La dignidad no se olvida

 


ESTE ARTÍCULO SE PUBLICA CON LA INTENCIÓN DE COLABORAR CON EL ACOMPAÑAMIENTO MÉDICO DE MARÍA PORTILLO, PACIENTE DE 71 AÑOS CON ALZHEIMER Y FRACTURA PÉLVICA

Introducción

Pocas enfermedades ponen a prueba nuestras convicciones más profundas sobre lo que significa ser persona como el Alzheimer. A medida que la memoria se disuelve, el lenguaje se fragmenta y el reconocimiento de los seres queridos se vuelve incierto, surge una pregunta que ninguna disciplina puede eludir: ¿qué queda de la dignidad humana cuando desaparecen las facultades que tradicionalmente hemos usado para definirla —la razón, la memoria, la autoconciencia, la capacidad de proyectar el futuro? Este ensayo intenta pensar esa pregunta desde dos tradiciones que, aunque partan de presupuestos distintos, convergen en una intuición común: que la dignidad humana no puede reducirse a lo que una persona hace o recuerda, sino que está anclada en lo que una persona es

Cuando la dignidad se define por la razón

La tradición filosófica moderna, especialmente desde Kant, ha fundamentado la dignidad humana en la autonomía racional. Para Kant, el ser humano merece ser tratado siempre como fin y nunca solo como medio precisamente porque es un agente racional capaz de darse a sí mismo una ley moral. Esta idea ha sido enormemente fecunda —está en la base de los derechos humanos modernos—, pero contiene una fragilidad que el Alzheimer expone sin piedad: si la dignidad depende del ejercicio actual de la razón, ¿qué ocurre cuando esa razón se apaga progresivamente? 

Filósofos utilitaristas contemporáneos, como Peter Singer, han llevado esta lógica hasta sus últimas consecuencias, proponiendo que el estatus moral de un ser depende de capacidades como la autoconciencia, la racionalidad y la capacidad de tener preferencias sobre el propio futuro. Bajo ese criterio, una persona en fase avanzada de Alzheimer —que ha perdido la continuidad narrativa de su identidad y la capacidad de proyectarse— tendría, en sentido estricto, un estatus moral disminuido respecto al que tuvo en su juventud. Es una conclusión que la mayoría de las personas rechaza intuitivamente, pero que revela con crudeza el problema: una dignidad fundada exclusivamente en la función cognitiva es, por definición, una dignidad que se puede perder.

Ser frente a hacer

Frente a esta fragilidad, la tradición personalista —de la que Karol Wojtyła (Juan Pablo II) es uno de los representantes más influyentes del siglo XX— propone una distinción crucial entre la persona como sustancia y la persona como función. Wojtyła, apoyándose en la tradición boeciana que define a la persona como “sustancia individual de naturaleza racional”, sostiene que la racionalidad no es algo que la persona deba ejercer continuamente para ser persona, sino algo que pertenece a su naturaleza, incluso cuando esa naturaleza está herida, dormida o impedida por la enfermedad. 

Esta distinción no es un simple juego de palabras. Tiene una consecuencia práctica decisiva: un enfermo de Alzheimer en fase terminal, que ya no reconoce a su familia ni articula palabra, sigue siendo persona en sentido pleno, no una “persona disminuida” o una “vida de menor valor”. Lo que ha cambiado es su capacidad de manifestar su naturaleza racional, no la naturaleza misma. Es la diferencia entre decir “ya no es capaz de razonar” y decir “ya no es racional”: la primera frase describe una limitación funcional; la segunda, si se tomara en serio, borraría a la persona. 

El rostro que interpela

Emmanuel Lévinas ofrece una vía complementaria, quizás más útil precisamente porque no depende de una metafísica de la sustancia. Para Lévinas, la dignidad no se demuestra ni se posee: se revela en el rostro del otro, que interpela y exige una respuesta ética antes de cualquier cálculo racional. El rostro del paciente con Alzheimer, precisamente en su vulnerabilidad extrema, no pide ser evaluado según lo que puede ofrecer o comprender, sino que exige, con una autoridad que precede a toda deliberación, ser cuidado. La dignidad, en esta perspectiva, no reside tanto en una propiedad interna del sujeto cuanto en la imposibilidad ética de tratarlo como una cosa, por débil o dependiente que se encuentre. 

