martes, 14 de julio de 2009

La Multitud Errante. Por Laura Restrepo

1


¡Cómo puedo yo decirle que nunca la va a encontrar, si ha gastado la vida buscándola?
Me ha dicho que le duele el aire, que la sangre quema sus venas y que su cama es de alfileres, porque perdió a la mujer que ama en alguna de las vueltas del camino y no hay mapa que le diga dónde hallarla, La busca por la corteza de la geografía sin concederse un minuto de tregua ni de perdón, y sin darse cuenta de que no es afuera donde está sino que la lleva adentro, metida en su fiebre, presente en los objetos que toca, asomada a los ojos de cada desconocido que se le acerca.
-El mundo me sabe a ella -me ha confesado-, mi cabeza no conoce otro rumbo, se va derecho donde ella.
Si yo pudiera hablarle sin romperle el corazón se lo repetiría bien claro, para que deje sus desvelos y errancias en pos de una sombra. Le diría: Tu Matilde Lina se fue al limbo, donde habitan los que no están ni vivos ni muertos.
Pero sería segar las raíces del árbol que lo sustenta. Además para qué, si no habría de creerme. Sucede que él también, como aquella mujer que persigue, habita en los entresueños del limbo y se acopla, como ella, a la nebulosa condición intermedia. En este albergue he conocido a muchos marcados por ese estigma: los que van desapareciendo a medida que buscan a sus desaparecidos. Pero ninguno tan entregado como, él a la tiranía de la búsqueda.
-Ella anda siguiendo, como yo, la vida -dice empecinado, cuando me atrevo a insinuarle lo contrario.
He llegado a creer que esa mujer es ángel tutelar que no da tregua a su obsesión de peregrino. Va diez pasos adelante para que él alcance a verla y no pueda tocarla; siempre diez pasos infranqueables que quieren obligarlo a andar tras ella hasta el último día de la existencia.
Se arrimó a este albergue de caminantes como a todos lados: preguntando por ella. Quería saber si había pasado por aquí una mujer refundida en los tráficos de la guerra, de nombre Matilde Lina y de oficio lavandera, oriunda de Sasaima y radicada en un caserío aniquilado por la violencia, sobre el linde del Tolima y del Huila. Le dije que no, que no sabíamos nada de ella, ya cambio le ofrecí hospedaje: cama, techo, comida caliente y la protección inmaterial de nuestros muros de aire. Pero él insistía en su tema con esa voluntaria ceguera de los que esperan más allá de toda esperanza, y me pidió que revisara nombre por nombre en los libros de registro.
-Hágalo usted mismo -le dije, porque conozco bien esa comezón que no calma, y lo senté frente a la lista de quienes día tras día hacen un alto en este albergue, en medio del camino de su desplazamiento. Le insistí en que se quedara con nosotros al menos un par de noches, mientras desmontaba esa montaña de fatiga que se le veía acumulada sobre los hombros. Eso fue lo que le dije, pero hubiera querido decirle:
-Quédese, al menos mientras yo me hago a la idea de no volver a verlo. y es que ya desde entonces me empezó a invadir un cierto deseo, inexplicable, de tenerlo cerca.
Agradeció la hospitalidad y aceptó pernoctar, aunque sólo por una noche, y fue entonces cuando le pregunté el nombre.
-Me llamo Siete por Tres -me respondió.
-Debe ser un apodo. ¿Podría decirme su nombre? Un nombre cualquiera, no se haga problema; necesito un nombre, verdadero o falso, para anotarlo en el registro.
-Siete por Tres es mi nombre, con perdón; de ningún otro tengo noticia.
