miércoles, 10 de febrero de 2010

Firmín. Por Sam Savage

Capítulo 1

Siempre imaginé que la crónica de mi vida, si acaso alguna vez llegaba a escribirla, tendría una primera frase excelente: algo lírico, como «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas», de Nabokov; y, si no me salía nada lírico, algo arrollador, como «Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera», de Tolstói. La gente recuerda estas palabras incluso cuando ya ha olvidado todo lo demás que hay en el libro. En lo tocante a frases de apertura, la mejor, a mi modo de ver, es el comienzo de El buen soldado, de Ford Madox Ford: «Éste es el relato más triste que nunca he oído.» Docenas de veces lo habré leído, y sigue dejándome patidifuso. Ford Madox Ford era uno de los Grandes. Cierto día, Chuang Tzu se quedó dormido y soñó que era una mariposa, revoloteando muy contento por ahí. Y la mariposa no sabía que era Chuang Tzu soñando. Luego despertó y volvió a ser el de siempre, pero ahora no sabía si era un hombre soñando que era una mariposa o una mariposa soñando que era un hombre.

En toda una vida de esfuerzos por escribir, con nada he luchado más varonilmente —sí, ésa es la palabra, varonilmente— que con las aperturas. Siempre me ha parecido que si esa parte me salía bien el resto seguiría de modo automático. Concebía la primera frase como una especie de útero semántico repleto de atareados embriones de páginas sin escribir, resplandecientes pepitas de genio, ansiosas de nacer. De ese gran recipiente fluiría, por así decirlo, el relato completo. ¡Qué desilusión! Ocurrió exactamente lo contrario. Y no es porque escaseen las buenas frases de arranque. Deléitese usted en ésta, por ejemplo: «Cuando sonó el teléfono, a las tres de la madrugada, Morris Monk supo antes de levantar el aparato que la llamada era de una dama, y algo más: que decir damas es decir problemas.» O ésta: «Poco antes de que lo descuartizaran los sádicos soldados de Gamel, el coronel Benchley tuvo un vislumbre de la blanca casita de campo del Shropshire, con la señora Benchley a la puerta, y los niños.» O ésta: «París, Londres, Djibuti, todo le parecía irreal ahora, sentado entre las ruinas de otra cena más de Acción de Gracias, con su madre y su padre y el idiota de Charles.» ¿Quién puede permanecer insensible ante unas frases así? Tan preñadas están de significado, tan, oso decirlo, tan a punto de reventar de significado, que es como si las hincharan los capítulos enteros sin escribir que llevan dentro: sin escribir, aunque ya presentes.

Pero, ay, en realidad no eran más que burbujas, falsas ilusiones, todas ellas. Cada una de esas frases maravillosas, repletas de promesas, era como una caja envuelta para regalo en manos de un niño anhelante, una caja que nada contiene, sino piedrecillas y trozos de basura, a pesar del ruido tan seductor que hace al agitarla. ¡El niño piensa que son caramelos! Yo pensaba que eran literatura. Todas esas frases —y otras muchas, también— resultaron no ser trampolines de lanzamiento hacia la gran novela sin escribir, sino barreras insuperables. Comprende usted, eran demasiado buenas. Nunca logré situarme a su altura. Hay escritores que nunca logran igualar su primera novela. Yo nunca pude igualar mi primera frase. Y mírenme ahora. Miren de qué modo he empezado esto, mi obra final, mi opus magna: «Siempre imaginé que la crónica de mi vida, si acaso alguna vez llegaba...» ¡Dios del cielo, «si acaso alguna vez»! Ya se percata usted del problema. Irremediable. Que lo borren.

Éste es el relato más triste que nunca he oído. Empieza, como todos los verdaderos relatos, quién sabe dónde. Buscar el principio es como intentar descubrir las fuentes de un río. Se pasa usted varios meses remando contra la corriente, bajo un sol abrasador, entre altísimas murallas de jungla chorreante, con los mapas empapados de humedad desintegrándosele en las manos. Lo enloquecen a usted las falsas esperanzas, los malignos enjambres de insectos picadores, y las añagazas de la memoria, y lo único que saca en claro, al final —la última Thule de tan ridícula búsqueda—, es un humedal de la selva o, tratándose de un relato, una palabra o un gesto perfectamente desprovistos de sentido. Y, sin embargo, en algún lugar más o menos arbitrario del largo recorrido entre el humedal y el mar, el cartógrafo clava la aguja de su compás, y es ahí donde nace el Amazonas.

