sábado, 15 de agosto de 2009

Eso No. Por Marcelo Birmajer

6 de agosto de 2002, por la mañana

Hoy, finalmente, vino Miguel a quejarse. Desde el primer momento supe que algo así ocurriría. Pero nunca imaginé que sería por semejante motivo.
Cuando me propuso que intercambiáramos esposas, me sorprendió, sí, pero opté por mostrarme temperado. Y sin embargo, incluso antes de aceptar, supe que esto terminaría mal para él. No es que Rita me gustara especialmente; tiene todavía los pechos en guardia, yo diría que más apuestos que los de Fernanda, pero también más pequeños, y pezones menos marcados, y, no obstante, altivos, mientras que los de Fernanda tienden a postrarse, sin perder nunca la sensualidad de esos pezones de fresa. En definitiva, puesto a elegir entre Rita o Fernanda, me quedaría siempre con Fernanda. Además, la voz de Fernanda entre chupada y chupada, pidiendo un dedo en el culo o invitándome a acabar, es inigualable. La de Rita no es más que una voz femenina entre tantas. Pero yo quería cogerme a Rita. No tanto por ella misma como porque era la esposa de Miguel. Yo quería cogerme a la esposa de Miguel. De todos modos, yo no hubiera movido un dedo de no habérmela ofrecido su propio marido.
Supe, desde el primer instante, que Miguel vendría a quejarse porque, no sé si él lo sabe, dos hombres que se garchan en un breve espacio de tiempo a la misma mujer, siempre compiten.
Miguel, sin embargo, no es competencia para mí. No sólo porque mi verga lo aventaja en tamaño y grosor, sino porque, lo digo sin vanidad, ejerzo sobre las mujeres un poder mayor que el que pueda ejercer él. Sin vanidad, digo, porque otros hombres me aventajan a mí, y me cuidaría muy mucho, ya no de ofrecerles yacer con mi esposa, sino siquiera de presentárselas. Por ejemplo, Jiménez, ese trabajador gráfico que está en el diario desde los tiempos en que se usaba la imprenta, al que veo las pocas veces que me acerco en persona a entregar una nota. Parece tan desubicado llevando un disquete o una hoja impresa en la mano, como si el cuerpo se le hubiera quedado varado en la época en la que se trabajaba con metales y pesos, kilos y kilos de papel. Es un gorila peludo y bruto, que le pega a su esposa y tiene dos amantes. Y por mucho que Fernanda desprecie a los golpeadores y reivindique la liberación femenina, sé que no dejaría de sentirse atraída, aunque se resistiera, por esa virilidad bruta que lamentablemente atrae a la mayoría de las mujeres que conozco. Posiblemente jamás se casaría con él, ni siquiera sería su novia, pero no podría evitar dejarse hacer el culo o apretarle los huevos, fingiendo luego que fue forzada en extrañas circunstancias. No, uno debe cuidar lo que tiene, y aceptar lo que le dan. La felicidad sexual es el bien más escaso de la Tierra: más escaso que el petróleo y el oro. El ano femenino ofrecido con pasión, la boca húmeda entregada sin reservas y la vulva extasiada abriéndose no mucho y todo lo que puede al mismo tiempo, son riquezas que los pobres infelices como yo debemos proteger mucho más de lo que los ecologistas protegen a las ballenas y los espacios verdes. El espacio marrón, el espacio rojo, la marfileña superficie de los pechos y la rosada de los pezones, son mi reserva natural, mi especie en extinción.
Pero por muy limitado que fuera mi poder, y por mucho que cuidara de mis dominios, Miguel era aún menos poderoso y tenía aún más miedo de perder lo suyo. Por eso lo arriesgó. Son pocos los conquistadores que se lanzan a la guerra por temeridad; la mayoría de ellos lo hace por temor. El temor a perder lo propio se transforma en una compulsión a perderlo antes de que un supuesto enemigo lo arrebate. Por eso, creo, Miguel me ofreció intercambiar esposas.


