viernes, 23 de enero de 2009

INICIACIONES. Por J. Ernesto Ayala

La novela de iniciación tiene una larga tradición en la literatura universal. El escritor venezolano Israel Centeno (Caracas, 1958) transita por este género en Iniciaciones. Y lo hace desafiando, a la vez, la pulcritud y la instantánea eficacia que exige la novela corta. El tránsito de la adolescencia a la adultez tiene como premisa en la novela la descripción del dolor y el éxtasis que provoca todo aprendizaje sentimental. En ese aprendizaje está comprometido el propio cuerpo, que tiene que buscar su acomodo en un paisaje de decepciones y tristezas, los alimentos terrenales que diría el joven Gide. No se trata de salir indemne. En la novela de iniciación de lo que se trata es de rendir honores a las heridas de juventud. En su novela, Israel Centeno trabaja su historia con el arrebato corporal y las preguntas que no siempre tienen respuesta.
A todo ello, Centeno suma la arquitectura. Iniciaciones es una historia de vehemencias varias. El salto del campo a la ciudad (Caracas). Del país al exilio voluntario (París, la ciudad que mejor metaforizó todos los exilios impostergables). La fricción sensual entre miembros de una misma familia, un cierto aire de promiscuidad iniciática.
Israel Centeno crea cuatro voces. Cada una es un relato independiente del otro. Pero los cuatro lo son de la frondosa historia familiar que pasa ante nuestros ojos. Y como toda historia familiar, no es ajena a la historia de una comunidad social. Iniciaciones tiene bastante de radiografía sociológica en sordina. Pero volvamos a la arquitectura. En una novela como la que comentamos, en la que la brevedad es un asunto que va parejo al tema que desarrolla, la tensión psicológica y la precisión en la escritura exigen sincronización, la ilusión de que una de sus instancias nunca queda subordinada a la otra. Difícil equilibrio que Centeno consigue plenamente.
Es probable que los lectores de esta novela recuerden una pieza maestra de la narrativa de iniciación sentimental como es Fermina Márquez, del escritor francés Valéry Larbaud. El hijo de una adinerada familia suramericana que estudia en París, y su enamoramiento.
Israel Centeno trata igualmente la esperanza y la desilusión repartidas en distintas voces. Pero a la delicadeza de trazo psicológico que desbordaba Larbaud, Centeno la sustituye por elipsis que no esconden, así y todo, la derrota final del refinamiento moral ni esa violencia latente y no tan latente que pende sobre estos personajes en busca de algún tipo de salvación individual, de clase o generacional. La densidad que disimula esta novela es la propia de los relatos de esta especie.
Centeno habla de una experiencia iniciática casi diríamos generacional. Inserta en la opacidad y la desorientación. La construcción de estas cuatro voces diluye la tentación prototípica del héroe tradicional en la novela de aprendizaje.
No se trata de un cuerpo y una conciencia determinada, sino de un cuerpo social que parece naufragar sin conciencia.

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