Libera a Barrabás
En el corazón del misterio pascual, los Evangelios nos presentan una elección paradójica que resuena como un eco eterno en el alma humana: la multitud, instigada por los príncipes de los sacerdotes, prefiere liberar a Barrabás, el sedicioso y homicida, antes que a Jesús, el Inocente por antonomasia. Esta escena, narrada en los cuatro Evangelios sinópticos y joánico, no es mero relato histórico, sino un espejo místico que interpela al hombre contemporáneo. Como meditación patrística y mística, este ensayo invita a contemplar cómo, en el tumulto de nuestras elecciones diarias —entre la violencia social, la injusticia rampante y la sed de poder—, seguimos liberando a nuestro propio Barrabás interior, rechazando al Rey de la paz. San Beda el Venerable ve en esta preferencia una condena perpetua: los judíos, al elegir al ladrón sobre el Salvador, perdieron salvación, vida, patria y libertad. Así, partiendo de la Catena Aurea de Santo Tomás de Aquino, que compila las voces de los Padres, reflexionaremos sobre el abismo moral de esta elección y su llamada a la conversión en tiempos de crisis.
El hijo del padre de la mentira
Barrabás no es un mero criminal; su figura encarna el arquetipo del mal que seduce al mundo. San Jerónimo, en el Evangelio según los Hebreos, lo interpreta como "el hijo de su maestro", es decir, del diablo, condenado por sedición y homicidio. De igual modo, Alcuino de York y Pseudo-Jerónimo lo llaman "hijo de su padre", el príncipe de las tinieblas, liberado mientras Cristo, el Cordero, es inmolado. Esta dualidad evoca los dos cabritos del Día de la Expiación: uno, el chivo expiatorio cargado con los pecados y enviado al desierto (Barrabás hacia el infierno); el otro, inmolado por los redimidos (Jesús).
En clave mística, esta elección revela la fractura del alma humana. San Agustín lamenta: "No os culpamos, oh judíos, por liberar a un culpable en la Pascua, sino por matar al inocente. Pero si no se hubiera hecho así, no habría verdadera Pascua". El hombre de hoy, en un mundo de insurrecciones ideológicas —guerras, polarizaciones políticas, economías depredadoras—, libera a su Barrabás: el ídolo del progreso sin Dios, el placer efímero, la venganza justiciera. Como dice San Juan Crisóstomo, los judíos, enceguecidos por la envidia, prefieren al "notorio prisionero" porque Cristo amenaza su poder. ¿No hacemos lo mismo al priorizar sistemas que perpetúan la muerte sobre la vida evangélica?
La Ceguera de la Multitud
Pilato, consciente de la envidia de los sumos sacerdotes, ofrece múltiples salidas: "¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo?" San Beda destaca cómo el pretor contrasta al "ladrón con el Justo", pero la turba, movida por los líderes, clama: "¡Crucifícalo!". San Teofilacto condena esta maldad: los judíos gritan sin responder al "¿Por qué mal ha hecho?", mientras Pilato, moderado aunque culpable, busca excusas para salvarlo.
Patrísticamente, esta escena ilustra la dinámica del pecado original: la envidia (consciente en los sacerdotes, instintiva en la plebe) que prefiere la muerte a la verdad. Orígenes ve en ello la influencia de los "ancianos y doctores judíos" que excitan al pueblo contra Jesús. San Agustín une "Rey de los judíos" con "Cristo", pues los reyes judíos eran ungidos. Místicamente, es un llamado a la lectio divina interior: ¿permitimos que ideologías modernas —nacionalismos exacerbados, consumismo, cancel culture— nos hagan gritar "¡No a este, sino a Barrabás!" ante el Cristo humillado en los pobres y marginados?
En el silencio contemplativo, como enseña la tradición mística compilada en la Catena, oímos la voz de la esposa de Pilato: "No te mezcles con ese justo, porque hoy he sufrido mucho por un sueño a causa de él". Una gentil vislumbra la inocencia; los "hijos de la luz" la rechazan. Hoy, en pandemias de odio digital y crisis ecológicas, ¿escuchamos los sueños proféticos de los inocentes —víctimas de violencia estructural— o liberamos al Barrabás colectivo?
La elección moral del hombre contemporáneo
El perfil moral de esta meditación se agudiza al aplicar la elección evangélica al hic et nunc. San Beda advierte: al elegir al homicida sobre el Salvador, los judíos se sometieron a robos y sediciones, perdiendo reino y libertad. Hoy, en un mundo de "insurrecciones" —terrorismo, corrupción política, guerras—, ¿no preferimos sistemas punitivos que liberan violencia estatal o privada, mientras crucificamos la misericordia? San Crisóstomo nota la inversión: el príncipe pide al pueblo, volviéndolos más feroces.
Místicamente, Máximo el Confesor, en su Vida de la Virgen, exclama ante la escena: "¡Oh espectáculo terrible! ¿Cómo la tierra no se hundió en el abismo? ¿Cómo los astros no cayeron?". Esta anámnesis pascual invita a la oración hesicasta: contempla tu alma como el pretorio, donde Pilato (la razón) lava las manos, pero el corazón clama por Barrabás. La tradición patrística, eco de los salmos, ve cumplida la profecía de Jeremías: "Mi heredad es para mí como león en el bosque".
En ética contemporánea, esta elección interpela la justicia restaurativa sobre la retributiva. Como reflejan voces magisteriales en armonía patrística, la dignidad humana —incluso del criminal— clama por redención, no por más muerte. El hombre de hoy, ante migraciones forzadas, desigualdades abismales y colapsos éticos, debe elegir: ¿liberar al Barrabás del egoísmo global o abrazar al Crucificado en el prójimo?
Llamado místico a la conversión
La meditación culmina en metanoia: "Pilato, queriendo contentar al pueblo, soltó a Barrabás y, después de azotar a Jesús, lo entregó para ser crucificado". San Teofilacto critica: Pilato satisface al pueblo, no a la justicia divina. Pero en la Cruz, Cristo triunfa, transformando la elección funesta en salvífica.
Invitación mística: Retírate al desierto interior, como el chivo expiatorio, y ofrece tu Barrabás al Señor. Siguiendo a San Agustín, reconoce que sin esta "mala elección", no habría Pascua verdadera. El hombre moderno, hastiado de noticias de masacres y fraudes, halle en esta contemplación la paz: libera a Cristo en tu corazón, rechazando sediciones internas.
Conclusión

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