6 de agosto de 2002, por la tarde

Pensaba seguir escribiendo en este diario después de la comida, aprovechando la ausencia de Fernanda —que me ha rogado no volver a tocar el tema, y mucho menos escribir al respecto—, y relatar la breve entrevista que mantuve con Miguel. Pero al releer el párrafo precedente, me sentí urgido a recapitular los sucesos. No porque necesite clarificarlos para mí mismo, ni ordenarlos para mi memoria —los tengo grabados a fuego en el alma y en los huevos—, sino simplemente porque me calienta. Me calienta recordar las quejas de Miguel mientras yo le explicaba por qué pensaba que su esposa había hecho lo que hizo. Sí, me calienta recapitular. ¿Qué sería del sexo sin la memoria? Siempre es más fácil evitar un pecado antes de cometerlo por primera vez, que evitar repetirlo. La primera vez, nos guía la curiosidad. La segunda, el deseo. Y el deseo es lo único que puede más que la curiosidad. ¿Qué es la adicción sino la entente entre la memoria y el deseo, la alianza perniciosa entre el recuerdo y la pasión?
Miguel me ofreció, hace dos semanas, que me acostara con Rita y que le permitiera, a su vez, acostarse con Fernanda. Ignoro si «acostarse» es el verbo adecuado, porque no sé bien qué hizo Miguel con Fernanda: ésta no me cuenta y aquél es ambiguo. Según Miguel, cuando a él se le paraba, Fernanda se secaba; y en cuanto Fernanda decía que estaba por fin preparada, a él se le bajaba. Fernanda le negó el culo desde un buen principio, por voluntad propia y por el acuerdo previo, que ya relataré; y de chupársela no quiso ni oír hablar. Pero no me quedó claro por qué no lo hizo terminar masturbándolo, tarea que realiza con tanta pericia en mi caso, y con la que no me hubiera desagradado que lo homenajeara, aunque sólo fuera para que ahora el pobre Miguel no rompa tanto las pelotas.
Miguel comenzó, hace dos semanas, por confesarme que en su matrimonio el sexo estaba tornándose cada vez más esporádico. Instantáneamente, la confesión me calentó. Un hombre como Miguel nunca debería hacer semejantes confesiones a un hombre como yo; y yo jamás vertería las aguas de mis problemas en las cuencas de un tipo como Jiménez. La declaración de la desdicha sexual de un macho a otro, con una hembra apetecible por medio, es siempre una oferta pecaminosa. Pero Miguel ya se había decidido antes de comenzar a hablarme, y no creo que ignorara el efecto de sus confesiones.
No tardó mucho, sólo unos tres whiskys, en sugerirme que debíamos «insuflar un poco de aire en nuestras relaciones». Habló en plural, «nuestras relaciones», refiriéndose a él y a mí, aunque yo no había dado la menor señal de que en mi matrimonio ocurriera algo semejante. No sé cuántas veces lo hacemos por semana Fernanda y yo: en unas ocasiones, pasamos semanas sin hacerlo y, en otras, durante una semana lo hacemos cinco veces; lógicamente, como en ese campo no tengo problemas, no cuento las veces que lo hacemos. Con Bea tengo un culo siempre que quiero, y con Alejandra la mamada con tragada. Fernanda pocas veces está dispuesta por el culo y casi nunca traga la leche. Pero ninguna me calienta como ella, a ninguna amo como a ella, y con ninguna quiero permanecer en el lecho después de acabar como con ella. De modo que, dentro de los límites de la desdicha humana —la condición sine qua non de nuestro paso por la Tierra—, me las arreglo. Pero Miguel no. No es que sufra (creo que yo sufro más que él), es que es débil. Por mucho que nos sorprenda, los débiles sufren menos: sus dolores son menos intensos que los que padecemos los hombres que nos responsabilizamos de nosotros mismos, de nuestras decisiones y errores. Los débiles, por decirlo metafóricamente, se dejan coger; y por mucho que lloren y que griten que les duele, son más felices así que si se vieran obligados a tomar decisiones. No obstante, todo hay que decirlo, con su propuesta Miguel sonó temerario.
—Hay que insuflar un poco de aire en nuestras relaciones —dijo—. Aceptémoslo, los swingers son más felices que nosotros. A mí no me cabe duda de que, si dejo a Rita acostarse con otro tipo, en mi casa mejorarán las cosas. La perversión la va a caldear. Ahora no quiere siquiera ponerse lencería mínimamente erótica. Está transformada en una madre. Y como Juanita ya tiene dieciocho años, y lo que menos necesita ahora es una madre a tiempo completo, se frustra y no puede ser madre ni amante. Ni puede sobreproteger a Juanita, porque ella no la deja; ni puede acostarse conmigo, porque no tiene ganas. En fin, hay que emputecer a nuestras mujeres... para que vuelvan a ser amantes.
La otra tarea a la que se abocaba fútilmente Rita era la confección de figuras, humanas, naturales, o abstractas, en cerámica. Más de una vez, Miguel o Rita, indistintamente, me habían pedido que la «lanzara a la fama» publicando en el periódico una nota, a partir de la cual podría iniciarse como docente. Yo había respondido siempre con evasivas, sin atreverme siquiera a mirar sus piezas. Por otra parte, aunque Rita poseyera verdadero talento, era imposible escribir nada periodístico de una persona que hacía cerámicas en su casa; pero ése no era un detalle que Miguel o Rita estuvieran dispuestos a entender.
No repliqué que yo no padecía problemas similares con Fernanda, que nuestro hijo hacía su vida con toda tranquilidad y que podíamos conciliar perfectamente nuestros roles como padres con nuestros deseos mutuos. No aclaré que en los últimos meses atravesaba uno de esos escasos momentos de tensión erótica clara y persistente con mi esposa, momentos de alegría y perversión. Tampoco especifiqué que, cuando estoy muy bien con Fernanda, siempre siento más deseos de garcharme a otras. Es una tragedia que me ha acompañado durante toda mi vida sexual: cuando no me encuentro especialmente cómodo con Fernanda, no puedo intentar sino recuperarla, reconquistarla, olvidándome por completo del resto de las mujeres, incluidas Bea y Alejandra. Pero en cuanto la tengo a mis pies, chupándome los huevos o dándome el culo sin que yo se lo pida, abriéndose las nalgas con las dos manos, mostrándome ese agujerito marrón que ni el tiempo ni mi verga han logrado erosionar, entonces, sí, quiero poseer también a otras. Me siento fuerte, grande, conquistador. No creo que a Fernanda le moleste. Y por último, no ilustré a Miguel con el dato de que yo siempre he querido ponerle la verga a su esposa, y en donde fuera. Incluso había imaginado muchas veces que ella venía en mi busca, que me sugería sacudírmela escondidos detrás de una carpa vacía, durante alguna de las pocas vacaciones que compartimos. Más de una vez he sonado que Miguel me hacía esta misma propuesta durante alguno de los veranos compartidos en Mar del Plata; pero siempre lo he tenido por un imposible, apenas un estímulo para luego homenajear a Fernanda por la noche, más caliente que de costumbre. Nunca imaginé que, finalmente, en un crudo invierno porteño, en plena ciudad, en mi propia casa, Miguel me ofrecería a su esposa. Y no agrego «a cambio de la mía», porque era mayor mi deseo de acostarme con Rita que su deseo de acostarse con Fernanda. No es que Fernanda no le gustara, pero lo que realmente quería Miguel era que algo despertara a Rita de su sopor, de su anorexia sexual. Para Miguel, podía ser yo o cualquier otro. Por decirlo en los términos más vulgares posibles: quería que alguien le destapara las cañerías a Rita, para que volviera a drenar y a lubricar. Y, como ocurre con las cosas de la casa y los fontaneros, el mejor encargado para los arreglos nunca es el dueño de casa.
La teoría no estaba mal, de no ser porque las mujeres y las cañerías no se parecen en nada. Quizás los hombres sean más parecidos a los objetos y los elementos: ollas a presión, ríos, volcanes... Pero las mujeres son misteriosas: no responden a las leyes naturales, a las mareas ni a los ciclos. Fíjense, si no, en sus azarosas menstruaciones, nunca respetuosas de las fechas indicadas; en la permanente elusión de los días de parto acordados por los especialistas, y en su constante tendencia a los desórdenes físicos en general. Por no hablar ya de su ritmo psíquico, que finalmente es lo único que importa. No, las mujeres no son máquinas programadas, como pueden serlo muchos hombres. Ninguna mujer es previsible. Por eso no hay que confiar en especialistas, y mucho menos encargarle la tarea propia de especialistas a un hombre como yo.
La propuesta de Miguel me excitó inmediatamente. Casi me acabo en los pantalones. Miguel notó mi erección y apartó la vista. Sonrió.
—Veo que mi oferta no te deja indiferente —dijo.
Apuré mi whisky y asentí, sin decir ni sí ni no.
—Pensé mucho al respecto —siguió Miguel—. No es fácil. Yo no soy un swinger ni lo voy a ser nunca. No doy el tipo. No soy un progresista, ni un liberal en el sentido sexual de la palabra. Es más, si me enterara de que Rita me ha engañado, la echaría a patadas de mi casa. Sobre todo ahora que ni me la toca. Lo que quiero es un golpe de efecto que la conmueva, que la saque de su pasividad actual, para que volvamos a ser felices juntos. ¿Te aburro?
—Para nada —dije—. Todo lo contrario.
—Como te decía, pensé mucho. Yo creo que para cada hombre, es más, para cada matrimonio, hay un límite, algo con lo que uno no está dispuesto a convivir.
—Ahí no te sigo —reconocí.
—Ya vas a ver. Quiero decir que yo aceptaría que tú te acostaras con Rita, siempre y cuando tú aceptes que yo me acueste con Fernanda...
Aquí me siento obligado a interrumpir el diálogo, porque quiero repetir que lo importante no era el deseo de Miguel de acostarse con Fernanda, si no la necesidad de no sentir que yo salía ganando en el trato. Él me hubiera ofrecido de buena gana a su esposa incluso sin acostarse con la mía; pero como necesitaba —luego de tantas cavilaciones— que yo o algún otro se garchara a Rita para sacarla de su sopor, precisaba también este conato de transacción para no quedar como un cornudo o un palurdo. Conato de transacción, digo, y no transacción propiamente dicha, porque Miguel no necesitaba acostarse con Fernanda; lo que él necesitaba era volver a recibir a Rita caliente. Yo, por mi parte, no «necesitaba» garcharme a Rita, pero sí lo deseaba ardientemente; sobre todo, si me lo ofrecía su marido.
—... con la condición —siguió Miguel— de que no hagamos ciertas cosas.
Sonreí.
—Incluso en las guerras hay disposiciones humanitarias —dije comprendiendo.
Miguel asintió y se sirvió otro whisky.
—Hay cosas que no me va a gustar que hagas con Rita. No soportaría tenerlas en mi recuerdo. No podría mirarla ni besarla.
—Claro —dije—. Intercambiamos mujeres, pero está prohibido hacerles el culo.
Miguel se quitó el vaso de la boca, sorprendido. Me miró durante un rato, y dijo:
—No había ni pensado en eso —me dijo—. Yo quería prohibir...
Otra interrupción: aquí reconfirmé mi anunciada certeza de que Miguel terminaría quejándose, que saldría mal parado del asunto. ¿No había pensado en prohibir la sodomización de su esposa durante esta batalla? Entonces es que no sabía lo que era la posesión, ni la memoria, ni el deseo. No me sorprendía que Rita se le estuviera negando desde hacía tanto tiempo: de pronto intuí que no lo había querido más que como un padrillo, padre de su hija y esposo de nombre. Es responsabilidad de todo esposo hacerle el orto a su mujer e impedir que cualquier otro se lo haga. De eso depende la felicidad matrimonial y el poder del hombre en la pareja. Pero entonces, más que nunca, la propuesta de Miguel me resultó un tesoro que, en lugar de forzar a sus buscadores a largas peripecias o desentierros, me caía del cielo sobre mí.
—Yo quería prohibir... —dijo Miguel—... la mamada. No te la puede chupar. Y, por supuesto, Fernanda no me la puede chupar a mí.
Me molestó tanto que mencionara a mi esposa por el nombre que estuve a punto de negarme. Mencionarla, ponerla en palabras, me hacía verla desnuda —con sus pezones de diosa y su boca de lava— frente a Miguel, y la escena me irritaba y deprimía. Pero no quería perder esa oportunidad única.
—No sé qué podrías hacer con mi esposa —dije evitando el nombre—. Ni me interesa. Ni me lo tienes que contar nunca, so pena de que alguna vez te mate. Pero si tú tienes una línea roja, y yo la acepto, yo tengo otra: el culo. No puedes hacerlo por el culo.
—Entonces, ¿ella no te la va a chupar? —preguntó Miguel por toda respuesta.
—No —acepté.
—De acuerdo —dijo Miguel. Y me extendió la mano.
Yo se la estreché. La tenía blanda y sudorosa. Los dos sonreímos.
Releo párrafos de este diario y me encuentro con el momento en que aludo a aquellos días en que Fernanda está a mis pies, chupándome desde los labios hasta el dedo gordo del pie, precisamente, y luego parándose en cuatro patas, dándome la grupa, abriéndose a mis ojos... ¡Cómo la amo! ¡Cómo la deseo! ¡Qué suerte que sea mi esposa! ¿Por qué no está aquí mismo? La extraño.


