incondicionalmente, no requiere contrato ni exclusividad. Volvamos al cine, Dolores del Río ha interpretado desde la amante villana hasta la amante incondicional; en la cinta Las abandonadas (Emilio Fernández, México, 1949) es una mujer dejada que se torna prostituta y luego en amante villana, aquella que se gesta por el rencor a los hombres al sentirse herida cuando todavía era una niña con cuerpo de mujer.
La mujer que puede convertirse en la amante que ella quiera se trasciende de ser sólo un objeto sexual, es libre de disponer de sus afectos, su ser por entero es un imán. Fromm distingue entre el amor y el enamoramiento, un hechizo o encantamiento, una forma de obsesión que no presenta, momentáneamente, escapatoria, pero si no se construye en torno a ese sentimiento, ni se trasciende al cuerpo, si no se tienen lazos de afinidad, proyectos, una historia compartida, la pasión se diluye hasta desaparecer.
Por eso el mito de Eros y Psique relata que este dios es un niño que no puede madurar, a diferencia de su hermano Anteros (que representa la amistad) y se desarrolla normalmente. El oráculo le dijo a la madre (Afrodita) que el chiquillo no crecería hasta que pase del puro deseo al amor profundo, y es hasta que admite su amor por Psique y se enfrenta a su madre que logra ser un adulto en forma. De la unión de ambos nace Harmonía, que pone paz en el estado caótico del enamoramiento. En ese sentido, la propuesta de Carl Jung dice que debe haber otro para que me construya como persona, pero es importante el amor propio incondicional, hacer este desdoblamiento de otro en mí que se contempla, se acepta y se ama; sólo mi otredad me lleva a descubrirme en la belleza de mi cuerpo, de mi ser, el otro es mi motivación para romper todas las fronteras de mis propias limitaciones psíquicas.
En la perturbadora cinta Bella de día (Luis Buñuel, Francia, 1967), basada en una novela de Joseph Kessel, la protagonista, Severine, lleva una vida cómoda pero siente que la rutina anula su ser; así, busca sentirse deseada al convertirse en una prostituta por las mañanas. El nombre de Belle de jour es una flor que sólo se abre de día; así que la analogía que hace Kessel en su novela es la invitación a que la mujer se abra de día a través del descubrimiento de su belleza.
Un símbolo recurrente en Buñuel es la inclusión de una cajita; en dicha cinta, la protagonista (Catherine Deneuve) tiene un encuentro con un hombre oriental que le advierte que requiere de un ritual para proceder al acto amoroso; parte de éste es que ella abra una caja, sus ojos son de sorpresa pero nunca sabemos qué hay dentro del recipiente. Jamás sabremos lo que esconden las cajas de Buñuel; pero indiscutiblemente tiene que ver con esa pregunta del encuentro con la nada. Esa escena se relaciona bien con un cuadro de Remedios Varo El encuentro (1959), en que una mujer mira al interior de una caja donde descubre su propio rostro; el objeto guarda el secreto de la identidad. Otro cuadro de la catalana que va en el mismo sentido es Los amantes (1963); en él, una pareja sentada en una banca en un parque se mira, y la cara de cada uno de ellos es un espejo de mano que muestra rostros idénticos.
En la Edad Media podemos hablar del arquetipo de Isolda de la leyenda Tristán e Isolda, que para Denisse de Rougemont en su Amor y occidente, es la pareja que inspira el amor más ardiente en el ideario colectivo de occidente. La historia narra este amor producto de un elíxir. En esa época se entiende el sentimiento como una pasión involuntaria que hace rehén al ser de sus caprichos, por tanto, la idea del elíxir representa la droga que conduce al fiel Tristán a amar indebidamente a Isolda, quien es la prometida en matrimonio de su tío y rey Mark. Ella también bebe la pócima, ambos se aman sin poder consumar su unión. La escena más erótica de la historia es cuando la pareja yace desnuda en el bosque con la espada del rey entre sus cuerpos; ambos se miran pero no se tocan; la implícita presencia del rey a partir de su espada, nos implica Rougemont, es la fantasía occidental: el amor de tres, la infidelidad. Buñuel utiliza en su primer mediometraje El perro andaluz (Buñuel, Dalí, 1929) la música de Wagner de Tristán e Isolda. El corto es, de acuerdo con el cineasta, un cúmulo de coitos interrumpidos, pues trata de un hombre que desea tanto a una mujer que no puede poseerla. Ella, la protagonista, echa mano del arquetipo de Koré (advocación de la parte siempre niña de Perséfone), mujer ingenua que seduce pero no consuma porque todavía es muy joven, no está preparada. Este arquetipo recuerda también a la Lolita de Nabokov, la niña seductora, que goza con sentirse deseada, con despertar la pasión del otro en la medida que su propia sexualidad se enciende.