-Pedro, Juan, cualquier cosa; dígame por favor un nombre -le insistí alegando motivos burocráticos, pero los que en realidad me apremiaban tenían que ver con la oscura convicción de que todo lo estremecedor que la vida depara suele llegar así, de repente, y sin nombre. Saber cómo se llamaba este desconocido que tenía al frente era la única manera -al menos así lo sentí entonces- de contrarrestar el influjo que empezó a ejercer sobre
mí desde ese instante. ¿Debido a qué? No podría precisarlo, porque no se diferenciaba gran cosa de tantos otros que vienen a parar a estos confines de exilio, envueltos en un aura enferma, arrastrando un cansancio de siglos y tratando de mirar hacia delante con ojos atados a lo que han dejado atrás. Hubo algo en él, sin embargo, que me comprometió profundamente; tal vez esa tenacidad de sobreviviente que percibí en su mirada, o su voz serena, o su oscura mata de pelo; o quizá sus ademanes de animal grande: lentos y curiosamente solemnes. y más que otra cosa creo que pesó sobre mí una predestinación. La predestinación que se esconde en el propósito último e inconfeso de mi viaje hasta estas tierras. ¿Acaso no he venido a buscar todo aquello que este hombre encarna? Eso no lo supe desde un principio, porque aún era inefable para mí ese todo aquello que andaba buscando, pero lo sé casi con certeza ahora y puedo incluso arriesgar una definición: todo aquello es todo lo otro; lo distinto a mí y a mi mundo; lo que se fortalece justo allí donde siento que lo mío es endeble; lo que se transforma en pánico y en voces de alerta allí donde lo mío se consolida en certezas; lo que envía señales de vida donde lo mío se deshace en descreimiento; lo que parece verdadero en contraposición a lo nacido del discurso o, por el contrario, lo que se vuelve fantasmagórico apunta de carecer de discurso: el envés del tapiz, donde los nudos de la realidad quedan al descubierto. Todo aquello, en fin, de lo que no podría dar fe mi corazón si me hubiera quedado a vivir de mi lado.
No creo en lo que llaman amor a primera vista, a menos que se entienda como esa inconfundible intuición que te indica de antemano que se avecina un vínculo; esa súbita descarga que te obliga a encogerte de hombros y a entrecerrar los ojos, protegiéndote de algo inmenso que se te viene encima y que por alguna misteriosa razón está más ligado a tu futuro que a tu presente. Recuerdo con claridad que en el momento en que vi entrar a Siete por Tres, aun antes de saber su ningún nombre, me hice con respecto a él la pregunta que a partir de entonces habría de hacerme tantas veces: ¿Vino para salvarme, o para perderme?. Algo me decía que no debía esperar términos medios. ¿Siete por Tres? ¿7x3? Dudé al escribir.
-Cómo firma usted, ¿con números o con letras?
-Poco firmo, señorita, porque no confío en papeles.
-Sea, pues: Siete por Tres -le dije y me dije a mí misma, aceptando lo inevitable-. Ahora venga conmigo, señor don Siete por Tres; no le hará mal un poderoso plato de sopa.
No le permitía comer esa ansiedad que lo abrasaba por dentro y que era más grande que él mismo, pero eso no me extrañó; todos los que suben hasta acá vienen volando en alas de esa misma vehemencia. Me extrañó, sí, no lograr mirarle el alma. Pese a que en este oficio se aprende a calar hondo en las intenciones de la gente, había algo en él que no encajaba en
ningún molde. No sé si era su indumentaria de visitante irremediablemente extranjero, o su intento de disfrazarse sin lograrlo, o si mis sospechas recaían sobre ese bulto encostalado que traía consigo y que no descuidaba ni un instante, como si contuviera una carga preciosa o peligrosa.
Además me inquietaba esa manera suya de mirar demasiado hacia adentro y tan poco hacia afuera; no sé bien qué era, pero algo en él me impedía adivinar la naturaleza de la cual estaba hecho, y aquí puedo volver a decirlo, para cerrar el círculo; lo que me intimidaba de esa naturaleza suya era que parecía hecha de otra cosa.
Aceptó la hospitalidad por una sola noche pero se fue quedando, en contravía de su propia decisión, despidiéndose al alba porque partía para siempre y anocheciendo todavía aquí, retenido por no sé qué cadena de responsabilidades y remordimientos. Desde que me preguntó por su Matilde Lina, no bien hubo traspasado por primera vez la puerta, no paró ya de hablarme de ella, como si dejar de nombrarla significara acabar de perderla o como si evocarla frente a mí fuera su mejor manera de recuperarla.
-¿Dónde y cuándo la viste por última vez? -le preguntaba yo, según debo preguntarles a todos, como si esa fórmula humanitaria fuera un abracadabra, un conjuro eficaz para volver a traer lo ausente. Su respuesta, evasiva e imprecisa, me hacía comprender que habían pasado demasiados años y demasiadas cosas desde aquella pérdida.