Esta idea conecta con un desarrollo filosófico más reciente: la llamada ética del cuidado (Eva Kittay, Alasdair MacIntyre). En su obra Dependent Rational Animals, MacIntyre argumenta que la filosofía moral occidental ha idealizado en exceso la figura del agente racional autónomo, olvidando que todos los seres humanos atraviesan, en algún momento de su vida —en la infancia, en la enfermedad, en la vejez—, estados de dependencia radical. Lejos de ser una excepción vergonzosa que hay que ocultar, la dependencia es, para MacIntyre, una condición estructural de lo humano. Una filosofía moral que no sepa dar cuenta de la dignidad del dependiente severo es, sencillamente, una filosofía incompleta. 

La dignidad como don

La tradición católica ofrece aquí un fundamento ontológico más radical que el personalismo filosófico puro, aunque coherente con él: la dignidad humana no se funda en ninguna capacidad —ni racional, ni funcional, ni relacional— sino en el hecho de ser creado a imagen y semejanza de Dios. Esta afirmación, presente en el Génesis y retomada constantemente por el magisterio, tiene una consecuencia lógica ineludible: si la dignidad fuera un atributo adquirido por el ejercicio de ciertas capacidades, sería gradual y perdible; pero si es un don recibido en el acto mismo de existir, es inalienable e indivisible. Por eso los documentos vaticanos insisten en que ni el sufrimiento, ni el estado de inconsciencia, ni la inminencia de la muerte disminuyen la dignidad intrínseca de la persona, y rechazan explícitamente cualquier definición de “persona” que excluya, por su falta de capacidad racional actual, al anciano no autosuficiente o al discapacitado mental. 

Esto no es un consuelo piadoso añadido desde fuera, sino una afirmación metafísica con implicaciones concretas: explica, por ejemplo, la insistencia magisterial en que el enfermo de Alzheimer no debe ser tratado como “un número clínico”, sino como alguien cuya vida vale más que la enfermedad que la amenaza, y la denuncia explícita —hecha por el papa Francisco— del maltrato y el abuso que sufren muchas personas con esta enfermedad, precisamente porque su vulnerabilidad las expone a ser tratadas como objetos de gestión y no como sujetos de encuentro. 

El sentido del sufrimiento sin memoria

Aquí conviene volver a Juan Pablo II y a su reflexión sobre el sufrimiento en Salvifici Doloris. Su tesis central —que el sufrimiento humano puede unirse al de Cristo y volverse fecundo— fue pensada, en primer lugar, para el sufrimiento consciente: el dolor que se ofrece, que se interpreta, que se atraviesa con sentido. El Alzheimer plantea una dificultad adicional, porque en sus fases avanzadas el enfermo ya no puede elegir dar sentido a su padecimiento; ha perdido incluso la capacidad de saber que sufre en el sentido narrativo que Wojtyła describe. 

Pero esto no vacía la reflexión de Juan Pablo II; la desplaza. Si el enfermo ya no puede dar sentido activamente a su sufrimiento, ese sentido puede ser sostenido por otros: por quienes cuidan, acompañan y rezan por él, uniendo ellos mismos ese sufrimiento —ajeno pero compartido— al misterio pascual. La dignidad y el sentido, en este estadio, se vuelven profundamente relacionales: la comunidad que rodea al enfermo se convierte en depositaria de una memoria y de un sentido que él ya no puede sostener por sí mismo. Es una idea que dialoga, sorprendentemente, con la ética del cuidado de Kittay: la persona dependiente no deja de ser sujeto moral, pero su dignidad se sostiene, en parte, en la trama de relaciones que la rodean. 

Conclusión

El Alzheimer no es solo un desafío médico; es una prueba filosófica y teológica que desenmascara las teorías de la dignidad fundadas exclusivamente en la función. Frente a la tentación de medir el valor de una vida por lo que produce, recuerda o razona, tanto la mejor tradición filosófica —desde el personalismo hasta la ética del cuidado— como la enseñanza católica coinciden en un punto decisivo: la dignidad no es un logro que se pueda perder con la enfermedad, sino una condición que la enfermedad, por dura que sea, no puede tocar. Quizás la lección más honda que el Alzheimer ofrece no es sobre los enfermos, sino sobre nosotros: nos obliga a preguntarnos si de verdad creemos que el valor de una persona depende de lo que puede darnos, o si somos capaces de reconocer una dignidad que se sostiene incluso cuando ya no hay nada que reconocer a cambio. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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