El amor al orden del mundo

 Simone Weil


El amor al orden del mundo y a su belleza es el complemento del amor al prójimo.

Procede del mismo renunciamiento, imagen del renunciamiento creador de Dios. Dios trae a la existencia este universo consintiendo en no dominarlo, aunque podría hacerlo, dejando que en su lugar impere, por una parte, la necesidad mecánica asociada a la materia, incluida la materia psíquica del alma, y, por otra, la autonomía esencial a los procesos pensantes.

Por medio del amor al prójimo imitamos el amor divino que nos ha creado a nosotros y a todos nuestros semejantes. Por el amor al orden del mundo imitamos el amor divino que ha creado este universo del que formamos parte.

El hombre no tiene que renunciar a dominar la materia y las almas puesto que no cuenta con poder para hacerlo. Pero Dios le ha conferido una imagen de ese poder, una divinidad imaginaria, para que también él pueda, aun siendo criatura, vaciarse de su divinidad.

Así como Dios, estando fuera del universo, es al mismo tiempo su centro, así también el hombre se sitúa de forma imaginaria en el centro del mundo. La ilusión de la perspectiva le sitúa en el centro del espacio; una ilusión semejante falsea en él el sentido del tiempo; otra ilusión del mismo tipo dispone a su alrededor toda la jerarquía de valores. Esta ilusión se extiende incluso al sentimiento de la existencia, a causa de la íntima unión que en nosotros hay entre el sentimiento de valor y el sentimiento de ser; el ser nos parece cada vez menos denso a medida que se aleja de nosotros.

Rebajamos a su nivel, al nivel de la imaginación mixtificadora, la forma espacial de esa ilusión. Estamos obligados a ello, pues, de otro modo, no percibiríamos un solo objeto, ni siquiera nos controlaríamos lo bastante para dar un solo paso de manera consciente. Dios nos procura así el modelo de la operación que debe transformar nuestra alma. Así como aprendemos de niños a rectificar y reprimir lo ilusorio de la percepción del espacio, debemos hacer otro tanto respecto a la percepción del tiempo, de los valores, del ser. De otro modo seremos incapaces, en todo lo que sea ajeno a la dimensión espacial, de discernir un solo objeto o dar un solo paso.

Estamos en la irrealidad, en el sueño. Renunciar a nuestra situación central imaginaria, no sólo con la inteligencia sino también con la parte imaginativa del alma, es despertar a lo real, a lo eterno, ver la verdadera luz, oír el verdadero silencio. Se opera entonces una transformación en la raíz misma de la sensibilidad, en el modo inmediato de recibir las impresiones sensoriales y las impresiones psicológicas. Es una transformación análoga a la que se produce cuando, de noche en un camino, distinguimos de repente un árbol donde habíamos creído ver un hombre agachado; o cuando percibimos un susurro de hojas donde habíamos creído oír un cuchicheo. Se ven los mismos tonos, se oyen los mismos sonidos, pero no de la misma forma.

Vaciarse de la falsa divinidad, negarse a sí mismo, renunciar a ser en la imaginación el centro del mundo, comprender que todos los puntos podrían serlo igualmente y que el verdadero centro está fuera del mundo, es dar el consentimiento al reino de la necesidad mecánica en la materia y de la libre elección en el centro de cada alma. Este consentimiento es amor. La forma en que este amor se muestra cuando se orienta hacia las personas pensantes es la caridad hacia el prójimo; cuando se orienta hacia la materia, es amor al orden del mundo, o, lo que es igual, amor a la belleza del mundo.

En la antigüedad, el amor a la belleza del mundo ocupaba un lugar importante en el pensamiento y envolvía la vida entera con una maravillosa poesía. Así ocurrió en todos los pueblos, en China, India, Grecia. El estoicismo griego, que fue algo maravilloso y al que tan próximo se encontraba el cristianismo primitivo, en particular el pensamiento de san Juan, era casi exclusivamente amor a la belleza del mundo. En cuanto a Israel, ciertos pasajes del Antiguo Testamento, de los salmos, del libro de Job, de Isaías, de los libros sapienciales, encierran expresiones incomparables de la belleza del mundo.