A veces, al atardecer, cuando se aquietan los trajines del albergue y los refugiados parecen hundirse cada cual en sus propias honduras, Siete por Tres y yo sacamos al callejón un par de mecedoras de mimbre y nos sentamos a estar, enhebrando silencios con jirones de conversación, y así, cobijados por la tibieza del crepúsculo y por el dulce titileo de los primeros luceros, él me abre su corazón y me habla de amor. Pero no de amor por mí: me habla meticulosamente, con deleite demorado, de lo que ha sido su gran amor por ella. Haciendo un enorme esfuerzo yo lo consuelo, le pregunto, infinitamente lo escucho, a veces dejándome llevar por la sensación de que ante sus ojos, poco a poco, me voy transformado en ella, o de que ella va recuperando presencia a través de mí. Pero otras veces lo que me bulle por dentro es una desazón que logro disimular a duras penas.
-Basta ya, Siete por Tres —le pido entonces, tratando de tomármelo en broma-, que lo único que me falta por saber de tu tal Matilde Lina es si prefería comerse el pan con mantequilla o con mermelada.
-No es culpa mía —se justifica—. Siempre que empiezo a hablar, termino hablando de ella.
En el cielo la negrura va engullendo los últimos rezagos de luz y muy abajo, al fondo, las chimeneas de la refinería con su penacho de fuego se ven mínimas e inofensivas, como fósforos. Mientras tanto, nosotros dos seguimos dándole vueltas a la rueda de nuestra conversación. Yo todo se lo pregunto y me va respondiendo dócil y entregado, pero él a mi no me pregunta nada. Mis palabras escarban en él y se apropian de su interior, amarrándolo con el hilo envolvente de mi inquisición, y mientras tanto mi persona intenta ponerse a salvo, escapándose por ese lento río de cosas mías que el no pregunta y que jamás llegara a saber.
Siete por Tres se saca del bolsillo del pantalón un paquete de Pielroja, enciende un cigarrillo y se pone a fumar, dejándose llevar por el hilito de humo hacia esa zona sin pensamientos donde cada tanto se refugia. Mientras lo observo, una voz pequeña y sin dientes me grita por dentro: Aquí hay dolor, aquí me espera el dolor, de aquí debo huir. Yo escucho aquella voz y le creo, reconociendo el peso de su advertencia. Y sin embargo en vez de huir me voy quedando, cada vez más cerca, cada vez más quieta.
Tal vez mi zozobra sea sólo un reflejo de la suya, y tal vez el vacío que él siembra en mí sea hijo de esa ausencia madre que él almacena por dentro, Al principio, durante los primeros días de su estadía, creí posible aliviarlo del agobio, según he aprendido a hacer en este oficio mío, que en esencia no es otro que el de enfermera de sombras. Por experiencia intuía que si quería ayudarlo, tendría que escudriñar en su pasado hasta averiguar cómo y donde se le había colado ese recuerdo del que su agonía manaba.
Con el tiempo acabé reconociendo dos verdades, evidentes para cualquiera menos para mí, que si no las veía era porque me negaba a verlas. La primera, que era yo, más que el propio Siete por Tres, quien resentía hasta la angustia ese pasado suyo, recurrente y siempre ahí. “Le duele el aires, la sangre quema en sus venas y su cama es de alfileres”, son palabras que escribí al comienzo, poniéndolas en boca suya, y que ahora debo modificar si quiero ser honesta: Me duele el aire. La sangre quema mis venas. ¿Y mi cama? Mi cama sin él es camisa de ortiga; nicho de alfileres.
De acuerdo con la segunda verdad, todo esfuerzo será inútil: mientras más profundo llego, más me convenzo de que son un hombre y su recuerdo.


