viernes, 23 de enero de 2009

ISRAEL CENTENO, LA ANTIÉPICA DE LA NOVELA (Acerca de Bengala). Por Rafael Rattia

BENGALA, es una novela escrita desde el fondo turbio y desgarrado de la vida. Más aún, es la novela por excelencia de los tiempos que corren. Si es verdad el antiguo precepto árabe que tanto gusta citar cierto amigo; “los hombres se parecen cada vez más a su tiempo que a sus padres” entonces he aquí la comprobación empírica y subjetiva de la semejanza del narrador con su época, su tiempo histórico, su irrenunciable presente que lo funda y constituye.
Como toda novela que aspira trascender los endebles parámetros imaginarios de lo real, BENGALA se zambulle con vehemencia y denuedo hasta el fondo de los abismos de unas caracterologías derrotadas y expulsadas del paradisíaco infierno de la urbe que los contiene. Centeno se erige en esta novela en dignísimo artífice de un arte narrativo que escarba el grado cero de la abyección de seres (personajes) extraviados para siempre en los caminos que no tienen retorno: la droga, el paro crónico, la prostitución, el indomable vicio del alcohol, la noche infinita con sus estropicios y degradaciones humanas innombrables. El reino desapacible del vértigo que no cesa, la subsunción de terribles personajes a las más inimaginables dependencias que el escorial del vicio puede llegar a producir en la fragilidad de una mujer como Laura, o en un personaje como Eddie, incapaz de volver a la vida por sí mismo luego que el vicio lo hizo traspasar el umbral de lo tolerable. Una cincuentona, dueña de unas aun conservadas formas y una esbelta y apetecible figura cuidada a fuer de caminatas y aerobics, cansada de tanta rutina toma la nada inocente decisión de vender sus encantos de mujer madura en el Hall de las Fumarolas.
Esta última novela de Israel Centeno es una summa de insolencias; una envidiable reunión de extravíos psíquicos. Por las páginas magistralmente escritas de esta novela transita una muestra nada despreciable de un país negado al futuro, un pedazo de país que nunca sabrá dónde exactamente está. Entre putas irredimibles y cabrones cocainómanos perdidos para siempre en el dédalo del vicio; entre enfermos insomnes y revolucionarios demagogos de todas las pelambres, entre malhechores bebedores de cerveza y pedreros del séptimo cielo, transcurre una historia jalonada por incontables anécdotas signadas por un fino lirismo y una prosa narrativa de impecable factura literaria sólo comparable con las historias invencionadas por Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato o nuestro gran Eduardo Liendo. Entre “la calle Ciénaga” y “La Cripta” sucede todo lo que puede imaginar la naturaleza humana. La novela de Centeno es, a no dudarlo, un irreversible desgarramiento ontológico que todo lector serio debe leer para entender la otra Venezuela no prevista en las Misiones de redención social de uso corriente en este tiempo de “ética emancipatoria”. Lacras sociales irredimibles subsumidas entres gases fétidos las veinticuatro horas, de los trescientos sesentaycinco días del año; estropajos existenciales corroídos por la inclemencia destructiva del crack y la basura de la piedra aventados por la sociedad más allá de los socavones de la indiferencia. Bengala es el nombre de un bar, de una avenida, de una región. Es en sí mismo más que un simple nombre, es un mundo paralelo y paranormal lacerante que lastima la moral de una nación empantanada en sus propias e irresolubles encrucijadas históricas. Estimo que es el proyecto narrativo del autor más ambicioso y exhaustivo que hasta ahora los lectores cautivos de este escritor caraqueño hemos tenido la fortuna de leer.
Mucha nostalgia exhalan las perturbadoras páginas de esta novela. Mucho dolor transpiran no pocos fragmentos de los cuarenta y cuatro capítulos de inquietante tensión narrativa de esta ejemplar experiencia literaria. Ningún lector que se interne por entre las páginas de esta novela podrá dejar de ser tocado por una especie de dialéctica de la misericordia que ineludiblemente le marcará su sensibilidad estética como lector. Esa apuesta hago con usted, respetado lector. Lo agradecerás para toda la vida.

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