Lo mismo me pasa a mí, cartógrafo del alma, cuando busco el comienzo de la crónica de mi vida. Cierro los ojos y asesto el golpe. Los abro y descubro un trémulo instante ensartado en la aguja de mi compás: 3.17 de la tarde del 13 de abril de 1961. Me froto los ojos y lo enfoco. Momento, momento, en la barandilla, ¿quién es el tipo sin barbilla? Y ahí estoy yo —o, más bien, ahí estaba—, mirando cautelosamente por encima de la balaustrada de un balcón, asomando sólo la punta de la nariz y un ojo. Aquel balcón era buen sitio para alguien que se dedicara a mirar, alguien tan taimado como yo. Desde allí dominaba toda la planta baja de la tienda, sin que nadie me viera. Aquel día, la tienda estaba abarrotada de clientes, más que en un día normal entre semana, el murmullo de sus voces flotaba amenamente hacia arriba. Era una hermosa tarde de primavera, y algunas de estas personas seguramente habrían salido a dar un paseo, pensando en esto o lo de más allá, cuando les distrajo la atención un rótulo pintado a mano puesto en el escaparate de la tienda: DESCUENTO DEL 30 % EN TODAS LAS COMPRAS DE MÁS DE 20 DÓLARES. Pero eso yo, en realidad, no podía saberlo, quiero decir que no podía saber lo que había incitado a la gente a entrar en la tienda, puesto que carecía de toda experiencia relativa al valor de intercambio del dinero. Y el caso es que en realidad el balcón, la tienda, los clientes, incluso la primavera, requieren explicaciones, digresiones que, por muy necesarias que resulten, echarían a perder el ritmo de mi narración, que quiero creer apresurado. Evidentemente, he ido demasiado lejos: en mi entusiasmo por tenerlo todo en movimiento, me he dejado atrás la marca. Podemos no saber nunca dónde empieza un relato, pero a veces sí que podemos decir dónde no puede empezar: donde la corriente ya fluye con pleno impulso.

Cierro los ojos y asesto un nuevo golpe. Despliego el instante trémulo y le clavo las alas a la mesa: 1.42 de la madrugada, 9 de noviembre de 1960. Humedad y frío en la plaza Scollay de Boston, y la muy ignorante de Fio —a quien pronto llamaré mamá—, se ha refugiado en el sótano de un local comercial de Cornhill. Presa del pavor, de algún modo ha conseguido encajarse en lo más hondo del estrecho hueco que quedaba entre un cilindro muy ancho de metal y la pared de cemento de la bodega, y ahí permanecía acurrucada temblando de miedo y de frío. Oía más arriba, a ras de calle, los gritos y las risas que deambulaban sin rumbo por la plaza. Habían estado a punto de atraparla, esta vez: cinco hombres vestidos de marinero, dando zapatazos y patadas y gritando como locos. Ella anduvo zigzagueando de un lado a otro —engañándolos en cuanto a su intención, esperando que chocaran violentamente entre ellos—, cuando un zapato negro bien lustrado le acertó en las costillas y la lanzó volando por encima de la acera.

Así que ¿cómo logró escapar?

Como escapamos siempre. De milagro: la oscuridad, la lluvia, una rendija en un portal, un tropezón del perseguidor. Persecución y fuga en las ciudades más antiguas de Estados Unidos. En la rebatiña de su pánico, había conseguido ocultarse por completo detrás de aquella cosa metálica redondeada, de modo que sólo le llegaba un leve resplandor del sótano alumbrado, y así permaneció largo rato sin moverse. Cerró los ojos contra el dolor que sentía en el costado, centrando su atención, en cambio, en el delicioso calorcillo de la bodega que iba subiéndole lentamente por el cuerpo, como una marea. El objeto metálico estaba deliciosamente caliente. Su suavidad esmaltada le parecía blanda, y se apretó contra ella, temblando. Puede que se quedara dormida. Sí, estoy seguro, se quedó dormida, y despertó con renovadas fuerzas.

Y entonces, tímida e insegura, debió de salir arrastrándose de su escondite y poner sus patas en el local. Una lámpara fluorescente, que emitía un leve zumbido y que colgaba del techo por dos alambres retorcidos arrojaba una luz parpadeante y azul sobre su entorno. ¿Sobre su entorno? ¡Qué risa! ¡Sobre mi entorno! Porque a su alrededor, mirase donde mirase, tan sólo había libros. Del suelo al techo, en todas las paredes, como también a ambos lados de una partición que había en el centro de la estancia, todo estaba cubierto de estanterías de madera sin pintar, con hileras y más hileras de libros casi hasta reventar. Y, sobre las hileras, más libros, de gran formato, en su mayor parte, metidos en cuña; y otros se alzaban del suelo en imponentes zigurats o yacían en montones precarios e hileras inclinadas en lo alto de la partición. El cálido y roñoso lugar en que mi madre había hallado refugio era un mausoleo de libros, un museo de tesoros olvidados, un cementerio de lo no leído y lo ilegible. Viejos volúmenes encuadernados en cuero, agrietados y mohosos, se codeaban con libros más modernos y más baratos cuyas páginas amarillentas se habían vuelto marrones y quebradizas por los bordes. Había novelas del Oeste, de Zane Grey, a espuertas; libros de sermones lúgubres a mansalva; viejas enciclopedias; memorias de la Gran Guerra; diatribas contra el New Deal; manuales de instrucciones para uso de la Nueva Mujer. Pero, claro, Fio no sabía que aquellas cosas fuesen libros. Aventuras en el planeta Tierra. Disfruto imaginándola en la contemplación de ese paisaje: su cara bondadosa y muy vivida, su cuerpo grueso —bueno, no: pongamos rotundo—, los ojos centelleantes, acosados, y esa forma tan graciosa que tenía de arrugar la nariz. A veces, por diversión, le pongo un pañuelito azul y se lo anudo debajo de la barbilla, y en ese momento no hay más que una palabra: adorable. ¡Mamá!