2


La historia de su recuerdo, valga decir la trayectoria de su obsesión, empieza el mismo día de su nacimiento, primero de enero de 1950. Aunque no exactamente nació, sino que apareció en la población rural de Santamaría Bailarina, ya borrada de la historia y que tuvo su lugar y su momento hace años lejos de aquí, en la vereda El Liminar, municipio río Perdido, sobre la frontera del Hulia y el Tolina, Según he podido reconstruir, recuperando aquí y allá las piezas sueltas de su volátil biografía, la aparición de Siete por Tres se produjo a la salida de la misa de gallo, en los escalones del atrio de una iglesia todavía en obra que inauguraban prematuramente para celebrar la llegada del cincuenta, que se anunciaba con viento agorero.
-Viene brava la vaina – se oía comentar entonces -. Por la cordillera viene bajando una chusma violenta clamando degüello general.
Eran los ecos de la Guerra Chica, que cundía desde el asesinado de Jorge Eliécer Gaitán y que amenazaba con cerrar el cerco sobre la pacífica Santamaría. Los vecinos se disponían a quemar pólvora en honor del año nuevo para suplicarle que pasara manso por el pueblo, y fue entonces cuando lo vieron.
Un bulto quieto, pequeño, envuelto como un tamal entre una cobija de dulceabrigo a cuadros. No lloraba, sólo estaba. Recién nacido bajo la noche inmensa, ya desde entonces con esa manera suya de estar, alumbrada y solitaria.
- Miren, le sobra un dedo del pie- se asombraron al entreabrir la cobija, tal como habría de asombrarme yo, tantos años después, la primera vez que lo vi descalzo.
Tal vez por eso algunos recelaron desde el principio, por el sexto dedo de su pie derecho, que aparecía así, de repente y caído de la nada, como señal peligrosa de que se andaba resquebrajando el orden natural de las cosas. A otros, más desprevenidos, los hizo reír esa arvejita de más, graciosa y rosada, perfectamente redonda, apretada en la fila contra las otras cinco en la empanada minúscula del pie.
-¡El Año Viejo se fue dejando un niño de veintiún dedos en atrio de la iglesia! – corría la voz por el pueblo y Matilde Lina, por novelera y curiosa, se abrió paso a codazos por entre el círculo de humanidad que se apretaba en torno al fenómeno. Cuando tuvo ante sus ojos, no pensó ni por un momento que tratara de un defecto; por el contrario, lo entendió como ganancia para ese ser venido al mundo con un pequeño don adicional. Sabía bien que toda rareza es prodigio y que todo prodigio trae su significado.
Ya desde entonces la gran presencia en la vida del niño fue ella, Matilde Lina, lavandera de río, pobre como ave del campo, quien en ese esclarecido momento, equivalente si se quiere al de un segundo parto, lo tomo en sus brazos para revisar de cerca sus ojos, sus manos, sus partes de varón.
Que dolor para esos padres, desprenderse de su hijo. Sabe Dios de qué huirían, de qué lo quisieron salvar – dijo Matilde Lina en voz alta, después de abrigarlo con una mirada larga en la que ya se notaba un propósito de arraigo, y en este punto habrá quien se pregunte como vine yo a saber cuales fueron sus palabras exactas y el tono que utilizó para pronunciarlas, a lo cual sólo puedo responder que simplemente lo sé; que sin conocerla he llagado a saber tanto de ella que me otorgó el derecho de ser su vocera, sin que sobre añadir que, por otra parte, aquellas fueron palabras que no llego a escuchar nadie porque ya tronaban los primeros voladores y el cielo estallaba en estrellas, las velas romanas disparaban chorros de bolas candentes y las rodachinas giraban en el alambre, espléndidas como soles.
El gentío se perdía entre el humero y el estrépito de pólvora y Matilde Lina quedo sola frente a las puertas ya cerradas de la iglesia. Miraba absorta los fuegos artificiales con los ojos encendidos de reflejos y apretaba contra sí el niño de la cobija, como si ya nunca lo fuera a soltar. Lo amparó de ahí en más por puro instinto, sin decidirlo ni proponérselo, y solo a él en este mundo le permitió entrar al espacio sin ventanas ni palabras donde escondía sus afectos.
Criatura irreal y anfibia, Matilde Lina. “Siempre a la orilla del río, entre espumaredas y ropa blanca”, así la recuerda Siete por Tres y cuenta que creciendo a la sombra de esa mujer de agua dulce supo que la vida podía ser de leche y miel. “Cuando comenzaba a hacerse oscuro y los pájaros a coger nido – evoca desde las crestas de su añoranza -, ella me llamaba y yo se lo agradecía. Era como ponerle fin al día. Su voz se quedaba pegada al aire hasta que yo regresaba a ovillarme a su lado.....”
