¡Oh capitán! - Nos vemos pronto...

 


El viaje ha terminado. Para cada una de ustedes, el viaje iniciado en octubre del año pasado; llega a su fin. Claramente, para algunas será más radical ese fin. Las de tercer año pasan del celeste al beige. Las de cuarto año comienzan a transitar los primeros pasos de un trecho del camino que culmina. Las de quinto llegan al puerto de una nueva vida. Luego, por supuesto, lo que a título muy personal signifique para cada una. Llegan al final de un viaje que, si lo piensan bien, les ha permitido vivir muchas cosas en común. Si tratan de agudizar el corazón, verán cómo la poesía, de alguna manera, formó parte de sus vidas. De hecho, de manera concreta, hubo un poema que fue repetido casi como una oración durante este tiempo, pero también durante casi todo su bachillerato. Me gustaría escribirles ahora a ustedes mis palabras sobre ese poema. Ustedes lo hicieron para mí en algún momento; hoy me toca a mí. Solo que no estoy esperando una calificación, sino mover algo dentro de ti que te permita sentir la intensidad del misterio del amor.

El poema, claro, es ¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! Del tío Walt, Walt Whitman. El poema fue escrito en 1865 y publicado originalmente en el suplemento Sequel to Drum-Taps. Fue una respuesta inmediata al trauma nacional que supuso el asesinato de Abraham Lincoln, presidente de EEUU, en abril de ese mismo año. Whitman no solo fue un espectador de la guerra; durante el conflicto, trabajó como enfermero voluntario en los hospitales militares de Washington. Allí, fue testigo directo del sufrimiento y la muerte, lo que lo llevó a desarrollar una conexión espiritual y casi mística con la figura de Lincoln. Aunque nunca fueron amigos cercanos, Whitman veía en Lincoln al gran capitán que había logrado mantener unido el barco de la nación a través de la tormenta más sangrienta de su historia.


Me resulta fascinante notar que este poema es, estilísticamente, una anomalía, una rareza, en la obra de Whitman. Mientras que él es famoso por sus versos libres, sin rima y de aliento expansivo (como en Hojas de hierba), en ¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! optó por una estructura de rima y métrica tradicional. Esta contención formal refleja, quizás, su necesidad de imponer orden sobre el caos emocional y el dolor inmenso que le produjo la pérdida de quien consideraba el salvador de la Unión. Sin embargo, este poema; ha terminado significando otra cosa en mi vida.

Aunque conocía la existencia de Whitman, no lo había leído. Nada había despertado mi interés en su obra. Así había sido hasta que en 1989 se estrenó la película Dead Poets Society (La sociedad de los poetas muertos) de Peter Weir. En la trama, el poema abandona las costas del siglo XIX para renacer en el aula de la Academia Welton. Su uso en el clímax de la película es una de las escenas más memorables del cine, y su significado se transforma radicalmente. En el filme, el capitán ya no es el presidente Lincoln, sino el profesor John Keating (interpretado por Robin Williams). Cuando Keating se presenta como nuevo profesor de Inglés (Literatura), hace una observación vital. Les dice que, si son atrevidos, los pueden llamar capitán, mi capitán. Los muchachos sonríen, pues piensan que es una humorada del profesor, pero se trataba de algo más que eso. Cuando Keating pide a sus alumnos que lo llamen así, no lo hace por vanidad o por buscar un apodo divertido. Lo hace como una prueba de fuego para la voluntad de sus alumnos. En una institución tan rígida y tradicional como la Academia Welton, llamar a un profesor por un apodo —y más aún, uno tomado de un poema de Walt Whitman— es un acto de rebeldía pura.


En el contexto de la película, el barco ya no es la nación, sino la mente y el espíritu de los jóvenes. El terrible viaje son las lecciones de Keating, que los instó a desafiar el statu quo y practicar el carpe diem, es decir, aprovechar el día, vivir la vida poéticamente. Enseñanza que se pone a prueba al final de la película, cuando disfrutamos de una de las escenas más emblemáticas del cine moderno, no solo por su carga tremenda de emoción, sino por la enseñanza que nos brinda. Keating es despedido injustamente. Al recitar el poema, los estudiantes no solo están despidiendo a un profesor; están validando la enseñanza de su maestro. Están declarando que, aunque el sistema (el director de la escuela) ha asesinado la carrera del profesor, las ideas de Keating han triunfado en sus mentes. Subirse a los pupitres es una acción física que altera la perspectiva. Al recitar versos de un poeta que celebraba la individualidad, los alumnos abandonan la pasividad y eligen, conscientemente, ser capitanes de sus propias vidas.

Aunque la frase hace referencia a Lincoln, el propósito subyacente de Keating es que cada alumno se convierta en el capitán de su propio barco. Aquellos que se atrevieran a llamarlo así, estarían declarando que ya no son simples súbditos de las reglas de la escuela, sino seres pensantes que han decidido seguir su propio camino. Sin embargo, y aquí es donde me separo de Keating. Mis clases, efectivamente, buscan que cada uno de mis alumnos busque ser los capitanes de sus vidas, pero unos capitanes que saben que no son sus simples fuerzas, ni sus voluntades, las que les permitirán alcanzar esta meta. Ningún capitán por sus propias manos puede hacerlo. Mis clases buscan, además, que desde el fondo de sus corazones reconozcan a Cristo como el verdadero capitán y, desde ese reconocimiento, asumir el reto de aprovechar el día y enfrentarse, no a una institución, sino a un mundo agreste y frío, que ha perdido su rumbo por seguir, no la voz profunda de la verdad, sino vacíos cantos de sirena que quiebran su auténtica identidad. A diferencia de Welton, en el colegio buscamos justamente eso, aunque no lo puedan entender ahora y seamos juzgados, algunas veces, con severidad. 


Al final, son ustedes, siempre han sido ustedes las verdaderas capitanas de mi labor. Al mostrarles a Cristo como capitán, de alguna manera, voy haciéndome consciente del misterio de un amor que va más allá de todo entendimiento, que nos ubica en el límite, frente a un horizonte maravilloso que este mundo busca evitar que lo veamos y sigamos su sendero. Ustedes son las capitanas y, desde esa perspectiva, este viaje no ha terminado, apenas comienza porque mi capitán vive siempre, ha vencido a la muerte y hace siempre todo nuevo, de nuevo. Feliz viaje hacia ustedes mismas mirándolo a Él. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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