Existe en la filmografía del aragonés la figura de esta mujer provocadora que toma el control de la relación y descontrola al amante. Como no la puede poseer físicamente genera el desconcierto entre deseo e imposibilidad de acción, como es el caso de la última cinta de Buñuel, Ese oscuro objeto del deseo (Francia, 1977), basada en la novela de Pierre Louÿs La Femme et le Pantin. El motivo es el mismo que en El perro andaluz: una mujer que seduce a un hombre mayor y lo arrastra a la tortura del deseo. Sin embargo, en esta cinta la amante tiene dos personalidades: la que se virginiza mediante el uso de un corsé imposible de quitar y la que puede desnudarse y amar libremente a un hombre a través de los ojos de quien la mira. En este filme, Buñuel utilizó dos actrices muy parecidas físicamente (la española Ángela Molina y la francesa Carole Bouquet); así, llega un momento en que el espectador se desconcierta al no saber si es la misma actriz o son dos diferentes; el juego de espejos y de dobles es sólo una invitación al deseo que siempre provocará la amante.
La mujer que se da a sí misma no ve nada malo en tocarse, en darse placer, es un principio de exploración, de reconocimiento de lo más oculto y prohibido de una mujer: su sexo. La bruja del pueblo, en la novela y película de Ángeles Mastretta Arráncame la vida, le dice a Catalina el lugar de su cuerpo donde puede hacer que el universo estalle. Ese lugar escondido entre las piernas que provoca que un hombre pierda el control y se mantenga unido a ella con una cadena invisible llamada erotismo. No hay partes prohibidas ni caricias pecaminosas, hay que tocarse para saber dónde debe tocar el otro. Esto recuerda la idea de la sombra de Jung, que es la parte instintiva, íntima del ser, que no controlamos fácilmente, y que si no la conocemos y aceptamos, estamos condenados a la infelicidad, a la negación, al desequilibrio.
En la película Peter Pan (EU,1953), el personaje odia a su sombra que siempre le desobedece, pero le admite a Wendy que sin su sombra no sabe vivir. Es importante destacar que conoce a la mujer que amará gracias a su sombra que lo conduce a la niña, quien lo hará dudar entre crecer o mantenerse infante. Si no conoces tu sombra te puede matar, eso nos dice la película El estudiante de Praga (Stellan Rye, Paul Wegener, Alemania, 1913). Balduin es un estudiante que salva a una aristócrata de morir ahogada. Se enamora de ella, pero es un joven sin dinero, sin nada que ofrecer. Se le aparece un anciano que le propone un pacto: que le venda su imagen reflejada en el espejo. El estudiante concede, sube de nivel social y logra enamorar a la aristócrata. La trama nos recuerda la historia de Fausto, pero en este caso el reflejo del estudiante lo persigue, es su parte oscura o perversa. Es esa parte oculta dentro de la caja de Buñuel que contiene lo más puro de la identidad. En el Renacimiento, Shakespeare se encarga de poner a discusión la idea del matrimonio por amor con los amantes de Verona. Romeo y Julieta están condenados a morir trágicamente por transgredir las reglas imperantes de las familias que decidían la afiliación matrimonial, difieren de los amantes medievales hechizados, presenta el amor voluntario y rebelde.
En La insoportable levedad del ser, Milán Kundera nos plantea dos formas de ser la amante; una es Teresa que implica el peso, el compromiso, y la otra es Sabina que es la levedad, la idea de la amante de la que hemos estado hablando, la que es libre. Tomás está en el centro; este protagonista decide quedarse con la dulce y tormentosa Teresa, capaz de ser fiel. Por su parte, Sabina no puede sostener una relación estable. Cuando otro personaje, Franz, quiere casarse con ella, Sabina huye, su condición no le permite establecerse, ella se debe a su pintura, es a lo único a lo que debe lealtad. En ella la fidelidad es una traición a su propia condición volátil. Frida Kahlo, por ejemplo, o Simone de Beauvoir, establecieron relaciones libres con Diego y Sartre; otra imagen viva de este arquetipo es Lou Andreas Salomé, quien casada tuvo la libertad de ser amada por Nietzsche y Rilke, admirada por Freud. Es el caso de Anaïs Nin, que fue amante de Henry Miller y de su esposa, una mujer que exploró todas las formas de amar.