7 de agosto, a las siete de la mañana

No podía seguir escribiendo si antes no me cogía a Fernanda. Por suerte, ayer que nuestro hijo se quedó a dormir en la casa de su novia, tuvimos uno de esos encuentros que justifican el matrimonio de tiempo en tiempo. Le conté de mi afrecho de burro, le confesé que ya tenía la leche a punto de superarme, la verga tiesa como una estaca. Hablé con claridad, con honestidad. Primero me la chupó como si fuera por última vez, sin desvestirse.
Y luego, con elegancia, como una dama de alcurnia dispuesta a mostrarse ante un rey que tal vez la elegirá como esposa, se quitó las ropas y me ofreció el culo, con una mueca de seriedad, de solemnidad anal, que casi me pierde antes de entrar. No dijo ni una palabra y, luego de que le batí las entrañas, caminó a paso rápido a bañarse y se dispuso a ver la tele —nos dispusimos— sin un comentario. Así debe de ser el Edén. Por eso amanecí hoy tan temprano, de tan buen humor y dispuesto a continuar este diario con renovados bríos, no para la posterioridad ni para lector alguno, sino para reproducir en mí sensaciones que me lleven, en el futuro, a calenturas como las que tan noblemente pude disfrutar ayer.
Hace dos semanas y un día, Miguel no le había siquiera sugerido a Rita la oferta que desplegara tan elocuentemente en mi casa. Me había propuesto el intercambio sin contar primero con el consentimiento de su esposa. ¡Eso sí que fue bueno saberlo!
Y el muy cretino se lo comunicó a Rita exactamente al revés: era yo quien pretendía acostarse con ella, y a cambio estaba dispuesto a entregar a Fernanda.
—Yo quería que Rita se sintiera deseada —confesó Miguel ayer, cuando me contó todos los sucesos y entreactos ocurridos fuera de mi vista.
Rita se negó de plano. Se volvió en la cama, dándole la espalda. Entre Miguel y Rita, descubrí, eso no era una provocación.
Miguel le acarició un hombro.
—Yo quiero que seas feliz —le dijo.
Rita preguntó enojada:
—¿Y qué dijo Fernanda?
—No sé —respondió Miguel. Pero, sin que ella lo viera, sonrió.
Al menos hasta ese punto llega la inteligencia de Miguel. Cuando ella preguntó, con todo el enojo del mundo, «¿qué dijo Fernanda?», incluso un palurdo como Miguel podía saber que su esposa estaba perdida. Que había picado. Que la propuesta prohibida había inoculado en ella el peor de los impulsos humanos: el que nos lleva a la destrucción como si fuera la felicidad.
No hablaron luego de aquel breve diálogo, pero, por primera vez en tres semanas, lograron hacer el amor como hombre y mujer. Entregados, por momentos salvajes. Rita se colocó encima de Miguel sin decir una palabra, y lo cabalgó hasta arrancarle todo. Fue un coito rápido, y Miguel apenas tuvo tiempo de apretarle los pechos y meterle un dedo entre las nalgas, sin llegar al culo propiamente dicho.
Aunque incompleto, Miguel, luego del arrebato de Rita, supo que el camino emprendido era el correcto. No volvió a mencionar el tema con su esposa.
Mi parte con Fernanda era mucho más fácil. Yo no tenía más que comenzar por mencionar los problemas que Miguel me había confesado, y dejar caer, como algo sin importancia, la bizarra propuesta que se había atrevido a exponer.
Fernanda primero se rió, y luego se relamió. Vio mi verga de pie.
—¿Y por qué se te para ahora? —me preguntó. —Por cómo te reíste —dije—. Y por todo, en general. Fernanda me la chupó. Pero descubrió que su lengua y el calor de su boca no me quemaban tanto como el relato. —¿Y tú qué piensas? —preguntó.
—Que es una locura —respondí cauteloso.
—Yo no quiero acostarme con Miguel.
—¡Por supuesto que no! —aprobé.
—Pero que tú te cojas a Rita..., no sé —añadió con una sonrisa que negaba sus palabras, convirtiéndolas en un chiste de madrugada—. Es presumida —siguió Fernanda—. No digo que no sea mi amiga. Pero me molesta que siempre pretenda tener lo mejor. Cree que su marido es más serio que tú, que su hija es más requerida que el nuestro...
—Bueno —dije conciliador—, Miguel es más serio que yo, de eso no cabe duda. Pese a este brulote que acaba de mandarse. Y la hija de ellos es mujer, y el nuestro varón. No me extraña que ella sea más requerida: no hay quien no se la quiera coger.
Fernanda se rió y asintió.
—¿Y quién no va a querer cogerte a ti? —dije. Y le toqué un pezón.
Fernanda gimió.
—¿Tu amigo me querrá coger? —preguntó.
—No tanto como quiere que me coja a su mujer —respondí—. Pero sí, claro. A mí me da miedo cuando vamos a la playa: los hombres te miran el culo, los pezones y la boca.
—¿De verdad?
—Se me para la pija sólo de ver cómo te miran, y la mantengo parada hasta que llega la noche, para que seas siempre sólo mía.
—Pero... ¿y si me entregas a Miguel?
—Serías más mía que nunca. Miguel es ese tipo de hombres que no hacen más que fortalecer mi poder sobre ti.
—¿Es un poder democrático? —preguntó Fernanda, sólo a medias en broma.
—No —reconocí—. Pero el poder que ejercen tus pezones, tu boca y tu culo sobre mí tampoco lo es. Yo soy tu esclavo cuando me das el culo. Tu esclavo y tu amo. Sería capaz de darte cualquier cosa, y también de matarte.
—Te amo —dijo Fernanda.—Ésa es mi única porción de buena suerte en este mundo —respondí.