Siete por Tres nunca ha querido deshacerse de la cobija de dulceabrigo a cuadros, deshilachada y sin color, ya vuelta trapo, y más de una vez lo he visto estrujarla, como queriendo arrancarle una brizna de memoria que le alivie el desconsuelo de no saber quien es. El trapo nada le dice pero suelta un olor familiar donde él cree reencontrar la tibieza de un pecho, el color del primer cielo, el ramalazo del primer dolor. Nada, en realidad, salvo espejismos de la nostalgia. Lo demás son historias que Matilde Lina le inventaba para enseñarle a perdonar.
- No te hagas mala sangre, niño – le decía cuando lo descubría asomado a la amargura -, que no te abandonaron por malos tus padres, sino por tristes.
- No los puedo perdonar – rezongaba él.
- Los que no perdonan atraviesan un río de aguas malsanas y se quedan a vivir en la orilla de allá.


3


La pólvora que hicieron tronar aquella noche de nada valió, peor aún, árese haber surtido el efecto inverso. Como invitada por el chisporroteo, la violencia penetró ese año arrasadora y grosera, y Santamaría, que era liberal, fue convertida en pandemóniun por la gran rabia conservadora. Fue así como a los pocos meses de vida, Siete por Tres debió ver por primera vez - ¿por segunda?, ¿por tercera? – el espectáculo nocturno de las casas en llamas, los animales sin dueño bramando en la distancia; la oscuridad que palpita como una asechanza; los cadáveres blandos e inflados que trae la corriente y que se aferran a los matorrales de la orilla, negándose a partir; el río temeroso de sus propias aguas que se aleja de prisa, queriendo desprenderse del cauce.
- Lloré hasta que Dios se cansó de oír mis gritos – me cuenta, al evocar esos días de juicio final, la señora Perpetua, inquilina de este albergue, quien por acasos de la fortuna también es oriunda de Santamaría Bailarina y debió presenciar su destrucción -, enterré a mi marido y a tres de mis hijos y salí corriendo con los que me habían quedado. Descarnada y ya vacía de lágrimas, me miraba a mi misma y me decía, Perpetua, de ti no queda sino el pellejo.
Los sobrevivientes del exterminio invirtieron la última reserva de coraje en el rescate de su santa patrona, la que le diera nombre al pueblo, una virgen colonial tallada con tino y con ritmo en madera morena, que había derrotado los siglos y las plagas para conservar intacta la frescura de rosicleres en las mejillas y los visos dorados en los pliegues del manto, y que ostentaba el quiebre de cadera y las suaves ondulaciones de brazos que son rasgos propios de esas imágenes de santas que la costumbre ha dado en llamar bailarinas.
- Madre no hay sino una, pero yo tuve la suerte de contar con dos – se ríe Siete por Tres -. Ambas buenas y protectoras: la celestial tallada en madera de cedro, ¿ y la terrenal? De la terrenal yo diría que esta hecha de mazapán y azúcar.
Con la madre celestial encaramada en andas, resplandeciente y risueña, huyeron a las montañas a esperar a que pasara la matazón. Nada podría sucederles mientras estuvieran bajo el amparo de ella, la Llena de Gracia, la Inmaculada, con su corona de reina fundida en plata fina, su cuarto de luna creciente enredado en las enaguas y mas abajo, ya en pedestal, aquella serpiente de rostro satánico que se rendía sin remedio a sus pies, mientras que ella la pisaba como sin darse cuenta, como si la maldad del mundo no fuera cosa.
Pero la violencia, librada a su antojo, en vez de pasar arreciaba y las noticias que llegaban de abajo eran soplos de desaliento.
-Los conservadores, pintaron de azul todas las puertas del pueblo; pintaron de azul hasta las vacas y los burros, y dicen que al que se atreva a andar de colorado le van a bajar la garganta.
- Se prendió el candeleo desde el Totumo hasta el Río Cascabel.
