¡Oh capitán! - Nos vemos pronto...
El viaje ha terminado. Para
cada una de ustedes, el viaje iniciado en octubre del año pasado; llega a su
fin. Claramente, para algunas será más radical ese fin. Las de tercer año pasan
del celeste al beige. Las de cuarto año comienzan a transitar los primeros
pasos de un trecho del camino que culmina. Las de quinto llegan al puerto de
una nueva vida. Luego, por supuesto, lo que a título muy personal signifique
para cada una. Llegan al final de un viaje que, si lo piensan bien, les ha permitido
vivir muchas cosas en común. Si tratan de agudizar el corazón, verán cómo la
poesía, de alguna manera, formó parte de sus vidas. De hecho, de manera
concreta, hubo un poema que fue repetido casi como una oración durante este
tiempo, pero también durante casi todo su bachillerato. Me gustaría escribirles
ahora a ustedes mis palabras sobre ese poema. Ustedes lo hicieron para mí en
algún momento; hoy me toca a mí. Solo que no estoy esperando una calificación,
sino mover algo dentro de ti que te permita sentir la intensidad del misterio
del amor.
Me resulta fascinante
notar que este poema es, estilísticamente, una anomalía, una rareza, en la obra
de Whitman. Mientras que él es famoso por sus versos libres, sin rima y de
aliento expansivo (como en Hojas de
hierba), en ¡Oh, Capitán! ¡Mi
Capitán! optó por una estructura de rima y métrica tradicional. Esta
contención formal refleja, quizás, su necesidad de imponer orden sobre el caos
emocional y el dolor inmenso que le produjo la pérdida de quien consideraba el
salvador de la Unión. Sin embargo, este poema; ha terminado significando otra
cosa en mi vida.
Aunque conocía la
existencia de Whitman, no lo había leído. Nada había despertado mi interés en
su obra. Así había sido hasta que en 1989 se estrenó la película Dead Poets Society (La sociedad de los
poetas muertos) de Peter Weir. En la trama, el poema abandona las costas del
siglo XIX para renacer en el aula de la Academia Welton. Su uso en el clímax de
la película es una de las escenas más memorables del cine, y su significado se
transforma radicalmente. En el filme, el capitán
ya no es el presidente Lincoln, sino el profesor John Keating (interpretado por
Robin Williams). Cuando Keating se presenta como nuevo profesor de Inglés
(Literatura), hace una observación vital. Les dice que, si son atrevidos, los
pueden llamar capitán, mi capitán. Los
muchachos sonríen, pues piensan que es una humorada del profesor, pero se
trataba de algo más que eso. Cuando Keating pide a sus alumnos que lo llamen así,
no lo hace por vanidad o por buscar un apodo divertido. Lo hace como una prueba
de fuego para la voluntad de sus alumnos. En una institución tan rígida y
tradicional como la Academia Welton, llamar a un profesor por un apodo —y más
aún, uno tomado de un poema de Walt Whitman— es un acto de rebeldía pura.
En el contexto de la
película, el barco ya no es la
nación, sino la mente y el espíritu de los jóvenes. El terrible viaje son las lecciones de Keating, que los instó a
desafiar el statu quo y practicar el carpe
diem, es decir, aprovechar el día, vivir la vida poéticamente. Enseñanza que
se pone a prueba al final de la película, cuando disfrutamos de una de las
escenas más emblemáticas del cine moderno, no solo por su carga tremenda de
emoción, sino por la enseñanza que nos brinda. Keating es despedido
injustamente. Al recitar el poema, los estudiantes no solo están despidiendo a
un profesor; están validando la enseñanza de su maestro. Están declarando que,
aunque el sistema (el director de la escuela) ha asesinado la carrera del profesor, las ideas de Keating han
triunfado en sus mentes. Subirse a los pupitres es una acción física que altera
la perspectiva. Al recitar versos de un poeta que celebraba la individualidad,
los alumnos abandonan la pasividad y eligen, conscientemente, ser capitanes de sus propias vidas.
Aunque la frase hace
referencia a Lincoln, el propósito subyacente de Keating es que cada alumno se
convierta en el capitán de su propio
barco. Aquellos que se atrevieran a llamarlo así, estarían declarando que ya no
son simples súbditos de las reglas de la escuela, sino seres pensantes que han
decidido seguir su propio camino. Sin embargo, y aquí es donde me separo de
Keating. Mis clases, efectivamente, buscan que cada uno de mis alumnos busque
ser los capitanes de sus vidas, pero unos capitanes que saben que no son sus
simples fuerzas, ni sus voluntades, las que les permitirán alcanzar esta meta. Ningún
capitán por sus propias manos puede hacerlo. Mis clases buscan, además, que
desde el fondo de sus corazones reconozcan a Cristo como el verdadero capitán
y, desde ese reconocimiento, asumir el reto de aprovechar el día y enfrentarse,
no a una institución, sino a un mundo agreste y frío, que ha perdido su rumbo
por seguir, no la voz profunda de la verdad, sino vacíos cantos de sirena que
quiebran su auténtica identidad. A diferencia de Welton, en el colegio buscamos
justamente eso, aunque no lo puedan entender ahora y seamos juzgados, algunas
veces, con severidad.
Al final, son ustedes,
siempre han sido ustedes las verdaderas capitanas de mi labor. Al mostrarles a
Cristo como capitán, de alguna manera, voy haciéndome consciente del misterio
de un amor que va más allá de todo entendimiento, que nos ubica en el límite,
frente a un horizonte maravilloso que este mundo busca evitar que lo veamos y
sigamos su sendero. Ustedes son las capitanas y, desde esa perspectiva, este
viaje no ha terminado, apenas comienza porque mi capitán vive siempre, ha
vencido a la muerte y hace siempre todo nuevo, de nuevo. Feliz viaje hacia
ustedes mismas mirándolo a Él. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.



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