San Francisco muestra el lugar que puede ocupar la belleza del mundo en el pensamiento cristiano. No sólo su poema es poesía perfecta, sino que toda su vida fue poesía perfecta puesta en acción. Por ejemplo, la elección de un lugar para un retiro solitario o para la fundación de un convento era la más bella poesía en acto. El vagabundeo, la pobreza, eran poesía en él; se despojó de sus vestiduras para estar en contacto inmediato con la belleza del mundo.

En san Juan de la Cruz se encuentran también hermosos versos sobre la belleza del mundo. Pero de manera general, haciendo las reservas oportunas respecto a los tesoros desconocidos o poco conocidos, enterrados quizá entre las cosas olvidadas del medievo, se puede decir que la belleza del mundo está casi ausente en la tradición cristiana. Este hecho es extraño y, su causa, difícil de comprender. Es una laguna terrible. ¿Cómo el cristianismo tendría derecho a llamarse católico si el universo estuviera ausente de él?

Es cierto que en el evangelio se habla poco de la belleza del mundo. En ese texto tan breve que, como dice san Juan, está muy lejos de encerrar todas las enseñanzas de Cristo, los discípulos consideraron sin duda inútil incluir referencias a un sentimiento tan ampliamente difundido.

Sin embargo, por dos veces se habla de ello. En una ocasión, Cristo recomienda contemplar o imitar a los lirios y los pájaros por su indiferencia respecto al futuro, por su docilidad al destino; en otra, la contemplación e imitación de la distribución indiscriminada de la lluvia y la luz del sol.

El Renacimiento quiso restablecer un vínculo espiritual con la antigüedad pasando por encima del cristianismo, pero apenas tomó de la antigüedad algo más que los productos secundarios de su inspiración, el arte, la ciencia y la curiosidad por las cosas humanas; apenas hizo aflorar la inspiración central. No recuperó el contacto con la belleza del mundo.

En los siglos XI y XII se inició un renacimiento que habría sido el verdadero si hubiese tenido posibilidades de dar frutos; comenzó a germinar especialmente en el Languedoc, donde ciertos versos de los trovadores sobre la primavera hacen pensar que la inspiración cristiana y el amor a la belleza del mundo quizá no estaban separados. Por otra parte, el espíritu occitano dejó su huella en Italia y acaso no fue ajeno a la inspiración franciscana. Pero, sea coincidencia, sea más probablemente relación de causa a efecto, estos gérmenes no sobrevivieron en ninguna parte a la guerra de los albigenses, sino como vestigios.

Casi podría decirse que hoy en día la raza blanca ha perdido la sensibilidad a la belleza del mundo y que ha asumido la misión de hacerla desaparecer en todos los continentes a los que ha llevado sus armas, su comercio y su religión. Como decía Cristo a los fariseos: «¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido».

Y sin embargo, en nuestra época, en los países de raza blanca, la belleza del mundo es casi el único camino por el que podría penetrar Dios. Pues de los otros dos estamos todavía mucho más alejados. El amor y el respeto verdaderos a las prácticas religiosas es raro incluso en quienes asisten a ellas con asiduidad y no se encuentran casi nunca en los demás. La mayoría ni siquiera concibe esa posibilidad. En lo que concierne al uso sobrenatural de la desdicha, la compasión y la gratitud no son únicamente cosas raras sino que actualmente se han convertido para la mayor parte de los hombres en algo poco menos que ininteligible. La idea misma casi ha llegado a desaparecer y el significado propio de esas palabras se ha visto rebajado.

Pero el sentimiento de lo bello, aunque mutilado, deformado y mancillado, permanece irreductible en el corazón del hombre como un móvil poderoso. Está presente en todos los afanes de la vida profana. Si se lo tornara auténtico y puro, proyectaría de un solo golpe toda la vida profana hasta los pies de Dios, haciendo posible la encarnación total de la fe.