8 de agosto, a las seis de la tarde

Evidentemente, Fernanda y yo estamos garchando todos los días.
Ayer me llamó Bea y la mandé a paseo. De Alejandra ni noticias: debe de haber vuelto con su novio de la infancia. ¿Para qué las necesito? Es penoso que Miguel no haya logrado su objetivo, pero yo no puedo dejar de disfrutar el nuevo impulso sexual que nos regaló su malhadado intento, que seguiré contando.
Hace poco más de dos semanas, Miguel nos invitó a almorzar a su casa, un domingo. Otro premio a su inteligencia es la elección del mediodía, y no de la noche, como turno para el estropicio.
La noche es demasiado grave, sexualmente formal, previsiblemente incitante: intimida. En el mediodía, en cambio, no hay coerción: uno garcha si quiere, y si no, no pasa nada. Si un hombre y una mujer con posibilidades de amor comparten una cena en un restaurant y luego uno de los dos se marcha, el encuentro se considera un fracaso. Si, en cambio, se reúnen a almorzar, un polvo posterior es una excelente noticia, mientras que una separación con un beso en la mejilla no es más que parte del camino hacia la cama, en el futuro. El mediodía invita sin obligar, deja posibilidades abiertas, permite sonreír, evita la crispación. Sí, Miguel no es un imbécil completo: se da treguas.
Anteayer, Miguel tuvo la presencia de ánimo para comentarme, pese a todo, que desde nuestro intercambio los pechos de Rita han crecido, o se han posicionado de otro modo frente a la vida. En suma, que Rita está más fuerte desde que yo la monté. Pero lo cierto es que Rita ya había revelado una fulgurante mejoría aquel domingo. Vestida con una camisa de seda violeta, una pollera negra pegada al culo y sandalias, parecía una recién separada buscando novio. Miguel vestía de sport, con una remera amarilla distinguida con un cocodrilo o un laurel, no recuerdo, en la tetilla izquierda. Fernanda llevaba una polera blanca tras la que se veía el corpiño, y destacaba sus pechos en reposo pero vivos. Sus caderas, femeninas y poderosas a la vez, daban el marco al encuentro. Fernanda es la sensualidad personificada. Tomamos vino tinto, como correspondía, y Miguel contó que Juanita, la hija de ambos, pasaba el día con una amiga, en cuya casa se había quedado a dormir la noche anterior.
Hasta entonces, ni yo le había requerido explícitamente el permiso a Fernanda, ni Miguel a Rita. Ni habíamos vuelto a hablar al respecto Miguel y yo. Pero cuando después de los ravioles y del postre, y de apurar tres botellas de vino tinto entre los cuatro, Rita me invitó a ver sus cerámicas, me levanté sin esperar a que Fernanda me acompañara.
—Hice un Buda gris —dijo Rita— que te va a obligar a hacerme la nota.
—Es verdad —asintió Miguel—. No parece que lo haya hecho una persona. Parece un Buda que se petrificó.
«De todas maneras, no creo que te haga la nota», pensé, «pero la cola..., ¿por qué no?»
Yo nunca había pisado el estudio, debido a mi alergia estética a los desmanes cerámicos de Rita. Y si bien en esa ocasión me sentía extrañamente feliz, me alegré de no haberlo visitado nunca antes. Las figuras modeladas por Rita reunían la falta de oficio de un niño con el temblor artrítico de una anciana. La sustancia de aquellas figuras deformes era su insatisfacción sexual. Pero el estudio me excitó.
Era de techo y paredes de ladrillo, y piso de madera. Rústico, tan rústico como sería, seguramente, el ano de Rita. Me enardeció comprobar la completa mediocridad artística que revelaban las figuras de cerámica: su verdadera vocación era que le modelaran el orto con un cilindro de carne.
—Éste es el Buda —me dijo señalando a un impresentable señor gordo y gris de cerámica, mucho más parecido al patriarca de una película del grotesco italiano que a Gothama.
—No —dije, acudiendo a mi propia vulgaridad, no inferior a la de las figuras de cerámica de Rita—. Es éste.
Y le señalé mi miembro en alza, tras el pantalón.
Rita se tapó la boca. Luego se quitó la mano y me dijo, seria:
—No te pedí que vinieras para esto.
—Ya sé —mentí—. Pero yo sí vine por esto.
E hice algo que no quería hacer: la besé. Hubiera preferido ir al grano y magrearla. Pero la ocasión lo merecía y no quería dar ni un paso en falso. Rita soltó un grave gemido mientras me besaba, y me llegó una vaharada de vino tinto que no me molestó. Le apreté los pechos para comprobar si eran como yo los había imaginado. Le bajé rápido la pollera negra y, mientras le frotaba la verga contra la concha, tomé al Buda por la base y comencé a meterle la cabeza del Buda por el agujero del culo. Créase o no, se excitó inconteniblemente. «Arggg..., arggg...», decía, antes de que yo le llevara la cabeza del Buda a la boca, la obligara a chuparla y se la metiera nuevamente por el culo.
Debo reconocer que, mientras Rita lamía la calva del Buda de cerámica, una idea maléfica atravesó mi mente. Le di vuelta con la intención de clavarle la verga en el culo. La invité a sostenerse contra la mesa de trabajo y, como no podía hacérmela chupar, lubriqué recogiendo saliva de su boca, abundante, y humedeciéndome la verga. Entró con dificultad, como me gusta, pero muy pronto la mesa de madera, junto con la figura de Caperucita dándole la mano al lobo, en cerámica, y una especie de retrato, en el mismo material, de una escena de Los miserables, de Víctor Hugo, comenzó a moverse a un ritmo alocado mientras Rita me dirigía toda clase de improperios ardientes.
—Lo que más me gusta es hacerle el culo a la esposa de Miguel —dije.
No obstante, temiendo acabar, volví a darle vuelta, y siempre apoyándola contra la mesa, pero ahora erguida y de cara a mí, le sacudí la concha, mojada como la lluvia, con un uno y dos violento que, sin hacerme acabar, me calmó. Entonces disfruté de sus pezones y le dije cosas terribles, motivadas por la ocasión:
—Tienes los pezones más violentos que los de mi esposa.
Esto pareció calentarla indeciblemente. Y agregué:
—Pero Miguel no te los va a tocar así nunca en su vida.
Y la calenté aún más.
Pero, querido diario, si todo fuera tan fácil como satisfacer el deseo, no habría en el mundo guerras ni entuertos. Ni insatisfacción, ni locura, ni suicidios. El problema reside, querido diario, en que el deseo escapa de todas nuestras acciones y se instala en nuestras limitaciones. De otro modo, repito, todo hubiera sido tan fácil como permitir que Rita alcanzara el éxtasis con mi verga bien adentro de su concha y la cabeza del Buda completamente hundida en la abertura de su orto, lo bastante preparada por el previo ingreso de mi instrumento, que, puedo decirlo sin modestia en este mensaje de mí a mí mismo, era bastante más grueso que la cabeza del Buda. Pero ya con la mitad del obeso Buda dentro de su culo y mi no menos gruesa verga en sus entrañas, Rita se negaba a acabar, y yo, otro tanto. Porque desde el primer segundo, desde que se levantó y yo la seguí pensando que antes de hacerle la nota le haría la cola, la buena Rita, la ahora excelsa Rita, la presentemente genial Rita, y un servidor, habían pensado, inevitablemente, en una mamada. Una mamada en regla, con un prolegómeno de chupada de huevos, luego una lamida superficial de glande, y, finalmente, glande y cuerpo de la verga dentro de la boca, paja con verga dentro de la boca hasta el fondo, apretada de lo poco de huevos que quedara fuera, y acabada fulminante y proteica en la garganta.
Todo eso habíamos imaginado, sí, querido diario, mientras nos dirigíamos al estudio, y mucho más mientras follábamos como dos seminaristas. Como dos seminaristas, digo, porque el beso inicial, la apretada de pezones, la culeada y la fornicación vaginal, todo nos parecía un juego de niños, un intento de aprendices, frente a la prueba realmente prohibida, el placer eterno y fugitivo, la verdadera unión de los cuerpos, en la mamada negada por la ley seca de aquel acuerdo. Una verdadera ley seca: la imposibilidad de Rita, decretada por su esposo, de beber mi semen. Mi urgida simiente.
—Voy a acabar —le dije a Rita, dolorido.
Lo cierto es que no quería acabar, aquello me estaba gustando mucho. Le estaba modelando los pezones como si fuera uno de sus futuros alumnos de cerámica —porque ahora estaba seguro de que escribiría una nota consagratoria, de que secuestraría al director del diario y le cobraría como rescate la publicación de la nota sobre el Buda de Rita, por absurdo e imposible que resultara, ese Buda que le había visto el culo por dentro—, y le estaba metiendo y sacando el Buda del culo, en un vaivén que me fascinaba, y estaba entrando y saliendo de su concha con un placer que hacía mucho tiempo no sentía en concha alguna, excepto en la de Fernanda.
—Voy a acabar —repetí, jadeando.
—Entonces, sácala —me pidió—. Porque no me cuido con nada.
La saqué, pero el Buda quedó dentro del culo.
—Date vuelta, por favor —le rogué.
Ella se volvió y vi la figura de cerámica insertada hasta la mitad en su ano. ¿Qué hacían entretanto Fernanda y Miguel? No me importó. Una gota de leche se atrevió a aparecer por la punta de mi glande, pero retuve el resto.
—Quédate así —me pidió Rita.
Sin sacarse el Buda del culo, tomó un puñado de cerámica fresca y comenzó a modelar una figura. Era mi verga. La copiaba con una rapidez y facilidad que, por primera vez en todo aquel taller o estudio, denotaba talento. Formó los huevos, con sus arrugas pero hinchados, de un grosor y un largo bastante similar, y el glande, especialmente, a la perfección. Yo la miraba, estupefacto de la calentura, sin arriesgar a tocarme. No se había secado aún la pieza, mi verga de cerámica gris, cuando Rita, sin sacarse el Buda del culo, agachándose, se metió la verga de cerámica en la boca.
Pegué un grito de excitación, y tuve que pensar en cadáveres para no acabar. La agarré del pelo y llevé una y otra vez su boca hasta la base de la verga de cerámica, me deleité en sus pezones mientras chupaba.
De repente, Rita se sacó la pija de cerámica de la boca y la arrojó lejos, contra el suelo, donde se hizo pedazos o se partió en dos. Y me miró a los ojos sin incorporarse. Me había ganado, me había poseído, yo era su esclavo: gemí. Ella era más inteligente o peor que yo. Ella era una mujer, y yo nada más que un hombre. Adán y Eva. Eva y Adán, en realidad. Y otra vez hizo que nos expulsaran del Paraíso.Me tomó de los huevos con la misma fuerza con la que yo la había dado vuelta y se la había metido en el culo, y se metió mi poronga en la boca. Mi verga en la boca. Glande, tronco y comienzo de los huevos. Tal como habíamos imaginado desde que nos dijeron que no se podía.


9 de agosto, por la tarde

Si ayer Fernanda no hubiera venido a chupármela debajo de esta mesa en la que escribo sin que me lea, creo que por primera vez en mi vida me hubiera pagado una puta. No hubiera aguantado siquiera la espera de Bea o Alejandra, llamarlas y que me dijeran que sí o que no.
Pero, querido diario, tú y yo merecemos que regrese a aquel estudio donde Rita me chupaba, desafiando el edicto, la pija. Hemos estado todo el día separados, querido diario, porque ayer me asaltó el miedo. Fue tal el acoso del deseo, tal el sufrimiento hasta que Fernanda me la chupó, que temí no poder retomar la escritura, que el sufrimiento de la calentura fuese más poderoso que el placer de su satisfacción. Temí, querido diario, llamar a Rita, incluso antes que a una puta.
Ay, diario querido, los hombres como yo padecemos el placer, los prolegómenos del mismo. Querido diario, apiádate de mí, dame fuerzas, paciencia, para seguir conformándote, dándote forma como se las di al culo y a la boca de Rita, porque no prosperaré si no soy capaz de ordenar mis fenómenos, mis terremotos, mis hecatombes; porque la reproducción de estos misterios requieren que sea capaz de recordarlos con fortaleza, de revivirlos en el papel, de conservarlos con hidalguía en la memoria. Un hombre debe ser capaz de convivir con sus recuerdos, incluso con los más difíciles: no los que lo traumatizaron, sino, ¡ay!, los que lo hicieron feliz.
Estaba mi majestuosa verga, lustrosa por la saliva, apretada, amorcillada como una morsa, entre los labios, el paladar y la lengua de Rita, cuando entró inopinadamente Juanita al estudio. ¿Qué hacía la niña allí? ¿No pasaba el día en lo de una amiga? Tales enigmas se resolverían más tarde; pero lo que ocurrió fue que Juanita, igual que su madre en cuanto vio por primera vez mi verga pugnante, se llevó una mano a la boca para tapársela estupefacta. Y cerró la puerta.
Temeroso de que los sucesos nos condujeran a un final indeseado, vale decir, a la falta de un final, tomé por la nuca a Rita con una mano, con la otra junté sus pezones en un solo punto, y apretando y presionando, apuré el resultado, no sin antes soltarle la nuca y, visto que ella me aguardaba indulgente, utilizar esa mano para pajearme como me gusta, sin sacarla de la boca de Rita, para acabar.
¿Cuánta leche le dejé en la garganta? Es, como decía Somerset Maugham, un misterio que comparte con el universo el mérito de no tener respuesta. Pero fue mucha. Mucha. Una leche universal en su misterio.
Rita la tragó con dedicación, paladeándola en sus fauces, mientras su expresión decía que apreciaba tanto el sabor como la consistencia y la cantidad.
—Algo salió mal —dijo.
Y el Buda, para rubricar su afirmación, se le salió del culo y fue a dar al piso.