- Dicen los azules que sólo paran cuando hayan derramado toda la sangre liberal. Dicen que así piensan ganar las elecciones próximas.
Viendo el caso irremediable, los rojos de Santamaría le dijeron adiós a si tierra, mirándola de lejos por última vez. Improvisaron caravana y avanzaron hacia oriente, desarrapados, fugitivos y enguerrillados, con la muerte pisándoles los talones y la incertidumbre esperándolos adelante, y siempre presente el acoso del hambre. Al centro, junto con la santa de madera, iban Perpetua, sus hijos, Matilde Lina, Siete por Tres, los ancianos, las demás mujeres, los otros niños. Los hombres, armados con ocho fusiles y doce escopetas, formaban en torno un cerco protector.
- Los niños no sufríamos – me confiesa Siete por Tres – Íbamos creciendo en los vientos de la marcha y no teníamos antojo de pertenencias.
La lenta romería se prolongo año tras año, hasta que se hizo larga como la vida misma. Aquí y allá se les fueron incorporando otras montoneras liberales que también vagaban al garete, nuevos desplazados por desahucios y matanzas, mas sobrevivientes de pueblos y campos arrasados; comandantes-agricultores acostumbrados a sembrar y a guerrear; diversas gentes correteadas a la fuerza y demás seres que sólo en la errancia encontraban razón y sustento.
-Éramos victimas, pero también éramos verdugos – reconoce Siete por Tres -. Huíamos de la violencia, sí, pero a nuestro paso la esparcíamos también. Asaltábamos haciendas; asolábamos sementeras y Establos; robábamos estrépito, nos mostrábamos inclementes cada vez que nos cruzábamos con el otro bando. La guerra a todo envuelve, es un aire sucio que se cuela en toda nariz, y aunque no lo quiera, el que huye de ella se convierte a su vez en difusor.
Los que no podían seguir, se iban quedando a la vera del camino bajo una cruz de palo y un montón de piedras. El numero de los menores se conservaba siempre el mismo; según restaban los que morían y volvían a sumar los que iban naciendo. Los demás protagonizaban la historia móvil y escurridiza de los que emprenden la huída: horas quietas al acecho, abatimiento por los caminos del Señor, café sin dulce y carne sin sal, pleitos y llantos, conciliaciones y consolaciones, delirios de paludismo y diarrea, juegos de cartas, páramos helados que humedecen la ropa y hacen tiritar la piel, rastrojeras, bosques de niebla, cañaduzales, sembradíos de piña ardiendo bajo el sol. El olor del enemigo impregnándolo todo, hasta la tela de la camisa y las hojas de los árboles, y un constante trasegar de ilusiones y un obsesivo espejeo de tierra propia, que fueron y siguen siendo el motor de su marcha .
- ¿Buscando qué, días y noches persiguiendo que? – se pregunta ahora, ante mí, Siete por Tres -. Nadie sabía bien, y yo, que era niño, menos. Recuerdo la esperanza que abrigábamos entonces porque es la misma que abrigamos todavía: “Cuando la guerra amaine....”
Cuando la guerra amaine... Cuándo será ese cuando? Ya pasó medio siglo desde aquel entonces y todavía nada; la guerra, que no cesa, cambia de cara no más. A René Girad, quien fuera mi profesor en la universidad, le escribo diciéndole que esta violencia envolvente y recurrente es insoportable por irracional, y él me contesta que la violencia no es nunca irracional, que nadie como ella para llenarse de razones cuando quiere desencadenarse.
Andaban montados en tragedia mayor pero nunca quisieron entenderlo así, ni Matilde Lina, la lavandera de Sasaima, ni el niño del veintiún dedos. Mientras los demás padecían hambre, ellos vivían olvidados de comer; la tristeza y el miedo no encontraban en su alma paja para tejar rancho; la desolada noche fría les parecía noche y nada más; la vida despiadada era sólo la vida, porque no ambicionaban una distinta ni mejor. Los otros lo habían perdido todo y ellos nada, porque no se pierde lo que nunca se tuvo ni se quiere tener.
