La música como destino
«La música es el arte que más cerca está de las lágrimas y de la memoria.»
— Oscar Wilde
Mañana, 27 de abril, cumplo 53 años. Si alguien ha sido fundamental en el desarrollo de mi espíritu en estos años ha sido Hermann Hesse. Él ha sido la fuente de la cual he bebido en mi crecimiento como lector y, en gran medida, como amante del arte, en especial, de la música. Muchas de sus páginas fueron las que me impulsaron a acercarme de compositores sublimes que me revelaron siempre un rostro más profundo de la realidad. Pocos escritores del siglo
XX mantuvieron con la música una relación tan densa y tan filosóficamente
articulada como Hesse. No se trata únicamente de una preferencia
estética ni de un uso decorativo. No, en su obra la música es ontología pura, es decir,
una forma de ser y de acceder a la realidad que las palabras, por sí solas, no
pueden alcanzar. Desde Peter Camenzind hasta El juego de los abalorios, el
sonido organizado aparece como lenguaje del alma, umbral de lo sagrado y
criterio de verdad. Hesse era, además, músico en sentido práctico, ya que tocaba el
piano y el violín, y su padre coleccionaba instrumentos. La música no llegó a
su literatura desde fuera; la habitó desde la infancia.
Si hay dos nombres que
atraviesan la obra de Hesse con la regularidad de una obsesión, esos son Johann
Sebastian Bach y Wolfgang Amadeus Mozart. Ambos representan, para el escritor,
polos complementarios de lo que la música puede ser. Bach es el orden eterno,
la arquitectura del cosmos hecha sonido, la prueba de que existe una
inteligencia superior que estructura el tiempo; Mozart es la gracia, la
ligereza trágica, la capacidad de reír ante el abismo sin negar su profundidad.
En El lobo estepario (1927),
la novela más musicalmente cargada de Hesse, el protagonista Harry Haller vive
literalmente entre partituras de Bach y visiones de Mozart. La oposición que
estructura la novela —entre el mundo espiritual elevado y el mundo sensual y
popular— se expresa en términos musicales. Bach y Mozart representan la cima
del espíritu humano frente al jazz de los bares y los salones de baile. Sin
embargo, Hesse es demasiado perspicaz para reducir la tensión a una simple
jerarquía. El jazz no es simplemente inferior, sino otro tipo de verdad, más
carnal y más libre. Pablo el saxofonista, que introduce a Harry en ese mundo,
es tan maestro a su manera como el propio Mozart.
La escena más célebre de la
novela es la parábola del gramófono. En el teatro mágico, el espíritu de Mozart
aparece y le muestra a Harry que la reproducción mecánica de la música —el
gramófono— no puede destruir lo divino que hay en ella, igual que la vida, con
todas sus imperfecciones, no puede apagar el destello de eternidad que late en
su interior. Mozart funciona aquí como figura
metafísica, somo símbolo de todo aquello que el mundo moderno amenaza con
diluir pero no puede verdaderamente aniquilar.
En su novela testamento, El
juego de los abalorios (1943), Hesse lleva la música al centro mismo de su
utopía intelectual. La provincia de Castalia, en la que transcurre la acción,
nació históricamente de los estudios de teoría musical y de la estética musical
del Barroco. El propio Josef Knecht es presentado ante su maestro por primera
vez a través de la música. El anciano le hace improvisar sobre un tema de Bach,
y es esa improvisación la que revela el talento excepcional del muchacho. La
música en Castalia no es una disciplina entre otras: es el modelo estructural
del Juego mismo, que pretende hacer con todos los saberes lo que una fuga hace
con sus voces, es decir, ponerlos en relación dialógica sin que ninguno anule a
los demás. La fuga barroca —especialmente bachiana— es la forma que Hesse admira
como paradigma del pensamiento.
Junto a Bach y Mozart, Hesse
menciona con notable frecuencia a Franz Schubert, Johannes Brahms y Joseph
Haydn. En El lobo estepario, Harry enumera a Haydn y Brahms entre los grandes
del espíritu humano que el mundo moderno ha convertido en «nombres borrosos
sobre lápidas de hojalata». Schubert aparece asociado a la melancolía y a lo
que Hesse llamaba Sehnsucht, ese anhelo sin objeto definido que es la marca del
alma romántica alemana. La música de Schubert representa, en la cosmología
estética de Hesse, la forma en que la belleza y la tristeza se vuelven
inseparables. Una dualidad que el escritor reconocía también como la marca de
su propia escritura.
La relación entre Hesse y la
música no fue solo de recepción pasiva. Sus poemas fueron la materia prima de
algunas de las obras musicales más conmovedoras del siglo XX. En 1948, el
compositor Richard Strauss —ya octogenario y consciente de su proximidad a la
muerte— puso música a tres poemas de Hesse: Frühling (Primavera), September y
Beim Schlafengehen (Al irme a dormir). Estos tres lieder, más uno sobre texto
de Eichendorff, forman las célebres Cuatro últimas canciones (Vier letzte
Lieder), estrenadas póstumamente en Londres en 1950. Los poemas de Hesse que
eligió Strauss son piezas de honda serenidad otoñal. Hablan del cansancio bien
llevado, del sueño como umbral de otra vida, del año que declina sin
resistencia. Strauss los convirtió en el canto del cisne del romanticismo
musical alemán.
Esta confluencia no fue
casual. Strauss y Hesse compartían una misma convicción, Esta convicción fue que la gran música y
la gran poesía alemanas del período clásico y romántico eran el patrimonio más
valioso de la humanidad, amenazado por la brutalidad del siglo. Los poemas que
Strauss escogió no son los más conocidos de Hesse, pero son quizás los más
plenamente musicales en su estructura. Su ritmo es lento, sus imágenes son
nítidas y sin ornamento, y su tono tiene la quietud de quien ha terminado de
buscar y ha encontrado.
En última instancia, la
omnipresencia de la música en la obra de Hesse responde a una convicción
filosófica que el escritor mantuvo durante toda su vida: que la música es la
única manifestación humana capaz de existir simultáneamente en el tiempo y por
encima de él. Bach no envejece porque sus fugas no dependen de ninguna
contingencia histórica; Mozart no muere porque su gracia es, en algún sentido,
impersonal. Para Hesse, escuchar música era un ejercicio ético, un
entrenamiento de la atención que hacía más difícil la mediocridad y más visible
la profundidad. En un mundo que tiende a la superficialidad y al ruido
—diagnóstico que formuló décadas antes de la era digital—, la gran música era,
a la vez, refugio y resistencia. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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