Un hospital del alma

 


El pasado 13 de septiembre cumplí cinco años de mi primer día de trabajo en el colegio Mater Salvatoris. No era la primera vez que comenzaba en una institución educativa; sin embargo, este debut tendría algo muy distinto de todos los anteriores. Llegaba anímicamente muy deteriorado, lleno de desconfianza, temores e inseguridades, y también con cierto hartazgo. Llegaba con una decepción enorme de la que me costó mucho salir. Ese día participaría en un taller de formación para iniciar el nuevo año escolar. No me di cuenta, pero esa mañana comenzaba también un proceso de reencuentro conmigo mismo, con unos principios y unos valores que un descuido mío había dejado hecho pedazos.

El jardín del colegio entró en mí por sus colores, sus sonidos y sus aromas. Un jardín que no me pidió nada extraordinario para revelarme su belleza. En su sencillez se escondía una lección que comencé a comprender ese mismo primer día: al recorrer cada mañana el mismo camino entre los mismos arbustos, descubría que la repetición no empobrecía el lugar, sino que lo iba revelando poco a poco, como si el jardín solo se entregara a quien tiene la paciencia de mirarlo muchas veces. Las flores no competían entre sí por llamar la atención; cada una ocupaba su sitio con una naturalidad que comenzó a susurrarme el misterio del amor. Trataba de descubrirme en cada hoja, en cada flor y, muy especialmente, en ese orden vegetal. Mis pensamientos, antes dispersos y ruidosos, empezaron a organizarse sin prisa y sin exigencias, con la misma calma con que las plantas se disponían alrededor de la gruta desde donde la Virgen María, corona del jardín, me contemplaba, cómplice de la Belleza. María, en su silencio, me mostraba ese jardín como un espejo donde mi alma tenía que buscar reflejarse.  El jardín había sido la primera sala. Allí fui atendido sin que yo supiera que estaba enfermo.

De alguna manera, ese trabajo lento, silencioso y certero se desplegó después por todo el colegio, en cada una de sus personas: en las madres, en los profesores, en el personal administrativo y obrero y, muy especialmente, en las alumnas. Recuerdo que todavía teníamos que llevar tapabocas. Fue precisamente ese tapabocas el que me permitió darme cuenta de que algo había empezado a cambiar en mí. Una alumna de primer año -que este año regresa ya a quinto- me preguntó, con la franqueza que solo se tiene a esa edad, por qué no dejaba de sonreír. Yo sabía perfectamente que no estaba sonriendo: la boca iba cubierta y quieta, y detrás de la tela no había ningún gesto que mostrar. Me quedé sin respuesta. Tardé unos segundos en entender lo que acababa de pasar: los ojos me habían delatado antes que yo mismo y decían algo que yo todavía no me atrevía a decir en voz alta. No podía ser de otra manera. El colegio transmitía, transmite, una sensación de abrazo maternal que no sabría describir de otro modo.

En este momento estoy participando en los talleres que darán inicio al nuevo año escolar. Un taller sobre el acompañamiento, sobre la mirada, sobre la comprensión de que una comunidad es una realidad conflictiva, un encuentro de libertades, y de que las personas no son cargas, sino motores de posibilidades, de mejores realidades. Mientras el taller avanzaba, muchos recuerdos acudieron para ayudarme a percibir al Mater Salvatoris como un hospital. Recordé entonces aquella ocasión en la que el Papa Francisco, refiriéndose a la Iglesia, dijo que era «como un hospital de campaña». ¿Por qué lo digo? Por las mismas razones por las que yo hablo así del Mater Salvatoris.

La Iglesia se acerca a quienes sufren; escucha y cura sus heridas; ofrece misericordia y acompañamiento; anuncia a Cristo mediante obras concretas. Eso, justamente, fue lo que el colegio hizo por mí. En estos cinco años he visto rotar los papeles con la naturalidad de una sala de guardia: unas veces una madre hacía las veces de médica y las alumnas de enfermeras; otras, los médicos eran los profesores; otras, curaba quien el año anterior había sido curado. Mis alumnas, sin embargo, hicieron algo que no estaba previsto en ese reparto: no se conformaron con ser médicas ni enfermeras, sino que fueron la propia medicina. Bastaba con entrar al aula. Juan Pablo II explicó alguna vez que los hospitales vinculados a la Iglesia deben ser testigos de la caridad del buen samaritano, lugares donde el sufrimiento se atienda con competencia y con sentido humano y cristiano. Eso hizo conmigo la dinámica del colegio: ciertamente exigente, inmersa en las complejidades propias de quienes se toman muy en serio la labor educativa y, aun así -o quizá por eso mismo-, capaz de sanar mis heridas. 

Esa dinámica, en cierta medida, es parecida a la de cualquier otro colegio: las mismas aulas, los mismos horarios, las mismas listas, las mismas correcciones, los mismos rostros cansados a las siete de la mañana. ¿Puede esa repetición, tantas veces asumida con fatiga, convertirse en un camino hacia el corazón? ¿En un camino que ayude a sanar las heridas que dejaron otras contingencias de la vida? La tradición ignaciana, pilar del colegio, responde que sí, y no por optimismo ingenuo, sino porque nació precisamente ahí, en la monotonía. Una monotonía solo aparente, pues, mirada con profundidad, nos desnuda una verdad más ardiente: hay que buscar y hallar a Dios en todas las cosas. No en algunas cosas, no en las cosas solemnes, no en los momentos reservados para lo religioso. En todas.

Cinco años después sigo recorriendo el mismo camino entre los mismos arbustos, y he aprendido que sanar se parece bastante a cuidar un jardín: no ocurre de una vez, no admite prisa, pide regar, podar y esperar. El Mater Salvatoris me enseñó a mirar hacia atrás con memoria agradecida, a no dejar que un día vivido se quedara sin comprender. Por eso ya no necesito grandes acontecimientos: me bastan una lista que se pasa, un cuaderno que se devuelve corregido, una alumna que se queda después de clase para preguntar algo que en realidad no es la pregunta. Ahí está todo. El Mater Salvatoris es un colegio hermoso, no porque escape de la rutina, sino porque ha descubierto que la rutina, mirada de frente y con amor, es el camino más largo y más seguro hacia el corazón. Y es, por esas mismas razones, un hospital: el hospital donde me curaron sin recetas, a mayor gloria de Dios. Paz y Bien. 

 

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