María mira la cruz

El lema del Papa León XIV de su visita a España me ha traído al corazón muchas cosas para pensar, pero, además, también me ha regalado imágenes para contemplar en silencio. Una de esas imágenes es la de la Virgen María mirando la cruz. Debo decir que San Juan es el único evangelista que nombra a María al pie de la cruz, y lo hace con una economía casi desconcertante. No registra palabra suya, ni lágrima, ni gesto. Dice solamente que «estaba» allí (Jn 19,25). Sin embargo, la Iglesia ha intuido siempre que en ese silencio ocurría algo decisivo: una mirada. Una madre miraba a su Hijo agonizante, una creyente miraba a su Dios crucificado, una discípula miraba al Cordero entregado. La Virgen levantó la mirada para poder contemplar a su Hijo que colgaba de una cruz. ¿Por qué hablar de «mirada»? Porque en el pensamiento bíblico, y de modo eminente en el cuarto evangelio, ver es conocer, reconocer y, finalmente, creer. El discípulo amado «vio y creyó» ante el sepulcro vacío (Jn 20,8), y Tomás es llamado a pasar de la vista a una fe más honda (Jn 20,29). El relato de la pasión según San Juan está atravesado por verbos de visión, y es en ese contexto donde la presencia de María adquiere su verdadero relieve teológico. Su mirada es, para toda la tradición cristiana, el modelo de cómo ha de contemplarse al Crucificado

Una mirada que podemos interpretar desde tres dimensiones. La primera es comprender la mirada de María como una mirada de fe, que reconoce al Hijo de Dios en el hombre desfigurado. La segunda que es una mirada de amor compasivo, que no se limita a observar el dolor, sino que lo asume desde dentro, hasta el punto de que los Padres y los místicos hablan de un «martirio del corazón». Y la tercera que es una mirada eclesial y materna, porque en ella se inaugura la maternidad espiritual de María sobre lo discípulos y se enseña a la Iglesia entera a mirar «al que traspasaron».

El relato joánico de la crucifixión (Jn 19,16-37) está tejido con verbos de ver. En el relato hay todo un tejido de miradas que nos permiten entender que el acto de mirar, en este caso, implica circunstancias muy profundas. Todo este tejido de miradas se enlaza con la promesa de Jesús: «cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32; cf. 3,14; 8,28). El «levantado» es el Crucificado, y lo que atrae es su visión: así como los israelitas mordidos por las serpientes vivían al mirar la serpiente de bronce (Nm 21,4-9), quien mira con fe al Hijo del hombre elevado alcanza la vida. María es la primera que mira así.

San Lucas, por su parte, ofrece las claves interiores de esta mirada. Dos veces afirma que María «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19.51). Su vida entera es una larga contemplación: mira al Niño en el pesebre, lo mira en el Templo, lo mira crecer en Nazaret. Cuando Simeón le anuncia que una espada atravesará su alma (Lc 2,35), la mirada de la madre queda ya marcada por la sombra de la cruz. El Calvario no es un accidente; es la culminación de una mirada que comenzó en Belén. Además, San Lucas añade un contraste elocuente. Las multitudes que se habían reunido «para contemplar el espectáculo» (theoria), al ver lo ocurrido, volvían golpeándose el pecho (Lc 23,48). Hay, pues, una manera de mirar el Calvario como mero espectáculo y otra manera de mirarlo que convierte. La Escritura no describe aún la mirada de María en ese momento, pero deja el espacio abierto para que la tradición pueda decir con verdad: su mirada fue la que convierte.

Inmediatamente después de entregar a María y a Juan el uno al otro, el evangelista observa: «Sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido» (Jn 19,28). Algunos comentaristas modernos, entre ellos San Juan Pablo II, han subrayado que el texto parece señalar la entrega de la Madre y del discípulo como el último acto de la obra de Cristo. El encuentro de miradas en el Calvario sería, así, el sello de la redención: el Redentor deja a la humanidad una madre, y a la Madre, una humanidad que cuidar.

La tradición siria conservó un Lamento de María, atribuido tradicionalmente a san Efrén (siglo IV) aunque probablemente posterior, en el que la Virgen se dirige a su Hijo y a Simeón reconociendo que la espada profetizada la está atravesando. Una oración litúrgica sirio occidental (siglo VIII, según la recoge F. M. Willam) llega a imaginar a María que se acerca a Jesús y apoya su cabeza en la cruz. Se trata de textos de piedad, no de doctrina, pero muestran cómo Oriente pensó la mirada de María: no a distancia, sino en contacto con el madero. Será Romano el Melódico (siglo VI), poeta de Constantinopla y uno de los grandes teólogos en verso, quien da forma literaria más acabada a esta intuición. Su kontakion «María al pie de la cruz» presenta un diálogo dramático entre la Madre y el Hijo. Benedicto XVI lo comentó en una catequesis sobre los Padres (21 de mayo de 2008): María pregunta a Jesús adónde va y se resiste a dejarlo, y Jesús la consuela y le recuerda su misión en la historia de la salvación, invitándola a dejar el llanto. Lo más sugestivo es el estribillo del poema: María llama a Jesús, a la vez, su hijo y su Dios. En esa doble apelación se condensa el misterio de su mirada. Ve al Hijo que ha dado a luz, al niño que amamantó, el cuerpo que ahora es torturado; y ve, en el mismo cuerpo, al Señor. La mirada de la madre y la mirada de la creyente no se alternan, sino que se superponen. Romano comprendió que ahí está lo específico de María. Ella es la única criatura que ha podido decir de Dios, con verdad, «mi hijo», y de su hijo, con la misma verdad, «mi Dios». Como señala Thomas Arentzen en su estudio sobre Romano, en este poema María es mediadora entre lo divino y lo humano. Habla con humildad ante Cristo y con autoridad ante los hombres. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

 

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