Educar de corazón a corazón
En un par de días
comienza el nuevo año escolar 2026-2027. Mi quinto año como profesor del
Colegio Mater Salvatoris, lo cual lo hace, de entrada, un año muy especial y
significativo para mí. Hemos tenido una preparación muy hermosa para
afrontarlo. Una preparación que ha buscado enseñarnos a alzar la mirada. En estas dos semanas, muchas cosas se han quedado
grabadas en mi interior. Sobre alguna de ellas me gustaría esgrimir algunas
ideas. Ideas que me resultaron estimulantes, no solo como profesor, sino como
ser humano, como una pieza de una comunidad que busca caminar junta, con
apertura de corazón y con deseo genuino de seguir la voluntad de Dios.
Mientras hacía mi
formación, cayó en mis manos un libro del filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul
Han. El libro se llama La tonalidad del
pensamiento (Tonalität des Denkens, 2024), que reúne tres conferencias
pronunciadas en 2023 en Oporto, Lisboa y Leipzig —dedicadas respectivamente al
amor, a la esperanza y al tono mismo del pensar— en las que propone una forma
de pensamiento que se aparta deliberadamente del modelo instrumental,
calculador y acelerado propio de la razón moderna. Tres consideraciones que,
aparentemente, pueden resultar ajenas al campo pedagógico, pero que ofrecen en
realidad una clave interpretativa privilegiada para repensar el sentido último
de la educación. Si se toman en serio, permiten sostener una tesis central: que
educar no puede reducirse a la transmisión eficiente de información ni a la
acumulación de competencias medibles, sino que debe entenderse como un camino
que conduce al alumno hacia su propia interioridad.
Hay tres imágenes que
Han me mostró en sus páginas. La primera imagen que propone Han es la de un
pensamiento capaz de oler a flores. Un
pensamiento que no se agota en la utilidad ni en la producción de resultados,
sino que conserva algo de la gratuidad, la fragilidad y la belleza propias de
lo que florece sin finalidad ulterior. Una educación que aspire a un pensamiento que huela a flores no puede
organizarse exclusivamente en torno a indicadores de eficacia, currículos
compactados o evaluaciones estandarizadas que tratan el conocimiento como un
insumo productivo. Requiere, por el contrario, espacios de gratuidad —el
detenerse ante un poema, una demostración matemática elegante, una pregunta sin
respuesta inmediata— en los que las alumnas puedan experimentar el saber no
como mercancía, sino como algo que, como la flor, vale por sí mismo antes de
valer para algo.
La segunda
consideración o imagen desplaza el acento desde la gratuidad hacia la alteridad.
Han propone que el pensamiento se transforme en un poema que quiere ir hacia el
otro, es decir, que abandone la pretensión de dominar, clasificar o poseer su
objeto —propia de la razón calculadora— para convertirse en un gesto de
dirección, de apertura y de escucha. Esta estructura vocativa del pensar recuerda de cerca la filosofía dialógica de
Martin Buber, para quien la existencia humana se decide en la alternancia entre
la relación Yo-Ello, que reduce al otro a objeto de uso, y la relación Yo-Tú,
en la que el otro es reconocido en su plenitud de persona. Una pedagogía fiel a
la imagen de Han sería, así, una pedagogía del Tú, es decir, aquella en la cual
el maestro no enuncia verdades hacia un vacío, sino que compone, cada vez, un
poema dirigido a este alumno concreto.
La tercera imagen —el
pensamiento transformado en acción de agradecimiento— completa el movimiento
anterior. Si el pensamiento-flor
introduce la gratuidad y el pensamiento-poema
introduce la alteridad, el pensamiento-agradecimiento
introduce la dimensión de la recepción. En tal sentido, pensar bien es, para
Han, reconocer que lo pensado no es enteramente producto propio, sino también
don recibido. Educar para el agradecimiento supone, entonces, enseñar al alumno
a reconocer que su propio saber, su lengua, sus categorías de pensamiento e
incluso su capacidad de preguntar le han sido dados antes de ser conquistados
por él. Esta conciencia de la deuda y del don es precisamente lo que abre la posibilidad
de la interioridad. Solo quien deja de percibirse como productor autosuficiente
de su propio saber puede volverse, agradecido, hacia el fondo de sí mismo del
que ese saber brota y hacia quienes se lo han transmitido.
Trasladada a la
pedagogía, esta propuesta permite formular con precisión el fin último de todo
proceso educativo, que no es, en su sentido más propio, llenar al alumno de
contenidos exteriores —por valiosos que estos sean—, sino acompañarlo en un
camino de vuelta hacia sí mismo, hacia ese centro interior desde el cual los contenidos
aprendidos dejan de ser información acumulada y se convierten en sabiduría personal.
Esta comprensión de la educación como camino hacia la interioridad tiene una
larga tradición filosófica —de Agustín de Hipona, con su célebre in interiore homine habitat veritas (“en
el interior del hombre habita la verdad”), hasta la pedagogía personalista del siglo XX—, pero adquiere
en Byung-Chul Han una urgencia nueva, en una época de saturación informativa y
de exposición permanente, formar la interioridad del alumno no es ya una opción
entre otras, sino la condición misma de posibilidad de que exista, propiamente,
un sujeto capaz de aprender, y no solo un receptáculo de estímulos.
El Papa León XIV,
siguiendo de cerca algunas de las ideas que desarrolló el Papa Francisco, nos
estimula a emprender un camino hacia la interioridad. Un camino solo es transitable
cuando la relación educativa se asume como un acto de amor, y que el amor, en
este contexto, no designa un sentimentalismo difuso, sino una estructura precisa
de la relación pedagógica: la que va de
corazón a corazón. Por supuesto, esto nos trae el vivo recuerdo de John
Henry Newman quien, al ser creado cardenal en 1879, eligió como lema la expresión latina Cor ad cor loquitur —“el corazón habla
al corazón”—, tomada de la tradición espiritual de Francisco de Sales. Para
Newman el corazón no se opone a la razón como su contrario irracional, sino que
designa el centro concreto y personal desde el cual el ser humano conoce, cree
y actúa. El corazón, más que sede de la emotividad frente a la razón, es el
lugar donde razón, libertad y afecto se integran en la unidad concreta de la
persona que conoce y que ama.
En tal sentido, el
maestro o el profesor no solo enseñan algo. Se enseñan, en cierta medida, a sí mismos,
en la medida en que su propia interioridad —cultivada, siguiendo a Han, por un pensamiento
gratuito como la flor, dirigido al otro como el poema, y agradecido como la
acción de gracias— se convierte en el medio a través del cual el alumno es
invitado a descubrir la suya. Educar de corazón a corazón significa, entonces,
que el pensamiento poema descrito por Han —ese pensamiento que quiere ir hacia el otro— encuentra en el
aula su realización más propia. El maestro no dirige un discurso genérico hacia
un auditorio anónimo, sino que compone, cada vez, una palabra dirigida a este
alumno, capaz de tocar su asentimiento real y no solo su memoria nocional. Y
significa también que ese encuentro solo es fecundo cuando se vive con la gratuidad
de la flor —sin buscar en el alumno un mero producto o resultado medible— y con
el agradecimiento de quien reconoce que también él, maestro, ha recibido antes
de poder dar. El amor pedagógico es la estructura misma que hace posible que el
conocimiento deje de ser información exterior y se convierta en verdad
interiorizada. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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