viernes, 23 de enero de 2009

CALLETANIA. (Fragmento) Por Israel centeno

El faro, donde vive Daniel, es un dedal frente a la casa de universos ocultos. Descuadra la calle, es un punto luminoso en las noches, sus luces permanecen casi siempre encendidas hasta el amanecer. José espera su turno para un partido de ajedrez, recostado en una biblioteca improvisada. Suda. Su cara brillante parece una calva con rasgos y facciones. Se acoda en los libros, entre los que se pueden leer títulos como ¿Qué hacer? de Lenin. Bosteza y mira a su alrededor. El cuarto no tiene gran cosa: una calavera de burro sobre montones de periódicos en desorden, una poltrona descosida cubierta de ropa usada, un retrato de Karl Marx colgado de la pared, un afiche del Che y una ruana. Lo demás, vasos a medio llenar, pantalones y camisas anudados sobre un guacal que funge de mesa de noche y cómoda, porque encima de él hay un espejo donde se distorsiona el reflejo de los que juegan ajedrez sobre la cama.
-¿Qué estuviste hablando con el Coronel en la platabanda de la casa de Ricardo? -por fin Daniel suelta la pregunta, distraído en una jugada del alfil.
-Co-cosas. ¿Qué pude haber hablado? -José carraspea y saca un pañuelo para limpiar su cara grasienta y lisa, donde sólo resalta un mostacho enorme al estilo de Nietzsche.
Daniel se levanta, sale a la calle, todo está tranquilo. Las puertas están cerradas, pero subsisten pequeños grupos dispersos. Se ve la botella traslúcida pasar de boca en boca, las motos subiendo y bajando la pendiente; alguien grita al pasar. Daniel baja la cabeza en un reflejo, busca protegerse. Se escuchan risas junto a la aceleración de la moto. Daniel recuerda. Estaba seguro. Los tres tiros que perforaron su puerta unos días atrás lo habrían matado si en vez de quedarse dormido en la poltrona se hubiese tendido en la cama, como siempre. Esa vez el Biuti había intentado llegar más allá del amedrentamiento, más cerca de tomar su vida y ofrecerla en sacrificio a un dios desbocado, luminoso, terrible. De alguna manera, Daniel debía encontrar el cuello del Biuti, el gaznate del Zucaritas para apretarlos definitivamente, impedirlos del aire.
Daniel sigue allí, parado frente al faro, mira intensamente a José, convenciéndose de que no cuenta sino con gente como él, que se adhiere no como un gesto de comprensión ni solidaridad íntegra, sino como la única forma de proyectarse. Eran los mismos de las luchas arrastradas durante años, que vienen bogando sin timonel hasta el presente, con su particularidad: el nuevo giro de la historia. A través de él encontraban una manera de darle forma a sus vidas, carentes de molde definitivo, se edulcoraban con posturas para seducir. Ahora todo estaba desarticulado, el rompecabezas con las piezas equivocadas, y sólo quedaba delirar.
Los delirios cobran cuerpo, se alimentan con una figura paterna que les indica cómo abrir el Mar Rojo. Y allí están Papito, José, Germán, frente a una tabla de ajedrez moviendo piezas, tensando una sonrisa luego de las jugadas, pasando las noches despiertos, durmiendo medios días. Seguros. Saben la importancia que cobran ante los demás al estar en el faro. Por lo menos antes las personas los miraban de distinta manera. Así han llenado sus vidas robando afecto a cualquiera que se lo ofrezca en forma de cervezas o palmaditas en la espalda, como diciéndoles: Está bien lo que hacen, no importa qué.

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