El camino de la belleza en mi colegio

 


Era el inicio del III Encuentro de Robótica Regional del cual, mi colegio, Mater Salvatoris, fue anfitrión. Los demás colegios participantes habían llegado. Nos organizábamos para el inicio de la inauguración. Nuestro gimnasio cubierto aguardaba para dar comienzo formal al encuentro. Sin embargo, la lluvia cayó de golpe, sin aviso, generosa, inclemente. Un velo de preocupación nos cubrió momentáneamente. Entre el lugar donde estábamos y el gimnasio, no había posibilidad de salir ilesos del agua.

Lo que ocurrió a continuación no estaba en ningún programa, ni en la planificación. Docentes, personal administrativo, obreros y religiosas se apostaron espontáneamente en ese trecho descubierto y levantaron unos paraguas, uno junto a otro, formando un corredor improvisado bajo el cual las alumnas pudieron caminar sin mojarse. Un gesto tan sencillo como extraordinario. Me tocó caminar junto a ellas por un camino de belleza construido, literalmente, con las manos. Caminé abrumado y conmovido tratando de no perderme ni un solo instante de ese momento.

Tuve oportunidad de pensar en aquello que había vivido. A mi mente acudieron preciosas líneas de un documento que Benedicto XIV dirigiera a unos artistas en noviembre de 2009. En esas líneas, el papa meditó sobre la via pulchritudinis, uno de los posibles itinerarios, quizás el más atrayente y fascinante, para comprender y alcanzar a Dios. La via pulchritudinis o “camino de la belleza” es un enfoque pastoral y teológico, impulsado por el Vaticano, que propone la belleza como un puente privilegiado para el encuentro con Dios y la evangelización.

¿Qué afirmó Benedicto XIV durante aquella jornada que vino a mi mente esa mañana en el colegio? Afirmó que la via pulchritudinis constituye «al mismo tiempo un recorrido artístico, estético, y un itinerario de fe, de búsqueda teológica». Resulta tentador pensar que esta vía solo puede transitarse a través de grandes obras, como una catedral gótica, una pieza de Bach, un fresco de Miguel Ángel. Sin embargo, el papa deja abierta una puerta más ancha, señalando que el arte «es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de infinito. Es como una puerta abierta hacia lo infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano». Una obra de arte puede «abrir los ojos de la mente y del corazón, impulsándonos hacia lo alto».

El corredor de paraguas no fue planeado como obra de arte. Surgió de la urgencia y de algo más difícil de nombrar, de la comunión, de la disponibilidad desinteresada. Precisamente por eso fue hermoso. La belleza que se impone cuando nadie la busca directamente es, acaso, la más auténtica, y yo era testigo de ello. Sentía que Cristo me sonreía a través de aquel gesto de un colegio.

La belleza es una arista de la bondad, y la bondad estuvo presente en su forma más concreta: el servicio. Docentes, personal obrero, administrativo y religiosas —personas de distintas vocaciones— se pusieron literalmente bajo la lluvia para que otras no se mojaran. El papa recuerda que el santo es aquel «tan fascinado por la belleza de Dios y por su verdad perfecta, que es progresivamente transformado» por ella hasta traducirla en acción. El corredor de paraguas fue bondad transformada en forma visible. Bondad que tomó cuerpo, que se pudo caminar.

La belleza es verdad, y la verdad apareció en la transparencia del gesto. No hubo cálculo ni protocolo. Nadie actuó para ser visto. Un gesto verdadero —sin doble fondo, sin performance— participa de esa verdad que es condición de toda belleza auténtica.

La belleza emergió de la conjunción de las dos anteriores. El Pontificio Consejo de la Cultura lo expresa con precisión: «La singular belleza de Cristo, como modelo de vida verdaderamente bella, se refleja en la santidad de una vida transformada por la gracia». No es necesario que quienes sostuvieron los paraguas pensaran en Cristo en ese momento. La belleza actúa también así, silenciosamente, como la lluvia.

Aquel corredor de paraguas no lo formó una sola persona, sino una comunidad diversa. Esa diversidad —docentes y obreros, administrativos y religiosas— no se borró en el gesto; al contrario, se volvió visible y fecunda. Cada paraguas era sostenido por una persona distinta, con su historia, su oficio, su vocación. Y sin embargo, juntos formaron una sola obra.

Benedicto XVI señaló la urgencia de «un renovado diálogo entre estética y ética, entre belleza, verdad y bondad», para promover en las culturas contemporáneas «un nuevo humanismo cristiano que recorra con claridad y decisión el camino de la belleza auténtica». Las alumnas que llegaron al gimnasio sin mojarse no solo llegaron secas, llegaron habiendo visto algo que, quizá años después, les ayude a entender qué significa una comunidad que cuida, que sirve, que se hace bella en el servicio. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


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