De la inautenticidad de una imagen a la autenticidad cristiana

 


A la Madre Pilar Abraira y a Sofía Sainaghi


 

El pasado 20 de abril, publiqué en la Revista Vida Nueva Digital, un artículo sobre la Madre Félix Torres, inspirado en un poema de san Juan Pablo II llamado “El amor me lo ha enseñado todo”. Quise establecer un aire de profunda cercanía entre ambos y se me ocurrió, me pareció una buena idea, aprovecharme de la Inteligencia Artificial para crear una imagen de ambos en una charla amena. El resultado no fue tan desafortunado, al menos eso pensé al principio. Sin embargo, luego de enviar el material a la revista, cierto desasosiego se me instaló en el corazón.

El artículo apareció y, pocas horas después, mi exalumna, Sofía Sainaghi me escribió para decirme que existía material fotográfico de la Madre Félix junto a san Juan Pablo II. Lo sé, existen, al menos, tres. Le expliqué la razón y la vida continuó, pero el desasosiego volvió. Me tropecé varias veces con el artículo, más bien, con la imagen, y la sensación de incomodidad me mordía el alma. Luego, tuve oportunidad de compartir correos con la Madre Pilar Abraira, quien lleva la causa de la Madre Félix que busca su beatificación, y comprendí muchas cosas. Recordé, qué curioso, uno de los aspectos que más me ha impresionado de la Madre, su autenticidad como cristiana. Una autenticidad que contrastaba radicalmente con el rostro de la imagen de mi artículo.

Recordé a Martin Heidegger, filósofo alemán, quien estudió estas cuestiones. En su monumental obra Ser y Tiempo, señala dos conceptos en torno a los cuales pensar nuestro ser-aquí-ahora. Esos dos conceptos son autenticidad e inautenticidad. La autenticidad, o Eigentlichkeit, ocurre cuando nos damos cuenta de que nuestra vida nos pertenece solo a nosotros y que somos los únicos responsables de darle sentido. Por su parte, la inautenticidad resulta todo lo contrario, evitando angustiarnos por las grandes preguntas. Refugiándonos en la charla superficial, la curiosidad vana y la ambigüedad. Básicamente, dejamos que la sociedad elija por nosotros para no tener que cargar con la responsabilidad de ser nosotros mismos. Por supuesto, es mucho más complejo que esto, pero es la idea de Heidegger en líneas generales, ideas que me asaltaron producto de la imagen producida por IA.

La Madre Félix fue todo lo contrario a la inautenticidad de la que habla Heidegger. La autenticidad de la Madre no se midió nunca por nombres religiosos ni por intensidades emocionales, sino por la presencia efectiva de Cristo en su vida y obra. Su corazón nunca se quedó o conformó en lo simbólico, aunque sea esto muy importante, o lo declarativo. Orígenes, por ejemplo, describió al perfecto cristiano como quien sirve a su Señor siempre, de modo que todos sus días sean del Señor, y quien se prepara para la vida verdadera absteniéndose de placeres que desvían. De alguna manera, en este marco de ideas, siento que una imagen producida por la IA atenta contra esa perfección, entre otras cosas, por atentar contra lo natural y espontáneo que respira en la obra de Dios. Una perfección que no busca el trazo justo, sino el amor verdadero. Algo que una imagen creada por la IA podrá, ni siquiera, acercarse remotamente.

La imagen que diseñé puede ser muy linda, de hecho lo es, pero representa algo que, en modo alguno, hace justicia a la vida y obra de la Madre Félix. La belleza de la imagen es una belleza bonita, no una belleza profunda que bebe de la verdad. La Madre Félix no fue una representación de la belleza, sino una proyección de ella. Su vida estuvo llena de obstáculos, algunos parecían insalvables, pero, justamente, su autenticidad la condujo a la plenitud de la superación. No era una idea de Cristo que ardía en su corazón, era y fue siempre Cristo mismo.

Esto siempre lo he pensado. Por ello, ella es un ejemplo de vida para mí. ¿Qué me sucedió con esa imagen? Supongo que me dejé llevar, que quise ser lo que ella rechazó siempre y con convencida vehemencia. Cómo se me ha ocurrido sustituir su rostro cincelado por la vida que Dios abrió para que ella caminara y ella caminó enamorada, por un rostro que no dice nada ni de ella, ni de su vida, ni de su obra. Lo mismo, por supuesto, es aplicable al vivo recuerdo de san Juan Pablo II. Esa imagen inauténtica no dice nada acerca de la autenticidad con que invitó siempre desde su ejemplo a vivir al Señor sobre todas las cosas.

Lamentablemente, no se cuenta con mucho material fotográfico de la Madre Félix fundamentalmente por una disposición de ella. No se trató nunca de timidez, sino de una humildad muy sencilla, simple y verdadera. El único rostro que ella deseaba transparentar en su peregrinar por este mundo era el rostro hermoso de su Señor ¿Quién soy yo para tergiversar y de la manera que lo hice su sentir? No sé si se sentirá cómoda con que alguien escriba sobre ella, seguro que no; pero definitivamente, no habría celebrado el gesto de esa imagen que ya no aparece en el artículo y que ha enterrado ese desasosiego que me molestaba. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


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