10 de agosto, por la mañana

Ayer fue el primer día en que no necesité tirarme a Fernanda luego de escribirte, querido diario, ni para continuar escribiéndote. Pero debo confesarte que hoy no le he dicho que no a Bea, la linda gordita cuya cola clama por un maltrato dulce y fugaz. Pero... ¿en qué estábamos?
¡Ah!, ya sé, y no necesito releerte para recordarlo. ¿Por qué entró la bella Juanita en el estudio de su madre cuando se suponía que pasaría el día en casa de su amiga Viviana, a la que, por edad y referencias, imagino tanto o más apetecible que la jovencita en cuestión? Pues, querido diario, antes de dar una respuesta debo impartirte un conocimiento: la amistad y el amor no son imprevisibles; lo imprevisible son las reacciones de las personas ante dos sentimientos que, lo sabemos desde nuestra más tierna infancia, no conocen reglas ni acuerdos.
No sólo Juanita se había quedado a dormir en lo de Viviana, sino también Matías, nombre apropiado para un coetáneo de Juanita, si los hay, sin que lo supieran Miguel ni Rita. La casa de Viviana no era más que una tapadera para que Matías y Juana follaran y pernoctaran juntos sin permiso de los padres. Follar, imagino, follaban desde hacía meses, pero a Rita se le había metido en la cabeza —como se le metió la cabeza del Buda en el culo— que su hija aún no estaba en edad de quedarse a dormir en la casa de los padres del novio, o en la cama con el novio en cualquier casa. Aquel mediodía terrible, en una trama paralela que sólo la vida real —en contubernio con sus dos peores aliados: la amistad y el amor— puede organizar, Juanita descubrió que la verga de Matías tenía dos hogares: sí, también la púbica entrepierna de Viviana.
Los rumores no me llegaron intactos. De modo que no sé si ella se levantó por la madrugada, y los vio tocándose, porque Matías y Juana dormían junto a la cama de Viviana, o si Viviana lo confesó en un arranque de desesperación o reproche contra Matías. Lo cierto es que Juanita llegó a casa de sus padres huyendo del suicidio, del desengaño, del completo desconcierto, con lágrimas en los ojos, en busca de consuelo, de contención; no encontró a nadie en el comedor, golpeó la puerta del dormitorio y nadie le contestó. Pegó la oreja a la puerta y escuchó los odiados sonidos, odiados ahora que conocía los pliegues del amor. Entonces se apartó, decidida, pese a todo, por un atisbo de pudor, a no interrumpir el apareamiento de sus padres —en realidad no eran gemidos ni voces de apareamiento, sino el fallido intento de Miguel de penetrar a Fernanda—, y se largó al estudio de la madre, rincón que algunas tardes utilizaba, cuando no había nadie en casa, para fumar, supuestamente a escondidas de los padres, que ya sabían que fumaba. ¿Y qué encontró? A su madre fumándome la verga; fumándomela como si fuera un narguile; desesperada, pero de amor, narcotizada, alienada, chupando pija; apretándome los huevos. Creo que me vio la mitad de la verga. Y quizás el glande, porque en ese momento Rita la había sacado para que mi verga tomara aire. Sí, querido diario, Juanita, tras sus lágrimas, nos vio a su madre y a mí entretejidos en la científicamente denominada fellatio. Felación o mamada, elige tú.
¿Cómo podía Miguel impedir que Rita me chupara la pija? ¿Cómo puede una mujer decir que no le chupará la pija a un hombre? ¿Cómo puede un hombre decir que no? Acepto que lo que nos hace humanos es nuestra capacidad de decir «no»; pero, en el sexo, nuestra incapacidad para decir «no» no nos vuelve animales sino dioses. Juanita vio cómo su mamá me chupaba la pija. Lo escribo, querido diario, y me caliento.


