Un hospital del alma
El pasado 13 de septiembre cumplí cinco años de mi primer día de trabajo en el colegio Mater Salvatoris. No era la primera vez que comenzaba en una institución educativa; sin embargo, este debut tendría algo muy distinto de todos los anteriores. Llegaba anímicamente muy deteriorado, lleno de desconfianza, temores e inseguridades, y también con cierto hartazgo. Llegaba con una decepción enorme de la que me costó mucho salir. Ese día participaría en un taller de formación para iniciar el nuevo año escolar. No me di cuenta, pero esa mañana comenzaba también un proceso de reencuentro conmigo mismo, con unos principios y unos valores que un descuido mío había dejado hecho pedazos. El jardín del colegio entró en mí por sus colores, sus sonidos y sus aromas. Un jardín que no me pidió nada extraordinario para revelarme su belleza. En su sencillez se escondía una lección que comencé a comprender ese mismo primer día: al recorrer cada mañana el mismo camino entre los mismos arbustos, descu...