El itinerario interior de Edith Stein
Han interrumpido
nuevamente el servicio eléctrico. Nuevamente tengo que someterme a horas de
calor inclemente. No sabemos cuándo comienza el racionamiento, pero tampoco
cuándo termina. Una vez que inicia, casi siempre de manera sorpresiva, puede
extenderse por dos horas, tres, cuatro y hasta casi siete horas. Esto ha sido
así desde hace, más o menos, 16 años. Recuerdo que el primer racionamiento
programado, pues cuando comenzó hubo cierto orden, llegábamos de la clínica con
Sebastián quien acababa de nacer. Imposible olvidar aquellas extrañas primeras
cuatro horas de oscuridad.
Sin embargo, ayer, el apagón tuvo otro sabor interpretativo. Quizás
porque, minutos antes, decidí descargar algunos textos y documentales de Edith
Stein que comencé a revisar de inmediato. En la medida en que me adentraba en
esos pocos textos, algo en mi interior se abría paso. El itinerario interior de
Edith Stein ˗desde la renuncia juvenil a la oración hasta la entrega total que
culmina en el misterio pascual vivido en Auschwitz˗ no es una simple historia
de cambio de ideas o de adaptación a determinadas situaciones adversas. Se
trata del relato de una búsqueda de la verdad que, al madurar, se transforma en
encuentro con una Persona, y
finalmente en una participación en la Cruz, donde el amor se vuelve fecundo aun
en el sufrimiento.
Itinerario que, en modo
alguno, se caracterizó un peregrinaje caracterizado por la práctica de una
piedad ingenua, sino, más bien, un viaje intelectual y espiritual de una
honestidad implacable. Edith Stein se sitúa en el epicentro de la crisis
civilizatoria del siglo XX como una de las figuras más densas de la
intelectualidad europea. Su trayectoria tampoco se trató simplemente de una
biografía de erudición, sino la síntesis orgánica entre el rigor de la
fenomenología y la entrega mística frente al ascenso del nacionalsocialismo. Una
trayectoria que caminaba abrazada a una intensa búsqueda de la verdad. Una búsqueda
de la verdad que no constituyó un giro ideológico, sino un refinamiento del
método fenomenológico aplicado al misterio último de la persona a través de
tres pilares: la búsqueda de la verdad objetiva, la asunción de una identidad
judeocristiana solidaria y un compromiso ético terminal que transformó el
pensamiento en oblación. Su formación intelectual fue la preparación necesaria
para articular una respuesta ética ante la deshumanización totalitaria.
En la adolescencia,
Edith Stein confiesa haber tomado una decisión radical: no más rezar. Las fuentes que describen su camino señalan que,
aunque permanecía profundamente marcada por la fe de su madre, en sus años de
juventud y de estudio se vio arrastrada a un clima espiritual en el que Dios
parecía inverosímil; por ello, su inteligencia trabajó durante un tiempo en la búsqueda
y la investigación más que en la vida de oración.
Este periodo de ateísmo
o agnosticismo militante fue, paradójicamente, el primer paso de su conversión.
Stein se volcó en el estudio, convirtiéndose en la discípula aventajada de
Edmund Husserl. Su lema implícito era que la verdad debía buscarse sin
prejuicios. Al buscar la verdad con tanta pureza, ya estaba, sin saberlo,
buscando a Dios. Sin embargo, el andamiaje puramente racionalista pronto
mostraría sus grietas ante el misterio del dolor humano. Esto le mostró a ella
y a nosotros que la búsqueda de la verdad es una auténtica oración. Muchas
veces la distancia de Dios no es tanto falta de búsqueda cuanto búsqueda
todavía desordenada, que no ha
aprendido a convertirse en diálogo. La conversión, entonces, no comienza
necesariamente con una práctica religiosa, sino con una inteligencia que
aprende a reconocer su límite y a recibir luz.
La conversión de Edith
no ocurre en el vacío. El primer gran vuelco en su seguridad intelectual
ocurrió en 1917, durante la Primera Guerra Mundial. Su gran amigo y colega
filósofo, Adolf Reinach, murió en el frente. Edith acudió a visitar a la viuda,
Anna Reinach, esperando encontrar un panorama de desesperación y vacío
absoluto. Lo que encontró la dejó desconcertada. Anna, recientemente convertida
al cristianismo protestante, la recibió con una paz profunda, una esperanza
inquebrantable y un consuelo que desafiaba toda lógica humana. No había
resentimiento, sino misteriosa serenidad. Más tarde, la propia Edith recordaría
este momento como el instante en que su incredulidad se desmoronó: «Fue mi
primer encuentro con la Cruz y con la fuerza divina que esta infunde a quienes
la llevan... Fue el momento en que mi ateísmo se derrumbó». La razón pura no
podía explicar esa paz en medio de la tragedia; la Cruz empezaba a presentarse
no como un patíbulo, sino como un refugio. Un refugio, quizás el único refugio.