En lo alto de una de las paredes había dos ventanucos. Los cristales estaban tiznados de negro y apenas permitían ver nada, pero mamá, así y todo, pudo llegar a la conclusión de que seguía siendo de noche. Pudo también oír cómo iba aumentando el ritmo del tráfico en la calle, y su larga experiencia le dijo que iba a iniciarse un nuevo día laborable. La tienda de arriba abriría sus puertas, quizá bajara alguien por la empinada escalera del sótano. Gente por los peldaños de madera quizá gente-hombre, con los pies grandes, los zapatos grandes. Un golpe. Tuvo que echar a correr, y —digámoslo ya— no sólo porque no tenía la menor gana de que la pillasen los marineros y volvieran a darle una patada, o algo peor. Tuvo que echar a correr sobre todo por la cosa enorme que sucedía en su interior. Bueno no exactamente una cosa, aunque, desde luego, sí que había cosas en su interior (trece cosas), más bien un proceso, eso que la gente, con su enorme sentido del humor, ha dado en llamar un Feliz Acontecimiento. Un Feliz Acontecimiento estaba a punto de producirse, de ello no cabía la menor duda. La única duda era: ¿para quién era feliz el acontecimiento? ¿Para ella? ¿Para mí? Llevo casi toda la vida en el convencimiento de que lo fue para cualquiera menos para mí. Pero, dejándome a mí aparte — ¡ay, si pudiera dejarme aparte!—, y volviendo a la coyuntura del sótano: había un Feliz Acontecimiento a punto de producirse, y la cuestión era qué iba a hacer Fio (mamá) al respecto.

Bueno, pues voy a decirle a usted lo que hizo al respecto.

Fue a la estantería que estaba más cerca del escondrijo de detrás del objeto metálico calentito y sacó el libro más grande de que pudieron tirar sus garras. Lo sacó y lo abrió, y, sujetando una página con las patas traseras, lo hizo confeti con los dientes. Luego procedió a hacer lo mismo con otra página, y luego otra más. Pero en este punto detecto una duda. Estoy oyéndole a usted preguntarme que cómo supe que escogió el libro más grande. Bueno, como le encanta decir a Jeeves, es cuestión de la psicología del individuo, que en este caso es Fio, mi inminente madre. Me temo que con lo de «cuerpo rotundo» me he pasado de bondadoso. Estaba repugnantemente gorda, y el mero esfuerzo de tener que cebar todos los días tanta grasa la mantenía terriblemente ansiosa. Ansiosa y guarra. Acuciada por el clamor voraz de millones de células hambrientas, nunca dejaba de atrapar el pedazo más grande de lo que fuese aunque ya estuviera harta y sólo pudiera mordisquear un poco los bordes. Estropeando la pieza para el que viniera detrás, claro. Así que no se preocupe usted: cogió el tomo más gordo que había a su alcance.

A veces me complace pensar que mis primeros momentos de lucha por la vida vinieron acompañados como marcha triunfal, por el desmenuzamiento de Moby Dick. Ello explicaría mi naturaleza extremadamente aventurera. En otras ocasiones, cuando me siento especialmente proscrito y estrambótico, estoy convencido de que el culpable es el Quijote. Oigan esto: «En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. [...] En efecto, rematado ya su juicio vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante.» Contemple usted al Caballero de la Triste Figura: vanidoso, testarudo, apayasado, ingenuo hasta la ceguera idealista hasta incurrir en lo grotesco... Lo cual viene a ser como describirme a mí en pocas palabras. La verdad es que nunca he estado bien de la cabeza. Lo que pasa es que yo no ataco molinos de viento. Hago algo peor: sueño con atacar molinos de viento, estoy deseando atacar molinos de viento y a veces imagino que he atacado molinos de viento. Molinos de viento o molinos de cultura —digámoslo de una vez—, los más deleitables e inasibles de los objetos, trituradoras eróticas, molinitos lascivos de lujuria, factorías carnales de raros goces, fantasilandias de fornicadores frustrados, cuerpo mismo de las Beldades. Y, al final, ¿cuál es la diferencia? Una causa perdida es una causa perdida. Pero no voy a obsesionarme con esto ahora. Ya me obsesionaré más adelante.