11 de agosto, insomne por la noche

No merece la pena perder tiempo en el enema de verga que le hice a Bea cuando tengo tantas cosas y tan importantes que contarte, querido diario.
Ayer por la tarde, sí, ayer por la tarde, en otra dimensión, en otro mundo, en un paraíso que no conozco y sin embargo habité, me llamó Juanita. Me dijo que necesitaba hablarme. Me lo dijo con voz adulta y contenida. Desde ya, me divirtió el llamado. Pero también me puso en guardia. Suponía, y luego confirmé, que necesitaba información fidedigna. Sus padres no eran capaces de contarle la verdad. Necesitaba una palabra adulta que la sacara del espanto en que la había sumido la visión. Pero me atemorizó pensar en amenazas de suicidio, hacerme cargo de una jovencita..., los llantos, quizás el escándalo. Mas ¿qué podía hacer?
—Sí, Juanita —le contesté—. No hay problema. Podemos encontrarnos donde quieras y cuando quieras.
Quizás fui un poco demasiado cortés, pero, dadas las circunstancias y el seguro desamparo de la niña, no quería pecar de lo contrario.
—Mis viejos se fueron al country —dijo Juanita—. Yo no soporto verlos, ni ellos se atreven. Los avergüenza que los vea.
—Entiendo.
Estábamos en un bar para jóvenes, y, en consecuencia, rodeados de jóvenes. Pero el ambiente no me amedrentaba; por el contrario, alimentaba mis esperanzas de que me envidiaran.
—Quiero saber qué pasó —pidió Juanita.
—Bueno..., en realidad... —tartamudeé—, no soy quién para explicar nada. Ni yo mismo podría explicar bien qué pasó. Sólo te puedo decir que no es ninguna tragedia. Que no hubo engaño ni traición. Tus viejos no se van a separar...
Juanita me interrumpió, con una convicción heredada de váyase a saber qué ancestro tantas generaciones anteriores a Miguel.
—¿No es ninguna tragedia? ¿No se van a separar? ¡La tragedia es que sigan juntos! ¡No lo puedo entender! Ni siquiera sé cómo me animo a estar acá hablando contigo. Pero necesitaba hablar con alguien, entender qué pasó... Ellos no me cuentan nada: me dicen lo mismo que tú. Que son cosas de grandes, de adultos... ¿Qué adultos? ¡Hijos de puta, más bien!
—Nadie sabía que ibas a llegar... —dije, tratando de minimizar las cosas—. Eso sí fue terrible. Pero tú habías dicho...
—¡Lo único que falta es que me echen la culpa a mí! —dijo Juanita con lágrimas en los ojos. Y yo no pude sino recordar que, cuando le metí la verga en el culo a Rita, le brotaron unas lágrimas similares—. No sé cómo estoy acá hablando contigo. Pero necesito saber, porque si no, voy a volverme loca...
Y aquí dijo, querido diario, lo que yo tanto había temido:
—Me voy a matar..., no sé qué voy a hacer...
—¡Bueno! —dije, con cierto enojo, como retándola; después de todo, yo era el adulto—. Tampoco es como para tomárselo así. Sobre todo a tu edad... ¡Vosotros, los jóvenes, no paráis de pedirnos libertad y qué se yo! A fin de cuentas, matarse es peor que cualquiera de las cosas que mencionas. Pongamos un marco, no nos vayamos para cualquier lado. Si puedo ayudar en algo, te voy a ayudar.
Mi reacción intempestiva, ciertamente admonitoria, pareció calmarla. La habían retado, un adulto le había hecho frente, y aquello resultó. Recobró cierta calma, y espetó, sin alardes:
—Cuéntame.
—Bueno —repetí—. No hay mucho que contar. Lo que te dijeron tus padres es cierto. No hubo traición. No hubo engaños. No hubo ninguna actitud maliciosa o maligna. Cosas de grandes, cosas que no se pueden entender si uno no lleva casado veinte años. Creo que lo puedes deducir con facilidad, aunque hoy no puedas acabar de entenderlo. Y saber lo que pasó, aunque uno no lo entienda, ayuda. Tú siempre les pides a tus padres que te entiendan, que te permitan quedarte a dormir con tu novio...
Juanita dio un respingo.
—... que te dejen ir a tal o cual campamento o actividad, que no te molesten si fumas. Incluso, que no te hagan escándalo si te encuentran un porro. Bueno —dije por milésima vez—, ahora ellos, los adultos, te piden que los entiendas, que los perdones, que los comprendas. Por una vez. Fue una desgracia que aparecieras de improviso. Eso fue todo, y es lo más grave. Un accidente. Un accidente terrible pero un accidente: no fue una puesta en escena ni algo preparado. Un error terrible, y te pedimos que nos perdones. Por una vez.
Juanita me miró desolada y muda.
—Pero yo soy la hija.... —dijo con cordura—. Yo puedo cometer esos errores, me pueden pasar esas cosas, algunas a las que tengo derecho... Yo puedo cometer errores, ellos no.
Ahora yo la miré desolado.
—Ya ves que sí —dije.
Juanita —como su madre, y luego ella, se habían tapado la boca— se tapó los ojos. Juntó los brazos sobre la mesa y, regalándome el espectáculo de su cabellera, hundió los ojos entre los brazos. Sin levantar la cabeza, contó con voz sorda:
—Mi novio me engañó. En lo de mi amiga. Por eso volví a casa. Lo que menos necesitaba era encontrarme con que mi madre le mete los cuernos a mi padre.
—No fue así —dije—. No hubo cuernos ni engaños. Y creo que está todo dicho: ahora sólo resta olvidar.
Pero no hubo caso. Juanita se echó a llorar con los ojos entre los brazos. Bramaba de pena. Acerqué mi mano a su cabellera, la apoyé con toda la levedad del mundo, apenas un segundo, y la retiré.
—¿Por qué me engañó? —preguntó Juanita, llorando.
—Los que nos hacen daño no merecen que nos preguntemos por qué lo han hecho —respondí.
Juanita, sin dejar de llorar, rió entre sus brazos.
—Te llevo a tu casa —le dije.
Pagué, la saqué del bar y paré un taxi. La gente nos miraba, pero en cuanto subimos al taxi me sentí a salvo: lo peor ya había pasado. Nos detuvimos en su casa y le pregunté si se sentía lo bastante bien como para quedarse sola.
—Necesito preguntarte unas cosas más —pidió sin enojo—. Mi sicóloga me dijo que lo mejor que puedo hacer es hablarlo. Ella, claro, sugirió que hablara con mis padres. Pero ellos no pueden hablar. Lo intenté, pero yo tampoco puedo. Contigo pude hablar. ¿Unas preguntas más?
—Un té —dije—. Como para que te recompongas, y me voy.
Juanita asintió.
—¿Pero me vas a contestar? —añadió.
—Lo que pueda —dije.
La casa estaba vacía sin parecerlo. Por cada uno de sus rincones caminaban los fantasmas del afrecho. El pecado y sus secuaces, la lujuria y los fluidos, se reían todavía de nosotros, jugaban al juego que jugamos sin conocer sus reglas, padeciendo creyendo que nos divertimos, dilapidando nuestras vidas en la presunción de que las reproducimos. Era una casa embrujada por el fornicidio.
Juanita tomó asiento, indolente, en un sillón individual del comedor. Yo me senté, recatado, en una silla de madera junto a la mesa, la mesa donde los ravioles y el vino tinto habían precedido a la debacle.
—¿Lo planearon antes? —me preguntó, y en un arrebato del lenguaje propio de adolescente o de estudiante de teatro, agregó: ¿O surgió?
—Surgió —mentí.
Juanita chistó.
—La de veces que me habré escondido como una delincuente... para no molestar, para que mis viejos no se enteraran de nada... Y mira...
«La que miró fuiste tú», pensé en decir. Pero opté por el silencio.
—Quiero fumar —dijo Juanita.
Puse cara de circunstancias y me palpé los bolsillos.
—Yo no fumo —me excusé.
Yo no era su padre, ni mucho menos su tutor, pero sentía que un halo de corrupción hubiera rodeado la escena de Juanita fumando delante de mí. Me alegró que no hubiera cigarrillos cerca. Pero mi alegría duró poco.
—Voy a buscar un faso —declaró. Se levantó—. Mejor ven —se dio vuelta y agregó: No quiero dejar rastros en el comedor.