Por otra parte, la belleza del mundo es, en términos generales, la vía más común, más fácil, más natural.

Así como Dios se precipita en toda alma, apenas ésta se entreabre, para amar y servir a través de ella a los desdichados, así también se precipita para amar y admirar a su través la belleza sensible de su propia creación.

Pero lo inverso es aún más verdadero. La inclinación natural del alma a amar la belleza es el ardid de que se sirve Dios con más frecuencia para abrirla al soplo de lo alto.

Es la trampa en que cayó Coré. El perfume del narciso hacía sonreír al cielo entero, a la tierra toda y al oleaje del mar. Apenas la pobre joven hubo tendido la mano, cayó prisionera en la trampa. Había caído en manos del Dios vivo. Cuando salió, había probado la granada que la ligaba para siempre. Ya no era virgen, era la esposa de Dios.

La belleza del mundo es la entrada al laberinto. El imprudente que, habiendo penetrado, da por él algunos pasos, se encuentra al punto imposibilitado de encontrar otra vez la salida. Agotado, sin nada que comer ni que beber, en las tinieblas, separado de sus semejantes, de todo lo que ama, de todo lo que conoce, camina sumido en la ignorancia, sin esperanza, incapaz incluso de percibir si verdaderamente avanza o está dando vueltas en círculo.

Pero esta desdicha no es nada en comparación con el peligro que le acecha. Pues si no pierde el valor y continúa caminando, es seguro que llegará al centro del laberinto. Y allí Dios le espera para devorarle. Luego volverá a salir, pero transformado, convertido en otro ser, tras haber sido comido y digerido por Dios. Se quedará entonces junto a la entrada para, desde allí, empujar suavemente a quienes se acerquen.

La belleza del mundo no es un atributo de la materia en sí misma. Es una relación del mundo con nuestra sensibilidad, esa sensibilidad que está en función de la estructura de nuestro cuerpo y nuestra alma. El Micromegas de Voltaire, un infusorio que piensa, no tendría acceso a la belleza de que nos alimentamos en el universo. En caso de que tales seres existieran, hay que tener fe en que el mundo también sería hermoso para ellos, pero sería ésa otra clase de belleza. De todas formas hay que tener fe en que el universo es bello a cualquier escala; y, más en general, en que es plenamente bello en relación a la estructura corporal y psíquica de todos los seres pensantes, tanto de los que de hecho existen como de los que pueden existir. Es esta concordancia entre una infinidad de bellezas perfectas lo que constituye el carácter trascendente de la belleza del mundo. No obstante, lo que de esta belleza experimentamos ha sido destinado a nuestra sensibilidad humana.

La belleza del mundo es la aportación de la sabiduría divina a la creación. «Zeus ha realizado todas las cosas —dice un verso órfico— y Baco las ha consumado». La consumación es la creación de la belleza. Dios ha creado el universo, y su Hijo, nuestro hermano primogénito, ha creado su belleza para nosotros. La belleza del mundo es la sonrisa llena de ternura que Cristo nos dirige a través de la materia. Él está realmente presente en la belleza universal. El amor a esta belleza procede de Dios descendido a nuestra alma y va hacia Dios presente en el universo. Es también algo semejante a un sacramento.

Esto sólo ocurre con la belleza universal. Exceptuado Dios, sólo el universo en su conjunto puede con todo rigor ser calificado de bello. Todo lo que está en el universo y es menor que él únicamente puede considerarse bello por extensión del término, más allá de su significación rigurosa, a las cosas que indirectamente participan de la belleza, de la que son imitaciones.

Todas estas bellezas secundarias tienen un valor infinito como aperturas hacia la belleza universal. Pero si uno se detiene en ellas, se convierten por el contrario en velos, adquiriendo un carácter corruptor. Todas encierran esta tentación, aunque en muy diverso grado.