Mamá había formado un enorme borujo de papel y con gran esfuerzo iba arrastrándolo a empujones en dirección a la pequeña cueva que había descubierto. Y ahora no debemos permitir que nos distraiga la doliente cacofonía de sus gruesos refunfuños y jadeos hasta el punto de perder de vista la cuestión fundamental: ¿de dónde procedía todo ese papel? ¿A quién pertenecían las palabras y las frases truncadas que mamá juntó en una mezcolanza indescifrable, la misma que dentro de unos instantes acolcharía mi caída en el ámbito de la existencia? Entrecierro los ojos para ver mejor. Reina la oscuridad en este sitio a que ha traído el borujo de papel y donde ahora se afana en ahuecarlo por el centro y levantarle los bordes, como veo con claridad sólo con inclinarme sobre el precipicio del momento en que nací. Estoy mirando desde una gran altura, forzando la imaginación para trocarla en una especie de telescopio. Creo verlo. Sí. Ahora lo identifico. Mi querida Fio ha convertido en confeti el Finnegans Wake. Joyce fue uno de los Grandes, quizá el más Grande de todos. Yo nací, fui acogido y me amamantaron en el armazón deshojado de la obra maestra menos leída del mundo.

La mía era una familia numerosa, y pronto fuimos trece los apelmazados entre las ruinas de Finnegans, o por decirlo como se diría en el libro, trece «moléculos mamalúculos amasajados, lampando por sus mamadas». (Y, transcurridos tantos años, sigo en las mismas: amasajándome y lampando por mis mamadas, mis migajas. ¡Oh sueños!) En seguida nos pusimos todos a pelearnos por las doce tetas: Sweeny, Chucky, LuweenaFeenie, Mutt, Peewee, Shunt, Pudding, Elvis, ElvinaHumphrey, Honeychild y Firmin (servidor de usted, decimotercer hijo). Qué bien los recuerdo a todos. Eran monstruos. Aun ciegos y desnudos, sobre todo desnudos, tenían las extremidades repletas de tendones y músculos, o eso al menos me parecía a mí entonces. Yo fui el único que nació con los ojos abiertos y una modesta capa de suave pelo gris. Muy canijo, también. Y háganme caso, ser canijo es una cosa horrible, de pequeño.

Este hecho tuvo un efecto especialmente dañino en mi capacidad para participar de lleno en el protocolo alimenticio, que por lo general se desarrollaba así: mamá se deja caer por el sótano, procedente de dondequiera que haya estado, con su mal humor de costumbre. Gruñendo y quejándose como si fuera a hacer algo tan heroico que a ninguna madre se le hubiera ocurrido hacerlo antes, en todo el transcurso de la historia del mundo, se derrumba en la cama —kerplop— y se queda dormida al instante, con la boca abierta y roncando y totalmente sorda al caos que se monta a su alrededor. A zarpazos, empellones, mordiscos, chillidos los trece nos lanzamos simultáneamente a por los doce pezones. Of Milk and Madness (Leche y locura)*. En esta partida de tetas musicales, era yo casi siempre quien se quedaba de pie. A veces pienso en mí mismo llamándome «El que se quedó de pie». He descubierto que expresarlo así me ayuda. E incluso en las raras ocasiones en que me las apañaba para ser el primero, no tardaba en verme desplazado por alguno de mis más fornidos hermanos. Fue un milagro que saliera vivo de mi familia. Si lo logré, fue más bien a base de restos. Todos los días, sólo con recordarlo, vuelvo a sentir la espantosa sensación del pezón saliéndoseme de la boca mientras me arrastran hacia atrás por las patas traseras. La gente identifica la desesperación con una sensación de vacío en las entrañas o de frialdad o de náusea, pero para mí siempre ha sido ese escapárseme el pezón de la boca y las encías.

Pero ¿qué oigo ahora? ¿Silencio, embarazoso silencio? Se ha colocado usted la mano en la barbilla y piensa: «Bueno, pues eso lo explica todo. Este personaje se ha pasado toda su inútil existencia tratando de encontrar la decimotercera teta.» Y ¿qué puedo decir? ¿He de envilecerme hasta el extremo de admitirlo? ¿O debo lanzar un grito de protesta? «¿Eso es todo? ¿Eso de veras es todo?».



* Of Milk and Madness (2006) es un corto de Mark Percival sobre los campeonatos de beber leche que se organizan en Estados Unidos. (Todas las notas son del traductor).

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