La seguí. Para mi gran desmayo, el lugar donde escondía o guardaba «los fasos» era el estudio. Subimos la breve escalera, Juanita delante de mí.
Entre las figuras de Caperucita y el lobo y los personajes de Los miserables, se encontraba el Buda, profanada su cabeza, modificado el sentido de su sonrisa, extraño o sórdido, quizás aún santo. En el piso, partido en dos, el modelo en cerámica de mi falo: nadie lo había recogido.
Juanita separó un par de pinturas, frascos de acetona y esmaltes acumulados en un estante, y sacó una bolsita, casi empotrada en la pared. De la bolsita extrajo un paquetito de hierba. Cuando vi los papeles de armar cigarrillos, supe de qué se trataba.
—Mi vieja nunca usa la acetona ni el esmalte ni las pinturas.
Mientras armaba su cigarrillo de marihuana, Juanita divisó la copia en cerámica de mi verga rota en el suelo. Apartó la mirada de inmediato y se metió la punta del cigarrillo en la boca. Lo encendió con un mechero, que no vi de dónde sacó, e hizo que no con la cabeza.
—No lo puedo creer —me dijo—. Lo pienso y no lo puedo creer.
—Pues no lo creas —le dije.
—Pero esto no es como la fe —dijo Juanita—. Uno puede creer en milagros aunque no los vea. Pero no puedes dejar de creer en lo que sí viste.
Movió otra vez bruscamente la cabeza, en un gesto de anonadada negativa.
—¿Sabes qué? —le dije—. Hace un tiempo leí una excelente biografía. La de Buñuel, Mi último suspiro. En un párrafo dedicado a la imaginación, dice que durante mucho tiempo lo acosaron fantasías terribles, como por ejemplo acostarse con su madre. Y que un día descubrió que podía imaginar las cosas y que eso no significaba que ocurrieran. Entonces se dedicó a imaginar a conciencia, rigurosamente, las peores cosas que se le ocurrían. En lugar de intentar reprimirlas, les daba rienda suelta en su imaginación, y así las exorcizaba.
Juanita iba por la mitad de su cigarrillo, lo fumaba muy rápido.
—¿Y? —me preguntó desafiante y con los ojos enrojecidos.
—Que tal vez te haría bien repasar la escena en tu cabeza hasta neutralizarla. Mirarlo todo de frente, pensar en eso una y otra vez, y finalmente decidir que no pasó nada, que no te incumbe, que la vida es rara y no la podemos manejar; pero que tú vas a hacer tu propia vida, independiente de tus padres.
Juanita hizo por tercera vez que no con la cabeza. Me habló llorando, casi gritando:
—¡Quiero dejar de pensar! No puedo neutralizar nada. Quiero que se me vaya de la cabeza.
—¿Qué es lo que ves?
—¿Qué veo? —gritó Juanita—. Mi mamá chupándote la pija. Veo una pija enorme en la boca de mi mamá.
La verdad es que la referencia al tamaño me inquietó.
—¡Quiero dejar de verla! —siguió gritando Juanita—. Cuando vengo a este estudio —sorbió su llanto—, cuando vengo a este estudio... veo esa cosa rota... Esto no puede ser.
—¿Qué es lo que tanto te impresiona de lo que viste?
—¿Necesitas que te lo explique? —ironizó furibunda, pero luego recapacitó—. Pero hay algo..., algo que no tiene nada que ver... Se lo conté a mi psicóloga. Porque uno no puede elegir lo que lo impacta. Como en los sueños, uno no elige nada. Yo una vez, hará un mes, vi sin querer a mi papá desnudo. Salió de la ducha sin toalla ni nada... No sabía que yo estaba allí. Y le vi..., le vi el... Se la vi. La tenía parada. Y me pareció chica. Porque yo ya había estado con Matías, y me pareció chica la de mi papá. Y ahora te vi a ti con mi mamá, y me pareció tan grande... No puedo dejar de pensar que mi mamá agarró una más grande, despreció la de mi padre. Esa idea me persigue.
—Es una imagen —dije—. Una imagen se puede deshacer con otras.
—No es una imagen —me dijo Juanita, y señaló la verga de cerámica partida en dos—. Ahí está. —Agregó, extemporánea: Yo nunca puedo dejar de competir con mi mamá.
Me conmovió.
—Nadie puede dejar de competir con nadie —dije—. Y todos contra Dios.
Juanita dejó el cigarrillo, aún con brasa, sobre la mesa de trabajo y se arrodilló frente a mí. Yo tenía la verga parada. Me la sacó del pantalón como pudo, y se la metió en la boca con decisión.
Quizás, de haber insistido un poco, hubiera sido capaz de impedirle fumar. Pero eso ya no intenté evitarlo. Apoyé ambas manos sobre su cabellera y la ayudé. No me apretó los huevos, pero agarró bien el tronco. Le metí un dedo en el culo y pegó un leve grito.
—¿Nunca te metieron un dedo? —pregunté en susurros.
—Ni un dedo ni nada —respondió en una brevísima pausa, y siguió chupando.
Sin abandonar la posición, estirando el cuerpo y el brazo, tomé el tronco de mi verga en cerámica y comencé a insertarle el glande gris en el culo. El Buda tendría que aguardar otra ocasión.
Puse a Juanita de pie delante de mí y le levanté la remera. Recogí las primicias de sus pezones. Era seguro que Matías se los había chupado y tocado, pero para mí eran vírgenes. Y gimió como si lo fueran. Deslicé entonces mi boca por su torso liso y fresco, y le hundí la lengua en el ombligo, sin sacar mis dedos de sus pezones. Jadeó.
Ella sola se sacó los pantalones y le clavé la verga de verdad en la vulva.
—Es muy grande —lloró.
No contesté. Con una mano acomodé la verga de cerámica en su culo, y la hice girar lentamente. Juanita se derritió. De las intimidades de la concha le salían ríos de jugo. Le tiré suavemente del pelo, y me agradeció con un sollozo entregado.
—Voy a acabar —le dije.
—Entonces sácala —me dijo, con una responsabilidad inusitada, drogada y todo—. Porque no me cuido con nada.
Querido diario, como sabrás, ese parlamento no era nuevo para mí, y a punto estuvo de hacerme acabar sin poder sacarla, pero si Juanita drogada era capaz de mantener el juicio, mucho más yo, que sólo estaba caliente. La saqué y la di vuelta y, permitiéndole imitar las posiciones de su estirpe, puse las palmas de sus manos contra la mesa de trabajo. Le quité la verga de cerámica, que asomaba como un mástil de su culo, en un pesebre perfecto, e intenté penetrarla con la mía. Me gustaría poder decirte, querido diario, que dada la dilatación que le había provocado con el modelo de cerámica, no tuve más que golpear a las puertas del ano con mi verga. Pero la triste verdad es que no entraba. La embadurné con saliva, presioné y empujé. Pero no entraba.
La iba a girar en redondo nuevamente para que terminara con la boca lo que con la boca había empezado, cuando me pidió:
—Prueba una vez más.
Le miré el ano: palpitaba; se abría y se cerraba. Metí uno de mis dedos en su concha.
—Si ellos hacen lo que quieren.... —dijo Juanita mientras yo me lanzaba de nuevo al ruedo, transpirando, sobrepasado, respirando entrecortadamente—..., yo también.
Algo hizo, con su músculo anal y con sus caderas, que permitió a la pija entrar. Querido diario, no puedo describir lo que siguió. Llega un punto en que el sexo es mudo y en que, muy de vez en cuando, nos son permitidos sucesos que las palabras no pueden aprisionar. Con pericia, delicadeza y —lo reconozco— con pasión, lo hice durar. Y Juanita acabó. Se estremeció de tal modo que Caperucita y el lobo, y las figuras de Los miserables, fueron a dar al piso y se partieron en varios pedazos. Sólo el Buda, milagrosamente, permaneció de pie, en la mesa, observando con su sonrisa sarcástica o beata los restos del amor.
—Aunque pienses que estoy loca —dijo Juanita ya vestida—, me siento mejor.
—¿Por el faso? —pregunté mientras me vestía.
Juanita sonrió e hizo que no con la cabeza. Era la primera vez en la tarde que sonreía. Nos despedimos con un beso en la mejilla.
«Quizás realmente la salvé», pensé en el taxi.