Hay también numerosos factores de seducción completamente extraños a la belleza, pero a causa de los cuales, por falta de discernimiento, se consideran bellas las cosas en las que residen. Pues atraen al amor de forma fraudulenta y los hombres consideran bello lo que aman. Todos los hombres, incluso los más ignorantes, incluso los más viles, saben que únicamente la belleza tiene derecho a nuestro amor. Los más auténticamente grandes también lo saben. Ningún hombre está por encima o por debajo de la belleza. Las palabras que expresan la belleza vienen a los labios de cuantos quieren loar aquello que aman. Otra cosa es que sepan discernirla mejor o peor.

La belleza es la única finalidad en este mundo. Como muy bien dijo Kant, es una finalidad que no contiene ningún fin. Una cosa bella no contiene ningún bien, salvo ella misma, en su totalidad, tal como se nos muestra. Vamos a ella sin saber qué pedirle y ella nos ofrece su propia existencia. No deseamos otra cosa, la poseemos y, sin embargo, seguimos deseando aunque ignoramos por completo el qué. Quisiéramos atravesar la belleza, pasar detrás de ella, pero no es más que superficie. Es como un espejo que nos devuelve nuestro propio deseo de bien. Es una esfinge, un enigma, un misterio dolorosamente irritante. Quisiéramos alimentarnos de ella, pero únicamente puede ser objeto de la mirada, aparece sólo a una cierta distancia. El gran drama de la vida humana es que mirar y comer sean dos operaciones distintas. Sólo al otro lado del cielo, en el país habitado por Dios, son una sola y misma operación. Ya los niños, cuando miran largo tiempo un dulce y lo cogen casi con pesar, pero sin poderlo evitar, para comerlo, experimentan ese dolor. Quizá, en esencia, los vicios, as depravaciones y los crímenes son casi siempre, o incluso siempre, tentativas de comer la belleza, de comer lo que sólo se debe mirar. Eva marcó el comienzo y, si perdió a la humanidad comiendo un fruto, la actitud inversa, mirar el fruto sin comerlo, debe ser lo que la salve. «Dos compañeros alados —dice una Upanishad—, dos pájaros, están posados en la rama de un árbol. Uno come los frutos, el otro los mira». Estos dos pájaros son las dos partes de nuestra alma.

Es por no contener ningún fin por lo que la belleza constituye la única finalidad. Pues en este mundo no hay fines. Todas las cosas que tomamos por fines son medios. Es ésa una verdad evidente. El dinero es un medio para comprar, el poder es un medio para mandar. Así sucede, de forma más o menos visible, con todo lo que llamamos bienes.

Sólo la belleza no es un medio para otra cosa. Sólo la belleza es buena en sí misma, pero sin que encontremos en ella ningún bien. Parece ser una promesa, no un bien. Pero sólo se ofrece a sí misma, nunca da otra cosa.

No obstante, como es la única finalidad, está presente en todos los afanes humanos. Aunque todos persigan sólo medios, pues lo que existe en este mundo no son más que medios, la belleza les da un brillo que los tiñe de finalidad. De otro modo no podría haber deseo ni, en consecuencia, energía en pos de su consecución.

Para el avaro de tipo Harpagon, toda la belleza del mundo está encerrada en el oro. Y en verdad el oro, material puro y brillante, tiene algo de hermoso. La desaparición del oro como moneda parece haber hecho desaparecer también este tipo de avaricia. Hoy en día, quienes se afanan en amasar fortunas lo que buscan es el poder.

