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María nuestra del Magníficat, ¡María de nuestra Liberación!

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 Por Valmore Muñoz Arteaga La presencia y acompañamiento de la Virgen María al pueblo latinoamericano se ha sentido siempre de manera muy, muy cercana, casi que podríamos decir o, más bien, repetir, pues lo han dicho muchos, que somos un pueblo esencialmente mariano. María es sentida palpitar revistiendo, además, el colorido de una presencia evangélica inculturada, en sintonía perfecta con las más hondas aspiraciones de sus gentes. Pedro Casaldáliga, obispo y poeta, dibuja en una oración esos rasgos inculturados de una Virgen, madre de todos los hombres genuinamente evangélica, universal y que se arraiga en la humanidad sencilla, que sufre con frecuencia, pero que siempre se muestra gozosa y esperanzada: “María de Nazaret, esposa prematura de José el carpintero, aldeana de una colonia siempre sospechosa, campesina anónima de un valle del Pirineo, rezadora sobresaltada de la Lituania prohibida, indiecita masacrada de El Quiche, favelada de Río de Janeiro, negra segregada en el Apar...

Fui a los bosques...

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Henry David Thoreau   Un experimento de este tipo es el que voy a describir con detalle, reuniendo por conveniencia la experiencia de dos años en uno. Como he dicho, no pretendo escribir una oda al abatimiento, sino jactarme con tanto brío como el gallo encaramado a su palo por la mañana, aunque sólo sea para despertar a mis vecinos. Cuando por vez primera fijé mi residencia en los bosques, es decir, empecé a pasar allí tanto mis noches como mis días, lo que hice, por accidente, en el Día de la Independencia, el 4 de julio de 1845, mi casa no estaba acabada para el invierno, sino que era sólo una defensa contra la lluvia, sin revoque ni chimenea, con bastos tablones manchados por paredes, con amplias grietas que no evitaban el frío de la noche. Los blancos y tallados montantes verticales y los marcos de puertas y ventanas recién cepillados le daban un aspecto limpio y aireado, especialmente por la mañana, cuando sus maderas estaban llenas de rocío, de modo que me figuraba que a med...

El papel del escritor

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 Albert Camus Al aceptar la distinción con que esta Academia ha querido honrarme, mi gratitud era tanto más profunda porque sabía que esta recompensa sobrepasaba mis méritos personales. Todo hombre, y, con mayor razón, todo artista, desea ser reconocido. También yo lo deseo. Sin embargo al conocer esta decisión he comparado su prestigio con lo que soy realmente. ¿Cómo un hombre casi joven, cuya única riqueza son sus dudas y una obra aún en el telar, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en las estancias del afecto, no hubiera sentido una especie de pánico ante una determinación como esta, que de un golpe le lleva, desde su soledad al centro de una luz resplandeciente? ¿Con qué corazón también podía recibir él este homenaje en la hora presente en que, en Europa, otros escritores, de extraordinarias dimensiones, están reducidos al silencio, mientras su tierra natal padece una incesante desgracia? Yo he conocido ese desasosiego y esa turbación interior. Para recuperar la paz, ...