En perspectiva
cristiana, esto no significa que el dolor produzca automáticamente fe.
Significa que la fe de los que sufren ˗cuando está encarnada en una esperanza
real˗ puede revelar el sentido profundo del sufrimiento. Ahí aparece un hilo
que continuará: la Cruz se transforma en un lenguaje espiritual que Dios usa
para llamar.
El terreno estaba
preparado, pero faltaba el catalizador intelectual y afectivo. Este llegó a
través de la lectura. Edith Stein, acostumbrada a desmenuzar textos complejos,
se topó con las Confesiones de San
Agustín. En el santo de Hipona encontró un alma espejo. La misma inquietud
intelectual, el mismo desasosiego del corazón que no descansa hasta encontrar
su centro. Sin embargo, el golpe definitivo ocurrió en el verano de 1921, en la
casa de unos amigos, cuando cayó en sus manos la Vida de Santa Teresa de Jesús. Edith leyó la autobiografía de la
mística abulense de un tirón, durante toda la noche. Al cerrar el libro al
amanecer, pronunció una frase lapidaria: Esto
es la verdad.
La lectura no le
entrega ante todo un sistema filosófico, sino la certeza de que la verdad tiene
rostro: «En esta noche había descubierto la verdad, no la verdad de la
filosofía, sino la verdad en una persona, el viviente ‘tú’ de Dios». Con esa
noche comienza lo que las homilías describen como el paso decisivo: Edith
buscaba la verdad y encontró a Dios, y por ello se bautiza y entra en la
Iglesia católica. Un elemento pastoralmente relevante es el significado
eclesial de esa conversión. No aparece como negación de su identidad judía. Se
afirma que el bautismo no implicó la ruptura con el pueblo judío. Edith
continúa acompañando a su madre a la sinagoga y recitando salmos, y llega a
formular una respuesta que no suaviza el dolor, pero lo coloca bajo una
fidelidad más amplia: pertenecer a Cristo
no solo espiritualmente, sino también por
la descendencia.
La conversión de Edith
Stein no fue un refugio para escapar
del mundo, sino la preparación para el combate. Su entrada en el Carmelo de
Colonia en 1933, bajo el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz, marcó su
inmersión total en lo que ella misma teorizó como la Scientia Crucis (la ciencia de la cruz). Entendió que el
sufrimiento no es un absurdo, sino un espacio de co-redención. Con el ascenso
del nazismo, Edith en ningún momento renegó de sus raíces; al contrario, asumió
su identidad judía como un lazo indisoluble con el Cristo histórico. Sabía el
destino que le esperaba. Cuando la Gestapo la arrestó en el Carmelo de Echt
(Holanda) en 1942 ˗ como represalia nazi contra la carta de los obispos
holandeses que condenaban el racismo˗, sus palabras a su hermana Rosa fueron: Ven, vayamos por nuestro pueblo.
Su proceso de
conversión culminó en la cámara de gas de Auschwitz-Birkenau el 9 de agosto de
1942. Allí, los testigos, la recordaron como un faro de consuelo para las
madres y los niños, una mujer que abrazó la Cruz en su expresión más terrible y
la transformó en un acto de amor puro.
En este momento
atravieso un incómodo racionamiento eléctrico que me somete a mí y a los míos,
a muchos que seguramente están en peores condiciones que las mías. Una oscuridad
que revela la más espesa y brutal de las miserias que Venezuela haya vivido en
su historia. Que desnuda tantas oscuridades y perversidades comparables a los
más ruines registros que ha hecho la historia. En este momento, qué me dice el
ejemplo de Edith Stein. En una cultura obsesionada con el confort y la evitación
del dolor a toda costa, su paso por la muerte de Reinach y su propia muerte en
Auschwitz me enseñan que el sufrimiento no se soluciona con evasión, sino
dotándolo de sentido. La Cruz es el único lugar donde el dolor se convierte en
amor fecundo.
Juan Pablo II, al
canonizarla, denuncia una tentación contemporánea: querríamos silenciar la
Cruz. Pero «nada es más elocuente que la Cruz cuando se la silencia»; su
mensaje se vuelve más fuerte cuando el mundo intenta disimularla. Para Edith
Stein, esto significa que el sufrimiento puede llegar a ser, en el amor, un
lugar de fecundidad espiritual. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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