En la novela Seda de Alessandro Baricco se ofrece otra posibilidad, un comerciante de seda se enamora de una japonesa misteriosa con la que nunca cruza palabra, al mismo tiempo ama a su mujer; esta fantasía mantiene viva la llama de ambos amores. Hacia el desenlace, descubriremos que el amor de la esposa del protagonista es tan grande que ha contribuido a esta historia de seducción. En la película Memorias de una geisha (EU, 2005) Mameha (la geisha) instruye a Chiyo (la maiko o hermana menor) diciéndole que el simple hecho de mostrar parte de su muñeca a un hombre cuando sirve el té la hará, ante él, inolvidable.
El amor libre cobra un precio muy alto porque se debe aprender a lidiar con la soledad. En la novela de Sandor Marai, El amante de Bolzano, se presenta la historia hipotética de Casanova, que vive enamorado de una tal Francesca, quien se casó con un hombre viejo, el conde de Parma. Ella también sigue enamorada de Casanova; un día, el conde asiste a ver a su rival para pedirle que le haga el amor a su mujer, puesto que Casanova ha sido el fantasma, la fantasía que se interpone en su felicidad conyugal; quiere de una vez por todas disipar su curiosidad. El conde organiza una fiesta de disfraces para que los amantes se encuentren. Antes de que la fiesta comience, Francesca, que decidió disfrazarse de hombre, visita en sus aposentos a Casanova que, casualmente, se vistió de mujer. Ella va a decirle que no hará nada con él; en un duelo de palabras le expresa que para estar con él deberá irse, pues su ausencia es la única posibilidad de que la siga amando. Marai nos dice en boca de Francesca que la amante es la vida misma, es plenitud; es el encuentro de un hombre y una mujer que, como la lluvia que cae sobre el mar, vuelve a renacer con él, creándose y recreándose mutuamente; la amante es armonía. Sin ella no se es plenamente hombre ni artista ni aventurero. Es fuerte y sabia; protectora y astuta como una espía; la más bella de todas las mujeres; conoce todos los secretos del amor, aquellos que estimulan el cuerpo y el alma, los guarda pero los revela sin palabras; conoce los deseos más ignotos, esos que sólo se atreven a imaginar quienes están en el lecho de muerte. Inteligente, pudorosa y desvergonzada; paciente y solitaria; desenfrenada y atenta. La amante es un espejo que permite desvelar las máscaras hasta encontrar el verdadero rostro. Muy pocos sobreviven a su amor pleno, porque todo cuanto existe crepitará, arderá entre su fuego. Es a la vez la madre y la hija, purifica y se purifica entre los brazos de su amante; todo se funde y desvanece ante su amor, sólo queda una mujer que es capaz de clamar y retener, de ofrecer y ayudar, incluso después, cuando ya no se ve la belleza de su cuerpo o de su rostro.
Cada mujer posee todos los arquetipos como si fueran las fases de la luna. Es, para el hombre, la adivinanza imposible de resolver; santa y ramera; luz y oscuridad; hada o bruja; anciana sabia o niña ingenua; paz y guerra. Como Circe, la amante sabe que en algún punto debe dejar ir a Ulises, que los amantes son como planetas en tránsito que por un instante hacen cuadratura. La amante lo sabe bien, cada instante es un proceso de liberación hasta la muerte. Para concluir quisiéramos recordar a Aura, el espectro de Carlos Fuentes que simboliza la pasión eterna entre Felipe y Consuelo. La anciana eternamente enamorada dice a su amante cuando desvalida y vieja deja de ser ese resplandor joven: “Volverá Felipe, la traeremos juntos. Deja que recupere fuerzas y la haré regresar”. La amante habita en toda mujer dispuesta a suscitarla hasta el último suspiro.

Referencias:
Apuleyo, El asno de oro, RBA libros: Madrid. 2008.
Baricco, Sandro. Seda. Anagrama: Barcelona.2005
Bedier, Joseph. Tristán e Isolda. Acantilado: Madrid. 2006
Fuentes, Carlos. Aura. Era: México.200
Graves, Robert. Los mitos griegos. V. I y II. Alianza: Barcelona. 1984
Jung, Carl. Recuerdos, sueños y pensamientos. Seix Barral: Barcelona. 1996.
Kundera, Milan La insoportable levedad del ser. Tusquets: México. 2000.
Marai, Sandor El amante de Bolzano. Salamandra: Madrid. 2003.
Mastretta, Ángeles. Arráncame la vida. Booket: México. 2004.
Rougemont, Denisse. Amor y occidente. Kairos: Barcelona. 2001.

Tomado de:
http://www.etcetera.com.mx/articulo.php?articulo=9415&pag=1

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