El calvario de la señora Carmen Teresa
El amor es más fuerte que la muerte. Cantar de los Cantares 8, 6
Todavía
no lo puedo creer. El caso de la señora Carmen Teresa Navas no es solo una
crónica de la tragedia administrativa o una vulneración de derechos humanos.
Creo que es mucho más que eso. En su médula más profunda, se trata de una manifestación
del mysterium iniquitatis (misterio
de la iniquidad) frente al cual la fe católica y la reflexión filosófica se ven
obligadas a detenerse. La historia de una madre de 81 años que busca a un hijo
ya fallecido y enterrado en el silencio de la desidia estatal nos sitúa en la
intersección del dolor más desgarrador y la esperanza más radical. Ni la
pesadilla más oscura de la narrativa kafkiana es más espesa y oscura que lo que
esta mujer humilde le ha tocado vivir en las postrimerías, además, del Día de
las Madres.
Para la tradición agustiniana, el mal no posee una sustancia propia; es una privatio boni (privación del bien). En el caso de Víctor Hugo Quero, el mal se manifiesta como la ausencia total de transparencia y humanidad. San Agustín argumentaba que el mal moral surge cuando la voluntad humana se aparta del orden divino. En este contexto, el ocultamiento del fallecimiento de un hijo a su madre representa una perversión del orden natural y social.
Complementando esta visión, la filósofa Hannah Arendt nos legó el concepto de la banalidad del mal. El sufrimiento de la señora Carmen Teresa no fue solo el resultado de una decisión malévola aislada, sino de un sistema burocrático que dejó de ver a la persona como un fin en sí mismo. Cuando el Estado entierra a un hombre sin avisar a su madre, lo despersonaliza. Aquí resuena la filosofía de Antonio Rosmini, quien sostenía que la persona es un derecho subsistente. Para Antonio Rosmini, el derecho subsistente (a menudo denominado derecho esencial o derecho connatural) es la misma persona humana, considerada en cuanto sujeto titular de facultades morales y jurídicas por el simple hecho de existir. Al negar la identidad y el duelo, se atenta contra la esencia misma de la dignidad humana otorgada por Dios.
Ahora bien, ¿cómo podemos dilucidar la libertad en este caso? El silencio del Estado, la desidia administrativa y la ocultación de la muerte de Víctor Hugo son el resultado del ejercicio de una libertad humana pervertida. Alvin Plantinga argumentaría que Dios no causa este mal, sino que permite un sistema donde los agentes humanos pueden elegir la crueldad. La maldad sufrida por la señora Carmen Teresa no es un error en el diseño de Dios, sino el costo ontológico de que el ser humano sea verdaderamente libre para amar o para destruir. El mal aquí es una elección contra el bien realizada por agentes soberanos.
¿Dónde está la misericordia de Dios en el vía crucis de una mujer de 81 años que recorre cárceles buscando a un muerto? Desde una perspectiva teológica, la misericordia no es la eliminación mágica del sufrimiento, sino la com˗pasión (sufrir con). San Juan Pablo II, en su encíclica Dives in Misericordia, recordaba que la misericordia es el límite impuesto al mal. En el rostro de Carmen Teresa Navas se refleja el Stabat Mater: la Madre al pie de la Cruz. Como María en el Gólgota, Carmen Teresa encarna un amor que no retrocede ante el absurdo. Su búsqueda de más de un año, a pesar de la fragilidad de su edad, es un acto de resistencia espiritual. Fiódor Dostoievski, explorador incansable de la culpa y la redención, sugería que el sufrimiento de los inocentes es la piedra de toque de la fe. La misericordia de Dios se manifiesta aquí en la fortaleza sobrenatural de esta madre; Dios no está en el burócrata que calla, sino en los pies cansados de la mujer que no se rinde.
¿Podemos pensar en el perdón? Creo que sería muy forzado y apresurado apuntar hacia esto. Sin embargo, lo que creo necesario es meditar un poco al respecto. El concepto del perdón en este caso es, quizás, el más desafiante. Jacques Derrida hablaba del perdón de lo imperdonable como el único perdón verdadero. Desde la teología católica, el perdón no es olvido ni impunidad, sino una liberación del odio que permite que la justicia no se transforme en venganza. Para que el perdón sea posible en un escenario de tal crueldad, es necesario mirar hacia la figura de San Francisco de Asís, quien veía en el perdón una vía para la paz absoluta. Sin embargo, este perdón no puede exigirse a la víctima; es una gracia. La Iglesia enseña que la justicia humana es necesaria, pero la justicia divina —perfecta y definitiva— es la que finalmente restaurará la verdad de lo ocurrido en la soledad del Hospital Militar donde Víctor Hugo exhaló su último suspiro.
El desenlace del caso —la exhumación y el entierro digno en mayo de 2026— representa una victoria pírrica, pero sagrada. El amor de Carmen Teresa Navas ha derrotado al olvido. Filosóficamente, su perseverancia valida la tesis de Gabriel Marcel sobre la esperanza: Espero en Ti para nosotros. Su búsqueda no era individual; era una demanda de reconocimiento para su hijo y para todos los que sufren en el silencio. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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