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La historia inconclusa

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 Por  Adolfo Strauch El 29 de octubre, a eso de las seis de la tarde, ya hacía rato que habíamos entrado al fuselaje. Era una tarde bastante gris, el sol se había ocultado y estábamos en ese dormitar intermitente en la penumbra, cuando escuché un estruendo ensordecedor, seguido de una estampida que derriba la pared de bolsos, maletas, una puerta rota y la mampara, que usábamos para sellar la abertura, y de inmediato vuelve hacia atrás como si fuera una ola cuando llega a la orilla y retrocede, dejándonos completamente aprisionados bajo la nieve. Yo quedo duro, como enyesado. Pensé que era el único que estaba vivo, sepultado bajo la nieve. Por primera vez desde el accidente me entrego, se me afloja todo el cuerpo, me orino encima y me convenzo de que ha llegado el final. Pero cuando comienzo a morirme, me surge una fuerza interior desconocida que me indica que esto no es el fin, acompañada de una sucesión de imágenes entrecortadas de mi familia, donde se destaca el rostro seren...

La cuenta regresiva

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 Por José Luis "Coche" Inciarte Yo había fijado que me moriría en la Nochebuena del 24 de diciembre. Setenta y tres días después de haber caído en la montaña. Quedaba poco tiempo. Y así como había escrito en una libretita todo lo que iba a hacer si sobrevivía, cuando me di cuenta de que la expedición final estaba por fracasar, porque tenían comida para diez días, que vencían el 22, me dije: les doy dos días más de plazo y me muero el 24. Adivinando mi intención, Adolfo Strauch, que en esa época me cuidaba como una madre, porque yo había dejado de luchar y me la pasaba tumbado en el fuselaje, dijo que no iba a permitirlo, ¡pero era tan fácil engañarlo y dejarse morir! El hecho de haberme puesto un plazo me daba, al mismo tiempo, una cierta serenidad. En esos días en el avión no se hablaba, las mentes se evadían y aquella alegría de todas las mañanas de experimentar que continuaba respirando languidecía hora a hora. Uno se miraba en los demás y el otro funcionaba como un espe...

Abandonados

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 Por Roberto Canessa No sé si hubo algún científico loco y maldito que dijo: en lugar de poner cobayos, pongamos seres humanos en el hielo. Que sean jóvenes para que resistan más y no se mueran con las enfermedades que traen consigo. Quitémosles el oxígeno del aire para que se tambaleen y alucinen. La mayoría serán universitarios, para ver si se las pueden ingeniar, para ver cómo se organizan, cómo operan en equipo, cómo planifican y resuelven creativamente los problemas. Pongamos deportistas, y veamos si son capaces de resistir setenta y dos días, mientras tres y luego dos de ellos intentan caminar diez días sorteando el abismo, trepando la montaña hasta llegar a los valles. Vamos a descubrir en este laboratorio siniestro cómo se forma la sociedad de la nieve. Para ver hasta dónde resisten, cuánto pueden soportar. Si resistieron hasta aquí, ateridos de frío, al borde del pánico, pues agreguemos otra trampa, más cruel todavía, más humillante si se puede, para que desciendan al fond...