Ejercicio literario: La mujer y el amor en la poesía mística amorosa

Me propuse como ejercicio literario redactar un texto que buscara evocar los registros del discurso místico para meditar sobre la mujer y el amor, justamente, en la poesía mística amorosa.


¡Tú que buscas en los huertos cerrados del alma! ¡Que preguntas por la mujer y el amor en los cantos antiguos de los místicos! Escucha, pues voy a hablarte como habla el viento del sur a las viñas en flor, como habla la tórtola en la hendidura de la piedra. ¿Quién es la mujer en la poesía mística amorosa universal? ¿Quién es el amor que la transfigura? No son preguntas de la mente, sino del corazón, uno que arde; no es cuestión de la razón, sino del espíritu que se desborda como fuente sellada que rompe sus ataduras. La mujer en estos cantos no es carne solamente, ni el amor es pasión terrena únicamente: son ambos misterio que se viste de jardines, de aromas, de luces del alba, de sombras bajo el manzano.

Como el lirio entre los espinos, así es la mujer en la poesía mística. Singular, apartada, rodeada de un cercado que no todos traspasan. Los místicos la cantan como huerto cerrado, como fuente sellada, como palmera que se yergue hacia el cielo con frutos de dulzura inefable. Sus cabellos son como manada de cabras que se muestran en Galaad; sus dientes, como manada de ovejas trasquiladas; su cuello, como la torre de David, edificada para trofeos. Así hablan los antiguos, así cantan los que vieron en la mujer no solamente forma, sino símbolo. La sabiduría que se oculta y se revela, el alma que es amada y que ama, la creación que gime y espera ser redimida. Y el amor, ¿qué es el amor en estos cantos? Es el viento que despierta los aromas del nardo y la mirra; es la mano que se mete por la cerradura y hace temblar las entrañas; es la voz que dice: «Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven». El amor no pide permiso a la razón; el amor llama a la puerta del alma y el alma se estremece como la tórtola cuando oye la voz del amado.

¡Qué misterio, oh buscador, qué misterio tan profundo! La carne se hace espíritu, y el espíritu se viste de carne. Los místicos no temen al cuerpo, más bien lo cantan, lo perfuman con canela y cinamomo, lo ungen con aceite de mirra. Porque saben que el amor verdadero lo transfigura todo. Como la manzana entre los árboles silvestres, así es el amado entre los jóvenes. A su sombra me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar. Me sustentó con flores, me confortó con pasas, porque estoy enferma de amor. ¿No es esto lenguaje de amantes? ¿No es esto canto de bodas terrenas? Sí, pero también es más. También es el alma que se sabe amada por Dios, es el espíritu que se sabe desposado con lo eterno. La poesía mística amorosa universal no separa lo que el amor ha unido. El beso de la boca es beso del alma; el abrazo del cuerpo es abrazo del espíritu; el vino que embriaga es vino de la presencia divina. Los santos lo dijeron con palabras de fuego: Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, los sufíes de Persia, los bhaktas de la India. Todos cantaron con la misma lengua: la del amor que todo lo une, la del amor que todo lo transfigura. 

Mas he aquí el secreto último, oh tú que lees estas palabras. El amor místico es búsqueda. La mujer en estos cantos es anhelo. El amado se esconde y se revela; se acerca y se aleja; se deja encontrar y se pierde de nuevo entre las montañas de aromas. Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma; lo busqué y no lo hallé. Me levantaré ahora y rodearé la ciudad; por las calles y por las plazas buscaré al que ama mi alma. Lo busqué y no lo hallé. Me hallaron los guardas que rondan la ciudad. ¿Habéis visto al que ama mi alma? Apenas los había pasado, cuando hallé al que ama mi alma. Así es el amor en la poesía mística. Una búsqueda incansable, anhelo que no se sacia, sed que se aviva al beber. La mujer es la sabiduría que se deja encontrar por los que la buscan de corazón; el amor es la fuerza que mueve el sol y las demás estrellas, como dijo el poeta, pero también es la fuerza que desciende al abismo del alma y la levanta hasta el trono de lo eterno.

¡Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo! Porque fuerte es como la muerte el amor; duro como el sepulcro el celo. Sus brasas, brasas de fuego, llama de Yahvé. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. 

Si diera el hombre toda la hacienda de su casa por este amor, de cierto la menospreciarían. Porque el amor místico no se compra, no se vende, no se posee: se recibe como don, se vive como misterio, se canta como himno. La mujer en la poesía mística amorosa universal es el huerto donde el amor se cultiva; el amor es el viento que hace florecer el huerto. Y ambos, mujer y amor, son uno en el canto místico: uno en el deseo, uno en la búsqueda, uno en el éxtasis que transfigura lo terrenal en eterno. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

Comentarios