- Como no traía nombre preciso, habíamos caído en la usanza de llamar Veintiuno al chico del pie extravagante, según el número peculiar de sus demasiados dedos, hasta el día en que Charro Lindo nos prohibió en tono terminante y bajo amenaza de castigo que lo apodáramos así, por no ser caritativo, según dijo, apellidar a la gente por sus defectos – cuenta Perpetua, aclarándome que Charro Lindo era un joven bandolero liberal de apariencia gallarda, que había heredado de un tío el cargo de jefe de la procesión de desterrados.
Pese a la orden perentoria, algún desprevenido volvió a decir Veintiuno en presencia del jefazo, y éste lo tiró al suelo de un sopapo. Entonces, en vez de Veintiuno surgió el Siete por Tres como eufemismo y desacato encubierto a la autoridad, y ese sambenito se le pego al niño para no abandonarlo más.
- Recuerdo a Veintiuno como sí lo estuviera viendo – me asegura Perpetua -. Nacido de la nada y de la rareza de ese pie de dedos pares, de niño se inclinaba hacia lo huraño y hacia la gran timidez. Pero por Dios que aquel dedito sobrante no le impedía correr: como una gacela volaba descalzo por los andurriales.
En algún punto de la travesía, Matilde Lina, apertrechada en su niño, desistió de ocuparse de los demás humanos, ella que nunca fue experta en tratarlos, y se desentendió del todo de sus razones, de sus palabras y de sus actos. Simplemente los seguía sin preguntar ni pedir, llevando al niño consigo, los dos livianos y soñadores, casi imperceptibles para los demás, poderosos e intocables en su extrema indefensión.
Siete por Tres aprendió a caminar detrás, calando su pie pequeño en la huella que ella iba dejando, y así avanzaba confiado, a ratos despierto y a ratos dormido, sin rezagarse ni perder el ritmo, como si conociera aquel rastro desde antes de nacer. Para espantar el silencio que cae cuando se anda huyendo, Matilde Lina le enseñó el arte de hablar, pero solo de animales. En los desvelos del monte se acurrucaban para adivinar el currucutú del búho saraviado, o las rondas de amor de la tigre en celo, o los ojos rojos y el aliento pútrido de los perros del diablo: el diálogo entre ellos era cháchara irrelevante, permanente y zurumbática sobre las costumbres del animalero.
- ¿Oyes? – le preguntaba ella bajo la tempestad -. No es trueno, sino estampida de bestias mostrencas.
Otras veces le indicaba: “Mira, es huella de gato cerrero”, o de guagua, de tatabro, de chiguiro, porque cualquier traza sabía distinguir sin riesgo de confusión.
Acaracolada en la memoria traía ella a Sasaina, la tierra donde vivió de niña, y hablaba con cariño de sus muchos animales. De las golondrinas que atraviesas el chorro de luz que cae desde lo alto en cuevas de Gualivá; de los sapos negros y lisos que se hacen invisibles cuando se paran sobre las piedras negras y lisas del Río Dulce; del chumbilá, que es un ratón alado pero entregado al vicio, porque cuando los campesinos lo atrapan le enseñan a fumar y él aprende gustoso.
- Sólo de eso hablaban, de bichos y más bichos – me cuenta doña Perpetua- A esos dos no les interesaba nadie más.
Eso lo comprendo yo demasiado bien: que nadie más les suscita pasión y ni siquiera interés, porque cada uno de ellos es el continente donde el otro mora como único habitante. Mírame, Siete por Tres; tócame, huéleme, escucha el rumrún que me atormenta sin lograr convertirse en palabra pronunciada.... ¿Te percatas de que a diferencia de ella yo estoy ahora y aquí, que soy presencia que el ojo registra y tacto constata? ¿Tendrás por fin el valor de reconocer que en este mundo de acá es preferible alcanzar que perseguir; que una mujer de carne y hueso es mejor que una recordada o imaginada, cien veces mejor, aunque no sea lavandera, ni haya nacido en Sasaima ni sepa un cuerno de animales del trópico?- El Albeiro se llevó los alicates – le oigo decir a Siete por Tres mientras trabaja grita en la construcción de un nuevo tambo -. ¡Albeiro! ¿Dónde están los alicates? – con desparpajo y yo quisiera advertirle que no trate de engañarse. ¿Qué puede saber él de los Albeiros o de los alicates? ¿Qué sabe acaso del presente y sus circunstancias?

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