12 de agosto, luego de dormir mucho, al mediodía

No me gusta despertarme tan tarde, querido diario. Pero el hecho de que Fernanda me haya despertado imprevistamente con una mamada, luego de calentarse la boca con tres sorbos de mate, según me informó, ayuda. Voy a cerrar este capítulo de nuestra relación, querido diario, con los sucesos acaecidos el 6 de agosto, los que me disponía a incorporar a tus páginas ayer, cuándo Juanita nos interrumpió con su llamado y sus posteriores movimientos. Como verás por lo que voy a escribir, querido diario, puede parecer que no cumplo ninguno de mis acuerdos. Pero te desengañaré.
Como te decía, el 6 de agosto por la mañana Miguel vino a quejarse. Había descubierto que Rita, pese a lo pactado, me había chupado la pija.
Me extrañó mucho que se iniciara así la conversación, y no con la horrible circunstancia de que su hija lo hubiera descubierto todo. Pero así es Miguel, y por eso le va como le va.
—No puedo entenderlo —se quejó Miguel—. Te lo ofrecí todo. Y tomaste precisamente lo que te prohibí.
En ese momento no le pregunté cómo se había enterado. Sólo atiné a responder:
—No fui yo, Miguel, te lo aseguro. Ella se lanzó como una loca, no pude pararla.
Miguel, como ayer hizo su hija Juanita, hizo que no con la cabeza.
—Con tu esposa no pasó nada —dijo entonces él.
Reprimí una sonrisa. Miguel me estaba reprochando que, aunque su esposa me había dado mucho más de lo que él esperaba, mi esposa le había dado mucho menos. Cosa que yo ya había supuesto.
—Cuando a mí se me paraba, ella estaba seca como una piedra, una lija. Y cuando me decía que se había mojado, a mí se me bajaba.
Aunque yo le había ordenado no contarme ni un renglón, lo cierto es que el relato me agradaba. Ya perdidos mis miedos, sólido en mi posición, me atreví a preguntar:
—¿Y por qué no te hiciste pajear? —Y agregué, libre de los más elementales pruritos: Fernanda hace muy buenas pajas.
Miguel asintió. Pero no porque lo hubiera probado, sino porque sabía que yo tenía razón. Hay ciertas relaciones en las que uno siempre tiene la razón y el otro no; y para mí es evidente que el que no tiene nunca la razón, debe procurar por todos los medios huir de semejantes relaciones. Pero Miguel, como un regalo, intimaba cada vez más.
—Pensé que, si me iba con una paja, a ti te lo daban todo y a mí nada. Lo intenté hasta el final, como pude. No quería que me hiciera acabar con la mano. Y terminé cuando ella me dijo que se había mojado, con la pija baja, rozándome contra los muslos, pero no pude entrar...
Un atisbo de sollozo asomó en su voz. Si se hubiera echado a llorar, creo que le habría pedido que se fuera, querido diario.
—¿Por qué te la chupó? —preguntó con furia, imponiendo, en un raro rapto de virilidad, la furia a la pena.
—No sé, Miguel. Creo que jugamos con fuego —actué—. Hay cosas que no se pueden controlar.
—Lo mismo dijo ella, que no se pudo controlar.
Miguel apoyó la frente en su mano, y cerró los ojos.
—¿Cómo te enteraste? —pregunté.
Soltó una risa furibunda.
—Por mi hija. Después de armarnos un escándalo descomunal, y decirnos de todo, terminó gritando: «¡Yo vengo a esta casa en busca de la ayuda de mis padres, y me encuentro a mi mamá con la verga de otro en la boca!».
Luego de ese exabrupto me narró Miguel la decepción que se había llevado Juanita respecto de Matías. Pero regresó inmediatamente a la pregunta que horadaba su alma:
—¿Por qué? —insistió.
—Ya te dije que no sé, Miguel. Sólo te puedo prometer que no lo volveré a hacer.
—Para colmo, yo estoy caliente —se quejó Miguel—. Rita me parece más linda que nunca. Como si las tetas le hubieran crecido. La veo más mujer, más hembra. Me gusta cómo se mueve. Me dejó cogerla, una vez. Creo que de compromiso. Una sola vez, desde aquel domingo. Pero no me la quiere chupar.
Tuve que reprimir la risa, que en mi caso no hubiera sido furibunda, sino una auténtica risa alegre.
—¿Qué dice ella? —pregunté.
—Que le da vergüenza. Que no puede.
—Entiendo —repliqué, en la cúspide de mis dominios.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Miguel.
—Nada, dejar que pase el tiempo.
Miguel negó con la cabeza.
—No —agregó—. No nos podemos volver a ver.
—Pero ¿por qué?... —Fingí ingenuidad—. Nuestra amistad..., la amistad entre Fernanda y Rita...
—Ella, Rita, quiere volver a verlos —dijo Miguel—. Tengo miedo de que te la quiera chupar. Me dijo lo mismo que tú, también en esto: que puse en marcha un juego sin saber que en todos los juegos se cometen transgresiones. En el fútbol hay fouls, me dijo. Se pueden establecer reglas, claro, pero nadie puede garantizar su pleno cumplimiento. Se puede penalizar a los jugadores, pero no impedir de antemano que cometan infracciones. v.
—¿Todo eso dijo?
—Más o menos.
—¿Y qué más?
—Que no quiere que por eso se rompa nuestra amistad.
No sé si fue la frase «se rompa nuestra amistad», o la imagen de Rita y Miguel jugando al fútbol, como me los representé cuando Miguel desmenuzaba las explicaciones de Rita: Rita vestida con ropa de jugador de fútbol, el pantalón corto dibujándole las nalgas, los pechos tras la remera del Racing sin corpiño; y Miguel también vestido de futbolista; yo en el equipo contrario. No sé si fue eso, decía, querido diario, lo que me puso en el magín la propuesta terrible que, así como Miguel se había atrevido a hacerme la suya, me impulsó a poner mis propias cartas sobre la mesa. Aunque todo había salido mal para Miguel, yo había cumplido un deseo suyo. Con imperfecciones, es verdad; pero él había propuesto y yo había aceptado. Ahora era el turno de mi propia propuesta, mi gran propuesta. Tenía derecho.
Sin embargo, aún no veía el intersticio. Necesitaba un movimiento más de Miguel, un pretexto para exponer mis condiciones. Mi resolución número dos ante el Consejo de Seguridad. Como todo, me lo dio de inmediato.
—No quiero que nos veamos más —dijo, y agregó destemplado: No quiero que te acerques a mi familia.
—Me estás agrediendo —dije—. Yo no propuse esto, ni lo busqué. Sucedió un accidente. No es culpa mía.
—No es culpa de nadie —dijo Miguel—, ni te estoy agrediendo. Solamente te pido que cortemos acá. —Y repitió: No quiero que te acerques más a mi familia.
—Me estás dejando sin tu amistad —dije—. Y obligando a Rita y a Fernanda a no hablar nunca más sin saber por qué. Fernanda no sabe nada. Nada de lo que hice con Rita. ¿Qué le digo? —Nada —dijo Miguel—. No es tan difícil. —Sí que es difícil. Fernanda querrá saber por qué no nos vemos más. Tratará de enterarse. Y si se entera de que tu mujer me la chupó contra tus prohibiciones, le va a dar un significado distinto a los hechos. Para Fernanda me garché una mina y nada más. No pasó nada. Pero si se entera de que hicimos algo prohibido, de que tu mujer no pudo resistir chuparme la verga, y sobre todo si se entera de que tú estás enojado, va a apasionar todo. ¿Entiendes? Si seguimos amigos, como si nada, los dos matrimonios, Fernanda no se inmutará. Pero si tú cortas la relación bruscamente y no nos vemos más, Fernanda se va a preguntar qué pasó, imaginará que le ocultamos algún secreto, querrá saber. Va a suponer amor, o atracción, entre tu esposa y yo... No me puedes hacer esto. Me estás cobrando un precio demasiado alto, y todo por haber accedido a un deseo tuyo.
Miguel, para mi gran sorpresa, se tragó mi argumento. Asintió. El pobre Miguel sí que iba lejos.
—Yo no puedo exponer otra vez a Rita a tu presencia... Mucho menos después de lo que pasó con Juanita. Ella, Rita, dice que quiere seguir viéndolos... Pero por lo menos aceptó que nos vayamos al country por una semana, para dejar a Juanita en paz. Para estar juntos y solos, y recomponernos. Después de todo, yo organicé esa reunión nada más que para que volviéramos a estar bien.
—De acuerdo —dije—. Tú te vas al country, la pasas bien, o no, como quieras. Pero si no nos vemos más, me dejas el fardo a mí. Las explicaciones con Fernanda. No es justo. Eso tiene un precio.
Miguel alzó la cabeza.
—¿Un precio?
—Un precio.
Miguel se rió.
—No te puedo creer. ¿Me estás chantajeando? —Sí.
—A ver si te entiendo bien —continuó Miguel—. ¿Me estás pidiendo plata para no acercarte nunca más a mi familia? —Plata, no —dije. —¿Y qué quieres? —Hacerte el culo.
Miguel soltó una carcajada antes de quedarse en silencio, y finalmente dijo:
—¿De qué me estás hablando?
—Creo que fui muy claro. De sodomizarte.
—Concretamente... Es que no lo puedo creer... —dijo, igual que su hija—. Concretamente, ¿de qué me estás hablando?
—¡De meterte la pija en el culo, Miguel! —exclamé, sulfurado—. De cogerte. Bueno, no tanto. Digamos, metértela en el culo.
—No lo puedo creer —insistió Miguel—. ¿Y desde cuándo quieres cogerme?
—Desde que me expusiste las explicaciones futbolísticas de Rita. Si me dejas que te la meta en el culo, no me acerco nunca más a tu familia.
—No lo puedo creer.
—Me das el culo unos minutos, nada más. Y no me ves por el resto de tu vida.
—¿Nunca más te vas a acercar? —Nunca más. Me daría vergüenza —mentí. —¿Y si nos encontramos de casualidad? —Hago de cuenta que no te veo. —¿Y qué le vas a decir a Fernanda? —Cosa mía.
Pero no veía la hora de decirle que le había hecho el culo a Miguel.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Ahora —dije—. Ponte contra la pared como si jugáramos a las escondidas y tú contaras.
—¿Y desapareces para siempre?
—Como mi leche en tu culo.
Miguel, temeroso, dubitativo, apoyó las manos contra la pared, entre los libros de la biblioteca y el mueblecito del equipo de música y los discos, en el living de mi casa.
—Bájate los pantalones.
Se quitó los pantalones y los calzoncillos y asomaron dos nalgas peludas que casi me disuaden. Pero sabía que, si no lo hacía entonces, lo desearía por mucho tiempo.
—Espérame un minuto acá, no te muevas —le dije.
Fui corriendo al botiquín de nuestro baño central y recogí el pomito de gel lubricante que a veces utilizo para hacerle el culo a Fernanda. Junto al pomito, había un tampón. Regresé, también corriendo, con ambas cosas en mi mano derecha.
—Toma —le dije a Miguel, quien había permanecido en la misma posición pero, si no me equivoco, se había bajado un poco más, hasta los tobillos, los pantalones y el calzoncillo. Le di el tampón.
—Póntelo debajo de los huevos —le dije.
Miguel, no sé por qué, obedeció. Se lo puso entre los huevos y el final inferior de las nalgas, sin sacarle el nailon de la envoltura.
—Mejor dámelo —sugerí.
Obedeció nuevamente.
—Apúrate —me dijo—. Me pone mal estar así.
—Tranquilo —dije—. Son unos minutos, nada más.
Quité la envoltura y lubriqué sólo la punta del tampón con el líquido cremoso, frío y transparente. Le abrí bien las nalgas y se lo metí en el ano hasta la mitad.
—Lubrícate un poquito —le dije.
Miguel se metió el tampón y lo sacó, una vez.
—Ya está —dijo con la voz estrangulada por la vergüenza.
—Ahora póntelo de nuevo adelante.
Miguel lo volvió a ubicar donde antes.
—Abre bien el culo.
Con las dos manos separando las nalgas, ese culo peludo daba menos impresión. Las manos lo blanqueaban, lo suavizaban. Tenía el anillo de bodas puesto, y lo miré fijamente. Más que al ano.
Me tomé la pija por el tronco y no pude apoyar el glande en la entrada del ano porque se hundió inmediatamente. Tal vez por mi calentura, tal vez por la lubricación, por azar. Qué sé yo. Pero no pasé de la cabeza de mi pija. La moví sin pasar del glande, circunvalando el orto, tomándome de las nalgas de mi ex amigo.
No pasé más allá porque alcanzaba con eso. No llegaba a ser una relación homosexual: era el rito del gorila macho demostrando el poder ante la manada, garantizando su jefatura delante de los otros machos. Los machos de la manada le ofrecen simbólicamente el culo al gorila jefe; no más que eso. Seguramente, así imaginaba Jiménez a los esposos de sus amantes. Pero a mí, a diferencia de Buñuel, y seguramente a diferencia de Jiménez, no me bastaba con imaginármelo. Vi el glande de mi verga apretado por el ano marrón.
Eyaculé cuando escuchamos la llave de Fernanda entrando por la cerradura de la puerta de calle. Miguel se subió rápidamente los pantalones, y también yo, mientras los pasos de Fernanda resonaban en la escalera. Todavía no sé, querido diario, si hubiera preferido que Fernanda nos encontrara abotonados, o si fue mejor así. Por ahora, aún no se lo he contado.
—¿Qué hacen? —preguntó Fernanda.
Miguel miraba distraídamente los discos.
—Charlábamos —dije.
—Yo ya me iba —dijo Miguel.
—Y yo ya me fui —no pude evitar decir, enigmáticamente, en una frase sobre la que Fernanda no me pidió explicación.
Miguel abandonó mi casa, creo que para siempre. Pero las creencias, ya se sabe..., querido diario, ¿qué se puede esperar de las creencias?

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