La mayor parte de los que ansían la riqueza lo hacen pensando en el lujo. El lujo es la finalidad de la riqueza. Y para toda una clase de hombres, el lujo es lo mismo que la belleza. Constituye el único ámbito en el que pueden percibir vagamente que el universo es bello, lo mismo que san Francisco, para sentir la belleza del universo, tuvo necesidad de ser vagabundo y mendigo. Uno y otro medio serían igualmente legítimos si en ambos casos la belleza del mundo se experimentase de manera igualmente directa, pura y plena; pero felizmente Dios ha querido que no fuera así. La pobreza tiene un privilegio. Es ésa una disposición providencial sin la cual el amor a la belleza del mundo fácilmente entraría en contradicción con el amor al prójimo. Sin embargo el horror a la pobreza —y toda disminución o no crecimiento de la riqueza puede ser sentido como pobreza— es esencialmente horror a la fealdad. El alma a la que las circunstancias impiden sentir algo de la belleza del mundo, aunque sea confusamente o incluso a través de la mentira, está invadida hasta la médula por una especie de horror.

El amor al poder equivale al deseo de establecer un orden entre los hombres y las cosas, en un entorno grande o pequeño, y ese orden es deseable por efecto del sentimiento de lo bello. En este caso, como ocurre con el lujo, se trata de imprimir a un determinado medio finito, pero que a menudo se desea continuamente acrecentar, una ordenación que dé la impresión de belleza universal. La insatisfacción, el deseo de acrecentar, tienen precisamente por causa que, mientras el objeto del deseo es el contacto con la belleza universal, el medio que se organiza no es el universo. No es el universo y lo oculta. El universo que nos rodea es como un decorado de teatro.

Valéry, en el poema titulado Semíramis, expresa muy bien la relación entre el ejercicio de la tiranía y el amor a la belleza. Aparte de la guerra, instrumento para acrecentar el poder, Luis XIV no se interesaba más que por las fiestas y la arquitectura. Por otra parte, la guerra misma, sobre todo tal como se desarrollaba antiguamente, concernía de manera viva y punzante a la sensibilidad por la belleza.

El arte es un intento de trasladar a una cantidad finita de materia modelada por el hombre una imagen de la belleza infinita de la totalidad del universo. Si la tentativa tiene éxito, esa porción de materia no debe ocultar el universo sino, por el contrario, revelar la realidad.

Las obras de arte que no son reflejos justos y puros de la belleza del mundo, aberturas practicadas directamente en ella, no son propiamente hablando bellas; no son de primer orden; sus autores podrán tener un gran talento, pero carecen de genio. Es el caso de muchas obras de arte que se cuentan entre las más célebres y reputadas. Todo artista verdadero ha tenido un contacto real, directo, inmediato, con la belleza del mundo, contacto que es semejante a un sacramento. Dios ha inspirado toda obra de arte de primer orden, aunque su tema sea mil veces profano; pero no ha sido el inspirador de ninguna de las otras. En lo que atañe a estas últimas, el esplendor de belleza que recubre algunas de ellas podría ser de carácter diabólico.

La ciencia tiene por objeto el estudio y la reconstrucción teórica del orden del mundo en relación a la estructura mental, psíquica y corporal del hombre; contrariamente a las ingenuas ilusiones de algunos científicos, ni el uso de telescopios y microscopios, ni el empleo de las fórmulas algebraicas más singulares, ni siquiera el menosprecio del principio de no contradicción, permiten salir de los límites de esa estructura. Lo que, por otra parte, tampoco es deseable. El objeto de la ciencia es la presencia en el universo de la Sabiduría de la que somos hermanos, la presencia de Cristo a través de la materia que constituye el mundo.

Reconstruimos una imagen del orden del mundo a partir de datos limitados, enumerables, rigurosamente definidos. Entre estos términos abstractos y por tanto manejables por nosotros, establecemos ciertas relaciones. Podemos así contemplar en una imagen —imagen cuya existencia queda en suspenso en el acto de atención— la necesidad, que es la sustancia misma del universo, pero que sólo se manifiesta a nosotros como tal de forma discontinua.

No puede haber contemplación sin que haya algo de amor. La contemplación de esa imagen del orden del mundo constituye un cierto contacto con la belleza del mundo. La belleza del mundo es el orden del mundo cuando se le ama.



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